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Altar Mayor - Nº 90 (33)
Sábado, 20 diciembre a las 12:57:26

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

ESENCIA Y PAPEL DEL ISLAM
Por Luis María Sandoval

¿Es el Islam merecedor de respeto, a pesar de algunos malos musulmanes, o, por el contrario, el mal radica en la esencia del Islam, lo cual no impide constatar que hay muchos musulmanes buenos?

Ese análisis permitirá deshacer nuestra perplejidad ante la impenetrabilidad histórica del Islam para la propagación del Evangelio, que procede de su mismo diseño original.

La mera existencia del Islam origina en los cristianos unas perplejidades y complejos que necesitan respuesta. Pero de ningún modo queremos centrarnos aquí en la ley islámica, ni siquiera en otros puntos concretos de la cosmovisión musulmana, sino en su estrato más profundo, el puramente religioso.
 

El monoteísmo no es único

La primera cuestión que suscita la admiración del cristiano es que, por causa de la existencia del Islam la religión cristiana pierde su singularidad.

En efecto, si no existiera el Islam no se podría hablar de las grandes religiones monoteístas, ni de las tres religiones abrahámicas. Bastaría la tradicional estructura cristiana de la historia de Antiguo y Nuevo Testamento: el pueblo escogido judío como precursor de la Iglesia y la religión cristiana como continuidad y perfección de la judía, de la que es heredera universal, empezando por la Sagrada Escritura. En tanto que la actual sinagoga talmúdica no es sino una rama separada de dicho desarrollo: aquella parte (mayoritaria) de Israel que no reconoció a su Mesías.

Pero la existencia del Islam altera esa perspectiva. Sin él, en realidad no existiría más que una religión monoteísta en el mundo, bien que manifestada en dos fases cuyo tránsito ha dado lugar a una escisión por petrificación.

La interpretación musulmana de este hecho es que Dios ha enviado distintos profetas a distintos pueblos, pero sólo Mahoma, sello de los profetas, ha promulgado una ley universal y definitiva, además de que el Corán contiene la verdad revelada sin tergiversaciones, en tanto que las escrituras judías y cristianas están corruptas. Incluso si no aceptamos esta visión no se le puede negar su perfecta coherencia.

Incoherente es en cambio la pretensión, muy pluralista y políticamente correcta, de que existan tres religiones abrahámicas, pues parece claro que, si el Patriarca era monoteísta, no pudo tener tres religiones. Nadie duda del origen abrahámico del pueblo judío. La Iglesia se reconoce entroncada en ese pueblo y realización de su esperanza mesiánica, y de hecho Cristo y sus apóstoles eran judíos, por eso puede llamarse con verdad abrahámica.

Pero el Islam no puede documentar su pretensión, que es semejante a la de los masones cuando pretenden remontar su origen a Hiram rey de Tiro: que lo digan de sí mismos no significa que sea verdad, sino que pretenden ennoblecer sus orígenes. Apelar a la descendencia ismaelita de Abraham no es probatorio, porque aun siendo los árabes sus descendientes, desde luego que no conservaron el elevado monoteísmo de su antepasado.

Un juicio religioso del Islam exige examinar su pretensión. Si es legítima, el Islam es, inexcusablemente, la superación del judaísmo y del cristianismo. Sólo cabe eludir esa conclusión negando la veracidad de la pretensión. Y, de no hacerlo frontalmente, el cristiano seguirá sumido en una perplejidad insoluble acerca del modo de encajar en su cosmovisión esta religión mundial.
 

La homogeneidad islámica

Claro que contemplar la superficie de los dominios del Islam -a menudo en mapas simplistas que extienden una mancha verde de Senegal a Mindanao y de los Urales a Mozambique- suele provocar otro complejo: de inferioridad ante tamaña extensión que se nos suele presentar como homogénea. Los cristianos somos muy conscientes de nuestras divisiones, y, frente a ellas, la apariencia de un Islam gigantesco y unitario nos abruma.

En este caso es necesario decir que se trata de una mera apariencia alimentada por las presentaciones más elementales: conviene pintar como homogéneo el Islam en las exposiciones divulgatorias por simple comodidad además de por ignorancia, puesto que ahondar en sus variantes es verdaderamente complicado.

Entre los musulmanes las divisiones son múltiples y tempranas. Desde la muerte de su fundador Mahoma, su suegro (Abú Bécquer) y su yerno (Ali) se disputaron la capitanía de los muslimes dando origen a la chía (la facción por antonomasia), siendo los chiítas los seguidores de los descendientes o sucesores de este último. Muchas otras ramas se han desgajado desde entonces de sunnitas y chiítas, combatiéndose a muerte frecuentemente y no uniéndose nunca efectivamente. La común animadversión a los enemigos del Islam, sentimiento que reaparece periódicamente muy vivo, nunca ha tenido un efecto constructivo de unificación. El Islam ha estado y sigue estando divididísimo más allá de sus odios hacia los infieles.

Que sea difícil y tedioso seguir la pista de todas las sectas musulmanas es muy distinto que pensar que no existen y que los musulmanes gozan de auténtica unidad. Nuestro complejo al respecto no tiene mayor razón de ser que la falta de profundización en aquella realidad.

Y hace falta entender que el motivo de las divisiones del Islam es un defecto estrictamente religioso. Cristo Nuestro Señor fundó una Iglesia, y para ello estableció claramente el papel del colegio de los Doce y de su vicario visible, Pedro y sus sucesores. La autoridad en la Iglesia es de carácter sacerdotal.

Pero en el Islam no hay verdaderos sacerdotes, sino predicadores, exegetas y jueces. Mahoma no dejó nombrado al morir ningún sucesor. Y toda la estructura del Islam adolece de un libre examen exacerbado. En el fondo, ninguna escuela o secta puede presentar mayores títulos de legitimidad que otra, salvo sus propios alegatos y los apoyos que consiga concitar. De modo que los expertos concluyen que no cabe hablar de ortodoxia y herejías musulmanas, sino de corrientes mayoritarias y minoritarias, con una relación de fuerzas históricamente cambiante.

Es cierto, sin duda, que existe un dogma central en el Islam, pero la homogeneidad en torno a él se debe a lo reducidísimo del mismo, a saber: existe un Dios personal, trascendente al mundo, Creador y Remunerador, que se ha revelado a los hombres por medio del Corán transmitido por Mahoma. Fuera de esto no hay muchos más dogmas unánimemente aceptados, y sí múltiples disensos en cómo entender cada extremo.

En conclusión: el complejo ante la vasta unidad del Islam carece de fundamento.

Y estúpido sin paliativos sería también acomplejarse ante una comparación entre la realidad cristiana y el Islam ideal. Para comparar dos cosas se exige homogeneidad. Y el más elemental sentido de la Fe debe indicarnos que si los cristianos, poseyendo la integridad de la verdad revelada, y auxiliados por los sacramentos, difícilmente alcanzamos el ideal cristiano, no puede pensarse que la mayoría de los musulmanes, tan varios y numerosos, sigan fielmente, siempre y en todo, los preceptos de su religión. La experiencia confirma que entre los musulmanes reales, en su tierra o entre nosotros, abundan el puro formalismo, la tibieza, o la incredulidad más o menos disimulada.
 

Una creencia irreductible

Sin embargo, otro complejo que puede plantearnos el Islam procede de la fuerza de su convicción (como la Fe es don de Dios, para este caso hablemos de convicción o creencia).

La incidencia de los misioneros en tierras islámicas ha sido siempre muy escasa: comparado con las conversiones de los paganos, desde la Europa antigua y medieval a la China y el África del siglo XX, pasando por toda América a partir del Descubrimiento, el mundo islámico se presenta como impenetrable para las misiones cristianas. También esto confiere al Islam un carácter singular que suscita admiración, perplejidad y desconcierto.

Pero no se debe pasar adelante sin recordar que las tierras centrales del Islam, salvo la propia península arábiga, son territorios usurpados a la Cristiandad donde los cristianos han sido secularmente oprimidos bajo la «protección» musulmana, pese a lo cual persisten hasta hoy en proporción variable, y hasta relativamente numerosa en lugares como Egipto.

Resulta un expediente fácil explicar la impenetrabilidad del mundo islámico al cristianismo con la omnipresencia y severidad de la charía o ley islámica que impide -pena de muerte incluida- toda veleidad de abandonar el Islam. Es una razón real y muy fuerte, pero no es una explicación suficiente en la medida en que otras civilizaciones, paganas, también persiguieron cruelmente a los misioneros y los primeros conversos, aunque es cierto que la represión de la apostasía sí está directamente prevista y sentenciada por la propia revelación en el Islam, como no lo está en ninguna otra religión.

El motivo fundamental de esa impenetrabilidad histórica es que la propia estructura de la creencia islámica es particularmente refractaria a la Fe cristiana.

Y el motivo último de ello es que el Islam es una religión que conjuga dos tipos de ventajas: las de ser una religión que procura no exceder la medida del hombre en nuestro estado presente, y las de ser una religión postcristiana, a imitación de la verdadera. Dos características que hay que exponer, y sobre cuyas consecuencias meditar, para remontarnos luego a indagar su origen y causa.
 

El confortable simplismo musulmán

Dios, Vivo e Infinito, se refleja en la Religión Cristiana con una inmensa riqueza de matices -y ello pese a que lo que de Él conocemos es menos que lo que nos escapa-, al precio de reclamar de sus fieles el esfuerzo de procurar ser perfectos como lo es el Padre Celestial. En el Islam, por el contrario, la grandeza infinita de Dios no trasciende a la religión que le venera, sino bajo la forma de una extrema simplicidad.

No negamos que entre los musulmanes hay maestros espirituales doctos y sutiles. Y, sin embargo, afirmamos que no es simplismo considerar que la religión musulmana tiende a ser simplista.

La primera prueba experimental es que los mahometanos medios tienden al simplismo mucho más que los cristianos medios. Es evidente que un cristiano mínimamente acostumbrado a lidiar con el camino estrecho entre unos errores y sus contrarios, al equilibrio entre la Fe y la razón, entre el factor divino y el humano, familiarizado con la idea de los dos poderes en política, o con los carismas petrino y mariano en la Iglesia, está, por poco culto que sea, acostumbrado a hilar fino y a no caer en simplismos excluyentes, raíces de los extremismos más odiosos. Si el islamismo es mucho más propenso a que surjan en su seno extremismos radicales es también por causa de la estructura misma del Islam.

Las doctrinas del Corán y la Sunna son sencillas y condescendientes en grado sumo con las pasiones humanas tanto en lo que hace a la moral como al mismo dogma.

El aspecto moral puede resultarnos un blanco cómodo (la mente de todos se ha dirigido ya a la poligamia), lo cual no significa que deje de ser un blanco justo y, además, mucho más extenso de lo que de entrada ya parece. La moral islámica no es depravada como en las religiones que conocen el infanticidio, la prostitución sagrada, los sacrificios humanos, etc., pero su nivel de exigencia no supera un nivel elemental frente a los apetitos del hombre en el estado de naturaleza caída.

En cuanto a las concesiones a la voluptuosidad, la mentada poligamia no es accesible sino a los ricos, pero existen otras concesiones más importantes, como la aceptación y facilidad del repudio, el contrato de matrimonio temporal (que la mayoría de los musulmanes de hoy no aprueba, pero encontraría base en el Corán 4,24) o la promesa de las huríes del Paraíso. En realidad, mientras en toda la Iglesia el celibato por el Reino de los clérigos, religiosos y religiosas constituye un testimonio que revierte en prestigio y exigencia de la castidad propia a cada estado, la clara exclusión del mismo en el Islam rebaja toda exigencia en este sentido.

Pero hay otras pasiones tanto o más graves que la concupiscente.

Es el caso de la cólera y el odio. La guerra no aparece para el muslim como un mal menor, sino directamente recomendada. El amor se restringe a los correligionarios, sin extenderse a los enemigos. Entre los chiítas el odio y el insulto al adversario -sunnita- puede ser una obligación.

O la soberbia colectiva, por la que los musulmanes, y los árabes y familiares de Mahoma en particular, pueden considerarse realmente superiores a los demás hombres.

Pero, mucho más todavía, el Islam es muy condescendiente con la soberbia individual, íntima, del hombre que ha de aceptar la Revelación por parte de Dios de verdades a las que otorgar el asentimiento interno. En el Islam, a pesar de su nombre, este sometimiento está extremamente reducido.

De la religión verdadera apenas subsisten en el Islam las verdades fundamentales despojadas de toda la riqueza divina. Hay un Dios personal, Trascendente, Creador y que se revela a los hombres; y hay otra vida para éstos tras un juicio final. Cabe destacar que si la tradición musulmana honra a Dios con noventa y nueve nombres, ninguno de ellos es el de «Padre».

Pero todos los misterios divinos que humillan la razón humana, la cual no alcanza a comprenderlos, han desaparecido entre los seguidores de Mahoma. Comprobémoslo y recordémoslo:

· Para ellos la Santísima Trinidad, encima mal enunciada, es politeísmo. La Encarnación se niega en virtud de la perfecta espiritualidad divina. La Pasión se rechaza -no se consumó la muerte en cruz de Jesús- en razón de que la gloria de Dios y sus enviados nunca se oscurece.

· El Pecado original, misterio de iniquidad, no existe, con lo que el misterio de misericordia de la Redención tampoco. Esto aproxima al Islam al pelagianismo, con las mismas consecuencias que éste: soberbia derivada de creer en la salvación por las propias fuerzas y énfasis puesto en la doctrina y la ley como vías de salvación. Y en este planteamiento el Islam emparenta, curiosamente, con el espíritu del Occidente moderno.

· Los problemas de la inspiración de los libros sagrados y el alcance exacto de su sentido desaparecen con la creencia en una dictación directa de los mismos.

· Una Iglesia divina y humana como su Fundador, unos sacramentos signos sensibles de la gracia invisible, tampoco existen. El misterio Eucarístico les es incomprensible, por descontado, pero también el sacerdocio. No debe dejarse nunca que nos hablen de clérigos islámicos: ellos sólo tienen -como los protestantes- diferentes tipos de predicadores, eruditos escriturísticos y moralistas-canonistas. Es más, rechazan el monacato, sobre todo por el voto de castidad.

· Finalmente, en punto a moral, aparte de sus dificultades en engarzar la presciencia divina con la libertad humana, que convierten la predestinación en idea popular, desconocen la noción de doctrina social, compuesta de principios inspiradores y concreciones abiertas; lo suyo es, sin más, una ley social islámica, la famosa saría.

Al llegar a este punto el cristiano comprueba que, salvo por la existencia de una revelación, que confiere a la religiosidad musulmana cierta calidez y gran ardor, su dogma no sobrepasa lo que alcanza a deducir la filosófica teodicea.

Por eso la religión musulmana no sólo parece la religión de los filósofos, sino que históricamente ha gozado de su aprecio: es algo sintomático que en El contrato social de Rousseau, ya en el capítulo final, se deslicen alabanzas a Mahoma y se postule una religión civil cuyos dogmas no difieren mucho de los musulmanes. Del mismo modo, el Islam gozó de las simpatías nazis -en algún momento recíprocas- actitud que no han abandonado sus epígonos, precisamente por ser un tipo de religión «viril», es decir, que no exige convertirse de arriba abajo, sino que permite mantener un orgullo de guerrero (o sedicente tal).
 

Cuando el Evangelio no es novedad

Los misioneros cristianos en toda tierra pagana siempre han puesto de manifiesto cómo Cristo era la culminación de cuanto esperaban todos los hombres, y cómo la Religión Cristiana asumía, purificados, cuantos elementos buenos existieran en sus religiones.

En cambio, al musulmán no se le puede hacer este planteamiento en la medida en que es postcristiano. No existe ya una aspiración que colmar en quienes han recibido una revelación divina directa. Cristo no es un anuncio nuevo, en cuanto ya es conocido por el Corán y está superado por Mahoma. Ni cabe asumir virtudes que, en realidad, los mahometanos ya tomaron de la Sinagoga y las Iglesias Orientales y adaptaron a su conveniencia.

En un sentido muy real el Islam no es sólo postcristiano en la forma en que pudiera serlo una nueva secta del hinduismo, surgida ya en nuestra era pero ignorante de la Encarnación, sino que es explícitamente anticristiano en la medida en que conoce y rechaza las verdades fundamentales de nuestra Fe. En el Corán, que se tiene por palabra revelada de Alá, se explica que Cristo no murió en la cruz -negando por ende la Resurrección- (Corán 4,157), y Jesús mismo aparece rechazando a quienes le divinizan indebidamente (C 5,116).

De modo que Cristo ya no constituye una buena noticia para quienes ya saben de Él; y resulta innecesario su anuncio cuando tienen otro, revelado, que rectifica las «erróneas» creencias cristianas y muestra al verdadero «sello de los profetas», Mahoma.

Cuanto se pondera en el cristianismo de novedoso en el panorama de las religiones paganas: Dios cercano al hombre, que se revela con un mensaje de salvación; religiosidad histórica, introducida en el tiempo; y una respuesta de los hombres al mensaje expreso de Dios abarcando todo su ser y su vida, etc. ha sido adoptado por el islamismo. Y por contener todos estos elementos de la religión verdadera, ser tan similar a ella y, al mismo tiempo, más fácil en muchos sentidos, como ya hemos visto, se convierte en un obstáculo formidable a su propagación.
 

El Profeta y su libro

Con muy buen sentido, el único cristianamente posible, la recuperación católica tras la crisis postconciliar ha partido de la centralidad de Cristo, y se ha hecho mucho hincapié (todo lo contrario que en unos «valores» ahistóricos) en el «acontecimiento» cristiano: la Fe cristiana se refiere ante todo a una persona y a unos hechos, y no a unos principios abstractos.

Pues bien, todo el Islam se apoya igualmente en otro acontecimiento, el que se recuerda culminando el Ramadán cada año: la «Noche del destino» (laylat al-qadr: caben varias traducciones de sentido convergente) en que Mahoma recibió del Arcángel San Gabriel el comienzo de la revelación del Corán, que le siguió dictando desde entonces hasta poco antes de su muerte.

Entre los especialistas se llega a decir que el análogo a Cristo en el Islam no es Mahoma, sino el Corán. Desde luego, la religión musulmana es una «Religión del Libro», pero los cristianos debemos rechazar el dudoso honor de ser tildados también de lo mismo: el Catecismo de la Iglesia Católica (§ 108) rechaza expresamente esa consideración con la que los musulmanes nos llevan a su terreno: «Sin embargo, la fe cristiana no es una religión del Libro. El cristianismo es la religión de la Palabra de Dios, no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo).

Entre los musulmanes el Corán se entiende dictado por Dios, y como tal literalmente cierto hasta la última coma. Además, es un libro sagrado cuyo motivo de credibilidad, según su apologética (y el propio texto), es su «inimitable estilo». Lo cual nos coloca ante un verdadero círculo vicioso lógico: la prueba de la veracidad de una cosa es... ella misma; y pretender examinar dicha prueba con métodos críticos, y no exegéticos, es incurrir en irreverencia blasfema, dando por supuesto el origen divino del que querríamos cerciorarnos.
 

La falsa revelación de un falso profeta

Todo ello nos conduce al problema fundamental que escamotean los manuales cristianos hoy al uso de introducción al Islam: otras religiones, paganas, contienen intuiciones verdaderas, a modo de ecos de una revelación primigenia, a las que el cristianismo da plenitud y sentido. En el Islam, por el contrario, casi todos los elementos coinciden con los verdaderos, la cuestión está en examinar lo esencial, la revelación a Mahoma en que se fundan.

Con afirmación neutral se nos narra por los hodiernos divulgadores cristianos que los musulmanes creen que Mahoma recibió tal revelación continuada, y en qué modo y circunstancias. Lo que ni se plantean es si hubo tal revelación, o si ésta es verdadera y divina. Y lo de más interés, justamente, no es precisar al máximo lo que alguien dijo, sino si dicho mensaje es verdadero y bueno, y cuales sus frutos. No lo que dijo que le aconteció, sino lo que verdaderamente sucedió (o no).

Los cristianos, acostumbrados a que se examine escrupulosamente la historicidad de la narración evangélica en todos sus aspectos y detalles no podemos -ni debemos- dejar de hacer el mismo planteamiento al afrontar la figura y obra de Mahoma.

Desde un punto de vista puramente humano la credibilidad del Islam es muy débil: se apoya toda en afirmaciones de Mahoma sin testigos (pensemos en su inverosímil viaje nocturno a los Cielos sobre una bestia alada y parlante), y rechazando dar otro tipo de pruebas proporcionadas a la magnitud de la aquiescencia solicitada. Es más, se debe recordar que en un primer momento apeló a las escrituras de los judíos, pero rompió con ellos cuando comprobó que no refrendaban su personal mensaje.

En particular, instado a ello, se negó a realizar ningún milagro, diciendo que su misión era estrictamente de predicación y no de taumaturgo. Pero, si esto es lo que consta en el Corán, la creencia popular le atribuye una existencia milagrera, y la verdad es que en esto el islamismo vulgar resulta más acertado que el rígidamente coránico para todo criterio humano y cristiano.

Jesús Nuestro Señor siempre obró sus milagros fundamentalmente como «signos» tendentes a confirmar su mensaje además de remedios de males concretos. En cambio a Mahoma hemos de creerle sin signo que confirme su autoridad, y creer que ese Alá cuyo mensaje a los profetas ha sido siempre el mismo -no reconocen una pedagogía divina- dejó de avalar su predicación con milagros precisamente en su caso, cuando lo había hecho con sus predecesores Moisés y Jesús.

Otras afirmaciones, sobre las virtudes de Mahoma, incluso aceptándolas pese a proceder de sus parciales, no resultan probatorias de su misión, ni de la verdad y bondad de su mensaje. Parece que Robespierre era incorruptible, y Cromwell radical... como Hitler era vegetariano y amigo de los animales: determinadas virtudes privadas no prueban nada, y la indudable rectitud de muchos sectarios concorde con sus principios ha sido más bien implacable y digna de mejor causa.

Por otra parte, se observan en las suras del Corán demasiadas variaciones de tono, y aun de criterio, coincidentes con las circunstancias de Mahoma. No parece que predicara de igual modo en La Meca que en Medina, cuando ya era jefe espiritual y civil de la ciudad. Más aún, a los espíritus críticos les debería resultar muy sospechosa la abundancia de ocasiones en que la presunta revelación arcangélica interviene oportunamente para resolver dilemas privados de Mahoma, siempre a su conveniencia.

Todas estas objeciones, importantes, son meramente humanas. Pero quien profese la fe cristiana no puede ni aun dudar de la falsedad de la pretensión de Mahoma. Falsedad de su misión y falsedad de su mensaje.

Porque el mensaje del Corán rechaza explícitamente, en nombre de Dios, el núcleo de la fe cristiana. La dignidad humana -racional- impide aceptar como verdaderas a un tiempo la Fe en Cristo, muerto y resucitado, que testifican los Evangelios, y el papel de Jesús en el Corán. Y menos creer que ambas afirmaciones procedan del mismo Dios Sapientísimo.

Tampoco parece razonable pensar que Mahoma fuera un posterior enviado de Dios para lograr indirectamente un bien providencial. Después que Cristo erigió su Iglesia, y la envió a predicar a todas las naciones y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no concuerda con el sensus fidei que el Esposo fiel de la Iglesia, ni aun para reformarla, intervenga en la historia de modo extraordinario para suscitar profetas fuera de ella con mensajes que no incluyen esa Iglesia y ese bautismo. En cambio, vemos que suscita una y otra vez nuevos santos reformadores que, pese a las resistencias encontradas, se guardan de actuar siempre dentro de la comunión eclesial.

¡Claro que el poder de Dios no tiene límites y el Espíritu sopla donde quiere! Pero es que la experiencia ha demostrado, desde hace catorce siglos, que el Islam, pese a predicar el monoteísmo, no actúa como un estadio intermedio que a la postre conduce a los pueblos a Cristo (como podemos considerar el bautismo arriano de los godos), sino como perseguidor de comunidades cristianas establecidas y obstáculo de vigor desusado a la conversión. Tal hipótesis podría ser sugerente, pero la constatación en su contra es aplastante.

Por todo ello, por falta de motivos de credibilidad, y por contradecir el contenido de nuestra Fe, fundada en pruebas muy superiores a las que el Islam puede presentar, como por simple sensus fidei, debemos concluir que Mahoma es un falso profeta y su revelación falsa. Y quien realmente piense otra cosa ha de terminar convirtiéndose en musulmán. O no pasa de un escéptico que no se compromete a fondo con la revelación cristiana ni con la pretensión mahometana.

Si la conclusión parece poco cristiana -de ese cristianismo predicador del sumo valor de la tolerancia (indiferentismo) que en los Evangelios queda oculto por las insistentes llamadas de Cristo a la Fe en Él- hemos de decir que, si no bastara San Pablo (víd. Ga 1,8-9), el propio Jesús nos previno de que tras de sus pasos vendrían falsos profetas (Mt 24, 5 y 11). ¿Y quién sino Mahoma pasa en la historia como «el Profeta» por antonomasia, sin serlo?
 

Sin olvidar al Maligno

Todavía cabe un paso más. Para comprender a Mahoma no basta decir lo que no es, verdadero profeta del único Dios, sino intentar explicarlo como falso profeta, cuestión, si cabe, mucho más eludida hoy.

¿De dónde procede la doctrina del Corán?

No existe duda de que había judíos en Arabia, y algunos cristianos heterodoxos, y que Mahoma los trató. De estas fuentes imperfectas -y Mahoma era, además, iletrado- se entiende que procedan las noticias de la Sagrada Escritura, a menudo distorsionadas en el Corán. Y también se entiende que doctrinas y preceptos morales y legales hayan sido reelaborados humanamente y simplificados. El Islam es simplista en cuanto es judaísmo y cristianismo simplificado. Y no olvidemos que en el Islam existen, además, elementos preislámicos aptos a satisfacer el nacionalismo de los árabes.

Eso en cuanto al mensaje, pero ¿y la misión sagrada?, ¿la pretensión de apariciones sobrenaturales? Si no procedían de Dios y sus ángeles, como no parece admisible, apenas quedan cuatro opciones: la alucinación patológica, la mentira deliberada, la sugestión diabólica, y la intervención conjugada, en grado variable, de dichos factores.

Algunos de los rasgos de los trances de Mahoma podrían abonar el diagnóstico del trastorno psíquico; como algunas excepciones de la ley general coránica en favor de Mahoma podrían alimentar la sospecha de falsario e impostor. Pero también parece que su preocupación religiosa era sincera, por lo que muy bien cabe que haya sido seducido por el mal espíritu bajo forma ángel de luz (víd. 2 Cor 11,14-15), incluso si sus inspiraciones iniciales provinieran del espíritu bueno. En esto la perspicacia de San Ignacio como guía espiritual nos recuerda «es propio del ángel malo, que se disfraza de ángel de luz, entrar con lo que gusta al alma devota y salir con el mal que él pretende» (Ejercicios espirituales, § 332 y ss.).

Desde luego, los frutos de obstaculización del anuncio de Cristo, en tanto verdadero Dios como verdadero hombre, son elocuentes para juzgar el punto final de tales revelaciones, si es que existieron y fueron inicialmente buenas. En cualquier caso, debemos negarnos a usar con Mahoma normas de espiritualidad diferentes de aquellas con las que se juzga a los bautizados.

Sin buscar al Demonio en todas partes, es cierto que la oposición diabólica al plan de salvación de Dios es una constante en la historia, máxime desde que adquirió cierto dominio sobre este mundo y el hombre por el Pecado Original, e ignorarlo da lugar a graves errores en todos los campos (víd. Catecismo de la Iglesia Católica § 407). En materia de sectas -y ninguna hay como el Islam- nunca debemos prescindir de este factor.
 

El juicio religioso sobre el Islam

Por todo lo dicho el Islam supone el encauzamiento de una religiosidad auténtica -y elevada- al servicio de una revelación falsa.

Religión falsamente revelada que es imitadora, competidora y contradictora de la cristiana, por mucho que posea muchos elementos buenos, procedentes de ésta, que la hacen desconcertante.

Pero hay más: el Islam parece diseñado ex profeso como un sucedáneo de la Religión Verdadera, que contiene de ésta los elementos que le confieren más autoridad y, sin embargo, ha sido «corregida» -simplificada- para resultar más asequible a la razón y las pasiones humanas de la naturaleza caída.

Y de hecho, ha sido tanto el más constante adversario externo de los cristianos en la historia, cuanto el mayor obstáculo a la difusión de nuestra Religión. Si en tiempos cerró el Asia occidental y central a la expansión misionera, hoy es en África donde el Islam se difunde como una alternativa que cierra el paso a la que llama «religión de los blancos».

Se trata de una coincidencia demasiado notable como para atribuirla a mera casualidad, y no inferir en esa constante de hechos una finalidad. En la medida en que no se debe descartar una intervención del mal espíritu ignaciano en las falsas revelaciones a Mahoma, cabe aún menos descartar un designio maligno en la aparición y actuación del Islam. Y si se ha dicho siempre que el Demonio es el mono de Dios, resulta muy congruente con ello la constatación de que el Islam es imitación posterior, adaptación y sucedáneo de la Religión Cristiana.

Pero incluso si es así, el Islam puede servirnos a los cristianos, brindándonos dos tipos de lecciones:

· las virtudes que en el Islam se manifiestan no han de desconcertarnos, sino recordarnos acentos y prácticas de los antiguos cristianos, especialmente orientales, que hemos de rescatar;

· y en cuanto a lo que tiene de malo puede servirnos de norma negativa; en particular, venir a coincidir con ciertas posturas rigoristas musulmanas debe suscitar una señal de alarma en nuestra conciencia.

Aplicación muy notable de esto último se halla en el campo interrelacionado de la confesionalidad de las sociedades y la libertad religiosa. Los católicos, por imperativo racional y divino (víd. Catecismo de la Iglesia Católica §§ 2244 y 2105), proclamamos la aspiración irrenunciable a la confesionalidad católica del estado, pero nuestra visión de la misma no nos conduce a la absoluta opresión religiosa de los regímenes islámicos. El orden católico, con confesionalidad social y libertad personal, viene a representar un término medio entre los errores y abusos opuestos del liberalismo e islamismo.
 

Islam bueno, Islam malo y mal cristianismo

Nótese que al catalogar al Islam como falsa religión, y por ende con una mala raíz muy anterior a concretas posturas malas, de ella dimanantes, nos apartamos de la postura complaciente para la cual el Islam es bueno y sólo algunos musulmanes extremistas serían malos. Muy al contrario, la verdad es que muchos musulmanes son buenos, es decir, tanto justos como piadosos, pero su religión es mala.

Es mala porque se opone expresamente a la Fe verdadera; y la Fe es el comienzo de la salvación.

Y la maldad intrínseca se percibe muy bien en los resultados del retorno a las fuentes: entre los cristianos todo movimiento de retorno a la pureza evangélica para en aumento de santidad y mejorías evidentes en el orden externo; entre los musulmanes los periódicos movimientos de retorno a la enseñanza del Corán han parado siempre, como en nuestros días, en tentativas de un puritanismo y totalitarismo extremos.

En realidad los tiempos del Islam tolerante, como los musulmanes personalmente ejemplares, coinciden con el triunfo del sentido común y el buen corazón sobre la letra coránica.

Por el contrario -como ha recordado Giovanni Cantoni-, considerar que los islamistas radicales hasta el terrorismo son por ello «malos» musulmanes, es decir, sedicentes musulmanes, carece de todo fundamento, puesto que en el Islam no existe autoridad que les pueda negar ese calificativo (y siempre se encontrará quien emita una fatwa conveniente a cada parecer), y menos sentido aún tiene que los no musulmanes pretendan conceder patente de islamismo. De hecho, si bien muchos musulmanes no llegarán nunca a ejercitar ciertas formas de jihad, ha quedado bien claro recientemente que la mayoría expresará un variable grado de simpatía con quienes la practiquen, y esto siempre en nombre del Islam.

Y de paso, con Cantoni, nunca debemos dejar de señalar cómo los liberales y laicistas, al enumerar las que consideran «sectas» a vigilar o combatir nunca citan ni una sola de tipo islámico. Siendo así que las facciones musulmanas no faltan, hay que pensar que o las favorecen, o las temen... o temen que su caracterización pudiera abarcar a franjas demasiado extensas de la comunidad musulmana.

Pero la discrepancia sobre si el Islam es «bueno» con algunos radicales «malos», o si su raíz es mala, pese a lo cual en la mayoría de sus fieles no se manifiesta tanto su nocividad como ciertos bienes accesorios, implica algo muy grave acerca de la concepción del propio cristianismo.

Si el Islam es en lo fundamental malo o bueno, la diferencia de juicio procede de que se emplee una perspectiva auténticamente cristiana o sólo sedicente tal. El Islam inculca muchas virtudes religiosas y morales, cierto, pero no deja lugar para Cristo Jesús de modo expreso e inexcusable, puesto que conociéndole lo rechaza como Dios y hombre verdadero.

¿Qué es lo auténticamente cristiano? ¿La afirmación y seguimiento de Cristo o la práctica de obras solidarias de todo tipo? ¿Una religión personal o de principios abstractos?

Ya sabemos que las virtudes de los mahometanos son un puente de coincidencia. Pero es hora de que se denuncie el sofisma -lo diga quien lo diga- de que es más importante lo que une que lo que separa. Eso depende mucho: de entre qué cosas se diga, de qué sea efectivamente lo más importante, y, por supuesto, con relación a qué.

Luego no es un principio absoluto. En la mayoría de los casos no pasa de una petición de principio: de tanto decirnos que se debe mirar a lo que une más que a lo que separa se han convertido las constataciones de coincidencia en lo más importante, pero sólo por esa prédica voluntarista, a la que se debe exigir en cada caso una justificación que no siempre puede dar.

Al comienzo del siglo XXI, en que se habla tanto del choque de civilizaciones entre el Occidente y el Islam, no deja de sorprender que el juicio cristiano de ambos resulte muy parecido. El Occidente liberal desea quedarse la herencia humanista de las virtudes cristianas sin Cristo, el mundo musulmán desea quedarse la herencia religiosa del Antiguo Testamento sin Cristo. Cristo es la bandera discutida, aunque no faltan cristianos que, en nombre de las virtudes, religiosas o solidarias, y para atender a lo que une, tiendan a contagiarse del uno o del otro inventando un cristianismo sin Cristo.

Esos tres polos: liberalismo hegemónico, Islam subversivo y crisis interna de la Iglesia pueden servir muy bien para orientación elemental de los fieles católicos respecto a los grandes polos del nuevo siglo que comienza.

En el entendimiento de que sin un juicio religioso del Islam, sistema de religiosidad sincera y enérgica y falsa revelación, es vano pasar a las perniciosas consecuencias sociales y culturales del mismo, que afectan a las relaciones internacionales como a la convivencia y el orden legal internos de las naciones de origen cristiano.

Si en el Corán lo civil y lo religioso marchan inseparables y mezclados, es absurdo pretender criticar su repercusión social haciendo abstracción de la raíz religiosa del mal, religión, repitamos, que parece diseñada deliberadamente para rivalizar con la evangelización y obstaculizarla.
 

Aclaraciones necesarias

Las páginas anteriores están llenas de afirmaciones sin notas de referencia que las justifiquen. Ello obedece a una decisión consciente, y no sólo para facilitar su lectura evitando distraer de las tesis centrales.

Y es que no son difíciles de encontrar los libros en español que fundamentan nuestros asertos, ni citar los pasajes que apoyan cuanto arriba va dicho, pero sí es arduo decidirse a recomendar dichos libros.

Las introducciones que llevan las distintas ediciones castellanas del Corán sirven suficientemente para establecer los puntos fundamentales del islamismo; y las librerías católicas venden trabajos de aproximación y síntesis llenos de erudición en los que constan buena parte de nuestras anteriores afirmaciones, si bien edulcoradas y acompañadas de justificaciones del Islam.

En cambio, encontrar un planteamiento apologético frente al Islam, y en particular sobre su lugar en la historia de la salvación, o sobre el juicio que ha de merecer la presunta revelación a Mahoma, es algo que hoy en día falta por completo (confieso haber tenido que recibir luz de un libro del siglo XVIII, Verdadero carácter de Mahoma y de su religión, justa idea de este falso profeta, sin alabarle con exceso, ni deprimirle con odio, del P. Fr. Manuel de Santo Tomás de Aquino, carmelita descalzo, ex-lector de Teología, y Escritor de la Orden, Valencia, 1793, Imprenta de Francisco Burguete -impresor del Santo Oficio- 223 págs.).

Me veo obligado a denunciar cómo varios libros católicos de introducción al Islam que he manejado, útiles en cuanto a la información que aportan, concluyen en tal deseo de justificar el Islam -identificación de los biógrafos con su personaje- que de tanta complicidad se acercan a la apostasía.

Así, Jacques Jomier O.P. (en Para conocer el Islam, Estella, Verbo Divino, 1989, página 145) aventura una concepción dialéctica de la misión profética: «parece ser que habría que inventar una nueva categoría teológica para designar a esos hombres profundamente religiosos, pero en oposición radical con los cuadros oficiales y que se sublevan contra ciertas formas de cristianismo esclerotizadas o comprometidas en cuestiones culturales o nacionales. [...] Los hombres que se sublevan sin ser santos releen el mensaje bíblico a su modo, en su propio contexto cultural. Esta nueva forma ilumina algunos puntos concretos (por ejemplo, en el Islam el señorío de Dios) pero rechaza otros, a pesar de que son esenciales. Es una especie de devaluación que de momento permite pasar a una parte del mensaje [...] ¿Estará permitido suponer, en el caso de los reformadores que se oponen a una iglesia esclerotizada, que han venido algunas gracias de Dios a confirmarlos, a ellos o a sus adeptos, en sus intuiciones verdaderas? ¿Y que su inspiración les habría ayudado a expresar ciertos aspectos verdaderos y esenciales de su mensaje? Su existencia misma debía luego estimular a la Iglesia y mover a los cristianos a reformarse, sin abandonar las otras verdades que ignoraba la explosión reformadora. De ese modo volverían a descubrir los aspectos de su ideal que habían olvidado».

Y Robert Caspar, Misionero de África -es decir, «padre blanco»'-, en Para una visión cristiana del Islam, Santander, Sal Terrae, 1995, página 245, después de reproducir un texto que no duda en afirmar que la revelación de la que Mahoma es mensajero es una palabra de Dios, apostilla: «Ya se habrá advertido que este texto, que en estos momentos representa el último avance de la teología católica, es todavía "cristianocéntrico", en el sentido que la Palabra de Dios que se puede encontrar en el Corán y en la vida del Islam nos remite a la Palabra de Dios recibida en Jesucristo. ¿Es posible ir aún más lejos?».

Y prosigue en esa línea, que me resulta tan audaz y comprensiva para con Mahoma cuanto escandalosa para oídos cristianos.

* * *

Tres asuntos podrían haberse abordado para completar la sentencia de la falsedad del Islam:

Uno, la falta de credibilidad que merece el Corán. Sea por la consideración de cómo se redactó y se estableció su versión definitiva, sea por las contradicciones patentes que contienen sus enseñanzas entre unos pasajes y otros, sea por el modo de sortear tal dificultad. Aspectos que desmerecen su valor documental y que le dejan infinitamente por debajo de los análisis críticos a los que se han sometido y han superado los Evangelios.

Otro, el modo en que la presunta palabra divina del Corán se pone al servicio de los intereses de Mahoma, en cuestiones incluso nimias y no siempre dignas, que hacen sospechar un origen interesado y trivializan la majestad de una revelación divina. No cabe sino relatar una no pequeña relación de pasajes que se prestan al escándalo o la socarronería.

Y tercero, una caracterización del Islam como secta, y en particular su comparación con los mormones, para comprender que el respeto que se le tiene se debe a razones meramente extrínsecas de antigüedad, extensión y poder (justamente merecedor de temor, por cierto), pero que intrínsecamente no se diferencia en nada de sectas que habitualmente tenemos por ridículas.

Pero habrían supuesto digresiones demasiado amplias, a riesgo de que se perdiera de vista el hilo conductor de este ya largo artículo. Queden para mejor ocasión.


 
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