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Altar Mayor - Nº 90 (31)
Sábado, 20 diciembre a las 13:02:07

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

UNILATERALISMO INVIABLE
Por Jesús Casla

En los tiempos actuales, que algunos llaman posglobalización, no es nimio el hecho de que aún podamos hablar de ciertas culturas regionales que mantienen sus rasgos diferenciales ante el poder arrollador de la globalización. Sin embargo, la subsistencia de esas culturas está supeditada a los intereses políticos y económicos supranacionales. La realidad nos muestra cómo, a pesar del mantenimiento de grupos regionales con características de identidad propias, ya sean culturales, idiomáticas o religiosas, la uniformidad está avanzando preocupantemente en un mundo que tiene más de unipolar que de global, por cuanto el flujo de pautas, modas e imposiciones, como prefieran, sigue siempre la misma dirección Norte-Sur.

Lejos de haber sido adoptada por conveniente, la globalización ha sido impuesta por la presencia de una única superpotencia con vocación de gendarme planetario que encarna los valores de la cultura occidental. Y es precisamente de esa imposición de la que nace la creciente desigualdad y distanciamiento entre el Primer y el Tercer Mundo. Erróneamente se tiende a interpretar que es Occidente la civilización o cultura que rige los destinos de un planeta al que ha impuesto no sólo modos y maneras sino también valores. Pero cada vez resulta más evidente que en el mundo unipolar actual los intereses que mueven y moldean el panorama internacional a su antojo son los de Estados Unidos, única potencia política y militar sobre la faz de la Tierra, y no tanto los de Occidente que en ocasiones han sido desairados públicamente por no compartir los criterios de la superpotencia en política internacional.

A lo largo de la historia todos los imperios han hecho y deshecho a su antojo. En el caso de los Estados Unidos, qué curioso, su preeminencia política y militar no es comparable a la de imperios anteriores, seguramente a causa de la mayor complejidad del escenario internacional actual. Aunque los Estados Unidos no cuentan con rivales que puedan ponerse a su altura militarmente, los últimos acontecimientos internacionales demuestran que, pese a ello, no está en condiciones de mantener una invasión o conflicto externo de larga duración sin que la estabilidad de su economía se resienta seriamente. En cambio, nunca hasta ahora había existido otro imperio o potencia capaz como los Estados Unidos de extender su influencia por todo el orbe combinando medios tan sutiles como la propaganda y la información, con otros tan efectivos como las armas o los organismos financieros que sirven a sus intereses, para crear e imponer estados de opinión favorables o generar condiciones de mercado propicias. Y es que la sociedad de la información, la tecnología armamentística y otras armas tan poderosas como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) o la Organización Mundial del Comercio (OMC) resultan suficientemente convincentes para derribar fronteras geográficas, culturales e ideológicas, y para generar sumisiones y estados de opinión en función de los intereses económicos, sociales y políticos sobre los que se vertebra la mundialización.

La arrogancia en el ejercicio del poder no parece buena estrategia. La concordia con el resto de los países y el propio mantenimiento de la supremacía estadounidense dependerá en buena medida de su capacidad para convencer a sus aliados tradicionales de que en sus acciones tiene en cuenta sus preocupaciones. Como señala Joseph S. Nye, el reto para los Estados Unidos en política exterior radica en su voluntad y destreza para elegir la combinación adecuada entre el uso de lo que Nye llama el poder blando y el poder duro; entendiendo por poder blando su capacidad para influir y atraer a otros países hacia sus postulados, y por poder duro el uso de la fuerza y de la presión con iguales propósitos. ¿Aprenderán los Estados Unidos a usar su poder duro y su poder blando para manejar con habilidad los conflictos internacionales? Ese es el reto. Y para ello, como advirtió en su día el que fuera omnipotente Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, la Casa Blanca debe tener presente el peligro que supone a largo plazo pasar por alto los intereses del resto del planeta.

Podemos observar con preocupación cómo desde que los Estados Unidos han quedado como única superpotencia militar tras la Guerra Fría, y sobre todo desde que George Bush, hijo, llegó a la Casa Blanca, se ha producido un claro desequilibrio a favor del uso recurrente del poder duro, buscando seguramente la inmediatez, en detrimento de los efectos a medio y largo plazo que proporciona el uso del poder blando. Ya lo dijo Heráclito, «la arrogancia y la prepotencia son el antifaz de la ignorancia».
 

Un Tercer Mundo cada vez más consciente de sus posibilidades

Si la caída del Muro de Berlín puso punto y final a la Guerra Fría y supuso la desaparición de la Unión Soviética como potencia y contrapeso al poder y ambiciones de los Estados Unidos, el 11-S ha marcado de facto el inicio del mundo unipolar de pensamiento único. Un nuevo escenario que se rige por unas pautas de actuación relativamente novedosas con un actor, Estados Unidos, con potencial suficiente para ir faciendo y desfaciendo entuertos acá o acullá, según proceda, unilateralista en la acción y universalista en sus propósitos, con el convencimiento moral interno de que su misión irrenunciable es construir un nuevo orden mundial liberal.

El manejo irresponsable del desequilibrio internacional al que ha abocado la resolución de la Guerra Fría puede deparar graves peligros. Como sostiene Joseph S. Nye, el ejercicio recurrente del poder duro está sembrando fuertes odios y resentimientos en un Tercer Mundo ya exhausto por los devastadores efectos del atroz proceso globalizador vivido en los años noventa, y aniquilado por una brecha con el Primer Mundo que se agranda constantemente.

Esa actitud imperialista está generando nuevos enemigos. No se trata de enemistades militares convencionales, pues el inmenso potencial armamentístico norteamericano lo imposibilita. Son rivalidades culturales y religiosas más que ideológicas, como demuestra el creciente movimiento terrorista radical islámico. Y precisamente por las características de estos nuevos enemigos es preciso que Washington se plantee nuevas normas de actuación allende sus fronteras, volcando sus esfuerzos en un eficaz y paciente uso del poder blando, menos aniquilador; pero más sutil y convincente.

Huérfanas de un colectivo aglutinador, como en su día fue el Movimiento de Países No Alineados, a las denominadas Potencias Intermedias, únicas del Tercer Mundo con capacidad para esbozar nuevas estrategias y reclamar protagonismo y un mayor respeto a las normas internacionales, no les queda más alternativa que establecer alianzas regionales para tratar de cobrar voz propia haciendo uso de sus cuantiosos recursos para dejar de ser meros comparsas como suministradores de materias primas y fuerza de trabajo barata, e insinuar la posibilidad de un reordenamiento en el que pretenden jugar un nuevo rol. Hay quien habla incluso de crear una especie de G7 de los países medianos frente a los más desarrollados. Además, algunas de estas potencias intermedias (China, Brasil, Argentina, etc.) flirtean con la idea de acercarse a Europa para liberarse de la opresión estadounidense, lo cual es sintomático.

Esta nueva estrategia de autodefensa de las naciones en vías de desarrollo ha propiciado el reciente alumbramiento en Cancún de un coloso, con pies de barro aún, pero coloso, con la alianza establecida por Brasil, India y Sudáfrica. Con un peso demográfico importantísimo (1.250 millones de habitantes) y un PIB exiguo (1,3 billones de dólares), siete veces inferior al de los Estados Unidos o la Unión Europea, este nuevo actor de la escena internacional nace para presentar batalla en la ámbito político, reclamando reformas en el Consejo de seguridad de la ONU que le otorguen voz permanente; en el económico, promoviendo la reforma de la OMC, sobre todo en materia agrícola y textil; y en el sanitario, denunciando el proteccionismo que impide la venta de medicamentos genéricos que ayuden a paliar males como el Sida.

Salta a la vista que la unipolaridad genera nuevas tensiones y alianzas en las regiones periféricas; pero no ya como bisagra entre los dos bandos de la Guerra Fría, sino como arma de defensa contra la única potencia militar del planeta. El objetivo es crear bloques de presión, no de poder. Estas alianzas evidencian el nacimiento de un interesante espíritu de grupo entre las potencias intermedias que aspiran a hacer prevalecer sus intereses.
 

Dos visiones diferentes del nuevo orden mundial

La actitud unilateral estadounidense también provoca efectos perniciosos en su relación con aliados tradicionales como la Unión Europea, o al menos con buena parte de los países que la integran, lo que supone un cambio drástico en la política llevada a cabo hasta los años ochenta cuando, en plena Guerra Fría, Washington mimaba su relación con Europa para asegurar su control en un continente que también codiciaba la Unión Soviética. La cuestión es si, tras la Guerra Fría, los intereses de los aliados siguen siendo el otrora imperativo estratégico para unos Estados Unidos que, fieles a su propia historia reciente, parecen dispuestos a seguir ejerciendo de gendarme planetario imponiendo su poder político y militar en un mundo anárquico.

La posible fractura en el denominado Eje Atlántico conformado en torno a la OTAN pone en evidencia una vez más la inviabilidad del poder unilateral que los Estados Unidos se empeñan en ejercer cada vez con mayor frecuencia y arrogancia. Al emprender actuaciones ilegítimas sin el respaldo de la comunidad internacional, la Casa Blanca ningunea a organismos como la ONU, al tiempo que su creciente presencia en conflictos regionales ubicados en zonas de reservas energéticas (Afganistán, Irak, etc.) ahonda el desequilibrio internacional, revela sus propios intereses y, de paso, amenaza con generalizar y perpetuar la inestabilidad.

Hoy, los Estados Unidos y la Unión Europea representan dos visiones diferentes del nuevo orden mundial, así como del uso del poder y de su legitimidad. La Unión Europea, quizás instalada en la utopía de la prosperidad y la paz perpetua como unas opciones asequibles, se decanta claramente por el uso del poder blando, dando prioridad a los recursos diplomáticos. En clara muestra de que esta opción, además de ser más constructiva, es también más efectiva, los Quince se han apuntado recientemente un tanto importante al conseguir que Irán firme el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, acuerdo que Estados Unidos había planteado a Teherán como un ultimatum ante la cual el Estado teocrático no estaba dispuesto a claudicar mientras se mantuviera el tono amenazante que no incluye, como de costumbre, a su enemigo en la zona, Israel.

La Unión Europea comienza a alejarse del poder, esto es, de los Estados Unidos, y se decanta claramente por el objetivo de un mundo en el que imperen las normas de negociación y cooperación trasnacionales, que constituyen la propia esencia que ha alumbrado al espíritu de los Quince como organismo multinacional.

Mientras la brecha atlántica de la que habla Robert Kagan se ahonda paulatinamente, la Unión Europea y Estados Unidos cada vez son capaces de alcanzar menos acuerdos y definitivamente han tomado caminos diferentes a la hora de establecer prioridades en política interior; plantearse retos y definir las posibles amenazas; o diseñar una política exterior y de defensa. Las tensiones entre ambos socios estratégicos se han incrementado conforme ha ido avanzando un proceso de integración europeo que siempre ha sido visto con recelo desde la Casa Blanca. El caso Echelson es sólo un botón de muestra.

El tiempo dirá; pero la Guerra de Irak puede haber marcado el inicio de una fractura en Occidente tanto por la disparidad de criterios entre ambas orillas del Atlántico al afrontar crisis internacionales como por la discordia interna generada en Bruselas y alimentada desde Washington con precisión quirúrgica, en un delicado momento de expansión para la Unión Europea. Conviene recordar, en este sentido, la invitación de los Estados Unidos al Reino Unido para incorporarse al Tratado de Libre Comercio para Norteamérica. Curioso, ¿verdad?

Del curso que siga esta disputa atlántica dependerá que se consolide el nuevo orden mundial o que éste se convierta en un polvorín en forma de choque de civilizaciones. Este será, sin duda, el principal desafío a futuro para que remita el escenario de inestabilidad que se ha creado en los últimos años. Una buena relación entre ambas orillas del Atlántico no sólo redundará en estabilidad social y económica para ambas partes, sino que, por extensión, será fundamental para el resto del planeta si los Estados Unidos son capaces de interpretar que el uso de la fuerza nunca es una buena inversión y la Unión Europea logra imponer nuevas normas de actuación.

La Unión Europea ha optado por apartarse del ejercicio de la política del poder para centrarse en la prosperidad y en la paz como objetivos fundamentales, eludiendo incrementar sus gastos militares e intervenir en conflictos ajenos. Sin embargo, esta Europa próspera, diplomática y pacifista, la misma que, según Jean François Revel ha contribuido con sus fracasos históricos al nacimiento de la «hiperpotencia americana», ha de comprometerse en los conflictos internacionales. Debe hacerlo no para poner orden por la fuerza y homogeneizar el mundo, objetivos monopolizados por los Estados Unidos, sino para que de una vez prevalezcan los derechos humanos e impere la ley en las distintas regiones en conflicto; pero la ley de cada uno de los países, no la que imponen las potencias.

La Unión Europea sólo podrá contribuir a un orden mundial más justo ejerciendo una labor de vigilancia crítica que suponga una barrera de contención al creciente unilateralismo estadounidense y exigiendo participación en la toma de decisiones de ámbito internacional.

Hay, además, espacio para nuevas voces; para pactos entre naciones que rechacen la imposición de lo que el ex presidente de Brasil, Fernando Enrique Cardoso, denomina «política del poder» y defiendan la fuerza del multilateralismo aceptando y promoviendo la diversidad cultural y las formas propias de organización de las distintas sociedades.

Si esa diversidad cultural desaparece y el multilateralismo se convierte en un hermoso recuerdo del pasado, el futuro será irremediablemente funesto, pues lo único que se puede contraponer a la desnacionalización es una cultura local. Conviene recordar a Rousseau cuando en pleno siglo XVIII advirtió que «el fuerte nunca es lo bastante fuerte para ser el amo siempre, salvo que convierta el ejercicio de la fuerza en derecho y la obediencia en deber». Antes y ahora, los imperios repiten constantemente los mismos errores por su falta de humildad y por su incapacidad para reconocerse como simples actores de reparto de la Historia.


 
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