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Altar Mayor - Nº 90 (30)
Sábado, 20 diciembre a las 13:04:11

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

CONSTITUCIÓN EUROPEA Y GOBIERNO MUNDIAL
Por Ismael Medina - Periodista

El proyecto de Constitución elaborado por la Convención para el futuro de Unión Europea tiene en Valery Giscard d´Estaing su padre reconocido. Los restantes miembros de la Convención han cumplido el papel de amanuenses, los integrantes del Presidium, y de acólitos, los restantes. No exagero. Existe una generalizada aceptación sobre la paternidad giscardiana.

El texto constitucional para Europa ha promovido una abrumadora literatura periodística, casi siempre superficial. Y algunos repuntes polémicos. Estos se han centrado casi siempre en dos cuestiones: la exclusión de cualquier referencia a los fundamentos religiosos de la conciencia histórica de Europa; y el sistema de representación de los Estados que integran la Unión Europea. Creo que el deliberado y tozudo empeño en mantener la omisión a las raíces cristianas de Europa permite esclarecer la naturaleza profunda del proyecto.

A los cultivadores del significado de los símbolos llamará la atención que el Presidium lo compongan trece miembros. El trece, según el «Diccionario de símbolos» de Juan-Eduardo Cirlot, significa «muerte y nacimiento, cambio y reanudación tras el final». ¿En qué medida puede aplicarse el significado del trece al proyecto giscardiano de Constitución? Su contenido, da a entender que el origen de la Europa a constitucionalizar se sitúa intelectualmente en la Ilustración e históricamente en la doble revolución norteamericana y francesa, inspiradas ambas por el pensamiento iluminista, cuyo centro de poder sitúan algunos autores en el misterioso Tribunal de los Trece, o círculo interior de la Orden de los Iluminados. La exclusión de cualquier referencia a la raíces cristianas de Europa podría interpretarse como una implícita declaración de muerte del cristianismo y de reanudación con la matriz iluminista.

Sorprendió a muchos que la Unión Europea encargara a Giscard d´Estaing la presidencia de la Convención y le otorgara su máxima confianza para redactar la futura Constitución. Su biografía, salpicada de grandes escándalos de corrupción y de vida desordenada no parecía la más adecuada para tan comprometido empeño. ¿Acaso prevaleció en la designación su pertenencia a la masonería? Más de un comentarista lo ha sugerido, al tiempo que respecto de otros miembros del Presidium.

La lectura de textos del iluminismo, de las dos grandes ramas del movimiento sionista -la económica y la política-, de las distintas obediencias masónicas, del CFR, del Club de Bilberderg, de la Comisión Trilateral, de Pugwash, etc., nos descubre elementos esenciales de coincidencia ideológica y de objetivos con el trasfondo ideológico del proyecto de Constitución europea, el cual apunta hacia un federalismo susceptible de integrarse sin demasiadas dificultades en una República Mundial.

Exhumo en este sentido unas palabras del francojudío Patrick Kessel, gran maestre del Gran Oriente de Francia, recogidas por Humanisme (Num. 220/221, marzo de 1995): «Los francmasones del Gran Oriente tienen un proyecto, un trabajo, una esperanza que responde a las exigencias de nuestro tiempo: la República Universal». Una república que está por encima de una «simple democracia», puesto que es «fundadora de una ciudadanía que alcanza a todos los hombres», siempre según Kessel. En definitiva, un concepto de la nacionalidad que «tiende hacia lo universal» (Humanisme, num. 212, septiembre de 1993). No se trata, sin embargo, de una propuesta que entrañe novedad alguna. Aparece expuesta en los mismos términos en documentos iluministas de finales del siglo XVIII. También la hicieron suya los ideólogos del moderno sionismo, en su esfuerzo por conjugar de alguna manera los conceptos opuestos de nacionalismo judaico, en cuanto pueblo elegido y superior, y de internacionalismo, justificador de la diáspora y del peculiar entendimiento de la doble nacionalidad de los judíos asentados fuera de la patria bíblica, en la que se considera subsidiaria la del país de acogida. Asiste la razón a Jacques Ploncard d´Assac (Lettre Politique, num. 250) cuando afirma que «el comportamiento ideológico de los dueños del poder falsea el significado real de la nacionalidad. La concepción que de ésta hacen sólo adquiere sentido en el ámbito de la visión que la masonería tiene de un país que, bien a su pesar, deberá sumirse en el mundialismo, objetivo final de la fancmasonería».
 

Suplantar las religiones

Lo que persigue la francmasonería no es una superación de las diferencias entre las religiones monoteístas, sino suplantarlas. En la literatura francmasónica, desde la más antigua a la más moderna, se encuentran textos abundantes que lo confirman. En 1861, por ejemplo, el masón Cremieux sostenía que la misión de la Alianza Israelita era la de crear una Jerusalén del nuevo orden para sustituir a la Roma de los Césares y de los Papas, que no se redujera sólo al culto francmasónico sino que penetrara en todas las religiones. Con ampulosa retórica lo ratificaba «la visión de Corneloup» (Revue Internationales de Sociètès Secrètes, 1922), recogida más tarde por Hutin en Les Francs-Macons. Imginaba una gran plaza rodeada por los templos de todas las religiones y en cuyo centro se alzaba un rosal sobre un pedestal, en torno al cual se reunirían todos, luego de orar, para «comulgar en la admiración, el respeto y el amor a la Rosa». En éste, como en otros muchos casos, la rosa adquiere para el mundialismo un alto valor simbólico, el cual no sólo conduce hasta la secta de los rosacruces sino mucho más atrás en el ámbito de los poderes ocultos. Y nada de ocasional encierra el hecho de que la Internacional Socialista y sus secciones nacionales trocaran su tradicional emblema, nacido al socaire del movimiento revolucionario sionista, por el actual del puño y la rosa tras su traslación hacia una socialdemocracia con entraña neoliberalista. El puño simboliza su enraizamiento en el movimiento revolucionario sionista. Y la rosa, su dependencia iluminista. Pero hay algo más sugestivo tras el símbolo de la rosa, enaltecido por la francmasonería. Me refiero a la vinculación dependiente de la masonería con la Alianza Israelita, de manera inequívoca señalada por Cremieux. Nueva Alianza (B´naï B´rith) da nombre a la rama masónica exclusiva de los judíos, con resolutiva influencia sobre las restantes.

El objetivo masónico-iluminisa de disolver las religiones en la adoración a una confusa y ectoplásmica divinidad simbolizada por la Rosa, cobró aún mayor consistencia tras la II Guerra Mundial. La Cámara de Meditación de la ONU responde a idéntico propósito que el sostenido por Cremieux, Hutin y Kessel. Cuando se reabrió el 24 de abril de 1957, el entonces secretario general, Dag Hammarsjkol, la describió como el altar de la Religión Universal.

El emplazamiento del gran templo de la Religión Universal ha sufrido cambios a lo largo del tiempo. El presidente de la Alianza Israelita Universal, Sylvain Levy, respaldó la pretensión de Jean Izoulet (París, capital des Religions ou la mission d´Israel. 1926) que postulaba la construcción en París de un Moïseum «que podrá emplazarse en los Campos Elíseos o en la plaza de la Etoile y que estará presidido por la Estrella de Sión». Izoulet concebía una República Universal desdoblada en dos sociedades: la Sociedad de los Estados y la Sociedad de las Religiones. Atribuía a Ginebra la sede del Poder temporal de los Bancos y de los Ejércitos; y a París, el Poder espiritual de la Ciencia, de la Consciencia, de las Iglesias y de las Universidades. Postulaba, en definitiva, una Religión Nueva, dirigida por una Oficina Internacional de las Religiones compuesta por 70 miembros, a imagen del Sanhedryn hebreo, con la misión de aproximar a todas las religiones de la tierra «para reducirlas orgánicamente y sin presión alguna a un mismo denominador común», para el que proponía el «nombre mágico» de Moisés. ¿Y por qué París? Porque París «es el hogar de la Revolución francesa, es decir, de la Revolución religiosa».
 

Londres y Washington

Otro intento para levantar en Londres un análogo templo lo protagonizó la ocultista Annie Beant, fundadora de la Liga Parlamentaria de los Fabianos y que trabajó activamente con Nehru y Krishna Menon. El templo tendría las representaciones simbólicas de las grandes religiones internacionales, presididas por la estrella de David, símbolo también del teosofismo, con una serpiente que enlazaría los dos triángulos que la componen. Conviene recordar a este propósito que de la supresión de las bases entre ambos triángulos, cuya función simbólica era la de barreras entre el Bien (vértice superior) y el Mal (vértice inferior), surge el símbolo masónico del compás y la escuadra entrelazados.

Edith Kermit Roosevelt informaba en Schreveport Journal (31.3.1962) de un análogo proyecto para la construcción en Washington de un templo consagrado a la Inteligencia Universal, o Unión Espiritual de las Naciones. Presidido por un ojo gigantesco, una de sus alas acogería a las «seis religiones internacionales». Al igual que la ONU, dispondría de una Cámara de Meditación, denominada Hall de la Iluminación, en el que los Maestros de la Sabiduría habrían de iluminar a los catecúmenos sobre el contenido del nuevo humanismo. Edith Kermit Roosevelt, que asistió en el Centro Nacional de Documentación Carnegie a algunas de las reuniones de los promotores del templo, los cuales se autotitulaban Servidores del Mundo, recibió los folletos divulgatorios de la Nueva Religión Mundial y asistió a una de las ceremonias en que los iniciados, bajo la dirección de Foster Bailey, cantaban: «Que el Designio guíe los espíritus de los hombres, / el Designio que los Maestros conocen y sirven». El secreto del Designio, sólo conocido por los Maestros, reproduce el ocultismo característico de todas las sectas herméticas.

Pierre Virion se preguntaba en una glosa a estas dos iniciativas (Tradición Católica, num. 84, enero de 1993): «¿Qué es, pues, esta inteligencia? ¿La emanación sefirótica Binah de la Cábala? ¿El artista de los Rosacruces? ¿El Gran Arquitecto del Universo? ¿Es el famoso Señor del Mundo?». La respuesta parece obvia: todos en conjunto, pues todas esas simbólicas ideaciones son las caras de un mismo poliedro de poder, representado en el Nuevo Templo por un domo, el reflejo de cuyos planos iluminados sobre las aguas de un gran estanque «le darán el aspecto de un diamante multicolor». Un efecto espejeante análogo al alucinador que se ha impuesto en los recintos que cultivan los modernos y estridentes ritmos musicales, calificados de satánicos por algunos estudiosos.

Entre los suscriptores de las ayudas para la construcción del Nuevo Templo, para el que se preveía una inversión de cinco millones de dólares, Edith Kermit Roosevelt citaba a los siguientes: Swani Prabhavanda, de la Sociedad Veda de Holliwood; Mac Namara, secretario de Defensa; el líder socialista Norman Thomas; Chester Bowles, consejero especial del presidente Kennedy; Thomas Watson, presidente de International Business Machines; Eleanor Roosevelt, de la Logia Unida de Teósofos de Nueva York; Jack Benny; Douglas Mac Arthur II, embajador en Japón; Max Lerner, del New York Post; el profesor J. B. Rhine, de la Duke University; Roland Gannon, del Movmiento de Juristas por el Parlamento Mundial; Miguel Ydigoras Fuentes, presidente de Guatemala; sir Roy Welinsky, primer ministro de Rhodesia-Niasaland; el predicador Jordan, presidente de Espiritualistas Internacionales; Philip Linnik, director del Centro de Fraternidad Universal; James Linen, presidente de Time-Life; S. A. Mohamed, agregado cultural de la República Árabe Unida... Además del común denominador francmasónico, no pocos de ellos aparecen en las relaciones de miembros de algunas de las más importantes organizaciones instrumentales del poder mundialista. Una prueba más de que todas ellas sirven a una misma estrategia y persiguen idénticos objetivos.

¿Me excedo en la suspicacia? Es posible que así lo crean algunos de los que me lean. Pero las anteriores anotaciones pueden servir para un más acorde análisis del proyecto de Constitución para la Europa del futuro inmediato.


 
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