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Altar Mayor - Nº 90 (29)
Sábado, 20 diciembre a las 13:06:23

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

HÁGASE EUROPA
Por Arturo Robsy

No sabemos cuándo Europa empieza a ser, pero ya se dirá. Sí sabemos, en cambio el mito de «Europa», hija del fenicio rey Agenor, raptada por Zeus y, abandonada en Creta, donde se la llamó Hellotis y se la tuvo por divinidad lunar primitiva o por Astarté. Pero decir la mitología sólo contribuye a convertir nuestro continente en algo también mitológico. Y sólo es piedras y viento. No hombres e ideas.

Más real parece que la palabra Europa nació en Asia, entre los semitas, que llamaban AÇU (Asia) a su oriente y EREB a su occidente. Roma usó la raíz y dio el Erebus; nosotros tenemos en Español nuestro «Erebo», o sea, Infierno. Mal empezamos sin Princesa ni Toro divino: se nos queda Europa con un origen infernal, tierra de muertos por ser la zona de poniente para los semitas. Más adelante el lugar del ocaso será Hesperia, de «hesper», atardecer, palabra viva hoy en lo «vespertino», el «vespre» de mi tierra y en las «vísperas». Los griegos, siempre por delante y tocando con sus islas las orillas del Asia, no sólo tuvieron ? (infierno, lugar inferior, reino de los muertos). ¡Abismo!, donde YHV echó al Lucifer, sino que hicieron con su raíz un artículo: ερεβεννός, o sea, oscuro, sombrío, tenebroso: eso llamaban a nuestro continente Senaquerib y los demás semitas. Más tarde nosotros hablaremos del Mar Tenebroso al mirar el Atlántico, el lugar del anochecer.

Empezar desde los Infiernos, desde el Erebo, tiene sus dificultades, por más que, en aquellas lejanas Eras, Infierno era sencillamente «infer nos», o sea, bajo nosotros: o sea, la tumba excavada. Pero se demostró bien pronto la capacidad de conflicto de esta península de Asia: sucesivas invasiones se encargaron de apartar a los pueblos del mar, los remotos Pelasgos y, en diferentes oleadas, llegaron Aqueos y Dorios a Grecia, Hititas y Hurritas y Filisteos al próximo oriente, otras ramas de invasores avanzaron más al Oeste: latinos, romanos, con, al menos, lenguas indoeuropeas. Los marinos Etruscos de quienes Romma fue «Castillo» (eso parece significar), los primeros contingentes celtas, antes, los Iberos, ya nos llegaran por África desde el Cáucaso, ya por el Norte. No citaremos más, aunque sobran: Cimbrios, Teutones, Suevos, Alanos, Vándalos, Oscos, Germanos de todas las fuentes y todos los nombres, y cada grupo con sus tradiciones, sus costumbres, no siempre pulidas, vicios como beber en la calavera del enemigo, y combativos: Los Hititas se las hicieron pasar mal a todos los de sus cercanías y al lejano Egipto; Los Dorios crearon Esparta y repartieron violencia hasta a los innumerables Persas que no se esperaban aquello de las Termópilas. Los Macedonios, con Filipo, que embridó a toda Grecia y Alejandro, discípulo de Aristóteles, que, tras bailar desnudo ante las ruinas de Troya (se creía reencarnación de Aquiles), batalla tras batalla ocupó Asia hasta la India y el Afganistán.

Sí: pueblos civilizados, filósofos, pero quisquillosos y batalladores. Roma, que, para dar idea de lo que se avecinaba, echó a sus reyes etruscos y aplastó a latinos, samnitas, etruscos mismos y tuvo un mal asunto con Breno, el galo, que les enseñó una lección a ellos y a los gansos de Capitolio: Vae victis!, ay de los vencidos. Lo aprendieron bien y ocuparon, con inteligencia y valor, toda la cuenca mediterránea (Mar Negro incluido), La Galia, Hispania, Inglaterra, más de la mitad de Germania, Austria, los Balcanes, Rumania, a la que poblaron con colonos venidos de Hispania. Pero ni los pueblos romanizados y civilizados, ni Roma misma supieron que eran Europeos. «¿Cómo -hubiera dicho el gran Cayo Julio César-, Vercingetorix europeo? ¡A formar por manípulos!». Cuando nació Cristo, salvador nuestro en muchos sentidos, las gentes afincadas en Europa llevaban dos mil años combatiéndose y matándose, aunque no sabemos sus furiosas aventuras mas que por los mitos y por las viejas obras griegas y romanas. Tampoco ellos sabían su verdadera historia.

Si algo fundamental trajo el Cristianismo a estas tierras, además de la fe, de la gloria del martirio, de la redención y el trabajo de crear hombres nuevos y mejores, fue una historia clara, bastante exacta, de los siguientes dos mil años, donde se enfrentaron ejércitos de cientos de miles de hombres o se rechazó a Atila con el apoyo absoluto –ya hispano- de los españoles: no todos godos de nacimiento. Dio fe de las luchas en decadencia, mesnadas de un duque, mesnadas pobres y mal armadas, contra las de otro qué tal. Fue testigo de cómo «los godos pasaron la esfera» (que dice Quevedo) y bautizaron. De la anterior conversión de esos godos, con un Hermenegildo, cristiano, golpista y mártir. Santo en suma. Aunque no por eso olvidaron asesinarse como método para reinar; dio la Iglesia fe de la Invasión de Tarik y Muza, o de aquella avalancha victoriosa que fueron los Españoles en Las Navas de Tolosa o en Ceriñola, Garellano, Pavía y de la suprema muerte y victoria en Otumba. Aquellos héroes impetuosos no sabían que eran Europeos, pero sí que vivían en Europa. A veces.

Consultados los planos de la antigüedad y hasta del principio de la Edad Moderna, en los más falta el nombre de nuestro continente: Europa. En uno, de Ptolomeo, mientras Asia aparece grande y visible, y Libia (África) también, Europa se encuentra junto al territorio de los Sármatas, en letra menuda y en lugar lejano (Rusia). No había, ni entre griegos ni romanos –menos entre celtas, celtíberos e iberos- ninguna sensación de ser habitantes del mismo continente y ni siquiera sospechaban los lazos de origen y de lengua que les unían. Un ejemplo, puesto que el falsificador Monsieur le Maçon Giscard aparta la palabra Dios de la quizá futura Constitución Europea, tenemos que en Indoeuropeo Dios es Dyaus, que pasa a Zeus en Griego, Deus en latín, y Dios, Deus, Dieu, Dio, incluso en Inglaterra, donde parece que sólo existe God, «dear me» significa válgame Dios, y ¡Dear!, como exclamación, vale por ¡Dios mío!

El señor y mosieu Giscard, tan francés, tan laico y tan masón, parece que no ha reparado en que, desde mucho antes del Cristianismo, las gentes de Europa compartían palabras tan fundamentales como Dios y que en todos los panteones vigentes entonces, había un Dios Superior, por encima de los demás. Un Extra-Dios al que los demás se subordinaban. Aun nuestro Dios único, tiene una corte –añadida por los tiempos- de Ángeles de gran habilidad y de santos y bienaventurados. De otro modo se dice: aquellas gentes tan variadas tenían una profunda religiosidad, muy contraria a la que, con su Revolución, se inventaron los franceses acalambrados: La Diosa Razón. ¡Templos le levantaron y sabían que no existía, los tíos! También se podría aplicar lo dicho a las lenguas europeas sobre «Familia».

Hay cosas que el pensamiento organizado no puede quitar de las estirpes. Véase la palabra «Héroe», germana en principio, pero presente de Italia a América. O la «guerra».

Pero estábamos en Europa, palabra poco usada en las edades anteriores y en la Edad Media, donde se la llamaba «La Cristiandad», decidida a defender la fe con su vida, o sea, patrias jóvenes y creadoras. Cristiandad respondía a lo que se era entonces con mucha más exactitud y disponía del único nexo que ha tenido en verdad el universo Europeo: la fe en Cristo. Hay una igualdad más, pero en el campo psicológico: la decisión intermitente de restaurar el Imperio. Sin alargar, citemos a Carlomagno, nombrado Emperador por el Papa y, aunque fraccionado el intento, de él surge el Sacro Imperio Romano Germánico o el Austro-Húngaro. Napoleón también lo intenta y es Emperador, coronado a sí mismo ante la mirada del Papa. O el propio Hitler: tan actual aún que no se le debe mencionar demasiado. A Satán, sí; a Hitler, no

Han fracasado todos los intentos salvo uno: el del cristianismo que, en efecto, unificó Europa, mantuvo la Triara por encima de los reyes, a los que consagraba y a los que podía destituir. Quien quiera que fuese, comprendió que con la Iglesia Universal jamás sería posible el dominio absoluto de Europa, y La Reforma fue un intento de deshacer Roma. Fracasó, aunque no le faltaran fuerzas: el superior de los Caballeros Teutones, que habían conquistado Rusia en su momento, fue el primero en adherirse a las herejías. Hoy, cuando de nuevo se peca de pertinacia al volver a la muy fracasada Unidad de Europa, se emplea el mismo artificio: hay en marcha una Segunda Reforma, que trata, de nuevo, de liquidar el Catolicismo: las sectas no son obstáculo; lo universal, sí. Los pecados tampoco significan nada importante.

Pero esta Europa es un misterio, no sólo en cuanto a su origen y cuando nació, sino en lo referente a sus límites. Los griegos suponían que Europa empezaba en el Mar de Azof y estaba limitada por el río Tanais, hoy Don. O por el río Fasis (Rión), de los cólquidos. Por otra parte, y ya en lo moderno, Humbold no creía en la diferencia entre Europa y Asia: la misma cosa geográfica. Y así es. A finales del siglo XVIII, bordeando la Revolución Francesa, a Napoleón y al siglo XIX se empezó a insistir, y a imponer hasta hoy, que los Urales eran el límite oriental, el Caspio con su Cáucaso, el Mediterráneo –todos grandes errores de consecuencias políticas- y el Océano Atlántico. Pero de todas formas esa Europa seguía siendo un continente, «un container» en el que se amontonaban más naciones que en cualquier otro. Una referencia geográfica y no política ni espiritual ya.

Ha pasado mucho desde la unidad política romana; y bastante desde la unidad religiosa de la Cristiandad, quebrada por la Reforma. Los diferentes pueblos han creado sus mores, sus costumbres, sus tradiciones, sus lenguas divergentes y, con las constantes e importantes guerras, han divergido. Poco tienen que ver unos con otros, salvo las desconfianzas endémicas. Ahora mismo Francia y Alemania parecen naciones de inquebrantable amistad, pero basta con preguntar a un francés de a pie o a un alemán, para comprobar que esa proximidad es ficticia. El Español no se fía ni de Francia ni de Inglaterra. El Portugués, de España. Multitud de lenguas, multitud de tradiciones; multitud de religiones y de Vírgenes; multitud de concepciones políticas y de visiones artísticas y literarias. Basta con el retrato de Felipe II, de Tiziano, y recordar que esa imagen tranquila y noble, se llamó y se llama en otros lugares «El Monstruo del Mediodía». ¿Se puede recomponer, con una Constitución de aluvión seleccionado, la enemiga y la tradición en el odio que se mantiene entre los pueblos del Continente que nunca han sido ni una nación ni una federación? ¿Pensaremos los españoles mejor del saqueador de Roma, Condestable de Borbón, traidor a su Francia y tratado como Dios dispuso por el de Benavente? ¿Mejor de Duguesclin? ¿Mejor del Príncipe Negro? ¿Mejor de Drake, que en Inglaterra pasa por el inventor del tabaco y de la patata?

La cosa sería cómica si no nos pusiera al borde del olvido, con ingentes masas de cara propaganda y la voluntad de no enseñar historia a los chicos. Para que haya una Europa nación y no Continente, hay mucho que falsificar y que desvanecer. No precisamente las mentiras sino las verdades. Se irá la Noche de San Bartolomé, pero probablemente subsistirá la Batalla de la colina de Hastings, en 1066 («Mi reino por un Caballo»). Serán los vikingos los descubridores de América y, por si acaso, Colón será genovés y judío. Esto se señala porque, en todas las naciones, menos las rectoras, sucederá algo semejante y, con las novedades ya proyectadas, se desvanecerá la historia documentada de Europa, una de las grandes tareas de la Cristiandad. Tal vez nunca esa Cristiandad trató de liberar los santos lugares, y esa gran historia que algunos conocemos quede substituida por la que se organizaba Guillermo Brown, con la pipa que usaba César en Inglaterra. O sea: es normal que para que el nacimiento de Europa surja de la Revolución Francesa, de sus matanzas (imagen de la Rusia), de la Diosa Razón, de las muchas batallas que tuvo que superar La Françe entonces; de las muchas falsedades que, antes, debió extender el Enciclopedismo, de los muchos errores de Kant, de Hegel, del Idealismo Alemán.

Es ahora el momento de responder a las preguntas claves del principio: ¿Dónde y cuándo nació Europa? A principios del Siglo XIX, en Francia y bajo el signo de la mentira y lo liberal. Desde entonces ha crecido; ha arraigado en las mentes y ha substituido la gloria particular, la fe universal, por generalidades geográficas a las que en vano se trata de dar otro contenido. Aún así, en el Nouveau manuel des aspirants au Baccalaureat ès-lettres, en las primeras páginas de Avertissements, donde se nombran las materias como se desarrollarán, no se cita ni una vez la palabra Europa. Y estamos en París, en 1840. En las materias siguientes, sólo en el prólogo de Historia se habla de «las naciones de Europa», y en el de Geografía, que la menciona por sus divisiones y no por su unidad. Es un libro de texto.

Para esta Europa de hoy, tan rápidamente aparecida, habrá que acabar con demasiada verdad y excesivos hechos y personajes, como Santo Tomás de Aquino, La Escuela Palatina de Carlomagno o la entrada de los Clásicos a través de Toledo, Regente Alfonso X. Y hasta con D. José Ortega y Gasset, que era justo.

Vemos a Monsieur le President, ami de Bocassa le caníbal, on conaisant que le bon Bocasa eté flipé pour la image de Napoleón –por si no se nota, esto es franchute macarrónico-. ¿Qué remanecerá de Europa o, sea, de los pueblos y naciones que tan distintos son y tanto se han combatido, si on ne parle pas de l’Eglise. Ce Monsieur lá, tuerá la moitiée de notre histoire. O dicho de otra forma: Europa no puede existir como unidad porque se interponen dos mil años de odios y batallas, que no se borran por los intereses de masones y mercaderes, o sea, de los mismos ambiciosos. La otra clara posibilidad de existencia, el cristianismo, no figurará en la Gran Constitución, de una península de Asia.

Basta con ver nuestra Constitución del 78, para comprobar que, pese a mencionar la religión católica, ha sito espectadora muda de la desaparición rápida de la práctica religiosa y de la decisión educativa de no enseñarla y, casi igual de malo, de permitir que los jóvenes pierdan la comprensión de nuestro Arte, en su mayoría cristiano, y de nuestra gran literatura. Y esa es una pérdida que un mundo civilizado no puede permitirse sin perder sus mayores raíces: Quizá era eso lo que se pretendía.

En tanto me alcanza la memoria no sé de ningún pueblo europeo sin religión, y sí de muchos con religión oficial, como nuestra amiga Inglaterra, y tantos otros que nombraron para ello a las sectas reformadas. Tras la revolución liberal, Francia es la que empieza con los gobiernos ateos: ateos militantes y destructores. De hecho, la política, en simbiosis con la religión hasta entonces, parasita la economía desde aquellos momentos y es la economía la que substituye a las ideas en las que los pueblos se basaban para ser grandes o desearlo. La Constitución Giscard, tan aplaudida por los sectores que llevan a Moloch su independencia nacional, ya que la Patria del Hombre es su moneda, convierte en ley y en dogma una situación efímera, que da preponderancia al billete, la producción o el control de las materias primas, en beneficio de equiparación de todas las naciones en una sola, aunque no compartan idioma, riqueza, religión, historia, memoria histórica ni proximidad. La única verdadera unión que existió, desde algo antes de caer Roma, el Cristianismo, se ignora. Porque es necesario ignorar al hombre salvo como mercado de trabajo. La riqueza, piensan, y dicen a veces, se consigue haciendo trabajar a los demás.

Y no por religión y dogma. Si Giscard no dice esto es que no quiere decirlo. ¿Y por qué no va a querer? ¿Por qué necesita provincias europeas que, como en España vemos, generen muchachos que nada sepan de Santa Isabel, de José de Arimatea, de Lázaro, de Túbal y Tarsis, de Santo Domingo, de San Juan de la Cruz, de Fernando III o de San Luis de Francia, lo que trae, inevitablemente, no reconocer el sentido de más del 90% de las obras de arte notables entre nosotros y entre las demás naciones; la pérdida de miles de palabras; la incapacidad de entender otro 80 ó 90% de la mejor literatura, para entender qué sucede cuando alguien llama a otro «fariseo»?

Aun cuando la enorme presión del poder, que ha decidido saltar al dominio del mundo, no vaya a permitir en los próximos siglos la aparición de estados confesionales y esté destruyendo los que quedan en la órbita islámica –sólo Israel resistirá por algún complicado asunto histórico-, los hombres de Europa, que tanto han batallado entre sí y que tanto se han odiado, tienen en común lo Cristiano. Mil millones en la esfera creen en Jesucristo, pero no se trata de que los gobiernos laicos enseñen a creer en él: ya se encargarán nuestros sacerdotes (con suerte). Se trata de que nadie ignore que el gran motor de estas naciones, que hoy quieren concentrar en una Europa sin ninguna existencia política en la historia, y fracasada cada vez que ha tratado de existir como tal, es el cristianismo, antes y después, ayer y yo.

Si no se afirma esto, con humildad, diciendo además sus aciertos y sus errores sociales. No se está hablando del conjunto de reinos, de patrias, de Naciones hoy. No se está definiendo el espacio geográfico Europeo y de cuanto sucedió sobre él, sino de uno inventado, nuevo, vertebrado como mercado de producción y consumo, quizá consagrado al ya mencionado Moloch o a alguno de aquellos Faraones que se hacían enterrar con sus riquezas. De este mundo nadie se lleva nada, salvo lo que su alma haya atesorado.

Si además consideramos que una Europa Unida como ente político que nunca fue, tiene como únicos creadores –de Constitución y de leyes- a los descendientes de quienes llevan 250 años conspirando y luchando para la desaparición de la Iglesia, es poco osado suponer que también este paso se da en esa dirección y que, por eso, se borra la Cristiandad: con ella irá su moral, si duda, para volvernos hacia los sátrapas y la moral cambiante de la Fuerza del Poder y del Poder de la Fuerza.

Una Europa inventada por algunos para ganar más dinero y millones de hombres que serán separados de la esperanza y destinados a la furia con su vecino y al trabajo como simples factores de la producción; quizá la furia sea asesina como la de USA y que ya vemos, mortal y enloquecida, entre nosotros. El hombre asustado por la vida diaria es más fácil.

Nadie hará esa Europa sin la milicia de los Estados Unidos, sin los grandes bancos y, sobre todo, sin los medios de comunicación que ya llevan un siglo ensuciando cualquier verdad, o inventándola, como el caso de las armas de destrucción masiva del Irak, engaño, en origen, del Mossad.

Terminemos: ¿se nos ha consultado a los españoles sobre el Mercado Común, transfigurado, de un día para otro, en Unión Europea? Y, aparte de lo económico, en que España ya ha aceptado, más o menos en secreto, su papel de nación o provincia periférica, dedicada a servicios y a accesorios, ¿alguien nos a explicado adónde conduce toda esta revolución sin el hombre o sin que el hombre sepa lo que de verdad es serlo? A ganar todo el mundo -cito a Jesús- y a perder nuestras almas.

Sólo puedo decir que a la España de Franco no la hubieran dirigido hacia el nihilismo ni al brutal dominio de los cananeos. Imagínense un universo convertido en Palestina y sabrán qué nos espera. Pero, a continuación, imagínense a España evitando que eso mismo sucediera cuando Lutero. Y escojan: O se restringen las mentiras de los medios y se saca el dinero de los bancos o estará muy claro por qué Mosieu Chirac no ha querido hacer mención de Cristo.

Moisés impera, de acuerdo. Pero la razón, la lógica, nuestro derecho a saber lo que nos concierne, ha quedado muy lejos. Como en el viejo Credo: «fue crucificado, muerto y sepultado».

Siento ese dolor contrario al ser, pero preciso para reaccionar: Nos despojan y nos degradan. No lo verán mis ojos.


 
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