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Altar Mayor - Nº 90 (28)
Sábado, 20 diciembre a las 13:08:32

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

LA GLOBALIZACIÓN COMO SIGNO DE NUESTRO TIEMPO
Por Alberto M. Arruti

Distingue Geoffrey Leech entre el significado conceptual y el significado afectivo de las palabras. El primero es el significado patente, literal de un texto. En cambio, «en el significado afectivo hay algo encubierto, implícito y potencialmente pernicioso». Del mismo modo, hay términos que caracterizan una época, que son usados, de forma constante y reiterada, por los distintos medios de comunicación. Diríamos que en el «tardofranquismo», según la expresión de Umbral, la palabra clave fue «desarrollo». En la transición, dos palabras acapararon la atención general: «libertad» y «democracia».

Hoy, una de estas palabras, es «globalización». Despierta entusiasmos en unos y odios y temores en otros. Pero, ¿qué hay detrás de estos sentimientos? La globalización no es algo propio de nuestros días. Ahora se ha popularizado y ha saltado a la calle. Pero, de hecho, se inicia al término de la Segunda Guerra Mundial. Y aquí, como tantas otras veces en la Historia, la tecnología ocupa un lugar importante, aunque no único. La informática, de un lado y, de otro, las nuevas tecnologías del transporte contribuirán, de forma decisiva a este proceso de globalización. Parece que nos vamos acercando a un Estado único, a un gobierno único y a una economía única. Lo que implicará previamente una fase en la que habrá distintos bloques políticos, económicos y militares. Hoy parece dibujarse un mundo en el que está la superpotencia de Estados Unidos, la Unión Europea, Japón como líder de Asia, una China con índices de crecimiento insospechados y una África, que no acaba de encontrar su ubicación y que, de momento, aparece como teatro de las ambiciones de otros bloques o, incluso, de algunas multinacionales, mucho más ricas y poderosas que distintos países de nuestro mundo.

La globalización, nos parece, que va a seguir su curso inexorable. Incluso, se va a acentuar en los próximos tiempos. Los que luchan y protestan contra la globalización nos recuerdan a aquellos «luddites» que, en el siglo XIX, iban por las fábricas de Gran Bretaña destruyendo determinado tipo de telar, porque pensaban que estos quitaban puestos de trabajo. Tal vez, lo único que podamos hacer es canalizar la globalización de forma que sea menos dura. Toda revolución, política o económica, conlleva unos ganadores y unos perdedores y es, por su propia naturaleza, traumática. Es lo que Shumpeter llamaba «destrucción creadora».
 

El estado de bienestar

En Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, se impuso un estilo de sociedad, sostenido por los partidos demócrata cristianos y por los partidos socialistas, en el que predominaban las clases medias, procurando que las clases elevadas y las pobres fueran lo más reducidas posible. El Estado era una especie de árbitro de las distintas clases sociales. A cambio, se despolitizó, en gran medida, la sociedad, evitando la posibilidad de revueltas sociales. En definitiva, se institucionalizan los derechos sociales de los individuos. La sanidad y la educación corren a manos del Estado. Se provee a los ciudadanos de unas determinadas prestaciones monetarias en forma de subsidios o pensiones. Pues esta situación ha cambiado radicalmente y el Estado de bienestar está dando sus últimas bocanadas. Recorte de prestaciones sociales en Francia, en Alemania, en Italia, configuran una Europa distinta de la que existió en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La caída del muro de Berlín puede ser la fecha emblemática de un mundo nuevo. El socialismo real se vio que era un fracaso. Se terminó la idea de que el crecimiento económico implicaba la creación de empleo. El capitalismo, con formato liberal, quedó solo, sin ninguna referencia, teórica ni práctica, sin ninguna limitación.
 

El Tercer Mundo

Aquí los datos son escalofriantes. Se podrían escribir muchas páginas. Por ejemplo, la situación de los niños en la República Democrática del Congo es espeluznante. En una semana mueren más niños en el Congo que soldados en toda la guerra de Irak. Un 12 por ciento de niños mueren antes de cumplir un año. Uganda, Nigeria, Botsuana, Senegal, los datos son muy parecidos. Y algo similar en Hispanoamérica. Por citar un ejemplo, en el año 2002 en Guatemala se han cometido 635 asesinatos de niños, de los que 508 han sido con armas de fuego.
 

A modo de conclusión

Estamos en el fin de una época. Los problemas tienen una dimensión planetaria. Ya había dicho Comgar: «El mundo es mi parroquia». Sería pretencioso decir que la globalización ha empeorado la situación de los países pobres del Tercer Mundo, probablemente porque no es posible que empeore. Pero tampoco puede decirse que haya mejorado. La población total de los países más desfavorecidos alcanza casi los 600 millones de habitantes. La definición de pobre no está clara. Los economistas no se ponen de acuerdo. Pero quizás la definición más extendida sea la que define como pobre aquella persona que vive con menos de un dólar al día. Y África aparece como el continente más desasistido. A finales del siglo XX, existían en aquel continente cinco países con menos de 200 dólares de renta per cápita: Burundi, Etiopía, Mozambique, República Democrática del Congo y Sierra Leona. «Sus condiciones de vida, escribe el profesor Juan José Toribio, resultan simplemente dramáticas».


 
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