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Altar Mayor - Nº 90 (27)
Sábado, 20 diciembre a las 13:10:59

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

EVOLUCIÓN MEDIÁTICA EN EL MUNDO MUSULMÁN
Por Manuel González Torga - Periodista y profesor universitario

El escurridizo fenómeno de la opinión pública condiciona la evolución política nacional e internacional, salvadas las excepciones propias de cualquier regla. A su vez, los medios de comunicación social contribuyen al régimen de vientos dominantes en distintas circunstancias; unos que se mantienen dentro de la tónica normal y otros que representan cambios sobre la situación considerada propia del lugar. Puede haber sorpresas momentáneas y también vaivenes. Los especialistas en las técnicas de sondeos y auscultación buscan efectuar mediciones y ofrecen previsiones con métodos sofisticados de los que carecían los antiguos augures, reducidos a burdos engaños. Siempre ha sido necesario intuir la opinión pública; pero, además, influenciarla.

Las opiniones públicas occidentales tienen unos viejos estereotipos de signo negativo sobre árabes y musulmanes (con indios, persas, malayos, sudaneses...).

En España, con más tradición por los siglos de su dominio, de la convivencia y de la vecindad. Sin ir más lejos, en Badajoz, la famosa Torre de Espantaperros te explicaban que debe el nombre a su función de atemorizar a los «perros cristianos» durante la existencia de un reino islámico en el territorio pacense. La expresión del «fiero turco» y el pavor de la amenaza otomana en su época llevaron a la batalla de Lepanto.

Obviamente, desde el otro lado, las acusaciones y las reservas históricas resultaban pariguales, poco más o menos. Unas veces, desde aquí o desde allá, habrá razones objetivas; y en otros casos, leyendas y mixtificaciones habrán distorsionado la verdad. Mas vengamos al tiempo histórico inmediato, en el cual el conflicto ha reverdecido, con tonos preocupantes cuando no trágicos.
 

Papel creciente de la TV

Desde hace más de medio siglo la TV viene jugando un papel creciente en cuanto a influencia social y contagio de costumbres; en definitiva, alteraciones que inciden, antes o después, y consciente, o inconscientemente, sobre la opinión pública.

Las poblaciones árabes y los adeptos al Islam, quedan al margen en trabajos donde, presumiblemente, deberían ocupar un espacio destacado. Una obra divulgativa del profesor australiano Chris Barker, titulada Televisión, globalización e identidades culturales (editada, en inglés, en 1999 y, en español, en 2003) parecen augurar algún desarrollo del asunto; sin embargo, lo despacha, en las páginas introductorias, sin mayores escrúpulos.

Un destacado periodista tunecino, el corresponsal en Madrid, Mohamed Abdelkefi, acertaba a concretar el fenómeno, con amplio alcance cultural, en este pasaje de su intervención en un curso: «En la filosofía, en la literatura con sus diferentes ramas (la novela, el ensayo, el cuento, la poesía, etc.), en la música, en la cinematografía y en tantas otras disciplinas, el escenario árabe conoce una actividad intensa y un rendimiento de gran valor en forma y contenido, que lo hacen merecedor del adjetivo universal aunque –por razones múltiples que no viene al caso explicar– no traspasen las fronteras árabes, a excepción de las pocas obras escritas en idiomas europeos, porque muchos son los árabes que escriben en otros idiomas aparte del suyo».

Barker arranca de la observación, en el paisaje internacional, de un cosmopolitismo aperturista generalizado, frente al cual señala dos excepciones dispares: la hostilidad del gobierno francés ante los productos televisivos estadounidenses («a tener Dallas hasta en la sopa», frase acuñada por un ex ministro de Cultura galo); y , añade, como aplicación de una política defensiva frente a la invasión cultural, «que las antenas parabólicas han sido declaradas ilegales en Arabia Saudita, Egipto, Bahrein e Irán». Luego el libro aporta datos sobre la población negra de EE.UU. y mete en el mismo saco a todos los asiáticos, cosa que plantea multitud de interrogantes. Pero, además, aquella prohibición de las parabólicas, posee una validez relativa ya que proliferan como hongos por encima de normas restrictivas.

La mayoría de los países árabes crearon unas televisiones nacionales que, en términos generales, han funcionado de manera oficialista y rutinaria. Algunas emisoras, de titularidad árabe instaladas en urbes occidentales -como Londres– tampoco alcanzaron una gran repercusión, pese al ArabSat, satélite con cobertura internacional sobre la zona geográfica que agrupa a naciones de ese carácter étnico.

En la zona del Golfo habían recibido autorización determinadas emisoras privadas dependientes de compañías petrolíferas.
 

Al Yasira y Al Arabiya

El cambio radical de la situación ha venido de la mano de Al Yasira, propiedad del jeque de Qatar, Amad Bin Jalifa. Este canal televisivo comenzó a emitir desde las afueras de Doha, capital de dicho emirato, en 1996. Alcanzaría notoriedad mundial, cinco años después, por los vídeos de Ben Laden y luego, por la cobertura informativa de la guerra de Afganistán, con la acreditación ante los talibanes. Fuentes del gobierno de los EE.UU. han llegado a denominar a Al Yasira, «la TV de Osama», de quien recibe grabaciones de vídeo y de audio.

Resulta ciertamente sorprendente que el emir de Qatar, al tiempo que otorgaba facilidades al Pentágono para asentar el cuartel general de la ofensiva contra Irak, resistiera las presiones del Departamento de Estado para poner sordina a Al Yasira. Egipto, Siria, Arabia Saudita y Kuwait han sumado críticas y restricciones al canal qatarí.

Más allá de las coacciones ejercidas sobre su línea informativa, Al Yasira ha alcanzado el seguimiento de unos cincuenta millones de telespectadores árabes, a través de los cuales logra repercusión sobre otras decenas de millones; la audiencia musulmana no árabe así como la multitud a la que llega en todo el mundo mediante cadenas que adquieren imágenes de Al Yasira, suma cifras apabullantes.

Acabó la exclusiva de la CNN y el oligopolio de hecho de las grandes cadenas USA que, en su propio país, intentaron cerrar las fronteras a las imágenes de la emisora qatarí, pretensión que resultó fallida. La misma CNN difunde contenidos visuales de Al Yasira, como la británica BBC World y otras muchas cadenas de todas partes. El diario californiano San Francisco Chronicle contrató servicios de la TV qatarí así como a un traductor de árabe y su ejemplo cundió a diestro y siniestro.

Al Yasira enarbola el lema «La opinión y la otra opinión». Alardea de ponerlo en práctica de modo muy especial en el espacio de debate La dirección opuesta, donde contrastan opiniones en directo representantes de sectores árabes bien diferenciados: nacionalistas, fundamentalistas, laicos e izquierdistas y prooccidentales filodemócratas. Ha llegado a entrevistar a dirigentes israelíes como Simón Peres.

Entre el centenar de comunicadores de Al Yasira hay periodistas argelinos, egipcios, sirios, libaneses, iraquíes, palestinos, etc. Ideológicamente cubren un amplio espectro y su rodaje periodístico tuvo lugar en los servicios en lengua árabe de la BBC.

Un caso singular es el de Taisir Aluni, sirio de origen y nacionalizado español. Es el único periodista que ha entrevistado a Ben Laden después de los atentados del 11 de septiembre en EE.UU.; siguió, en exclusiva televisiva para su cadena, la guerra de Afganistán desde el frente talibán; y estaba en el Hotel Palestina, de Bagdad, cuando se produjo el disparo de un blindado norteamericano que segó la vida del operador de cámara español José Couso.

Taisir Aluni fue incluido por el juez Garzón en su instrucción relativa a Al Qaeda. Garzón le imputa responsabilidades concomitantes con el terrorismo de Al Qaeda que, supuestamente, habrían desbordado sus contactos y comportamientos periodísticos. En relación con éstos, el jefe de la delegación de la CNN en El Cairo reconoció que de haber recibido las cintas de Ben Laden, «Sin duda, habría intentado difundirlas». Efectivamente, una entrevista de Taisir Aluni con Osama Ben Laden que había sido embargada por Al Yasira fue difundida por la CNN; alegaba además el canal centralizado en Atlanta que era algo legal puesto que tiene un convenio con Al Yasira «Que nos da el derecho expreso a utilizar cualquier material gráfico propiedad o controlado por la misma sin ninguna limitación».

En el nuevo mapamundi de la información televisiva Francia pretende entrar, con voz e imágenes propias, en liza con la CNN, BBC World y Al Yasira.

Del seno del propio mundo árabe ha surgido la competencia concretada en Al Arabiya. Desde el emirato de Dubai opera en manos del grupo financiero que en Londres contaba con el canal árabe por satélite MBC, centrado en contenidos oficialistas o muy limitados. Saudíes, Kuwaitíes y libaneses han aportado ahora doscientos setenta y tres millones de euros para difundir, igualmente por vía satélite, información en lengua árabe. Como director, Saleh Qallah, ex ministro jordano de información. Plantea una «alternativa serena», al no buscar reacciones emocionales de los telespectadores sino «reflexiones racionales a través de un enfoque profesional de las noticias y los debates». Claro que una cosa son las buenas intenciones y otra la ineludible dinámica del medio.
 

Reservas frente a la imagen

En las religiones del Libro, que tienen su venero en el Antiguo Testamento, existe una fuerte reserva de origen frente a la imagen trascendente. Para los israelitas regía la prohibición de representar a Yaveh bajo una forma visible. El problema cobra vida, sobre todo, con el pasaje de la adoración al becerro de oro descrito en el «Éxodo».

No pudieron soportar la espera ante el regreso de Moisés de su subida al monte Sinaí. Con los zarcillos áureos que pendían de las orejas «de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas» Aarón aceptó fundir el ídolo al que seguir, rendir culto y festejar. A su vuelta Moisés destruyó aquella figura, la pulverizó, esparció los restos en el agua y la hizo beber a los hijos de Israel. Mas adelante la Biblia recoge, literalmente, que Yaveh termina diciendo a Moisés: «...mi faz no se podrá ver».

Dentro del cristianismo la renuencia a las imágenes surge con la heterodoxia de los monofisitas, alcanza su máxima virulencia con los iconoclastas y deja un legado en las iglesias protestantes.

La furia iconoclasta [de eikon (imagen) y klao (romper)] se mantiene siglo y pico: arranca en el año 725 con el emperador de Oriente León III y dura hasta el 842. León III partió de la misma prohibición establecida por el califa Omar II para las poblaciones cristianas bajo su soberanía.

Las persecuciones por parte de los iconoclastas arreciaron a sangre y fuego. Constantino V, como en un castigo simbólico, mandó sacar los ojos al general Artabardo, su cuñado, que le había arrebatado el trono y había restaurado la veneración iconofílica. El mismo castigo lo extendió a los hijos de Artabardo y al patriarca Anastasio. En enero del 842 cesó al fin la violencia de los iconoclastas y las aguas volvieron a su cauce.

Los musulmanes han cultivado los adornos geométricos y evitado que prolifere la figuración humana y zoológica en general. A través del tiempo tampoco se ha mantenido a ultranza; ahora bien, un mandato proscribe la captación de la sombra del cuerpo, interpretable como algo generado por el mismo.

El fundamentalismo implantado en Irán y el régimen que impusieron durante su etapa los talibanes en Afganistán llevaron al extremo la proscripción de las imágenes, distanciándose de la tónica general en los países árabes. Diferenciación por un lado racial y por otro de interpretación en cuanto al ejercicio de la fe.

En Irak, el régimen de Sadam Husein mantuvo una línea laica hasta la postguerra debida a la invasión de Kuwait. Entonces el signo religioso contribuyó a paliar la desgracia. El integrismo ha seguido en alza y en la nueva postguerra los cines son blanco de ataques violentos; no sólo las dos salas X existentes en Bagdad sino el resto de las convencionales. En Mosul, la exhibición de una película pornográfica de producción extranjera acabó con dos muertos y veinte heridos, víctimas de la explosión de una granada.
 

Sueños judíos

Un grupo de hebreos emigrados a EE.UU. protagonizó la construcción de los pilares fundamentales de la gran industria de los sueños basada en las imágenes en movimiento y afincada en Hollywood. Neal Gabler escribió un texto que sirvió de base para el documental «Hollywood, fábrica de sueños. Los orígenes y años de esplendor».

Los creadores de seis grandes estudios cinematográficos fundados en los años 20 del pasado siglo fueron inmigrantes judíos. Todos ellos nacieron en un territorio europeo abarcado por un radio de ochocientos kilómetros; luego vivirían en las proximidades de Los Ángeles a menos de veinticinco kilómetros unos de otros.

Los nombres de Adolph Zukor, el padre de los largometrajes y húngaro de origen, lo mismo que W. Fox; los polacos hermanos Warner y Samuel Goldwyn; el alemán Carl Laemmbe y el ruso Louis B. Mayer encabezan aquellas poderosas factorías de imágenes. Por encima de la rentabilidad del negocio –importante en sí misma– está el influjo social y de costumbres. Acuñaron y contagiaron una idea de América. Fueron los inductores del denominado sueño americano; éste por tanto procedería de una herencia judía gestada en la Europa del Este. No sería de raíz estadounidense, ni siquiera anglosajona.

La concepción de Superman, contó con la autoría de dos judíos y hasta algunas célebres bandas sonoras incluyen composiciones de Irving Berlin, hebreo que había llegado de Rusia y a quien se debe un repertorio con canciones como la patriótica «Dios bendiga América» o la universalizada «Navidades Blancas».

Para cuando llegó la II Guerra Mundial aquellos productores se habían mimetizado con el entorno californiano y aceptaron la recomendación de Joseph Kennedy de no mostrarse belicosos con el nacionalsocialismo de Hitler. Esto cambió a partir del ataque a Pearl Harbour. Desde entonces se ha ido reforzando la alianza entre Hollywood y Washington con significativos brotes, en momentos culminantes, del cine patriótico.

El reciente y, por tanto, tardío acceso de los árabes a la expansión televisiva coincide, además, con la incorporación al ciberespacio.

Internet, los teléfonos celulares –móviles, entre nosotros– y las televisiones por satélite están actualizando y multiplicando mediante la tecnología una tradición árabe de comunicación oral. No debemos olvidar que Scherezade, en Las mil y una noches sobrevive, jornada a jornada, por las sugestivas historias que conoce y sabe contar con gracia.

Hoy tanto las noticias como los proverbios del sufismo –la mística del Islam– navegan por el ciberespacio, suscitando actitudes y reacciones. Será otra plataforma para tratar de contrarrestar el «lenguaje anti-árabe, anti-islámico y anti-palestino que predomina en Occidente», según diagnóstico publicado hace unos años por el periodista y escritor árabe residente en España, Said Alami.
 

Agencias de noticia

Un hito anterior lo representó, en 1964, la Federación Árabe de Agencias de Noticias (FANA), concebida y organizada para sumar esfuerzos y posibilidades a partir de las agencias nacionales preexistentes. De 1946 procedía la Agencia de Prensa Sudanesa, sustituida en 1960 por la Agencia de Noticias Sudanesa (SUNA); en Egipto nace, en 1956, la Agencia de Noticias de Oriente Medio (MENA); en 1959 arrancan la MAP (Prensa Marroquí Árabe) y la Agencia de Noticias Iraquí (INA); siguieron, por orden cronológico, las agencias nacionales de Túnez, Argelia, Jordania, Siria, Libia, Líbano, Yemen del Sur, Arabia Saudita, Yemen del Norte, Qatar, Oman, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Kuwait.

¿Cómo son enjuiciadas las agencias europeas en el Magreb? Según el testimonio de un profesional de la española EFE, recogido por quien fuera Director de Información de la misma, Carlos González Reigosa, «nos perciben como un aliado malo y perverso, que trata de inmiscuirse en sus asuntos internos, en su realidad más íntima, que deforma lo que ocurre y que no explica como es debido la realidad del mundo árabe».

Entre los diarios sobresalen por su importancia algunos egipcios y otros turcos. De los primeros merecen una mención Al Alhram (900.000 ejemplares cotidianos) y Al Akhbar (cerca de 800.000), hace ya tres lustros. Al Alhram montó ediciones en el Reino Unido y en USA. Turquía cuenta con varios diarios que sobrepasan el medio millón de ejemplares y logran difusión entre los emigrados a Alemania. Al Thawra, en Irak, superó la nada despreciable cifra de 250.000 ejemplares.

Apenas alguna excepción contradice la escasez de revistas en árabe con difusión internacional.

En emisoras de Radio ha destacado la programación religiosa.

La incidencia de estos medios desborda escasamente sus marcos culturales.

Continúan, desde luego, o se han agigantado las reticencias y los resabios mutuos entre el área cultural de Occidente y la regida por el Islam.

Queda lejos en el tiempo histórico la época de esplendor de los árabes en campos científicos, artísticos y culturales en general. Cuando, incluso recuperaron para Europa a los clásicos grecolatinos, vía Escuela de Traductores de Toledo.

Luego, una larga espiral de decadencia hasta la postmodernidad y la globalización. Ahora, cuando la crueldad extiende sus ondas letales, mientras se discute sobre calificaciones de terrorismo, resistencia y guerra preventiva, millones de árabes y otros musulmanes aspiran a la paz sin renegar de su identidad propia.

No resulta fácil para los occidentales comprender esas concepciones. El ya citado colega Abdelkefi, que escribe para el diario Al Arab, del Reino Unido, destacaba la explicación del pensador magrebí Arkonn: «El Islam es, en efecto, din, dunya y dawla; es decir, religión, mundo, en el sentido de secularidad y Estado en el sentido de sucesión dinástica legítima». Una concepción distinta y distante al laicismo extendido por Occidente.


 
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