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Altar Mayor - Nº 90 (26)
Sábado, 20 diciembre a las 13:27:43

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

LA MUNDIALIZACIÓN DEL ATEÍSMO
Por Julio A. Gonzalo - Prof. Universidad Autónoma Madrid

El término «mundialización» o «globalización» se aplica actualmente a un fenómeno que en realidad se viene produciendo, a menor escala, desde siempre y, de una manera especialmente notable, desde el siglo XVI, con el descubrimiento de América por las naves castellanas, y el de las nuevas rutas hacia el Extremo Oriente por las portuguesas. A lo largo de cuatro siglos, el proceso de expansión de la cultura europea, con una componente cristiana (que se ha ido debilitando, con sus altibajos durante este tiempo) y una importantísima componente que podemos llamar científica, ha culminado en la segunda mitad del siglo XX en el proceso actual de «globalización» acelerada que se pone de manifiesto hoy en los satélites artificiales, los viajes espaciales, las comunicaciones a la velocidad de la luz, los ordenadores portátiles y las noticias de todo el mundo retransmitidas instantáneamente (eso sí, algunas veces con censuras más o menos sutiles) a los cuatro puntos cardinales.

Por otra parte, «ateísmo» significa la negación de que haya un Dios personal, totalmente distinto del mundo por él creado de la nada. El Concilio Vaticano Segundo, en la Constitución sobre «La Iglesia en el Mundo Moderno» (I, 19) dedica una especial atención al fenómeno del ateísmo, que, por primera vez en el siglo XX y como consecuencia de la victoria del Comunismo Soviético en Rusia, había empezado a tener un protagonismo planetario: «Algunos niegan expresamente la existencia de Dios», dice el Concilio, «otros sostienen que el hombre no puede realizar afirmación alguna acerca de Él. Otros, por su parte, sólo admiten métodos de investigación que harían sin sentido plantearse preguntas acerca de Dios. Muchos, saliéndose de los límites de las ciencias positivas, o bien se empeñan en sostener que todo puede ser explicado por los procesos de la razón utilizados en tales ciencias, o por el contrario, mantienen que no hay tal cosa como una verdad absoluta. Con otros es, precisamente, su exagerada idea del hombre lo que causa que su fe languidezca; parecería que están más inclinados a afirmar al hombre que a negar a Dios. Sin embargo, otros tienen una noción tan defectuosa de Dios, cuando rechazan este producto de su imaginación, que su rechazo no tiene que ver con el Dios de los Evangelios. Están por otra parte también aquellos que nunca se ocupan de inquirir acerca de Dios; la religión no parece preocuparles o interesarles en absoluto, y no aciertan a ver por qué razón habrían de preocuparse por ella».

Por estos motivos, el Concilio declara que el ateísmo es uno de los más graves problemas a los que se enfrenta la humanidad en el mundo de hoy. Hoy, un tercio de siglo después de la promulgación de esta Constitución Conciliar, las palabras citadas tienen una actualidad mayor que entonces.

Fruto del ateísmo comunista, fenecido en Rusia, pero aún vivo en China y en otras partes; con cerca de cien millones de víctimas: 25 millones en la antigua Unión Soviética, 65 millones en China, 1’7 millones en Cambodia, etc. (según The Black Book of Communism, Harvard University Press, Cambridge, Massachussets, 1999).

El ateísmo individualista, por otra parte, que inspira las leyes y la actual interpretación de las mismas en buena parte de las sociedades occidentales postmodernas, ha tenido también graves consecuencias. En concreto, la legalización del aborto provocado en el mundo occidental (Inglaterra fue el primer país occidental de tradición cristiana en hacerlo) a partir de 1967 ha producido ya más de 50 millones de pequeñas víctimas, absolutamente inocentes.

No parece excesivamente aventurada la afirmación de que sociedades humanas basadas, por acción u omisión, en una u otra forma de ateísmo, no van a durar mucho.

Todos hemos podido comprobar cómo en nuestra sociedad española contemporánea se ha producido en pocos años un desplome de valores humanos básicos (generalización de la mentalidad anticonceptiva, inflación pornográfica, multiplicación del número de parejas de hecho, divorcios, abortos, experimentaciones con embriones humanos..., aceptación de la eutanasia como algo negociable). Y, no pocos, somos conscientes de que este desplome no se ha producido de una forma espontánea ni mucho menos. Ha tenido mucho que ver, sin duda, con una reinterpretación cada vez más francamente atea, de las leyes que informan la convivencia humana en nuestra sociedad contemporánea.

De todas formas, quizá no esté de más echar un vistazo a cifras representativas del número de creyentes (cristianos + musulmanes + judíos) y ateos en los diversos continentes (Tabla I) y a la evolución de los últimos diez años (1991-2001) del número relativo de cristianos, musulmanes y ateos (Tabla II).

Tabla I – Número (millones) de creyentes y ateos en el mundo
(Datos de 1997 según Enciclopedia Británica, 1998)

  África Asia Europa H. América N. América Oceanía
Creyentes 657’8 1.097’9 586’3 458’7 267’0 24’1
Ateos 0’4 117’8 24’0 2’6 1’4 0’4
Pobl. total 758’4 3.536’4 729’1 491’9 301’7 29’1

Según estos datos los continentes más «ateos» serían actualmente Asia (3’3%) y Europa (3’3%) y los menos «ateos» África (0’05%) y América (0’5%).
 

Tabla II – Número (millones) de cristianos, musulmanes y ateos en el mundo
(Datos Enciclopedia Británica)

Año

Cristianos

%

Musulmanes

%

Ateos

%

1991

1.783.

33’1

950.

17’6

236.

4’4

2001

2.019.

32’9

1.207.

19’1

150.

2’5


La disminución del número de ateos (según la Enciclopedia Británica), en los últimos años, resulta un poco sorprendente, y quizá sea debida a un cambio en las fuentes de los datos. Téngase en cuenta que la desmembración de la Unión Soviética se produjo hacia 1991.

Muchos «profetas» del ateismo actual, como Darwin, Marx, Freud o Rusell (ver p.ej. El fenómeno del ateísmo contemporáneo, Julio A. Gonzalo, Edicep, Valencia, 2003) tienen ya poco nuevo que decir hoy, pero el gran G. K. Chestertor, ese «apóstol» del sentido común que se adelantó a decir tantas cosas que cada vez cobran más vigencia, lo dijo, inimitablemente, en muy pocas palabras: «Si no hubiera Dios, no habría ateos».


 
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