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Altar Mayor - Nº 90 (25)
Sábado, 20 diciembre a las 13:29:20

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

DOS CONFLICTOS CULTURALES CON LOS QUE BREGAR
Por Enrique Hermana

El fenómeno de la globalización, término habitual en todos los medios de comunicación actuales, nos inquieta y desazona, porque percibimos claramente su vigencia, pero no sabemos qué lo controla, ni nos consideramos capaces de influir en ello. Su importancia resulta innegable, pero también que su evolución parece imprevisible. Es fácil aventurar que la facilidad y baratura de la comunicación acabará produciendo un mestizaje global, étnico y cultural, de intensidad difícil de precisar. Y ello nos inquieta, porque toda persona busca un entorno próximo, diferenciado y conocido, en el que reafirmar su personalidad. Se trata de una aspiración no necesariamente consciente, pues deriva de nuestra necesidad de encontrar ambientes relativamente seguros, en los que podamos confiar, para descargar nuestro consciente de preocupaciones. Algo necesario para disponer de más reservas para nuestro desarrollo personal, despreocupándonos en lo posible de las tareas de defensa frente a las influencias extrañas.

Una buena parte de esa influencia extraña que implica la globalización proviene de la preponderancia que están consiguiendo valores orientales en nuestro entorno cultural occidental. Siempre ha habido en nuestro contexto una fascinación entre gente de bajo nivel intelectual por las filosofías, hábitos o comportamientos orientales, de los que los actores pueden ser los más destacados. Pero siempre ha habido clara conciencia de que eran algo extraño a nuestra cultura «greco-latina-cristiana», por emplear un término identificativo, y que no tenía posibilidad de incidencia grande en ella. Se la desdeñaba como inferior, considerando que los pueblos que no se liberaban de ella quedaban reducidos a meros hormigueros, en los que las peripecias personales diferenciadas eran proscritas. El conflicto cultural planteado con las guerras médicas continúa vigente.

Esa situación ha cambiado de forma importante. En primer lugar, esas culturas orientales han producido en el Extremo Oriente unas Sociedades capaces de competir económicamente en la producción de bienes de consumo. Y la creciente facilidad de la comunicación nos ha hecho sentirnos afectados inmediatamente por ello. Nuestra cultura mantiene la primacía en el desarrollo de ideas, bienes y servicios, pero esas sociedades han forzado una transformación global en los métodos de producción. Tras ser pioneras en el empleo de masas laborales peor retribuidas que las nuestras, han destacado en la capacidad de inversión en robótica e informática, transformando radicalmente la estructura de costes. A esa tendencia ha habido que sumarse inmediatamente, procurando competir eficazmente en ese campo y con las mismas armas. El resultado está siendo bastante satisfactorio. Occidente compite hoy en costos con cualquier otra sociedad del mundo, pese a los superiores salarios.

Esa situación de competencia y comunicación mundial ha obligado a definir un esquema de ideas que sirva para la comunicación fluida. Y ello conduce al primero de los conflictos culturales con los que tiene que bregar hoy nuestra sociedad occidental: El esquema de ideas que conduce al lenguaje de validez universal tiene que tener también validez universal. Y hoy las únicas ideas de validez universal son las técnicas. Es decir, las que engloban conceptos científicos y valoración económica. Ello aúpa tales conceptos a una preeminencia cultural que les convierte en el principal objeto de la educación de las nuevas generaciones. Y fuerza a una minusvaloración de los conceptos culturales diferenciales que, se piensa, no generan sino distanciamiento con nuestros ahora nuevos vecinos del otro extremo de la Tierra. Dado que no están evangelizados, y no comprenden por tanto la dimensión personal de nuestra cultura, reducimos nuestra apelación a ella manifestándonos sólo en términos meramente pragmáticos o legalistas, marginando la formación en las creencias fundamentales. Ello nos produce una degradación, aunque inconsciente para la mayor parte de nuestra sociedad, que se sumerge irreflexivamente en la despersonalización, de gravedad creciente. Nuestros pueblos se descristianizan y, consecuentemente se deshumanizan, disminuyendo nuestro grado de civilización y perdiendo una parte de la libertad personal implícita en ella. Hay numerosas muestras de ello. No hace falta enumerar ninguna aquí.

Un segundo conflicto cultural se plantea como consecuencia de que se ha alzado a la cúspide de la atención actual la religión musulmana. Tanto por el tremendo mazazo terrorista del 11S como por el fanatismo suicida y asesino de un sector de sus creyentes, como por la presión demográfica que ejercen sobre un Occidente que ha reducido su natalidad... y la gran riqueza petrolera de otro sector de los mismos. La combinación ha colocado al Islam en un lugar preeminente de la actualidad occidental, una posición que no ocupaba desde finales del Siglo XVI. Nuestra cultura tiene que enfrentarse a una oleada migratoria de musulmanes pobres, pero con determinación religiosa aparentemente fuerte. Y con el peligro de la sobredeterminación de una minoría fanática, capaz de actos imprevisibles.

Esa situación conduce a un importante conflicto cultural, entre la masa de nuestra población y la fracción creciente de población inmigrante musulmana. El conflicto cultural está declarado expresamente por estos últimos. Sus dirigentes religiosos, seguros de la fuerza de su fe, anuncian la lucha permanente para imponerse a lo que ellos consideran decadente cristianismo (o politeísmo, según nos denominan ellos). Un conflicto no es esencialmente preocupante en sí, si existen posibilidades de ganarlo. El problema consiste en que nuestra sociedad no tiene convicciones suficientes para mantenerlo y, por ello, escasas posibilidades de prevalecer, si no se procura esas convicciones.

La convicción cristiana en nuestra sociedad está en decadencia. Todos tenemos evidencia personal de la «apostasía silenciosa» que ha denunciado recientemente el Papa. Como consecuencia de diversos factores más o menos recientes, que no hay por qué enumerar ahora, nuestra Sociedad está procurando prescindir del Cristianismo que la impulsó a formarse, desarrollar las libertades personales y cívicas y prevalecer culturalmente en el Mundo durante los últimos quince siglos. Ese distanciamiento es el fruto a largo plazo de lo que fueron la Reforma y La Ilustración. Y si no desarrollamos de nuevo la vigencia social del Cristianismo, nuestra Sociedad tendrá pocas bazas que oponer a la invasión cultural musulmana.

Esa indefensión ante los musulmanes ha sido denunciada tanto por responsables eclesiales como por destacados laicos, entre los que cabe destacar los casos recientes de Oriana Fallaci y el escritor francés que fue llevado a juicio por los vigilante ulemas. Pero los musulmanes practican perfectamente la esquizofrenia de pedir tolerancia fuera y la intolerancia dentro. Y no pierden la oportunidad de aprovechar las libertades cristianas para avanzar su frente. El futuro parece negro.

Y uno descubre que la batalla perentoria sigue siendo la misma de los últimos veinte siglos: La Evangelización. Occidente desaparecerá, tal como lo conocemos hoy, si no la reanuda con fuerza, dentro y fuera. Es la batalla cultural por excelencia, a la que confluyen todos los conflictos culturales que podamos identificar.


 
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