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Altar Mayor - Nº 90 (24)
Sábado, 20 diciembre a las 13:32:11

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

CONFIDENCIA BREVE CON HUMOR Y VERDAD, SEGUIDA DE SIGNIFICATIVAS CONTRIBUCIONES AJENAS
Por Jesús López-Cancio

Se me demandó colaboración para este número extraordinario. Traté, fundadamente, de eludirla, pero ante la insistencia, heme aquí, con más atrevimiento que autoridad, tratando de no desmerecer demasiado del nivel general de la revista. He de referirme a la estimación cultural de África en relación con el proceso globalizador que vivimos.

Como no soy especialista en la materia, ni he dedicado al asunto suficientes lecturas, me limitaré a mencionar mis ocasionales contactos con africanos y a subrayar los motivos en que baso mi presunción de coincidencias y el temor de dificultades previsibles.

Mi naturaleza española nace con fermento asturiano, pero se consolida con vivencias andaluzas, cántabras, castellanas, navarras y catalanas; se hace integradora con la familiaridad «indiana» de las américas; universal en el trato con jóvenes marroquíes, saharagüis y guineanos.

En Málaga percibí tempranamente la proximidad bereber en la ocasional visibilidad litoral de Marruecos y en la arqueología del propio suelo malagueño. Más tarde, durante la Guerra Civil, en Asturias, compartí cautela y riesgo con veteranos soldados de la Mehala jalifiana de Gomara, quienes, en las horas de sosiego, me enseñaron a preparar y sorber correctamente el té moruno y fumar en la común pipilla, rotada en el círculo amistoso ante la hoguera. Luego, al acudir mi Unidad al frente del Ebro, fuimos incorporados al Cuerpo del Ejército Marroquí, en línea de trinchera con un batallón de Tiradores de Ifni, ostentando todos en nuestros uniforme la Media luna y la Estrella de David. Dieciocho años más tarde, siendo Delegado Nacional de Juventudes, tuve frecuentes contactos con jóvenes de Marruecos y fundé luego sendas Delegaciones en Guinea Ecuatorial, Ifni y Sahara español, que me proporcionaron muchas satisfacciones y esperanzas, dada la alta calidad de la mayoría de los jóvenes aborígenes y la entrega eficaz de Instructores y dirigentes. Más tarde, desempeñando el cargo de Gobernador Civil de Navarra, tuve ocasión de tratar, en Pamplona, a universitarios guineanos de especial cualificación; uno de ellos, Saturnino Ibongo, asesinado luego por las huestes de Macías.

En el epígrafe de las últimas «Conversaciones en el Valle» se citan la globalización y las culturas, en su rigurosa concepción y no en el tergiversador con que muchos las tratan. La primera no es, para nosotros, el propósito egoísta del capitalismo comercial, sino la consecuencia lógica y fatal del desarrollo científico y los vertiginosos avances de la tecnología informática. No es un acontecimiento previsible, es algo que está aconteciendo y que puede afectar a nuestra mentalidad y conducta de forma positiva y enriquecedora, con la armonía de las culturas que actualmente configuran las grandes civilizaciones; o las trastornen, dejando libres y anárquicas las torrenteras de los infinitos egoísmos. La actual intercomunicación directa e instantánea, persona a persona –vecinas o antípodas- a la que se añaden las masivas corrientes migratorias incontrolables, hace muy difícil la previsión de resultados. En opinión del profesor vasco Andrés Mañaricúa, «los pueblos necesitan de los demás pueblos, como los hombres de los demás hombres, para ser o para mejor ser».

Europa, que fue Cristiandad, debe guardar y expandir el substrato de su cristianía moral, nutrido de fraternidad, libertad y ansia de verdad. La dignidad humana se halla en evidente peligro entre la furia y el relajamiento de las costumbres.

Las culturas de primer orden serán las que influyan en el trance decisivo de la globalización ya en marcha. España está inserta en la que llamamos «occidental»; con voz que excede su frontera natural. Junto a ella, firmes y expansivas, la islámica y las orientales: indú y la china de Buda y Confucio. Para Maurice Duverger, «Estados Unidos, Europa occidental, Canadá y Nueva Zelanda tienen las mismas instituciones políticas, estructuras económicas análogas, niveles de desarrollo próximos, parecidas opiniones morales y religiosas, tradiciones culturales parejas […] Se llama sistema occidental al conjunto […] y todos estos elementos están entrelazados unos con otros». Tras la crisis marxista cabe incluir al resto de Europa. Australia e Iberoamérica no tienen otro encuadre más próximo.

Del cristianismo se deduce la separación de los poderes religiosos y políticos –«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»-, también una positiva valoración de la tolerancia y la libertad. No ocurre esto en el mundo islámico, cuya tendencia consentida es el despotismo religioso-político. Dicho esto, hemos de relatar algunos datos referidos a la antigua interrelación hispano-árabe o bereber y sus antecedentes.

Antes que islámico, el actual Marruecos fue Provincia Romana, bajo el nombre de Tingitana (S. III-VII), «implicando especialmente al contiguo ámbito de la Península Ibérica. Desde un punto de vista geográfico […] las orillas euroafricanas del Estrecho en la antigüedad compartirían influencias y contactos con el resto del mundo mediterráneo, por ello no pueden abarcarse ni comprenderse por separado». «Como consecuencia de su romanidad, por ejemplo, se hallaron vestigios de la cristianía de su población en un conjunto de once epitafios de este carácter, procedentes de Tingi (Tánger actual), de su comarca y de Volubilis (Rabat). Este mínimo conjunto epigráfico, datado entre 345 y 655, puede considerarse una muestra […] representativa del cristianismo local». «Otra muestra de la cristianización del paisaje urbano durante el siglo IV, se evidencia en la Necrópolis Este de Septem (Ceuta), sobre el solar de la que se llamaba antigua calle Mártires».

«Al igual que Tingi, los restos arqueológicos de Septem (Ceuta) permiten atestiguar, entre el S. VII e inicios del VIII, la relación de la plaza con el medio visigodo, pues de allí proceden elementos indumentarios y monedas que atestiguan cierta entidad estamental o social de poblamiento local en la órbita gótica en un momento previo a la conquista árabe».

«La segunda incursión árabe sobre el Estrecho se efectúa poco antes del 709, en este caso de conquista del país al mando de Musaben Nusayr, cuya primera actuación fue la toma de Tingi. En este contexto se evidencia que los tangerinos gentes de tierra esperaban auxilios del reino visigodo; a ella siguió un asedio fracasado contra Septem donde se refugia Juliano y en esta plaza inexpugnable rechaza sucesivos asaltos árabes, recibiendo los socorros del rey visigodo Witiza. Todo ello permite deducir que Juliano poco o nada tenía de bereber […] y por el contrario tiene todas las probabilidades de ser un personaje inserto en la romanidad […] de indudable raigambre socio-cultural latina, y súbdito de la casa real visigoda de Spagnia».

En el Marruecos próximo hay un antes cristiano y un después musulmán; pero siempre un sujeto humano de identidades superadoras del mar interpuesto. A este respecto dejó dicho el profesor Henri Terrasse, siendo director del Instituto de Altos Estudios Marroquíes, de Rabat, que «lo que choca y sorprende en todos los moriscos es, tanto como su adhesión a la fe musulmana, la nostalgia de la patria perdida, el amor de su lengua y su cultura. Esos musulmanes irreductibles eran también, con el mismo orgullo, apasionados españoles del Renacimiento…». «En el primer momento (tras su expulsión de la Península) quisieron vengarse de los cristianos que los habían expulsado bajo formas de guerra santa y de corso. Pero pronto trataron de organizarse, aislándose lo más posible del resto del país, y no dudaron en reemprender contactos con los españoles cristianos».

En opinión de Domínguez Ortiz, «la Conquista y posterior Reconquista –peninsular- fueron fenómenos de inmensa trascendencia que singularizaron los destinos de España, haciéndola bascular hacia África y hacia Oriente hasta que la mayor capacidad potencial del Norte, de Europa, la integraron de nuevo en su órbita. Este movimiento pendular, con muchos vaivenes, duró seis siglos y medio, si lo hacemos terminar a mediados del siglo XIV, cuando, con la conquista del Estrecho por los cristianos, cesó toda posibilidad de intervención africana».

A juicio de Bernard Lewis, «básicamente las grandes conquistas no fueron una expansión del Islam, sino de la nación árabe, impulsada por la presión de un exceso de población en su península nativa para buscar una salida en los países colindantes». «La expansión […] no fue tan repentina como a primera vista pudiera parecer y el papel de la religión en las conquistas resulta exagerado por algunos modernos historiadores. Su importancia radica en el cambio psicológico que introdujo en un pueblo naturalmente excitable y temperamental, desacostumbrado a cualquier género de disciplina, deseoso de ser persuadido, pero nunca de ser mandado». Y añade: «Los conquistadores –árabes- no interferían con la administración interna civil y religiosa de los pueblos conquistados a los que se les concedió el estado legal de dimmies, esto es miembros de las religiones toleradas permitidas por el Corán». «La identificación del Islam con el arabismo por los propios árabes es puesta claramente de manifiesto por la actitud de éstos respecto de los nuevos conversos que comenzaron a acudir en tropel al Islam de entre los pueblos conquistados. Tan extraña era la idea de musulmanes no árabes, que los recién llegados sólo podían ingresar en la nueva fe haciéndose mawati o cliente de una u otra de las tribus árabes».

En la misma opinión coincide este comentario de Ignacio Olagüe (La revolución islámica en Occidente): «De todos los grupos humanos determinados por el marco geográfico, es el nómada el más individualista. Si es así, ¿cómo pudo realizar el milagro Ibn Yasin, que sucedió a Ibrahim, de forjar en una sola unidad estas personalidades rudas y diversas, desparramadas por inmensas soledades? No basta la sola predicación con la magia del verbo y el poder de atracción de los conceptos; tanto más que en aquella época la idea para propagarse requería un cierto tiempo, quedando supeditada a las comunicaciones. Sólo se explica el milagro por la acción de una causa superior que superaba ¡y en qué medida! las virtudes de la palabra. Era la pulsación, la crisis climática, erguida como un fantasma del Apocalipsis, la que domaba todas las voluntades. En otras palabras, no podía la estepa quemada por el sol dar de comer al mismo número de personas que anteriormente […] La emigración era el único recurso que a todos podía salvar […] La presencia de los dos amigos en la estepa para predicar su reforma, coincidía con una crisis social cuya solución era decisiva para la supervivencia común. Llegaban en el momento más oportuno, pues en realidad predicaban la guerra santa contra las gentes del norte, los habitantes de Sidjilmasa, de Tarandaut, de Igli y otros, que para estos integristas vivían en la impiedad, pero que tenían con qué beber y comer. Esto fue el comienzo de una ambición que pronto llegaría a ser desmesurada».

Esa necesidad o pretexto dominante, afectó primero a espacios africanos como Egipto, para pasar pronto a las islas mediterráneas, desde las que su naciente flota se fue asegurando para afrontar el continente europeo. España fue el objetivo más grande y, conseguido, el de mayor duración.

El autor que citamos califica de fabulosas las referencias históricas que aluden al principio y fin de la presencia arábigo-mahometana en nuestra península. Para él, ni don Rodrigo, ni el Moro Muza, con sus respectivas leyendas, pueden tener cabida en unas crónicas veraces. Entiende, además, que la expansión del Islam y la población árabe por el mundo se ha realizado, no por la acción de ofensivas militares, sino por la propagación de ideas-fuerza. Se fabula, pero sobre un hecho cierto, al hablar de la batalla de Covadonga, en la Reconquista Cristiana.

Situados en una reflexión congruente con el tema de las «X Conversaciones en el Valle», y deseosos de mantener nuestra identidad cultural e intensificar relaciones con la ajena más próxima, en orden al armonioso y positivo avance hacia la gobernación mundializada, conviene atender a las mutuas extremosidades, para evitar las nuestras y afrontar las demás con las cautelas debidas.

A tal fin, transcribo unos párrafos del artículo publicado por Bassan Tibi en el Frankfurter Alguemeine Zeitung, bajo el título: «Las claves del pensamiento conspirativo en el fundamentalismo islámico».

«Si se da crédito a la influyente obra de los fundamentalistas islámicos Ali Muhammad Garisha y Muhammad Scharfi Zaibag, sobre los métodos de la invasión intelectual del mundo islámico, debe suponerse que Oriente y Occidente no se encontrarán jamás. La explicación que dan los dos musulmanes es muy simple: la enemistad es lo que mejor caracteriza las relaciones entre estas dos zonas culturales. La enemistad proviene de Occidente y es el resultado de una "conspiración" de siglos de la Europa cristiana contra Al-Alam Al-Islami (el mundo islámico) […] La conspiración habría empezado en las Cruzadas y alcanzado su culminación en el colonialismo, siendo en la actualidad impulsada por el peligroso proceso de occidentalización Al-Taghrib». En opinión del egipcio Hassan Al-Schurgawi, «nuestro objetivo no puede consistir en occidentalizarnos, sino en aprender a manejar el moderno sistema armamentístico o producirlo y desarrollarlo para derrotar a nuestros enemigos». «Este modo de pensar procede de un colectivo –la Umma- en el que el individuo tiene obligaciones para con Dios y, por tanto con la Umma; pero carece de derechos en el sentido de aquellos en que se basó el derecho natural europeo en su paso a la modernidad. Su radicalismo es la antítesis, por ejemplo, de la Ilustración (S. XVIII)».

«La percepción del mundo […] como conspiración contra los árabes permite que uno de ellos se autoencumbre»… en lucha contra los conspiradores; cultura que propicia, además, la justificación del despotismo político.

Todo cuanto queda anotado con referencia al pueblo con el que compartimos solar durante siglos, en pacífica convivencia, ocasionales hostilidades sangrientas, recelos ocultos y proximidad racial, conviene recordarlo y tenerlo presente porque su religión, su ideología y sus políticas –éstas salvo excepciones parciales- se contraponen o difieren de las nuestras y transcienden al campo de los hábitos y las costumbres. Se trata de cultura vecina y expansiva que, a la vista del imparable proceso de globalización, debemos valorar tanto en advertencia como en posibilidades de colaboración. Mas si las migraciones nos imponen una convivencia que puede dejar de ser positiva, en su mutuo enriquecimiento, si prevalece en el inmigrante la voluntad de predominio, la nota de mi personal intranquilidad resuena, más que en la vitalidad ajena, en la propia debilidad de nuestra fe, en el relajamiento de nuestros comportamientos, en la vana presuntuosidad de las parciales historias de nuestra Historia. Dejamos dicho, con anterioridad a esta última cita, que la globalización no es un proyecto, ni una vana ocurrencia, sino una consecuencia fatal que ya estamos sufriendo y disfrutando, que exige una ordenada concurrencia cultural y moral; más aprecio mutuo que descalificaciones; más aportaciones que demandas; más solidaridad y menos codicia; más paz. No es hora de señalar fronteras, sino de abrir caminos, de denunciar lo perverso, de sonreír a lo pueril, de aprovechar las aportaciones ajenas, de ayudar al débil, de depurar conductas, de cooperar con la nobleza. De vivir comunitariamente los valores del espíritu y de esforzarnos con alegría en nuestro propio servicio.

He señalado, con citas y reflexiones, la perversidad ajena; será bueno señalar los propios defectos colectivos, reflejados en un ejemplar personaje de la buena literatura española. Lo traigo a colación de la mano de Américo Castro. Pone éste en evidencia lo que Jorge Manrique –gran cristiano- hace del universal mandato divino de amor al prójimo, cuando exalta el mérito singular y decisivo de su padre, en estos términos:

«Y pues vos, claro varón,
tanta sangre derramasteis
de paganos,
esperad el galardón
que en este mundo ganasteis
por las manos;
y con esta confianza,
que tenéis,
partid con buena esperanza
que esta vida tercera
ganaréis».

Don Rodrigo tenía bien afirmada su fe cristiana, pero esto no disminuye la primaria importancia conferida al hecho de haber matado muchos moros con las manos.

A tan peculiar modo de acceso a la vida eterna se contrapone el de «los buenos religiosos», quienes la lograban con «oraciones y con lloros», y no «como los caballeros famosos con trabajo y aflicciones contra moros».

Acaso no estemos ahora ante una Guerra Santa, ni en vísperas de Cruzada, sino que, acuciados por la necesidad de universal entendimiento, debemos hacer que nuestro camino, sin dejar de ser nuestro, converja con otros en la aportación de las grandes culturas a la satisfacción de las respectivas carencias, descuidados de hacer filigranas divergentes con los minifundios de nuestra propia realidad hispana; pero es imprescindible, desde la perspectiva propia, asegurarnos que nuestros comportamientos respondan a estímulos razonables y no meramente instintivos. Confieso, por mi parte, que, sabiendo lo que quiero, me siento inerte y angustiado dentro de un torbellino alimentado de su propia energía y desorientado. Perdí con él mi estrella; pero me aferro a una indefinible esperanza, que formulo con estas palabras de nuestro inolvidable Cruz Martínez Esteruelas: «Más allá de las contingencias históricas y políticas debe quedar bien claro que el problema del nuevo orden mundial es un problema esencialmente humano […] Por ello, es campo adecuado para la acción de un humanismo cristiano, no antropocéntrico, sino social y de creencias transcendetales. En suma, un orden mundial al servicio del hombre».

Nota final: El África no mahometana, de la que no me ocupo, debe más a los misioneros -religiosos y civiles- que a los políticos, delegados o propios. Cuando supere el reduccionismo tribual, será una voz muy positiva en la aportación y la exigencia. Hoy es un simple escándalo de injusticias y crueldades.
 

Referencia de libros citados

  • 1. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A.: España. Tres milenios de Historia. Ed. M. Pons.
  • 1. LEWIS, Bernard: Los árabes en la Historia. Espasa-Calpe.
  • 2. OLAGÜE. I.: La revolución islámica en Occidente. F. Juan March
  • 3. VILLAVERDE, Noé: Tingitana en la antigüedad tardía. R. A. de la Historia.
  • 4. GIL BENUMEYA, R.: España en el mundo árabe. Ed. del Movimiento.
  • 5. CASTRO, Américo: Origen, ser y existir de los españoles. Taurus.
  • 6. DUVERGER, M.: Las dos caras de Occidente. Ariel.
  • 7. MARTÍNEZ ESTERUELAS, Cruz: La agonía del Estado. Instituto de Estudios Políticos.

 
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