Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 90 (23)
Sábado, 20 diciembre a las 13:34:27

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

UNIFORMIDAD Y ETNICIDAD VASCA, FRENTE AL UNIVERSALISMO CRISTIANO
Por José Luis Orella Martínez - Prof. Universidad San Pablo-CEU

El nacionalismo vasco es una doctrina política que ha ido mutando en la historia sus argumentos dialécticos en función de la necesidad del momento. En nuestros días, el nacionalismo es para muchos de sus votantes la traducción a la política de su amor al paisaje conocido, lengua, costumbres y tradiciones propias. No obstante, el término esconde una aceptación diferente, como es el rendir culto a la nación por encima de los derechos de los individuos y de la verdad histórica.

Pero los interrogantes son muchos en torno a un movimiento político, que no cuenta con la representación exclusiva de la sociedad vasca, y que en el origen nutricio de sus ideas se contradice con los principios fundamentales del liberalismo democrático, respetuoso con los derechos de la persona. Desde siempre, el nacionalismo vasco se ha arrogado la exclusiva representación de los intereses sociales, económicos, culturales, educativos, laborales y políticos del pueblo vasco. Porque se considera el único que defiende una concepción de la nación como ente abstracto, único e indivisible, a la que los individuos de la sociedad que la forman, quedan subordinados sin límites al interés general de la nación a redimir.

Su concepto de humanidad va ligado a la creencia de que la lengua, raza, costumbres y religión determinan el carácter primordial de un grupo social, como para darle el calificativo de nación. Al tener ésta el derecho inalienable de alcanzar su soberanía política, en pie de igualdad al resto de los países, la supuesta nación oprimida por un ente político superior, tendría la necesidad de hacer valer su identidad nacional a través de un movimiento político. Este organismo sociopolítico tendrá la única misión de obtener por las vías que considere necesarias la consecución de la independencia, porque la soberanía nacional es un valor primordial que está por encima de los derechos más elementales de la persona como tal.

Estos individuos serán calificados de ciudadanos de una comunidad nacional si reúnen los requisitos que el movimiento político cree son los más acreditativos e indispensables de la identidad nacional. Estas características son culturales y lingüísticas, pero en el caso del nacionalismo vasco también étnicas. Una nación sólo puede llegar a su madurez política, en el caso de que la totalidad de la sociedad asuma las características identitarias de la comunidad nacional. Para ello, el nacionalismo se puso como fin prioritario lograr la homogeneidad cultural, racial y lingüística de la sociedad dentro de los límites territoriales prefijados como pertenecientes a su comunidad nacional.
 

Construcción de la Nación

Sin embargo, el camino que hay que recorrer para consumar la maduración nacional de una sociedad, sólo se puede realizar a través de su educación. El primer objetivo de una política nacionalista es establecer la capacidad identitaria en la persona. La autoafirmación de un individuo como miembro de una comunidad nacional se puede lograr cuando la educación se compromete a la transmisión de los valores patrióticos a la totalidad de la sociedad.

El elemento más concienciador de pertenencia a una comunidad diferenciada es la difusión de aquellos elementos que ayudan a crear un mayor distanciamiento con el resto de la comunidad nacional española, como la lengua. En este caso, la lengua vasca reuniría los factores identificativos del pueblo vasco. El euskera representaría de esta forma, la expresión más lúcida del alma vasca, no sería un producto de la cultura, sino un absoluto trascendental fundado en la necesidad metafísica.

En palabras de Luis de Eleizalde, uno de los primeros colaboradores de Sabino Arana en el naciente nacionalismo vasco: «El idioma es la verdadera y genuina tradición nacional, es el espejo del complejo intelectual del alma, es el fiel inventario de los conocimientos del pueblo, la más exacta representación del carácter y de la civilización nacionales [...] Su léxico pobre o copioso, altivo o encanallado, nos da preciosas indicaciones sobre la mentalidad, la moralidad, la suma de conocimientos y las etapas de la evolución del pueblo».

Sin embargo, la utilización del aprendizaje de una lengua para vertebrar una conciencia nacional, de modo semejante a lo que los pioneros sionistas realizaron con el hebreo para hacer posible el sueño de Israel, tiene efectos secundarios. La solución para preservar la supervivencia de la comunidad nacional está en el derecho de la lengua más débil y autóctona a desarrollarse marginando a la extraña de los ámbitos oficiales. La comunidad nacional se definiría basándose en un solo grupo lingüístico, excluyendo de la participación a los miembros exclusivamente castellanoparlantes. Aunque la voluntad individual deba quedar sometida a la voluntad nacional dirigida por las directrices del partido nacionalista.

El euskera, «como signo más visible y objetivo de identidad de nuestra comunidad [...] es el instrumento de integración plena del individuo en ella a través de su conocimiento y uso y de parte esencial de un patrimonio cultural, del que el pueblo vasco es depositario». La aplicación práctica de esta medida se realiza a través de la educación, competencia que es ejercida por la autoridad autonómica. La instrumentalización de la lengua en función de la creación de una conciencia nacional se realiza a través de la obligatoriedad de la enseñanza en euskera en escuelas, institutos de enseñanza secundaria y universidades. Sin embargo, la aplicación de esta medida provoca la polarización de la sociedad en ciudadanos de primera por su euskaldunización, y de segunda por su carencia del distintivo nacional más preciado.

A pesar de todo, los medios encomendados a la profunda transformación lingüística y nacional del País Vasco son de primer orden. Téngase en cuenta que la población que tiene un carácter bilingüe representa al 10% de la sociedad vasca. De este modo en el campo educativo, la partida dedicada a la euskaldunización del sistema educativo (programa IRALE) está en torno a los 5.800 millones de pesetas, que supera con creces a los 1.600 dedicados a política científica o los 113 millones requeridos para la enseñanza en lenguas oficiales de la Unión Europea. Aunque la demanda social no exista, de los 350.000 periódicos diarios que se leen, el 1% son en euskera, en los sumarios recogidos por la ertzaintza en los tres primeros años un 0’4% eran en la lengua de Aitor, y únicamente un 0’6% de las declaraciones de la renta presentadas en la haciendas forales. La misión pedagógica de la lengua está en crear una conciencia de nacionalidad uniforme conforme a unos criterios marcados por unos principios políticos.

De este modo, la única forma de hacer nación y crear una conciencia favorable a una identidad nacional alejada del actual marco político es mediante la instrumentalización a ultranza del sistema educativo y la demanda artificial como cualidad imprescindible para acceder a un puesto de trabajo. Ante este clima de imposición lingüística, donde la reconversión industrial ha destruido parte del tejido profesional del País Vasco, la oferta mayoritaria laboral ofrecida por las instituciones autonómicas ha permitido una mayor sensibilización de la sociedad hacia el euskera. La obligatoriedad del perfil lingüístico ha sido la verdadera espoleta que ha concienciado a la población de su interés en resaltar un modo de ser vasco acorde con los presupuestos ideológicos del nacionalismo.

En esta función de euskaldunización de la sociedad, se encuentra AEK, que es la principal institución de alfabetización de adultos, es un organismo privado que recibe cuantiosas subvenciones de la administración autonómica por su finalidad social. Sin embargo, como la concienciación nacional que realiza a través de su pedagogía es crítica con el gobierno autonómico, porque una parte considerable de su personal docente proviene de la militancia activa en la izquierda abertzale, hubo la necesidad de organizar desde las instituciones públicas una organización oficial. Desde el gobierno autonómico se organizó, HABE, de la que fue su primer director el actual diputado nacionalista, J. González de Txabarri, para alfabetizar en las normas marcadas desde el partido en el poder.

Del mismo modo, la enseñanza de la historia planteaba un gran problema. Según la constitución de 1978, la educación tiene por objeto el desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y deberes fundamentales. No obstante, la comunidad autónoma vasca al recibir la competencia de educación tiene la facultad de determinar el 55% de los contenidos de la enseñanza secundaria. Este hecho ha sido aprovechado desde el partido en el poder para introducir medidas que potencien la presencia de elementos propios de la cultura vasca e inculquen en los estudiantes la pertenencia a una comunidad nacional diferenciada de la española. De esta forma, la historia estudiada debe subrayar los períodos más contemporáneos, porque antes no existía nacionalismo, y valorar de forma aislada aquellos hechos que impidan integrar a la sociedad vasca en un contexto histórico más amplio.

Este criterio ha sido llevado con total intransigencia. Los libros de Historia elaborados por las editoriales han sido examinados para proceder a su aceptación o rechazo en el uso del libro por los alumnos. De este modo, el CEI-IDC (Instituto para el desarrollo curricular y la formación del profesorado), encargado por el departamento de educación, universidades e investigación, es el que valora la idoneidad del texto educativo. De forma preferente se busca las cuestiones fundamentales de la historia de Euskal-Herria en el ámbito de las relaciones con el Estado español.

Como ejemplo se llega a criticar la afirmación de que la presencia francesa en 1808 acentuó el sentimiento de pertenencia de los españoles a una comunidad nacional, al no contraponer de algún modo ninguna solicitud de adhesión vasca al imperio francés. Sin embargo, no se podía labrar esa excepcionalidad porque no la hubo. Del mismo modo, en cuanto se realiza alguna afirmación xenófoba del fundador del nacionalismo vasco es suprimida por entrar en contradicción con los principios de la educación para la paz, pues ofrece una visión de enfrentamiento dentro de la comunidad vasca que debe ser superada en la sociedad y fundamentalmente en el mundo educativo.

No obstante, una visión parcial y subjetiva de la historia no es sólo privativa del ámbito oficial. En el servicio diocesano de formación del laicado del Obispado de Bilbao, el informe realizado sobre «El País Vasco y su Iglesia, protagonismo de una historia singular» para el plan de formación de laicos, redactado en 1994, resulta lleno de errores y opiniones fuera de contexto. De este modo, la Iglesia es enjuiciada por no tener sensibilidad social, no formar intelectuales católicos y ser la propia causante de que durante la guerra civil fuese perseguida. Aparte de entrar en errores de bulto, como que la anexión de Navarra a Castilla fue realizada por Carlos V, el autor critica el proceso de beatificaciones del actual Pontífice Juan Pablo II. En cuanto al fenómeno de la violencia terrorista, no deja de mostrar su comprensión en las acciones realizadas durante el franquismo.

En definitiva un informe en el cual, aparte de su tendenciosidad resulta inaceptable en cuanto su rigor histórico. Sin embargo, el obispado tomó nota del asunto, encargando a sus técnicos un informe interno para adecuar el texto a la verdad y transmitir una visión adecuada de la historia. Del mismo modo, en el parlamento vasco los diputados no nacionalistas consiguieron aprobar la petición en octubre de 2000, a la Real Academia de la Historia de un informe valorativo sobre los textos de historia estudiados en la comunidad. Este organismo ya había acusado a las instituciones autonómicas de favorecer los aspectos separadores en los libros de texto. En cuanto al País Vasco, subrayaba esta tendencia, reforzada por una xenofobia hacia lo no vasco.

A pesar de todo, en el mundo educativo no se han seguido estas rectificaciones, más bien al contrario. Los profesores que en sus enseñanzas podían entrar en contradicción con los planteamientos de construcción nacional de Euskal Herria, no sólo no han tenido apoyo oficial, sino que se han encontrado solos frente a la presión ejercida contra ellos por los activistas radicales del sindicato de estudiantes Ikasle Abertzaleak. Organismo que no sólo no es reprendido, sino que recibe apoyo oficial, como sucede con el decanato de la Facultad de Filología de la UPV.

Este apoyo oficial a la sensibilidad patriótica de algunos alumnos ha propiciado que profesores como Fernando Savater y Aurelio Arteta, responsables de Ética y Filosofía en al UPV de San Sebastián o el de Estética, Mikel Iriondo, hayan sido amenazados y violentados. En cuanto a Jon Juaristi, catedrático de Filología; Mikel Azurmendi, de Historia de las Religiones; y Txema Portillo de Historia Contemporánea, han tenido que exiliarse por hacerse imposible realizar ninguna labor docente, por las amenazas y la presencia de los violentos dentro de la clase. El actual rector de la UPV, Manuel Montero, catedrático de Historia Contemporánea, ha sido amenazado repetidamente por sus declaraciones y apoyo a los compañeros docentes, que han demostrado una actividad negativa al proceso de concienciación nacional.

En cuanto a las instituciones privadas, como la Universidad de Deusto, se llegó a la contradicción de escuchar al decano de la Facultad de Sociología, en su discurso de inauguración del año académico, hablar sobre los valores universales de la educación universitaria y a continuación oír al Lendakari del gobierno vasco resaltar la función futura de una universidad vasca, como la de Deusto, en integrarse en su hábitat local y proporcionar aquellos cuadros que la sociedad vasca necesitase, olvidando su papel cosmopolita.

La misión formativa que la universidad realiza y en concreto, la que se orienta en el humanismo cristiano, tiene una trascendencia universal que se contradice en todos los términos con la función estrecha que los responsables educativos de algunas autonomías pretenden para las finalidades políticas de sus partidos.
 

Formación universal y pluralismo cultural

Sin embargo, aunque resulte comprensible la voluntad de autodefensa que se levanta por doquier ante la tendencia a la globalización, ante el peligro de uniformización, ante la despersonalización. La mundialización de los circuitos económicos y de los valores hace impracticable toda solución basada en la creación de fronteras étnicas, nacionales o religiosas. La aparición de las nuevas tecnologías están produciendo una socialización mayor de ciertos valores comunes y la extensión del término aldea global de la cultura. En un contexto moderno como este, la sociedad debe afrontar el reto con una gran apuesta por la investigación tecnológica, acompañada por una apertura de la universidad, como entidad formadora de la conciencia de un país, a las nuevas revoluciones culturales y técnicas originarias en un formato sin fronteras.

La madurez humana no es admisible en el momento presente sin una connotación de apertura y conciencia de universalidad. No basta la relación interpersonal con el propio grupo, ni siquiera con otros grupos de la misma etnia o cultura: se hace cada vez más necesaria la adquisición de una conciencia de pertenencia a una realidad universal y globalizadora, denominada universo. En esta línea estaría la cosmovisión de Teilhard de Chardin, en cuya argumentación había colocado las bases de una concepción global generalizadora e interdependiente de un universo en plena y constante evolución. Esta evolución estaría dominada por el sentido de complejidad, es decir, en ella se procedería de los seres más simples a los más complejos, llevando también aparejados grados progresivos de inmanencia y conciencia.

La concepción teilhardiana, concebida como una reflexión meta-científica a caballo entre lo científico y lo filosófico, apunta ya con claridad una necesaria conciencia de unidad en la diversidad, que nos aparta totalmente de los personalismos individualistas, fomentadores de una conciencia encorsetada en los estrechos límites de la propia pareja, grupo, etnia o ambiente cultural. Hacia esa concepción globalizadora avanza la ciencia y la cultura en la actualidad en clara incompatibilidad con el discurso político de los nacionalismos micronacionalistas. La ampliación de conciencia constituye un elemento insustituible en el proceso de maduración psicológico, sino en gran medida contribuye también al fomento de comportamientos tolerantes, al avivar y fomentar una conciencia unitaria hacia los demás. Por eso la necesidad obligada de que la educación y especialmente la universidad, mantengan estos valores. No obstante, la dirección actual que las instituciones educativas en manos de nacionalistas lleva, va por la dirección contraria. El fomento exclusivo de los conocimientos locales, la uniformidad ideológica, lingüística y étnica del profesorado contribuyen de manera grave a un empobrecimiento del mundo universitario y cultural, como ocurre en el País Vasco.

Esta referencia da una visión de lo que un nacionalismo particularista espera de un centro de estudios superiores. La conquista del aparato educativo por los nacionalistas culmina en la Universidad, que responde a su fase final de nacionalización de la sociedad. Pero, en esta fase, la Universidad y los centros de enseñanza superior han perdido su saber universal y tienen como fin principal la formación de dirigentes políticos, económicos y de cuadros ideológicos, adictos al nacionalismo, que han de estructurar y cohesionar la sociedad. Por tanto, cualquier veleidad de saber universal y enlace con la cultura globalizadora que vivimos, va en contra de los intereses inmediatos del nacionalismo, aunque estos vayan en contra de la sociedad real a la que pretenden dirigir.

La visión particularista de los nacionalismos se contradice con el avance de la cultura y con la línea política que está llevando la integración europea. Es cierto que el desplome del comunismo despertó a ciertos movimientos nacionalistas, pero también lo es que la mayor preocupación de estos ciudadanos es la incorporación a Europa, formar parte de su sociedad. La televisión fomenta unos valores comunes y los ciudadanos del Este quieren equipararse a nosotros, y no conservar sus particularidades. Todos ellos defienden su occidentalidad histórica para obtener el reconocimiento en el presente. La mentalidad es común y se defienden los mismos valores democráticos, después del derrumbe de los sistemas comunistas de los países del Este. En las distintas naciones surgen similares problemas sociales y se les aportan parecidas soluciones. Europa es el conglomerado de naciones más homogéneo del mundo a pesar de las diferencias idiomáticas y culturales.

Las entidades minoritarias tendrán que afianzarse en el marco de una democratización general de la vida pública, tanto en el seno de los estados como a escala europea. Por muchas cesiones que las naciones-Estado hagan a las instituciones europeas por un lado, y a las administraciones regionales y locales por otro, las entidades estatales son las verdaderas protagonistas de la política europea.

La Unión Europea sólo puede tener éxito si se asienta sobre la realidad. La realidad del Viejo Continente está conformada por la existencia de unas seculares instituciones políticas, sociales y culturales, producto de un dilatado proceso de gestación histórica que denominamos naciones-Estado. Por ello, como señaló José María Aznar en el debate sobre Europa en el Congreso de los Diputados el 3 de enero de 1994, «sería ingenuo cambiar o modificar la naturaleza de la Unión Europea como una unión de estados». En el mismo sentido, poco antes, se había manifestado el Tribunal Constitucional alemán al considerar sólo compatible con la Ley Fundamental de Bonn, «una unión cada vez más estrecha de los pueblos europeos, organizados como estados, y no un único estado, basado en el pueblo europeo». La misma opinión que había expresado el general De Gaulle en 1963, al creer que una federación europea estaría dominada por los Estados Unidos, mientras que una unión de Estados quedaría bajo el dominio franco-alemán.

Por tanto, la tan renombrada Europa de los pueblos no dejaría de ser una utopía peligrosa de llevar a cabo. La prudencia exige no tomar decisiones que puedan trastocar el delicado equilibrio generado por la historia, la tradición y la acción humana. La Europa comunitaria que empezó siendo un club de seis ha pasado a ser de diez, doce y en la actualidad de quince. Con la posibilidad futura de multiplicarse gradualmente según los antiguos países del Este vayan adquiriendo unas economías de mercado y sistemas políticos, equivalentes a los de sus homólogos occidentales y puedan resistir la integración.

Este crecimiento ya está provocando las primeras peticiones para controlar el número de cargos de la comisión europea, para mantener su efectividad. Por ello, toda posible traslación de la representatividad europea de los Estados-nación a particularismos más pequeños, como ciento setenta y seis que propugnaban algunos iluminados de la política es inviable. Cada región europea goza de políticas-administrativas diferentes, disponen de distintas configuraciones económico-sociales y tienen un mayor o menor grado de conciencia nacional-regional, la equiparación similar de todos estos factores para reconducir Europa a una federación de regiones o pueblos, únicamente crearía una selva de complicaciones jurídicas en el plano normalizador.

De modo similar, Juan Pablo II ha predicado sobre lo bueno de sentirse miembro de una comunidad nacional; sin embargo, ha señalado como uno de los peores males de fin de milenio, la deificación de la nación. La iglesia Católica como universal, pero respetuosa con las diferentes culturas del mundo, guarda un exquisito equilibrio entre ser católico y sentirse miembro de una sociedad con unos rasgos propios definidores. No obstante, el hipernacionalismo nos lleva a la exclusión del otro y a favorecer la desigualdad de los seres humanos. Incluso el alejamiento de Dios junto con un grado excesivo de ideologización política en los niveles de la juventud conllevan a actitudes violentas y justificativas del terrorismo. En respuesta, Juan Pablo II nos llama a los católicos a proseguir la presencia en el mundo educativo, a todos los niveles, para educar para esa nueva sociedad y dar testimonio público de nuestra Fe en un mundo donde la sumisión a los valores de la mayoría, van atando a las personas a un relativismo tiranizador.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: