Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 90 (22)
Sábado, 20 diciembre a las 13:36:08

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

UN PACTO DE ESPIRITUALIDAD
Por Severino Arranz Martín - Lic. en Psicología y en F. Románica

El mundo civilizado no está tranquilo ni en épocas de paz.

A la segunda guerra mundial sucede un período de aparente tranquilidad que se caracteriza por una paz ficticia conocida con el nombre de «guerra fría», configurada por dos bloques de naciones con modelos políticos e ideológicos irreconciliables.

De esta «guerra» va a salir victorioso el bloque que ha venido a llamarse la «Cultura Occidental», representada en principio por los países del Occidente europeo más los Estados Unidos de América, principalmente. Digo «en principio» porque a él se han venido adhiriendo varios países del bloque derrotado, más algunos de los que no formaban parte ni de un bando ni de otro y que en tiempos pasados se llamaban «no alineados».

Las señas de identidad de este que podíamos llamar el mundo civilizado son el capitalismo en lo económico y el liberalismo en lo ideológico. Y como resultado de ambos factores, el «estado del bienestar» de las naciones que lo conforman.

El bloque derrotado, como hemos dicho, se está pasando con armas y bagajes a este último, hasta el extremo de que en Europa en un plazo relativamente corto apenas van a quedar vestigios de su existencia como estados ideológicos; si acaso como grupos antisistema que se caracterizan por su beligerancia contra el mundo capitalista, puesta de manifiesto en ciertas convenciones internacionales, recuérdese Génova, pero cuya cara oculta no es suficientemente conocida.

Mientras tanto han surgido nuevos bloques procedentes de esos que se llamaban «países no alineados» algunos de cuales merecen que se les dedique toda la atención, por cuanto podrían alterar el panorama sociopolítico de nuestros días.

Me estoy refiriendo al mundo islámico el cual nunca inquietó ni preocupó a los estados del bienestar como enemigo real ni potencial.

Sin embargo en los últimos cincuenta años se ha venido observando en éste una evidente actitud de miedo a Occidente que ha desembocado en acciones de defensa y ofensa llevadas a su extremo en el ataque al corazón de lo Estados Unidos de América en la tristemente fecha del 11 de septiembre del año 2001.

Obviamente surge la pregunta sobre cuál es la razón o el fundamento de ese miedo a un Occidente pacífico, democrático y tolerante que preconiza la paz y la concordia entre los pueblos y que no piensa en ningún tipo de conquista ni material ni espiritual.

Sin embargo el mundo islámico siente que está siendo conquistado por Occidente en un proceso imparable, porque los medios de comunicación ya no tienen fronteras y les llega a sus propios hogares toda la inmundicia que expelen los países civilizados.

No es difícil imaginarse el impacto que puede producir en un hogar musulmán esas escenas erótico-pornográficas que con demasiada frecuencia presenciamos impávidos y resignados, cuando no complacidos, los «civilizados» occidentales. O esas escenas de desnudos colectivos tan de moda en nuestros días y que están comunicando a ese «otro mundo» un mensaje de frivolidad y de falta de valores. O la naturalidad con que se priva de la existencia a los inoportunos que quieren nacer y no se les permite, para que no molesten ni compliquen la vida de sus irresponsables progenitores. O la exaltación de la infidelidad conyugal, invitando tanto al hombre ¡como a la mujer!

Esto es lo que más profundamente hiere el alma de un musulmán, la más que posible y amenazante insumisión de sus mujeres y el contagio de las costumbres «satánicas» de Europa y sobre todo de América, el «Gran Satán» al que hay que borrar del mapa.

La guerra santa musulmana no es cuestión de fe sino de costumbres. No les importa demasiado que el resto del mundo se salve o se condene, vaya al paraíso o al infierno. La guerra santa la usan de una manera muy acomodaticia; igual vale para una reivindicación territorial o para impedir que sus regímenes teocráticos sean sustituidos por las amenazantes democracias occidentales o para ir contra sus propios hermanos correligionarios sobre todo los que se acercan al «mundo de las libertades»: guerra Irak-Irán, Líbano, Egipto… y últimamente Marruecos (Casablanca).

Analizando con cuidado la historia contemporánea, observamos que este fenómeno de miedo y desconfianza hacia Occidente viene coincidiendo con lo que bien podríamos llamar la «explosión de las libertades» en Europa y Norteamérica, consistente en el abandono de aquellos valores morales y religiosos que siempre conformaron el alma de los pueblos verdaderamente civilizados. No deja de ser significativo que las naciones más avanzadas hayan sido aquellas en que ha arraigado la religión cristiana. Para que no digan que la religión es el opio de los pueblos.

Roto el freno que para las costumbres suponía la moral católica, las sociedades avanzadas se deslizaron por el precipicio moral cuyo exponente más claro lo tenemos en la tristemente conocida como la Revolución de Mayo del 68 francés que más que una nueva Revolución Francesa fue una «revolución a la francesa», esta vez sin filósofos ni guillotinas; sobre todo sin filósofos. Era el triunfo del nihilismo. Basta con analizar sus principales cabecillas para comprender el espíritu de tal revolución que por otra parte se encontró con el camino abierto, gracias a las teorías antirreligiosas del comunismo. A lo largo de todo este proceso de secularización otra gran explosión tenía lugar en «nuestro mundo» la de los medios de comunicación que llevaron por todo el planeta las imágenes de la liberación social y moral que despertaron en las otras culturas todo tipo de sentimientos; unos de deseos de pertenecer a esa privilegiada sociedad a la cual, como una verdadera «tierra de promisión», había que peregrinar y que produjo el fenómeno social más característico de nuestro tiempo, la emigración de los necesitados; otros de envidia que ha cristalizado en lo que acabamos de denominar los antisistema (hoy los antiglobalización) cuyo objetivo es la destrucción de las sociedades consumistas; y finalmente otros de temor, representado por el mundo islámico, según acabamos de ver, y que en el tiempo coincide con el olvido por occidente de los valores morales y religiosos que otrora le caracterizaron.

El mundo civilizado y acomodado está dando mal ejemplo al «tercer mundo». Le está ofreciendo pretextos, que no motivos, para odiarle y hasta para declararle la guerra, bien sea «santa» o de la otra, da igual; porque ambas llevan dentro de sí el germen de la envidia, de la codicia y del afán de expansión material y seudorreligiosa.

Yo invito al lector a que eche una mirada al mapamundi y observe las naciones o estados «potencialmente peligrosos» para nuestra civilización y los encontrará con verdadera profusión no sólo en Oriente Medio sino en el Extremo o en el África Negra en el ámbito de Estado; y luego siga por aquellos países de «nuestro mundo» en donde en mayor o menor medida están implantados en una infiltración continua que no tiene visos de acabar. Todo ello según una regla demográfica que podría resumirse en que país sin habitantes país con inmigrantes; o también país que no soporta a sus propios niños tendrá que sufrir a adultos extraños, pero con una gran desventaja porque a sus niños al menos se supone que los educaría a su estilo, sin embargo a los adultos que llegan ya no posible.

Ahora hemos de preguntarnos si esos países que quieren conquistarnos traen en sus equipajes algo por lo que merezca la pena luchar; algún elemento regenerador de nuestras costumbres, de nuestra religión o de nuestra manera de vivir.

Si tomamos como ejemplo ciertos países del mundo islámico, malas cartas de presentación son sus métodos «persuasivos» de odio, personalizado en esos pobres engañados que se inmolan, camino hacia el paraíso, llevando como trofeos de guerra todo un equipaje de despojos humanos. Cuantos más muertos más huríes a su servicio. Machismo hasta en el paraíso. Y a las mujeres que se auto inmolan en la «guerra santa» ¿quién las acariciará?

Si se quiere que la paz reine entre ambos bloques, uno y otro deben tomar conciencia de sus propios males. El mundo islámico tiene un exceso de religión, mientras que el mundo occidental tiene un defecto de ella, al menos en estos últimos tiempos en que Europa parece avergonzarse de su pasado cristiano, negando en sus estatutos fundacionales de la «Nueva Europa» sus verdaderas raíces.

Las guerras terminan o por el aniquilamiento de uno de los contendientes o por tratado o pacto. Desechado el primero, es urgente arbitrar el segundo. Mas para ello ambas partes tienen que ceder algo, aunque sean cosas muy queridas. Occidente tendrá que hacer un buen paquete de cesiones. Aparte de las que ya hemos señalado, sería deseable que los encargados de regir el gobierno y las principales instituciones de los estados que configuran los grandes bloques políticos modernos, se despojaran de tanta ambición de poder, de prepotencia y de egoísmo individual y de grupo. Esta obligación de limpieza también alcanza al individuo, al hombre de la calle al que resulta muy cómodo transferir sus responsabilidades a ese ente abstracto que se llama sociedad.

Los del bando contrario tendrán que hacer otro tanto, sobre todo en no cargar en exclusiva al mundo rico todas las causas de sus males; que los regidores de los destinos de esos pueblos no se aprovechen de la ignorancia de sus gobernados para ser tan poderosos como aquellos del mundo capitalista al que tanto odian y censuran. Que toda esa energía y valor que emplean en sublevarse contra el mundo civilizado lo empleen también contra sus gobernantes corruptos que se enriquecen a costa del hambre y la miseria de sus pueblos. Deben desterrar el odio, la envidia y el resentimiento hacia un mundo que, pese a los vicios que le reconocemos, está acogiendo a sus emigrantes con generosidad porque, aunque este mundo capitalista es egoísta y despiadado, como le califican los antiglobalización, aún le quedan reservas espirituales de un pasado glorioso, de cuando los hombres rezaban todos los días y no tenían ningún reparo en reconocer sus propias culpas y pedir perdón por ellas.

En estos tiempos de moral tan discutible debieran ser los pueblos o los bloques, tanto como los individuos, los practicantes del Sacramento de la Reconciliación. «Padre yo en representación de mi pueblo me acuso…».

El Papa Juan Pablo II ya lo hizo pidiendo perdón por los yerros de la Iglesia en el pasado. Un buen ejemplo a seguir.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: