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Altar Mayor - Nº 90 (21)
Sábado, 20 diciembre a las 13:38:23

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

EL FUTURO DE LA HISPANIDAD CRIOLLA
Por Edmundo Gelonch Villarino

1. RECUERDOS METAFÍSICOS

En la siempre renovada disputa acerca de lo permanente y lo mudable (y a la cual creo definitivamente resuelta por la vigencia actualizada de los principios aristotélicos), se instala la cuestión sobre la pervivencia histórica de las identidades sociales y su capacidad de cambio y permanencia.

La moda (o su hija la modernidad), insisten sobre la visión progresista, dialéctica, de una realidad donde «todo cambia» y esto parece ser lo mejor que pudiera ocurrir, ya que la pervivencia de los valores del pasado sería insoportable para la libertad y los derechos de los individuos y las sociedades. Parodiando al P. Castellani, diríamos que no hay «semiculto» o «alfabeto» que no arranque de este dogma indiscutido, y menos si trabaja en los «medios» o en las universidades al uso. Es cierto que corresponde a la índole de la moda ser efímera y superficial, sin otro valor que la novedad recién nacida para morir ya y el de un «mañana que nacerá tan viejo».

Pero quienes, en el sacudón arrasador de la tormenta cultural, pretenden aferrarse a lo que soporta, inmóvil y definitivo, todos los embates, saben que es posible porque Algo hay que no cambia, que vale tanto como para ser eternamente joven y nuevo para siempre. Y es lo esencial, lo Clásico, lo que ha recibido un destello de la necesaria eternidad del Creador. Aquello que «como el número, si cambia, si se le quita o se le añade algo, es otro número».

La esencia de las cosas naturales y corpóreas que vemos de ordinario, consiste en la unidad de una materia y una forma sustancial que, tratándose de un viviente, se denomina ánima o alma: y es el principio de la vida, de la organización específica o natural, del movimiento y las operaciones propias, de la unidad de sus partes; y es lo que se transmite y reproduce en la generación. La forma sustancial es, en la esencia, lo actual, el principio de cognoscibilidad, lo que permite conocer y definir el ente, lo que lo identifica. Sin la forma sustancial, se acaba la vida, se paralizan las operaciones como verbos sin sujeto, el todo muere y las partes se disgregan, la unidad se disuelve, la materia se corrompe y separa en restos más simples e inorgánicos. A veces, los residuos pasan a integrarse en otro ser, convertidos en materia y partes de otra cosa.

La incorporación de elementos materiales que son asimilados por la forma, es posible y, a veces, necesaria, como en la alimentación. Pero la comida no cambia el ser del que se alimenta: no lo hace ser otro del que era. Y si tiene poder para cambiar la forma, no lo transforma en otro, sino que destruye la capacidad vital u operativa de la forma, hasta que lo mata.

Las enfermedades son defectos de funcionamiento del todo, sea por el agotamiento de una parte, sea por la intrusión de un principio hostil, contradictorio de la unidad orgánica: una bala, una bacteria, un cáncer. Como la salud es plenitud de vida en la unidad natural, la enfermedad es división de lo que está naturalmente unido. Y la división llega hasta el extremo de hacer imposible la vida. El nombre propio de esta destrucción del ente vivo es corrupción, aunque vulgarmente se diga que se pudre, en vida o tras la muerte.

Con la transmisión de la vida se transmite la naturaleza, por generación. Pero como el efecto no puede ser superior a la causa, tampoco puede generarse una naturaleza superior, a no ser por la acción de otra causa superior, nunca por evolución de la misma naturaleza, esencia o especie. Si la naturaleza no se transmite con todas sus perfecciones originarias, o bien la existencia es imposible, o bien la vida se da precaria y limitadamente, sin el goce de todas las potencialidades que corresponden al nuevo ser por la naturaleza o esencia recibida. Entonces hablamos de degeneración, y lo nacido es monstruo en el que se interrumpe la cadena de las generaciones.

Cierto es que los seres vivos pueden curarse de sus males, de las contradicciones internas que comprometen su existencia, eliminando la materia no asimilable, fortaleciendo lo debilitado, restaurando los rasgos naturales, los caracteres definitorios de su esencia. Como decía León XIII: «volviendo a los principios que le dieron el ser».
 

2. LA NATURALEZA SOCIAL

Analógicamente, también hay esencia en las sociedades, con su forma y su materia. A la esencia de la sociedad no corresponde una forma sustancial, porque la unidad social no es una sustancia, sino una unidad de orden, en cuanto es un todo moral y no un todo físico. La diferencia está en que las partes de un todo físico no poseen individualidad sustancial, no pueden subsistir fuera del todo, mientras que en la sociedad, sus partes son nada menos que personas, es decir sustancias -¡y de la mayor calidad!-, y aunque sean metafísicamente la materia, no son materiales en el sentido, por ejemplo de los ladrillos de una casa. Las sociedades están hechas de personas y de sociedades menores, que son su materia.

Por ser las personas humanas seres corpóreos, las sociedades también requieren un espacio, alguna tierra, como la vivienda familiar o el territorio nacional. Sin ello, su vida será precaria, su condición insuficiente, siempre en dependencia de otra sociedad que le presta alojamiento. Pero en la misma casa, o en la misma tierra, pueden sucederse distintas familias, tribus, naciones; de razas y genios diferentes. A veces, compatibles; a veces enemigos. Pueden asimilarse o excluirse. El inmigrante se asimila a la unidad nacional de su nueva patria, asume su carácter y destino, asumiendo la vocación de hacer algo en la historia. El invasor interfiere en la historia de la sociedad invadida, y si permanece en la tierra, termina matando lo que Juan Pablo II llama «la subjetividad de las naciones», aniquilando sus características distintivas e identificatorias, sustituyendo a los viejos pobladores por una nueva población que, incluso, destruya sus valores.

Aunque la forma social no sea sustancial, no por eso deja de ser el principio de unidad, el principio que identifica a una sociedad y la distingue de las otras. Definimos entonces la forma de la sociedad, en cuanto todo moral, en una finalidad común, en una serie de valores patrimoniales compartidos, en un estilo propio de hacer historia.

Caracterizamos así la forma de una sociedad en la cultura, en los valores que posee. Y aquí se entiende por valor, una perfección que hace más humana -o más divina- la conducta, menos parecida a la de las bestias que son inferiores por ser de naturaleza menos valiosa que la humana, por carecer de perfecciones que poseen las personas; sean facultades innatas, como la inteligencia y la libertad su consecuencia, sean virtudes adquiridas y transmitidas por la educación.

El ser esencial de una sociedad, lo que la hace ser esa y no otra, es el carácter de su gente reflejado en las virtudes de sus héroes venerados y admirados. El carácter nacional y el grado de civilización, se definen por el predominio de ciertas virtudes hechas costumbres populares, que se reproducen y hasta se enriquecen y mejoran con el tiempo, pero siempre sobre el molde de los arquetipos originales, es decir, de los héroes fundadores que le dieron origen, y de los santos y sabios que lo culminaron.

Y téngase presente que esas cualidades son la dote divina, el equipamiento necesario para cumplir con la misión encomendada. Renunciar a ellas, interrumpir la tradición que las transmite y comunica, sería hacer imposible la misión, inutilizar la obra de los padres y los antepasados, esterilizar la propia vida.

Existencialmente, la vida de las sociedades es su Historia: desde que se decide asumir una vocación, cumplir un servicio universal, realizar una misión que enriquezca el bien común de toda la familia humana, que sirva al plan divino de la salvación de todos los hombres. Pasando por los avatares y contradicciones superadas, apartando o saltando sobre los obstáculos, rehaciéndose de las heridas. Hasta completar un destino y coronar una obra que legar a toda la familia humana, como escalón para acercarse a Dios. (En rigor, es Dios el Soberano autor, el Señor de la Historia, quien realiza Su obra salvadora en las naciones, pero a la vez nos pide la colaboración de no oponernos y aceptar Su ayuda).

¿Cuándo se puede hablar de muerte y destrucción sociales? Fundamentalmente, cuando se destruye o se enajena la cultura que identifica a una sociedad. Y la cultura se destruye reemplazando la virtud por el vicio, la civilización por el salvajismo, lo egregio por lo plebeyo, el santo por la masa, la exigencia por la permisividad, el ejemplo heroico por la comodidad burguesa, el destino histórico por un plato de lentejas.

Se da la paradoja de que las muertes físicas de las personas, hasta una hecatombe, ni destruyen la identidad nacional, ni impiden la realización del destino común, mientras sobrevivan los ejemplos valiosos legados en la Historia. Quizá el mejor camino para una misión sea ese: la muerte de Sócrates, el sacrificio de las Termópilas, Sagunto, Numancia... Porque es lo más parecido a la Cruz, la culminación suprema del Valor.

Más de temer son la corrupción del alma nacional, el individualismo egoísta que destruye la unidad, la creencia envidiosa de que nunca nadie fue mejor, la calumnia contra el Arquetipo, la exaltación de lo vil y corrompido, la exhibición exclusiva del pecado. Y no el dolor, el sacrificio y la entrega cuando son por amor.

El ser social, la esencia o bien común a todo un pueblo o a varias naciones, mueren por corrupción o por degeneración, es decir, por ruptura con la tradición, por inconsciencia histórica, por desinterés en la misión común, por alienación de la soberanía. Y entonces, perdidos los valores que hacían atractiva la vida en común, la materia se disgrega, la gente se divide, riñe, se daña y termina alejándose, porque ya no hay unidad ni razón para permanecer unidos. Lo que hoy llaman «inseguridad» es un modo de violencia interior que preanuncia la ruptura de la unidad social y la muerte del todo moral, desde que ya no existe precisamente ese elemento moral, que Juan XXIII y Juan Pablo II sintetizan en cuatro valores sustantivos: la Verdad, la Justicia, el Amor y la Libertad. Sin ellos no hay paz, sin paz no hay unidad, y sin unidad no hay sociedad.
 

3. EL CASO HISPANOAMERICANO

¿Podría cambiar la esencia de la Hispanidad sin dejar de ser Hispanidad? ¿No correspondería, entonces, hablar más bien de una sociedad, piadosa y heroica, que vivió entre los siglos XVI y hasta el XIX; de otra que ocupó la misma tierra entre el XIX y el XXI, pero que ha destruido todos los valores esenciales de la Hispanidad, conservando por un tiempo algunos jirones de la momia que se desmoronan? Si es así, no habría otro futuro hispano criollo que una progresiva corrupción. O bien, que la ininterrumpida putrefacción del cadáver hispánico es aquel siglo XX, que llega a este presente, y llega institucionalmente agusanado. (Y sería cierto entonces que la cuestión cruza el Atlántico preguntando por el ser de lo que aún se llama España).

Lo que no es metafísicamente posible es que esto sea y no sea la Hispanidad católica y misionera. Y si no es ella, tampoco es una, porque la forma esencial es el principio de la unidad de las partes. Todos los devaneos sociologistas que procuran describir el devenir, ya que no definir el ser, de nuestros pueblos, documentan la demolición de las virtudes fundacionales y la sustitución por vicios importados.

Los arquetipos de virtudes venerados y reproducidos y perfeccionados incesantemente por generaciones, indican la calidad humana, la vitalidad y vigencia, incluso el crecimiento, de una familia, de una nacionalidad, de una cultura. Mientras que su abandono y la contradicción dialéctica de los grandes ejemplos y su reemplazo por la contemplación enamorada de modelos ajenos, no pueden denominarse sino corrupción o degeneración.

Los dechados humanos de valor universal, se hacen clásicos, bien común a todo pueblo. Pero los arquetipos locales, como ciertos fundadores de sociedades mal nacidas, en tanto que viciosos, pervierten a las limpias sociedades que los importan: ¿qué gana Hispanoamérica con la veneración de «héroes» masones o herejes importados, cuyas imágenes contaminan hasta los billetes del dinero ajeno que debemos? Mientras que sí ganamos en el aprecio y continuidad de la jerarquía de valores que entregaron nuestros fundadores como enriquecimiento de la identidad.

Por ejemplo de jerarquía de valores: «Ejército Argentino será solamente el que actualice la escala de valores sanmartiniana y belgraniana: primero la independencia o soberanía, y recién luego la forma de gobierno, fuera monárquica, dictatorial o republicana». «Seamos libres y lo demás no importa». Invertir el orden de valores, es dejar de ser lo que se era: poner antes la democracia que la soberanía, el desarrollo económico que la independencia, las «instituciones» que el bien común, es destruir la obra de San Martín, es cambiar de patria. Se dirá que eso ya lo hizo Urquiza, con ayuda de Mitre, Alberdi y Cía. Pero entonces volvemos a la pregunta: «¿qué tiene de Argentina lo que nació en Caseros?». Y previamente: «¿Qué es ser Argentina, qué Hispanoamérica?».

No es tanto el territorio -común a varias sociedades, salvajes y civilizadas, antropófagas o cristianas, soberanas o esclavas- lo que define el ser de las naciones o de las sociedades: Belgrano se llamaba a sí mismo español americano: español por el alma cristiana y americano por el lugar que ocupa el cuerpo. Cierto que el factor geográfico imprime características, pero más de temperamento que de carácter: el carácter, «fisonomía espiritual», está determinado por las virtudes, teologales, intelectuales y morales. Por ese carácter, por los hábitos virtuosos hechos subconscientes, reaccionamos admirando los mismos bienes y nos indignamos por las mismas injusticias.

Por la misma herencia hispanoamericana, Cruz defiende a Martín Fierro contra la prepotente y despareja superioridad de la partida, y las naciones hermanas se solidarizan con Argentina frente a la invasión de la NATO en Las Malvinas. Porque no sería inverosímil, entonces, que la primera edición de Don Quijote se hubiera casi agotado en esta América.

Ramiro de Maeztu caracterizó, como pocos lo han hecho, a esta Hispanidad americana a la que contemplaba en su dechado, en los valores ejemplares de los Siglos de Oro. Yo me permito sugerir un retorno, una relectura de aquellas obras que condensan el espíritu común a Hispanoamérica: como las Relecciones Teológicas de Francisco de Vitoria o la Política Indiana de Juan de Solórzano Pereyra .

Y lo sugiero porque encuentro en ellas los principios que la Doctrina Social de la Iglesia propone para hacer la «Paz en la Tierra», «El Desarrollo de los Pueblos», y con la «Solicitud por las cosas sociales» para acercarse, dentro de las limitaciones de esta vida temporal, a realizar «Los gozos y las esperanzas» de estos pueblos.

El Maestro Vitoria, padre del Derecho de Gentes, enseñaba cómo podían evitarse estos crímenes de lesa humanidad que hoy la Iglesia procuró evitar, y que concitaron la indignación de Hispanoamérica. Principios como el de la igualdad esencial de todos los hombres y el de igualdad de derechos de todas las naciones en soberanía; o el de que no puede haber guerra justa sino como último recurso para restaurar un bien común dañado por una agresión violenta, injusta, deliberada y mantenida a pesar de las reclamaciones y de haber agotado todos los medios pacíficos; no son principios que dependan de las declaraciones algún títere consejo de seguridad, ni de pactos de «derecho humano, (porque) no a la luz de humanas leyes deben ser examinadas sus cosas, sino de las divinas, de las que los juristas no son suficientemente peritos para que de por sí puedan definir tales cuestiones».

La unidad que Hispanoamérica y el mundo necesitan, no es puramente humana. «Los "mecanismos perversos" y "estructuras de pecado" de que hemos hablado, sólo podrán ser vencidos mediante el ejercicio de la solidaridad humana y cristiana», dice el Santo Padre, y ahonda: «Por encima de vínculos humanos y naturales, tan fuertes y profundos, se percibe a la luz de la fe un nuevo modelo de unidad en el cual debe inspirarse en última instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en tres Personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra "comunión"».

Está en la esencia del ser hispanoamericano, desde su generación, el principio de la ejemplaridad trinitaria, como el de la Soberanía de Cristo Rey sobre las naciones, y el del derecho divino como fundamento de todo orden social justo, de todo derecho internacional. Porque el corpus doctrinal del derecho internacional moderno nació y se desarrolló precisamente como una necesidad que planteaban las dificultades de nuestro nacimiento histórico y de nuestro crecimiento en la civilización cristiana. Si es exacto afirmar que Hispanoamérica Criolla es cristiana o no es, también podría decirse que el Derecho Internacional nació por América, hijo de la Iglesia y de la España Misionera. Y por la universalidad o catolicidad de esta doctrina, es aporte que la Hispanidad regala al universo mundo.

Juan Pablo II diagnostica esta necesidad: «Superando los imperialismos de todo tipo y los propósitos por mantener la propia hegemonía, las naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. Los países económicamente más débiles, o que están en el límite de la supervivencia, asistidos por los demás pueblos y por la comunidad internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien común sus tesoros de humanidad y de cultura que, de otro modo, se perderían para siempre».

No menos de trescientos años nos llevó madurar una fisonomía propia, que no era ni la de la España europea ni la de las incipientes comunidades prehistóricas que se enfrentaban y devoraban en estos territorios, la mitad desiertos. Síntoma de madurez y de salud fue la fortaleza para alcanzar la independencia política sin ayuda extranjera. Después, vicios decadentes, copias importadas de los enemigos de la salvación del hombre redimido por Cristo, desfiguraron el rostro hispanoamericano, lo partieron en subdivisiones en gran medida artificiales, convulso entre alienación e identidad.

Toda clase de imitaciones importadas para destruir la civilización, nos han hecho retroceder hacia el salvajismo en las costumbres, las idolatrías y las esclavitudes. El deterioro de nuestras soberanías es paralelo a la imitación de instituciones políticas ajenas y al alejamiento de nuestras tradiciones. Otros doscientos años de tentaciones y hasta de adulterio histórico, ¿habrán muerto la identidad cultural de la Hispanidad Criolla?

No somos los únicos: la madre Europa enfrenta una alternativa análoga, que se patentiza en la crisis por la Constitución de la Unión Europea. Dice Anselmo A. Navarrete OSB: «esta Constitución vendrá a ser la última palabra de Europa sobre sí misma después de una historia multisecular; por tanto, una ocasión para pronunciarse sobre su voluntad de permanecer en la órbita cristiana o de alejarse definitivamente de ella». (Por lo actual, por lo claro y profundo, este reciente artículo de Altar Mayor, merece ser leído y analizado muy cuidadosamente, mutatis mutandi, por su analogía con nuestras propias necesidades institucionales).

Para Hispanoamérica entera cabe la sentencia atribuida al General San Martín: «Serás lo que debas ser, o serás nada».

O la Hispanidad Criolla se reúne en la unidad de fe y derecho, y en defensa de la Soberanía de Cristo, como servicio a todos los pueblos del mundo, o será apenas material etnográfico, unificado en mercado colonial, por la tiranía del Poder Internacional del Dinero. Grande Patria cristiana, o mercado. Otra cosa no puede ser.


 
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