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Altar Mayor - Nº 90 (20)
Sábado, 20 diciembre a las 13:40:07

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

OTRA VEZ DOS EN EL GLOBO
Por Ángel Palomino - Escritor

Lo malo de la globalización, tal como la estamos viviendo, es que el impulso, la presión diplomática y los medios –en su mayor parte- las están poniendo los Estados Unidos. Y lo saben.

La fase inicial de la imprescindible despolarización previa a la globalización, la llevó adelante –con fe y con un talento que la internacional intelectual «de progreso» le negaba- el presidente Reagan. Actor de segunda fila, galán de segundas damas, pero hombre de principios, supo defender nuestro polo occidental y nunca se arrugó ante los órdagos políticos, estratégicos o científicos de la URSS que había conseguido con ayuda de tontos útiles y compañeros de viaje una globalización intelectual que aún sobrevive a su catástrofe histórica.

Se hundió el imperio comunista, cayeron sus gobiernos satélite y muchos de sus líderes políticos y gobernantes vasallos han desaparecido; pero la carcoma global permanece. Sigue presente en los organigramas de los medios de comunicación, en los rectorados universitarios, en las instituciones, en academias, magistraturas, audiencias y tribunales. Y en la literatura. Y en la política al amparo de esas vergonzantes coaliciones que deberían titularse «Izquierda Fetén», es decir, izquierda auténtica marxista-leninista, maoísta o trostkista, pero se dan un toque rosa con siglas del estilo de la española IU. Estas uniones de izquierdas permiten la supervivencia presente en nómina estatal, de los partidos comunistas; el de Ibarruri mismamente sucursal del de Stalin que todavía en 1984 enviaba dólares al viejo camarada Ignacio Gallego para la renovación del aparato soviético-español con el nombre de Partido Comunista de los Pueblos de España: 50.000 dólares de entonces. Todavía se mantienen las falsas famas creadas por el aparato comunista que consiguió –y eso no hay quien lo mueva- imponer la idea de que ser intelectual es ser de izquierdas. Otorgaron, como quien expide títulos universitarios o aristocráticos, falsos prestigios con los que han destrozado la universidad española; lograron copar rectorados, decanatos, cátedras, y hay rectores que ocupan su sillón desde hace veinte años y aún perpetran increíbles faltas de ortografía y dicen cónyugue, desapercibido (por inadvertido), dieciochoavo (decimoctavo) y, aunque parezca mentira, Grabiel. Como los toreros de origen modesto han aprendido que con el pescado vino blanco y con la carne tinto, y sólo se alojan en hoteles de cinco estrellas, eso es progresismo.

Pese a tan poderosa turba el presidente Reagan nunca se arrugó ante las bravatas de la URSS. El gobierno soviético desplazó misiles nucleares apuntando al occidente próximo para exigir a Estados Unidos la suspensión de su programa de guerra en el espacio. Lo reclamaba en nombre de la paz porque no había rublos de que echar manos para enfrentarse a él con algo parecido. Reagan, el zoquete de derechas, esbirro del capitalismo, puso misiles apuntando al oriente inmediato y desoyendo las amenazas de que Nueva York y Washington serían ceniza, siguió adelante con su guerra de las galaxias. Se hizo yeso el telón de acero, cayó el régimen en Polonia (a Juan Pablo II no se lo perdonan) y, por fin, desastre tras desastre, se entregó el Kremlin a nadie: a un borracho y a las mafias.

Después, los presidentes de los Estados Unidos, han vivido, brevemente, la gloria del Imperio. Brevemente: 1991-2002. Desde que las Repúblicas Bálticas inician el desfile y rompen la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, con lo que desaparece «el otro imperio», hasta el 11 de septiembre de 2002. Nueva York sufre un ataque terrorista con efectos equivalentes a un bombardeo masivo de la GM-2 que puede ser ya el inicio formal de la GM-3. El presidente Bush siente que el Imperio ha sido ofendido, herido, humillado –en realidad a-te-rro-ri-za-do- y declara la guerra al terror con lo cual crea el otro imperio. Otra vez son dos.

Decide ponerle rostro y fronteras, encerrarlo en un país con mala prensa, residencia de un millonario árabe, Binladen, capaz de llevar el pánico a cualquier parte del mundo. Machaca Afganistán lo ocupa pero no acierta con el escondite del terrorista. Ordena arrasar otro país con mala prensa, Irak, tiranizado por un wanted capo mundial del terror y el genocidio. Da por seguro que entre tantísima bomba, alguna le caerá en la cabeza a Saddam Hussein. Ahora andan buscándolo entre las ruinas. Y en eso estamos; no sigo.

¿Qué ha sido entonces la globalización? Desaparecido el fantasmagórico freno comunista, se manifiesta, más que nada, como capitalismo salvaje. El comercio mundial y la injusticia social quedan en manos de muy pocos. El poder se transmuta en acciones cuya compraventa supone el cambio de mano de cientos o miles de centros de trabajo: cientos de miles de trabajadores cambian de patrón y de reglas.

Hay fusiones en las que desaparece una marca, se funden siete factorías; un financiero se embolsa miles de millones para sí mismo, obtiene el dominio sobre varios cientos de empresas y, sin el menor signo visible de emoción anuncia un plan de reajuste de plantillas, jubilaciones anticipadas y traslados de personal. Los gobiernos se sienten satisfechos si, pese a tanto ajetreo, el PIB sube, el IPC no se calienta y el déficit no se dispara. Amparados en sus barbas de barricada, los sindicalistas profesionales otorgan las bendiciones del proletariado al pacto que nadie discutió mientras enreda con pancartas, autocares y bocadillos en contenciosos de diseño montados para televisión y demagogia.

La globalización ha sido eso y la extensión mundial de las protestas contra la guerra, el hambre y la mismísima globalización; la mundialización de la pancarta sostenida en cada país por los partidos supuestamente izquierdistas y los burosindicatos llamados mayoritarios. Los líderes de unos y otros se apuntan como militantes propios los miles de ingenuos movidos por su amor a la paz, al pan, a la justicia…

Entre ellos caminan, infiltrados, los que al final de la jornada de pacífica protesta se organizan en partidas entrenadas para el bandidaje urbano y la lucha contra el escaparate, la farola, el coche aparcado, el autobús, los cajeros automáticos y la propiedad privada. Son diestros en el manejo de la barra de hierro y el cóctel molotov que, por cierto, en su versión más elemental se inventó en España para luchar contra los tanques rusos.

El actual intento de globalización de la lucha antiterrorista ha empezado mal. Y no es la primera vez que Norteamérica se equivoca: se equivoca mucho. Como dicen nuestros viejos conocidos de Marruecos, no saber manera.

He sido globalizador. O globalizado. Fui oficial de un ejército extranjero musulmán y proeuropeo por globalización: las Mehal-las Jalifianas de Marruecos, ejército nacional de la zona española de un Protectorado que ejercían, conjuntamente aunque por separado, España en una franja del Norte y Francia en la mayor parte del país. El sultán, Mohammed V, reinaba en todo el territorio, pero en la zona española un Jalifa, el príncipe Muley Asan ben el Mehdi, ocupaba trono con cetro y honores de virrey, más ejército, policía y aparato administrativo propios.

Yo mandaba una compañía, aunque mi calificación oficial era teniente instructor, porque la compañía tenía mandos nativos y todo el personal, caídes (oficiales), suboficiales y askaris (soldados) eran marroquíes. Españoles sólo tres: un sargento administrativo (en funciones de brigada), un cabo oficinista y yo que, además de instruir al personal militarmente, le pagaba el sueldo a través del sargento. Y así funcionaban todas las Mehal-las (regimientos) mandadas por tenientes coroneles instructores a cuyo lado había un comandante marroquí: el caid rahá.

Y lo mismo funcionaba todo el protectorado en lo civil. Al lado del Jalifa, gobernaba un Alto Comisario español; al lado del bajá de un territorio o de caid de una cabila había un Interventor en función de gobernador civil. Finalmente, junto a todo esto, la paz estaba garantizada por un ejército español de ocupación formado por tropas regulares hispanomarroquíes de infantería y caballería más Tercios de La Legión, Batallones de Cazadores, artillería, ingenieros y demás cuerpos y servicios de nuestras tropas de tierra, mar y aire.

Éramos una modesta presencia en la parcela afroasiática de la globalización: el sistema colonial en su variante light de Protectorado. Había otros modelos como el estatuto de Tánger, los fideicomisos (Gran Bretaña en Israel) y la colonia pura, los Congos, las Guineas, la India, Angola, Indochina, Bermudas… Todos estos sistemas se bordaban, mediante arduas negociaciones, sobre un tapiz indígena de gobernantes, aristocracia, terratenientes, baronías, condados, hombres de empresa y jerarquías religiosas del país, sometidos graciosa y amistosamente a las coronas europeas que ejercían la tutela encomendada en los tratados internacionales y respetaban la apariencia externa en lo ceremonial y la realidad de los derechos de sultanes, reyezuelos, imanes, caídes, aristócratas, caciques y propietarios grandes y pequeños.

En la historia de EE.UU. hay ejemplos de cómo son capaces de hacerlo. La democratización de Japón se bordó manteniendo intacto el tapiz; en lugar de llevar al Emperador Hiro Hito a Nuremberg y mandarlo a la horca, Mac Arthur le sugirió la conveniencia de declarar públicamente que no era un dios. Algunos japoneses sufrieron tanto al oír aquella confesión que se hicieron el harakiri allí mismo, delante del emperador. El presidente Truman no lo vio con buenos ojos; hubiese preferido ahorcarlo y llevarse por delante a unos miles de los llamados monos amarillos como aquellos que fumigaban sin contemplaciones en Hirossima y Nagasaki.

El Presidente no sabía manera; Mac Arthur sí. La operación fue un éxito: ahí está Japón con sus reyes de estirpe humana, con su parlamento, con su imperio de toyotas y nissans. Los diputados resuelven frecuentemente los debates a puñetazos y sus presidentes de gobierno suelen acabar en la cárcel, pero el país está muy bien: rico, libre, próspero y curado de aficiones bélicas. Truman se la guardó al general y aprovechó un desplante durante la guerra de Corea para quitarle el mando de las tropas de Asia y mandarlo a casa. Seguía sin saber manera.

La globalización magrebí funcionaba. Los viernes (día del Señor en la religión islámica), el Jalifa salía de su palacio en Tetuán para asistir en la Mezquita Mayor a las ceremonias religiosas propias de la festividad escoltado por su caballería mora, semejante a la de Franco, aclamado en todo el recorrido por el paisanaje y saludado respetuosamente por militares y paisanos españoles. Sus pleitos eran competencia de sus jueces –con el Corán y Alá por delante- y gozaban de derechos que los españoles no habían alcanzado aún: el divorcio, entre otros, y la huelga que lo mismo afectaba a una construcción que paralizaban la carga y descarga en un puerto. Pero -como en la Mehal-la- quien mandaba era el instructor, el europeo, que sabía ser muy respetuoso con los derechos, las creencias y los usos del indígena. Y le exigía vivir en paz.

Hay otras globalizaciones. Yo he sido globalizado-globalizador dos veces. Pero sería demasiado hablar de la otra aquí. Y era buena: lo es. Muy buena.

En Irak se ha destruido el tapiz, se han desbaratado instituciones, servicios, organización social, policía, se ha permitido la dispersión del ejército derrotado sin darle oportunidad para rendirse ordenadamente. Sencillamente se han ido a casa con el armamento bajo la chilaba.

En una ocupación militar, hasta la policía, y no digamos los bomberos, sanitarios, ferroviarios, compañías de transporte, panaderías, todo es requerido y puesto en funcionamiento. Y se tienen preparados líderes gobernantes, presidente o jefe del estado, gente de casa, del país. Eso desde mucho antes de iniciar la ocupación. Un gobernador del país invasor dirige la cosa; empieza ordenadamente la vuelta a la normalidad, la retirada de escombros, el funcionamiento de las panaderías, las gasolineras, las cosas pequeñas y, naturalmente, las grandes: electricidad, ferrocarriles donde los hay. Y televisión.

Ha sido aplastado un ejército, conquistado un país en pocos días, pero esta es otra guerra y no ha sido vencido el peor enemigo: el terrorismo. Y ese enemigo está metastáticamente globalizado. Y tiene un arma terrible: el arma que utilizó el 11 de septiembre de 2002 en Nueva York.

El arma terrible no es un avión secuestrado. Es el piloto: el terrorista suicida.


 
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