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Altar Mayor - Nº 90 (18)
Sábado, 20 diciembre a las 13:53:31

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

CULTURA Y CAMBIO
Por Manuel Parra Celaya - Dr. en Pedagogía

Se trata, ya en el titulo, de dos conceptos básicos y polémicos, de dos palabras rotundas y escasamente «políticas» (con minúscula), pero necesarias para la búsqueda de la esencia de la Política (con mayúscula) de nuestros días.

Si la poesía era, para Machado, «palabra esencial en el tiempo» -expresión de clara reminiscencia krausista- estas reflexiones que siguen quieren rescatar igualmente la esencialidad y la temporalidad, para encontrar, juntas, un discurso apto para el siglo XXI.

Como no escribo en nombre de nadie, de colectivo algunos, sólo de mí mismo, me puedo permitir el lujo de ser pieza de escándalo y de correr el riesgo de equivocarme. Dejemos los dogmas para el ámbito de lo religioso y vayamos a construir, en el de lo político, planteamientos novedosos, aunque estén enraizados en el pensamiento más nítido del siglo XX.
 

I. Una de las características de nuestra época es que los mensajes ante los grandes temas adoptan, dado el carácter mediático dirigista de la sociedad, un tono uniforme y escasamente pluralista. Se permite discrepar en lo accidental, pero hay temas casi tabúes, sacralizados, que responden a los patrones del Pensamiento Único y de los que no se permite discrepar, a riesgo de caer en el descrédito, el ostracismo, la burla o el ataque despiadado de los mass-media. Izquierda y derecha -en el caso de que sigan teniendo validez estas palabras- presentan, en el fondo, una alternativa única frente a los grandes temas, matizada, si se quiere, por las pequeñas aportaciones «de partido», que sólo se refieren a lo accesorio. Existen, sí, «verdades oficiales», más «permanentes e inalterables» que aquellos Principios del Movimiento Nacional que no resistieron la votación de los señores Consejeros. El que discrepe de estas «verdades», principios o dogmas del Pensamiento Único debe conformarse con la marginalidad, el recurso de Internet (por el momento) o el silencio,

Tal es el concepto de Multiculturalismo, aireado, difundido y defendido por tirios y troyanos, elevado a la categoría de «dogma». ¿Qué es el Multiculturalismo? Aquella interpretación que, desdeñando un tradicional etnocentrismo europeo, predica la igualdad de todas las culturas, su encuentro y convivencia en las naciones de la vieja Europa, con la suprema virtud de la «tolerancia» como bálsamo de Fierabrás que elimine los roces que puedan producirse.

Adelanto que en las frases anteriores se encierra una trampa lingüística bien tramada en torno a lo de «etnocentrismo», que constituye una de las actitudes «heréticas» a combatir: etnocentrismo sugiere etimológicamente la noción de «raza», de forma que cualquier cuestionamiento del Multiculturalismo adopta, de forma connotativa, el tono «racista» y no cultural.

El multiculturalismo está íntimamente vinculado a las oleadas inmigratorias; viene al pelo para darnos a entender que no pueden existir en modo alguno barreras éticas y sociales que oponer al aluvión foráneo; que no existe el menor inconveniente en que nuestras ciudades se transformen en abigarrados mosaicos culturales; al contrario, se destaca su carácter «enriquecedor».

En principio, la idea parece irreprochable: ¿cómo oponerse a quienes buscan huir de la miseria y del hambre y encontrar un lugar bajo el sol en las ricas naciones europeas? Las razones humanitarias, caritativas, incluso justas, se hacen sentir en los corazones de cualquier ciudadano medianamente sensible. ¿Cómo imponer, además, unos modos de sentir y de pensar a quienes se encuentran lejos de sus orígenes, tratando de «desarraigarlos»? ¿No merecen, acaso, toda nuestra ayuda y respeto?

Sin embargo, si observamos la evidencia, veremos que los resultados son diametralmente opuestos: marginación y resentimiento, guetos cerrados y enfrentados, a veces, al resto de la sociedad, que reacciona, esporádicamente con actitudes que son tildadas apresuradamente de «racistas y xenófobas» (nueva trampa lingüística al lograr la identificación de los dos términos) por los mismos poderes mediáticos que preconizaban la apertura. Al mismo tiempo, se insiste machaconamente en dos ideas de distinto calado: la de provocar el sentimiento de culpabilidad a las poblaciones receptoras y la de insistir en la igualdad de las culturas y de los derechos de los seres humanos, en función de las pautas culturales de cada uno.

El multiculturalismo deviene, así, en foco de problemas, que podríamos llamar menores, pero que no hace falta ser muy perspicaces para adivinar agravados en el fututo, conforme aumenten las oleadas inmigratorias de culturas con elementos opuestos. Hay quien augura, con respecto a la inmigración musulmana, que ésta pueda convertirse en «cabeza de puente» o «quinta columna» del Fundamentalismo Islámico,

Pero la defensa del Multiculturalismo a ultranza no es casual. Creo que interesa al sistema, ya que atiende a dos de sus necesidades fundamentales: a) desde el punto de vista socio-económico, la existencia de una mano de obra barata, un subproletariado de nuevo cuño, ya que el trabajador europeo pertenece al Sistema en alma y cuerpo y está destinado a ocupar el escalafón medio en la estructura económica globalizada, y b) desde el punto de vista político, el debilitamiento de los resortes culturales nacionales (¿y aun europeos, desde el punto de vista del neo-imperialismo norteamericano?).

Si tenemos en cuenta estas dos causalidades –que anulan toda casualidad o espontaneidad en la defensa del Multiculturalismo por parte del Sistema- entenderemos mejor las dos notas fundamentales que según el profesor Alberto Buela (publicadas en Altar Mayor) lo caracterizan: el concepto de mundo como «uni-verso» (yo añadiría: campo de acción único para la proyección político-económica globalizada) y el relativismo de culturas. Con respecto a esta última nota, permítaseme añadir un símil: igual que el igualitarismo de los individuos -base de la democracia liberal- fue imprescindible al Capitalismo en sus orígenes, el igualitarismo de las culturas es necesario para la expansión del neo-capitalismo globalizador.
 

II. Pero los hombres no son iguales más que en dignidad (por su dimensión trascendente de seres creados por Dios) y -en Occidente- ante la Ley; en todo lo demás somos diferentes, tenemos aspectos intransferibles y actitudes ante la sociedad propias; los hombres se miden por sus servicios, según sean capaces de exigirse más a sí mismos, de valorarse y de servir a los demás. En el fondo de esta idea late la base orteguiana de la que no me apeo...

Del mismo modo, las culturas no son iguales, y en este caso ni siquiera cabe la igualdad ante Dios (no son «creaturas» de origen divino) ni ante la Ley (cada cultura genera sus «leyes»); se pueden medir, eso sí, por sus servicios a los seres humanos, con sus pasos adelante y con sus pasos atrás, con sus aciertos y con sus errores, con sus beneficios a la justicia y con sus injusticias, porque son creación de los hombres, falibles y limitados, además de condicionados por lo temporal y por lo espacial.

El mundo actual es creación de la cultura que llamamos europea, para lo bueno y para lo malo; desde los avances de la Medicina hasta el esclavismo (que, por cierto, fue la primera en abolir), desde el Humanismo Cristiano de San Pablo hasta el Materialismo de Marx y de Engels.

Yo asumo mi pertenencia a esta cultura, y no dudo en afirmar su superioridad, porque mi escala de valores está en ella y no la cambió por la de ninguna otra. ¿Qué diría el que ha nacido en otro medio cultural? Lógicamente se inclinaría por «su» escala de valores, pero en ningún caso podría ocultar que ha adoptado y asumido patrones europeos, salvo que se trate de un caso de aislamiento completo o de fanatismo excepcional.

Por mi parte, respetaré profundamente otras culturas, pero lo haré en tanto sus valores no se opongan frontalmente a los míos. Pregúntese al más ferviente multiculturalista si mantiene su tolerancia frente a la discriminación de la mujer o frente a la ablación del clítoris; se me dirá que acudo a ejemplos extremos, pero me consta que la mayoría de multiculturalistas no van más allá de la llamada «música étnica» o a lo folclórico del budismo... si se trata de ejecutivos.

La alternativa al Multiculturalismo es, según el mencionado profesor Buela, el Interculturalismo, que defiende, en primer lugar, el concepto del mundo como «pluriverso» y la jerargización de culturas, en función de sus valores. Esta postura implica un profundo respeto a las culturas, pero no defiende el igualitarismo de las mismas.

Con esta idea, sí podemos defender el intercambio cultural y la tolerancia que se quiera, porque se afrontarán desde los propios valores asumidos; por lógica, se propondrá la integración cultural del inmigrante que accede al ámbito europeo, sin discriminación; por seguir con ejemplos «extremos» no se podrán practicar ablaciones de clítoris en la provincia de Gerona ni recluir como esclava a la mujer; y podrá gustar todo lo que se quiera la «música étnica», pero sin que se la coloque a la misma altura de Juan Sebastián Bach o de los Beatles.

Aclaremos también el concepto de integración, que suele entenderse como «imposición» y, a la vez, «anulación». Indudablemente, el inmigrante, de entrada, se encuentra en un medio distinto, desconocido y, en ocasiones, rodeado de una atmósfera de extrañeza, cuando no de cierta hostilidad; «choca» con lo que le rodea, y ha de transcurrir un cierto tiempo para que «se encuentre» de forma natural: es lo que llamamos adaptación. Esta adaptación es buscada por el que ha abandonado, por las razones que sea, sus orígenes, y, aunque quiera permanecer fiel a ellos, llegará un momento en que experimentará una serie de cambios, al principio imperceptibles, en sus vestimenta, costumbres, lengua... La siguiente generación participará, más plenamente, de la sociedad a la que sus mayores se «adaptaron», y los nietos, posiblemente, se sentirán miembros de pleno derecho de la colectividad de la que ahora forman parte, aunque no se olvide necesariamente la procedencia del linaje, que irá adquiriendo progresivamente el carácter de recuerdo ancestral y exclusivamente folclórico,

Esta es la dimensión psicológica, individual; pero también el proceso tiene una perspectiva sociológica, colectiva, que sólo puede resolverse de tres formas: el gueto permanente, la integración plena o la confrontación. En todo caso, predominará el sector cuya cultura sea más potente y ofrezca mejor escala de valores, junto a las mejores soluciones para resolver los problemas vitales, y, sobre todo, el sector cuyo proyecto colectivo sea más atractivo para las sucesivas generaciones.

Se me puede objetar que no he incluido la alternativa «dogmática» del Pensamiento Único: la convivencia en «tolerancia». No lo hago porque se trata, simplemente, de una fase previa y muy corta, salvo que prevalezca el gueto o se quiera permanecer en un constante tira y afloja entre sectores sociales. La convivencia y la tolerancia sólo son posibles a la larga si existe algo superior, un ideal colectivo que aúne y unos valores culturales asumidos por todos.
 

III. Examinemos un poco más a fondo las características de una cultura para matizar todo lo anterior. En primer lugar, toda cultura es compleja, no simple y uniforme. Así, los ingredientes básicos de la cultura europea -Grecia, Roma, Cristianismo, Germanismo- se dan con distinto peso específico en cada ámbito «subcultural» (naciones estado europeas o americanas). Por ejemplo, es evidente que en el caso de España el ingrediente del influjo árabe y el componente americano le confieren un carácter diferenciador de la alemana.

En segundo lugar, toda cultura es dinámica, no estática, o sea que se va formando por aportaciones sucesivas, enriqueciéndose y evolucionando en sus valores, ideas, creencias y técnicas; cambian, sobre todo, estructuras, modos y modas.

Estas dos características nos pueden servir, en el caso español, para matizar aspectos que suelen pasar desapercibidos. Con respecto al carácter complejo, observemos que, a partir de la disensión religiosa del siglo XVI, Europa se diversifica en «mentalidades»: católica, protestante, calvinista y anglicana. No es que España se «aísle» (tópico y bandera de los liberales del XIX), sino que se circunscribe a una de las «variantes» religiosas, dentro del valor general que representa el Cristianismo; no entremos ahora en valoraciones, pero es indudable que esa impronta religiosa dio lugar a una concepción diferente de la política de la economía del hombre, no menos «europea» que la alemana o la danesa.

Del mismo modo, las improntas del presente, que dependen en gran medida de la procedencia de las oleadas de la fortaleza de sus respectivas culturas, de su proximidad a lo español o de su capacidad de integración en un plazo más o menos largo, dejarán huella en nuestro ámbito «subcultural», del mismo modo que lo harán en el francés, el italiano o el inglés.

Con respecto al carácter dinámico, ¿quién ha dicho que un sistema económico o político, o una mentalidad derivada de ellos, sean intrínsecos a una cultura y definitivos? Nos servirá un ejemplo del pasado: la esclavitud, aceptada en principio por todas las culturas -entre ellas la europea-, es rechazada hoy en día por casi todas las culturas -la primera, la europea-. A la luz de esta afirmación, tengo claro que no existe un fin de la Historia anclado en los presupuestos del Sistema actual ni que éste sea indispensable e intrínseco a la cultura europea.
 

IV. Esparta forma parte de la cultura europea; mejor dicho, es de la cultura europea. Como ya se ha dicho, los elementos componentes de ésta adoptan aquí una determinada proporción, diferente a la de otras naciones tan europeas como ella. También se ha aludido a los elementos de origen oriental, musulmán, que conformaron una peculiar situación, tanto por lo que tuvieron de aportación integrada como por lo que representó la lucha contra ellos.

Si le aplicamos el método dialéctico, diremos que la tesis fue la situación de la sociedad hispano-goda; la «antítesis», la invasión sarracena, y la síntesis, la España posterior al siglo XV. Como en toda dialéctica, el resultante no fue equivalente a la tesis ni a una simple suma, sino a una situación distinta, con elementos de los dos movimientos anteriores.

Del mismo modo, en la proyección americana, la tesis fue la «Monarquía Católica» que acometía la empresa; la antítesis, las culturas indígenas, y la síntesis, la España mestiza resultante.

No cabe, pues, dudar, si estamos o no conformes con el europeísmo -prefiero europeidad-, pues somos por naturaleza europeos y no es lícito «descolgarnos» de un proceso que se ha intentado varias veces en la historia; en definitiva, podría simplificarse diciendo que trata de identificar Patria y Cultura (Eugenio d'Ors se consideraba «ciudadano romano»). Tampoco cabe dudar que se puede, desde el punto de vista de la europeidad, discrepar profundamente de determinados aspectos que se quieren presentar como esenciales en el proceso de construcción europea.

La primera duda nos llevaría, a su vez, a replantearnos los componentes básicos de lo español; la segunda duda, a renunciar a una interpretación propia sobre el futurible de España y de Europa. Lo primero pertenece al ámbito de la Meta-historia; lo segundo, al ámbito de la Política, con mayúscula.
 

V. «Ni está el mañana ni el ayer escrito». El ayer, aunque el Sistema esté empeñado en transmitirnos una versión oficial del mismo; el mañana, porque el hombre es un ser libre que ejerce de protagonista, y sobre el que no existen determinismos biológicos, teológicos, cósmicos... o políticos. Precisamente la esencia católica de España defendió el libre albedrío frente a la predestinación, en lo teológico. En lo biológico, lo cósmico y lo político sí que pueden existir condicionantes de la libertad, pero no determinantes; es decir, la libertad no tiene eximentes. Traducido: el Neocapitalismo, el neoliberalismo, el materialismo... ejercen una tremenda influencia psicológica sobre quienes vivimos en este siglo XXI, pero no son poderes absolutos, infalibles o indestructibles, ni podemos usar como coartada su tremendo poder para justificar la ausencia de rebelión.

A estas alturas es pueril debatir la europeidad como motor de un proceso integrador; si este proceso se culmina felizmente, Europa devendrá en Patria común y se habrá superado, a la larga, el concepto de nación-Estado. ¿Y qué? ¿Supone ello la anulación de lo español? Acato sí como elemento político absoluto, techo y frontera, pero no como herencia y pasado, interpretación y modo de ser (estilo) dentro de Europa. La espiral de la Historia habrá dado, simplemente, una vuelta más y la Patria europea será entonces ese «proyecto sugestivo de vida en común» o esa «unidad de destino en lo universal», como lo fueron el Imperio Romano en la antigüedad, España y Gran Bretaña en la Modernidad y el conjunto de naciones en la Pos-Modernidad.

Ahora bien, ¿es «obligatorio» asumir un determinado proyecto de Europa, con unas ideas y «dogmas» establecidos, o se pueden proponer alternativas? Antes se ha remarcado el carácter complejo de las culturas y, en concreto, de la europea. ¿Es el Sistema vigente consubstancial a la cultura europea y a su construcción política? ¿Es lícito apostar por un cambio de dirección y dedicar los esfuerzos a propagarlo?

El triple reto que tiene España en este siglo puede sintetizarse en estos aspectos: superar los nacionalismos internos (incluida la tentación de un «nacionalismo español»), afrontar el fenómeno de la inmigración con planteamientos interculturales y aportar una alternativa, nacida de su propia esencia y «modo de ser», a la construcción de Europa. Los tres retos implican mentalidad abierta y apuesta por el cambio. Y, si somos conscientes de las resistencias que se han de vencer, la palabra «cambio» equivale a «subversión» en el sentido más digno de la palabra) y a «revolución» (también alejando del término sus valores connotativos más peliculeros).

Volviendo a las palabras con las que comenzaba estas páginas, España debe encontrar su palabra esencial en el tiempo que le ha tocado vivir. Con ello no hará nada más que concretar en el siglo XXI la especial misión que le ha sido encomenda «dentro de la armonía de la Creación».


 
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