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Altar Mayor - Nº 90 (17)
Sábado, 20 diciembre a las 13:55:17

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

OCCIDENTE Y OTROS PUNTOS CARDINALES
Por Juan Luis Calleja

Con su honda brillantez, el profesor Suárez nos ha puesto delante la mecánica de la historia vista por Spengler en Der Untergang des Xbendiandel, legible en fidedigno español por García Morente. Además, el profesor Suárez, entre otras muchísimas cosas, aludió al Mediterráneo y el traslado de su primacía al Atlántico que, a su vez, ya empieza a ceder protagonismo mundial al Pacifico: Síntomas, tal vez, de aquel mecanicismo.

¿Daremos por segura la decadencia de occidente si entendemos a occidente como una civilización? ¿Equivale civilización a imperio? ¿Son lo mismo cultura y poder? También Spengler se lo preguntó, llegando a respuestas y conclusiones célebres y, a nuestro modesto entender, discutibles.

Por ejemplo, nos atrevemos a pensar que civilización no es imperio y que cultura y civilización son uña y carne, cuando Spengler separa la civilización de la cultura considerando ésta como una manifestación espontánea del alma; y la civilización, como una técnica mecánica y racional. Según Spengler, no es en la cultura europea, que él daba ya por agotada en 1916, donde hay porvenir, sino que es en la civilización mecanizada donde podría estribar un futuro como de cemento armado. Ciertamente, ahí alude a la distancia entre el progreso técnico y el atraso moral; pero llegar a esta moraleja no exige separar el alma de sus obras. Basta pensar que la civilización resulta de la cultura y viceversa; siendo la técnica racional no sólo parte esencial de la cultura sino el único de sus aspectos que siempre nace, se sostiene y adelanta con el hallazgo de verdades irrefutables, comprobadas y tangibles (dicho sea sin cerrar los horizontes abiertos por Planck y los suyos. Además, como diría Ortega, la cultura ha de ser vital, al servicio de la vida, como la ciencia, o no es cultura. ¿Desde cuándo la ciencia y sus técnicas no son encuentros buscados por el espíritu racional? ¿Desde cuándo no son obra y patrimonio de las culturas mejor preparadas? Spengler nos seduce con su hipnótica teoría de las antiguas culturas «apolíneas», distintas de las «fáusticas» de la Europa del siglo XX, de la alemana, sobre todo. Sin embargo, ¿hay algo más fiel al orden clásico estético que el disciplinado servicio de la ciencia? Será casualidad, pero casualidad feliz, que una audaz y prodigiosa nave espacial lleve el antiguo nombre de Apolo. Otra cosa es, desde luego, que el árbol de la ciencia sea el árbol de la ciencia del Bien o del Mal, como avisa el Génesis.

Se dice mucho, con razón, que las causas de las decadencias coinciden a lo largo de la historia. Las que royeron la fortaleza romana se parecen a las que ahora acompañan al retroprogresismo en libre circulación, ya preocuparon a Salustio, Tito Livio, Tácito, Séneca, Horacio, Juvenal e historiadores, filósofos y poetas de otros tiempos.

Lucano poetiza: «Cuando, al apoderarse del mundo, la Fortuna acarreó (a Roma) tesoros sobrados, las costumbres se rindieron ante la prosperidad; el botín nos invitó al lujo; quedaron sin coto el oro y los palacios; la gula desdeñó el hambre que aliñaba los platos de antaño; vestidos apenas decentes para muchachas jóvenes degradaron a hombres sin pudor; se escupió a la pobreza, fecunda en héroes, y se trajo de todos los escondites del mundo cuanto lleva a la perdición a los pueblos poderosos».

Pero la perdición de los pueblos no es igual que la muerte de su civilización. De niños estudiamos que Odoacro apuntilló el imperio de Rómulo Augústulo en el siglo V, como los turcos el de Bizancio, en el XV; pero también sabemos que el Renacimiento no habría florecido después si las semillas grecolatinas no hubiesen sobrevivido aquellos mil quinientos años.

Nación civilizadora es, naturalmente, la que transportó su carácter nacional a otros mundos que pueden llamar madre a la patria que las dio a luz. No basta ser grande para aquél título. Hay naciones eminentes que influyen en la vida del mundo y, sin embargo, no han parido pueblos nuevos. De esto, nos parece Alemania un ejemplo extraordinario, por la desproporción entre su ausencia civilizadora y su gran presencia dinámica en todas las bellezas activas que Plotino admiraba: la de la luz, la del pensamiento, la del sonido, la forma y el poder armónico. Pero... ¿dónde, en qué paralelo ignoto palpita algún pueblo alentado, en alemán, por tales bellezas?

Las hijas de Roma, en cambio, están ahí, siguiéndola con cada palabra de sus lenguas latinas y sus códigos emparentados con Justiniano. Es el caso de España, caso muy distinto aunque de la misma estirpe. Ninguna de las naciones de la familia romana ha sido ni es tan aborrecida como la civilizadora España. Lo saben hasta los gatos.

Volvamos a la Exposición de Sevílla, cuando el Quinto Centenario del Descubrimiento, en 1992. En uno de los espectaculares «stands», la visita empezaba en una sala de cine donde el océano Atlántico hablaba desde la pantalla como un ser vivo acuchillando a España con una especie de autobiografía contra los negros siglos de supremacía española. Sus aguas habían sido envilecidas y ensangrentadas, hasta que la derrota de España y el poder de otras naciones las dejaron limpias y al servicio de la libertad. Como dijo Marías en ABC. «los organizadores del quinto Centenario cedieron a una alianza de tres elementos: ignorancia, estupidez y malevolencia. Se ha premiado el antiespañolismo. Se han aceptado y aplaudido, sin crítica, todas las manifestaciones que veían como desastre a la civilización más creadora de la historia».

Ni una pulgada del viejo imperio español está hoy fuera de un país independiente, más o menos rico, más o menos adelantado, pero siempre cristiano, de la misma familia dentro de «la civilización más creativa de la historia». Fue en este sentido en el que, en 1963, escribí, en ABC, que España es una nación de naciones.

Si a ninguna otra nación civilizadora se la maltrata con ese odio permanente, será porque, muerto nuestro imperio, siguió viva su civilización y creciendo en gentes y sonando en voces castellanas de una cultura peculiar que revuelve las tripas de sus acosadores y acusadores.

Un gran amigo de España explica ese malestar intestinal, cómplice de la leyenda negra: «El Islam no perdona ni olvida la Reconquista; el mundo judío, la expulsión de 1492; los protestantes, la fidelidad al Papa y la devoción a María; los racionalistas ilustrados, la Inquisición; los norteamericanos, la colonización de tantas tierras al sur de su país; los jacobinos de toda laya, la resistencia a Bonaparte, hijo de la Revolución; los ingleses, el proyecto de los Austrias de una Europa unida en torno a una cultura latina y católica; y, más tarde, los comunistas, socialistas y anarquistas, la derrota en los años treinta del siglo XX». Y exclama Messori: «pocos países en el mundo han tenido tantos enemigos como este país al sur de los Pirineos».

Todos los resentimientos que Messori recuenta reaccionan contra ideas y actitudes españolas en defensa de su personalidad, de sus creencias, de una civilización que sigue en pie donde España puso sus plantas dejando huellas que, por cierto, recuerdan también el pie romano.

Así, distinguiendo entre poder y civilización, resulta menos fatídico Spengler que, por cierto, tuvo sabidos precedentes en la filosofía griega, en el eterno retorno de Nietzsche y su «amor fati» (anotado con predilección por Spengler), y en el «fatum» romano que «parece representar la concatenación inexorable de los hechos, una especie de ley inmutable que afecta tanto al Universo corno a los humanos», algo que se anticipa a la mecánica spengleriana. Puede que, con esa ley, condenara el destino a los poderes de Roma; pero no a su espíritu.

Hablábamos del Atlántico. Nos recordó el profesor Suárez que las dinámicas hegemónicas, antes residentes en el Mediterráneo, soplan ahora en otros océanos. Haya ocurrido, o no, tal sucesión, nadie duda que los mares tienen mucho que ver con el transplante de culturas. Todas las madres de pueblos viven entre aguas: Italia, España, Portugal, Inglaterra. Si Alemania no ha dado a luz naciones pese a su energía racional y estética, no debe achacarse a lo fáustico de su cultura sino, sencillamente, a lo exiguo y encerrado de sus costas bálticas. España, en península navegante, podría decir que todos los mares fueron suyos un día. Esto se ve hasta en novelas de aventuras. Así, el capitán Hornblower explica un error de su piloto en el Pacífico culpando, no faltaba más, a la cartografía naval española. Lo que no dice es que no había otra.

Pero es el Mediterráneo el mar que aún nos maravilla e inquieta. Fue el mar de la necrolatría egipcia, del cálculo fenicio, de las cabezas griegas, del derecho romano, de Lepanto, de aquel Felipe II que sumergió a Braudel en su estudio admirable. Además, es el mar de judíos, cristianos y musulmanes, tres notas que han sonado juntas, siglos, en una especie de desconcierto dodecafónico. Una de ellas, la hebrea, sonó ya en la pastoral flauta bíblica antes del Diluvio y no ha cambiado de tono, pese a diásporas bajo toda clase de otros mandos y culturas. Tal vez, el pueblo judío es el más claro ejemplo de cultura superviviente pese a larga muerte política.

Es natural el temor aprensivo a una decadencia de occidente. Parecen bastante infecciosas las semillas de la perdición que se traen «de todos los escondites del mundo» y se siembran a voleo con medios universales que han hecho del planeta una pelota casi deglutible, y al fácil alcance de estupideces y degradaciones. Pero no hay que descartar posibles planes Superiores que podrían darnos sorpresas, como se la dieron a García Morente convirtiéndolo en magistral hombre de fe y sacerdote, después de treinta años de amistad con el raciovitalista Ortega.

Por lo pronto, ¿quién habla hoy del Pacífico? Ahí sigue el Mare Nostrum, con su reanimado conflicto de civilizaciones nunca fenecidas y con el país más poderoso, venido del Atlántico y del Pacífico, armado y puesto a la sombra oriental de Palestina donde todas las razas fijan hoy los ojos.

¿Supone esto la vuelta al protagonismo del Mediterráneo? Probablemente, significa un fenómeno más general: que, hoy, todos los océanos son uno, achicados y envueltos, todos, por un constante ovillo de radios y televisiones, bajo la atmósfera cruzada a todas horas por multitudes y multitudes de todas las razas a bordo de reactores furibundos.

Cuando en China, tras seis mil años de civilización propia y la revolución cultural de Mao, vemos a sus mandamases estrechándose a la europea las manos y como vestidos por El Corte Inglés, de americana y corbatas Hermes, cuesta un poco imaginar océanos rivales y creer en un ocaso definitivo de Occidente. Cosa distinta sería que otro punto cardinal de la brújula pudiere adueñarse de su Trono. Y la verdad es, al parecer, que, para que eso ocurra, estamos haciendo bastante de lo que tristemente poetizó Lucano.


 
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