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Altar Mayor - Nº 90 (16)
Sábado, 20 diciembre a las 13:58:41

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

PENSANDO EL FUTURO
Por Antonio Castro Villacañas

1. Preámbulo.

Quien puede hacerlo me pide que escriba algo sobre el futuro gobierno de los pueblos y de las comunidades de pueblos... El caso es que todos estamos preocupados por el modo en que se van desarrollando los hechos, tanto en lo que se refiere a los bochornosos momentos que estamos padeciendo en la política española (progresivo deslizamiento de Vasconia y Cataluña hacia un horizonte independentista; vergonzosos espectáculos en las asambleas parlamentarias de la Comunidad de Madrid y del Congreso de los Diputados con motivo del asunto Simancas y del «estado de la nación»; sainete cómico-trágico en el Ayuntamiento de Marbella) como en los no menos bochornosos momentos vividos a escala global con motivo de la guerra en Iraq, el fenómeno Berlusconi o los diferentes actos y escenas de la gran tragicomedia conocida con el nombre de globalización. Todo ello hace que la mayor parte de cuantos por razón de edad carecemos en la práctica de futuro tendamos a imaginarlo con un fondo completamente morado o negro. Lo malo es que, a juzgar por lo que yo leo y oigo en los medios de comunicación y en mis escasas tertulias con gente joven, tanto las personas de edad madura como las que comienzan a interesarse por la «cosa pública» coinciden en ver cuando menos confuso el panorama de su futuro. El que en Londres se hayan reunido los dirigentes de los principales grupos socialistas o socialdemócratas con un buen número de intelectuales partidarios de renovar la política que suele calificarse como propia de la izquierda, la trágica situación de la América Española y de África, el complicado tablero donde juegan sus piezas los distintos países árabes, y la triste manera que tiene Rusia de salir adelante, contribuyen de modo notable a mi denunciado pesimismo.

Dicho esto, creo que debo explicar cuál es la razón de que a pesar de todo haya decidido escribir sobre un futuro que ni voy a vivir ni siquiera puedo hacer. La única explicación que encuentro para meterme en tamaña camisa de once varas es la de que -contra lo que leo y oigo a casi todos los adivinos y profetas- no soy capaz de creer que el futuro de la humanidad, a cualquier nivel y en cualquier grado, vaya a ser de naturaleza fundamentalmente económica o dependa en su mayoría de que ahora se acuerden o pongan en práctica medidas básicamente materiales. Como sólo poseo mínimos conocimientos de economía política, mis ideas sobre esta materia y el papel que tanto ella como sus elementos integrantes pueden y deben jugar en la vida pública y privada de los hombres son por fuerza parciales y limitadas. Para mí, la economía y todos sus componentes deben estar al servicio del hombre, y no a la inversa, porque son simples herramientas o materiales -aunque realmente importantes- de que dispone el hombre para alcanzar cualquiera de los objetivos que se proponga. Por eso me alegré mucho de leer un día de 1950 a cierto economista llamado Keynes, del que entonces ignoraba ocupara o fuera a ocupar el notable puesto que hoy tiene en el pensamiento económico del siglo XX, algo que ratificó lo que yo intuía desde que pocos años antes leyera a José Antonio: que el enfrentamiento económico entre las clases sociales y las naciones no es ni tiene por qué ser un fenómeno constante y fatal, sino un desequilibrio pasajero que se puede y se tiene que corregir y remediar, porque el mundo occidental posee recursos y técnicas suficientes -siempre que sepamos organizar el modo de su utilización- para dar a los problemas económicos, que hoy absorben tantas energías físicas e intelectuales, la importancia relativa o secundaria que en realidad tiene. El autor de aquel ensayo afirmaba que se permitía creer y esperar en que pronto las energías del corazón y del cerebro humano estarían dedicadas o reutilizadas en la tarea de resolver nuestros verdaderos problemas: los referentes a la vida individual y colectiva de los hombres, a las relaciones humanas, a sus posibilidades creadoras, a la moral y a la religión...

Somos muchos más de lo que parece quienes creemos que todos los problemas económicos se resuelven o pueden resolverse si empleamos en debida forma las luces del espíritu (inteligencia y buena voluntad; sobre todo ésta, con cuanto contiene) y las adecuadas técnicas y posibilidades materiales. Superadas y agotadas las energías surgidas de las Revoluciones francesa y rusa cada día parece más necesaria -a pesar de la triunfalista y conservadora actual visión liberalcapitalista de la historia- una nueva Revolución (propugnada, defendida y llevada a cabo por un Nuevo Movimiento) basada en las tres grandes ideas-fuerza -o fuertes realidades- que son el personalismo, el universalismo y el futurismo, no necesariamente vistos ni utilizados en ese orden. La inteligente utilización de esos tres motores o ejes llevará a que en cada momento y en cada lugar se adopte la fórmula sociopolítica que tanto técnica como económicamente parezca mejor. Si se está de acuerdo sobre cuál es la polar que ha de dirigir u orientar nuestro rumbo, luego no será difícil determinar cuáles habrán de ser los pasos técnicamente correctos a dar.

Mis escasos y parciales conocimientos económicos me hacen ser en este sentido profundamente pragmático: los diferentes sistemas económicos y sociales que he conocido de modo directo o indirecto me parecen tan válidos como insuficientes en orden a solucionar los verdaderos problemas humanos; lo que les hace más buenos o más malos no son las específicas técnicas en ellos usadas, sino las ideas-fuerza en que se fundamentan. Si la humanidad se socializa de modo natural y lógico cada vez más, o si tan sólo lo hace en distinta intensidad o forma, es algo perfectamente discutible, pero lo que resulta indudable es que cada tipo o grado de socialización lleva consigo a corto o largo plazo la creación e implantación de nuevas estructuras económicas o cuando menos la modificación de las hasta entonces existentes. Ello me hace pensar que el viejo capitalismo liberal, exclusivamente basado en la idea de obtener el máximo provecho posible, se convierte en una herramienta cada día menos válida para resolver los problemas de la moderna humanidad, aunque haya sido retocada y mejorada por las técnicas del nuevo liberalismo. Sin querer profundizar en la crítica del capitalismo, entre otras cosas por mi confesado desconocimiento de las peculiaridades económicas, lo que me lleva a estar en su contra es que el eje de su existencia y funcionamiento sea algo tan material y deleznable como el dinero, hasta el punto de que por obtenerlo y controlarlo en las mayores y mejores cantidades posibles haga hasta lo indecible por impedir o retrasar lo que a mí me parece debería ser el máximo objetivo socioeconómico de nuestro tiempo: el conseguir cuanto antes, por medio del progreso científico y las subsiguientes nuevas técnicas, un mundo regido por la economía de la abundancia o cuando menos de la suficiencia.

Se me podrá objetar que precisamente gracias al capitalismo esa forma de economía existe en los países más desarrollados. Aunque podría superar esa objeción arguyendo que sólo una minoría de cuantos viven en dichos países disfrutan en realidad de tales realidades económicas, el hecho de que ese tipo de economía esté muy lejos de la mayor parte del mundo actual me lleva a pensar que el sistema económico liberal-capitalista es incapaz de resolver los problemas planteados por el subdesarrollo, la superpoblación y la escasez de trabajo debidamente remunerado, o -lo que es mucho más grave- no tiene intención de resolverlos puesto que merced a ellos obtiene sustanciosos beneficios. Lejos de creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que todos los problemas se arreglan dejando en libertad de acción a las diferentes fuerzas sociales, cada vez estoy más convencido de que sólo una inteligente planificación comunitaria y una no menos inteligente y controlada realización colectiva podrán resolver, tanto a nivel local como regional, nacional o global, los problemas existentes en los respectivos ámbitos.
 

2. Una nueva política económica a escala mundial

El viernes 24 de octubre de 1929 estalló en la Bolsa de Nueva York la bomba que condujo a la economía mundial a la anarquía, el paro, la miseria y las más diferentes aventuras políticas durante los cinco años siguientes. La gran depresión económica originó también el que más de un economista, fuera liberal o socialista, se planteara cuál era el auténtico y profundo significado de aquel hecho: a partir de la victoria aliada, esto es, desde 1919 en adelante, había nacido un mundo económico nuevo, dominado por la técnica y la producción en masa, y en él habían florecido ciertos fenómenos preocupantes, tales como la emancipación del hombre respecto de su puesto de trabajo y la mundialización de la economía más allá de la mayor o menor solidaridad de las economías nacionales. Es evidente que, sin los efectos trágicos de la crisis favorecedora de la expansión comunista y fascista, en este final y comienzo de siglos estamos asistiendo a un fenómeno parejo y diferente, porque ahora el mundo está dividido en dos partes desiguales: una, minoritaria, en la que el trabajo humano ya no tiene como objetivo principal, y mucho menos único, la satisfacción de las necesidades inmediatas de la familia o de la nación, y otra en que sucede todo lo contrario. Mientras que en la mayor parte del universo los hombres tienen limitadas al extremo sus posibilidades inmediatas, en el sector minoritario nos encontramos con que de hecho pueden aspirar a ver satisfechas todas o casi todas sus ilusiones la mayor parte de los humanos en él participantes. De igual modo, el sector pobre tiene muy limitada su capacidad de producción y no siempre -ni la mayor parte de las veces- por causas naturales, sino por una concurrencia de factores económicos y sociales ajenos a la voluntad y a las necesidades individuales, familiares y sociales de quienes lo componen, mientras que el sector rico de la humanidad produce normalmente cuanto necesita y en función de esas necesidades incrementa o limita su producción, aunque de vez en cuando lo haga para incrementar sus beneficios económicos o políticos.

La historia de la humanidad nos enseña que durante miles de años y hasta nuestros días los hombres únicamente han creado lo que podía satisfacer sus necesidades individuales e inmediatas. Todos sus grandes descubrimientos e invenciones (por ejemplo, el fuego, el arte, la agricultura, el comercio, la geometría, etc.) han sido otras tantas respuestas a exigencias primarias y naturales, y sólo en función de que estas se extendieran o incrementaran en función de las necesidades sentidas por la familia, la tribu, la aldea, etc. Los hombres actuaban hasta 1920 como una domesticada fuente de energía o como simples individuos habilidosos. La importancia de la crisis económica del primer cuarto del siglo XX radica en que pasó por encima de los obstáculos naturales y de las fronteras políticas, afectando a todas las naciones en proporción a su desarrollo cultural y económico. Entonces se descubrió que el hombre, aprendiz de brujo en tantas cosas, lo había sido en esta ocasión jugando con producir más de lo que inmediatamente necesitaba, hasta el punto de que la abundancia primero y luego la plétora habían desbordado sus previsiones y le habían convertido en esclavo de cuanto antes dominaba. El mundo se encontró con que tenía demasiado hierro y acero, demasiado trigo, demasiados automóviles, demasiados libros, demasiadas ideas y observaciones, demasiados diplomas, demasiados técnicos, demasiados obreros, incluso demasiados hijos... Fue entonces cuando algunos economistas y bastantes políticos se preguntaron si el crecimiento material del mundo desarrollado no podía llegar a significar su automática condena a morir asfixiado por su propio peso.

La generalización y el incremento de tales fenómenos parece indicarnos que tanto la política como la economía deben pensarse ahora más a escala internacional que a escala nacional. No podemos imaginar ningún tipo de autarquía ni de sistemas o soluciones económicas nacionales, pues con ellas no se pueden resolver los problemas planteados por el simple vivir de nuestros tiempos. Las crisis políticas, económicas y sociales que con demasiada frecuencia nos presentan las radios, los periódicos y las televisiones nos recuerdan que en esta clase de materias todas las recetas son confusas y todos los procedimientos bárbaros. Parece que no estamos dispuestos a reconocer el que ningún progreso serio puede alcanzarse en este campo si no operamos dentro de estas dos condiciones: que el sujeto operante sea una organización internacional y que este ente haya sido concebido con plena capacidad de expansión. Lo que más llaga hoy nuestra Economía y nuestra Política es no sólo la obstinación en segmentar el Mundo en compartimentos estancos, sino el entercarse en conservar formas e ideales estáticos de actuación, sistemas circulares de cambios cuya perfección consiste, según parece, en dar vueltas al corto circuito creado entre los protagonistas de tales crisis o problemas, llámense éstos Palestina-Israel, Colombia-droga, Sida-África, etc. Frente a la teoría del equilibrio cerrado debemos levantar la de que el hombre es portador de una energía vital capaz de enfrentarse -cuando ya está bien organizada, coordinada y puesta en práctica- con cualquier clase de problemas, sea cual sea la escala en que se manifiesten, y reducirlos a elementos constructivos de su porvenir.

Está claro que los anteriores párrafos no pasan de ser una simple exposición de ideas generales, pero también creo que su sentido es diáfano. La producción masiva o el exceso de producción, como quiera llamársele, es uno de los problemas más llamativos y frecuentes en la economía actual; por un lado, dado el incremento de la población y el aumento de su nivel de vida, cada vez se necesitan producir más cosas y en mayor cantidad, pero a la vez no tantas ni tanto como para sobrepasar la capacidad de uso o consumo de sus destinatarios. Teniendo en cuenta que el día a día ha demostrado de modo suficiente que la libertad de mercado nunca ha resuelto del todo y a tiempo ni las carencias ni las sobras de ciertos bienes, sobre todo fuera de los círculos o núcleos bien desarrollados, parece oportuno confiar en que cuanto antes se organicen, en el orden técnico, unidades de producción más capaces y adecuadas, y en que se produzcan -dentro del orden político-económico- concentraciones de esas unidades en razón de las crecientes exigencias de investigaciones e inversiones y de la cada vez más abierta competencia internacional en busca de mercados. A la capacidad de producción que engendran los progresos técnicos, y que sobrepasan con mucho las posibilidades nacionales de absorción, sólo puede oponerse, para aportar una solución, una cooperación a escala internacional. Otra cosa es que tal cooperación sea fruto de la libre iniciativa de los particulares interesados o precise el estímulo, la ayuda o el apuntalamiento procedente de instituciones públicas.

El futuro, pues, no parece estar en las políticas de malthusianismo practicadas como consecuencia de la gran depresión de 1929. No conviene limitar la producción industrial o agrícola, ni practicar una deflación esclerótica, ni hacer nada que pueda significar el enclaustrarse y suprimir en todo o en buena parte el comercio internacional. Tampoco parece oportuno que los Estados se replieguen sobre sí mismos y estén dispuestos tan sólo a establecer estrictos acuerdos bilaterales: el trueque de productos tiene muy poco que ver con el verdadero comercio internacional. La gran pregunta es, dando por válido cuanto antecede, si la regularización de los mercados internacionales, especialmente en cuanto concierne a los productos agrícolas o de origen vegetal y a las materias primas fundamentales (petróleo, minerales de especial interés), que es uno de los problemas más inquietantes que tiene planteados el mundo actual, puede resolverse mediante acuerdos multilaterales semejantes a los establecidos por los hasta ahora expertos en comercio internacional y que de alguna manera ordenan la producción y el mercado del trigo, el café, el azúcar o el petróleo. Si hay o no un exceso de producción, el cómo se distribuyen los posibles excedentes, la regulación de las anárquicas subidas o bajadas de precios, etc., son cuestiones de interés mundial que no pueden plantearse ni resolverse mas que a ese mismo nivel. La ONU, a través de la FAO y de otros organismos especializados, tiene mucho que decir y hacer en estos casos.

Como evidentemente yo no soy ningún Keynes -ni siquiera me acerco al más insignificante de sus discípulos o contradictores- carezco de aptitudes para proponer o sugerir cualquier clase de medios o proyectos capaces de contribuir a la solución de este tipo de crisis, pero eso no quiere decir que permanezca indiferente ante ellas o de cara a las medidas ensayadas para resolverlas. Simplemente dice que no soy capaz de analizar ni las circunstancias ni las peculiaridades de los actuales mercados, pero que sí soy capaz de asombrarme ante la ciencia y la potencia de los medios empleados para ordenarlos, y sobre todo para conducir a los individuos y a los pueblos hasta el pensamiento y la acción «más políticamente correctos». De todo ello deduzco que se están realizando notables esfuerzos para salir adelante, y que por eso resulta lícito y razonable confiar en que vayan a obtenerse algunos buenos resultados. Muchas cosas, o bastantes, están en quiebra o a punto de provocarla, como podemos observar en Sudamérica, el Próximo Oriente, África, Alemania o Estados Unidos, pero existen síntomas de que está a la vista una recuperación económico-social en la que el trabajo vuelve a ser factor esencial de nueva vida. Quizás sea un deseo -o una esperanza, en vez de una realidad- el que dentro de poco vayamos a encontrarnos con una concepción diferente de los deberes y las responsabilidades individuales y colectivas. Por mucho que yo confíe en las posibilidades de la competencia y en la eficacia de las nuevas técnicas no puedo disimular mi temor ante lo que también puede ser un peligroso renacimiento y consolidación del capitalismo, o el que la vieja y la nueva guardias patronales se apresten a cuestionar no sólo eso que hasta ahora hemos conocido como «Estado del bienestar» sino también el puesto que en definitiva han de ocupar los sindicatos y los obreros. Como no me tengo por conservador, mis simpatías están no con quienes confían en la eficacia del libre juego del capital sino con cuantos creen conveniente armonizarlo con los intereses del Estado y de los trabajadores.

Confieso mi pecado. Sin necesidad de aportar precisiones complementarias, postulo una economía intervenida en la que sea el hombre quien esté al frente de cualquier movimiento y siempre rehúse dejarse dominar por las fluctuaciones y los determinismos económicos. No me importa el que por eso alguien pueda calificarme de filo-fascista o filo-socialista. Reitero que desde siempre he seguido con interés tanto las teorías como los resultados de las economías dirigidas y de las soluciones tecnocráticas. Por muchas que sean las imperfecciones y los excesos de tales sistemas y a pesar de las críticas que merezcan, me parece que no puede dudarse de que han contribuido de alguna manera a establecer una concepción dinámica de la economía. Lo único que de verdad me preocupa es -en este sentido- cuál ha de ser el espíritu rector de la tan conveniente socialización de la economía y por qué medios llegará a realizarse.
 

3. Crítica del capitalismo

No me resulta fácil describir lo que es el capitalismo, y desde luego no está en mis aspiraciones el dilucidar cuál es la más acertada de las dieciocho o veinte definiciones que he tenido a mi alcance, propuestas todas por historiadores y economistas de prestigio. Como ya he dicho que no soy ni siquiera aprendiz de economista, para mí el capitalismo es nada más y nada menos que un «estado de espíritu»: la búsqueda, prescindiendo de preocupaciones morales, sociales o religiosas, de un provecho ilimitado. Lo que caracteriza a la sociedad capitalista es el respeto -la veneración- que tiene por el Dinero y la manera de ganarlo en la mayor cantidad posible y cuanto antes. El capitalismo es hoy una religión: la del dios Dinero. El Dinero es el Júpiter que puede concedernos el paraíso del bienestar, el único Hércules capaz de ayudarnos a realizar múltiples y difíciles hazañas. Venimos asistiendo desde hace unas décadas en todo el mundo, y concretamente en España, a -cuando menos para mí- un peligroso renacimiento del capitalismo, en el peor y más retrógrado sentido de esta palabra. Me explico: el Dinero está por encima del Hombre en vez de estar a su servicio. Vivimos en plena reacción: una reacción que por encima de sus momentáneos triunfos a mí me parece objetivamente, tanto en el ámbito nacional como en el planetario, desesperada y condenada.

Está claro el motivo. El capitalismo, en tanto que acumulación del dinero en su propio beneficio, en tanto que búsqueda pura y dura del propio provecho, ha sido condenado por la Iglesia Católica y por multitud de doctrinas basadas en diferentes clases de éticas. Burgués y capitalista es toda persona individual o colectiva que prefiere tener a ser, o todo el que sin prejuicios se afana en obtener dinero para utilizarlo en fines egoístas e inmediatos. Si en algún momento puede admirarse el dinamismo técnico alcanzado por el capitalismo, no por ello puede dejarse de subrayar sus imperfecciones morales. En el capitalismo predomina un interés apasionado por el presente. Los burgueses viven fundamentalmente interesados por cada instante, y ello les permite obtener extraordinarias y llamativas realizaciones técnicas, y desde ese pedestal, manejar el mundo. Pero por regla general los capitalistas carecen de «visión» para cuanto no sea ganar y acumular dinero: sólo se tiene en cuenta el futuro de los demás en la medida que pueda afectar -y sobre todo perjudicar- a su propio futuro. Si se mira con atención, el capitalismo es una especie de paganismo en el sentido clásico de este término, pues tan sólo pretende el aprovecharse inmediatamente de los bienes terrenales. De ahí que todas las personas individuales y sociales afectadas por el capitalismo transmitan una cierta melancolía, muy parecida a la que emana de cualquier clase de paganismo. Es que uno de los necesarios requisitos para tener y dar alegría es poseer esperanza, y esta virtud lleva consigo el pensar en el porvenir. No es simple y pura casualidad que, precisamente cuando el capitalismo alcanza sus mayores dimensiones y puede considerarse victorioso de cualquier clase de rivales, se hagan públicas las tesis de quienes sostienen que estamos en el punto final de las ideologías y que vivimos en el mejor de los mundos posibles. De aquí el que resulte perfectamente posible defender la teoría mantenida por Teilhard de Chardin según la cual los capitalistas viven un simple paganismo beato mientras que los marxistas son -si se quiere- mucho más paganos pero sobre todo mesiánicos.

Por iguales razones podemos sostener que burgueses y capitalistas son personas alienadas y amenazadas por sus propias insuficiencias más que por la cada día menos probable «revolución y dictadura del proletariado». Lo cierto es que la actual sociedad burguesa, que se nos quiere presentar como modélica, se desarrolla sobre dos pilares fundamentales: la posesión de dinero -cuanto más, mejor- y el placer inmediato. Lástima que todo ello desemboque en un cada vez más extendido tedium vitae. Quienes han vivido algunos años en los Estados Unidos, lo que significa haber vivido en la vanguardia del bienestar e inmersos en el modelo de esa «sociedad de abundancia» que se nos promete como auténtico paraíso terrenal, dicen que una de sus más notables características es la dorada melancolía que envuelve a los «usacos» en cuanto dejan de ser jóvenes. Hace ya más de un siglo que Tocqueville había denunciado algo por el estilo: que el bienestar lleva en su interior la capacidad de engendrar insatisfacción y por tanto la pérdida del gusto de vivir. Leyendo cualquier seria historia universal se aprende que todas las civilizaciones se extinguen una tras otra, pero más aprisa y más radicalmente las carentes de una adecuada visión de futuro. De una de ellas -no recuerdo cual, pues no lo anoté en la ficha que ahora aquí traslado- tomé que el romano Propercio profetizó ese destino a la esplendorosa Roma del siglo de Octavio Augusto, con versos que bien pueden aplicarse hoy a los Estados Unidos y a todas las democracias occidentales:

El oro ha matado a la buena, fe, el oro ha convertido la justicia en comercio,
el oro manda a la ley, y muy pronto el pudor estará fuera de ella.
Yo así lo proclamo, y ojalá mi patria pueda creer mi predicción:
Roma también sucumbirá ante las riquezas que constituyen su orgullo.

Los poetas, aunque con mucha frecuencia tienen razón, no siempre logran mover con sus versos a los hombres y a los pueblos que los leen o escuchan. Sin embargo nadie puede dudar de que el paganismo romano condenado por Propercio en los momentos de su máximo esplendor, cuando los primeros Césares, no se diferencia mucho del que hoy preside nuestros días en todos los ámbitos del mundo desarrollado. Cuando los hombres o los pueblos carecen de una ilusión, de un ideal, cuando dejan de estar apasionados, se torna absurda su existencia individual o colectiva. Por eso no puede evocarse sin sentir escalofríos la posibilidad de que estemos llegando al momento en que una parte de la humanidad haya comenzado a extinguirse miserablemente atiborrada de calorías pero progresivamente desprovista de un auténtico amor a la vida y crecientemente desapasionada respecto de cualquier valor clásico o eterno, mientras otra parte de esa misma humanidad, la mayor en espacio y en número, lleva ya algún tiempo extinguiéndose por hambre, enfermedades elementales o guerras sin sentido provocadas o consentidas por el primer mundo.
 

4. El estado de la cuestión

Literatos, psicólogos y sociólogos vienen denunciando desde hace más de cien años la enfermedad depresiva de índole moral que padecen las sociedades más prósperas y desarrolladas. En sus obras describen cómo en los Estados Unidos y en Europa la mayoría de la juventud se entrega -debidamente inducida por los intereses económicos de ciertas industrias- a una búsqueda de paraísos artificiales que de modo inexorable lleva al disgusto de vivir cuando se comprueba la inexistencia o la ineficacia de tales lugares. No hace falta citar aquí nombres de autores y títulos de obras, pero sí añadir que el cine, la radio y la televisión complementan la tarea iniciada por los libros en orden a denunciar y producir la abundancia de seres corroídos por el aburrimiento y el hastío, hasta el punto de que no son únicamente los hijos de burgueses y capitalistas quienes malviven contagiados por dichos males, sino también los vástagos de marxistas y proletarios, obsesionados como están todos ellos por el nivel y el estilo de vida norteamericano y el de nuestras clases altas...

Si nuestro ánimo puede desfallecer ante unas realidades y unos ideales tan «burgueses», no por ello vamos a decir que unos y otras sean exclusivamente obra o consecuencia del capitalismo o que éste sea totalmente malo. Nosotros no somos tan radicales ni tan pesimistas como Marx y sus seguidores. Gracias a José Antonio tenemos una visión más realista de los hombres y de las cosas. Por ello podemos condenar el espíritu capitalista y la búsqueda del oro -el máximo beneficio- por cualquier procedimiento y sin reparar en costes humanos, pero no rechazamos todos sus métodos, sino que los subordinamos en cualquier caso al factor humano que representan los trabajadores y los consumidores. Pensamos que los conceptos de búsqueda de calidad y de reducción de costes, de oferta y demanda, de pérdidas y beneficios, de iniciativa y autonomía empresariales, por ejemplo, son válidos y aprovechables en orden a un buen funcionamiento de la economía y de la sociedad productiva.

Lo que debemos rechazar es el capitalismo clásico y su forma más moderna, el neo-liberalismo propugnado por Hayek, actual sumo pontífice de las fuerzas políticas que se autocalifican de progresistas y cristianas. El economista anglosajón sostiene -y sus seguidores practican- que el Estado y los Poderes Públicos, en vez de planificar la economía de su Nación o territorio, deben incitar y favorecer la iniciativa privada, cuando la experiencia demuestra lo difícil, lento e injusto que resulta el progreso total de la humanidad o el parcial de un pueblo si se confía al empuje resultante de los intereses individuales, pues no existe un armonioso «orden natural» producido por el conjunto de libres decisiones de personas, sociedades y empresas. A medida que la humanidad progresa y la convivencia se complica parece cada día más necesaria y justificada la planificación, esa inteligente y ventajosa forma de contribuir a que la vida en común sea más fácil y ordenada. Cualquiera que observe la naturaleza se da cuenta, sin caer en el determinismo, que el libre juego o la vida libre de cada animal o vegetal se desarrolla dentro de un orden concreto de posibilidades y nunca para romperlo y sí reafirmarlo y perfeccionarlo. Con más razón puede y debe esperarse un resultado todavía mejor en la inteligente coordinación de la libertad humana con el orden social comunitario periódicamente revisado.

Lo más censurable del capitalismo es su «individualismo», su «egoísmo». Es lícito y justo pensar que el capital pueda poseer o incluso posea una dinámica interna, fruto de la libertad personal de sus poseedores, que produzca resultados beneficiosos y progresivos avances, pero éstos deben estar siempre condicionados a que no reviertan ni exclusiva ni mayoritariamente en beneficio de los dueños de ese capital, sino que en ellos han de participar -de la forma en que con inteligencia y justicia se determine- cuantos con su trabajo personal han contribuido a lograrlos y la sociedad entera, ésta por medio de las reinversiones necesarias para seguir investigando y produciendo en busca de nuevos beneficios y progresos.

Se dice que el oro -el euro, el dólar- es la moneda propia del Estado absoluto o total. El oro, en efecto, representa para el común de los humanos poder dominar y utilizar cualquier clase de energía: el oro -el dólar, el euro- es también petróleo, carbón, medicinas, maquinaria, arte, libros, hospitales, armas... El oro es símbolo y medio de transporte de todas esas fundamentales unidades económicas. Desde tal punto de vista, claro está que el oro es algo tan esplendoroso como indispensable... Claro que visto así el oro -la riqueza, el capital- nada tiene de malo. Lo malo está en acumularlo, abusar de él, utilizarlo en exclusivo o mayoritario beneficio propio, porque todo ello no es solamente un pecado de injusticia contra cuantos carecen de él, han contribuido de alguna manera a formarlo y están próximos a quienes lo poseen y utilizan. Es también un pecado contra todo el mundo, porque la humanidad necesita ese oro -ese capital, esa riqueza- para vivir, para desarrollarse, para producir más y mejores bienes materiales y espirituales, para distribuirlos mejor, de manera que cualquier clase de interrupción o atasco en la absolutamente necesaria circulación de esas riquezas o capitales se convierte en un atentado contra el armonioso orden de la Creación o del conjunto de la Humanidad... Por ello, ninguna persona inteligente lamentará que un Estado concreto o una determinada Compañía inviertan millones de euros o de dólares en la construcción y la dotación de un centro hospitalario o de investigaciones científicas, por ejemplo, pues parece evidente que en estos casos -y en otros muchos de diversa índole- el oro -la riqueza, el capital- muestra lo que constituye su esencial realidad: ser «la sangre», la energía vital de la Humanidad.
 

5. Justicia Social para conseguir una Sociedad Justa

No creo sea necesario que me esfuerce en demostrar que esta visión del oro -el capital, la riqueza- no es original mía. Está inspirada en las ideas de Keynes, para el que la moneda y la circulación de capital no son cosas neutras o carentes de importancia, pues actúan sobre toda la actividad económica simultáneamente como motor y como freno. Como motor, puesto que la cantidad de moneda que circule creo que influye directamente sobre la tasa de interés que rige la incitación a invertir; y como freno porque al ser deseada la moneda como un bien propio y valioso absorbe en embolsamientos estériles una parte de las rentas conseguidas y distribuidas. Partiendo de estas premisas podríamos deducir que el uso del dinero no puede regirse por el principio de la justicia distributiva -que al fin y a la postre no es mas que el resultado de trasladar a la política el principio físico de los vasos comunicantes- sino por el de la mejor utilización de su potencia, o que el objetivo de la economía política no debe ser el de conseguir que en cada puchero se cueza un pollo, sino el de liberar -mediante una adecuada organización y la más avanzada técnica- y utilizar -por los mismos o análogos procedimientos- la inmensa capacidad de la energía humana que hasta ahora se malgasta en el cotidiano proceso de la producción material. En definitiva, y como la búsqueda de un beneficio resulta ser en nuestra actual civilización uno de los resortes más naturales y eficaces de la actividad humana, parece conveniente mantener -a condición de controlar su uso- que el oro -el dinero, el capital- tiene una función dinámica, es decir, generadora de progreso material y espiritual.

¿Supone esto que debamos renunciar a conseguir una progresiva desaparición del papel que la idea de beneficio y el uso del dinero tienen como principio energético de las actividades económicas humanas? Muchos de nosotros hemos soñado con la posibilidad de que los humanos lograríamos algún día terminar con la economía de mercado y en su lugar implantaríamos una Justicia Social, una Sociedad Justa, bajo la idea de que una economía distributiva sólo resulta hacedera si se descubre y encuentra un Objetivo, una Finalidad, que signifiquen una Conquista, un Interés, en definitiva Algo, sugestivo y beneficioso para el Hombre.

Desde esta óptica, el dinero -el beneficio, el provecho- constituye una forma preliminar, atractiva e incluso aprisionadora, en definitiva un símbolo, del plus ultra, del ser más, de la voluntad de perfeccionamiento característica de la condición humana. El dinero -el oro, el capital- es un simple sucedáneo temporal del auténtico objetivo final del hombre, que es su pasión por lo absoluto, lo mejor, la perfección... Ello se pone de manifiesto, por ejemplo, en la constante tendencia a la investigación (de la que son muestra los hallazgos científicos y los muy diversos inventos, así como la creación literaria o artística) que en definitiva son otras tantas pruebas de que el ser humano -hecho a imagen y semejanza de Dios- responde al encargo de perfeccionar y terminar el Mundo y a la tremenda responsabilidad de ser su coautor. Más de uno pensará que esta «economía de distribución» recuerda directamente el principio del colectivo reparto gratuito según las necesidades individuales que debe reinar en la sociedad comunista anunciada por Marx para la fase superior del comunismo. Sin negar tal semejanza, yo prefiero pensar en que la desaparición de la economía de mercado, además de constituir la fase final de la evolución social y de coincidir muy posiblemente con la apertura del período liquidador de la economía política, puede ser o significar un mayor acercamiento a Dios. No creo que en el Paraíso pueda practicarse ningún tipo de especulación política o económica.

En último análisis, ¿debemos creer que el capitalismo no tiene futuro, o por el contrario confiar en su supervivencia? Confieso que no estoy en condiciones de aportar una respuesta inequívoca a esta capital cuestión. Pienso que el capitalismo clásico, fundamentado en y para el provecho de unos pocos, no reúne las condiciones que el mundo de hoy necesita en orden a suscitar la dinámica del crecimiento y el reparto que reclaman tanto la sociedad contemporánea como la futura. Paro pienso también que un rechazo total del capitalismo no tiene entidad suficiente para edificar ningún tipo de economía o de sociedad, porque equivaldría a tener que empezar desde cero y a construir sobre la nada. Por ello prefiero moverme en el plano de la evolución en vez del de la revolución y aprovechar la fuerza de la continuidad histórica. No creo posible, ni imaginable, ni deseable, la supresión brutal del régimen o sistema capitalista, pero sí ansío con todas mis fuerzas su inteligente y progresiva sustitución por un Orden Nuevo basado en sólidas razones y prácticas de justicia, capaz de proporcionar a los hombres la energía necesaria para seguir acercándose al verdadero Dios y prescindir para siempre del Becerro de Oro. Al fin y al cabo, el Hombre aparece en la Tierra para conseguir mediante su Trabajo el perfeccionamiento de todo lo creado, el logro de lo que todavía está por crear y el acceso y disfrute del verdadero y definitivo Paraíso.


 
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