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Altar Mayor - Nº 90 (14)
Sábado, 20 diciembre a las 14:03:29

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

ENTRE LA GLOBALIZACIÓN Y EL LOCALISMO
Por Luis Buceta Facorro - Catedrático

La revolución tecnológica de la información permite la articulación de procesos sociales a distancia, lo que implica articular una relación entre naciones, regiones y continentes. Estamos en un mundo en situación de comunicación. La comunicación implica la interrelación o interacción entre las personas y, hoy, vemos como se facilita esta interrelación a través del correo electrónico, de los mensajes de los móviles y de esa forma de comunicación, tan de moda, que se llama chatear, que es una especie de conversación o cotilleo universal. Esta realidad ofrece unas posibilidades, para el desarrollo individual y social, hasta ahora inexistentes e impensables. Precisamente, por comprender el gran significado que las tecnologías de la comunicación y la información «TIC» tienen para el desarrollo humano, las Naciones Unidas han dedicado el Informe sobre el Desarrollo Humano del 2001 a «Poner el Adelanto Tecnológico al Servicio del Desarrollo Humano», señalando que «en todo el mundo las personas tienen grandes esperanzas de que estas nuevas tecnologías redunden en vidas más saludables, mayores libertades sociales, mayores conocimientos y vidas más productivas. Hay una gran precipitación para incorporarse a la era de las redes: resultados combinados de la revolución tecnológica y la mundialización que están integrando los mercados y vinculando las personas a través de fronteras tradicionales de todo tipo» (PNUD, 2001; 1).

La búsqueda y perfección de una sociedad abierta, representa, históricamente, la evolución desde una desigualdad de oportunidades absoluta a una igualdad de oportunidades cada vez más amplias. En distintos ámbitos mundiales, esta posibilidad se ha convertido en realidad gracias, precisamente, a las nuevas tecnologías de la comunicación, que representan un factor, en manos del hombre, de un potencial incalculable para transformar la realidad y llevar a cabo un cambio de actitudes y conductas. Este patente hecho de la comunicación conduce al otro manifiesto de la globalización que, también, se presenta como imparable e inexorable. Su explicación y conceptualización ha tenido y tiene múltiples interpretaciones, pero, sin entrar en ellas y sin querer aportar un concepto definitorio y menos definitivo, entiendo que la globalización, consecuencia de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), constituye un proceso de interconexión económica, política, social, científica y cultural, que relaciona entre sí a los hombres, las comunidades humanas y las naciones, creando dinámicas complejas de acercamiento y exclusión. Trato de resaltar que no es la interconexión económica o científica la que produce la globalización, sino que son las posibilidades que las nuevas tecnologías ofrecen las que permiten estas interconexiones con la intensidad y rapidez con que se producen. Así pues, la base de la globalización está en la comunicación e información que permiten las TIC.

Indudablemente, el ámbito más avispado y dispuesto a utilizar los mejores medios para conseguir beneficios es el económico y ha sido éste el que, desde el primer momento, ha sacado el máximo partido a las TIC, e, inicialmente, es en este campo en el que hasta ahora, más se ha desarrollado y manifestado la globalización. A su vez lo económico directamente afecta a nuestras vidas y de ahí la generalidad de pensar que la globalización es un fenómeno prevalentemente económico, del mercado mundial y financiero. Hay una corriente de opinión (Estefanía, 2002) que manifiesta que la única globalización existente es la financiera, no la política, ni la de los recursos humanos, ni la de la justicia, ni del desarrollo sostenible, ni la de los recursos económicos y sociales.

En esta situación de desarrollo planetario, sin barreras, donde todo está próximo, accesible, donde todos se comunican y donde consecuentemente las solidaridades y las interdependencias se acrecientan, la globalización, aunque lo más llamativo sea lo económico, no es un fenómeno estricto y exclusivamente económico, sino que se nos presenta como un devenir más amplio, que, cada vez más, afectará a la política, la educación, la salud, al uso de las tecnologías, a la situación medioambiental, a los derechos humanos, a los derechos económicos y sociales, a la comunicación cultural y conocimiento de los pueblos, así como a la erradicación del hambre y la miseria, los terrorismos fundamentalistas y la delincuencia organizada, que trata de explotar a las personas como medio de alcanzar ilícitos e ilimitados beneficios, con el mayor desprecio a la dignidad humana.

Es verdad que, en principio, como dice Estefanía (2002), la globalización o la mundialización, como los franceses prefieren llamarla, «no es ni un progreso ni una regresión, ni una ideología, ni siquiera una política; es una etapa de la historia de la humanidad y un proceso que da una dimensión nueva a los fenómenos ya presentes» (Estefanía 2002; 2), pero también lo es que ofrece más posibilidades para el desarrollo humano de las que hasta ahora hemos dispuesto. Nos afecta a todos y todos debemos esforzarnos en afrontar esta situación y estas capacidades que se ponen en nuestras manos. A la globalización se le puede aplicar lo que se ha dicho de la tecnología: la tecnología no es buena, ni mala, ni tampoco neutral. La globalización no es ni un progreso, ni una regresión, pero tampoco neutral: o la pones al servicio del progreso o se utilizará para la opresión y la explotación.

La globalización, consecuencia de esta posibilidad de comunicación, con un amplio y rápido flujo de información, influye en las actuales unidades del Estado-Nación, en dos direcciones. Hacia arriba los estados nacionales se quedan pequeños e incapaces para controlar y dirigir los flujos globales de riqueza, tecnología y poder que están apareciendo y constituyen un nuevo sistema de relaciones. Por otra parte se les presenta hacia dentro y abajo, como demasiado grandes para representar la pluralidad de intereses sociales e identidades culturales de la sociedad, perdiendo, por tanto, legitimidad, a la vez como instituciones representativas y como organizaciones eficientes (Borja y Castells, 1987).

En esta situación surge la tendencia, que considero absolutamente necesaria, de la construcción de instituciones políticas supranacionales que afronten los problemas que han superado las fronteras nacionales y se han convertido en cuestiones de dimensión universal. Es evidente la mundialización de ciertos problemas y existe conciencia mundial de que algunos como el hambre y la miseria, la sanidad, la educación, el deterioro medioambiental, los movimientos financieros y las mafias y delincuencia organizada que tan directamente afectan a la convivencia y al desarrollo humano rebasan el ámbito local y estatal y su resolución no puede ser abordada con eficacia en estos ámbitos por lo que se produce la necesaria comunicación y acuerdo entre las naciones. El aislamiento es hoy prácticamente imposible y el entendimiento y la colaboración se imponen como una necesidad de supervivencia.

La Unión Europea representa el proceso más significativo y exitoso de la creación de unidades políticas económicas y sociales supranacionales. Esta aparición de una nueva totalidad en la que se integran los estados nacionales exige de estos la renuncia a ejercer por sí mismos ámbitos de su soberanía con lo cual en relaciones internacionales, económica, social y militarmente se vacían de contenido las instituciones nacionales, que se van convirtiendo en agentes intermedios de un mecanismo integrador superior, alejándolos de algunas de sus acciones directas respecto a los ciudadanos de sus territorios.

Ante esta realidad los estados nacionales tendrían que reforzar su acción de integración y cohesión de sus ciudadanos manteniendo su legitimidad como unidades de identidad de los mismos. Sin que hayan hecho dejación de esta función, se presenta como ineludible para afrontar la crisis de los estados, el reforzamiento de la identidad de las sociedades locales, municipales y regionales. En esta tendencia, Borja y Castells (1997), señalan que los gobiernos locales disponen de dos importantes ventajas con respecto a los nacionales: gozan de una mayor capacidad de representación y legitimidad con relación a sus representados como agentes institucionales de integración social y cultural de sus comunidades territoriales. Por otro lado, gozan de mayor flexibilidad, adaptabilidad y capacidad de maniobra en un mundo de flujos entrelazados: demandas y ofertas cambiantes y sistemas tecnológicos descentralizados e interactivos. Las entidades locales tienden a reforzar su identidad y los sujetos se asocian con una pertenencia local, pueblo o ciudad en que viven.

Mediante las comunicaciones, el mundo se ha convertido en un espacio inmediato de relación entre las personas, de manera que las coordenadas geográficas pierden su significado, pero esta tendencia de mundialización o universalización, para la gran mayoría no es aún significativa y, en cierta manera, le produce el vértigo psicológico de lo no aprehensible y comprensible, por lo que surge, como mecanismo de compensación, la vuelta a lo más cercano, como raíces tangibles que le asientan y le aseguran en una realidad conocida. Se recuperan las raíces de la tierra, se recupera lo local, el pueblo, la ciudad en la que trabaja y vive, donde realmente están sucediendo los acontecimientos cotidianos que constituyen el mundo de las cosas importantes en las que el sujeto es protagonista directo. Esta tendencia se ve reforzada porque, actualmente, desde el pueblo, desde casa, se puede acceder y llegar a todo el mundo navegando hasta los más recónditos lugares y relacionándose con las personas mas alejadas. Hasta aquí el fenómeno de la recuperación de lo local, como compensación a lo vago de lo supranacional o lo mundial, se puede considerar como algo positivo que frente a posibles e inevitables homogeneizaciones de lo global mantiene la heterogeneidad y diversidad de lo local.

La cuestión se plantea respecto al afán de ciertos grupos, generalmente políticos, intelectuales y religiosos, empeñados en desarrollar identidades que quieren afianzarse atacando a entidades superiores en las que han estado integradas durante siglos, en un destino común en la historia, buscando, incluso, la desintegración de esas entidades a favor de las nuevas reivindicaciones regionales. Es una contradicción manifiesta la aparición de regionalismos y nacionalismos, dentro de los Estados Nacionales, frente a estos estados considerándolos como grupo político antagónico, enemigo y peligroso, con el fin de destacar, afianzar y cohesionar lo que consideran su propia identidad diferenciada. Si esta actitud y conducta fuera una mera discusión académica e incluso, una postura expresada libremente como una corriente de opinión, constituiría sólo una manifestación de las lícitas dentro de la libertad de pensamiento y expresión que debe producirse en una sociedad abierta y pluralista. Desgraciadamente, constituyen corrientes que perturban la estabilidad interior de las naciones y dificultan su integración en unidades supranacionales. Es una manifiesta contradicción, que ante un proceso de mundialización surjan movimientos involucionistas y desintegradores.
 

Identidad e Integración

Estos dos conceptos se usan de forma continua y profusa, y pienso que de manera confusa, pues su contenido no está claro y, por consiguiente, se aprovecha y utiliza como argumento en contradictorias formulaciones. El Diccionario de Psicología de Dorsch (1976), considera la identidad como «unidad e invariabilidad, en su ser, de una misma realidad (cosa, individuo, concepto, etc.). Esto distingue a la identidad de la igualdad -lo mismo de lo igual- la cual es caso límite de la semejanza» (Dorsch, 1976; 473). Filosóficamente ya encontramos la identidad en el concepto de unidad cósmica de Parménides; en el cosmos como ser, lo mismo aferrado a lo mismo, inmóvil en sí mismo. La encontramos, también en la definición platónica de la idea como unidad, individualidad, invariabilidad, eternamente igual a sí misma.

Desde una perspectiva psicosocial, este concepto de identidad es de difícil aplicación a la dinámica social, que por su propia naturaleza implica situaciones reales a las que hay que dar satisfacción adecuada. Más cerca de esta realidad, se encuentran los significados de identidad, que nos ofrece, el Diccionario de la Lengua Española, que de una parte la considera como el «conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás», y de otra añade dos acepciones más: «conciencia que una persona tiene de ser ella misma indistinta a las demás» y «hecho de ser alguien o algo él mismo que se supone o se busca». Estas dos últimas acepciones, suponen una perspectiva personal y subjetiva que implica sentir y tener conciencia de ser uno mismo, aunque con una cierta identificación con otras personas que la unen a ellas, de manera que siendo único es indistinto de los demás. Hay una perspectiva personal, «Ser alguien o algo él mismo», pero al mismo tiempo al ser ella misma siente que no es indistinta a los demás. Este doble sentido de individualidad y pertenencia, marca una vía de comprensión, pero, paralelamente, indica la complejidad del concepto con sus vertientes hacia dentro, íntima, y hacia fuera, externa. Se presenta, pues, una dimensión individual, personal, y otra social, de pertenencia al grupo o grupos y ambas simultáneamente.

Por ello, la acepción primera que hemos señalado, con un carácter más objetivado conceptualiza la identidad como el «conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracteriza frente a los demás». La identidad aparece aquí como un hecho diferenciado que va a afectar a la individualidad, como base de la diferencia con otros individuos y las características comunes a un grupo que lo diferencia de otros grupos. La identidad, que inicialmente une, es fuente, individual y socialmente, de diferenciación y desunión. Se trata de un concepto contradictorio en sí mismo que sirve para ligar y cohesionar pero también para separar y diferenciar. Representa una fuerza centrípeta y centrífuga al mismo tiempo.

Íntimamente relacionado con la identidad, está el concepto de identificar, que para la Academia Española de la Lengua, significa «llegar a tener las mismas creencias, propósitos, deseos, etc., que otra persona». Evidentemente, si esta identificación es con un grupo de personas con un objetivo común, estamos ante una identificación social. Desde tal perspectiva, podemos entender la identidad como un proceso de identificación con ciertos grupos sociales y así se habla de identidad política, religiosa, familiar, nacional, racial, etc. En realidad, estamos ante una identificación descriptiva mediante la cual identificamos la identidad de las piezas a través de la totalidad en la que estamos inmersos, que trata de establecer lo que se suele utilizar como señas de identidad.

El Diccionario de Psicología de Arnold, Eysenck y Meili (1979), no habla de identidad pero sí de identificación, a la que consideran un mecanismo de defensa por el cual una deprivación motivacional o una frustración motivacional disminuye en su intensidad, con la adopción de uno o más motivos de otras personas. Esta interpretación psicoanalítica conduce a un beneficio subjetivo directo de la identificación, cual es el reducir el estado de ansiedad y la regresión temporal causada por la deprivación o frustración motivacional. Aunque planteada desde el individuo, nos lleva a la identificación con los motivos de un grupo y todo ello relacionado con la seguridad y el equilibrio interior del sujeto. En esta dirección Warren (1960) la considera como un proceso psíquico inconsciente que se manifiesta en forma de vínculo emotivo con otras personas o situaciones, en las que el sujeto se conduce como si fuera la persona o situación a las que está vinculado.

Soslayamos la dimensión de la identidad individual para cuya identificación no nos sirve la mera descripción y análisis de los elementos y ámbitos en los que se desenvuelven las vidas de las personas y con los que se identifica el individuo. Esta mera descripción, que socialmente puede ser útil, no nos conduce a un conocimiento de la identidad personal ya que el «yo» es indescifrable, irreductible e irrepetible.

Desde el enfoque de la contradicción social que estamos abordando, hemos de utilizar el concepto de identidad social, el cual parte del autoconocimiento por parte de un individuo consecuencia de su pertenencia a un grupo o grupos sociales, junto al significado valorativo y emocional asociado a dicha pertenencia. Por consiguiente, el individuo tiene conciencia de que pertenece a grupo o grupos y eso implica que valora, con más o menos intensidad, los objetivos y principios por los que se mueve ese grupo y junto a esta valoración surge el sentimiento emocional de su pertenencia. Algunas de estas pertenencias resultan más relevantes que otras y algunas pueden variar en su relevancia con el tiempo y en función de la variedad de situaciones sociales.

Ningún grupo vive aislado, todos los grupos en la sociedad viven en medio de otros grupos. Todo grupo conlleva unos límites, lo cual quiere decir que fuera de esos límites existen otros grupos semejantes o diferenciados, por lo que toda sociedad es un conjunto de grupos y a su vez vive en medio de otros grupos que forman a sí mismo otras sociedades. Como señala Tagfel (1984), los aspectos positivos de la identidad social y la reinterpretación de los atributos y el comprometerse en la acción social sólo adquieren significado con acción a o en comparación con otros grupos. Las características de un grupo como un todo alcanza su mayor interpretación, cuando se las relaciona con las diferencias que se perciben respecto de otros grupos y con las connotaciones de valor de esas diferencias.

Psicológicamente habría que preguntarse si ese autoconocimiento es un acto que se adquiere desde la conciencia del individuo, es decir, desde el interior, o, por el contrario, es consecuencia de un conocimiento que llega desde el exterior, a través de los grupos a los que pertenece. Entendemos que la identidad social es una consecuencia del proceso de socialización, mediante la valoración y el sentimiento que los grupos transmiten a sus miembros. Las interpretaciones que ven la identidad como un acto de voluntad, parecen hoy muy dudosas.

Los sujetos van interiorizando, de forma personal, esas valoraciones y emociones cuya significación será diferente para cada uno de ellos. A su vez, los miembros del grupo al manifestar, expresa o tácitamente, la aceptación y valoración del grupo autoalimentan, por el principio de apoyo social, la positiva interpretación de los contenidos grupales y la cohesión y fortaleza del grupo. Hay una relación causal, de carácter circular, que cuando se rompe, provoca crisis internas, más o menos profundas. Comparto la idea de Sartori (2001) de que muchas identidades culturales se fabrican e, incluso, se resucitan a propósito sin suficientes buenas razones para hacerlo. Pueden existir, pues, identidades artificiales, creadas y difundidas por grupos interesados, aunque no queden claros los intereses que los mueven. Como indica Lamo de Espinosa (1995) «es la dinámica de interacciones la que eventualmente genera una identidad dominante que expulsa y relega otras identidades alternativas. Toda identidad es más bien contra alguien que a favor de alguien. Se identifica (incluso en el sentido lógico del término) para separar. Por ello, a la hora de analizar la identidad de cualquier grupo es imprescindible estudiar la historia de conflictos de ese grupo, pues en tales enfrentamientos se gesta la identidad propia y ajena» (Lamo de Espinosa, 1995; 29). En sociedades complejas como las contemporáneas, el problema no es el pluralismo sino que ciertas sociedades generan rasgos de identidad excluyentes de otros rasgos de identidad, tratando de monopolizar la pertenencia al grupo. La cuestión, pues, no es la convivencia sino el rechazo, no la variedad sino la fobia hacia lo extraño.

El otro término de uso permanente es integración, cuyo concepto tampoco está claro y se relaciona con identidad, adaptación y pertenencia, expresiones todas que ofrecen una dimensión individual y social. El Diccionario de Psicología de Warren (1960), la entiende como «acomodación de componentes psicofísicos en una estructura armoniosa e integrada, que se aplica sobre todo a la composición orgánica y a la organización social». Sostiene que es preciso distinguirla de coordinación en el sentido que las partes parecen perder, hasta cierto punto, su identidad después de la integración. Esa estructura armoniosa que se aplica a la composición orgánica, entiendo que representa una dimensión individual de organismo vivo. Es una perspectiva psicológica que se refiere a la acción conjunta unitaria, en los procesos psíquicos, constituyendo un concepto fundamental relativo a la vivencia y el equilibrio de la personalidad. Según esta composición orgánica (Dorsch, 1976), los sujetos se diferencian en base a la integración de los procesos psíquicos, es decir, según el grado de unidad de la personalidad y la coordinación de las diversas funciones. Cuando tal acomodación de componentes psicofísicos se aplica a la organización social constituye ya una referencia a la integración social que ofrece varias perspectivas, tal como veremos en el desarrollo de este concepto.

El Diccionario de María Moliner (1990) designa la integración como la acción de integrar que significa «hacer un todo o conjunto con partes diversas» y «hacer entrar una cosa en otra más amplia», poniendo como ejemplo un país que entra en la Comunidad Europea. Esta segunda acepción conduce al concepto de integración social en el más amplio sentido de la creación de entidades supranacionales. Nuestro Diccionario de la Lengua, en una tercera acepción señala que integrar significa «hacer que alguien o algo pase a ser parte de un todo». Hay en este significado un proceso de conducta individual de repercusión social, pues se trata de la acción de «alguien» que se inserta en un grupo de forma voluntaria o necesaria. En paralelo a María Moliner aparece una versión social, mediante la cual distintos grupos sociales componen una totalidad diferente a las partes que la forman.

Más concreta y específicamente, para Amold, Eysenck y Meili (1979), la integración es un termino general para designar aquellos procesos parciales que son necesarios para completar o establecer una estructura social consistente. Estos procesos incluyen la integración cultural, como sinónimo de la consistencia esencial de los factores normativos; la integración normativa, como la correlación esencial entre las normas y exigencias; la integración comunicativa, como la transmisión esencial de las normas desde un individuo a otro y la integración funcional, como la armonía esencial de las exigencias, expectativas y comportamientos actuales.

Desde cualquiera de estas consideraciones, integración significa constituir un todo diferente con partes o elementos que se unen para conformarlo. Hace muchos años, la escuela alemana de la Gestalt, afirmó que una totalidad es algo más que la suma de las partes, las condiciona y una parte en una totalidad constituye algo distinto a lo que esa parte es aisladamente o en otra totalidad. Una totalidad representa un fenómeno complejo en el que hay no sólo elementos o partes sino también lo que llamaron «cualidad de forma». El carácter de esa totalidad no viene determinado por el de sus elementos, sino que resulta de la naturaleza intrínseca de la totalidad, de un factor unificante, totalizador, que combina en un todo los elementos separados. De aquí, que una totalidad es, siempre, diferente de las partes que la componen e, incluso, en la mayoría de los casos, superior a esas partes unificadas. Parece claro, ya desde una concepción personalista, que la integración representa unidad en un todo y coordinación de las diversas funciones.

Desde el punto de vista, que estamos abordando, de la integración territorial, que nos presenta la contradicción de una tendencia hacia grupos superiores supranacionales y, al mismo tiempo, una corriente de fortalecimiento y afirmación de los grupos locales de distinta naturaleza, se nos plantea la cuestión de la identidad territorial, que se debe abordar desde la perspectiva de la integración social. Aunque con frecuencia se usa el término integración regional para designar la integración territorial en unidades supranacionales, si se pretende precisar, es más conveniente distinguir entre la dimensión local, la regional, la nacional y la supranacional.

Así como lo local y lo nacional aparecen diferenciados y establecidos, lo regional surge como entes intermedios que tratan de integrar ámbitos locales, con el fin de conseguir una mayor coordinación y eficacia en la consecución de los bienes y servicios que demandan los ciudadanos. Aparece con distintas denominaciones pero siempre como parte de la Nación o del Estado Nacional, con la idea de una descentralización más eficaz y eficiente y, así, se denominan Estados en los Estados Federales, Regiones o Comunidades Autónomas, como en el caso de España. Territorialmente, municipios, regiones y naciones o estados nacionales han estado, más o menos, claramente configurados, pero, por el contrario, las integraciones regionales en el sentido extenso con que hoy se utilizan, abarcando amplias zonas geográficas en las que las partes a integrar son unidades nacionales con plena capacidad jurídica, constituye un fenómeno reciente. Lo supranacional aparece con fuerza en nuestros días como necesaria réplica al proceso de globalización o mundialización que se presenta como irreversible. La aparición de unidades supranacionales, implica, para los estados nacionales que se integran, transferir su lealtad hacia esa comunidad más amplia. La integración supone siempre una lealtad hacia la nueva unidad creada. La lealtad como la identidad, como valores que son, no constituyen bienes partibles sino participables, por lo que puede una persona o un grupo sentirse identificado consigo mismo, con el municipio en el que vive, con la región, con la nación y con la unidad supranacional. La integración no es una cuestión de todo o nada, y en la integración territorial esto debe quedar muy claro pues hay una compatibilidad manifiesta en sentirse miembro de distintas unidades integradoras. La identidad, en estos casos, hay que buscarla y debe ser en relación a los factores que unen y no a través de las diversidades que diferencian. La integración territorial sí se puede entender como un conjunto de círculos concéntricos en el que cada uno tiene sus elementos específicos de identidad, de forma que la diversidad de grupos sociales no es antagónica con la existencia de grupos de más amplio alcance. Cada uno tiene sus objetivos y su organización funcional.

Desde lo local a lo supranacional, la integración, como hecho social de acomodarse a una convivencia, implica unas personas comportándose y, por consiguiente, nos encontramos ante un tema de carácter psicosocial por referirse a conductas en una situación social. Se puede distinguir un sentido externo, de mera conducta observable y un sentido interno, profundo, de sentimiento personal. Se diferencian indicando que una cosa es estar integrado y otra sentirse integrado. Estar integrado es una situación de mera pertenencia a un grupo pero no necesariamente hay que estimar y sentir esa pertenencia como algo propio e interno que identifica con el grupo. Pertenecer a un municipio representa una mera integración jurídica, con obligaciones y derechos que corresponden por ser miembro de esa comunidad. Aunque en los dos casos se habla de integración, el sentido externo, de mera pertenencia, se asemeja más a una simple adaptación o acomodación dentro de un grupo. Sirva para nuestro caso, que tal como indica el Diccionario de la Lengua Española, la adaptación es la acción de adaptar o adaptarse y por adaptar entiende «acomodar, ajustar una cosa a otra» y «dicho de personas, acomodarse, avenirse a circunstancias, condiciones, etc.». La adaptación es un mero acomodo o ajuste a una situación social, una comunidad local, un grupo de trabajo, una nación, etc. y representa amoldarse a los grupos de pertenencia. Significa, pues, el aspecto de simple acomodación social, mientras que la integración representa una dimensión profunda de la personalidad.

La integración no es una cuestión de todo o nada, sino que supone un proceso que se inicia con la simple adaptación, proceso dinámico, con diversas secuencias y que termina con el sentimiento de pertenencia a una comunidad. Psicológicamente se puede estar más o menos adaptado y más o menos integrado. La adaptación es un ajuste al medio y al ambiente con un carácter más externo que interno; la integración contiene un sentimiento interior de satisfacción personal, de agrado, de sentirse a gusto con su vida y su situación. La integración es un paso cualitativo desde la mera adaptación. Se puede estar bien adaptado y no sentirse integrado. Por el contrario el que se siente integrado, indudablemente, esta bien adaptado. La adaptación, en cierta manera, representa una situación social, mientras que la integración es una dimensión subjetiva y profunda de la personalidad. Es desde la psicología social desde donde hay que enfocar y analizar estas cuestiones.
 

Localismo

Al hablar de lo local, tenemos que pensar en un desarrollo urbano cuantitativo que va desde el pueblo o pequeños municipios hasta la pequeña, mediana y gran ciudad. Incluso, se defiende por algunos autores, lo que podríamos llamar zonas urbanizadas que abarcan la articulación de ámbitos espaciales, continuos o discontinuos, de población y actividades. Independientemente de esta tendencia, el gobierno local, en este momento se refiere a los municipios o ayuntamientos que tienen la responsabilidad política de su ámbito territorial, sea este más o menos extenso.

El municipalismo trata de conseguir una autonomía local con una función de ejecución y responsabilidad directa en los servicios que garantizan el desarrollo y calidad de vida de sus ciudadanos, en un proceso de descentralización política y administrativa, con aplicación efectiva del principio de subsidiariedad, tantas veces proclamado y tan pocas llevado a sus últimas consecuencias. Hay grados cualitativos en lo local, que traen consigo que los problemas tengan una mayor o menor envergadura. En principio los servicios imprescindibles que han de satisfacer son, prácticamente, los mismos, aunque algunos de ellos, por la extensión territorial y número de habitantes, se complican en forma y medios. Por ejemplo, el transporte no presenta las mismas características en un municipio pequeño que en una gran ciudad. Lo cuantitativo afecta a lo cualitativo, pero, al referirnos a los servicios básicos de educación, salud, vivienda, saneamiento, empleo, etc. su calidad y eficaz gestión ha de ser exigida sea cual sea la dimensión del ámbito local.

El desarrollo local, ante un proceso de urbanización generalizada, es vital en nuestro mundo, donde parece claro, como señala Bell (1987), que el Estado-Nación es demasiado pequeño para atender los grandes problemas del mundo actual y demasiado grande para hacer frente a los pequeños problemas del ciudadano en el día a día. Efectivamente, el lugar de mayor relación interpersonal y donde se encuentra el ciudadano con sus problemas vitales y concretos para su día a día, está en su localidad o municipio, porque ahí es donde consigue satisfacer sus necesidades o ha de padecer sus deficiencias. Por muy grande que sea la ciudad, la vida concreta se realiza en el trabajo, en la casa y en el barrio, es decir, que por grande que sea el grupo, en su base y composición están las personas relacionándose directamente. Como base de toda sociedad se encuentra la unidad social más simple constituida por la interacción entre dos personas. El profesor Asch (1972), un clásico de la psicología social, planteó la interacción como el punto capital de la vida social ya que es el origen de los hechos y relaciones sociales. «Todas las relaciones sociales de cooperación, sospecha, aversión y toda acción conjunta son productos de la interacción. Toda relación ulterior entre grupos o entre un individuo y un grupo, descansa en los acontecimientos primarios que tienen lugar entre persona y persona. No existe un sustituto de la interacción directa» (Asch, 1942; 148).

A medida que el grupo se hace más grande, las relaciones directas personales se diluyen, pero los ciudadanos siguen estando en algún lugar y situación en el que se interrelaccionan e interaccionan con otras personas. Efectivamente, las necesidades concretas que requieren las personas concretas, se han de satisfacer allí donde están las personas; y éstas se encuentran en un ámbito local más o menos extenso. Son los gobiernos locales, por su cercanía, los que han de actuar para que, lo establecido como norma general, se aplique en la forma y en el lugar concreto donde están los ciudadanos. En esta situación, las grandes ciudades se han convertido en complejos espacios urbanos que cada vez tienen una mayor significación en el desarrollo local. Por consiguiente, lo local y lo municipal ha de ser tratado dándole la máxima autonomía y los medios económicos y de todo tipo, para ejercer sus funciones y lograr sus objetivos ante y para los ciudadanos.

Nuestro tiempo, al permitir la comunicación desde el lugar más apartado, refuerza las posibilidades del ámbito local, pudiendo, desde el mismo, afrontar cuestiones y tareas antes imposibles. Se amplían sus posibilidades al campo empresarial con el fomento y mantenimiento de actividades productivas, lo cual afecta al trabajo y al empleo, así como a la seguridad, en el sentido de un espacio seguro donde los ciudadanos puedan desarrollar sus actividades diarias de convivencia en todas sus posibilidades. No se trata sólo de la reducción de la violencia urbana sino, más extensamente, que las políticas publicas, las relaciones con las entidades privadas, tanto económicas como ciudadanas, reduzcan el margen de incertidumbre que provoca la inseguridad. La iniciativa económica y las relaciones de convivencia se ven afectadas negativamente por la inseguridad. Por otra parte, los gobiernos locales, ahora y en el futuro, han de afrontar el espinoso problema de la atención y asimilación de las poblaciones inmigrantes. La existencia de naciones ricas o con un apetecible estado de bienestar, ha suscitado el deseo, que en la mayoría de los países pobres constituye necesidad perentoria, de importantes desplazamientos de población entre países. Estos desplazamientos que se dan, prácticamente, en todo el mundo, son más intensos desde áreas pobres a las más ricas cercanas y de países pobres a los países más desarrollados que, precisamente en su mayoría, forman parte de occidente.

Uno de los efectos de la globalización, a corto plazo, será el sensible aumento de las migraciones internacionales. Los emigrantes van a incrementar la población de localidades de todo tipo, especialmente las medias y grandes ciudades. Esto quiere decir que las autoridades y la sociedad local han de afrontar las muy variadas cuestiones que estas personas, de diversas etnias y culturas crean. Las entidades locales han de asumir la asimilación de esta corriente humana que, en general, tienden a una adaptación externa, con una concentración espacial en barrios específicos, fenómeno éste que claramente se da en las grandes ciudades. Si, además, tienen formas rígidas culturales de fundamento religioso, los conflictos pueden llegar a ser reales. No es este el momento de tratar este apasionante tema del pluralismo y del multiculturalismo, pero percibo que se afronta con demasiado optimismo, cuando no con frivolidad ideológica, en permanente contradicción. Esta situación de asimilación de las oleadas de inmigrantes, han de resolverla las autoridades y los ciudadanos de cada localidad concreta. Lo local refuerza así su característica de área de libertad y convivencia.

El localismo, como corriente que promueve y defiende el desarrollo de unas entidades locales más activas, eficaces y eficientes, ha de considerarse como un movimiento acertado y fundamento de procesos de fortalecimiento de la integración nacional, precisamente para que el Estado-Nación pueda participar con éxito significativo en entidades supranacionales. Aunque la dirección en el desarrollo y fortalecimiento del localismo la consideramos altamente positiva, cuando se trata de pueblos, ciudades pequeñas, medianas y grandes, empieza a tomar otro carácter cuando se presentan áreas territoriales más amplias que intentan englobar a lo propiamente local. Me refiero a los regionalismos exacerbados y a los que hoy se llaman nacionalismos estridentes y excluyentes, que, aprovechando esta tendencia localista, no buscan coordinar funciones, sino suplantar las funciones del Estado Nacional histórico, tratando incluso su desintegración. Lo que algunos denominan regionalismos subnacionales en contraste con los regionalismos supranacionales o microregionalismo como lo contrario de macroregionalismo, deben tener, en el caso de existir, exclusivamente, funciones determinadas y acotadas perfectamente por el Estado, para que no se conviertan en estructuras y burocracias perturbadoras respecto a lo local y a lo nacional. Los regionalismos subnacionales que pueden ser útiles, en algunos casos, como entes de coordinación de lo estrictamente local pueden constituir fuente de conflictos graves hacia lo local y hacia lo nacional. En la declaración de Río-Barcelona (1992), se indica, ante el localismo, el riesgo de que se multipliquen los conflictos locales, los nacionalismos excluyentes y, social y económicamente, los egoísmos de los privilegiados. En esta línea, también se nos advierte, al afrontar el tema de las ciudades que «la gran aglomeración urbana, forma predominante de asentamiento en un futuro inmediato, congrega individuos y grupos con muy diversos referentes culturales y patrones de comportamiento. Sin un sistema de integración social y cultural que respete las diferencias pero establezca códigos de comunicación entre las distintas culturas, el tribalismo local será la contrapartida del universalismo global (Borja y Castells, 1998; 16). Particularismos egocéntricos y, por tanto, mal entendidos pueden generar competencia excesiva y destructiva entre distintas localidades.
 

Organizaciones Supranacionales

Con la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), abundó la proliferación de Organismos Internacionales de Cooperación Técnica sobre cuestiones concretas, a los que los Estados Nacionales se han ido adhiriendo, aplicando, con mayor o menor voluntad y acierto, sus acuerdos. Varios son, también, los intentos de construcción de organismos de carácter supranacional como forma de afrontar, con bloques más amplios y compactos, las diversas cuestiones que la globalización esta generando. Sin embargo, en ninguna parte del mundo el esfuerzo por construir instituciones de integración supranacional, se ha logrado con mayor éxito que en Europa, donde en etapas sucesivas, se alcanza una Unión constituyente de una realidad que parece imparable.

Es indudable que la Unión Europea ha conseguido una organización singular que avanza, desde planteamientos iniciales económicos a los actuales de carácter político y social, y que conducen a una nueva y singular unión de Estados Nacionales con el reconocimiento de los valores democráticos y los derechos fundamentales de los ciudadanos. Se ha logrado un próspero espacio económico sin fronteras, con un gran éxito monetario al disponer de una moneda única que se convierte en una de las tres grandes monedas sólidas y fuertes del mundo.

El nacimiento de políticas comunes de sociedad que afectan a la política social, al medio ambiente, a la investigación y desarrollo y, sobre todo, a la libre circulación y establecimiento de las personas, han ido fortaleciendo un modelo social cohexionado vinculado a la igualdad y la solidaridad. Se ha iniciado el camino hacia una política interior europea que afecta a la superación de las fronteras en la lucha contra la droga, el terrorismo y las diversas formas de delincuencia multinacional. En el ámbito internacional, a pesar de las reticencias y resistencias de algunos de los miembros, se ha avanzado desde una ausencia a una presencia de la Unión Europea en el mundo superando el concepto, tan manido y repetido, de que la Unión Europea es un gigante económico y un enano político.

Este enano político acaba de dar un paso decisivo con la incorporación de diez Estados más y la aprobación del proyecto de texto Constitucional. La incorporación de diez nuevos socios cumple, casi totalmente, el reto de conseguir la unidad de toda Europa, cada vez más integrada y capaz de hablar con una voz única y más influyente en el mundo.

La aprobación de una Constitución representa el refuerzo de su personalidad jurídica única y sanciona para los ciudadanos, la nacionalidad europea, sin menoscabo de conservar su ciudadanía nacional. Nace la Constitución de la voluntad de los ciudadanos y los Estados y la Unión respetará a los «estados miembros», incluyendo «la autonomía local y regional». Este apartado conlleva, precisamente, que la integración supranacional no es frente sino con los Estados Nacionales y buscando la armonía con sus estructuras internas. Se refuerza la estabilidad interna de la Unión con una cláusula de solidaridad entre los Estados, en caso de ataques terroristas.

Aporta la determinación de las competencias exclusivas de la Unión y aquellas que son compartidas con los Estados. Las competencias exclusivas atribuidas a la Unión son: política monetaria, política comercial, unión aduanera, conservación de recursos pesqueros y la negociación de tratados internacionales dentro de estos campos. Asimismo, en política exterior, seguridad y defensa la Unión debe ir asumiendo progresivamente el protagonismo. Es evidente, que todas estas competencias desaparecen como propias de los Estados miembros y el carácter y personalidad de unión política se refuerza definitivamente. Junto a las exclusivas, las competencias compartidas son: mercado interior, libertad, seguridad y justicia, agricultura y pesca, transporte, energía, política social, cohesión, medio ambiente, protección de los consumidores y salud pública. En casos como la investigación y desarrollo espacial o la acción humanitaria, la Unión tendrá su competencia sin que impida a los Estados tener la suya propia.

Finalmente, como toda Constitución debe contener un catálogo de los derechos fundamentales de los ciudadanos de la Unión que viene a ser como la constitucionalización de la definitiva protección de esos derechos, en el seno de Unión Europea. En efecto, la Constitución incorpora la «Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea», aprobada en Niza en diciembre del 2000. Este texto que reúne los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y de sociedad se convierte en parte de la Constitución, lo que representa un paso decisivo en dar sentido y contenido a la ciudadanía europea, forma de ir creando elementos de identidad que poco a poco hagan surgir sentimientos de adhesión e integración en los ciudadanos. El éxito de la Unión Europea requiere el desarrollo de un cierto tipo de identidad europea, con sus principios, símbolos y valores comunes extraídos de la herencia histórica común.

Lo que despectivamente se llamó la Europa de los comerciantes por los euroexcépticos, se ha ido transformando mediante pequeños pasos hasta alcanzar la situación actual. Los pasos dados, que se han podido considerar en ciertos momentos lentos, hay que reconocer que han conseguido una evidente solidez. Lo que habría que plantearse es si no hubiera sido a través y mediante los intereses económicos, si Europa estaría donde está. Los políticos a través de sus dispares puntos de vista y sus ideologías encontradas, tengo mis dudas sobre si se hubiesen puesto de acuerdo y hubiesen sido capaces de iniciar y desarrollar este proceso. Más dudas tengo con respecto a las llamadas fuerzas sociales, que aún ahora, cuando Europa es zona privilegiada por el nivel de vida alcanzado, mediante peticiones no ya de derechos sino de deseos y exigencias, en muchos casos desbocadas, son capaces de hacer huelgas parciales con frecuencia e, incluso, generales con la consiguiente perturbación de la vida de los ciudadanos y afectando al bienestar de las personas, cuando no poniendo en peligro la estabilidad política y económica.

Una integración como la que se desarrolla en Europa, implica un esfuerzo mental para la interpretación de la realidad y superar los múltiples estereotipos y prejuicios que, a través de la historia, se han creado entre las naciones europeas. Estos estereotipos y prejuicios siempre representan una distorsión en la percepción de la realidad, perturban la interpretación de la información recibida y conducen a conductas socialmente perturbadoras. Si embargo, lo diferente, como algo propio, no tiene por qué impedir el entendimiento mediante todos aquellos elementos comunes que unen y permiten el logro de una acción conjunta para resolver cuestiones comunes, máxime cuando estas son vitales. Si fuera cierto el argumento de las diferencias no existirían las naciones actuales, surgidas de la unión conveniente y necesaria de antiguos reinos, condados, marcas o señoríos autónomos de distinta naturaleza. Si fuera cierto este argumento se estaría dando la razón a los localismos y nacionalismos exacerbados surgidos en nuestras propias naciones, donde siempre ha habido y hay diferencias que, ante el devenir histórico, no fueron obstáculo para una trayectoria compartida, Este quehacer común, este proyecto de vida en común, esta unidad de destino, ha pasado de las Naciones tradicionales a Europa y, aún me atrevo a decir, a occidente para éste y sucesivos siglos.

Cuanto más avanzamos en los descubrimientos, especialmente los tecnológicos, en los diferentes campos, se nos presenta una profunda contradicción. Esos avances positivos, como nunca pensamos, para la vida de las personas a su vez implican cada vez más riesgos de destrucción de vida. Los avances en biotecnología, los descubrimientos energéticos, el uso de las fuentes de energía, el tratamiento para acabar con plagas y enfermedades ancestrales, etc., traen consigo fuerzas de destrucción hasta ahora desconocidas y de una capacidad difícil de creer, que pueden poner en peligro de forma masiva nuestra propia vida, e incluso, según algunos científicos, cambiar al propio hombre afectando a la naturaleza humana. Vivimos un mundo de posibilidades para el desarrollo de la humanidad como nunca ha existido, pero, al mismo tiempo, de riesgos globales y reales como tampoco antes hemos tenido. Ante esta situación de mundialización de los riesgos se precisan unidades más fuertes y coordinadas capaces, con un carácter más global, de afrontar estos riesgos para que no se conviertan en catástrofes. Se necesita cordura, ponderación, prudencia, fortaleza y eficacia, aspectos que los gobiernos nacionales conocidos, por sí mismos, son incapaces de ofrecer y garantizar. No se trata de dominar sino de mantener un equilibrio para la convivencia pacífica con otros poderes emergentes. Cuantos más riesgos se precisa más realismo frente a tanta incapacidad, torpeza y desatino a la que la simpleza ignorante nos tiene acostumbrados. Por consiguiente, la aparición de integraciones supranacionales no es una simple conveniencia para mantener y aumentar nuestro nivel de vida, objetivo que ya, en sí mismo, sería valioso, sino una necesidad imperativa de supervivencia. En este sentido la Unión Europea representa un avance inconmensurable. Se quiera o no, guste o no, Europa, asimilando la civilización helénica y romana, ha encarnado la civilización cristiana y el pensamiento occidental, cuna de una concepción del hombre y de la vida de donde han surgido los Derechos Humanos, que hoy consideramos piedra angular de la convivencia social. En el mundo de hoy y del futuro, Europa ha de ser ejemplo político, económico, social y religioso, representando el marco de referencia de convivencia para otros pueblos y culturas. Como en su día nos dijo Robert Schuman, es necesario que nos demos cuenta de que Europa debe ser «una salvaguardia de todo lo que hace grande a nuestra civilización cristiana: la dignidad de la persona humana, la libertad y responsabilidad de la iniciativa individual y comunitaria, el despliegue de todas las energías morales de nuestros pueblos. Sólo una visión y una misión así será el complemento necesario que dará a Europa un alma, una nobleza espiritual y una conciencia común. No debemos tener una concepción limitada de la futura Europa, reduciéndola a un cúmulo de preocupaciones materiales si queremos que resista al asalto de los racismos y fanatismos de cualquier tipo. Si Europa se quiere recuperar de la falta de credibilidad que tiene en gran parte del mundo, deberá recuperar su papel de educadora desinteresada, sobre todo en relación con los pueblos que acaban de nacer a la libertad. La humanidad de mañana será la que hayamos sabido construir. Si nos limitásemos a facilitar a los países subdesarrollados armas económicas y militares, sin armarlos a la vez moralmente, y sin dar el ejemplo de un comportamiento basado en principios espirituales, habríamos realizado una obra, no sólo peligrosa, sino inútil. Si sólo les damos carreteras y fábricas, o incluso la autonomía y la independencia, pero sin haberles enseñado el uso que tienen que hacer de ella ni haberles prevenido contra los abusos posibles, no habremos cumplido nuestro deber moral» (Schuman, 1960).

Psicológicamente, para comprender el esfuerzo de cambio que supone una integración supranacional, ha de tenerse en cuenta que lo nuevo produce desazón y ansiedad, y si además de ser nuevo es contradictorio o significativamente diferente de lo que conocemos, el desequilibrio y la ansiedad se intensifican. Este punto es uno de los que nos indican la complejidad del ser humano: si el cambio es algo normal en el proceso de la personalidad equilibrada, también lo es la resistencia al cambio que, inicialmente, siempre rompe la seguridad adquirida. Tanto la facilidad para el cambio, como la resistencia al mismo, depende de la importancia que se dé a las situaciones o cuestiones concretas, es decir, a la dimensión significativa y no la puramente material del ambiente. Como ya se ha dicho, lo que ocurre con las innovaciones es que lo que tienen de incitantes para unos lo tienen de inquietantes para otros. De aquí la resistencia que indudablemente existe a la creación de entidades supranacionales por parte de las naciones y de las personas, puesto que, en una integración supranacional, partimos de marcos de referencia y actitudes muy arraigadas y, paralelamente, de auténticos estereotipos y prejuicios nacionales, sociales, económicos, étnicos y religiosos que implican una gran resistencia a las innovaciones. En el caso que nos ocupa, el factor determinante de resistencia es el etnocentrismo, entendido como la tendencia a considerar el propio grupo como el mejor y a infravalorar, mediante estereotipos negativos, a los demás grupos nacionales, raciales, culturales, religiosos, etc.

En la búsqueda de cohesión los grupos lo han hecho siempre, destacando y acentuando diferencias con otros grupos. Esto es lo que, históricamente, en su proceso de afianzamiento y formación han llevado a cabo los pueblos y las naciones. En una acción de integración el proceso es el inverso, hay que buscar y encontrar coincidencias y considerar las diferencias como adjetivas. Es imprescindible llegar a la identidad mediante las coincidencias y objetivos comunes. Esto supone un esfuerzo psicológico y, sobretodo, un cambio de enfoque de siglos radicalmente distinto. Un cambio tan profundo en nuestra mentalidad exige el empeño desde todos los campos de la vida social; supone una acción individual y colectiva.

Aparece claro así el esfuerzo que se ha hecho y se está haciendo para conseguir una realidad como la Unión Europea y, paralelamente, esta es la razón por la que tenemos tantos ejemplos de grandes tratados de integración, por parte de los gobiernos, en diversas partes del mundo, que no han logrado prácticamente nada y se han quedado en rimbombantes conferencias y declaraciones de principio. Últimamente, como ejemplo, el Tratado de Libre Comercio y Mercosur, a pesar de sus esfuerzos, se quedan en una pura dimensión comercial y económica y no consiguen integraciones más extensas por los miedos y recelos de las naciones integrantes a ceder partes de sus funciones, manteniendo una concepción de un nacionalismo exclusivo y excluyente.
 

El Papel de los Estados Nacionales

«Los pasados méritos del Estado-Nación no bastan hoy para salvarlo como unidad optima de la geopolítica» (Sartori, 2001; 45). Con ésta afirmación, Sartori nos presenta lo que se considera la crisis de los Estados Nacionales. Más que una crisis, que algunos proclaman como el anuncio de su práctica desaparición, entiendo que, sencillamente, constituye una acomodación de los Estados Nacionales a las nuevas circunstancias y situaciones que se producen en el mundo. El Estado, como comunidad nacional, no va a desaparecer, aunque tenga que afrontar cambios profundos en su concepción y funcionamiento. Estos cambios se producen en dos direcciones: hacia lo supranacional y hacia lo local.

Respecto a lo supranacional, ha de entregar funciones y competencias que le eran propias, perdiendo áreas fundamentales de su soberanía. Como hemos visto en la Constitución Europea se establecen competencias exclusivas de la Unión y competencias compartidas entre ésta y los Estados miembros. Cada vez será menos soberano como integrado en una entidad supranacional pero, paralelamente, pasa a formar parte del todo que asumen estas acciones soberanas. A su vez adquiere nuevo significado en orden al funcionamiento de lo supranacional y como elemento de armonía y cohesión del todo superior. Hacia lo local representa el factor de unión y estabilidad de la comunidad nacional, garantizando que se cumpla el principio de subsidiaridad en su estructura interna, descentralizando y delegando funciones y quehaceres directos a las entidades locales.

El Estado Nacional se integra como parte constitutiva de la entidad supranacional y constituye el aglutinante integrador de las diversidades locales y regionales, garantizando la libertad e igualdad de derechos de todos los ciudadanos. Se consolida como entidad intermedia necesaria e imprescindible para la armonización de lo global y lo local. Si bien de una parte, hacia fuera, aparece perdiendo funciones concretas, se refuerza su papel como participante en las políticas de la entidad superior. La acción supranacional exige una participación activa de los Estados Nacionales y sus gobiernos integrándose en los órganos de gobierno de la unión como, por ejemplo, en la Unión Europea. Su papel, aunque parezca lo contrario, cobra relevancia y adquiere una dimensión completamente nueva e impensable anteriormente. Estamos ante un nuevo horizonte en el que su actuación será fundamental para conseguir que la comunidad nacional salga más o menos beneficiada o perjudicada por el fenómeno creciente, y cada vez más amplio y extenso, de la globalización. El Estado Nacional y su gobierno ha de esforzarse para que las políticas supranacionales sean las adecuadas y eficientes y será el responsable de su aplicación concreta en su comunidad, velando porque él mismo, en lo que le corresponda, y los gobiernos locales y regionales las lleven a la práctica.

Dentro de su propio territorio, el Gobierno nacional tiene que garantizar, entre otras muchas cuestiones, fundamentalmente una buena educación, adecuadas infraestructuras, justicia rápida e imparcial, vivienda digna, sanidad, seguridad ciudadana y, en general, servicios sociales extensos y suficientes, que eviten la marginación y exclusión de miembros de su comunidad. A través de lo dicho, parece claro que, por el principio de subsidiaridad, muchas de estas cuestiones pueden y deben llevarlas a cabo las entidades locales, para lo cual el Estado ha de realizar las transferencias de competencias y medios que permitan a los gobiernos locales llevarlas a cabo. Efectivamente, el desarrollo del localismo ya en su momento se ha defendido como conveniente cuando la evolución urbana es cada vez, cuantitativa y cualitativamente, más compleja y continuada. Sean cuales sean las muchas funciones que puedan realizar los gobiernos locales, bajo su responsabilidad directa, el gobierno nacional no puede hacer dejación de la suya de garantizar que los servicios necesarios lleguen de forma adecuada a los ciudadanos. La colaboración entre lo local y lo nacional, en una situación de descentralización funcional, es imprescindible y el Estado Nacional debe adecuarse a un modelo flexible y dinámico capaz de articular los distintos niveles, con el fin de superar las tendencias disolventes y afianzar la cohesión interna.

Como indica Guillermo de la Dehesa (2000), «la reforma del Estado para adaptarse a las nuevas tendencias de la globalización exige una mayor dedicación a las políticas microeconómicas y, al mismo tiempo, una creciente colaboración entre el Estado y la sociedad civil, lo que hará que las reglas sean más objetivas y más transparentes, y que éstas se cumplan en mayor medida, redundando en consecuencia en una mayor credibilidad de los estados y en que la confianza de los ciudadanos y de los mercados en las políticas y en los políticos sea mayor de la que es actualmente, única forma de salir beneficiado del proceso de creciente globalización» (Dehesa, 2000; 121).

En definitiva, creo y defiendo que estas adecuaciones respecto a lo «supranacional» y lo «subnacional» (Beck, 1998), lejos de debilitar refuerzan el papel de los Estados Nacionales, que, con los ajustes necesarios, los cuales lógicamente también afectarán a su estructura interna regional y local, sigue siendo la pieza central, de máxima importancia, en el necesario equilibrio y armonía entre el globalismo y el localismo.
 

Diversidad frente a Unidad

En el afán de afianzar entidades propias asistimos a un proceso político e intelectual en el que se exaltan las diferencias y diversidades, planteando la pluralidad cultural diferenciada, que en situaciones extremas niegan la tradicional unidad, reduciendo la nación a una simple pluralidad regional. Se sigue el camino de enfrentar y contraponer las partes al todo.

No es lo mismo la diversidad dentro y respetando la unidad del todo integrador, que la diversidad, defendida por estas posturas, que busca la exclusión de lo común, al poner el énfasis únicamente en lo propio y particular y negando la pertenencia a un ente superior diferente. «No existe nada más que la propia historia, la propia lengua, sus propias costumbres, incluso, en algunos casos, la propia raza. Todo lo demás es lo ajeno, lo extraño, lo hostil. Su verdad es la única y absoluta y quien no acepta sus principios es su enemigo» (Vázquez, 2002; 6).

Caso típico, estridente y desgraciado es el de España, el primer Estado Nacional moderno, con unidad política, forjada hace quinientos años mediante una trayectoria compartida de más de mil años y con un protagonismo histórico, en la edad moderna, de lo más destacado y significativo universalmente. En España se han desatado unas teorías y acciones centrífugas como no conoce ninguna nación en el mundo occidental. Se ha exaltado la diversidad hasta el punto de negar nuestra realidad como nación y plantear una entidad plurinacional, como una nación de naciones con unos nacionalismos exacerbados, de forma que estas entidades regionales formarían una realidad diferente, sin más vínculos que los surgidos de su libre decisión de pertenecer o no al proyecto español, como algún político ha dicho y Francisco Vázquez, alcalde de la Coruña ha captado y plasmado con forma, fondo y contenido. Sin entrar en las causas, o más bien en los intereses de este planteamiento, lo alarmante es la distorsión de intelectuales y profesores que alimentan y apoyan esta posición mediante afirmaciones y comparaciones que llaman la atención por su inconsistencia histórica y su inadecuada y forzada interpretación.

En esta dirección se muestran Borja y Castells (1979), cuando sostienen que «los estados nacionales son aún elementos de cohesión social e integración cultural en muchos países. Sin embargo, a menudo los estados nacionales se han construido históricamente sobre la represión de culturas regionales o nacionales que aún constituyen el principal referente de identidad de la mayoría de la población en determinados territorios. Tal es el caso de Cataluña y Euskadi en el estado español o de Escocia, país de Gales e Irlanda en el Reino Unido, o de otras sociedades europeas plurinacionales y plurilingüísticas, como Bélgica o Suiza, o que fueron, como Francia» (Borja y Castells, 1979; p.16). A continuación, muestran, como ejemplos importantes, los Estados surgidos de la descolonización, los numerosos estados africanos, de Asia, Oceanía o las repúblicas surgidas de la antigua Unión Soviética. Reunir en una misma consideración todos estos estados y situaciones parece incongruente. No tiene nada que ver el proceso histórico de Occidente con la descolonización o la extenuación y rotura de la Unión Soviética y Yugoeslavia. No puedo pensar que estos autores desconozcan el proceso de integración de las Naciones occidentales, por lo que los veo movidos por intereses y distorsiones de ideología partidista que, en nombre de un progresismo cuyas bases y objetivos desconocemos, replantean cuestiones superadas suficientemente como para mantener un todo cohesionado, respetando las diferencias y diversidades hasta el límite en que no pongan en peligro la unidad integradora superior. En el momento en que cuaja la Unión Europea como ente político superior, cada vez con más capacidad y funciones, plantear el caso español, inglés, suizo, belga o francés, tal como ellos lo presentan, conduce a una involución de enfrentamientos, que dificultan la participación en una organización política, territorial y funcionalmente superior.

Si puede ser grave y destructiva una competencia particularista entre localidades y regiones, pensemos en lo negativo que es y las consecuencias a que puede llevar un planteamiento de enfrentamiento radical por parte de las regiones hacia el Estado nacional, en el que hasta ahora han estado integradas, con el intento claro y manifiesto de destruir esa unidad nacional. El estudio que de la situación española hace Francisco Vázquez (2002), político avezado del Partido Socialista, en s

 
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