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Altar Mayor - Nº 90 (13)
Sábado, 20 diciembre a las 14:06:14

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

«BABIA» Y «BABEL»
Por Alfredo Amestoy - Escritor y periodista

«En un país imaginario...» diría hoy Gil de Biedma al referirse a España. Bien mirado siempre fuimos un país imaginario, ebrio de cuentos, leyendas y castillos en el aire. Pero ya todo el planeta es una gran España y el mundo es «un mundo imaginario».

Imaginar un mundo con un «orden nuevo» y con «nuevas fronteras» fue siempre la obsesión de los grandes personajes de la Historia, Alejandro, César, Napoleón o Hitler... A excepción de Jesús de Nazaret, que nunca se alejó más de veinte leguas del lugar donde había nacido, el resto de fundadores, conquistadores, colonizadores o libertadores no se resignaron al horizonte que contemplaban sus ojos ni aceptaron los confines de su patria. Incluso el Nazareno, tan reducido a su tierra natal, deja a sus discípulos el mandato más expansionista: «id y predicad por todo el mundo...».

Y en ese instante el mundo había cambiado. El cielo tenía un principio y la tierra no iba a tener fin. Ya pronto no existiría el «finis terrae».

Los seres humanos se han multiplicado, pero el planeta no ha crecido desde el siglo XVI. No hay más continentes que descubrir, pero siempre hay tierras que conquistar y prevalece el sueño de crear nuevas fronteras. Apenas un pueblo adquiere poder o influencia suele caer en la tentación de recrear el mundo a su imagen, a su semejanza, a su interés o a su capricho. Desde el pequeño Euzkadi al Imperio del Sol naciente. El País Vasco no renuncia a dilatarse hasta la Gironda en Francia y hasta el Ebro en España. Y Japón, el Imperio en el que sale el sol, pero en cuyos dominios se pone todos los días, ha caído también en la megalomanía y, ya que no le es posible de forma real, recurre a la virtualidad y le da vuelta al planisferio, como si fuera un calcetín. Le da la vuelta al mapa, lo dobla de otro modo y lo pone al revés... Se ríe del meridiano de Greenwich y se coloca en el ombligo del mundo, donde ahora se encuentra el Reino Unido. De tal manera que las Islas Británicas, al igual que España, pasan a estar descolgadas en el extremo occidental del mapa, donde ahora aparece Centro y Sudamérica, que con el cambio se mudan a la situación actual de Japón y Australia, en el extremo oriental del mapa que es lo que justifica que eso se llame Extremo Oriente.

Este «nuevo» planisferio, con Japón en el centro, modifica no sólo la visión sino la interpretación del universo y confirma lo aleatoria que siempre ha sido la «imago mundi».

La Ruta de la Seda, el Camino de Santiago, la peregrinación a la Meca, los viajes de Humbolt o la expedición de Vital Alsar, tienen más el valor que les concede el desplazamiento que el de los territorios de su discurso, tan cambiantes en el tiempo.

La catolicidad de la Iglesia Romana, cuando el Papa Alejandro VI extiende la Bula de Demarcación para establecer los límites del Brasil portugués en la América española, no es la misma catolicidad del pontificado de Juan Pablo II, después de un centenar de viajes a través de los cinco continentes. Y así como el «Domund», a mediados del siglo XX había modificado el mundo de la «propagación de la fe» en los tiempos de San Francisco Javier en Asia, de Fray Junípero Serra en California, o de los jesuitas en Paraguay..., ahora, en el siglo XXI, el jet, la televisión e Internet ponen patas arriba la idea de las misiones, la catolicidad y hasta el concepto diferenciador de las razas que habitan en diferentes continentes.

El mismo «tercer mundo», como antes «ultramar» o «la colonia» -denominaciones tan próximas a nuestra cultura, a través de aquellos establecimientos llamados «ultramarinos» y «coloniales»- ha dejado de existir. Ahora sólo tenemos el mundo «global» o el mundo «mundial», en expresión humorística cargada de ironía y pronunciada con bastante retintín.

El «Domund» -«domingo mundial»- se anticipó en más de cincuenta años al proyecto de convertir el mundo en un pañuelo. Pero esta globalización no es precisamente una mundialización.
 

Globalización y «cocacolalización»

Con Colón no sólo los Reyes Católicos dan sentido a su «catolicidad», y hacen de España una unidad de destino en lo universal, sino que el apellido del Almirante había de definir durante más de cuatro siglos la expansión geoeconómica de las grandes potencias europeas (y americanas).

La «colonización» fue la tapadera de todos los imperialismos, de los nobles y de los bastardos.

Hacia el oro, o hacia Dios, desde Drake a José Antonio, con diferencia de trescientos años, coinciden en que el mejor camino era «por el Imperio». Tras la renuncia al colonialismo, que no a las colonias, había que cambiarle el collar al perro. «Mundialización» y «Globalización» son los nuevos nombres para superar complejos y la mala conciencia.

El proceso ha sido muy interesante. De lo «internacional» se derivó a lo «multinacional», y si lo multinacional resultaba insuficiente para explicar la vocación ecuménica de corporaciones e instituciones, se sustituye el término por «transnacional»... «tránsito» al parecer para «galáctico» que es, por ejemplo, como llaman al Real Madrid. Es la carrera del superlativo, que hemos visto nacer y desarrollarse en sólo una década. El «super» fue pronto «hiper» y ahora es «mega».

Por cierto, menos mal que desapareció la peseta y los millonarios en euros, siguen siendo millonarios, no multimillonarios. Que esos son los que provocan la inflación y las devaluaciones. Lo «multi», incluido lo «multitudinario» siempre es peligroso. Sea lo multinacional o lo multicultural, que reemplaza -ladinamente- a lo «pluricultural».

Pero volvamos a lo más sugestivo: lo trasnacional.

Lo trasnacional como vehículo para el proyecto global es el eufemismo encontrado para el sempiterno -esperemos que eviterno- capital itinerante -mejor, tránsfuga- condenado al éxodo como muchos de sus beneficiarios.

Los viajes de los capitales españoles y las inversiones demenciales de nuestros Bancos y de nuestras grandes empresas, como Telefónica, en Iberoamérica, además de constituir un quebranto tan importante como las fugas de capitales a los paraísos fiscales y agravado por no mediar la más mínima consulta al accionariado, además de constituir un fracaso financiero, ha evidenciado las torticeras intenciones que acompañan estos movimientos migratorios del dinero, que siguen o preceden al desplazamiento de las personas. No está claro quién mueve ficha primero en la actualidad.

Pero es evidente que los millones de indios y paquistaníes instalados en el Reino Unido están pasando factura del tiempo colonial a la antigua metrópoli. Como la legión de peruanos y ecuatorianos que se han avecindado en España nos devuelven visita y se van a cobrar, con algún derecho, el oro de Nueva Granada y la plata de Colquechaca y de Potosí.

Es el precio de la Commonwealt y de la Hispanidad.

Y no es sospecha sino certidumbre que la globalización de capitales y personas no es una emigración de ida y vuelta ni un movimiento nómada sino un proyecto de sedentarismo con vocación de asentamiento permanente.

Y, atención, que la llamada pomposamente «multicultura» va a ser «unicultura», fruto de la «cocacolonización» judionorteamericana que por culpa de su mala imagen esta vez va a servirse de Europa -Chanel, Armani, Nestle o Real Madrid- para tratar de perpetuar la influencia de la Trilateral y de Wall Street. En 1986, el hispano Ricardo Goizueta, presidente de la Coca-Cola, me reconoció en su despacho de Atlanta que su empresa y la Pepsi-Cola se habían repartido -paradoja de la Ley Antitrust- los mercados comunistas. «China para mí; Rusia para ti». O sea que dos mil millones de consumidores jugados a cara o cruz. Nada nuevo; el sudeste asiático se lo jugaron... a los chinos.
 

El fracaso de Hegel

La multicultura y la pluricultura rectifican y desmienten a Federico Hegel. El inspirador del marxismo que luego tuvo, y tiene, como himno la Internacional, es el autor de la frase «sólo es libre el que no tiene por qué salir de casa». En salir de casa y emprender aventuras en lejanas tierras coinciden comunismo y capitalismo, siempre tan misioneros y expedicionarios.

El «sólo es libre quien no tiene por qué salir de casa» lo han sabido nuestros judíos, los sefarditas -que tenían la tienda en el bajo de su vivienda- y lo supieron nuestros Austrias que viajaban muy poco pero que no estaban aislados. Felipe II, por ejemplo, durante mucho tiempo escribió dos o tres cartas al mes a Andrea Doria, cartas que debían viajar al galope de correos de El Escorial a Génova. Y, posiblemente, el nivel de información y el peso de las influencias del Rey de España, sin jet privado, sin videoteléfono y sin e-mail, superaban en miles de arrobas a los del presidente de los Estados Unidos.

Es Cervantes, a la sazón, y en el Quijote -¡todo está en el Quijote!- el que, para referirse al poder que conferían cartas, planos y mapas que gobernaban el orbe, dice en el capítulo VI de la segunda parte: «los cortesanos sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte se pasean por todo el mundo sin costarles blanca, ni calor ni frío, ni hambre ni sed».

Posiblemente, los Reyes de León, cuando se escondían en Babia y sus súbditos les creían en el limbo, ajenos a noticias y tejemanejes, estaban muy al corriente de la gobernación y no por permanecer en Babia estaban ausentes sino dedicados a leer memoriales, entonando su cuerpo en batallas en «campo de plumas» o dedicando la espada al arte cisoria, que tampoco es mala lid.

Muchos dirigentes del orbe y de la urbe sí parecen estar en Babia, o en las Batuecas, de un tiempo a esta parte cuando, a pesar de tanto viaje y desplazamiento, tantos datos estadísticos, tantas proyecciones y tanto Internet, descubren su incompetencia al cometer errores impropios en una avanzada, llamada «sociedad de la información y del conocimiento».

Babia, El Escorial o El Pardo, dan la razón a la máxima de Hegel. Pero hoy la gente no está por las máximas, ni por los aforismos, ni por los proverbios.

Frente a la discreción, la reflexión y la contemplación, se imponen el escándalo, el ruido y la confusión. Es decir, que nuestros gobernantes, en lugar de Babia, han preferido Babel.
 

Pandemonium universal

Los dos únicos castigos «globales», superiores a las plagas bíblicas, y aparte de la coca-cola y del fútbol, con que Dios nos ha querido recordar quién es el que aquí corta el bacalao, han sido el Diluvio y la Torre de Babel. Dos sucesos que pusieron a nuestra especie al borde de la extinción.

Gracias a Noé, el precursor del conservacionismo y de Greenpeace, nos salvamos todos los seres vivos del exterminio; gracias a Jesús nos salvamos del infierno que iba a ser la Torre de Babel, pero aplazado el infierno para las Postrimerías, Babel continúa funcionando y es el trabajo preferido del diablo. Debe ser así porque si no uno no se explica el actual «pandemonium universal».

«Babélico» es este interés obsesivo por una integración de pueblos y razas que muy posiblemente nunca estuvo en los designios divinos, porque, por ejemplo, al término del Diluvio, el Creador si hubiera querido, hubiese fundido en una sola raza -manifiestamente mejorada- las estirpes de los tres gamberros que había engendrado Noé: Sem, Cam y Jafet, tres impresentables. Pero el Sumo Hacedor no lo hizo. El semita, el negro y el blanco, como castigo por el trato que dispensaron a su progenitor, fueron condenados a ser distintos, diferenciándose hasta en el color de la piel.

A cada grupo se le adjudicó una extensión de la Tierra, suficiente para multiplicarse. Y ahí está el ejemplo chino, o el japonés, que demuestra que «donde comen dos, comen tres... mil millones».

África, por su parte, tampoco fue un mal regalo para la raza negra y admitiría de sobra el retorno de los descendientes de quienes fueron llevados contra su voluntad a América. Vano proyecto ya que, a pesar de la propaganda de «Rotos», se ha comprobado que medio millón de afroamericanos universitarios -estadounidenses, brasileños o cubanos- no están por la labor, hermosa labor, de hacerse cargo en África de la dirección de empresas, centros de educación, hospitales, incluso de las embajadas, las carteras ministeriales o la presidencia de los gobiernos.

A lo mejor el día menos pensado, y al influjo de esta pandemia migratoria que afecta al planeta se produce este trascendental retorno de negros americanos al continente de donde fueron arrancados sus mayores. Puede ser. Y no en balde, treinta años después de Malcom X, Ángela Davis y Martín Lutero King, ya nadie se refiere a «black», ni a «black power», ni a que «black is beautiful», sino a lo «afromericano».

La fiebre entre argentinos por retornar a la Italia o la España de sus abuelos o de sus bisabuelos, apoyan esta opción, además de confirmar las declaraciones que nos hizo Borges en su casa bonaerense, poco antes de viajar a Suiza para morir en Europa, en el sentido de que Argentina era «un barco cargado de europeos que no se habían atrevido a desembarcar en América».
 

¿Trasterrar o implantar?

El exilio político, por larga que sea la espera del cambio -la de los españoles en Méjico, entonces; la de los cubanos en Florida, ahora- o las dificultades económicas coyunturales -las de los pueblos del Este de Europa; las de los andinos que se han afincado en España o las de los marroquíes que deben resolver en nuestro país el «baby boom» que siguió a la «marcha verde»- no justifican ni histéricos alardes de solidaridad ni tampoco vaticinios apocalípticos.

Esta explosión migratoria ha de ser estudiada y resuelta como un fenómeno pasajero sin propiciar que se convierta en un problema crónico.

Quienes querrían que fuera una cuestión irreversible y se institucionalizara como una crisis insoluble en el fatalismo más inaceptable, insistirán en metáforas que harían las delicias de Rousseau, tales como la necesidad de «trasterrar», demasiado próximo a «trasnacionalizar» y a otros subterfugios «liberales».

Ni el Nueva York negro, ni la California, con mayoría chicana, son ejemplo de «trasterramientos» felices y sí de «trasplantes» e «implantes» fallidos. La «trasplantación», humana y cultural -pregunten a Carlos III y a Pablo Olavide qué fue de sus proyectos ilustrados de la «carolinización» de «Andalucía»- es aún más difícil que la «implantación».

En Norteamérica llevan cincuenta años investigando por qué los éxitos teatrales de Londres, cuando se trasplantan a Broadway fracasan estrepitosamente. Esto ha ocurrido incluso con «La Ratonera», de Ágatha Christie, que no obtuvo más de doscientas represtaciones en una sala pequeña del Off-Broadway y ha superado las quince mil funciones en Londres. Y ¿si al «trasplante» acompaña un buen «injerto», que en teatro sería un buen reparto y en asentamientos humanos unas buenas condiciones de vida?

«La Ratonera» no gustó en Nueva York a pesar de su magnífica puesta en escena. A veces, ni con un buen queso se engaña a los ratones.

Mejor queso no se pudo ofrecer a los castellanos en su mayoría con que se habitaron los pueblos del Instituto de Colonización: Espaciosas casas con huerto, yuntas de bueyes y mulos y al menos una hectárea de regadío... Costó mucho cubrir las plazas y muchos de aquellos colonos se deshicieron de sus casas. Hoy algunas de ellas funcionan convertidas en «casas rurales» o «casas con encanto» para el turismo rural.

Otro «trasplante» que nunca se consumó, ni con posterior «injerto» de andaluces, fue el de los gallegos y leoneses con que se trató de repoblar la Alpujarra granadina tras la segunda expulsión de los moriscos.

Los trasplantes e injertos, en agricultura, y el mestizaje en las razas no suelen ser siempre afortunados. De los riesgos de las experiencias trangénicas sabremos muy pronto y sus resultados, imprevisibles, harán felices a los Darwin del siglo XXI.

Aprendices de brujo creen que con el mestizaje incluso se mejorará la especie. Para ellos no cuenta ni siquiera la herencia.
 

Mendel sin ley

El hallazgo de lo «multicultural» como resultado de la fusión es un anhelo por no decir una utopía. Lo que la humanidad ha logrado hasta ahora en este aspecto más que a la fusión se ha debido a la síntesis, a la simbiosis o al sincretismo. Y de una forma gradual, mediante sustituciones y superposiciones, en una incesante estratificación, como en las formaciones geológicas. No ha habido milagros producidos por la «multicultura». Y si encontramos algún prodigio, con visos de sobrenatural, es en el descubrimiento de coincidencias «culturales» en singularidades aisladas y muy alejadas, tales como las pirámides faraónicas en Egipto y las aztecas en Méjico.

Y nada que objetar a lo multirracial. Que en contra de lo que muchos piensan no es un «pot pourri» a la francesa y menos un «melting pot», a la americana.

Nueva York es la mejor muestra de que en una docena de diferentes barrios, una docena de grupos étnicos o de nacionalidades pueden, a la vez, convivir para la lucha por la vida, en el trabajo, y en el disfrute de servicios comunes y permanecer independientes, casi autosuficientes y autónomos, casi cerrados para conservar costumbres y tradiciones con celo y sin desvirtuar su cultura ancestral. No sólo hablamos del barrio chino o judío o negro en Manhatan. Alemanes, italianos, polacos, puertorriqueños, tienen su barrio. Hasta los españoles tuvimos el nuestro.

Nueva York es el mejor ejemplo de cómo la olla podrida, o nuestro cocido madrileño, hay que cocinarlos «por partes», dando su lugar y tiempo a las legumbres, a cada carne, a cada verdura, incluso hay quien a los garbanzos los somete al «apartaid» aislándolos dentro de una redecilla.

Hasta en el vino se registra un retorno a lo varietal y extremo cuidado ante el «coupage».

En las fusiones y mestizajes vale el consejo d'orsiano de «los experimentos con gaseosa», no con champán.

No le ha ido mal a la raza judía con su tradicional endogamia. En la raza mejor dotada para las ciencias, las letras, las artes, y sobre todo para la obtención (y acumulación) de bienes materiales, el personaje más importante de cada comunidad, después del rabino, es la «matchmaker», la casamentera, para no buscar «fuera» lo que hay en la puerta de casa.

Por supuesto que la mulata -alta creación hispanoportuguesa- es un hermoso hallazgo. Bien es cierto que la piel morena es nuestra debilidad, pero pertenece más que a nuestra cultura a nuestro culto. Ya antes del Descubrimiento y de que nuestros compatriotas hubiesen visto una negrita, el noventa por ciento de las Vírgenes que se veneraban aquí eran «morenitas».

La pléyade de venezolanas, más de una docena, que han ganado los concursos de Miss Mundo y de Miss Universo, casi todas rubias y en torno al metro ochenta de estatura, han sido las hijas y nietas de tantos alemanes que emigraron a Venezuela o se refugiaron allí en la Segunda Guerra Mundial (o Global). Estos arios, muchos de ellos nazis, no se distinguieron precisamente por su afición al mestizaje, luego no han abundado las mulatas ni las mestizas en el palmarés venezolano de bellezas internacionales.

Existen ghetos de elite. Lo que ocurre es que no llamamos «gheto» a la colonia de alemanes en las islas Baleares o en las Canarias que sólo consumen productos alemanes o a la «corea» madrileña de los años sesenta en torno al Estadio Bernabeu, colonia norteamericana que contaba con bares y cines propios, y grandes almacenes yanquis, como Woolworth.
 

De fuera vendrán...

A su manera, pero mucho menos confortable, la emigración de los españoles a Alemania y a Suiza, cuando Europa era rica y nosotros pobres, ofrecía rasgos similares.

Ni las criadas españolas en París, durante sus estancias de tres o cuatro años, ni nuestros trabajadores en Alemania, se desarraigaron ni desculturizaron. Quizás porque era una emigración que no aspiraba de ningún modo a la integración. La única integración de nuestras chicas en Francia se limitaba a traer al pueblo un perfume, una falda más corta y una vajilla de duralex. Y a la única integración a la que de verdad aspiraban nuestros trabajadores en Alemania era a la de pernoctar algún sábado con una señora que se había conocido en una cervecería. Como la única ilusión consistía en ahorrar una cantidad para dejar aquel trabajo, aquel barracón, y volver cuanto antes a la España más problemática pero más «vividera».

Poco o nada tienen que ver las emigraciones españolas de los años sesenta, por citar las más recientes, con las inmigraciones actuales que afectan a muchos países europeos y también a España.

Al margen de la llegada de grupos mafiosos dedicados a toda clase de tráficos y actividades ilegales, droga, prostitución, blanqueo de dinero, robo de joyas y automóviles, chantaje y extorsión. Huéspedes no deseados y cuyo acceso a Alemania o a Suiza hubiera sido, y es, impensable.

Nuestros inmigrantes, sobre todo los del Este de Europa y los hispanoamericanos, llegan con sus parejas, se acogen al agrupamiento, traen a padres y hermanos y procrean a un ritmo tal que los nacidos de padres extranjeros superan ya el diez por ciento de los españoles, contando incluso los vascos.

Joaquín Arango, director del Centro de Estudios sobre Ciudadanía y Migraciones, del Instituto Ortega y Gasset, ha reconocido que frente a sus aportaciones, «los extranjeros aunque sean legales y coticen a la Seguridad Social, también van al médico, llevan a sus niños al colegio y se convertirán en pensionistas, con los costes que ello supone».

En los últimos cinco años España está haciendo un esfuerzo de acogida de más de dos millones de emigrantes y que pasa inadvertido en el maremagnum de sesenta millones de visitantes. Un fenómeno que nosotros mismos no percibimos en todo su alcance distraídos con esa industria tan peculiar llamada «turismo» que nos ha acostumbrado a vivir del hospedaje y el servicio y nos ha convertido, sin otra alternativa, en venteros y mesoneros.

Problemas que aquejan al inmigrante, como el idioma, el rechazo racial, la vivienda, la cultura, la seguridad, por culpa de nuestro trajín turístico no se resuelven como debieran. Bien es verdad que ha sido el turismo, con la necesidad de incrementar el servicio y la mano de obra no cualificada, el que nos ha obligado a recibir tal cantidad de inmigrantes. El cincuenta por ciento de la hostelería esta ya atendida por mano de obra no española. Y se nota en la calidad gastronómica y en la simpatía con que suele servir un anfitrión.

Junto al turismo otro imperativo para la inmigración ha sido la agricultura intensiva, actividades ambas que no han resuelto el problema de nuestros jóvenes que aspiran a algo mejor -por ejemplo cantar en «operación triunfo»- que hacer camas, servir cervezas, limpiar inodoros o trabajar bajo el plástico de los invernaderos.

Las necesidades casi siempre creadas -como los intereses- por codiciosos empresarios a quienes se debía autorizar una determinada actividad o una dimensión del negocio sólo si el país dispone para ello de una mano de obra autóctona; nunca en el caso de tener que traer trabajadores extranjeros. Que sólo a él, no al resto de la comunidad, va a beneficiar y que supuesto de cesar un día en su negocio no va a responsabilizarse del futuro de esas personas, transfiriendo el problema de sus trabajadores y de sus familias a quienes nadie nos preguntó si estaban dispuestos a asumir el costo de dos o tres millones de extranjeros en España, en el caso de un posible futuro económico incierto.

Pero distraídos en la construcción de un mundo «global», una Europa «gran superficie», una España «parque temático», depredada y devaluada por un turismo barato, entretenidos por un ocio trivializado por el ordenador y el televisor, cuando nos demos cuenta, esto se habrá convertido en otra Babel... ¿Dónde están nuestros gobernantes, si no están en Babia?

El error es que estamos confundiendo, otra vez, la cosmovisión con la cosmogonía.


 
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