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Altar Mayor - Nº 90 (11)
Sábado, 20 diciembre a las 14:11:15

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

NUEVO ORDEN MUNDIAL O HISPANIDAD
Por Alberto Buela - Dr. en Filosofía. Catedrático Universidad Buenos Aires

Hay un viejo adagio en filosofía que dice: Distinguir para unir. Y en este caso queremos previamente distinguir entre nuevo orden mundial e hispanidad, para luego ver en qué se vinculan y en qué no. Es por ello que reemplazamos la conjunción copulativa «y», por la disyuntiva «o» en el título de esta conferencia.
 

Nuevo orden mundial

Es sabido que históricamente podemos hablar del inicio del nuevo orden mundial a partir del comienzo de la Revolución mundial –Reforma, Revolución francesa, Revolución bolchevique, Revolución tecnocrática– tal como lo han hecho, entre otros, Christopher Dawson, Julio Meinvielle, Vintila Horia, Gustave Thibon, y aquí en Córdoba (Argentina), los Albertos Caturelli y Boixiados.

Pero el nuevo orden mundial contemporáneo nace a fines de los años 80 con el hecho emblemático de la caída del Muro de Berlín, y comienzos de los 90, con la implosión de la Unión Soviética y el mensaje de George Bush al parlamento norteamericano sobre la necesidad de la construcción de un one world.

Como consecuencia de este proyecto aparecen las teorías del derrame en economía, de guerra preventiva en el orden militar, de democracia neoliberal en política, de multiculturalismo en la educación y cultura, de new age en religión y de hombre light en antropología y filosofía.

Ahora bien, en nuestra opinión la crítica al nuevo orden mundial que se inaugura con la modernidad y sigue hasta nuestros días tiene que ser dirigida a los relatos o discursos que con pretensión de universalidad elaboró aquella.

De estos grandes relatos de la modernidad haremos referencia a seis: La idea de progreso indefinido, el poder omnímodo de la razón, la democracia como forma de vida, la subjetivización del cristianismo, el afán de lucro y la manipulación de la naturaleza por la técnica.

El siglo XVII se caracteriza por el intenso y rápido progreso de las ciencias de la naturaleza, en donde Bacon y Galileo destacan como particularmente fecundos como métodos de investigación; la experimentación y el cálculo matemático. Este progreso inmenso en un dominio del conocimiento llevó al hombre moderno a postular para todo el campo del saber y del obrar humano como principio incontrastable: el progreso indefinido.

Ya con el Renacimiento, siglo XV, Dios deja de ser el centro de reflexión para pasar a ocupar su lugar el hombre en cuanto sujeto.

Es decir, el hombre pasa a ser considerado como creador de un mundo propio cuyo espíritu y dignidad se revelan en las obras maestras de la antigüedad clásica.

Y, ¿cuál es el instrumento que permite a ese hombre el acceso a ese ideal del progreso indefinido? Una facultad que le pertenece por derecho propio: La razón específicamente, la razón calculadora exaltada por la ciencia matemática como órgano idóneo para el descubrimiento de las leyes que regulan la experiencia y constituyen la estructura racional del mundo. La atribución de un poder omnímodo a la razón por parte del hombre moderno, fue a partir de ese momento un hecho normal, natural y evidente.

La democracia como forma de vida es uno de los últimos relatos de la modernidad. Comienza a constituirse en paradigma universal a partir del último cuarto del siglo XVIII, y es la Revolución Francesa su gran impulsora. Es la versión liberal de la sociedad política la que da origen a la democracia moderna. No percatándose que la democracia es una «forma de gobierno» como lo son la monarquía o la aristocracia, y que por ende, reducir al hombre sólo a la forma de vida democrática, es encorsetarlo y privarlo de las múltiples y variadas formas de vida que el hombre se da, y se puede dar a sí mismo para existir plenamente.

La subjetivización del cristianismo nace con el libre examen de las escrituras impulsado por la Reforma protestante del siglo XVI encabezada por Lutero y Calvino. Y se consolida con el primado de conciencia del filósofo Descartes para quien el descubrimiento de la verdad es obra personal de la razón que actúa y vive en cada individuo. El «pienso, luego existo» es a la única verdad incuestionable a que arriba la razón cartesiana. La tajante división cartesiana de la unidad del hombre entre dos sustancias heterogéneas, la res cogitans y res extensa tuvo en el denominado «el angelismo católico», expresado en el lema «salva tu alma», una influencia que llega hasta nuestros días.

Esta subjetivización del cristianismo produjo como resultado «una cristiandad partida en sectas» como la que hoy vivimos en América. Para beneficio exclusivo de los bussines-predicadores y enfeudamiento de los fieles que los siguen.

El otro gran movimiento gestado en el siglo XVII, junto al progreso de las ciencias de la naturaleza, es la formación de los Estados nacionales sobre la ruina del estado feudal y la aparición de una nueva clase: la burguesía. Movida, no ya por los ideales cristiano-caballerescos de la Edad Media, sino por el espíritu de lucro que ejerció Jehová, el viejo Dios de los judíos, sobre el régimen económico y social de la Europa moderna y los nacientes Estados Unidos de Norteamérica. (cfr. W. Sombart: Lujo y capitalismo).

El último de los grandes discursos de la modernidad es la manipulación de la naturaleza (hombre incluido) por la técnica. Este relato quiere significar que la instrumentación práctica del poder omnímodo que se le otorgó a la razón, puede hacer con la naturaleza y con el hombre lo que quiera. Sosteniendo que la pauta moral está justificada por su propio progreso.

Estos seis grandes relatos de la modernidad quebraron. No tanto por la crítica que se le hiciera desde una óptica premoderna, sino por las consecuencias contradictorias a que los mismos arribaron.

Así, la idea de progreso indefinido como presupuesto teórico de las ciencias naturales y la física mecánica fue abandonada por parte de los Einstein, los Plank y los Heisemberg portavoces de la física cuántica. A ello se suma la falta de un acorde progreso en el campo moral, por no hablar mejor de retroceso, del hombre contemporáneo.

Al poder omnímodo de la razón lo quebró no sólo el descubrimiento del inconsciente (Freud) sino la función desenmascadora de lo irracional (Niesztche) y la captación emocional de los valores (Scheler). Si no las consecuencias contradictorias de los productos de la razón calculadora como las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaky.

A la democracia como forma de vida, la frustró no sólo el fracaso de los gobiernos socialdemócratas con sus democracias exclusivamente procedimentales sino además la existencia de otras posibilidades de organización política, fuera del marco del capitalismo liberal (de Marx a Kadaffi).Y en nuestros días la lucha de los pueblos (de croatas a kurdos) siguiendo sus ideales nacionalistas para seguir existiendo en la historia.

A la subjetivización del cristianismo, la opción preferencial por los pobres de la Iglesia católica que supera el ámbito individual para insertarse raigalmente en el dominio social. El mensaje, en última instancia iluminista de la «teología de la liberación» de los años setenta-ochenta, está siendo reemplazado hoy por la «teología del marginal» en Hispanoamérica. Desde el campo filosófico la consolidación definitiva de la fenomenología y su lema «ir a las cosas mismas» terminó con el psicologismo subjetivista.

El espíritu de lucro parece no quebrado aún. Pero la disconformidad con él, por parte de los pueblos dependientes, es algo manifiesto; a pesar de la machacona publicidad del modelo de globalización neo-liberal. De tanto vivir con «la ñata contra el vidrio» -en este caso el de la televisión- y no poder adquirir ninguno de los productos que como panaceas nos ofrece el primer mundo por carecer de medios, hace que la opción de vida sea cada vez más la marginal o informal.

Por último, la manipulación de la naturaleza y del hombre por la técnica, ha concluido en la alienación y dependencia del hombre en sus propios productos. El hombre no sólo como esclavo sino al sentirse producto de la técnica, comienza a reaccionar de la única manera posible: Con serenidad para con las cosas. Se da cuenta, como observó agudamente Heidegger, que «Podemos usar los objetos técnicos, servirnos de ellos en forma apropiada, pero manteniéndonos a la vez tan libres de ellos que en todo momento podamos desembarazarnos de ellos» (cfr. M. Heidegger: Serenidad).

Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva época. La quiebra de los paradigmas abarca todos los dominios. Comenzando por la tan mentada quiebra del equilibrio ecológico. La confusión de las funciones es total (el político es empresario, el deportista pensador, el santo asistente social, los estultos son filósofos, etc.). No existe una visión totalizadora del hombre, el mundo y sus problemas, sino retazos, visiones parciales y coyunturales. El hombre está forzado a preguntarse nuevamente por él, a tratar de encontrarse a sí mismo. Y ello no es fácil, pero no le queda ninguna otra salida genuina.

Está obligado a instaurar un nuevo arraigo en el mundo, que se funde en la preferencia de su propia ecúmene cultural y en su pertenencia a un suelo y a una tradición cultural como propone el filósofo escocés Alasdair MacIntayre. De lo contrario se transformará en un homúnculo.
 

La Hispanidad

Obligados estamos ahora a pasar al tratamiento de la hispanidad, que es nuestra tradición cultural, la sal de nuestra ecúmene cultural iberoamericana y el destino de una vida mejor para nuestros pueblos indoibéricos.

Antes que nada debemos resaltar el hecho histórico de que la hispanidad tomó ab ovo, a partir del siglo XVI, un camino distinto al resto de Occidente.

Permítanme primero una distinción que ya llevamos hecha desde nuestro trabajo La hispanidad vista desde América (1990), «nuestra meditación surge como una necesidad de afirmación de la americanidad en la hispanidad». Por lo tanto no estamos de acuerdo con la caracterización de la hispanidad hecha por dos de sus mejores tratadistas, Ramiro de Maeztu en Defensa de la Hispanidad y Manuel García Morente en Idea de la Hispanidad, pues el primero la define a través de «dos pilares: la religión católica y la monarquía española» (cfr, pp. 20 y 22 op. cit.), mientras que el segundo sostiene que «aquello que simboliza mejor su esencia es la figura del caballero cristiano» (cfr. p. 104 op. cit).

La consecuencia lógica de estas afirmaciones sería: Dado que nosotros somos caballeros católicos americanos y hallándose definida la naturaleza de la hispanidad por su convertibilidad con lo católico y lo caballero, sólo nos resta convalidar y asentir lo hasta acá sostenido.

Pero el problema que queremos plantear es otro, es el de la hispanidad entendida desde América. Y ello es así porque tiene sentido para nosotros en tanto expresemos en ella y a través de ella, «las modalidades nacionales» de esta gran nación que es Iberoamérica. En caso contrario la hispanidad es un universalismo más y, como tal, una categoría de dominación como lo son hoy la latinidad y la occidentalidad.

Las observaciones a estas dos teorías son las siguientes:

a) La convertibilidad entre catolicidad e hispanidad no es la adecuada, al menos, para definir la hispanidad puesto que la catolicidad no constituye la diferencia específica de lo hispano, ni es rasgo exclusivo del español. Existen otros pueblos como Polonia e Irlanda que son convertibles con la catolicidad. Es más, las causas nacionales de estos pueblos están enraizadas en lo católico como nos muestra la historia antigua como reciente.

b) América no tuvo nada que ver con el régimen de la monarquía española, prueba de ello es el desencanto y desasosiego que manifestaron nuestros enviados americanos a las Cortes españolas. Y cuando nos declaramos independientes lo hicimos bajo el régimen republicano. La reductio ad unum, esencia del régimen monárquico, en nuestro caso americano, nos alcanza bajo la figura de caudillo o líder, pero esto para los monárquicos de toda latitud es algo espurio.

c) La teoría de los arquetipos humanos como paradigma de todo un pueblo no pasa de ser una generalización, que agradable al corazón y a los sentimientos, carece de todo rigor filosófico. Esta teoría tiene dos fallas: 1) La podemos cargar con las mayores virtudes como hace García Morente con el caballero cristiano o con los mayores defectos, como hacen nuestros liberales con el gaucho. 2) Siempre está adscripta a un determinado momento y lugar en la historia de un pueblo

¿Qué es entonces la hispanidad en tanto expresión del ser de lo hispano? Este ser participado por un conjunto de pueblos y de naciones no se deja reducir fácilmente a conceptos intelectuales, pues el «ser de lo hispano» se ha dado en la historia bajo múltiples y variadas formas, y se dará aún bajo otras muchas que no podemos ni siquiera barruntar. Recuerden que el búho de Minerva, símbolo de la filosofía, sale a volar cuando la realidad ya se puso y no antes. En la caja de Pandora quedó encerrada la prognosis y no la esperanza como malamente se traduce. Todo indica que el conocimiento del futuro no le está permitido al hombre.

Ahora bien, cuando la filosofía no puede asir en un solo concepto la entidad que se propone investigar, la rodea sucesivamente describiendo sus caracteres más significativos. En el tema que nos atañe, la hispanidad, podemos reducirlos a dos: el sentido jerárquico de la vida, de los seres y de las funciones y la preferencia de sí mismo.

La jerarquía se entendió como una necesidad del inferior respecto del superior y no a la inversa como lo postula el mundo liberal burgués. Jerarquía que se funda en una visión total del hombre, el mundo y sus problemas y no a la inversa en especialistas de lo mínimo que dejan de ver el todo que estudian. Jerarquía que se funda en valores absolutos fuera de discusión y no a la inversa en valores subjetivos surgidos del primado de conciencia del mundo moderno.

Así la necesidad del inferior, la visión del todo y la objetividad del valor son los pilares que cimientan el sentido jerárquico de la vida.

En cuanto al segundo rasgo que caracteriza a la hispanidad como ser de lo hispano es la preferencia de sí mismo que se manifestó una y mil veces en la falta de temor por la pérdida de su identidad. El colonizador hispano se mixturó sin inconvenientes ni reservas con el autóctono, cosa que no ocurrió ni en el hemisferio norte, ni en China, ni en Sudáfrica, ni en Australia.

La preferencia de sí mismo no es creerse superior sino diferente, encierra la diferencia de valores que existen, de hecho, en toda realidad.

La preferencia de sí mismo es la afirmación del realismo más existencial dado que nos dice: Tú eres diferente a mí, y yo a ti, démonos entonces un trato igualitario.

Vemos cómo el sentido hispánico de la diferencia funda la igualdad, a la inversa que el sentido moderno en donde la igualdad elimina la diferencia en busca de la nivelación, lo que produce el extrañamiento de sí mismo y del otro.

Afirmación de la identidad, derecho a la diferencia y sentido de la otredad, son en nuestra opinión las manifestaciones fundamentales de la preferencia de sí mismo como segundo pilar sobre el que se apoya la naturaleza de la hispanidad.
 

Conclusión

La conclusión de esta meditación es que para nosotros americanos la hispanidad se sitúa en el éxtasis temporal del futuro. Nosotros debemos hacer hispanidad si queremos ser y permanecer en el ser. Serás lo que eres, sostenía Píndaro, el padre de los poetas griegos.

Estamos solos como se supo Hernán Cortés cuando quemó las naves. Las metrópolis España y Portugal se han sumando al nuevo orden mundial a pies juntillas, la última guerra de la potencia imperial contra Iraq mostró a España en el triste papel de partenaire de segunda.

Si estamos solos, estamos de hecho fuera del orden mundial «todo uno», lo que transforma nuestra acción y pensamiento en una transgresión y a nosotros todos en contraventores y marginales que deben ser ordenados según el modelo de one world o ser puestos fuera de la humanidad.

Pensar y actuar desde la hispanidad es pensar a partir del disenso con respecto al pensamiento único y políticamente correcto que sostiene este nuevo orden mundial. Y pensar a partir del disenso es contravenir y contradecir a los sostenedores conformistas de la teoría del consenso que quieren, como nuevos nominalistas, arreglar la realidad con palabras (Cfr. La idea de democracia deliberativa de Habermas, Cohen y Bohman según la cual «los retos modernos pueden ser superados inventando nuevos foros en los que los ciudadanos deliberen juntos y hagan uso público de su razón»).

La disidencia práctica pasa necesariamente por el ejercicio cotidiano de la virtud, no realizado en forma burocrática sino de manera generosa y sacrificada. Romper diariamente con las solicitaciones del sistema y el medio ambiente es una forma de ascesis. La disidencia como virtud resulta de un hábito creado por la repetición de actos de resistencia al sistema corruptor y totalitario que anula al hombre por la televisión y la masificación, y lo reduce a la bestialidad.

El hombre hispano en sus múltiples y variadas formas y encarnaduras siempre fue persona, nunca masa. Es lo absolutamente contrario a ésta.

La hispanidad es, sustancialmente, disyuntiva al nuevo orden mundial.


 
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