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Altar Mayor - Nº 90 (09)
Sábado, 20 diciembre a las 18:00:25

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

HAZ Y ENVÉS DE LA GLOBALIZACIÓN
Por Juan Velarde Fuertes - Catedrático. De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

El haz

Conviene comenzar por aceptar una definición del fenómeno de la globalización. A mi juicio vale perfectamente la del Fondo Monetario Internacional aparecida en World Economic Outlook, marzo 1997: Se entiende por globalización «el proceso de acelerada integración mundial de la economía, a través de la producción, el comercio, los flujos financieros, la difusión tecnológica, las redes de información y las corrientes culturales» (Toribio).

La reacción derivada de todo esto es un aumento del bienestar material. Conviene ofrecer algunos datos. Si consideramos que en 1950 se pusieron los primeros cimientos del proceso de globalización, al rectificarse del todo los planteamientos nacionalistas que siguieron a la I Guerra Mundial, nos encontramos con un claro proceso de enriquecimiento general, que, desde luego se acentuó desde 1973. Es conveniente, para apreciar el fenómeno, emplear dólares homogéneos. En este caso se utilizan los dólares internacionales de 1990 (Maddison). En el cuadro 1 se observan las tasas de crecimiento anual medio del PIB por habitante, en las principales regiones del mundo en los dos períodos sucesivos, 1950-1973 y 1973-1998.

Cuadro 1 - Crecimiento del PIB por habitante 1950-1998

1950-1973 1973-1998
Europa Occidental 4’08 1’78
Conjunto de Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda 2’44 1’94
Japón 8’05 2’34
Asia sin Japón 2’92 3’54
Iberoamérica 2’52 0’99
Países de Europa Central y Oriental, más los de la antigua Unión Soviética 3’49 -1’10
África 2’07 1’01
Mundo 2’93 1’33


Es evidente que el avance desde la crisis de 1973 tiene dos excepciones. Una, considerable y clarísima: el retroceso desde 1973 en el viejo mundo comunista. La otra es el estancamiento, o muy débil progreso, de África. En conjunto, y si se quiere con esas dos excepciones, con la globalización avanza, contra lo que se suele decir, el proceso de convergencia, como se observa en el cuadro 2, que nos muestra los porcentajes que corresponden a cada uno de estos grandes grupos regionales en el conjunto del PIB mundial.

Cuadro 2 - Partes del PIB mundial en 1950, 1973 y 1998

1950 1973 1998
Europa Occidental 26’3 25’7 20’6
Conjunto de Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda -30’6 25’3 25’1
Japón 3’0 7’7 7’7
Asia sin Japón 15’5 16’4 29’5
Iberoamérica 7’9 8’7 8’7
Países de Europa Central y Oriental, más los de la antigua Unión Soviética 13’1 12’9 5’3
África 3’6 3’3 3’1
Mundo 100’0 100’0 100’0


A partir de 1870 se generaliza el fenómeno proteccionista que sólo comienza a enmendarse desde 1950. De ahí el interés del cuadro 3, que nos muestra de qué modo existe concatenación clara, sin necesidad de ulteriores análisis porque lo evidente no necesita demostración, pues ese cuadro 3 habla por sí mismo: conforme se va contrayendo el movimiento expansivo de las exportaciones en todas y cada una de las regiones del mundo -sería exactamente igual que se empleasen las cifras de las importaciones-, el PIB se mueve hacia abajo, y viceversa. Obsérvese lo que sucede en el período de 1870-1950 –restrictivo de las exportaciones- y en 1950-1998, que está dentro, en general, de un impulso a las mismas.

Cuadro 3 - Crecimiento del comercio internacional y del PIB, en tasas anuales medias

1870-1913 1913-1950 1950-1973 1973-1998
Incremento exportaciones Incremento del PIB Incremento exportaciones Incremento del PIB Incremento exportaciones Incremento del PIB Incremento exportaciones Incremento del PIB
Europa Occidental 3’24 1’32 -0’14 0’76 8’38 4’08 4’79 1’78
Conjunto de Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda 4’71 1’81 2’27 1’55 6’26 2’44 5’92 1’94
Asia 2’79 Japón 1’48
Resto 0’38
1’64 Japón 0’89
Resto 0’02
9’97 Japón 8’05
Resto 2’92
5’95 Japón 2’34
Resto 3’54
Países de Europa Central y Oriental, más los de la antigua Unión Soviética 3’37 1’15 1’43 1’50 9’81 3’49 2’52 -1’10
Iberoamérica 3’29 0’81 2’29 1’42 4’28 2’52 6’03 0’99
África 4’37 0’64 1’90 1’02 5’34 2’07 1’87 0’01
Mundo 3’40 1’30 0’90 0’91 7’88 2’93 5’07 1’33


Por supuesto que esto no se contradice con el hecho, sobre el que, de algún modo habrá que volver, de que la gran parte del PIB mundial –el 79’3%-, está acumulado en 20 países, donde habitan 3.809’7 millones de habitantes, que suponen el 64’5% de la población mundial. El cuadro 4 nos muestra dónde están situados los países de esta concentración de la producción mundial. Naturalmente, no se trata únicamente de los más ricos, sino de los de mayor producción dentro de sus respectivas fronteras.

Cuadro 4 Porcentajes del PIB de los veinte países que lo tienen más alto en 1998

Parte en el PIB mundial Parte en la población mundial
Estados Unidos 21’9 4’6
China 11’5 21’0
Japón 7’7 2’1
India 5’0 16’5
Alemania 4’3 1’4
Francia 3’4 1’0
Reino Unido 3’3 1’0
Italia 3’0 1’0
Brasil 2’7 2’9
Rusia 2’0 2’5
México 1’9 1’7
Indonesia 1’9 3’5
Canadá 1’8 0’5
Corea del Sur 1’7 0’8
España 1’7 0’7
Turquía 1’3 1’1
Australia 1’1 0’3
Tailandia 1’1 1’0
Argentina 1’0 0’6
Taiwán 1’0 0’4
Total de los 20 79’3 64’5

El envés

Este crecimiento, en general, de la riqueza, con las excepciones que se han señalado, excepciones que por cierto, se esfuman si lo que estudiamos es su comparación con cifras anteriores a la Revolución Industrial, plantea problemas morales serios, pero de otra índole que los habitualmente exhibidos.

El primero está sobre el tapete desde 1930. Se expuso por partida doble por dos grandes liberales. Uno era Ortega y Gasset, al publicar ese año La rebelión de las masas. Otro Keynes, quien en Madrid, en la Residencia de Estudiantes pronunció, también ese mismo año de 1930, una conferencia titulada La economía política de nuestros nietos. La frontera temporal que se trazaba era la del año 2030. Su frase central fue: «Bajo el supuesto de que no se producirán guerras importantes ni grandes aumentos en la población, el problema económico puede ser solucionado o, al menos, su solución podrá estar próxima, dentro de unos cien años. Equivale ello a decir que el problema económico no es –si contemplamos el futuro- el problema permanente de la raza humana». (Subrayados de Keynes) (Keynes, 1931). Pero eso no tenía por qué ser camino de la felicidad. Keynes consideraba que al disponerse de mucho tiempo libre y de un nivel considerable de bienes, pero no de cultura, iba a originarse un repulsivo proceso de masificación, contra el que habría que prepararse. El binomio Ortega-Keynes tenía toda la razón para dar la voz de alarma.

Ese es el punto de apoyo implícito en un ensayo titulado The affluent society, o sea, La sociedad opulenta que se convirtió en un superventa, escrito por un economista neoinstitucionalista canadiense-norteamericano, J. K. Galbraith. En él expone ese peligro que nos acecha y también en otro ensayo anterior a éste, que tuvo menos difusión, El capitalismo americano. Lo que planteó Galbraith fue el choque de los bienes y servicios divisibles, que se suelen producir por el sector privado y se adquieren en el mercado, y los bienes y servicios indivisibles, que no pueden adquirirse en el mercado, sino que son suministrados por el Sector público como pueden ser los medicamentos o la tranquilidad urbana. De La sociedad opulenta son estos párrafos, de denuncia de una mala orientación de esa producción gigantesca: «Una vez que la sociedad, se ha abastecido de alimentos, vestido y abrigo, todo lo cual se asignó casualmente a la producción, venta y compra privadas, sus miembros comienzan a desear otras cosas. Y un considerable aumento de estas cosas no es apto para una semejante producción, venta y compra. Tienen que ser proporcionados a todo el mundo, si es que deben ser proporcionados, y se les debe pagar colectivamente o, si no, no se les puede poseer. Tal es el caso de las calles y de la policía, y de las ventajas generales de la educación masiva y de la higiene, de la reducción de epidemias y de la defensa común. Existe una remota posibilidad de que los servicios que pueden ser prestados colectivamente, aunque dentro del cuadro general de las necesidades, vengan después de las estrictamente físicas y vayan aumentando en urgencia en una forma más que proporcional con el incremento de la riqueza. Esto es mucho más probable si la riqueza creciente se ve acompañada por una población creciente y una mayor densidad demográfica. De todos modos, estos servicios, aunque reflejan unos deseos cada vez más urgentes, permanecen cubiertos por el baldón de la inseguridad, la incompetencia, el coste y la pretenciosa interferencia de los príncipes (de la opinión pública). El alcohol, los tebeos y revistas del corazón y los dentífricos, todos ellos disfrutan del amparo de la superior reputación del mercado. Los colegios, los jueces y las piscinas municipales yacen bajo la mala reputación de los reyes perversos» (Galbraith, 1960, pág. 137).

Esto era lo que derivaba de un planteamiento previo, al indicar el economista norteamericano que la gente estaba «excesivamente preocupada por los bienes en cuanto bienes; en su preocupación por ellos no se ha detenido a reflexionar sobre la relativa insignificancia del problema que le absorbe. Se inquieta demasiado por los precios parcialmente monopolizados o los anuncios y costes de venta excesivos del tabaco, licor, chocolates, automóviles y jabón de tocador, en un país que está ya sufriendo los efectos de la nicotina y del alcoholismo, que se nutre hartándose de azúcar, que está llenando sus hospitales y cementerios con los que han sido mutilados o muertos en las carreteras y que es peligrosamente neurótico a los olores normales del cuerpo» (Galbraith, 1956).

Esta pelea entre bienes y servicios privados abundantísimos y de bienes y servicios públicos escasos, al procurarse por todos los medios que la política económica adecuada sea la de un gasto público reducidísimo, fue expuesta muy gráficamente así: «La familia que hace una excursión en su coche color entre malva y cereza, con aire acondicionado y conducción y frenos eléctricos, pasa a través de ciudades deficientemente pavimentadas, afeadas por los desperdicios, los edificios desconchados, los anuncios junto a postes de conducciones eléctricas que deberían ser subterráneas desde hace ya mucho tiempo. Contempla un paisaje rural que es casi invisible por obra y gracia del arte comercial. (Las mercancías que se anuncian gozan de una absoluta preeminencia en nuestro sistema de valores. Estas consideraciones estéticas respecto del paisaje tienen, por lo tanto, un carácter secundario. En estos aspectos no somos inconscientes). (Paréntesis del autor). Meriendan con unos alimentos exquisitamente empaquetados que sacan de una nevera portátil, a orillas de un arroyo contaminado, y pasan la noche en un estacionamiento que es una amenaza para la salud pública y para la moral. Y antes de adormecerse acostados en un colchón neumático, cobijados en una tienda de nailon y rodeados por el hedor de la basura en corrupción, pueden reflexionar vagorosamente sobre la curiosa desigualdad de las mercedes que se les han otorgado. Realmente, ¿es esto el genio norteamericano?» (Galbraith, 1960, pág. 243).

Keynes, al lado del resultado positivísimo de la globalización, en lo material, nos ofrece el riesgo de la masificación; Galbraith nos habla de las tensiones que se derivan de que las masas abominen de que el sector público sea importante. Por eso se lanzan gozosas en medio de mares de chirimbolos cromados, pero protestan ruidosamente al observar que los servicios públicos están desatendidos, dentro de una contradicción por la que son fácil presa de populistas demagogos que –recordemos el motivo esencial del hundimiento económico de Argentina-, son capaces de dejar tras sí una especie de estela de desolación secular.

Mas he aquí que Fogel plantea otra cuestión. En su discurso presidencial ante la American Economic Association, en diciembre de 1998, este Premio Nobel de Economía parte de la aceleración histórica que se produce a partir de finales del siglo XVIII, como se observa en el gráfico 1, donde las ordenadas son cifras de población y las abscisas años de la Era cristiana. Una serie de descubrimientos y novedades tecnológicas se unen a un incremento demográfico colosal. La situación que se diseña termina en el año 2000, pero todo indica que a lo largo del siglo XXI, proseguirá este alud de descubrimientos, aunque con una progresiva desaceleración en el incremento del número de habitantes de la Tierra. Pero he aquí que todo esto coincide con un aumento, también muy grande que podría denominarse del sector ajeno tanto al mercado como al Sector público. En parte esto se debe a que «el aumento considerable del tiempo que quienes trabajan pueden dedicar al ocio constituye el rasgo más destacado... (del año 2040) (véase el cuadro 5). El tiempo dedicado al ocio ha triplicado desde hace un siglo, mientras que su trabajo anual ha descendido desde 3.100 horas, aproximadamente, a las 1.730 horas actuales». En el año 2040 estas 1.730 horas se reducirán «a 1.400 solamente y la jornada semanal promedio a 30 horas». La misma tendencia aparecerá para las mujeres. Pero «el ocio no es sinónimo de indolencia». Esto plantea que «alrededor del año 2040 invertiremos más de tres cuartas partes del tiempo discrecional en hacer lo que nos gusta». Además, en ese 2040 nos habremos convertido en una sociedad tan opulenta que nos acercaremos «a la saturación del consumo, no solamente de las cosas necesarias, sino también de los artículos considerados hasta hace poco como sueños o relatos de ciencia ficción durante el primer tercio del siglo XX». No hay necesidades nuevas, y los incrementos de productividad sirven para comprar ocio. Ya de siempre la curva de oferta y trabajo tiene un trazado original que se ratifica como consecuencia de esta realidad. Aparece así una enorme cantidad de trabajo voluntario –que más de una vez se considerará ocio- que no dejará de plantear problemas en relación con la cuantificación de magnitudes macroeconómicas. Pero, sobre todo, ¿cómo canalizar e impulsar en bien de todos, ese trabajo voluntario?

Cuadro 5 - Tendencias seculares en la utilización del tiempo: división promedio de las horas del día de un cabeza de familia promedio (considerando un año de 365 días)

1880 1995 2040
Sueño 8 8 8
Comidas y actividades esenciales de la higiene 2 2 2
Tareas domésticas 2 2 2
Tiempo para ir y venir del trabajo 1 1 0,5
Jornada de trabajo 8,5 4,7 3,8
Enfermedades 0,7 0,5 0,5
Subtotal 22,2 18,2 16,8
Tiempo restante para el ocio 1,8 5,8 7,2

Algo de eso ha de contemplarse, muy probablemente, en conexión con una cuestión complementaria. Me refiero a todo lo que respecta al patrimonio espiritual. Es un cambio importante, porque «algunos defensores del igualitarismo afirman continuamente que el nivel (de vida) material de los pobres es sumamente duro. Pero confunden las condiciones de vida actuales con las de épocas anteriores. Su incapacidad para admitir los enormes avances materiales que, hasta los menos favorecidos han conseguido desde hace un siglo, obstaculiza, en vez de impulsar, la lucha contra la pobreza crónica en las naciones ricas, pobreza cuya característica principal es la alienación o lejanía espiritual respecto de la sociedad. Aunque la ayuda material constituye un elemento importante en la lucha para superar la alienación espiritual, dicha ayuda no alcanzará su objetivo si, como algunos suponen, al mejorar las condiciones materiales, no se consigue de forma natural la mejora espiritual» (Fogel). Esto conduce a Fogel a agregar que «el Estado no puede legislar el que los más fuertes deban proporcionar a los débiles la posibilidad de aprovechar al máximo sus posibilidades. Es algo que cada individuo tiene que resolver por sí mismo». Esto obliga a todo un replanteamiento de multitud de premisas del Estado del Bienestar, porque «estudios reciente indican que quienes han carecido de recursos inmateriales durante los primeros años de su vida, tropiezan con más dificultades para sentirse realizados después de la jubilación» (Fogel).

Surgirá una reivindicación nueva, que ahora ya se adivina entre nosotros con las denominadas Universidades de mayores. Se presionará para compartir el saber, y sobre todo, la capacidad de disfrutar con la inteligencia. Si esto no se resuelve –y fundamentalmente corresponderá al Estado y, creo también, que a la Iglesia, como una especie de Cáritas de los valores espirituales, con lo que hay que recordar el planteamiento de Galbraith sobre la importancia de los bienes y servicios indivisibles-, observaremos, como castigo, ese avance de la masificación que, además de a Keynes, asustaba a nuestro Ortega y Gasset.

Pero, existe la pobreza

La globalización está, pues, en marcha. No parece que vaya a existir, en mucho tiempo, causa ninguna que la detenga. Por otro lado, las cifras de la pobreza, como vamos a ver, angustian, y con toda razón, a cualquier persona con sensibilidad. Si observamos el cuadro 6 comprobamos que, desde la aceleración de la realidad globalizada, o sea, a partir de la caída del Muro de Berlín, existen dos realidades. Una es la de la Europa occidental, los cuatro países anglosajones de emigración europea, Iberoamérica y Asia; otra, la Europa del Este, así como el conjunto de naciones independientes procedentes de la extinguida Unión Soviética, y África. Incluso, al contemplar esto, desde los Himalayas de la opulencia creciente, estas realidades resultan más atroces aún. La pregunta inmediata es: ¿existe algún enlace entre el avance de la globalización y estas escandalosas cifras de la pobreza? Los cristianos tenemos que reaccionar ante esto, por elementales cuestiones de amor al prójimo que no es necesario documentar entre los discípulos de Jesús. Pero, de inmediato, surge la duda de si la coexistencia entre el avance de la opulencia y las situaciones agobiadoras de pobreza muestra la existencia de alguna relación causal, o bien quienes pretenden que existe, caen una y otra vez en el conocido sofisma de post hoc, ergo propter hoc.

Cuadro 6- Impacto de la globalización iniciada a partir de la caída del Muro de Berlín (1989)
Crecimiento sobre 1989 = 100

Índices Nivel del PIB p.c. en dólares en 1989 (dólares norteamericanos 1990)
Europa occidental 112’85 15.880
Países anglosajones de inmigración europea 117’49 22.258
Europa del Este 92’53 5.902
Rusia y miembros de la exURSS 55’00 7.078
Iberoamérica 113’05 5.126
Asia 132’73 2.686
África 97’50 1.403


Para comenzar a aclarar las cosas contemplemos el cuadro 7. En él se recogen los países con mala distribución de la renta, según los datos del coeficiente de Gini que ofrece el Banco Mundial en su publicación Lucha contra la pobreza (2001). Sabido es que este coeficiente oscila entre 0 –perfecta equidistribución de la renta- y 1, cuando toda la renta de un país está en manos de una sola persona. Como contraste tengamos en cuenta que el coeficiente de Gini español, cuya cifra es igual a la francesa o a la holandesa, es 0’325. El mencionado cuadro 7 ofrece exclusivamente los países con coeficientes de Gini superiores a 0’400. Observamos que todos son países en vías de desarrollo salvo dos: Estados Unidos y Nueva Zelanda.

Cuadro 7 - Países con coeficiente de Gini superior a 0’400

Bolivia 0’420 México 0’537
Brasil 0’600 Nicaragua 0’503
Burkina Faso 0’482 Níger 0’505
Camboya 0’404 Nigeria 0’506
Chile 0’585 Nueza Zelanda 0’439
China 0’403 Panamá 0’485
Colombia 0’571 Papua Nueva Guinea 0’509
Costa Rica 0’470 Paraguay 0’591
Ecuador 0’437 Perú 0’462
El Salvador 0’523 República Centroafricana 0’613
Estados Unidos 0’408 República Dominicana 0’487
Etiopía 0’400 República Kirguisa 0’405
Rusia 0’487 Senegal 0’413
Filipinas 0’462 Sierra Leona 0’629
Guatemala 0’592 Sudáfrica 0’593
Guinea 0’403 Tailandia 0’414
Honduras 0’537 Túnez 0’402
Kenya 0’445 Turkmenistán 0’408
Lesotho 0’562 Turquía 0’415
Madagascar 0’480 Uruguay 0’423
Malasia 0’485 Venezuela 0’488
Malawi 0’505 Zambia 0’498
Zimbabwe 0’568

(Según el Banco Mundial, Lucha contra la pobreza, 2001)

La redistribución de la renta se produce como consecuencia de un sistema fiscal progresivo, de un buen funcionamiento del Estado del Bienestar, y de la existencia de una sociedad abierta. El fallo de cualquiera de estos vértices del triángulo de la equidistribución provoca crecimientos en el índice. Y la actuación sobre cada uno de ellos nada tiene que ver con los fenómenos de globalización. Exclusivamente se debe a decisiones políticas propias. No hay que pedir permiso a nadie para construir un eficaz y progresivo sistema fiscal, para crear todos los mecanismos de un sistema de seguridad social y de servicios sociales, con adiciones relacionadas con la educación y la vivienda, así como con la existencia de una realidad sindical firme pero que no busca nada más que el bienestar obrero, y finalmente, con la existencia de un auténtico sistema liberaldemocrático que haga posible una sociedad que rompa cualquier lazo con la vieja sociedad estamental.

Se observa que multitud de países en vías de desarrollo –no por cierto todos, lo que llama la atención-, además de tener bajas rentas, las tienen mal, o incluso muy mal distribuidas, como es el caso de Brasil, Chile, Colombia, Guatemala, Lesotho, República Centroafricana, Sierra Leona, Sudáfrica y Zimbabwe. Esto es, que forzosamente en estos países los niveles de pobreza tienen que ser alarmantes. En el caso concreto de los sistemas fiscales se observa una absoluta ignorancia de la ley de Wagner como inspiradora de estos sistemas fiscales. Wagner señaló cómo, para progresar adecuadamente en lo económico, es preciso que crezca más deprisa el gasto público que el PIB, por supuesto hasta alcanzar un límite que puede situarse entre el 30 y el 35% del PIB, y por supuesto también, con equilibrio presupuestario, para evitar las perturbaciones derivadas de la carga de la deuda o de los progresos de la inflación, que aparecen siempre que el gasto supere a los ingresos públicos, fundamentalmente logrados por vía de impuestos.

A este respecto, hace pocos años, el guatemalteco Gert Rosenthal, un eminente economista, al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de San Carlos, la señera de Guatemala en muchos sentidos, manifestaba su desesperación ante el abismo que forzosamente se abría ante su pueblo porque el gasto público no lograba superar el 10% de un PIB que, por otro lado, era muy reducido. ¿Cómo puede ser posible, con tan parcos recursos, financiar sanidad, educación e infraestructuras de transportes y comunicaciones, sin las que es inimaginable el desarrollo económico? Hace muchos años, en conversación con el gran economista argentino Raúl Prebisch, muy influyente entonces en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas, (CEPAL), le pregunté por qué este organismo no propugnaba un aumento impositivo, además progresivo, que hiciese posible incrementar, de modo equilibrado, el gasto público. Me repuso: -«No tendría ningún apoyo político; nadie lo solicita además. Los que iban a ser favorecidos, no lo entienden y, por eso, no lo piden; los que iban a ser perjudicados, procuran que de eso no hable nadie». Efectivamente, muy poco se habla y menos se ejecuta en los gobiernos en vías de desarrollo en algo tan necesario.

Al rebuscar lo que origina esta situación y muchas otras adicionales, nos encontramos con lo que podríamos denominar sintéticamente con la denominación de un mal gobierno. Cuando éste existe, además de lo que se ha dicho, admite, a causa de su pésima formación técnica, creyendo además que sirven para algo, doctrinas económicas que, por el contrario, lo complican y perturban todo. El caso más claro es el de la expansión, a través precisamente de CEPAL, de la doctrina llamada del estructuralismo económico latinoamericano. Su influencia ha sido enorme. A partir de una investigación que publicaron, en 1949 y en 1950, Prebisch y Singer de modo independiente, de que en onda larga, los precios de los artículos industriales, en los mercados mundiales, crecían más que los de los alimentos, materias primas y energía, montaron, con enlaces keynesianos favorables al déficit público, todo un programa de política económica de industrialización hacia adentro. Uno de los economistas seguidores de esta doctrina, Aldo Ferrer, publicó un libro para orientar la política argentina, que significativamente se titulaba Vivir con lo nuestro. Se acompañaba de tolerancia de la inflación, de fuerte intervencionismo estatal, con empresas públicas sistemáticamente con déficit y en los sectores más variados –para explicar esta situación y el fracaso del estructuralismo latinoamericano en México, el alto político del PRI y excelente economista Jesús Silva Herzog, señaló en una reunión en la Escuela de La Granda que «en Ciudad de México teníamos incluso un cabaret cuyo propietario era el Estado; por supuesto, era el único cabaret que perdía en el país»-, con endeudamientos externos insensatos, y con medidas salariales y otras mejoras a favor de obreros o de grupos indígenas, que se financiaban con atroces subidas de precio. A partir de comienzos de los años ochenta del siglo XX, en eso radicó el inicio de una crisis profunda en la región iberoamericana, que aún persiste.

Desarraigar esta mala política es muy difícil. Parece, en principio, fácil y poco molesta: no hay problemas impositivos; el gasto aumenta; la mano de hierro del intervencionismo del Estado, sustituye a la mano invisible de Smith; en los primeros momentos, el populismo que, como señaló el profesor Bourricaud, atrae a las masas pobres por su simultáneo bajo nivel cultural, se siente feliz con este sistema y lo vota y lo aplaude. Desde la UNCTAD, por supuesto desde CEPAL, desde el proyecto de Bandung, desde algunos centros académicos como la Universidad de Sussex a través del economista Dudley Seers, desde núcleos muy relacionados con el marxismo que buscaban algún enlace con posturas económicas más modernas, como fue, por ejemplo, el caso de Samir Amin a partir de su tesis doctoral Accumulation on a World Scale y, es preciso señalarlo aquí, desde los grupos de Cristianos para el Socialismo y desde la Teología de la Liberación, ésta parecía ser la fórmula salvadora. De ahí que se implantase con muchísima fuerza por parte de numerosos políticos. Ni en un solo caso ese amasijo de disparates sirvió para nada. Al fracasar, como refugio, comenzaron sus seguidores a hablar de maquinaciones de las oligarquías financieras. La crisis de los ochenta se debió a esto y, curiosamente, las oligarquías financieras, que habían prestado a los Estados donde se llevaron a cabo estos experimentos a absurdas manos llenas, se cogieron los dedos. Basta estudiar las purgas de dirigentes del gran banco norteamericano Chase, para comprender que hubo estulticia en los políticos y, por supuesto, en multitud de grandes banqueros que ayudaron a esas estupideces, a costa de la estabilidad de sus establecimientos y, por supuesto, del dinero de sus accionistas.

Todo lo agrava, como es el caso muy general de África, la lamentable formación de sus cuadros burocráticos. Cuando éstos, dentro de seudoprogramas de ayuda, se prepararon en países comunistas, sus decisiones escalofrían. Recuerdo a un burócrata de Guinea Ecuatorial, formado en economía en Moscú, que me preguntó en un almuerzo en Malabo, qué opinaba sobre un proyecto suyo de estatificar la cerveza.

Es claro que en todo esto, nada tienen que ver ni la globalización, ni la riqueza de los favorecidos por ella. Sí es malo seguir doctrinas erróneas, eliminar la problemática fiscal o no saber nada de nada y, a pesar de ello, creer que es posible dirigir parcelas importantes de la política económica, aún peor es el otro gran causante de toda clase de rémoras al desarrollo y que, desde luego, quizá sea la mayor fuente de pobreza de las zonas poco desarrolladas: la corrupción. Desde un punto de vista moral, lisa y llanamente, se trata de un robo espeluznante, sobre las economías más pobres, que además engendra un afianzamiento de la pobreza. En prácticamente todos estos países pobres, esta alta corrupción ha arraigado porque ha surgido una auténtica situación cleptocrática. Afortunadamente tenemos posibilidad de medir esta lacra, gracias al Índice CPI o Corruption Perceptions Index, que se elabora, bajo la dirección de Peter Eigen, en la Universidad de Berlín. En el cuadro 8 se contempla el panorama de estos índices para el año 2002. Se registran datos de 102 países, escalonados desde un posible 10 –el índice que muestra carencia de corrupción-, y un posible 0, o corrupción absoluta. 5 y más de cinco tienen 31 países. Los 71 restantes, escalonados desde Hungría, Malasia y Trinidad y Tobago –4’9- a Bangladesh –1’2-, son, absolutamente todos, países en vías de desarrollo. No ser corrompido un dirigente, nada en principio tiene que ver con la pobreza o la riqueza. Es una prueba que sí existe espíritu cívico y una alta moral. Nada tiene que ver, de modo apodíctico, con la pobreza. Concretamente, tienen más de 5 puntos países como Botswana, quien, con 6’4 puntos en su CPI, tiene un PIB por habitante que es sólo el 42’6% del de Argentina, que sin embargo ocupa en el cuadro 8 el puesto 70 del Índice CPI, con sólo 2’8 puntos. Dígase lo mismo de Namibia. Tiene un Índice CPI de 5’7. Pues bien, su PIB por habitante es sólo el 48’8% del de Venezuela. Sin embargo Venezuela tiene un índice CPI de 2’5. Lo contrario, en cambio, es cierto; esto es, que la presencia de corrupción impide el desarrollo económico, o si se prefiere «es claro que, tanto desde un punto de vista teórico como empírico, la corrupción tiene un efecto netamente negativo sobre la eficiencia y el crecimiento económicos» (Fernández Díaz y Fernández Cornejo).

(cuadro 8)

La eliminación de la corrupción es una cuestión de voluntad política ajena a la pobreza o a la riqueza. Es más; tiene una causa ética evidente. Toda situación corrupta procede, como si fuese una raíz venenosa, de un desorden moral básico que aparece «cuando el dinero ocupa una encumbrada posición en la tabla de valores de una comunidad [...] Lo habitual (en esos casos) es que un funcionario viole sus deberes de lealtad al pueblo, no porque le prometan un puesto más alto, o por alguna otra condición ajena a lo económico, sino porque hay dinero de por medio. Decía Aristóteles que el amor desordenado del dinero hace a veces, por ejemplo, que el médico no atienda a los enfermos para curarlos, sino para cobrar. Nuevamente advertimos que el concepto de corrupción equivale al de desnaturalización: el médico del ejemplo se desvía de la función natural que le es propia, curar. El dinero aparece como objetivo final, y actividades cuyo fin es el servicio a otros, aparecen vaciados de sentido, a menos que se les recompense económicamente. Así es como Max Weber distinguió entre los políticos que viven para la política y los que viven de la política. En este último caso, la ambición política deja de valer por sí misma y se rebaja al nivel de un valor instrumental al servicio del enriquecimiento» (Grondona).

Naturalmente, al adentrarnos en un estudio riguroso del enlace entre corrupción y nivel de desarrollo, conviene tener en cuenta que «la evidencia empírica sugiere que la corrupción disminuya con el crecimiento económico. En este proceso no es raro encontrarse, sin embargo, con un empeoramiento inicial del fenómeno antes de comenzar el proceso de mejora. Se ha constatado asimismo que, cuando se inicia un proceso de transición desde un tipo de economía cerrada a otra más abierta se generan muchas posibilidades para el aumento de la corrupción. Lo cual suele suceder cuando se intenta modificar el modelo político de sociedad para pasar de un sistema dictatorial a otro democrático. No obstante, la competencia política y económica operan al cabo de un cierto tiempo en contra de la corrupción» (Arnedo), con lo que se rompe lo que, de otro modo, sería un peligroso círculo vicioso.

Corrupción y pobreza están, pues, enlazadas de modo clarísimo, pero la corrupción no procede de la pobreza, sino que la engendra; es uno de los factores más poderosos entre los que la pobreza nace debido a un desorden moral que nada tiene que ver con el nivel de renta.

Por supuesto que los que causan la corrupción no sólo son las sociedades subdesarrolladas, sino ciertos países bribones, a los que les viene bien, para sus negocios, tentar y corromper a aquellas sociedades más débiles, residentes en otros países, con el fin de hacer suculentos negocios. Se trata, simplemente del traslado al mundo de la corrupción de la célebre redondilla de Sor Juana Inés de la Cruz que comienza con la estrofa de «Hombres necios que acusáis» y donde aparecen las que plantean la cuestión central: «¿quién tiene la culpa, la que peca por la paga, o el que paga por pecar?» (Octavio Paz). ¿Y quiénes son estas naciones que pagan por pecar? El cuadro 9 nos muestra a los principales financiadores de la corrupción en el año 2002 según también Transparencia Internacional, al construir el Índice IFS o de fuentes de soborno.

Cuadro 9 - Índice IFS de fuentes de soborno

1 Australia 8’5
2/3 Suecia 8’4
2/3 Suiza 8’4
4 Austria 8’2
5 Canadá 8’1
6 Holanda 7’8
7 Bélgica 7’8
8 Reino Unido 6’9
9/10 Singapur 6’3
9/10 Alemania 6’3
11 España 5’8
12 Francia 5’5
13/14 Estados Unidos 5’3
13/14 Japón 5’3
15/16 Malasia 4’3
15/16 Hong Kong 4’3
17 Italia 4’1
18 Corea del Sur 3’9
19 Taiwán 3’8
20 China 3’5
21 Rusia 3’2


El presidente del Consejo Consultivo de Transparencia Internacional, Kamal Hossain, señala, en el Informe Anual de Transparencia Internacional de 2002, que «el índice IFS muestra que la corrupción más flagrante se

 
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