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Altar Mayor - Nº 90 (08)
Sábado, 20 diciembre a las 18:04:33

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

LA CULTURA Y «LAS EDADES DEL HOMBRE»
Por José Delicado - Arzobispo emérito de Valladolid

La misión evangelizadora en el presente y para el futuro se hace desde la identidad del propio patrimonio espiritual que viene del pasado. Sin embargo, hay que reconocer la ruptura que se ha producido entre la evangelización y la cultura o las culturas y, por eso, también la necesidad de un diálogo multiforme. Este diálogo con la cultura forma parte esencial de la misión de la Iglesia. Así nació este proyecto religioso-cultural ambicioso, Las Edades del Hombre, que se inició en estas diócesis de Castilla y León, indicando en su enunciado quién es el protagonista: el hombre en su verdadero origen y en la plenitud de su destino según su vocación en Cristo.

En su proceso evolutivo cultural este sujeto de la historia humana ha pasado por diversas etapas. El «hombre religioso» de tiempos pasados ha querido emanciparse de Dios para llegar a la «edad adulta». El ambicionar el fuego de las ciencias, de la técnica y de las artes, lejos de ser un robo contra Dios, es, según el Génesis, un mandato suyo en la misión de dominar la tierra. El verdadero pecado es romper con Dios como Adán. A pesar de todo, Prometeo se muestra como el símbolo de la rebeldía antirreligiosa.

El Prometeo occidental, en su ambición de un progreso sin un para qué, lo vacía de sentido y de esperanza, llevando por ese camino a lo que algunos pensadores actuales llaman «homo frivolus», por su mentalidad de consumo, las libertades individualistas, la avidez de satisfacciones inmediatas, la vida como espectáculo y diversión, el olvido de un pasado cuando resulta molesto, la indiferencia ante la suerte de los menos favorecidos, la pobreza de valores morales y la carencia de esperanza que garantice el futuro. El Prometeo de los países comunistas, rotas sus cadenas burocráticas y colectivistas, tampoco se siente liberado humanamente: también le puede devorar el hígado, en su insatisfacción, el alcohol, la droga, la violencia, el ansia de consumo, una existencia tan vacía e impotente que le convierta en Sísifo.

Es menester buscar juntos la nueva tierra de la libertad desde la propia y común dignidad humana, como personas y como pueblos. No son el individualismo, o su opuesto, el colectivismo enfermizos, sino la persona y la comunidad las señales de la propia identidad y del destino común. Y en esto tiene que aportar mucho el evangelio; de ahí la necesidad de la «nueva evangelización» en nuestro tiempo. Según las exigencias de la justicia y de la solidaridad, el acercamiento entre el Este y el Oeste debe hacerse en forma de cruz: aproximando también el Norte al Sur en estos valores de la solidaridad, dada la aceleración histórica del proceso de la globalización.
 

Presupuestos para el diálogo cultural

Pero el diálogo que encauza las relaciones interhumanas no se realiza entre «universos», que se pueden presentar como abstractos -evangelio y cultura-, sino que está reclamando la actividad de las personas en cuyas mentes se encuentra ese conjunto de verdades y convicciones, valores y actitudes, esperanzas y creencias, condicionadas por la cultura histórica en que se encuentran. Por eso el Concilio Vaticano II dirigió sus mensajes conclusivos a los gobernantes, a los hombres del pensamiento y de la ciencia, a los artistas, a las mujeres, a los pobres, enfermos y a todos los que sufren, a los jóvenes. Atendiendo en esta exposición cultural a los artistas según el lenguaje estético, como buscadores de la belleza que a todos seduce, se encuentran los literatos y poetas, pintores, escultores y arquitectos, músicos, protagonistas del teatro y cineastas, es decir, los cultivadores de todas estas disciplinas o manifestaciones culturales, creyentes o no, como principales agentes de este diálogo, tarea en la que el testimonio explícito de los intelectuales católicos es imprescindible. Para ello se siente la necesidad de provocar diversas formas de encuentro.

Todavía más, en una sociedad pluralista, no hay una convivencia en colaboración progresiva sin un planteamiento cultural que implica un debate ético, el cual depende del concepto que se tenga del hombre, de la visión del mundo, de la estimación de los valores humanos y de los proyectos de vida. Por eso, el compromiso socio-político, como servicio al hombre, exige el empeño por una cultura que corresponda, en sus diversas formas de expresión, a la dignidad de la persona humana que pueda estar siempre abierta a la solidaridad y a la trascendencia.

Con estos presupuestos se concibió este proyecto, como una aventura cultural para el diálogo con la fe, más que una exposición iconográfica como acontecimiento puntual. Así se dijo ya en 1987 en la firma del convenio de colaboración de las diócesis castellano-leonesas y la Caja de Ahorros de Salamanca para la primera exposición en Valladolid del arte eclesial. Pero todos éramos conscientes de lo que indicó la UNESCO en la Conferencia Internacional de México de 1982, al declarar que la cultura no se reducía a las puras manifestaciones artísticas: «La cultura, en sentido más amplio, puede considerarse hoy como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o a un grupo social. Engloba, no sólo las artes y las letras, sino también los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias. La cultura da al hombre la capacidad de reflexión sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. Por ella es como discernimos los valores y realizamos nuestras opciones. Por ella es como el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevos significados y crea obras que lo trascienden».

Esta fue la finalidad que nos propusimos desde el principio para ir desplegando en distintos objetivos o actividades concretas que se fueron ramificando en la medida en que avanzaban las experiencias y los argumentos de las exposiciones sucesivas: la evangelización mediante el diálogo entre la fe y la cultura, apoyada en el arte pero entendida la cultura en sentido amplio.

Así lo volvimos a expresar en la clausura del ciclo de las cuatro primeras exposiciones en 1994 ante el inicio de una nueva etapa. Esto es lo que indicábamos los obispos en el prólogo a cada uno de los catálogos: «El arte en la Iglesia de Castilla y León», en la exposición de Valladolid (1988); «Libros y documentos de la Iglesia en Castilla y León», en la exposición de Burgos (1990); «La música en la Iglesia de Castilla y León» (1991); «El contrapunto y su morada», en la exposición de Salamanca (1993).

El prólogo de este último catálogo aclara que las actividades que se proyectan en esta fase tiene «como objetivo mostrar la historia del hombre a través del arte en sus expresiones antiguas y contemporáneas; un congreso internacional sobre el arte, la fe y la cultura; diversos seminarios para establecer el diálogo interdisciplinar sobre estas materias y el estreno de varias composiciones musicales». Pero conscientes de que esperaba una nueva etapa, los obispos manifestaban el deseo de abrir una ventana al porvenir con diversas actividades que se han ido realizando complementaria e incesantemente desde ese principio que parecía más bien evocativo y conmemorativo. La verdad es que la acogida de los interlocutores de ese diálogo, agentes más específicos de la cultura en sentido estricto, y el mismo pueblo de toda clase de condiciones y edades, ha sido muy positiva en todos estos años y por eso sigue siendo un reto para la responsabilidad de las distintas iglesias particulares, que están participando de una manera consciente y responsable.

La luz de la fe no es sólo una gracia para la intimidad y la vida privada del creyente, sino también una energía que le urge a proyectar esa luz en la vida pública para que el evangelio pueda «inculturarse» en todas las manifestaciones de la vida humana sin violentar la autonomía de las realidades temporales. Así los creyentes hacen la síntesis entre fe, cultura, vida individual y social, y también se capacitan para dialogar con los que no lo son, libre y respetuosamente con las diversas creencias, en actitud de sincera y permanente búsqueda de la verdad, de discernimiento equilibrado y sereno, de solidaridad y servicio a todos los hombres; de sensibilidad por el progreso humano en todas sus dimensiones, que requiere la formación de una conciencia responsable y comprometida al servicio de la sociedad, ahora en continua transformación.

Por eso, en una instrucción pastoral de 1991, «La Iglesia en Castilla, samaritana y solidaria con los pobres», escribimos los obispos: «Tras el proyecto Las Edades del Hombre, una actividad todavía en curso para fomentar el diálogo fe-cultura, hemos iniciado la reflexión, la revisión y la convocatoria de personas e instituciones de nuestras diócesis para promover también conjuntamente el sentido samaritano y solidario de nuestras iglesias al servicio de todos los hombres, especialmente de los más necesitados». Así concebimos la evangelización conjunta, como una corriente discurriendo por un cauce entre dos orillas que nos señalan su sentido más relevante en nuestro tiempo: el diálogo entre la fe y la cultura y el servicio a los pobres, valores legados por nuestra historia, pero que hemos de actualizar con lo que acaba de decirnos el Papa al comienzo del nuevo milenio: una nueva imaginación creativa, sobre todo referida a la caridad.

Pero ya en 1990, en un discurso dirigido a la Comisión de la Junta de Castilla y León, al congratularse con la próxima celebración en 1991 del IV Centenario de la muerte de San Juan de la Cruz, afirma que es «modelo de cristiano dialogante, un hombre de amplitud cultural que expresa bien aquella apertura propia de los hombres y mujeres de su tierra castellana [...] Y es precisamente el mundo de la cultura el destinatario de uno de los mensajes de San Juan de la Cruz, especialmente para su patria. En nuestros días existe el riesgo de disociar la fe de la cultura, haciendo como impenetrable a los valores y el lenguaje de la fe al campo de la cultura moderna, como si existiese una laguna "incolmable" entre ambas». Por eso, aludiendo también a comportamientos desviados de la concepción cristiana de la vida, añade: «Tales actitudes no responden a vuestra tradición cultural más genuina, que tiene otros valores imperecederos y otras riquezas humanas. Así lo muestra el programa cultural que en Castilla y León ha encontrado expresión encomiable en la exposición Las Edades del Hombre, que tanta resonancia está teniendo. Edades del hombre que llevan marcas de Dios y han dejado una huella imborrable en la cultura de vuestra tierra y de vuestras gentes».

Impelidos por esta responsabilidad, los obispos decidimos crear una Fundación así titulada, Las Edades del Hombre, en 1994, cuyos estatutos fueron levemente reformados en 1995. En el prólogo, además de manifestar el agradecimiento de colaboraciones de diversa índole, decíamos que la realización del «proyecto» nos está ayudando a descubrir un tesoro escondido -el de nuestro patrimonio cristiano histórico-artístico-, a la vez que nos recuerda la parábola de los talentos, que hemos de seguir poniendo al servicio de la cultura y de la evangelización. Por eso se dice en el artículo quinto de los Estatutos: «El fin esencial de la Fundación es la promoción de la evangelización en el campo de la cultura. Los instrumentos a utilizar son la conservación, promoción, desarrollo, protección y fomento del patrimonio histórico-artístico y cultural, propiedad de las Diócesis Católicas radicadas en el territorio de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, así como toda clase de, estudios, investigaciones y actividades sociales, económicas, culturales y artísticas en el ámbito de la Comunidad de Castilla y que contribuyan a su conocimiento y finalidades para el que fue creado».
 

El centro del diálogo: el hombre, su destino y el sentido de la vida humana

Las excavaciones de Atapuerca en nuestra región están descubriendo datos interesantes acerca de los primeros pobladores europeos hace centenares de miles de años, procedentes quizá de África con otros tantos años hacia atrás. Son hipótesis de edades hasta llegar al «Homo sapiens».

El cómputo de las edades del hombre se refiere preferentemente a la era cristiana, de la que acabamos de estrenar escasamente el tercer milenio, aunque no olvidamos orígenes más remotos desde la creación. Pero la luz y el horizonte que guía las convicciones es Cristo, el hombre por excelencia, paradigma de nuestra vocación y destino y aun del sentido de la vida humana.

Kazantzakis expresa gráficamente el proceso que ponen al descubierto las excavaciones arqueológicas, cualesquiera que sean las hipótesis cronológicas y de identificación personal, viviéndolo él mismo en las vísperas de su muerte: «Recojo mis herramientas: la vista, el oído, el gusto, el olfato, el tacto, el entendimiento. Ha caído la tarde, la jornada de trabajo concluye, vuelvo como el topo a mi casa, la tierra. No es que esté cansado de trabajar, pero ya se pone el sol».

Es bella y estremecedora la descripción, pero desoladora la interpretación que da a la vida humana B. Brecht: «Morís como todos los animales y después no hay nada más».

Los que «creen» en este final de la vida humana le substraen al hombre su dimensión profunda y su sentido último, sirviéndose incluso de experimentos de laboratorio y otras hipótesis: la vida del hombre, según dicen, tiene una base puramente química y física que se reduce en su significado último a su cerebro, central procesadora de información, como las máquinas actuales en progresivo perfeccionamiento, hasta llegar a sustituir las operaciones que parecen definir al hombre: la inteligencia y las respuestas operativas ante las diversas situaciones. La reducción antropológica es evidente en esta simplificación materialista. Ante la pregunta de un periodista, Severo Ochoa, el premio Nobel español, responde: «Sí, sigo siendo no creyente. No es fácil cambiar. ¿Explicación? ¿Cómo puede usted explicar por qué se tiene fe o no se tiene? El universo se reduce a física y química, es materia y energía. Así lo veo yo y muchos otros... La energía se trasforma, pero, por lo que respecta al individuo, cuando se acaba, se acabó. Eso me parece a mí». Es un parecer, una manera de «creer». En cambio, cuando le preguntaron a Albert Einstein si creía en la posibilidad de representar todo de una manera científico-natural, respondió: «Sí, cabe pensarlo, pero entonces no tendría sentido alguno. Sería una representación con medios inadecuados, como si alguien presentara una sinfonía de Beethoven con una curva barométrica».

Esta cultura materialista, difundida ahora ampliamente en la opinión pública en forma de agnosticismo o indiferencia religiosa por tantos cauces mediáticos, nos recuerda la irrecusable observación de Heidegger: «Ninguna época ha sabido conquistar tantos y tan variados conocimientos sobre el hombre como la nuestra [...] Sin embargo, ninguna época ha conocido tan poco al hombre como la nuestra. En ninguna época ha resultado el hombre tan problemático como en ésta».

G. Steiner alude al dolor, al fracaso del amor, de la soledad, de la muerte, pero también al domingo: «Para el cristiano -escribe-, ese día significa una insinuación asegurada y precaria, evidente y más allá de la comprensión, de la resurrección, de una justicia y de un amor que ha conquistado la muerte. Si no somos cristianos o creyentes, sabemos de ese domingo en términos análogos. Lo concebimos como el día de la liberación de la inhumanidad y la servidumbre». Y propone el cultivo de las artes y del espíritu en la imaginación metafisica que «han surgido de una espera inmensa que es la espera del hombre. Sin ellas, ¿cómo podríamos tener paciencia?».

Pero el hombre protagonista y referente vivo de la Humanidad entera, cuya historia en Él se convierte en historia de salvación, es Cristo. El hombre nuevo con capacidad de sentido y de esperanza es un peregrino en el tiempo en seguimiento de Cristo, que le sale al encuentro para convertirse en compañero inseparable en su camino, con frecuencia erizado de dificultades al parecer insuperables. ¡Es el Salvador por excelencia! El encuentro ecuménico de Upsala sintetizó los títulos que le atribuye el Nuevo Testamento en el de «Christus anticipator», profecía segura de todas las esperanzas y anhelos humanos. Cristo es no sólo el que esperábamos, sino también el que ha llegado y el que viene: el Salvador del mundo «ayer, hoy y siempre». Cristo es lo que Dios ha «hecho» -«poiesis»- por nosotros para que seamos hombres nuevos. Es la «poesía» del Padre a favor de la creación entera. Ante la imagen de Cristo, «poema» del Padre, figura y esplendor de su substancia pero verdadero hermano nuestro, el hombre descubre su propia identidad como en un espejo que tenía olvidado, su verdad profunda y su destino de gloria más allá de todas las frustraciones humanas.

Por eso esta aventura para el diálogo entre la fe y la cultura que es la que se desarrolla en Las Edades del Hombre, mostrando en iconos, documentos y obras de arte con otras actividades colaterales y complementarias los espléndidos tesoros del patrimonio cultural y religioso, a la vez que hace un gran servicio al hombre en cuanto tal para «recordarle» su dignidad, si él da vueltas al corazón al sentido profundo de sus anhelos de felicidad y de esperanza, está teniendo esta gran acogida en sus diversas exposiciones hasta el presente.
 

La esperanza, punto de apoyo de todo diálogo

Las afirmaciones de algunos pensadores recientes no son muy alentadoras: «Existir significa estar sosteniéndose dentro de la nada»; la esperanza es una ilusión peligrosa y por eso hay que «vivir a la altura de la desesperación», y otras parecidas, extraídas quizá de las propias experiencias personales, por lo cual otro expresó ese desaliento antropológico diciendo: «El hombre contemporáneo anda en busca de su propia identidad y se esfuerza inútilmente por encontrar el espejo que pueda devolverle su imagen: el espejo se ha roto». A esto se resiste confiadamente el cristiano sincero, porque su fe ilumina el sentido de esta esperanza ofreciéndole al hombre el espejo en el que se refleja su propia imagen: «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado», dice el Vaticano II.

Los biólogos se preguntan si el hombre es un ser acabado o todavía se encuentra en un proceso evolutivo hacia nuevas transformaciones. Cualquiera que sea la respuesta que den a la antropogénesis los científicos desde su ciencia positiva, los creyentes sabemos que el hombre es un ser abierto hacia una plenitud inconmensurable. Si es una imagen de Dios, todavía no ha alcanzado lo que está destinado a ser en Cristo. Podríamos decir que, en este sentido, su «edad» no ha llegado aún a la plenitud de su destino. Y lo mismo se ha de decir de la historia humana, que en su conjunto sigue evolucionando en afán de progreso indeficiente, al cual tiende la esperanza cristiana, apoyada en la palabra de Dios y generadora de una cultura en la misma historia, que a veces puede entrar en contradicción con la cultura emergente en un momento dado, sobre todo si ésta margina a Dios, a quien se acusa de guardar un silencio obstinado. «Si existe, que me pase su tarjeta de visita», escribió un columnista de prensa de cierta notoriedad. Pero Dios, que es amor, ha hecho más que presentar una tarjeta de visita efímera o convencional.

La Carta a los Hebreos resume la fe cristiana diciendo que antiguamente habló a nuestros padres en muchas ocasiones y de muchas maneras por medio de los profetas, mas ahora, en esta etapa final, por medio de su Hijo. A Dios nadie le ha visto nunca, nos dice San Juan en su Evangelio, pero el Hijo único, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer. ¿Quién podría imaginar que el lenguaje utilizado por Dios para manifestar al hombre su plan de salvación lo iba a ejercer haciéndose hombre sin dejar de ser el Hijo de Dios? Como esta Palabra es verdad y vida a la vez; para el que no la escucha porque no desea orientar su vida en ese sentido salvador en que se manifiesta, Dios guarda silencio, y el que se cierra a su luz, sigue caminando en tinieblas. Pero Dios sigue hablando de muchas maneras y en el fondo del corazón de todo buscador sincero. En esa oscura nostalgia de todo corazón humano se aloja la esperanza, aunque parezca que sólo adquiere la forma de un permanente e incoercible deseo de felicidad.

Esto significaría dirigirse por primera vez, o volver a la casa del Padre. Sin embargo, Freud dice que «los hombres siempre han sabido que tuvieron alguna vez un padre primitivo y que le dieron muerte», y Nietzsche lo justifica al insistir en que la cultura está íntimamente unida a un sentimiento de culpabilidad del que es preciso liberarla de una vez para siempre; hay que infundir otro aire más liberador a la cultura, porque a la imagen adusta del padre se ha pegado el sentimiento depresivo de culpa.

En esta orfandad, el hombre contemporáneo está perdiendo la conciencia de su propio valer y de su destino, y, en la medida en que se hace autosuficiente y presuntuoso en el plano de la salvación por alejarse de Dios, corre el riesgo de despojarse de su responsabilidad más profunda y de su esperanza de sentido perdurable, quedándose en el vacío. Por eso se habla tanto de «la nada» cuando se piensa un poco seriamente.

Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo revela. Pero Jesucristo nos lo ha revelado de muchas maneras, orando Él mismo al Padre y enseñándonos a orar: la oración del «Padre nuestro» es «un resumen de todo el evangelio», escribió Tertuliano. Una de esas manifestaciones es también la parábola del hijo pródigo. No se trata de un padre que exija sus derechos, que se imponga amenazando. El Padre de la parábola y del trasfondo de todo el Evangelio es un padre ansioso cuando el hijo está ausente y en peligro, un padre vulnerable que corre a su encuentro para abrazarle y darle la bienvenida; un padre «exagerado» en las manifestaciones de su amor liberador y de su perdón. Como si nada hubiera ocurrido; todavía más, como si el hijo le hiciese el gran favor de sus días al venir a casa. Eso sí, advirtiéndole al otro hijo que ha estado siempre en casa que también él tiene que hacer fiesta y alegrarse por este gran acontecimiento familiar. Aquí nadie puede ser arrogante, porque todo es gracia.
 

El Apocalipsis, icono para Europa

En la reciente exhortación apostólica postsinodal, Ecclesia in Europa, el Papa Juan Pablo II nos recuerda el último libro de la Sagrada Escritura como una imagen siempre actual y estimulante de esperanza para las comunidades cristianas de todos los tiempos, «para que sepan interpretar y vivir su inserción en la historia, con sus interrogantes y sus penas, a la luz de la victoria definitiva del Cordero inmolado y resucitado». Es una Palabra hecha «icono», que nos compromete a vivir con gozosa confianza en nuestro Salvador, superando la tentación de construir la ciudad de los hombres prescindiendo de Dios o contra Él, situación a la que parece conducirnos la cultura europea que un libro reciente, La tercera muerte de Dios (de A. Glucksmann), interpreta según sugiere este título, porque está prosperando una forma de ateísmo que, sin ser agresivamente atea, es la indiferencia religiosa de posición dominante.

El Papa nos advierte de este reto a la esperanza en Europa, especialmente respecto a las iglesias de los diversos países, que están «afectadas a menudo por un oscurecimiento en la esperanza», ocasionado por esta cultura en expansión que comporta «la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia».

A esta pérdida de la memoria cristiana va unido un cierto temor para afrontar el futuro y una gran variedad de secuelas, como la fragmentación de la existencia, el decaimiento creciente de la solidaridad, el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo, que corre el riesgo de volverse contra el mismo hombre. «La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera». «Asistimos al nacimiento -sigue escribiendo el Papa, al recoger las propuestas de los obispos europeos- de una "nueva cultura", influenciada en gran parte por los medios de comunicación social, con características y contenidos que a menudo contrastan con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos humanos inalienables de cada uno».

Pero, a pesar de todo, hay signos de esperanza, como la nostalgia del sentido religioso de la trascendencia, la influencia positiva del Evangelio y de las comunidades cristianas en diversos lugares, la comunidad de pueblos: «Comprobamos con alegría la creciente apertura recíproca de los pueblos, la reconciliación entre las naciones durante largo tiempo hostiles y enemigas, la ampliación progresiva del proceso unitario a los países del Este». Colaboraciones e intercambios de todo tipo; la creación de una cultura o, más aún, de una conciencia europea, la esperanza que esto ofrece a las nuevas generaciones de un sentimiento de fraternidad y voluntad de participación; los métodos democráticos, el espíritu de libertad, el reconocimiento formal de los derechos humanos, el derecho a la vida y a la calidad de la misma, la dignidad y promoción de la mujer. Y por parte de la Iglesia, la herencia cristiana, las comunidades, la educación de las generaciones, los testimonios de santidad y martirio, de renovación personal e institucional, del camino del ecumenismo y diálogo interreligioso; todo ello como referentes esperanzadores para responder a la vocación y misión cristianas, individual, comunitaria e institucional, según el Evangelio de la esperanza. Porque Jesucristo es nuestra esperanza y el Evangelio de la esperanza está confiado a la Iglesia del nuevo milenio; Evangelio que hay que anunciar y celebrar, especialmente en el servicio de la caridad al hombre y a la sociedad; Evangelio de la esperanza para una nueva Europa.

Estas necesidades y anhelos han guiado modestamente el proyecto del diálogo entre la cultura y la fe, actualmente vivo después de veinte años, en exposiciones solicitadas por el interés que suscitan en diversas iglesias, y no sólo de nuestra región, y diversas actividades culturales que tienen lugar en la sede central de la Fundación, en el monasterio de Santa María de Valbuena (Valladolid), como centro de difusión de publicaciones, de restauración y creación artística, observatorio del patrimonio; centro de documentación e investigación, de información, reflexión y formación.

La exposición de Las Edades del Hombre, realizada en Amberes en 1995, manifestó esas dos culturas europeas convergentes, la de Flandes y la de Castilla y León, en las mismas raíces cristianas y en la memoria que se remonta a los tiempos de Carlos de Gante, rey de España, que heredaba una inigualable riqueza territorial de sus cuatro abuelos: el emperador Maximiliano, María de Borgoña y los españoles Fernando e Isabel la Católica, quien, impulsando el descubrimiento del Nuevo Mundo, considera que los hombres no pueden ser esclavos los unos de los otros, sino que todos sus habitantes han de ser tratados con dignidad y justicia, según el deseo que tenía la Reina de enriquecerlos a todos también con la fe católica.

La exposición interpela con sus estilos artísticos y el pensamiento reflejo de las costumbres y las relaciones comerciales, sus crisis y los esfuerzos por superarlas, la influencia de Erasmo y sobre todo, de la Corte borgoñona de Carlos V en Castilla en los diversos campos de la cultura. Todo ello, a la luz de la Palabra contenida en la Biblia, que mereció esa espléndida edición políglota de Arias Montano, realizada no sin dificultades. Pero «Arias Montano estaba dotado de una rara seducción, que consistía principalmente en una grandísima ciencia sumada a una extraordinaria modestia y a un desinterés de asceta», según escribió M. Bataillon. La Políglota Regia, de Arias Montano, de Plantino y de Amberes, ya que se la conoce por estos cuatro nombres, fue la gran luz encendida para orientar el sentido del hombre y sus relaciones en aquella sociedad conflictiva y abierta a cambios importantes.

Desde estos puntos de referencia llenos de profunda significación se recorren las distintas salas de esta grandiosa catedral de Amberes en las que hablan las pinturas y los retablos, las imágenes, los instrumentos musicales y los objetos de uso doméstico, con las sugerentes insinuaciones de que todo está al servicio del hombre creado a imagen de Cristo. Y esto en el umbral de Europa y del tercer milenio, como relámpago de belleza para alumbrar la esperanza del «hombre nuevo», según el icono del Apocalipsis.

Precisamente, este tema ha sido tratado en diversas exposiciones desde la primera de Valladolid, y no en vano, por las miniaturas de los Comentarios al Apocalipsis de San Juan, obra escrita por el monje Beato de Liébana y difundida en el siglo X por medio de un conjunto de códices miniados. Esta obra de arte es gloria de Castilla y León en donde se realizaron los principales ejemplares, uno de los cuales es el «Beato de Valcabado», que se conserva en la Biblioteca del Palacio de Santa Cruz de Valladolid, y que irradió con su belleza la esperanza del Apocalipsis en esta exposición de la catedral de Valladolid.
 

Diez «palabras-guía» para el diálogo

Son unas breves sugerencias que ofrecí para la reflexión en el acto inaugural de la exposición iconográfica de la catedral herreriana de Valladolid, en octubre de 1988, que de algún modo orientan el sentido de estas relaciones en el diálogo entre la fe y la cultura:

1. El arte: Cuando los pensadores de la «postmodernidad» confiesan «la muerte o el crepúsculo del arte», porque la estética se aplica a un proceso efímero y ya no se apoya en el ser sino en los cambios acelerados y en el vacío, la Iglesia en Castilla y León tiene que «levantar algo para mostrarlo», y en esta mostración artística hay todo un mundo de creencias, de arte y de sentido.

2. La cultura: En el momento histórico en que se extiende por Occidente la cultura del «bienestar», confundida con el goce inmediato del consumo y la sucesiva y seductora constelación de elementos frívolos, la exposición es un signo claro de que la Iglesia quiere restablecer o, en su caso, intensificar el diálogo fe-cultura, porque el Evangelio tiene mucho que aportar a todas las culturas.

3. El hombre: En el tiempo en que la conciencia de la dignidad personal va perdiendo claridad en el hombre moderno, porque se pasa progresivamente, en un reduccionismo antropológico, a considerar al hombre como una cosa más que termina en un complejo robot, Las Edades del Hombre, recordando el origen de la persona humana y mirando a Cristo resucitado, le devuelven al hombre su propia estima y una firme esperanza.

4. La sociedad: Consecuentemente, cuando la sociedad pierde ideales para vivir y superarse, porque está continuamente asediada por el reclamo del consumo y de una vida materialista, la exposición nos recuerda el perfil del pueblo castellano-leonés en el pasado, de tan hondas raíces cristianas, porque el arte no es un monólogo que mantiene el artista en su aislamiento, sino el cauce interpretativo de los valores y de las creencias colectivas, el núcleo simbólico del alma de un pueblo.

5. La historia: Dicen los pensadores actuales que se está perdiendo la memoria del pasado y por eso llega la crisis. Se habla de la experiencia de «fin de la historia» o de «posthistoricidad». La exposición nos trae, no sólo la memoria de nuestra identidad colectiva, sino también de la Historia como historia de salvación, como realidad presente y esperanza de un futuro asegurado en la promesa.

6. Las imágenes: Imagen es comunicación. Ante el consumo de veloces imágenes que el hombre ingiere con lo que ahora se llama una «percepción distraída», que debilita por sobredosis su capacidad reflexiva, el «icono» es una imagen estable que invita a la contemplación serena y a asomarse al interior de uno mismo, al fondo de la propia conciencia; constituye, en expresión de San Gregorio Magno, «la Biblia de los pobres», el medio de comunicación en la fe con el mundo de la trascendencia.

7. Lo minúsculo: Ante la fiebre del «tener» en una sociedad montada en cadena cerrada (producir para consumir y consumir para producir), para un progreso sinsentido, recordar, en una sala pequeña y sencilla de la exposición con Santa Teresa de Jesús: «Quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta», mostrándole la sobriedad de lo imprescindible, es ayudar al hombre a curarse de esa fiebre sin que deponga su ambición de Infinito.

8. La verdad: La verdad parece haberse roto como un jarrón. Está en todas partes y en ninguna. Su fragmentación aparente contagia escepticismo y decepción por doquier. El hombre, además, miente. ¿Quién recompondrá el jarrón? ¿Quién encontrará la verdad completa? ¿Quién se atreverá a decirla con todas sus consecuencias? La exposición nos habla de Cristo, que es la Verdad, en todas las salas. Ya no estamos en la noche, porque ha venido la luz a este mundo. En el Juicio final llega la apoteosis definitiva de esa Verdad que permanecerá eternamente.

9. María y la mujer: «¡Mujer!», la llamó Jesús en dos momentos de su vida: antes de llegar su «hora», en Caná de Galilea, y en el preciso momento en que esa hora estaba llegando, en el Calvario. María recorre toda la exposición, pero se encuentra especialmente en el capítulo «del dolor y la sonrisa». Cristo es el varón de dolores y ella, la Madre que sonríe garantizando la misericordia y la salvación. A la mujer se le confía especialmente al hombre, la vida y la paz del mundo, escribe, con el Vaticano II, el Papa en su carta apostólica Mulieris dignitatem.

10. Cristo: En Las Edades del Hombre, Cristo es el protagonista. Imagen cumplida de Dios, en la cual el hombre encuentra su propia imagen y en comunión con Él, la capacidad de convertirse en «hombre nuevo». Cristo, «poema» del Padre, figura y esplendor de su substancia, pero hermano nuestro. Toda la exposición es una «Cristofanía» plástica y, por eso, una invitación a la belleza, a la esperanza y a la vida. La vida cristiana es un festín, ya en la historia, pero en la espera estimulante del banquete prometido en el Reino de los Cielos.
 

Las edades del hombre interior

El que, con un buen grupo de expertos y colaboradores diversos, fue el inspirador y ejecutor de Las Edades del Hombre, el sacerdote vallisoletano José Velicia, vivió ejemplarmente y así estaba afrontando ese momento final de su vida temporal, no ensimismado o, como parece sucederle a los no creyentes, en la pura inmanencia, sino, recordando esta buena noticia que es Cristo, en la alteridad del diálogo y abierto a la trascendencia de Dios, como el que sabe que no está solo. Victor Frankl, el fundador de la tercera escuela vienesa de psicoterapia, escribió que quizá la mejor definición de Dios es la de ser el interlocutor de nuestros soliloquios más íntimos. Lo que uno piensa en esos momentos de extrema soledad y de máxima sinceridad consigo mismo se lo está diciendo a Dios. Claro está que el creyente difiere del que no lo es en que éste último no cree encontrar más interlocutor que el eco de su soliloquio, y el verdadero creyente cristiano cree precisamente en el «diálogo», incluso todavía más en esos momentos de extrema soledad, como Jesús, que parecía preguntarle al Padre en la cruz por qué le había abandonado.

En una de las visitas que le hice a José Velicia en su etapa final, hablando de Las Edades del Hombre y de su situación personal, me dijo que estaba meditando en «las edades del hombre interior», profundizando desde esa experiencia personal en el diálogo con el Señor, con paz y esperanza, en medio de su debilidad y sufrimientos.

Esto me hizo recordar un libro de R. Garrigou-Lagrange que se titula Las tres edades de la vida interior, preludio de la del cielo. Este dominico, que fue profesor en la facultad de Teología del Angélico de Roma, dice que desde el instante en que el hombre deja de ocuparse exteriormente, entretenido o absorbido por las cosas y las personas, y se siente solo, comienza a encontrase con sus propios pensamientos. Su conversación interior varía según los valores o proyectos vitales que acaricie: si es fundamentalmente egoísta, su conversación interior derivará a la sensualidad, al orgullo, al dinero, al deseo de disfrutar, y, en los fracasos, a la desesperación o a la aceptación estoica y al vacío: el amor propio le constituye en el centro, reduciéndolo todo a sí mismo. Pero si es capaz de acoger la gracia de Dios y escuchar su llamada, entonces se abre al amor de Dios y al del prójimo. Este proceso transformador es obra del Espíritu Santo. La vida cambia y su conversación íntima lo señala. Lo dice Jesús: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón». No es que deje de amarse o de amar a las personas y las cosas amables, sino que empieza a amar de una manera nueva y, por consiguiente, a amarse a sí mismo santamente. Esta conversación del «hombre interior» tiende a progresar en ese sentido, tras las purificaciones necesarias desde la primera conversión, en una fe más iluminada y hacia un amor más auténtico, que sólo llega a su plenitud al final de la vida interior. La muerte es, en este diálogo sostenido, el encuentro supremo con Dios.

Las Edades del Hombre nos recuerdan también este sentido pleno y escatológico en el diálogo fe-cultura, porque la «protología», es decir, el tratado de los orígenes del mundo y del hombre, en el plan del amor de Dios, está en función de la «escatología», es decir, el tratado de lo último, que es la plenitud de la vida, y todo ello está mediado por la «cristología», porque en Cristo glorificado, muerto y resucitado, se encuentra la plenitud de la historia. Por eso, una cultura humana que no se contemple en el espejo de Cristo no descubrirá del todo la verdadera imagen del hombre.


 
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