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Altar Mayor - Nº 90 (07)
Sábado, 20 diciembre a las 18:07:41

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

PUEBLO Y SOCIEDAD: PLURALISMO Y MULTICULTURALISMO
Por Dalmacio Negro - Catedrático. De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

1.- El multiculturalismo propende a confundirse con el pluralismo; inconscientemente la mayoría de las veces, algunas intencionadamente. No obstante, lo primero que se advierte, en esta como en tantas cuestiones, es precisamente un gran confusionismo, debido en buena medida a la mezcla del pensamiento abstracto con el humanitarismo, espoleado por los derechos humanos. Los europeos, quizá más aún los españoles, están muy perplejos ante bastantes cosas, quizá en la mayoría de ellas, y no sólo en las minúsculas, sino en las más importantes para la vida, en las que casi todo el mundo, aunque se siente autorizado a opinar, no sabe empero a qué atenerse. Como ejemplo, según las encuestas, sin perjuicio de las reservas respecto a estos métodos de investigar el pensamiento, una mayoría reconoce no tener ideas claras sobre el bien y el mal, lo que indica hasta qué punto se ha desterrado el sentido común -conviene subrayar lo de común-, al haberse convertido la conciencia en una especie de cajón de sastre o lecho de Procusto, según los casos. Esto se pone de relieve sin ir más lejos, en el conocido reduccionismo del lenguaje, del vocabulario, sustituido muchas veces por la interjección, y en su creciente imprecisión, no ya por cuestiones de sintaxis sino por la confusión en la significación de las palabras. La gente corriente tiene hoy un vocabulario más rico y mejor en Hispanoamérica que en España, donde el desastre es aparentemente mayor que en resto de Europa.

Pluralismo y multiculturalismo son para mucha gente semejantes, palabras sinónimas, introduciéndose así de matute el multiculturalismo –una ideología muy tosca- en el campo del pluralismo. A pesar de la gran escasez de ideas claras, los intelectuales han abandonado su tarea de elaborarlas, formalizarlas y transmitirlas. Prefieren dedicarse a lo neutro, al no decir nada y a los tópicos, aunque también es verdad que el intelectual, sustituido como figura pública por el periodista –la muchedumbre de periodistas sin cultura-, está en decadencia. Por una parte, al renunciar a su función abdicándola en gentes que no lo son; por otra, porque la gente corriente, que suele servirse de tópicos, se ha distanciado de ellos, de manera que si quisieran transmitir la verdad, no se les dejaría fácilmente, porque la verdad no sería neutral, indiferente. La política correcta, que se podría definir como la politización de la inteligencia en orden a neutralizarla, es muy poderosa. En sociedades en que de hecho el poder y el dinero son las fuentes de legitimación, el intelectual auténtico poco tiene que hacer.

El pluralismo es una situación que, en principio, es la normal de las sociedades. Estas son pluralistas en sí mismas, si bien las hay que o son hostiles al pluralismo o están tan integradas, son tan monolíticas, que en ellas la unidad ahoga de tal manera la variedad, que apenas pueden reconocerse como tales. Comenzando por las familias, las culturas y civilizaciones así como las épocas son pluralistas en diferentes grados. Y en este aspecto, no cabe duda que la más pluralista, sin comparación, de todas las conocidas es o ha sido la europea y, hay que decirlo, en gran parte porque la condición de la Iglesia por la que ha sido formada, es pluralista en tanto complexio oppositorum y signo de contradicción con su crítica permanente a lo mundanal. No obstante, al hablar de pluralismo cabría preguntarse con von Balthasar, «si ha habido una época menos pluralista que la que estamos viviendo». La tendencia a la homogeneidad totalitaria es visible hasta en la moda.
 

2.- Dejando de lado el tema científicamente insoluble –y banal- del adanismo, el hombre coexiste desde el primer momento con otros hombres: todo ser humano nace en un grupo más amplio o más reducido y de un tipo o de otro, pero al fin y al cabo en lo que puede llamarse una sociedad, antes un pueblo. Pero la doctrina contra natura, como decía Javier de Maistre, del estado de naturaleza, ha embrollado todo esto. Sin embargo, desde un punto de vista puramente analítico, constituye un hecho indiscutible que la vida social es, como decía Hume, lo primero que existe, lo que se encuentra el hombre al nacer; lo cual, dicho sea de paso para evitar equívocos, no supone ningún colectivismo, pues si la sociedad existe es porque hay individuos que viven en ella; si no existiesen los individuos no habría sociedad. Simplemente significa que a nativitate el hombre co-existe con otros hombres, es forzosamente un ser muy social debido a sus carencias, a las que se ha referido recientemente MacIntyre en un libro interesante. El problema de la cultura consiste empero en convertir el co-existir, propio del animal, en con-vivir.

En suma, hay vida social, colectiva, pueblo, porque hay pluralidad de individuos, de intereses, de sentimientos, de opiniones, de posibilidades de vida, de coexistir y de convivir, etc. En este sentido, una sociedad monolítica, en la que puramente se coexiste, no existe en ninguna parte, ni siquiera en las consideradas primitivas o segmentarias. Basta pensar que el ser humano es constitutivamente, ontológicamente, un ser libre y que la libertad implica de suyo variedad y por ende el hombre tiene historia e incluso se puede decir que, como hombre concreto es histórico. Por eso decía Ortega que, empíricamente, el hombre es un ser u-tópico, futurizo, porque aún sin quererlo se proyecta imaginativamente hacia el futuro y piensa en cosas distintas y hace cosas distintas: innova entre otras cosas, formas de con-vivir. En este sentido no es, pues, mera naturaleza, un animal natural, meramente social, que coexiste como los miembros de cada una de las demás especies entre sí, sino histórico; los griegos decían que es un animal político, pero es político porque es histórico, porque introduce variaciones en el modo de coexistir. Lo histórico, que se refiere al tiempo, incluye así lo político, que se refiere al modo de con-vivir en un espacio, y la historicidad del ser humano se plasma en la diversidad de los pueblos, desde la época moderna, de las sociedades.

En su historicidad, en la temporalidad de la vida humana se muestra el carácter específico de la acción humana: en cuanto humana es siempre personal, por muy parecidos que puedan ser los modos de actuar de los diversos individuos humanos; la acción social, puramente reiterativa, no deja de ser, cuando se acentúa demasiado, un mito cientificista. El hombre individual siempre se mueve y actúa para conseguir pasar, dicho en sentido formal, sin calificativos morales, de la situación en la que está a otra que considera mejor según sus preferencias. La moral viene después, del hecho de con-vivir; y esto vale tanto para la acción egoísta, centrada en uno mismo, como para la altruísta, que tiene en cuenta a los demás, al otro; vale también para la acción del que busca sólo su propio bien a toda costa y para el que prefiere llevar una vida ascética o de sacrificio como el monje.

Los seres humanos no son idénticos: la memoria, la voluntad, la inteligencia, la imaginación, incluso los deseos y las actitudes y las infinitas combinaciones que pueden hacerse con estas facultades y capacidades, son diferentes en cada uno: los hombres, pueden asemejarse pero no son homogéneos. Y como descubrió el romanticismo frente al racionalismo, los sentimientos, que son en cierto modo el resultado de las combinaciones con esas facultades, son propios de cada individuo, son personales. Aunque parezca que Rousseau, frecuentemente mal interpretado, sugirió otra cosa, tampoco pueden ser iguales por la misma razón. Los hombres sólo pueden ser iguales mediante la solución, a fin de cuentas artificiosa, humana, de la igualdad jurídica y, por añadidura, de la igualdad política: la igualdad social es una falacia. Pues la igualdad, un término cuantitativo, no es lo mismo que la identidad, término cualitativo, y como los hombres no son idénticos, tampoco pueden ser cualitativamente iguales. Una cosa es decir que los hombres son iguales entre sí como hombres, en tanto miembros del género humano frente a otras especies y otra que son iguales entre sí como dos piedras, si es que las piedras también pueden ser idénticas aunque su forma sea la misma. Ser idéntico no es lo mismo que ser igual: la identidad implica diferencia.

Es cierto que el racionalismo europeo creyó que dando primacía a la razón, que, decía Descartes al comenzar su famoso Discurso del método, es la cosa mejor repartida del mundo, se podría llegar a una cierta igualación universal, incluso casi natural. Pero ya advirtió Pascal en el mismo siglo de Descartes la insuficiencia del racionalismo: hay razones del corazón que la razón pura desconoce. Iguales y quizá idénticos sólo pueden ser los hombres clónicos con cuya producción se amenaza.
 

3.- Justamente esta condición humana hace necesaria la política, una forma de acción consistente en aunar esfuerzos, individualidades, libertades, para actuar conjuntamente persiguiendo algo común, un bien común o colectivo que beneficia a todos: se trata de una forma de acción colectiva que contrapesa la tendencia a la excesiva dispersión de las acciones individuales.

Hannah Arendt, uno de los raros pensadores políticos del siglo XX, consideraba por eso la natalidad el presupuesto de la política: puesto que cada ser humano que nace es distinto de todos los demás, lo que confirma la genética, para poder con-vivir, para llevar una vida en común, puesto que el ser humano es a nativitate un ser social, sociable, a pesar de lo que digan algunas teorías contractualistas pesimistas y constructivistas –por ejemplo la de Hobbes, en la que descansa la teoría del Estado-, para poder con-vivir a pesar de la libertad, es preciso instituir lo que se conviene en llamar un gobierno, por muy primitivo o elemental que este sea. Por eso se dice desde la antigüedad, que, a diferencia de otros seres, el hombre es un animal político, al ser capaz de actuar colectivamente; siendo esta acción colectiva, decía también Arendt, la forma más humana de actuar, la forma más alta de acción por lo que conlleva de abdicación voluntaria de lo individual. La política presupone así el humanismo, la consideración de que el hombre es libre y puede organizar su vida colectiva, aunque no de cualquier manera como imagina el humanitarismo, una perversión del humanismo, sino racionalmente, políticamente.

La misión del gobierno consiste, pues, en combinar los impulsos a la acción de las distintas individualidades en orden a una forma de vida «pública» o común. Este es el fin primario de la política: organizar acciones colectivas en el sentido de comunes, públicas; y el del gobierno, dirigirlas. Hegel decía por eso muy atinadamente die Regierung ist Bewegung, el gobierno es movimiento. Aparte de garantizar la seguridad, su papel elemental consiste en coordinar las infinitas preferencias humanas –la variedad humana- para conseguir una acción común ordenada, orientada a conseguir un bien común, una situación colectiva mejor y más satisfactoria si es posible.

El hombre es, pues, al mismo tiempo un ser social y un ser político, lo que prueba que es un ser libre; aunque también se puede decir al revés, que por ser un ser libre es un ser social y político. Pero lo verdaderamente humano es su dimensión política (que no es la única; lo es sólo desde un punto de vista natural). Y la sociedad, en rigor lo social, la sociedad es un artificio, es, como pensaba Burke, una especie de artefacto más o menos convencional según sea la intensidad del consenso que surge con el transcurso del tiempo de las relaciones sociales de coexistencia y las políticas de convivencia.

Ahora bien, si dejamos a un lado la vida política, en donde se da la acción colectiva más englobante o abarcadora, resulta que los hombres se asocian entre sí para una infinidad de cosas, en primer término, para constituir familias. Y según es la naturaleza humana, única e irrepetible en cada individuo, tampoco ninguna familia será idéntica a otra. En este nivel elemental tenemos ya el pluralismo, la pluralidad de familias, sin contar el pluralismo, aunque sea mínimo, en el seno de cada familia. Pero a su vez, tanto las familias como sus miembros individuales forman grupos más amplios, pueblos, que tampoco son idénticos entre sí por la misma razón constitutiva de que las familias que los integran no son idénticas.

La convivencia de un conjunto de familias, originariamente tal vez de muy distinta índole, hace que surjan relaciones de reciprocidad con el paso del tiempo, con la duración, la durée bergsoniana; relaciones, desde el punto de vista analítico, generalmente espontáneas, pero mantenidas y en algunos casos reforzadas o debidas a la acción del poder por razón de conveniencia o de utilidad, lo que da lugar a un pueblo, el grupo que puebla un espacio. Este último existe con carácter permanente, de continuidad, de duración mediante las costumbres y los usos, uno de los cuáles y más importantes es el Derecho, que hoy se confunde con la Legislación que es cosa del Estado, mientras el Derecho pertenece al pueblo. Usos y costumbres van formando un carácter colectivo, sin perjuicio del carácter particular de cada individuo: el carácter colectivo es lo que los griegos llamaban êthos, Montesquieu el espíritu general que surge de las relaciones entre los hombres o Hegel la Sittlichkeit, la eticidad o civilidad.

Toda grupo humano constituido en pueblo tiene, pues, un modo de civilidad o civilización específico según su cultura, que se revela en la manera de relacionarse y tratarse entre sí los individuos y los grupos que la componen distinguiéndola de otras; cultura o civilización a la que se acomodan los individuos y grupos que la integran por muy diversos que sean entre sí. Por supuesto, el grado de integración de esa sociedad dependerá de la presión, lo que llamaba Durkheim la contrainte, del conglomerado de esos usos y esas costumbres, que constituyen lo social. Porque la sociedad como tal, en abstracto, como presupone el racionalismo, no existe; lo real es esa forma de vida colectiva que imponen los usos y las costumbres, a los que se pueden añadir introduciendo una visión temporal, generacional, las tradiciones. Por eso decía Ortega que lo social no tiene alma, siendo la sociedad -como derivada de social-, la gran desalmada: es lo humano, los usos y las costumbres sin el hombre.

Tras los usos, las costumbres y las tradiciones se esconden lo que los franceses del siglo XIX llamaban la idées méres y el propio Ortega las ideas creencia: las ideas en que, sin saberlo se está, que son como la atmósfera que permite vivir humanamente, que da sentido a la vida; entre ellas, por ejemplo pero no sólo, el lenguaje; son creencias que configuran al grupo como pueblo, como sociedad. En este sentido una sociedad, un pueblo consciente de su unidad deviene nación. Javier de Maistre decía que la nación es la unidad de creencias y costumbres.
 

4.- Una sociedad, en rigor un pueblo, es, pues, una estética, un modo de estar en el mundo que, debido a las ideas creencia, se diferencia de otros. Durkheim y sociólogos o historiadores como Chr. Dawson piensan que las ideas creencia básicas son las religiosas, lo que explica la permanente dialéctica entre religión y política: aquella lo estable, esta lo variable. En todo caso, una sociedad, un pueblo, no es sino la trama de las ideas creencia cuyo êthos la configura estéticamente y absorbe (si no las rechaza), acumulándolas paulatinamente a la existente, las nuevas formas de cultura que suscitan las ideas ocurrencia, las ideas que se tienen. Pero son las ideas creencia las que dan significación y sentido a las ideas ocurrencia, ajustándolas a la realidad al limar su carácter inevitablemente utópico. Por eso una idea se llama utópica, se dice que es una utopía en el sentido corriente, cuando parece o resulta imposible encajarla en las ideas creencia, en lo social, en los usos, las costumbres, las tradiciones, en la vida de un pueblo.

Si las ideas creencia configuran la sociedad, son lo colectivo, lo social, lo que dura y perdura de la vida humana colectiva, justamente el grado y la manera en que la sociedad acepta y encaja las ideas ocurrencia, las ideas nuevas, innovadoras, muestra hasta qué punto se trata de una sociedad abierta, no sólo plural sino pluralista y, en este sentido, libre.

Ahora bien, la palabra sociedad es equívoca; es una invención moderna que ha acabado por sustituir a pueblo. El pueblo es la forma natural en que se configuran las familias, cuyo origen es también natural. La sociedad es una palabra que designa desde el siglo XVII una forma no natural sino inventada, calculada –igual que el Estado, su pendant, en otro nivel-, de agruparse los hombres. Pero como miembros de las familias sino como individuos. El pueblo natural es un conjunto de familias; la sociedad artificial un conjunto de individuos. Así, para el modo de pensamiento social –paralelo al estatal- sólo hay individuos, agrupados en clases o estamentos, etc. Lo cual es cierto y falso a la vez, pues los individuos se agrupan inicialmente en familias. Sin embargo, desde ese siglo, bajo la influencia del contractualismo político –puesto que la acción política es la acción de conjuntos de individuos- ha prosperado la idea de sociedad en lugar del pueblo y para completar la sustitución tiende a reducir las familias a individuos lo más homogéneos posible. Cabe decir que, bajo esa influencia, la sociedad sostiene una lucha a muerte contra la familia, según una aguda y sabia observación a la que se ha prestado poca atención, de Hannah Arendt. La sociedad, un artificio intelectual contrapunto del Estado y a imitación del Estado –otro artificio- es en el fondo el pueblo politizado. No es de extrañar que con el auge de la sociedad aumente la politización. El Leviatán de Tomás Hobbes sigue siendo el punto de partida de las ideas políticas y sociales modernas.

Hecha esta advertencia, no obstante, hasta ahora, al menos mientras no se desintegre por completo la familia, también una sociedad es plural por definición, aunque puedan variar las formas del pluralismo. En ellas es legítima la variedad de actitudes que da lugar a lo que puede llamarse la permanente dialéctica del orden y el progreso o la permanencia y el cambio o la continuidad y la discontinuidad. Es lógico que si surge la discusión, haya quiénes prefieran mantener el orden establecido y quiénes deseen que evolucione, cambiarlo, siendo esta la distinción esencial en la que hace su aparición inevitable la política, cuyo fin es conseguir un compromiso entre las distintas opiniones y, en definitiva, opciones posibles. Del compromiso decía el gran sociólogo alemán Jorge Simmel que es uno de los mayores artefactos de la civilización. Mediante el compromiso se puede progresar o modificar lo suficiente para satisfacer a los partidarios del progreso sin conmocionar gravemente a los partidarios del orden. En una sociedad normal, esto es otra importante misión del gobierno, una especie de árbitro o juez entre la pluralidad de las tendencias, actitudes y, en definitiva, entre las opiniones y opciones sociales, colectivas. El objeto de la política es el compromiso.

La estructura de las sociedades constituidas es, pues, pluralista; carácter inevitable en tanto las forman seres humanos, aunque la sociedad sea más bien conservadora que progresiva o a la inversa. Sin embargo, el pluralismo se ha intensificado en las modernas sociedades industriales, sociedades de suyo menos integradas que las tradicionales, más individualistas por la importancia que tiene en ellas el conocimiento, y se intensifica todavía más en lo que llamaba Tocqueville el estado social democrático en el que tiene más relieve la opinión formada en torno a las ideas-ocurrencia que la que descansa en las ideas creencia.

Precisamente, este menor grado de integración en las sociedades industriales de tendencia democrática es lo que ha dado lugar a la aparición de los partidos políticos como expresión de la diversidad de opciones y opiniones, del mayor grado de pluralismo. Pues los partidos políticos no han existido siempre ni responden a una necesidad eterna, como nada lo es en la historia. Uno de los mayores historiadores actuales, Paul Johson, piensa que al ser los partidos un fenómeno del siglo XIX seguramente desaparecerán con la época en que aparecieron, la de la revolución francesa que ha durado hasta 1989, y puede ser un síntoma su anquilosamiento, su decadencia, sobre todo por falta de representatividad unida a su irresponsabilidad en esta época postindustrial. Su degradación actual, que supera con mucho a la que estudió Robert Michels a comienzos del siglo XX, constituye un hecho indiscutible y como, además, monopolizan la libertad política instituyendo lo que llamaba Fernández de la Mora la partidocracia, no son sólo efecto sino una causa principal del grave déficit de representatividad que padecen las sociedades actuales.
 

5.- Al ser el hombre un animal social, es fundamental en una sociedad que exista suficiente consenso, la communis opinio si se habla de pueblo. Palabra tan mal empleada hoy que tergiversa el sentido de la política y lo relativo al pluralismo. Pues el consenso es lo propio de la sociedad, de lo que tiende a ser permanente, estático, no de la política, o sea de la Gran Sociedad, llamada también a veces sociedad civil en contraposición a la sociedad política que se constituye en torno al Estado y dentro de él. El consenso es el corazón de la sociedad, lo que hace posible su existencia al dar forma al conjunto de familias (pueblo) o individuos (sociedad), distinguiendo a las sociedades o pueblos entre sí.

Una sociedad sin suficiente consenso no existe y si el disenso se hace muy grande se escinde, en el caso extremo mediante una guerra civil. La guerra civil, es, efectivamente, la más indestructible de todas las guerras, decía el agudo pensador político Gianfranco Miglio hace poco fallecido, ya que siempre existirá la posibilidad de fraccionamiento de las sociedades si prevalece el disenso y con él la de la guerra civil: la guerra civil, que no es propiamente una guerra política sino social, presupone la ruptura del consenso, de la confianza social, y la escisión de la sociedad en partes irreconciliables que suelen reagruparse en dos bandos. Por eso, la política consensual, al llevar el consenso a la política, es una falsificación de la política, una usurpación del consenso de la sociedad civil, suplantada así por la sociedad política; es, por tanto, una manera de desintegrar las sociedades la pretensión de imponer el llamado consenso político sobre el consenso social. Mediante esa imagen equívoca del consenso, la sociedad política mediatiza y domina la sociedad civil al acabar con el pluralismo natural y espontáneo de esta última o falsearlo y corromperlo. Es una consecuencia lógica del concepto politizado de sociedad divulgado por el contractualismo.

Lo propio de la política es, pues, el compromiso, el acuerdo entre las distintas visiones del orden y el progreso, representadas modernamente por los partidos. Pero el Estado Partidocrático, el oligárquico Estado de Partidos, que es el actual, al politizar todo mediante el consenso político deviene una especie de Estado Total, totalitario, mezclado con la sociedad a la que patrimonializa la sociedad y cuyas funciones usurpa. De ahí la necesidad de la «política correcta», la imposición forzosa a la sociedad del consenso establecido entre los partidos políticos, de su particular visión del mundo según sus intereses.

El consenso en la sociedad no se opone a la diversidad en lo político sino que la diversidad política es posible justamente porque existe previamente ese consenso. El consenso político tiene en cambio un fin homogeneizador contrario al pluralismo; presupone la especie de democracia totalitaria que descubriera Tocqueville al analizar la democracia, peligrosa posibilidad implícita en los regímenes políticos democráticos contemporáneos. Es el Ersatz, es la democracia puramente formal, homogeneizadora, de lo que en los regímenes totalitarios se llamaba el movimiento popular constituido en torno a un partido único dirigido por la oligarquía política prescindiendo de la sociedad civil e incluso de la realidad social. Mediante él se impone la sociedad política a la sociedad civil y la absorbe. El consenso en política acaba con la libertad política y ahoga el pluralismo: es una imposición empobrecedora de la realidad.
 

6.- En este contexto, los partidarios y propagandistas del multiculturalismo pugnan por imponerlo a las sociedades libres mediante el consenso, la única manera posible de conseguirlo, pues el multiculturalismo triunfante acaba con las sociedades vivas, con la trama de las creencias que las constituyen, al romper sus culturas escindiéndolas. Para conseguirlo, mientras no se asimila el consenso político en las sociedades, el multiculturalismo, convertido en ideología de la sociedad política, tendría que mantener un elevado grado de coacción. Es decir, tendría que someter absolutamente la sociedad civil a la sociedad política, pues, en sí misma, una sociedad multicultural es una típica contradictio in terminis puesto que la cultura depende de las ideas creencias que constituyen una sociedad y una sociedad multicultural, tal como se quiere presentar, es por definición una sociedad cuyas respectivas culturas descansan en distintas ideas creencia, en distintas formas de consenso social. Este es el fondo del problema, en sí mismo una consecuencia de la tiranía de los valores. En realidad, el multiculturalismo, cuando pretende tener un alcance distinto al de la mera descripción de una realidad posible es una idea totalitaria, porque aunque no lo sepan muchos de sus partidarios su existencia exige paradójicamente un régimen político homogeneizador. En rigor, uno de los rasgos del totalitarismo consiste en esto, en anular en la práctica todas las diferencias. Por eso se dice de los Estados Totalitarios que son amorfos, que carecen de forma, porque la forma es la reducción de lo plural a una unidad formal conservando las partes su autonomía.

A este respecto, es hoy uno de lo mayores peligros la creencia en que las ideas totalitarias han desaparecido con los regímenes llamados totalitarios. No sólo subsiste muy arraigado el modo de pensamiento totalitario, sino que aquellas están muy vivas aunque se disfracen de diversas maneras, presentándose como una novedad o como ideas liberales, siendo esto una de las causas de la confusión existente. El totalitarismo consiste, en definitiva, en la sustitución de las ideas creencia que configuran la sociedad, el pueblo, por ideas ocurrencia –entre ellas las del consenso político- haciéndolas funcionar como si fueran ideas creencia; y como esto es imposible, ha de apoyarse inevitablemente en la fuerza y la violencia. Lo que se pretende hoy mediante el consenso político, y en esto consiste, como vio Tocqueville, el verdadero totalitarismo, es que se acepten ciertas ideas ocurrencia voluntariamente, como cuestión de conciencia guiada por la opinión conformista, homogeneizada, como si las ideas de la opinión además de verdaderas fuesen ideas morales, aunque contradigan la realidad, es decir, la verdad, pues la verdad y la realidad son la misma cosa.

En definitiva, la creencia de sentido común en el pluralismo y su aceptación, constituye una condición tanto de una sociedad sana como de una sociedad liberal y democrática; entre otras razones, porque el pluralismo implica de suyo tolerancia, sin la que no hay consenso, aunque se suela hablar de la tolerancia como un descubrimiento moderno. Si bien una sociedad supone una sola cultura, siempre habrá diferencias suficientes, si es una cultura abierta, para que se necesite la tolerancia. Una sociedad no puede ser pluralista si no es suficientemente tolerante para aceptar la diversidad sin que se rompa el consenso. La tolerancia consustancial al pluralismo frena al mismo tiempo la diversidad excesiva, pues siempre aparecerá una limitación a la tolerancia cuando la discrepancia sea existencial; es decir, cuando la tolerancia hacia algún grupo ponga en peligro el consenso social y con él, la subsistencia del grupo pluralista. La tolerancia excluye la intolerancia pero no implica indiferencia, neutralidad, frente al enemigo o enemigos de su propia tolerancia, como quiere el multiculturalismo, que es intolerante. En realidad, el multiculturalismo postula un conflicto permanente entre culturas que se disputan el mismo territorio.
 

7.- En efecto, el territorio, el espacio es un elemento fundamental de lo Político al que se refiere constantemente la política. Toda política, todo gobierno, toda cultura o civilización, se asientan en un territorio, siendo indiferente la existencia o inexistencia de fronteras geográficas: las fronteras son un hecho moderno, debido a la naturaleza del Estado, que es un orden territorial cerrado. Pero el Estado no es la única forma posible de lo Político. Con fronteras o sin ellas, si en un mismo espacio se entremezclan físicamente gentes de culturas distintas cuyo sentimiento de identidad, cuya autoconciencia sea muy viva, en la medida en que no se llegue espontáneamente a un consenso no se tratará de una sola sociedad sino de varias, que, inevitablemente, o bien acabarán por plantear una escisión del espacio o territorio político, o bien una de ellas tratará de imponerse como sea sobre las demás. El humanitarismo del multiculturalismo supone que esto no debiera ser así, sino que tiene que haber paz entre las culturas, aunque al mismo tiempo exige la discriminación «positiva» a favor de los grupos culturales que quiere proteger; el humanitarismo, un pseudohumanismo, ya ha causado bastantes desastres y amenaza con muchos más. Descansa en el hecho de que al ser la sociedad un artificio se puede manipular indefinidamente, debilitando o impidiendo la existencia de los pueblos, concepto natural antagónico al de sociedad.

El multiculturalismo como reconocimiento y descripción del hecho de la multiplicidad de las culturas a consecuencia de la naturaleza humana, es completamente normal. El multiculturalismo político que se ha puesto de moda, presenta como fenómeno cultural diferenciado no sólo a pueblos indígenas, culturas históricas o minorías para las que reivindica derechos más o menos razonables; utilizando ambiguamente el concepto de cultura y llevado por la lógica de su sustrato ideológico, que sustituye las luchas de clases por las luchas entre culturas, aboca a un singular reduccionismo que identifica la cultura con la lengua, la religión, la etnia o el sexo como cierto feminismo, o con ciertos estilos de vida como el de los verdes, homosexuales y lesbianas, reclamando para todos ellos el reconocimiento de su identidad como si fuesen culturas diferenciadas legitimadas para reivindicar derechos propios, particulares. Con la misma lógica podrían reivindicar trato diferente, es decir, privilegiado, innumerables grupos a los cuáles cabe atribuirles una cultura propia en ese sentido tan absurdo como ambiguo de la palabra cultura: por ejemplo, los ancianos, los jóvenes, los agricultores, los trabajadores industriales, los burócratas, los deportistas, los estudiantes, cada una de las profesiones y así hasta el infinito. Después de todo, un multicultaralista podría decir que cada individuo tiene su propia y peculiar cultura. En el fondo, se trata de una manera de luchar contra las formas de vida existentes, con el propósito intencionado o ingenuo de desintegrarlas o, más claramente, de destruirlas. No es nada nuevo.

Como dice Giovanni Sartori en su conocida diatriba reciente contra el multiculturalismo, los multiculturalistas fabrican culturas que aspiran a gestionar con fines separatistas o de rebelión, lo mismo que hasta hace una generación los partidos de clase fabricaban las clases. El multiculturalismo, salvo en el sentido de constatar la existencia de culturas genuinas, auténticas, es un producto imaginario, típico del abstracto constructivismo moderno típico del contractualismo político, inventado por los adversarios o enemigos de las culturas existentes o que se encuentran a disgusto en ellas. Más claramente: es un invento con ínfulas intelectuales de los enemigos de la cultura occidental. No es más que una ideología que atrae por su novedad, pues, como señalan Hans Blumenberg y Jacques Barzun, en el vacío cultural existente todo lo que parece nuevo se tiene por «bueno».
 

8.- Originario de Norteamérica, de donde se importa todo, allí responde en cierto modo a una específica realidad, para entender la cual no hay que olvidar que Estados Unidos es geográficamente un continente casi tan grande como Europa entera si se incluye a Rusia y mucho mayor que Europa si se la excluye. No deja, pues, de ser una respuesta, absurda en sus excesos, a unos problemas concretos, principalmente el de integrar a numerosos inmigrantes de otras culturas en la aún joven cultura norteamericana. Este no es por ahora el caso de Europa.

Aquí podría tener cierto sentido enfocado como la vieja cuestión del trato equitativo a ciertas minorías. Sin embargo, el multiculturalismo quiere afrontarlo desde un trasnochado punto de vista ideológico; pues ha pasado la hora de la ideología aunque subsistan residuos y derivaciones, como llamaba Pareto a las pseudoideologías. En Europa, lo que pretende el multiculturalismo, una ideología de resentidos y ganapanes a la que se apuntan incautos, no consiste tanto en integrar a las supuestas minorías culturales como en que se les dé un trato privilegiado frente al resto. En realidad, ya se está haciendo así a causa de determinadas presiones, ciertas complicidades, la demagogia de los políticos y la más que discutible generosidad de los gobiernos al administrar los caudales públicos. Tras ello, hay que decirlo, se esconde un complejo de inferioridad unido a otro de culpabilidad del europeo creados por los intelectuales politizados, al mismo tiempo que se sigue alentando el resentimiento y el odio a la civilización europea y a sus naciones, que ha sido una causa muy principal de los grandes desastres del siglo XX.

La única realidad es el pluralismo que denota una sociedad más o menos libre –esto depende de la historia y la política- según los casos. En una sociedad pluralista puede haber desigualdades entre los grupos que la forman, difícilmente insuperables por una variedad de circunstancias. Esas desigualdades no significan ni justifican ningún multiculturalismo. Lo que exigen acaso es un correctivo cuya aplicación corresponde al gobierno: esta es la sustancia del principio de subsidiaridad. En una sociedad suficientemente integrada, es función del gobierno poner los medios legales e incluso materiales, si es el caso, y sin demagogia, para conseguir la justa igualdad de condiciones entre todos los grupos que la constituyen, haciendo que el derecho pueda ser igual para todos en el aspecto formal y en el material.

En suma, lo que debiera plantear acaso el multiculturalismo, si hay motivos concretos, es la vieja cuestión de las libertades formales y las libertades reales. El verdadero problema de la política, el objeto de la política es la libertad y esta es formal cuando algún grupo de la sociedad no puede ejercitarla debido a que materialmente está muy diferenciado del resto de la sociedad por una desigualdad legal real o una grave desigualdad económica o social no subsanable a medio plazo mediante el propio esfuerzo, por un déficit educativo o cultural insuperable por sus propios medios, etc.; sobre todo, debido a la presión de las oligarquías amparadas en el poder político. El principio de subsidiaridad tiene como finalidad corregir esas asimetrías, no ciertamente igualando por abajo, como pretende el multiculturalismo, sino igualando hacia arriba a los individuos de los grupos. Si el multiculturalismo pretendiese integrar o igualar a las culturas asentadas en el territorio de una sociedad en el que predomina y está arraigada otra cultura, ¿con qué criterio lo haría? ¿Qué cultura consideraría superior para igualar con ella a las demás? ¿Escindiría el territorio y prohibiría la acción humana por ser espontáneamente diferenciadora? ¿Aplicaría la demagogia de la discriminación positiva?

En el fondo, el multiculturalismo ideológico es una concepción caótica, propia del confuso pensamiento débil combinado, en el mejor de los casos, con un humanitarismo tosco y una nostalgia del tribalismo y, en el peor, con el resentimiento y el deseo de revancha ideológica. Es enemigo del pluralismo, aspirando a sustituir el natural pluralismo abierto, la idea de sociedad abierta como un orden extenso de cooperación humana, por grupos monolíticos cerrados. En el trasfondo, se trata de una concepción racista, que es posible que se ignore a sí misma, camuflada bajo la radicalización o absolutización de diferencias culturales. Evidencia, como todo racismo, una grave insuficiencia intelectual al desconocer, por una parte, la realidad de la naturaleza humana y al exigir contradictoriamente, por otra, lo que de antemano es imposible: la neutralidad cultural, dando por supuesto que todo lo humano tiene que ser necesariamente igual cuando, precisamente porque el hombre es una esencia abierta, lo humano incluye la libertad, que produce las diferencias culturales. Justamente por eso, en cuanto producto de la libertad, todas las culturas son en principio respetables, pero no indiscutibles ni igualables desde el punto de vista de la comparación de las culturas entre sí. El pensamiento pseudodemocrático rechaza la idea de jerarquía y a ello se agarra el multiculturalismo.

El multiculturalismo es una suerte de juego de palabras, que aprovecha el vacío dejado por la destrucción de la idea de pueblo; implica un radical relativismo artificioso, a la carta, siendo incompatible su pretendida neutralidad cultural con la existencia de una sociedad –en la media en que no exista el pueblo- suficientemente integrada o pacífica, sana, abierta y libre; salvo que se quiera jugar con talante nihilista con el significado de las palabras dándoles la significación que se le ocurra en cada momento al usuario. Las culturas no pueden ser neutrales entre sí, simplemente porque, en tanto producto de la acción humana, son distintas, de modo que siempre se percibirán diferencias entre ellas: siempre ocurrirá que unas parezcan más primitivas que otras, aunque esto pueda ser cuestión de óptica, de perspectiva, según las ideas creencia subyacentes a las ideas ocurrencia.

En último análisis, lo que siempre está en juego en estas comparaciones, inevitables salvo que se prohiban manu militari, es la idea de civilización y su nivel. La palabra civilización tuvo en su origen, en la época de la Ilustración un sentido dinámico; presuponía la perfectibilidad de la naturaleza humana en el sentido de que la cultura tendía hacia unas formas de trato y de relación más suaves, dignas y humanas, lo que se consideraba un ascenso de nivel. Y, tal como están las cosas, entre ellas los complejos de culpabilidad e inferioridad del europeo a causa de las ideologías y los desastres del siglo XX, no parece ocioso recordar que, con todas sus deficiencias, sobre las que cabe discutir indefinidamente, la única civilización a la vez progresiva y liberal existente hasta ahora, ha sido la occidental.


 
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