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Altar Mayor - Nº 90 (06)
Sábado, 20 diciembre a las 18:10:22

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

Clausura
JUDAÍSMO
Por Luis Suárez Fernández -Presidente Hermandad

En el curso de las «Conversaciones», y a través de las ponencias, he echado en falta un tema. Si hablamos del Islam y de la cultura chino-japonesa y de la iberoamericana, hay que hablar un poco de judaísmo.

En estos momentos, a través de la prensa, se está dando una sensación, pagada con dinero árabe sin duda alguna, que es la que el señor Arafat pretende imponer en el mundo: Aquí estábamos nosotros y vinieron unos invasores, nos quitaron el terreno y esos invasores tienen que ser expulsados al mar.

Se habrán dado cuenta de que la primera condición que los judíos han reclamado dentro de ese programa de paz que auspicia nuestro Gobierno -y es uno de los grandes éxitos de nuestro Gobierno, no lo olvidemos- es el reconocimiento del Estado de Israel y no lo han conseguido. El futuro Estado Palestino no ha aceptado en ningún momento la legitimidad de un Estado de Israel.

¿Cómo podemos o debemos ver nosotros, los cristianos, ese problema? Ese problema es un problema religioso, no una cuestión puramente política. Y nos afecta a todos, porque no podemos olvidar en modo alguno que Jerusalén es para el cristianismo la Ciudad Santa por excelencia, ya que allí tuvieron lugar los dos acontecimientos más importantes y decisivos de la Historia: Muerte y Resurrección de Cristo, es decir, redención, y Eucaristía, es decir, salvación y comunicabilidad entre la trascendencia y la inmanencia.

Para los judíos Jerusalén no es una Ciudad Santa, entiéndase bien; es la ciudad neutral que no pertenece a ninguna tribu y que por consiguiente se identifica con el pueblo de Israel en conjunto. Es la ciudad de David. No es la ciudad de Judá, ni la ciudad de Benjamín, no es la ciudad de Benamases, es, como ciudad de David, la ciudad de todo el pueblo de Israel.

Pero en la mentalidad judía hay un hecho esencial que el cristianismo ha hecho suyo: no la relectura protestante de la Biblia. No olvidemos que cuando se planteó en 1933 el gran problema alemán de las leyes de Nuremberg, Pío XI pronunció una frase que a todos nos afecta: «judíos somos todos». Y para un cristiano es inolvidable el hecho de que judío era Jesús, judía eran la Virgen, judíos los Apóstoles, y judíos prácticamente todos los discípulos que en la primera hora constituyen la Iglesia. Este es un tema muy difícil de olvidar. Con el tiempo, el Islam ha inventado una leyenda para tratar de suplantar a Israel y al cristianismo dentro de esta doctrina, de este conjunto de relaciones, y ha dicho que una noche, despertado del sueño, Alá cogió a Mahoma, le montó en un caballo con alas y le llevó hasta Jerusalén en donde dejó la huella de las patas traseras del caballo, que es lo que enseñan hoy a los turistas cuando suben hasta la explanada del templo.

Pero esta es una leyenda tardía, es una leyenda que se debe, además, a los Omeyas que tenían sumo interés en demostrar que no eran ni la Meca, ni Medina, las ciudades santas del Islam, sino que había otras posibles. Ellos, los Omeyas, se habían proclamado jalifas en la explanada del templo de Jerusalén. Conviene no olvidar esto.

Para los cristianos Jerusalén es la ciudad santa por excelencia, pero no la ciudad política, no tiene nada que ver con la estructura política. Para ellos, para nosotros, la cabeza de la Iglesia se encuentra allí en donde hallaron la muerte, pasaron a la vida eterna, las dos columnas de la fe: Pedro y Pablo. Es Roma. Pero de esta manera nosotros hemos llegado a establecer una especie de dicotomía: Roma no es la ciudad santa por excelencia, es la ciudad santificada, que no es exactamente lo mismo; es la ciudad en donde uno va a ver al Vicario de Cristo, al sucesor de Pedro, al que tiene las llaves. Todo esto es sumamente importante y puede recibir todas las gracias, pero sólo se toca el suelo que pisó Jesucristo cuando se llega a Jerusalén y a sus alrededores. Este es el gran tema.

Mas no podemos olvidar que desde el punto de vista cristiano hay una dimensión que es la que aportó el cristianismo a la europeidad. Hay dos clases de autoridades separadas: una autoridad espiritual y una autoridad temporal. El Islam esto no lo acepta; para él no hay más que una autoridad en que se unen ambas cosas. Es decir, el que llamamos rey de Marruecos, que en realidad es emir de Marraquech (este es su verdadero título, emir de los creyentes), es a la vez el jefe temporal y el jefe espiritual de su comunidad.

Durante cierto número de siglos, hasta aproximadamente mediados del siglo IX, es decir, casi dos siglos desde el nacimiento y la predicación de Mahoma, la unidad se mantuvo. Había un solo jalifa, pero después se fueron estableciendo divisiones que se parecen mucho a las que han ocurrido entre los cristianos con Iglesias separadas. También en el Islam se ha producido una disensión, que es radical, entre sunnismo y siísmo, dominando hoy el siísmo dentro del mundo islámico, que para el mundo occidental es un peligro muy serio.

Pero volvamos al tema judío. El judaísmo tiene la idea de que constituye un pueblo que Dios ha elegido para sí: nación santa. No en el sentido que solemos dar a la palabra santo como quien tiene virtudes extraordinarias, quien se comporta muy bien. Lo que significa en términos estrictos santo es que es posesión de Dios, es que está al lado de Dios, que es un poco el término con que lo utilizan los primeros cristianos y se utiliza también en las primeras etapas de la vida monástica. Ser santo es entregarse a Dios, no es otra cosa, es ponerse del lado de Dios. Por tanto nación santa, pueblo sacerdotal, es el que ha establecido con Dios una alianza, una berith; en esa berith el signo externo que ofrece el hombre como entrega a Dios es la circuncisión. Pero el signo externo que ofrece Dios al pueblo como signo de su elección es la tierra. ¿Qué ocurre?

A lo largo del tiempo -esta es la conciencia judía- la respuesta de ese pueblo de Israel a Dios fue sistemáticamente negativa.

Yo tengo un amigo judío que en un momento determinado llegó a decirme: es que no le perdono a Dios que me haya hecho judío. Eso es algo que en la intimidad de ciertos sectores se ha producido de una manera casi repetitiva. ¿Qué pasa con Salomón? Cuando ya Dios cede que sea un reino como los demás reinos y crea una gran monarquía en oriente, ¿qué es lo que ocurre? Salomón se convierte en un idólatra. No sólo contrae matrimonio con mujeres de fuera del pueblo de Israel que le traen los ídolos, él mismo ofrece sacrificios a los ídolos. Y en la conciencia histórica de Israel hay un pueblo de dura cerviz que de cuando en cuando se vuelve contra Dios y Dios le castiga.

En ese castigo hay un momento que para nosotros debe tener una enorme importancia: es el año 70. ¿Qué ocurrió? Desde la época de los macabeos, los judíos, dentro del Imperio Romano, disfrutaban de una posición singular. Mientras que todos los súbditos del Imperio Romano estaban obligados al culto a los dioses que eran los que integraban la comunidad latina, la comunidad romana, a los judíos se les otorgó (cuando todavía no eran súbditos del Imperio sino que eran un pueblo aliado), el estatus de religio licita; es decir, eran los únicos que estaban exentos de esa obligación y podían seguir sus costumbres, sus enseñanzas, etcétera. Pero, ¿qué sucedió? Que a través de esta ley se hizo una penetración judía dentro del mundo mediterráneo, providencial diría San Agustín (y yo creo que esta es la mejor expresión), una dispersión por el mundo mediterráneo, lo que llamamos la diáspora, de tal manera que en todas las ciudades importantes del Imperio había una fuerte comunidad judía. Tan es así que Alejandría, que había sido la gran escuela del helenismo, acaba siendo la gran escuela del judaísmo. Y me adelanto a decir: luego será la gran escuela del cristianismo. Pero esto fue providencial, porque no olvidemos que gracias a esa gran dispersión el cristianismo pudo extenderse a lo largo del Imperio. ¿A dónde va San Pablo? Adonde hay sinagogas; no se le ocurre ir a otro sitio. Después acepta a los que no son judíos cuando éstos le rechazan. Pero ¿qué queda de la judería de Corinto? Nada. ¿Qué queda de la escuela judía de Alejandría, donde se hace la primera traducción de la Biblia al griego, la Biblia de los 70 porque la hicieron 70 sabios en 70 días (es un modo de contar las cosas)?

En esta diáspora es donde se empieza a integrar el cristianismo a partir del año 52-53, que es cuando San Pablo está en Corinto y se encuentra con el hermano de Séneca, Galo. En ese momento el cristianismo pide a los judíos que el status de religio licita le sea también aplicable, puesto que en definitiva ellos también son judíos. Pero interviene con mucha eficacia una prosélita judía, Popea, concubina de Nerón, que influye de manera decisiva; los judíos rechazan la idea y el estado romano también la rechaza. No hay quien convenza a los cristianos, durante siglos, de que los judíos, pudiendo haber evitado la persecución del cristianismo, la provocaron. Este es el primer hecho de mal entendimiento.

Pero en ese mismo momento (los primeros martirios cristiano son del año 62-63, probablemente cuando mueren Pedro y Pablo, las columnas de la Iglesia) Israel toma la decisión de volver a la época de los macabeos, de volver otra vez a tomar las armas y crear un estado independiente, con todo el fenómeno de zelotismo, momento en el que también los cristianos niegan la colaboración a una empresa que, según ellos, es un descrédito, es un disparate. Hay por tanto una relación recíproca de falta de entendimiento que empieza a incubar el odio.

¿Cómo se va formando entonces la conciencia judía y cómo se va formando la conciencia cristiana a través del tiempo para explicar lo que sucede en 1947, que es lo que verdaderamente nos importa? De este odio recíproco, o de esta repulsión recíproca, no se salvan más que las mentes preclaras dentro de la Iglesia. Cuando esta cuestión se plantea ante San Agustín, que es la figura máxima durante siglos (durante cuatro o cinco siglos todo el pensamiento cristiano gira en torno a las enseñanzas de San Agustín), da una respuesta bien clara: el pueblo judío es un pueblo elegido por Dios; Dios no se equivoca. Por consiguiente esta elección no tiene posibilidad de ser anulada. Nosotros no podemos entender cuál fue la razón de que una parte de este pueblo judío rechazara a Jesucristo, una parte, no todo. Porque lo que produjo el cristianismo fue una división radical, y no podemos cuantificar, a este respecto, una división radical entre el sector que siguió a Jesús reconociéndole como Mesías y cambiando su mentalidad por completo y el sector que rechazó a Jesús rechazando también su misión como Mesías porque estaba pensando, más en términos saduceos o zelotes, en una redención temporal. Y dice San Agustín: el misterio de que Dios haya conservado esta parcela del pueblo tiene que tener para nosotros una explicación, y yo la encuentro en estas dos dimensiones fundamentales: ellos son los custodios de la escritura que es la prueba que nosotros tenemos más eficiente de que Jesucristo es el Mesías, de que se han cumplido las promesas, no por lo que nosotros digamos, sino por las escrituras que conservan los judíos. Esto es lo que después, por ejemplo San Bernardo, el Cister, llama hebraica veritas. Además, con el tiempo, y viendo el ejemplo de los cristianos, reconocerán su error y se convertirán, y al final de los tiempos se cumplirá aquello que San Pablo había explicado: Siendo nosotros el acebuche y ellos la raíz de la cepa de vino, al final ellos se reintegrarán también cumpliéndose el destino final.

¿Se hizo así? No. Cuando el Imperio se hace cristianismo suspende el status de religio licita y el judaísmo pasa a ser una religión que existe en la práctica pero que no tiene reconocido ningún derecho a existir. Eso hace que algunos reinos bárbaros, nacidos de la desintegración del Imperio, acaben prohibiendo el judaísmo. Por ejemplo, en España, los visigodos dictan desde la época de Ervigio una serie de leyes separando a los hijos de los padres para poder ser educados en el cristianismo y obligando a los judíos a bautizarse o morir. Afortunadamente para los judíos la monarquía visigoda fue el desastre mayor que se puede imaginar nadie. Cuando hoy tenemos que definir ante nuestros alumnos qué era la monarquía visigoda solemos recurrir a esta frase: era una insoportable tiranía atemperada por el asesinato. Porque normalmente el rey no moría en su cama sino a manos del sucesor que era el que le iba sustituyendo. Esto explica el motivo de reacción entre la sociedad cristiana y el judaísmo, y de que se produjera una reacción judía a favor de la invasión musulmana de España, que es lo que crea otro de los atavismos del odio que nos va separando progresivamente.

Pero entonces, ¿qué es el judaísmo y cómo se siente a sí mismo? A lo largo de los siglos, desde el año 70 en que desaparece Jerusalén, sobre todo desde el año 135 en que no sólo se arrasa lo que quedaba del templo, sino que se cambia el nombre de Jerusalén, se destruye la ciudad y se trata de construir una ciudad romana, el judaísmo piensa: indudablemente nosotros hemos equivocado el camino; durante siglos hemos estado empeñados en crear un Estado, un reino, como los demás reinos de este mundo, olvidando que ese no es el sentido de la Alianza que Dios ha establecido con nosotros y Dios nos castiga. Y el castigo ha sido la dispersión. Una dispersión que ya tuvo lugar el año 586, cuando Neucabresat II tomó Jerusalén y los judíos tuvieron que irse a Babilonia y colgar las cítaras de los árboles y entonar esa canción que todavía entonamos en la Misa: que se me pegue la lengua al paladar si me olvido de Jerusalén. Pero entonces el destierro, el exilio, es el galut; no es simplemente la eliminación del pueblo sino la purificación, y ese galut no puede conducir a otra etapa final, sino a la aliah; la aliah es el retorno a Jerusalén, el retorno a esa tierra porque será el restablecimiento de nuestra Alianza, de la berith, y sin ese elemento nos faltaría la relación directa que entre el pueblo y Dios tiene que existir.

Es muy difícil para un no judío entender esto; pero si nos empeñamos en no entenderlo, jamás llegaremos a una solución para el problema del Oriente Próximo, que es el problema grave que preocupa en nuestros días.

Es por consiguiente una purificación. ¿Y qué es una purificación? Es un crecimiento. El judaísmo ha proporcionado a la cultura europea algunos de los elementos más valiosos que tiene. En el siglo X, con Pacuda y con Davirol, que es uno de los elementos que emplea Santo Tomás para hacer la Summa Teológica, hay la afirmación clara de que el conocimiento no consiste sólo en un descubrimiento de la realidad concreta mediante la observación y la experimentación, sino en un acto de afecto: yo tengo que amar al mundo, yo aprendo no aquello que transmiten mis maestros sino aquello que yo quiero aprender, lo cual es una de las mayores verdades que se pueden decir. Pero además, en ese conocimiento racional -añade Pacuda- hay no sólo la ampliación de ese sentimiento, es decir, el poner las cosas en el orden en que Dios quiere, si no que hay todavía más, hay una relación con el prójimo, hay un aprovechamiento. Y todo esto es lo que va utilizando después.

¿Y Maimónides? Santo Tomás de Aquino ordena, de nuevo, que le traduzcan al latín un resumen que se había hecho de la Guía de Perplejos para poder utilizarlo al hacer la Summa Teológica. Porque Maimónides nos descubre, por ejemplo, que la ley de Dios no es otra cosa que una revelación acerca del universo, de tal manera que si no se cumple la ley de Dios, que es lo que estamos haciendo ahora, el mundo está perdido. Esta es la realidad. El sexo es una de las cosas mejores que Dios ha puesto en manos del hombre, pero con una limitación: es el instrumento para lograr la intimidad entre hombre y mujer y la creación de una vida que en el ser humano no es sólo una posibilidad biológica sino también espiritual.

Está, pues, todo este crecimiento que se prolonga después. Hay un salto desde el siglo XV hasta el siglo XVIII, pero vuelve a reanudarse, y por consiguiente hay un patrimonio que el judaísmo custodia y que es sumamente importante para nosotros, del cual deberíamos aprender muchas cosas.

¿Cómo asegurar la convivencia? La fórmula aceptada por el cristianismo hasta finales del siglo XII fue la de San Agustín. Indudablemente hay que lograr una fórmula de convivencia porque hay un misterio de Dios. Hay una frase de San Bernardo que siempre me ha preocupado mucho. San Bernardo tenía un discípulo que estaba formándose en su monasterio de Claraval, y en cierta ocasión debió decir algo de «estos malditos judíos»; entonces San Bernardo se volvió hacia él y le dijo: ¿Te das cuenta que cuando maldices a un judío estás maldiciendo a la Virgen María y a Jesucristo? Y le dejó estremecido. Pero es una realidad. La condición judía es inseparable de nuestro propio origen.

Por eso la primera posición del cristianismo, es decir, lo que San Agustín había dicho, lo que había establecido: una convivencia, una coexistencia. El Islam había establecido una tolerancia; ojo con la palabra tolerancia. Yo no soy tolerante: las cosas buenas las quiero, las cosas malas las rechazo. Tolerar no significa otra cosa que considerar que algo es malo y sin embargo yo lo respeto, lo estoy manteniendo a distancia; pero, naturalmente, si una cosa es mala, como la nicotina, inevitablemente llegará un momento en que se tomen las medidas oportunas para que la gente no fume, porque no vamos a estar sosteniendo y consintiendo algo que nosotros consideramos malo. Pero en cambio el cristianismo no entró por la vía de la tolerancia hasta principios del siglo XIII. Entró por la vía de la convivencia, por el restablecimiento del status religio licita, pero con más ventajas todavía, que eso es lo que hace la sociedad española con las leyes de 1090: el judío tiene derecho a vivir en sus propias comunidades, jamás tiene derecho a tener sus centros de enseñanza, tiene derecho a tener sus centros religiosos, tiene derecho a guiarse por su ley, y tiene derecho a vivir en convivencia dentro de un espacio al lado de la sociedad cristiana con la esperanza puesta en que un día, por el buen ejemplo de los cristianos, se dará cuenta de que todos estamos en el mismo sentido.

Pero a principios del siglo XIII Europa experimentó una revulsión interna sumamente fuerte: la aparición de un fenómeno de materialismo que los documentos de la época llaman aberroísmo porque se lo atribuyen a la influencia de Aberróes, lo cual no es cierto (Aberróes podía tener otros defectos pero no iba por ahí); y en esa especie de ruptura que se está produciendo surgen las primeras sectas heréticas, surgen los primeros movimientos de disidencia que afectan por igual al judaísmo y al cristianismo: es el maniqueísmo, son los albigenses, son los movimientos de pobreza, son los espirituales franciscanos como una desviación de lo que había sido la Orden de San Francisco. Y en ese momento aparecen unos conversos, especialmente Nicolás Domin, judío y ahora dominico, que hace una advertencia muy seria a la Iglesia: están ustedes equivocados creyendo que los judíos están manteniendo fielmente la doctrina que han heredado de sus padres, porque han inventado una enseñanza que llaman el Talmud, en donde se cuentan cosas verdaderamente terribles. Verán ustedes -dice Nicolás Domin-, en esta página dice que Jesucristo está condenado a vivir en el infierno en un tonel de excrementos durante toda la eternidad, y en esta otra página se dice que María no era sino una prostituta que tuvo un hijo con un mercenario romano; yo lo sé porque soy judío y hablo hebreo y he sido educado en el Talmud.

El Papa Gregorio IX, a quien presentan esta denuncia, se asusta. Porque, naturalmente, supone una revulsión completa de lo que hasta entonces se había venido sosteniendo. Y no tiene mejor idea que encargar a la Universidad de París un estudio para resolver la cuestión. Y ésta organiza una especie de conferencia pública presidida por la madre de San Luis, Blanca de Castilla, nacida en Burgos, al lado de las Huelgas, donde se presentan las opiniones de unos y otros. Aparecen Domin y algunos otros conversos, y también los rabinos judíos. Y ahí es donde estalla definitivamente la cuestión y se produce la ruptura. Porque cuando al rabino le toca hablar, y le interrogan acerca de todo esto, dice: no crean ustedes eso del Talmud, son versiones que se están difundiendo por ahí en el ámbito popular, pero no es lo que se enseña en las sinagogas; sin embargo yo tengo que decir que Jesús traicionó a su pueblo porque cometió la tremenda blasfemia de declararse Dios, y ningún hombre puede ser Dios. Con lo cual se repite la sentencia que Caifás había pronunciado. En ese momento Blanca suspende la sesión y dice: no necesito más, ya está bien claro esto. Y se ordena recoger los Talmudes por Francia, se cargan cuarenta y dos carros de ellos, se llevan a París y se organiza una hoguera para quemarlos. Pero ahí hay un detalle trágico: esa hoguera se levantó en el mismo lugar en donde en 1792 se alzaría la guillotina: la Plaza de la Greda. Es como si Dios nos hubiera estado haciendo una advertencia.

A partir de ese momento se produce la ruptura definitiva entre cristianismo y judaísmo, con dos posiciones: la posición extrema, la que inventan los alemanes: matar a los judíos y acabar con ellos; o la otra solución que decía: acabemos ya con la tolerancia, esto es un mal y por consiguiente es un peligro, lo mejor es no dejarlos vivir con cristianos, que es la fórmula que al final adopta Europa a partir de 1289, siendo el de España el último episodio; es decir, nosotros fuimos los últimos en expulsar a los judíos, no los inventores de la fórmula. Ésta es como si dijéramos la solución suave del tema. Y se van hacia el Este de Europa, hacia los territorios turcos (no árabes, porque éstos los trataban muy mal), donde sobrevive este problema.

El judaísmo plantea entonces la cuestión diciendo: yo tengo que conseguir un retorno a la época pacífica, a la época del entendimiento y de las leyes protectoras. Es lo que llaman emancipación.

El primero que les ofrece la emancipación es Lutero, pero lo hace diciéndoles: háganse ustedes protestantes. Como ellos dicen no, Lutero empieza a lanzar venablos contra los judíos y crea todo este antisemitismo que consiste en decir que el judío es malo no porque tenga una doctrina mala, sino porque él es malo, porque por raza es un ser perverso que se ha revelado contra Dios y no hará mas que mal en este mundo.

Después acuden a los protestantes holandeses los cuales inventan una solución que les sale mal, que es decir: por qué no crear una reserva judía en algún territorio por ahí; y lo que proyectan es aprovechar a los judíos para quitar a Portugal una parte de Brasil: Recife y sus alrededores. Ocupan ese territorio, reaccionan los portugueses, les expulsan y estos judíos van a parar a una posesión holandesa en aquel momento en la isla de Manhattan, que se llamaba Nueva Amsterdam. Nueva Amsterdam se convierte poco después en Nueva York y esa es la razón de que allí esté instalada una de las principales comunidades judías del mundo, probablemente la más influyente en este momento.

Pero no es solución, y empieza lo que llamamos el movimiento de la emancipación y de la ilustración. ¿En qué consiste? Simplemente en aceptar que los judíos vayan perdiendo su calidad de judíos. Y se plantea para el judaísmo una cuestión que no debe olvidarse y que sin embargo todo el mundo occidental parece olvida: a fin de cuentas lo que estamos deseando, según parece, es que haya un estado laico en Israel, como los demás, en donde la religión no se tenga en cuenta, a ver si de una vez acabamos con el problema. No sólo echarles sino ubicarles en un determinado lugar. Pero para un judío religioso (y en este momento la mitad de los judíos son religiosos, la otra mitad no), Jerusalén es un elemento indispensable porque sólo así podría cerrarse el círculo.

El primer ensayo no fue religioso. Cuando ya la situación se hizo tan dura y además se inventaron las famosas calumnias como el libro Los protocolo de los siete sabios de Sión, que se han montando en el seno de la sociedad occidental, donde la izquierda dice: los judíos son los autores del capitalismo, y la derecha dice: los judíos son los inventores del comunismo. ¿En qué quedamos? Y empieza la gran leyenda: lo que ellos quieren es destruir la sociedad cristiano-occidental y por eso han creado esa especie de centro de acción, y utilizan tanto el comunismo como el capitalismo para desvirtuar y destruir. Ante esta situación de calumnia, la primera reacción que se produce es una reacción laica, no religiosa: el sionismo.

El sionismo nace en 1870 aceptando prácticamente la idea inicial: hay que crear un hogar judío. La única solución que tiene este problema es que los judíos sean como los demás pueblos, que tengan un territorio, una nación, etcétera. ¿Qué territorio? El sionismo dice: a mí me da igual, yo no tengo ningún problema respecto a Jerusalén y a todas estas cosas. Y el primer ensayo que se hace para un territorio es Uganda, buscando una meseta que tuviera un clima distinto de lo que podría ser el clima africano. Naturalmente esto fracasa, y empieza la solución religiosa, que es la que ya no es sionista, sino de otro tipo: volver a la tierra de Israel. Volver ¿cómo? ¡Ah, lo mismo me da! Lo que importa es volver a pisar ese suelo, es poder volver a cantar «Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor; ya están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén». Es el retorno a la tierra, y esto ya tiene un contenido religioso, es la aliah.

Es importante para el mundo occidental este fenómeno que es inseparable de Jerusalén. No es inseparable en la extensión que deba tener el territorio –esta es una cuestión opinable, y desde el punto de vista económico habrá que establecer las coordenadas-, mas lo que no es opinable es que el retorno es a Jerusalén o no es un retorno religioso.

Para el mundo occidental es absolutamente indispensable que este retorno sea religioso porque es muy importante que todo el contenido cultural e ideológico que el judaísmo religioso ha venido creando desde el siglo VIII hasta el siglo XIX pueda incorporarse como uno de los elementos más valiosos al conjunto de la cultura del mundo que debemos construir, si queremos que ese mundo no sea el de Giscard d’Estaing, un mundo laico, un mundo secularizado.

Ahora bien, una vez que se produce esto, hay que buscar la fórmula política. En 1917, cuando ya se preveía la destrucción del imperio turco, y lo que hoy llamamos Palestina era una tierra casi desierta, donde vivían unos 15.000 judíos y otros 15.000 beduinos aproximadamente, se llegó entre los árabes e Inglaterra a una especie de acuerdo que era la Declaración Balfour.

¿Qué tenemos que hacer? Dar a los árabes la independencia de que disfrutaron antes de que los turcos se hicieran dueños del Islam para que el Islam vuelva a ser verdaderamente árabe, fiel a Mahoma, y al mismo tiempo en esta extensión enorme de tierras que va a abarcar Mesopotamia, Siria, el Líbano y Arabia, hay que buscar un hogar judío, es lo que el padre de Abdulla acepta como la cosa más natural del mundo, y firma. Efectivamente, habrá un hogar judío. En esos momentos no se planteaba la cuestión de si iba a ser un estado independiente, un estado democrático, pero sí un espacio dentro del cual los judíos tuvieran derecho a vivir. Y ese espacio estaba limitado por el mar de Tiberíades, el Mar Muerto y la costa. Es decir, lo que constituye hoy toda Palestina, y a los árabes les pareció muy bien. Pero acabó la guerra y trajo una revolución: la revolución técnica de la gasolina. La guerra empieza en el carbón pero acaba en el avión, acaba en la gasolina, y las grandes reservas de petróleo se encuentran o en Estados Unidos (que no quiere gastarlas porque sabe que es una reserva que se puede acabar), o en los países islámicos. E Inglaterra interviene y convierte lo del hogar judío en un mandato sobre todo este territorio; y Francia dice que ellos también quieren una parte, alegando que allí están los católicos del Líbano diciendo: no se preocupen ustedes, yo tengo que protegerles.

Inglaterra divide el mundo árabe, impide la creación de esa unidad árabe con la que Abdulla soñaba y crea los pequeños estados, algunos de los cuales son minúsculos pero destinados a esa explotación del petróleo. Y entonces lo que se necesita es una oblación árabe, no beduina, y traen una población a la cual se prepara técnicamente: son los palestinos de hoy. Han venido del norte de Arabia, de los pequeños sultanatos musulmanes, de Mesopotamia, siendo instalados allí y educados y preparados por los ingleses para llevar a cabo la tarea de hacer que el petróleo barato llegara al Mediterráneo y desde allí se extendiera. Por eso Inglaterra tenía que tener también Chipre y muchas otras cosas más.

Fracasó por tanto el plan Balfour y tuvo unas consecuencias terribles: el odio a los judíos en todas partes. Los que ya tenéis cierta edad lo podéis recordar muy bien porque hemos vivido inmersos dentro del judaísmo mundial: la gente se creía a pies juntillas Los protocolos de los siete sabios de Sión y se sacaba del fondo de la historia toda esa mentalidad del «perro judío», «hacer una judiada» o cosas por el estilo, creándose todo este climax. Ese es el climax que aprovechan, primero Stalin y después Hitler, para edificar lo que podríamos llamar un idealismo doctrinal. Para Stalin el idealismo doctrinal era: el judío es peligroso porque es el autor del capitalismo, y por consiguiente está aquí como una quinta columna que quiere acabar con todo lo que es el sistema comunista. Por eso, cuando se repasa cuidadosamente la historia se vé que los judíos que tomaron parte en la primera onda de la revolución, que eran muy importantes, incluyendo Trosky, fueron eliminados. Después empezaron las persecuciones contra las comunidades judías que quedaban en el territorio de la Unión Soviética, no en Rusia propiamente dicha, sino en Ucrania, en Chechenia, en algunos otros lugares. Posteriormente lo tomó Hitler y organiza la gran persecución contra los judíos. Hitler creyó que le iba a resultar posible organizar una especie de exportación judía fuera de Alemania para crear un problema a las potencias occidentales, mas estas reaccionaron de forma negativa. El barco Éxodo (no el de la película), que salió de Hamburgo el año 1935 con destino a Nueva York, fue rechazado, enviado a Inglaterra, donde fue rechazado de nuevo, y tuvieron que desembarcar en Holanda, desde donde fueron a parar a los campos de concentración. Este es el drama tremendo. El holocausto es lo que constituye un gran crimen contra toda la humanidad. Porque no cabe duda, ¿quién tuvo la culpa de aquello que ocurrió tan espantoso? Si nos remontamos a las raíces del problema, aquél que por primera vez, mirando a un judío a los ojos, le llamó «perro judío», aquél que inventó lo de la tolerancia porque tú eres un mal con el cual yo tengo que acabar. Y un día u otro llegaría un loco (ya hubo un loco en España en el año 1391, un arcediano de Écija llamado Fernando Martínez, el cual organizó unas turbas de gente y salió al asalto de las juderías ofreciéndoles el saqueo de las casas a cambio de que les degollasen). Siempre surge después al final el gran extremo que destruye.

Volvamos a la declaración Balfour. Entonces surge en la ONU la idea de la creación de dos estados, uno judío y otro árabe en ese territorio que será repartido. Esto era ya una reducción dentro del programa Balfour, pues lo que se decía es que ese territorio entre Tiberíades y el mar no iba a ser un estado único sino un estado dividido.

A fin de cuentas era una solución. Había incluso una solución para Jerusalén pues se pretendía que los judíos fueran dueños por lo menos de la Jerusalén histórica, aunque pudiera haber unos barrios extremos que quedaban en la zona del estado árabe. Mas la ONU falla en un punto decisivo: si se toma el acuerdo de crear dos estados, ¿por qué no se crean otros estados? Se crea uno y se acepta que la población árabe rechace la legitimidad de ese estado declarándose a sí misma invadida.

En aquel momento no había más que setecientos y pico mil judíos y setecientos y pico mil palestinos. El crecimiento ha venido mucho después por razón biológica y también por razón de inmigración desde otros lugares. Y es sintomático el hecho de que las tropas transjordanas, que se convierten en jordanas en 1947, fuesen dirigidas por un general inglés, Fajru Pasha. ¿Es que Inglaterra pensaba que todo aquello tendría la fácil solución que esperaba de arrojar los judíos al mar, resolver el problema y crear de nuevo en el Oriente Próximo una suma de pequeños estados musulmanes que estuviesen sometidos al protectorado anglosajón? Yo no lo sé, pero hay mucho que sospechar.

Ha habido, pues, un primer fallo: la ONU no ha cumplido. Pero hay un segundo fallo: si la ONU toma la decisión de que deben crearse dos estados porque el mundo necesita resolver de una vez por todas el problema de la aliah judía, es decir de la radicación judía en su suelo, que es el que Dios les ha dado, etcétera, tenía que haber creado las condiciones de paz necesaria para albergar todo esto y evitar que se produjera una situación de hecho: la guerra. Pero la guerra lo que crea es un estado militar. Israel es, en estos momentos, un lío; por una parte es un estado religioso, por otra es un estado laico, pero por encima de todo es un estado militar, y la gente se ha aferrado a Sharón porque no ve otra solución, no ve otro medio de supervivencia, pues frente a ella está el terrorismo islámico, la violencia. Pero desde el punto de vista occidental no puede darse una desgracia mayor que esa, ya que lo que nosotros necesitábamos –y Jerusalén es para nosotros la ciudad santa- es un estado donde cristianismo y judaísmo puedan encontrarse a sí mismos en esa reconciliación final de la aliah, y esto es lo que se ha perdido.

Las últimas iniciativas que está tomando el presidente Bush demuestran que de todo eso él no tiene la más remota idea. Y al parecer tampoco sus consejeros. Mientras Israel no pueda pasar de ser un estado militar que se defiende a sí mismo, mal asunto.
 

Me he extendido mucho en estas consideraciones que consideraba faltaban para tener una perspectiva completa respecto al planteamiento de estas «Conversaciones», por lo que paso al comentario final como resumen del trabajo que hemos realizado durante estos días.

Yo creo que tanto las comunicaciones de los ponentes como las vehementes o sosegadas intervenciones que se han producido, han abierto muchos puntos de vistas que probablemente no teníamos, o al menos de una manera suficiente.

El tema general que habíamos planteado, globalización y mundialización, nos obliga a presentar la cuestión como en una coyuntura.

Llamamos globalización a un fenómeno –y no vale decir si es bueno o es malo- que está ahí, según el cual las relaciones económicas en el mundo contemporáneo son globales, abarcan a todo el mundo. El precio que pueda alcanzar el barril de petróleo en Bagdad es algo que afecta a la Bolsa de Nueva York y a la de Buenos Aires.

Los problemas del comercio mundial ya no están limitados a unos espacios sino que abarcan todo. En ese sentido prácticamente todos vivimos ya de una sola moneda, se ha conseguido -yo no sé si es bueno o es malo- que todo haga referencia al dólar. Incluso cuando hablamos del euro estamos pensando cuánto vale un dólar. Sube el euro, es decir, se deteriora el dólar por razones que se nos escapan, y la economía alemana entra en crisis, porque ya no puede vender, porque ella está vendiendo a un precio del dólar que ya no es competitivo. Cuando el dólar estaba a 0’80 de euro el producto alemán sí era competitivo y la prosperidad estaba garantizada: el 2% de crecimiento anual que es lo que hace falta.

Ese es un fenómeno: la globalización. Pero hay otro fenómeno que es en el que insistimos los historiadores: la mundialización. Es decir, las vías de comunicación se han hecho tan rápidas y cubren de tal manera toda la tierra que hoy nuestros políticos están por la mañana en Nueva York, por la tarde en Madrid y luego van a dormir a Moscú; y se reúnen para conmemorar San Petersburgo. No cabe duda que las decisiones que se tomen son de carácter mundial.

Ahora bien, lo que hemos hablado aquí estos días es que esas decisiones que habrán de tomarse (porque si no se hace entraremos en un caos, en un vacío como la caída del Imperio Romano), tienen como tres disponibilidades. Una disponibilidad de raíz cristiana, cosa que niega Giscard d’Esteing, que niegan todos los que le rodean, pensando en la grandeur de la France y en que Voltaire era el gran genio, cuando fue el gran imbécil que acabó con todo lo que había de bueno en Europa, el gran loco egoísta que ha conseguido educar la mentalidad que llevó a la revolución y a las guerras del siglo XIX y del siglo XX que casi acaban con nosotros.

Pero hay una raíz cristiana que, con los defectos y las disensiones que han llegado a producirse en el seno del cristianismo, presenta, sin embargo, un modelo de hombre, un modelo en el que se reconoce en el hombre, ante todo, que es una criatura que no es autosuficiente sino que ha sido creado por Dios, individualmente creado por Dios, y dotado por Él de dos condiciones que son esenciales: capacidad racional para el conocimiento especulativo, para saber qué es lo bueno, lo bello y lo justo, que son los derechos naturales que están insertos en el alma; y libre albedrío para aceptar esta doctrina y hacerse responsable en relación con ella. Ese sería el modelo cristiano para la construcción del mundo del siglo XXI. Y ese modelo cristiano no se conserva en Europa, de una manera eficiente, pero sí se conserva en la América española. Ese fue el gran regalo que España hizo al mundo.

Y en el desplazamiento hacia el Pacífico a que estamos asistiendo, probablemente vamos a presenciar cómo esa América es capaz de sacudirse las inyecciones que han tratado de meterse en ella desde el materialismo dialéctico o desde el materialismo dogmático, y acabará afirmando, como ya está sucediendo en Chile, por ejemplo, todo este orden de valores que es el que está en la población aunque no esté en los gobiernos. La vuelta que ha tenido que dar Lula cuando parecía que iba a montar en Brasil algo así como el castrismo, aunque lo que está surgiendo ahora nadie sabe muy bien qué es, pero sí resulta una modelación que nadie se esperaba, es uno de los síntomas, La reacción, pues, es decir que está más en América que en Europa. ¿Por qué? Por una razón muy simple: porque en América el catolicismo es mucho más vivo que en Europa.

Pero Europa todavía tiene sus resortes. La visita del Papa a Madrid ha demostrado cómo a la hora de mover sentimientos el catolicismo tiene todavía una gran fuerza.

Otra de las visiones es aquella que viene de Asia, del Asia Oriental. Asia Oriental parte de la idea de que Dios no existe, de que lo divino, lo telúrico es algo que pertenece al propio universo: es el cielo, es el gran Tao, o es el Amateratsu como dicen los japoneses, y por consiguiente el poder tiene una divinización. Pero frente a él, ¿qué es el individuo? Nada. ¿Qué condiciones reconoce el confucianismo, por ejemplo, que es la fórmula filosófica más importante que ha conseguido crear Asia Oriental para la construcción de una sociedad? Ninguna. El culto a los antepasados, la individualización absoluta, es decir, los nueve principios del confucianismo. Pero esa es la segunda fórmula. Ahora bien, este vacío ha permitido, primero a Japón y ahora a China y a los pequeños países que llamamos Singapur o Malasia, dar un salto para apoderarse de la técnica occidental sin necesidad de tener que resolver problemas internos de cultura o de pensamiento. Es la pura técnica. Japón no es otra cosa que la pura técnica. Pero, entonces, ¿vamos a construir un mundo solamente sobre la técnica sin valores? Es una posibilidad.

Y luego viene la tercera posibilidad que es la tercera parte de la humanidad: el Islam. El Islam es un peligro, más de lo que a primera vista pueda parecer. Y no nos engañemos con las propagandas que se están haciendo cuando hablan de la convivencia ejemplar; nunca hubo convivencia ejemplar. Jamás. Recuerdo que una vez un político español sacó, en Córdoba, delante de un grupo de historiadores, aquello de la convivencia. Se levantó un catedrático de Sevilla y le dijo: Oiga, vamos a ver, usted que habla de la convivencia, ¿me podría decir cuántas iglesias cristianas había en el Reino de Granada? Pues mire, no lo sé. Pues ninguna. ¿Sabe usted cuántas mezquitas había en Castilla en aquella época? Doscientas veinticinco. ¿Y usted me habla de tolerancia islámica?

Pero es que en el Islam se ha producido un hecho especialmente grave. Como toda religión, al hacerse cultura, se encuentra en una encrucijada que el cristianismo resolvió con san Agustín y definitivamente con santo Tomás. La coyuntura es la razón humana es un valor en relación con la fe y se puede dar una respuesta positiva. Es lo que intenta santo Tomás de Aquino, aunque algunos fanáticos le condenan, censurándole veintinueve proposiciones que fueron declaradas heréticas por la Universidad de Oxford. O se puede tomar la otra actitud, la del fundamentalismo: apegarse a la letra, a la ley, y tratar de llevarla hasta sus últimos extremos sin dar protagonismo al hombre.

En el Islam estas dos posturas reciben un nombre: sunnismo y siísmo. Sunnismo que significa tradición, quiere decir que siendo el Islam una religión del libro (nosotros somos una religión del espíritu, los judíos son una religión del suelo), éste tiene que ser entendido, interpretado, comentado, enriquecido para que pueda servir como mensaje a los demás. Mientras domine el sunnismo hay una posibilidad de diálogo, que es lo que se vivió en la Europa del siglo X, y primeros años del siglo XI. Pero se puede tomar la actitud opuesta que es el fundamentalismo: yo me someto a la letra estricta de la fe y de ahí no me salgo ni un ápice, no acepto para nada la intencionalidad de la persona, niego el principio tan fundamental en el cristianismo de que no hay pecado, por grave que sea, que no pueda ser perdonado; y eso es siísmo, que afirma: no sólo el libro no puede ser comentado, sino que la interpretación del libro aparece de cuando en cuando enriquecida porque Dios envía maestros supremos que son, en su primer nivel, ayatollas y en su segundo nivel magdis, es decir, los ocultos descendientes de Husein. Y ahora hemos vuelto a desatar los demonios en Kerbalag permitiendo el retorno de un ayatolla que es el que está preparando el paso siguiente para la destrucción.

Son las tres alternativas. El mundo tiene que elegir: o consigue –y Europa tendría que convertirse en sí misma- un retorno a las raíces cristianas, a los valores cristianos, o se enfrenta con un peligro verdaderamente serio. El peligro de derivar hacia un único tecnicismo: nada importa salvo la técnica, nada tiene valor salvo el ordenador, o entramos en el gran choque con el Islam para quienes nosotros no somos otra cosa que la personificación del diablo.


 
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