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Altar Mayor - Nº 90 (05)
Sábado, 20 diciembre a las 18:13:00

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

HISPANOAMÉRICA, UN PROYECTO DE COMUNIDAD PENDIENTE
Por Álvaro de Diego González - Universidad San Pablo-CEU

Resulta sumamente complejo encarar una realidad tan proteica como es la de Hispanoamérica, un territorio que se extiende desde el Río Grande hasta Tierra de Fuego y en el que habitan unos 400 millones de personas de confesión mayoritariamente católica que se expresan en lengua española y, en parte, portuguesa (Brasil).

Hispanoamérica, en primer lugar, ha de entenderse como una empresa española (y sólo marginalmente portuguesa). El descubrimiento tuvo carácter bifronte, en el sentido de que no sólo lo fue para los españoles, sino también para los propios indígenas, que desconocían a los demás moradores del continente. Por otra parte, la independencia de América supuso una auténtica guerra civil (entre españoles) en la que los indígenas habitualmente se decantaron de parte del monarca español, habida cuenta de su lejanía física («Del amo y del mulo, cuanto más lejos más seguro») y de su sentido reverencial hacia la autoridad; el Gran Moctezuma, por citar un ejemplo anterior, fue relevado por el conquistador Cortés, a quien pronto tomaron como la «Serpiente emplumada».

Para afrontar una reflexión sobre la particularidad de Hispanoamérica se antoja muy útil seguir al argentino Abel Posse, quien destaca la ausencia de grandes filósofos nativos; a su juicio, no existen equivalentes en el campo del ensayo y de la filosofía a un Borges, un Lezama Lima o un Neruda. La reducida influencia filosófica acostumbra a ser española, a través de Ortega y Zubiri, quienes por lo general beben del pensamiento europeo. Como la propia España, Hispanoamérica da la impresión de constituir una comunidad más inclinada hacia la lírica que hacia la reflexión.

Siguiendo a Alberto Buela, se puede afirmar que Hispanoamérica constituye una reserva de valores larvados en Occidente, confundidos luego por el iluminismo protestante introducido después, lo que creó la consiguiente distorsión. El caos actual hispanoamericano deriva, en gran medida, de la aplicación trastocadora de las ideas demoliberales de cuño protestante en una sociedad de profunda raigambre católica. España (en menor medida, Portugal), con todos los errores históricos cometidos y las tropelías consustanciales a la naturaleza humana, trató de crear desde los siglos XV y XVI un Reino, nunca un imperio colonial, por cuanto, al menos sobre el papel, hasta el último indio era súbdito de los Reyes Católicos. Así se entiende la inscripción que aún subsiste en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, de Buenos Aires: «Estas tierras no eran de España; eran España».

No cabe duda, en todo caso, de que para entender el mundo presente, el que apenas se ha asomado al incierto siglo XXI, hay que tener en cuenta el libro de Samuel Huntington El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. La obra, no obstante, ha de observarse con ciertas prevenciones. En primer lugar, sirve a la política del Departamento de Estado estadounidense. Identifica la única opción para el progreso del mundo como la demoliberal de corte protestante-anglosajón; todo lo que ello no sea ha de ser superado o, en todo caso, contenido. Y, en suma, se inserta dentro del pensamiento único que afirma que no hay alternativa al orden liberal-capitalista.

Pese a ello, no se puede negar cierta agudeza a Huntington. En este sentido, supera la tesis de Francis Fukuyama sobre «el fin de la Historia» (contenida en su polémico libro El fin de la historia y el último hombre), quien asegura que el mundo en bloque camina hacia la democracia y el libre mercado. En realidad, según Huntington, las grandes líneas de fractura en el futuro (ya lo son en el presente) serán las que separen a las civilizaciones o bloques culturales con una cosmovisión característica y diferencial del mundo. En realidad, la tesis no es nueva. Estamos ante el estoicismo (pragmatismo) estadounidense vulgarizando a Toynbee, quien afirmó que la conducción de la historia corresponde a minorías creativas que se insertan en bloques civilizatorios cuyo declive viene asociado al de éstos, o incluso el Spengler de La decadencia de Occidente.

En todo caso, Huntington señala que, tras la caída del Muro de Berlín, los conflictos no tendrán ya lugar entre bloques ideológicos, sino entre entidades culturales, sometidas esencialmente al influjo de las religiones. Los países con herencias cristianas occidentales progresan hacia el desarrollo económico y una política democrática (Huntington no distingue países católicos, igualmente occidentales, de países de ética más o menos calvinista), mientras que en el mundo musulmán las perspectivas no son nada halagüeñas. Las premisas de su análisis son básicamente cuatro:

1. Las fuerzas de integración en el mundo son reales y se basan en la afirmación cultural y la conciencia civilizatoria.

2. El mundo es en cierto sentido dos: Occidente, como civilización dominante hasta ahora, y todas las demás, que tienen poco en común entre ellas. En otras palabras, hay un mundo occidental y muchos no occidentales.

3. Los Estados seguirán siendo los principales protagonistas de la política mundial, pero sus intereses, asociaciones y conflictos cada vez se verán más determinados por factores culturales y civilizatorios.

4. El mundo es ciertamente anárquico, pero sus conflictos fundamentales derivarán de los choques entre Estados o grupos procedentes de civilizaciones distintas y, mejor aún, difícilmente conciliables.

Huntington señala la existencia de siete civilizaciones en el mundo, a las que añadiría una hipotética o «probable» africana: china, «confuciana» o «sínica»; japonesa; hindú; islámica, que constituye la principal amenaza para Occidente; ortodoxa (con centro en Rusia); occidental, en la que, en origen, incluye a Europa, Norteamérica y lo que él llama «Latinoamérica»; y, finalmente, «latinoamericana». Peca, no obstante, de cierta visión etnocentrista y separa a «Latinoamérica» de Occidente por el peso de la cultura indígena que -no dice- respetaron en parte los españoles, no como los anglosajones que masacraron a los indios.

El norteamericano apunta que «Latinoamérica» oscila entre dos extremos: México, América Central, Perú y Bolivia, por una parte (donde el peso indigenista es mayor), y Argentina y Chile por otra (donde este peso es escaso). Cree que «Latinoamérica» «se podría considerar, o una subcivilización dentro de una civilización occidental, o una civilización aparte, íntimamente emparentada con Occidente y dividida en cuanto a su pertenencia a él».

Sin embargo, no se puede simplificar, como hace Huntington aseverando que (cita a Christopher Dawson) «las grandes religiones son los fundamentos sobre los que descansan las grandes civilizaciones» y éstas son cristianismo, islam, hinduismo y confucianismo. El cristianismo ofrece diferencias: ortodoxos (a los que señala), católicos (a los que no), protestantes. Hispanoamérica, y no «Latinoamérica», es más Occidente en cierto modo que el propio Occidente tal y como lo conocemos. No se debe equiparar todo el Occidente obviando que no es lo mismo una cultura anglosajona protestante que otra católica de raíz hispánica (España y Portugal). Por tanto, en Hispanoamérica, a nuestro juicio, se producirían dos reacciones que, de hecho, se mezclan y confunden:

1. La reacción contra una cultura de las multinacionales (capitalismo demoliberal de raíz anglosajona), aliado con las múltiples sectas protestantes que difuminan la verdadera identidad católico-hispánica de base.

2. La reacción contra la pertenencia cultural a la Madre Patria, que no es sino reflejo de una identidad crucialmente hispánica, en cuanto particularista, individualista, autocrítica y especialmente sectaria. En contra de lo que se dice, ayer -e incluso hoy- la mayor oposición a España no procedía de las zonas rurales y en gran medida autóctonas, sino de los centros ilustrados de las urbes (hoy universidades).

En realidad, Hispanoamérica supone la proyección casi milimétrica de una concreta idea de Europa, a la que desde la Edad Media y el Renacimiento configuran cinco movimientos nacionales: alemán, inglés, francés, italiano y español. De la concepción última (uniendo a Portugal), de la de Castilla para ser más precisos, deriva Hispanoamérica como proyecto.
 

Hispanoamérica contra Occidente o, más bien, al rescate de Occidente

Buela habla de Hispanoamérica como una «gran nación», caracterizada por la «unidad política, cultural, lingüística y religiosa indiscutible». Se afirma, de acuerdo con las teorías de Carl Schmitt, frente a un «enemigo», que es el imperialismo anglosajón. Éste actuó en dos etapas: en primer lugar, en las guerras de independencia (1809-1820): Bolívar y San Martín apoyados por logias al servicio del manchesteriano Imperio Británico. En segundo lugar, tras la 2ª Guerra Mundial: Estados Unidos. Hoy actúa no tanto a través de su financiación a golpes militares (frente al peligro comunista), cuanto a su control del mercado mundial a través de las multinacionales y de los instrumentos «legales» de control financiero: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Hoy el patrón-oro es el dólar y un solo banco central (el de la Reserva Federal) decide la liquidez de todo el sistema planetario. Los Estados Unidos, aliados con las elites políticas autóctonas corruptas, estrangulan financieramente a los estados hispanoamericanos con el fin de asegurar su posición de privilegio. No es tanto, como explica Huntington, que Occidente deba conocer a las civilizaciones adversarias para frenar su avance y asegurar la democracia mundial.

La decadencia de Hispanoamérica se enclava dentro de la de Occidente, una civilización cuyas bases se asientan en el indo-europeo como sustrato lingüístico; la filosofía griega del ser; el derecho romano; el Dios personal uno y trino del Cristianismo y la esencial igualdad, en cuanto a dignidad, del ser humano; y la instrumentación de la razón al servicio de la técnica y la ciencia que han dado la primacía a Occidente frente a Oriente. Estas bases se resquebrajan, no obstante, por efecto del régimen liberal capitalista, que se impone por los medios de comunicación y el sistema educativo; por efecto del marxismo colectivista, que destruye la función social de la propiedad; y, finalmente, por efecto de la desnaturalización del mensaje cristiano. En cuanto a esto último se observa la reducción de un mensaje redentor completo a la particular contingencia de una idea puramente social: ya sea el social-cristianismo, de superestructura, al servicio de la burguesía dominante (imperialismo estadounidense), o el «progresismo cristiano» o teología de la liberación instrumentalizada por el marxismo internacional.

En suma, si Occidente ha perdido su capacidad para «instaurar valores», existe una proposición alternativa: que Occidente recupere su identidad a partir de Hispanoamérica, que consolide una «nacionalidad» común por encima de la dispersión de una multitud de repúblicas sin etiqueta. De ahí que Emilio Lamo de Espinosa afirme que españoles y portugueses fuimos parteros de un nuevo mundo, de un nuevo proyecto de humanidad que arranca en 1492, porque «América se descubrió, no sólo para los europeos, sino también, y sobre todo, para las poblaciones nativas de ese continente, que se desconocían unas a otras tanto como el territorio en que se asentaban».

Esa fuerza civilizatoria que Huntington ignora, ha sido puesta de manifiesto por uno de sus maestros, que se declaró incompetente para entender la acción sobre la historia de un pueblo tan contradictorio. Arnold Toynbee dejó escrito que

«Estos pioneers ibéricos prestaron un servicio sin paralelo a la Cristiandad Occidental. Ampliaron el horizonte y con esto, potencialmente, el dominio de la sociedad que representaban hasta que llegó a abrazar todas las tierras habitables y todos los mares navegables del globo. Debido en primer término a esta energía ibérica, la Cristiandad Occidental se ha desarrollado, como el grano de semilla de mostaza de la parábola, hasta llegar a ser la "Gran Sociedad": un árbol bajo cuyas ramas todas las naciones de la Tierra han venido a cobijarse».

La capacidad de «instaurar valores» ya ha sido propuesta anteriormente, como en la «tercera posición» de Perón (1946-1955). Mirando hacia el futuro, como indica Buela, se podría intentar sustituir el mercantilista (e inoperante) MERCOSUR en favor, por ejemplo, de una Confederación del Río de la Plata (con antecedente en el Virreinato del mismo nombre), que incluyera a Uruguay, Paraguay, Bolivia y Argentina.

El esfuerzo hacia el futuro es un esfuerzo por «repristinar» valores, volver a lo original, que no es sino la visión católica hispana. Esta visión es anterior a la denominada Revolución Mundial de cuño protestante, que incluyó la Reforma, la Revolución Francesa, la Revolución bolchevique y la revolución «tecnócrata». Pero también ha de ser superadora (o, más bien, comprensiva, integradora) de lo indigenista. La religión y la lengua aglutinaron pueblos dispersos, que de otro modo no se entenderían nunca, desde el Río Grande hasta Tierra de Fuego. Sería destacable en este punto, independientemente de lo que suscite para la fe, el papel aglutinante de la Virgen María en el orbe hispano-católico. Un mismo significado, el de la Madre de Cristo amparadora de todos los hombres (católica y, por tanto, universal), adquiere diferentes representaciones o formas (rasgos indígenas incluidos).

Esta empresa de vuelta a los valores hispano-católicos se verá matizada por lo específicamente propio de Hispanoamérica, aquello que los españoles (y portugueses) no llevaron a aquellas tierras o, más bien, asumieron de un entorno privilegiado radicalmente distinto de aquél del que procedían. Hispanoamérica contiene así dos notas diferenciales: la vivencia del tiempo, su peculiar interiorización, pues éste es, como se indica en el Martín Fierro, «sólo tardanza de lo que está por venir»; y su caracterización como territorio de lo «hóspito», pues acogió a los perseguidos por las guerras, el hambre, la pobreza, «en definitiva, por la imposibilidad de ser plenamente hombres», tal y como afirma Buela. Se recuerda, en este sentido, que el sionismo llegó a plantear un «hogar nacional» en la Pampa antes que en Palestina.
 

BRASIL

Debe partirse de la premisa de que «el conocimiento histórico de Brasil es reducido en el mundo hispánico –lo mismo que en el propio país»-. El período colonial del Brasil se abre con la llegada a sus costas del portugués Pedro Álvarez de Cabral en 1500. La expedición topó con indígenas que no constituían una «nación» estricta, sino un conglomerado de grupos dispersos. La conquista y consiguiente colonización de aquellas fértiles extensiones, denominadas pronto «Brasil» (a causa de la abundancia de este palo), resultaron del Tratado de Tordesillas (1494): división de un mundo en dos hemisferios, separados por una línea que pasaba 370 leguas al oeste de Cabo Verde. Al oeste, las tierras dependerían de España; al este, de la corona portuguesa.

La amenaza al dominio portugués del Brasil, especialmente francesa, derivó del principio del uti possidetis, según el cual el soberano del territorio coincidiría con quien lo ocupase de forma efectiva.

Juan III, desde 1532, creó las capitanías hereditarias, quince regiones delimitadas por líneas paralelas al Ecuador. Eran administradas por donatarios, poseedores (que no propietarios) de unas tierras de la Corona. Las Capitanías fueron pasando de manos privadas al Estado. Con Tomás de Sousa, primer gobernador general del Brasil, desembarcaron los primeros jesuitas para catequizar a los indios y disciplinar al disperso clero.

Desde un principio, esta fértil tierra se caracterizó por ser una empresa comercial (abastecimiento de la metrópoli) y un régimen de grandes propiedades y explotación compulsiva: «las diferentes formas de trabajo servil predominaron en la América española, mientras la esclavitud [africana, sobre todo] fue dominante en Brasil» hasta su abolición formal en 1831 (la efectiva hubo de esperar a la Ley de 1850).

Las instituciones más fuertes en la época colonial fueron el Estado y la Iglesia Católica, subordinada ésta al primero en un intento de contrapesar la influencia de los jesuitas. La sociedad se asentaba sobre el principio de pureza de sangre (en 1773 se finiquitó la distinción entre cristianos viejos y nuevos) y la segregación entre personas y esclavos (llegaron a Brasil unos 4 millones de negros entre 1550 y 1855).

La Unión Ibérica (1580-1640) coincidió con gran parte de las invasiones holandesas al Brasil, así como con las principales «bandeiras» o expediciones al interior del país. El ejército se convirtió en fermento del sentimiento nacional desde que, en el siglo XVII, blancos, indios y negros expulsaran del territorio al invasor extranjero.

Además de trasladar la capital del Virreinato de San Salvador a Río de Janeiro, el marqués de Pombal, ministro de José I (1750-1797), puso fin a la esclavitud de los indígenas y expulsó a los jesuitas de Portugal y sus dominios tras confiscar sus bienes.

Aún más decisivo se reveló el traslado de la Corte a Brasil por parte del príncipe Don Juan, regente del Reino desde 1792. La amenaza napoléonica abrió los puertos de la colonia a Inglaterra, al par que la metrópoli era ocupada por los franceses. En Brasil, la Corona continuó defendiendo los intereses portugueses. En las Fuerzas Armadas comenzó a cundir el descontento, por lo que el Rey hubo de llamar a tropas procedentes de Portugal para defender las principales ciudades brasileñas. En el noreste surgió el sentimiento de que el dominio sobre el Brasil había pasado de una ciudad extraña (Lisboa) a otra (Río de Janeiro) y se produjo un efímero fenómeno revolucionario (de signo republicano) en Recife.

La revolución liberal de agosto de 1820 sorprendió a un rey ausente (Juan VI) mientras el país era gobernado por un Consejo de Regencia presidido por un mariscal inglés. El movimiento, opuesto a la monarquía absoluta pero favorable a la reintegración de Brasil a la dependencia de Portugal, exigió el regreso del monarca. Juan VI embarcó para Portugal en abril de 1821. Permaneció en América su hijo don Pedro, quien profirió el célebre «grito de Ipiranga» (7 de septiembre de 1822) con el que formalizaba la independencia del Brasil. Poco más tarde era coronado emperador con el título de Pedro I.

El Brasil monárquico (1822-1899) registró la abdicación de Pedro I en favor de su hijo Pedro II (1831), para arrebatar el trono portugués a su hermano don Miguel. La minoría de edad del sucesor determinó el establecimiento de una Regencia de liberales hasta 1840. Desde la independencia el Ejército brasileño actuó decisivamente para quebrar todas las tentativas de fragmentación territorial y social del país. Pedro II centralizó aún más el Estado instituyendo la figura del presidente del Consejo de Ministros. El monarca actuó como un poder moderador entre los dos partidos imperiales (conservador y liberal) al estilo del sistema canovista. Tras la Guerra de Paraguay (1864-1870), el sistema monárquico entró en una crisis marcada por el inicio del movimiento republicano y las fricciones del Gobierno imperial con el Ejército y la Iglesia. La crisis económica tras la abolición de la esclavitud sacudió con dureza a la clase de los grandes terratenientes rurales, último apoyo del régimen, y aceleró la proclamación de la República el 15 de noviembre de 1889, merced al pronunciamiento militar incruento del mariscal Deodoro da Fonseca. Da Fonseca alcanzó la Presidencia en elecciones celebradas tras la promulgación de una Constitución (1891), basada en la estadounidense.

Como reacción a la «República Velha» (1889-1930), caracterizada por un formalismo democrático que ocultaba la adulteración de la soberanía popular por el caciquismo oligárquico (algo similar a la «década infame» argentina), tuvo lugar la revolución de 1930 y la llegada al poder de Getúlio Vargas, quien, tras promulgar una nueva Carta Magna (1934), fue elegido presidente constitucional. Creador del «Estado Novo» (nueva Constitución de corte autoritario, de 1937), Vargas promueve una avanzada legislación laboral y sienta las bases del desarrollo industrial brasileño. En 1942 Brasil declaró la guerra al Eje y, restaurado el sistema democrático (en 1946, nuevo texto fundamental), Vargas protagoniza una segunda presidencia.

Desde 1955 y bajo la administración del presidente electo Juscelino Kubitschek, Brasil conoce una época de espectacular crecimiento económico. La capital se traslada a Brasilia. Desde 1964 se suceden distintos gobiernos militares que acometen profundas modificaciones constitucionales que propician un Estado virtualmente dictatorial desde finales de los años sesenta. El progresivo restablecimiento de la democracia se produce en los mandatos de los generales Geisel (1974-1979) y Oliveira Figueiredo (1979-1985). Finalmente, bajo la presidencia de José Sarney se promulga la Constitución democrática vigente de 1988.

La Constitución de 1988 erige la República Federal del Brasil en «Estado Democrático de Derecho» (artículo 1). Ahora bien, el problema reside en el grado real de profundización en esa democracia representativa y su proyección al ámbito económico y social. El caso brasileño se ha caracterizado por la aplicación de un capitalismo salvaje que, propiciando un espectacular crecimiento económico, no ha revertido en un mejor bienestar social, por lo que el país presenta la mayor desigualdad de rentas entre sus clases sociales de toda Iberoamérica.

En 1990 es elegido presidente Fernando Collor de Mello, artífice de un drástico programa de estabilización y víctima de un «impeachment» constitucional. En enero de 1995 asume la Presidencia Fernando Henrique Cardoso. Reelegido en los siguientes comicios, abandonará el cargo tras las elecciones de octubre de 2002.

Brasil ocupa el puesto número sesenta y nueve de los países del mundo, según el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Aunque se produjeron algunas mejoras significativas con Cardoso en sus indicadores sociales, en el inestable entorno macroeconómico de los ochenta, noventa y principios de siglo XX (convulsiones derivadas del default argentino) la pobreza aumentó. El presidente de la República lanzó el Programa Nacional de Derechos Humanos (PNDH) a mediados de la década pasada. Inspirado, para conciliar la democracia con las graves injusticias sociales, variadas formas de exclusión social y las reiteradas violaciones de los derechos humanos en el país (asesinatos, secuestros, narcotráfico, atropellos de la Administración, etc.).

Analizar la problemática de Brasil al comienzo del siglo XXI exige hacerse cargo de la volátil situación del gigante sudamericano. Tras vencer (en segunda vuelta) en las elecciones presidenciales de 27 de octubre de 2002, Luiz Inácio «Lula» Da Silva afrontó un comprometido momento socio-económico derivado del default de Argentina, y de los problemas internos del país. Izquierdista líder del Partido de los Trabajadores (PT), el antiguo empleado metalúrgico asustó, en principio, a los Estados Unidos de América y a los mercados financieros. A raíz de su alianza con el evangelista senador del Partido Liberal, el empresario conservador José Alencar, «Lula» ha moderado su mensaje en aras del mero populismo, asegurando, incluso, que cumplirá los compromisos pendientes con el Fondo Monetario Internacional.

En lo que hace a las Fuerzas Armadas, el antiguo líder metalúrgico realizó contactos informales con altos jefes militares para alejar el tradicional recelo de la cúpula castrense hacia su figura y el Partido de los Trabajadores. En esas reuniones previas a la cita electoral, «Lula» Da Silva reconoció errores del pasado y prometió incrementar el presupuesto militar (que en el 2002 se redujo). Además, se comprometió a impulsar una mayor presencia de las Fuerzas Armadas en la Amazonía.

El entonces candidato arrancó ovaciones de los militares cuando repudió la incorporación de Brasil al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Lula da Silva consideró el tratado en ciernes «no de integración, sino de anexión [a Estados Unidos]». También arremetió contra el acuerdo que otorga a Washington el derecho de utilizar una base de misiles ubicada en la localidad de Alcántara y anticipó que, de resultar elegido, vería la forma de invalidarlo. «No es legítimo que se atente contra la soberanía nacional», aseguró. Lula aumentó el asombro de los generales cuando determinó que existen dos maneras de que un país se haga respetar: «Manteniendo una economía sólida y siendo militarmente fuerte». Más tarde, Lula elogió las políticas de crecimiento que se adoptaron bajo los regímenes militares, aunque matizó que en plena democracia, con Kubitschek, «también se forjaron planes de amplia visión». En suma, lejos de proponer un Gobierno pseudo-marxista, estaba ni más ni menos que reformulando la «tercera vía» del primer Perón.

Los brasileños, con todos sus problemas, han mantenido la dignidad nacional y fe en sí mismos que han faltado a los argentinos en los últimos tiempos. Por poner algún ejemplo significativo, cuando Paul O´Neill, secretario del Tesoro de Estados Unidos, comentó en el verano de 2002 que no era conveniente que el FMI siguiera prestando a líderes sudamericanos para que el dinero fuera directamente a cuentas suizas, Cardoso protestó y los norteamericanos se retractaron; Duhalde le dio la razón, se achantó. El verano anterior, en medio de una grave crisis energética, Cardoso pidió a sus compatriotas que redujeran el consumo de electricidad. Se redujo en un 22,5% el primer mes: los brasileños, un pueblo con mayores desigualdades y lacras sociales que el argentino, tienen mayor preocupación por su destino común.

En la primera década del siglo XXI es de prever que el Gobierno de izquierda populista de Lula, lejos de arrumbar a las Fuerzas Armadas, imprima a la institución un mayor protagonismo, engarzándola aún más con la sociedad civil en su estrategia general de reafirmación de la soberanía política e independencia nacional, especialmente frente a los agentes internacionales del capitalismo (Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional, sobre todo). En un país de la heterogeneidad (cultural, racial, socio-económica y territorial) de Brasil las Fuerzas Armadas reasumirán su tradicional papel histórico de aglutinante del sentimiento patriótico y vertebrador nacional e interclasista.

En un marco político demoliberal aún por consolidarse corresponderá al Estado –y a la propia sociedad civil- la corrección de los exagerados desequilibrios sociales y el contexto general de injusticia social. Aun cuando ha efectuado algunos gestos para la galería (tender la mano a Hugo Chávez), Lula ha demostrado su inteligencia acercándose a los grandes grupos industriales y financieros. La mejor forma de reformar un sistema injusto pasa por ser realista e implicar a todos. Sin ese compromiso con el mundo empresarial y la credibilidad que concederá pagar la deuda acumulada (sin anteponerla a la salud nacional, a la dignidad del país), no habrá cambio. Cardoso ha dado ejemplo de honestidad política y dignidad nacional. Lula habrá de tomar el testigo. Brasil, a fin de cuentas, aunque arroja mayores desigualdades que Argentina (un país en vías de subdesarrollo), también tiene mayor predisposición para cambiar.

En la persecución de esa globalización «humana» (que incluye la petición al G-8 de un Foro Mundial contra el Hambre), Lula ha asegurado que si su proyecto fracasa, todo el movimiento de izquierdas lo hará en bloque.
 

ARGENTINA

El peculiar carácter argentino se queda perfectamente definido en el Martín Fierro, la gran joya de su literatura. Según el mejor biógrafo de Perón, los argentinos se caracterizan por un «excesivo individualismo que proviene, en gran parte, de la obsesión con el sentido de la dignidad personal propio de las culturas latinas». El extremismo retórico y de comportamiento, la suspicacia hacia sus compatriotas «limitan dramáticamente la viabilidad de las instituciones democráticas y conllevan una predisposición hacia las formas autoritarias de gobierno». El sentimiento de soledad (debido a su aislamiento geográfico) da lugar a un sentimentalismo que comporta el amor al débil y fracasado, al que se une un catolicismo teñido de algunos «aspectos perversos». A juicio de Page, «la relación entre el hombre y su país fue habitualmente simbiótica. No sería una exageración sugerir que Perón fue la Argentina y la Argentina fue Perón». Todo análisis de la situación actual del país ha de partir, por tanto, de lo que significó Perón.

Para comprender la llegada al poder de Perón, debería citarse el período irigoyenista (1916-1930). Irigoyen, caudillo radical de carácter excéntrico llevó a cabo algunas reformas importantes en el país, pero fue derrocado en 1930. Los años posteriores fueron calificados de «Década infame». A lo largo de ésta, según el historiador Félix Luna, «la mentira política, el vasallaje económico, la miseria y la desocupación, la alineación de la cultura y el espíritu del país fueron notas permanentes que crearon un estado de desaliento y escepticismo en vastos sectores populares». El fraude y la violencia electoral se vieron acompañados de un estrechamiento de los lazos económicos con Gran Bretaña (Pacto Roca-Runciman de 1933) en lo que se ha calificado como una época «vendepatria».

El 4 de junio de 1943 se levanta el Ejército, a instancias de los conservadores y en representación de los intereses políticos de la burguesía industrial. Arturo Ravasen ocupa la presidencia un solo día, pues el órgano de los conspiradores, el GOU, le sustituye por el general Ramírez; este último nombra ministro de la Guerra a Edelmiro Farrel, quien a su vez designa secretario del Departamento a Juan Domingo Perón. Perón resuelve un conflicto obrero del sector frigorífico y es aupado pronto al cargo de director del Departamento Nacional de Trabajo. Crea la Secretaría de Trabajo y Previsión (STP), con la que consigue el acercamiento de los trabajadores al régimen, especialmente a partir de sus contactos con la CGT. Perón aumenta los salarios obreros, mejora sus condiciones de vida, equipara el campesinado al trabajador industrial, lanza un estatuto del peón, etc.

Después de que la Argentina rompa relaciones diplomáticas con el Eje en 1944 (se le declarará la guerra, de forma testimonial, en marzo de 1945), Farrell releva a Ramírez al frente de la Junta Militar. Perón se encarga del Ministerio de la Guerra, sin abandonar la STP, y, poco más tarde, ocupa asimismo la Vicepresidencia. Asumiendo tantos poderes, Perón gana cada vez más popularidad entre el pueblo, a la vez que crece el rencor de los oligarcas.

La oposición al régimen militar nacionalista exige la destitución de Perón, a la que se resiste Farrell, pero la alianza de las clases altas, los empresarios y los partidos de izquierda determina un golpe de estado por parte de cierto sector militar. La guarnición de Buenos Aires impone a Farrell la cabeza de Perón. Este reacciona hábilmente: se dirige a las masas en un discurso de despedida radiado y se retira con Evita a la «Quinta del Tigre». Finalmente la Armada le encierra en la isla de Martín García. A la vez la heterogénea oposición exige el restablecimiento de la democracia liberal. Grandes propietarios, partidos de izquierda y universitarios conforman la Unión Democrática, una coalición que maneja descaradamente el embajador estadounidense: Spruille Braden.

En ese trance, la Junta Militar negocia transferir el poder a la Junta Suprema de Justicia, con el encargo de retornar al parlamentarismo. No obstante, el 17 de octubre de 1945 la CGT lanza una huelga general salvaje. Miles de trabajadores y campesinos se dirigen a la Plaza de Mayo, sede de la Casa Rosada. Farrell ofrece a Perón un regreso a la situación anterior, pero éste declina pues entiende llegado el momento de convocar elecciones libres y ganarlas. La CGT, por su parte, exige a Farrell la liberación de Perón y la convocatoria de comicios democráticos. La cita electoral se celebra el 24 de febrero de 1946. Perón, con el apoyo del pequeño Partido Laborista y una fracción de la UCR (la más nacionalista e irigoyenista), derrota a la Unión Democrática de Tamborín-Mosca. Ha resultado determinante en la victoria el respaldo de la CGT, que ha pasado de tener medio millón de afiliados a cuatro millones y medio.

La primera presidencia de Perón (1946-1952) arroja un saldo muy positivo en lo que a la transformación del país se refiere. El triple apoyo del Ejército de Tierra, la masa de los trabajadores representada en la CGT y el Partido Laborista va cristalizando en un movimiento en torno al carismático militar: el Partido Peronista. Por su parte, Eva Perón crea la sección femenina del mismo.

Perón define las líneas de su programa político en torno al «justicialismo», que pretende llegar a la equidad social mediante el sometimiento de la oligarquía, y la «tercera posición», formulación política equidistante del liberalismo occidental y los esquemas soviéticos. Perón suscribe acuerdos tanto con la URSS como con la España franquista, en aplicación de estos postulados.

En 1949, con apoyo masivo, se sustituye el viejo texto constitucional de 1853. La nueva Constitución del «justicialismo» incorpora mejoras de carácter social, legitima el voto de la mujer y aprueba la posibilidad de reelección consecutiva del presidente. Perón revalida su triunfo electoral de 1946 a finales de 1951, esta vez con mayor margen con respecto a sus oponentes de la UCR.

En la segunda legislatura, no obstante, se tuerce el rumbo de bonanza. En julio de 1952 fallece Evita, lo que constituye el punto de inflexión del régimen peronista. En 1955, a consecuencia de un golpe militar conocido como la «Revolución Libertadora», la oposición «católica», comunista, liberal y de amplios sectores de las Fuerzas Armadas arrebata el poder a Perón.

Las dos primeras presidencias de Perón (1946-1955) legaron algunos logros difícilmente discutibles: la justicia social se incorporó a la conciencia nacional; se extendió un sentido más igualitario de la vida; y se colocaron algunos hitos en el camino hacia la independencia económica. La clase obrera adquirió conciencia de su poder en sindicatos organizados y comprometidos con el interés nacional, mientras se desarrollaba una industria apta que separaba al país de aquellos tiempos de economía pastoril. Resulta toda una paradoja que un pragmático como Perón, antes que realizaciones prácticas (que las hubo), legara una conciencia.

El «gorilismo» prohibió toda referencia al peronismo en los años siguientes. El radical Frondizi alcanzó la presidencia en las siguientes elecciones libres, al que el milagrerismo iba anegando todo lo relacionado con Perón, hasta el punto de que apareció un peronismo de izquierda en algunos casos pseudomarxista.

Como ha indicado Page, Perón «predicó la revolución, pero revolucionó solamente las expectativas». De esa confusión, derivada de la gran ligazón del movimiento a la persona, deriva el colapso de la presidencia de su tercera esposa, Isabelita (a la que los militares pusieron fin en 1976) o el descabalado justicialismo neoliberal y corrupto de Menem en los años noventa. En el invierno de 2001 el país registró cinco presidentes en apenas unos días. El hoy presidente Kichner afronta una situación poco esperanzadora. En un país con niños que se mueren de hambre, habrá de cumplir los compromisos internacionales sin sacrificar el desarrollo interno.
 

CONCLUSIÓN

En suma, el sueño del iluminismo racionalista del siglo XVIII quiebra, pues existe una respuesta a la homogeneización de todos los hombres y pueblos bajo un único modelo de hombre y sociedad; en este caso, el demoliberal de economía de mercado y la falacia del pensamiento único. Kant se equivocó; resulta paradójico que el forjador del gobierno universal no saliera de su localidad natal, Könisberg (hoy Kaliningrado).

Coincidimos con Buela en que «dado que los hombres son personas (seres únicos, singulares e irrepetibles), los pueblos, como personas colectivas, buscan plasmar en la historia su propia e irrepetible ideosincracia (sic)». En suma, Hispanoamérica, por encima de sus enormes problemas económicos y desigualdades sociales, constituye la gran reserva de valores y utopías practicables del apenas estrenado siglo XXI.


 
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