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Altar Mayor - Nº 90 (04)
Sábado, 20 diciembre a las 18:15:40

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

Comunicación
VIEJA Y NUEVA RESISTENCIA A LA OCCIDENTALIZACIÓN EN LAS CULTURAS DE ASIA ORIENTAL
Por Luis Eugenio Togores - Decano Facultad Humanidades Universidad San Pablo-CEU

Podríamos comenzar analizando cómo era el mundo en 1500, cuando empieza el Renacimiento y la Época Moderna. Para mí habría fundamentalmente cuatro ubicaciones de lo que sería el mundo en la época. Evidentemente la Europa cristiana, dividida por motivos religiosos o empezando su división religiosa; tenemos ya claramente iniciado el Islam, que sigue hasta la actualidad; tenemos un grupo de territorios, de países, que todavía están por formar, que calificaría de segunda fila (me da igual que sea América, empezada la colonización española, los territorios africanos subsaharianos, donde no existen unas culturas según los patrones que tenemos los occidentales, o las islas del Pacífico); y tenemos un cuarto lugar que serían las culturas de Asia, fundamentalmente del extremo oriente, que están estructuradas sobre la base de China: la gran cultura del Asia Oriental es el mundo chino que más o menos difunde en toda la zona su cultura y su presencia y que sería una fuerza intelectual, cultural, económica y política más o menos comparable, salvando las distancias, al mundo europeo o al Islam que se está construyendo.

La base de mi intervención va a ser sobre criterios claramente egocéntricos: somos europeos y evidentemente nuestra visión del mundo, errónea o no, gira sobre nosotros mismos.
 

La expansión ultramarina

En la época moderna los europeos descubrimos varias cosas, pero fundamentalmente dos, que son las que atañen directamente con el tema que vamos a tratar. Primero, el interés que teníamos por descubrir y tomar posesión de nuevos reinos y tierras ultramarinas, que aunque no es nuevo, ahora recobra importancia de la mano de españoles, portugueses y holandeses. Empieza una expansión ultramarina que sigue una línea coincidente con la del Imperio Romano o la del Imperio de Alejandro. Segundo, también descubrimos en la Edad Moderna algo que es importante y se va a acentuar durante la Época Contemporánea: nuestra superior tecnología, en comparación con los otros mundos de los que he hablado, en algunos casos más patentes (respecto al África subsahariana, las naciones negras o al Pacífico, muy evidentes) y en otros menos (el Islam y el mundo chino), pero evidentemente una superior capacidad tecnológica, que se va a ir desarrollando y aumentando con el paso del tiempo, y algo a lo que hoy día no damos importancia: nuestra superior capacidad y nuestra técnica militar, que para mí va a ser uno de los temas determinantes en esta superioridad del mundo Occidental: los europeos matamos más y más barato, y eso va a resultar verdaderamente importante.

Cuando concluye la Edad Moderna y empieza ese cambio fundamental que es el que en cierta forma estructura la Europa actual, (la Revolución Francesa con sus valores y sobre todo el ciclo de guerras napoleónicas, el mundo napoleónico), los europeos recobran el interés (después del largo interludio de 1789 a 1815 en que tenemos la primera guerra civil europea de la época Contemporánea) por el mundo, y Asia Oriental, concretamente el viejo Catay Cipango que había sido objeto de atención para Colón, recupera su importancia. Los europeos fijamos nuestra visión en ese inmenso mercado que va a ser el Asia Oriental, y entre 1830 y 1945, británicos, franceses, alemanes y estadounidenses van a seguir el camino que antes habían seguido los españoles, y a través de una serie de intereses, fundamentalmente comerciales, establecen allí una presencia sobre criterios económicos. Se buscan valores económicos aunque junto con ellos se lleva una serie de valores espirituales relativos, sobre todo políticos, fundamentalmente el liberalismo y nuestras instituciones, así como nuestro espíritu de industrialización que vamos a instalar de forma forzada a través de las dos guerras del opio y las actuaciones fundamentalmente militares en las cuales el derecho de la fuerza, con apoyo del Parlamento inglés, van a propiciar (gracias a los soldados y a los cañones de su majestad británica con ayuda de franceses, estadounidenses, etcétera), el establecimiento de los occidentales en esos territorios donde existía una cultura por lo menos equiparable a la de Occidente.

Horban, en uno de sus libros, dice sobre esta época: «en aquella lucha por la existencia que proporcionaba la metáfora básica del pensamiento burgués, únicamente sobrevivían los más aptos. En consecuencia, la mayor parte de la población mundial se convirtió en víctima de aquellos cuya supervivencia económica, tecnológica y por tanto militar, era indiscutible y aparentemente incuestionable. Las lanchas cañoneras y la fuerza expedicionaria parecían ser omnipotentes». Y la verdad es que era así. Las fronteras chinas van a ser forzadas mediante el uso de la violencia y las guerras del opio, y la actuación de una serie de presencias coloniales, aunque sea teóricamente conservando la independencia de China por lo menos en lo formal, será una constante la colonización en territorios de Indochina o en territorios de Corea, etcétera. Los británicos establecerán bases comerciales y militares muy importantes en Singapur y Hong-Kong, Francia conquistará la Indochina, Estados Unidos se quedará a costa de España con las Filipinas, Alemania creará en Chantung la zona de actuación económica, y así vemos cómo esta nación que tenía una cultura milenaria y un peso político, económico y cultural y que era la nación hegemónica en esa parte del mundo, va a desaparecer como peso importante dando paso a la llegada de los occidentales.

La llegada de los occidentales cambia el modelo cultural chino por lo menos en el siglo XIX y en toda la zona de influencia se implantan una serie de intereses comerciales, de motivos aparentemente morales, aunque lo que triunfa es el negocio, el beneficio, el interés de la colonización y del imperialismo. No olvidemos que el imperialismo del siglo XIX y el colonialismo son un negocio; es decir, los europeos vamos a ultramar para conseguir territorios, para conseguir materias primas, mercados, etcétera. Es un motivo económico: se invierte dinero para sacar beneficios. Por supuesto con un modelo de colonización que tendrá su seudo doctrina de carácter civilizador y religioso (y estoy pensando concretamente en el poema de Kipling «La dura carrera del hombre blanco»), pero lo que realmente impera son motivos exclusivamente materiales. Frente a la vieja colonización española o portuguesa donde junto a lo material había evangelización, en la colonización del siglo XIX eso es prácticamente testimonial. Se habla de ello, hay grupos tanto en Inglaterra como en Francia de carácter misional, como también los había en España o en Inglaterra de carácter también religioso y moral, pero lo que realmente se ve en todo ese tipo de colonización es exclusivamente un tema material.

Tendríamos, pues, que plantearnos: ¿Por qué China a partir de 1830 y prácticamente durante todo el siglo XIX, se ve vencida por los occidentales en unas campañas militares y económicas tan alejadas y difíciles de llevar adelante y va a caer bajo la órbita de los occidentales? Es quizá una de las grandes preguntas que nos hacemos todos los historiadores y que yo creo que está relativamente bien contestada. Primero porque es una cultura que carece de adelantos tecnológicos, por lo menos de los adelantos tecnológicos tal como los vemos los occidentales. Los chinos nos dan el papel, el papel moneda, son capaces de grandes canalizaciones, pero evidentemente tienen una cultura distinta al modelo industrial que en occidente impera. Nosotros somos capaces de fabricar muchos productos muy baratos e iguales, y además esos productos nos llevan a una capacidad tecnológica que se traduce también en lo militar que al final hace que esos modelos culturales sean incapaces de resistir a nuestra superior industrialización y sobre todo superior capacidad de crear instrumentos útiles, mientras que en el mundo chino hay cosas verdaderamente preciosas pero son absolutamente inútiles y de escasa proyección de futuro.

En segundo lugar, también muy importante, es la rara visión que tiene el mundo chino de lo que es el espacio en que viven, el planeta en que viven, y de la cultura en que viven. Viven un mundo muy alejado de lo que ha sido la evolución de Europa en lo tecnológico, en lo religioso o en lo cultural, en lo militar, y tienen un mundo absolutamente egocéntrico. Si nosotros quisiésemos definir la China de los manchúes, sería como un inmenso plato, una gran bandeja donde el eje principal en el que gira ese mundo es el emperador, es el hijo del cielo y la tierra, vive rodeado de su propio mundo chino, donde alrededor estarían las naciones chinizadas (Corea, Vietnam, Camboya, Laos, Japón) y fuera de ellos existen una serie de naciones bárbaras que están bajo la supeditación moral del mundo chino, a quienes los chinos no hacen caso porque no merecen la pena. Un mundo inmerso en ese plato mirándose siempre el ombligo que vive en una situación de irrealismo importante. Además ese egocentrismo tiene una serie de problemas notablemente importantes: no nos olvidemos que los manchúes son el grupo dominante en ese momento en China, son unos extranjeros que han conquistado China, se han chinizado, han sido absorbidos por la cultura china, pero son unos guerreros de estepa, han cruzado las estepas, han cruzado la gran muralla china, se han transformado en parte a la cultura china, y han tomado el poder político, el económico y han implantado una especie de sociedad mixta donde una serie de valores tienen poca importancia. Para empezar, la percepción que tienen de la amenaza exterior. Su percepción de amenaza es exclusivamente de amenaza terrestre. Siempre las amenazas de China han sido aquellas que han venido del otro lado de la Gran Muralla. No nos olvidemos que la única cosa que ha construido el ser humano que se ve desde la luna es la gran muralla china. Esa inmensa obra da referencia del tamaño de la percepción de la amenaza exterior que tenían los chinos. Aquellos que han cruzado la gran muralla y han conquistado China tienen la misma percepción.

Cuando llegan los occidentales (y no me refiero a españoles y portugueses que comerciábamos con China desde mucho antes, durante toda la época moderna, sin ambiciones ni proyectos de conquista del mundo chino, aunque podemos hacer el paréntesis de que en los archivos españoles hay un proyecto supuesto de Felipe II para conquistar China, pero que nunca se llevó adelante), cuando llega la verdadera amenaza que son los primeros buques de vela británicos y franceses y luego los buques de vapor, las cañoneras, la percepción que tienen los chinos de esa amenaza es verdaderamente ridícula. Los chinos piensan que los europeos somos inferiores, olemos mal, olemos picante, cosa que se ve en todos los documentos de la época, y además somos insignificantes; numéricamente no tenemos peso, no tenemos importancia. En el mundo chino, donde todo son cientos de personas, que llegue una pequeña flota europea con tres o cuatro mil marinos no tiene la mayor relevancia; sencillamente son el pequeño incidente muy inferior a algunas de las grandes partidas de treinta o cuarenta mil piratas chinos que existían, por lo que no se le va a dar importancia.

Este sentido de desprecio quizá lo que mejor lo podía traducir es la carta que envía el emperador Chia Ching al rey de Inglaterra, Jorge III, cuando éste quiere establecer relaciones diplomáticas con él. Esta resistencia que luego vamos a ver queda muy bien refrendada por el desprecio que el emperador transmite al rey de Inglaterra. Concretamente la carta dice:

«Tu reino, situado en lontananza, más allá de varios océanos, que nos testimonia su sinceridad y aprecia nuestra influencia, para su perfeccionamiento ya hizo anteriormente, durante el 58 años de Chien Lung, 1793, bajo el reinado del último emperador, que sus enviados atravesaran el mar y llegaran a nuestra corte. Pero en aquél entonces los ministros enviados por tu país se habían acomodado a nuestros ritos con exactitud y respeto, no se hicieron merecedores de ningún reproche con respecto a las formas establecidas. Así mismo fueron recipiendarios deferentes de los favores y gracias imperiales y fueron llamados a contemplar en audiencia la persona del emperador, participar en los festines organizados por su majestad y a recibir gran propulsión de dones. Este año, oh Rey, has enviado nuevos mensajeros portadores de una petición y les has entregado objetos procedentes de tu país y con el fin de que me fueran ofrecidos como presentes. Considero el respeto y la buena voluntad que demostrabas así, de un modo tan concreto, y sentí una gran alegría. Refiriéndome a los anteriores di instrucciones a mis funcionarios para que cuando tus ministros y enviados hubieran llegado fueran admitidos a contemplarme en audiencia, se organizaran festines y se les entregaran regalos para que estuvieran en todo a los adoptados bajo el emperador anterior».

La carta sigue, y al final viene a decir que China no tiene ningún interés en hablar con estos bárbaros y que lo que tiene que ser es bueno y bondadoso.

«Así mismo recibí y acepté, entre los objetos que me enviaste como tributos, mapas cartográficos, cuadros, paisajes y retratos. Yo alabo tu corazón sincero, lo cual equivale a decir que lo acepto todo; además te hago donación a ti, oh rey, de un rullí o centro de felicidad de jade blanco o de un collar de corte de jade verde, de dos pares de saquillos grandes y ocho pequeños en testimonio del afecto y de bondad por los demás. Estás a una distancia demasiado grande de China y de expedición de enviados que realizar por mar. Tan largos viajes resultan muy difíciles. Además tus enviados no pueden estar al corriente de las formas rituales chinas, lo cual da lugar a una serie de discusiones que se repiten y de las que prefiero no enterarme».

El problema estaba en que los enviados del rey británico se negaban a ponerse de rodillas y a hacer el cuto (pegar tres veces con la frente delante del emperador de China). De echo, lo que ofrecían era quitarse el sombrero, hacer una serie de reverencias, pero, representando al rey de Inglaterra, se negaban a hacer ese tipo de cosas.

«La corte no asigna el valor de preciosos a los objetos llegados de lejos, y todas las cosas curiosas e ingeniosas de tu reinado tampoco pueden ser consideradas como algo de gran valor. Tú procura mantener la concordia en tu pueblo, vela por la seguridad de tus territorios, sin flaquear en las cuestiones próximas o lejanas. He aquí lo que yo alabaría: en lo sucesivo ya no será necesario arriesgar a unos enviados para venir tan lejos, realizando el esfuerzo inútil de viajar por tierra y por mar. Basta sólo con que sepas mostrar el fondo de tu corazón y aplicarte a la buena voluntad y entonces podrás decir, sin que sea necesario de que envíes cada año representantes a mi corte, que estás en la senda de la transformación civilizadora. Y para que la obedezcas durante mucho tiempo te dirijo esta orden imperial».

Evidentemente su concepción de las órdenes imperiales, donde al llegar el embajador de otra nación lo que le da es una carta donde le dice: no me veas más, tus soldados están bien pero no me impresionan y lo que tienes que hacer es mantenerte lejos, y te ordeno que no me molestes más, da bastante bien la percepción que tenía el mundo chino de los occidentales.

¿Qué va a ocurrir? Que los británicos se sientan humillados, sobre todo porque tienen una importante capacidad bélica o militar para actuar contra los chinos. No nos olvidemos que a lo largo de la historia los pueblos guerreros siempre han vencido, y una vez que vencen ejercen su poder sobre las naciones vencidas.

¿Por qué los occidentales vamos a vencer? Fundamentalmente porque (y gracias a ello vamos a imponerles nuestras formas de pensar, de vivir, lo que poco a poco ha sido una constante hasta la actualidad donde quizá nuestro modelo cultural sea el dominante), es por lo que decía antes: la capacidad de matar es mayor, más barata y más eficiente. El profesor Parker ha analizado con bastante exactitud el tema en su libro La revolución militar, del que también voy a leer una parte que creo que es bastante aclaratoria:

«Desde muy pronto los nativos, los ejércitos no europeos, descubrieron que los hombres blancos luchaban de un modo sucio, y lo que era peor, luchaban para matar. Los indios nagarraset, de Nueva Inglaterra, discrepaban del modo de hacer la guerra los colonizadores europeos. Eran demasiado furiosos, decía un guerrero a un oficial inglés en 1638, y mataban a demasiados hombres, pues los indios podían luchar y hacer la guerra durante siete años y ni siquiera matar a siete hombres».

Cuando llegamos los occidentales con nuestras técnicas militares superiores y hacemos una guerra no para esclavizar, para dominar, sino para matar, rompemos la tradición militar y cultural de casi todos los pueblos. Por ejemplo, los impis zulúes luchaban para quedar dominantes y hacer esclavos, pero rara vez querían matar a los enemigos, entre otras cosas porque si los mataban no los podían esclavizar, lo cual era un contrasentido.

Nosotros llegamos y es muy distinto; nuestros soldados, los soldados europeos, luchan con unos criterios absolutamente diferentes, y esa superioridad va a hacer que triunfen. Además esto se hace especialmente claro en el mundo asiático, sobre todo en el mundo chino; mientras que en el mundo occidental, en el siglo XVI, XVII XVIII, XIX e incluso XX, el soldado ocupaba una de las partes más importantes en nuestra pirámide social -ahora ya no, quizá tiene una pirámide muy baja-, en el mundo asiático el soldado estaba muy por debajo de los otros miembros de la sociedad nativa local; lo más importante era el funcionario, era el campesino, luego estaban los comerciantes y por debajo de todo estaban los soldados. Los nobles, que muchos eran soldados, se encontraban en la cúspide de la pirámide social por ser nobles, no por ser soldados, con la salvedad de Japón.

Así tenemos que cuando llegan los occidentales que matan y además están en la pirámide social, se encuentran con una sociedad que no tiene tradición guerrera, que no tiene tradición de matar, e incluso en su pirámide social el soldado está en la parte más baja. Todo esto, unido a unas prácticas superiores, concepciones estratégicas superiores, armamentos, etcétera, rápidamente va a dar el éxito a los occidentales y va a permitir conquistar con muy poco esfuerzo y muy poco trabajo, prácticamente todos los territorios. De hecho, la conquista por los europeos de África subsahariana y del mundo asiático asombra porque era verdaderamente fácil a pesar de las grandes extensiones de territorio y la gran cantidad de seres humanos que se vencían.

Las conquistas se hacen con relativa facilidad tanto en el mundo asiático como en otros espacios del mundo colonial, y nos encontramos con que los occidentales se hacen los dueños de esas naciones y de esos pueblos. Rápidamente se les pone a funcionar, se sacan materias primas, se consigue mano de obra barata, se obtienen unos mercados cautivos donde los productos, muchas veces con materias primas nativas, se llevan a la metrópoli y vuelven para vendérselos manufacturados (el algodón indio se manufactura en Inglaterra y se vende a los indios; no se manufactura en el mismo país abaratando los costos), lo que genera unos modelos de resistencia que empiezan a ser distintos a las resistencias tradicionales. No tengo que decir que siempre los pueblos conquistados han resistido a los pueblos conquistadores, pero sobre todo a partir del nuevo imperialismo, a partir de 1855 a 1914, las resistencias nativas empiezan a cambiar. Van a cambiar relativamente porque ahora la resistencia es mucho mayor a la que ha podido haber nunca y empezaban a ser distintas a las que hacían los nativos contra el mundo romano, o contra la conquista española.
 

La resistencia al mundo occidental

¿Por qué empieza a ser distinta la resistencia? Porque los occidentales intentan no solamente querer mandar sino también algunas cosas más. Hay que decir que durante el siglo XIX, a comparación de lo que ocurre en la actualidad, los occidentales cambiábamos relativamente pocas cosas en los territorios que conquistábamos: era una conquista laigth. Si, por ejemplo, vemos algunas de las películas de moda, «Pasaje a la India» o «Memorias de África», advertiremos que los europeos vivíamos allí, nos quedábamos con sus riquezas, pero los nativos conservaban sus formas, sus tradiciones de vida sin ningún problema.

Este orden de cosas genera las primeras resistencias, las cuales, en un ciclo que va de 1880 a prácticamente 1917, se producen durante el nuevo imperialismo en todo el mundo. Sea una resistencia en el Sudán durante las revueltas del Mambí, sea en China con la revuelta bóxers, sean las revueltas de 1904-1906 en Namibia contra los alemanes de los hotentotes, las revueltas marathas en la India, en Bengala Pal, las guerras santas musulmanas en Sumatra, las revueltas de los mambís o los tagalos, son revueltas antioccidentales que podríamos fundamentalmente catalogar de cuatro tipos: La siempre y tradicional resistencia nativa que se produce muy semejante a las anteriores, por ejemplo las de los kukuyus o la de los zulúes, o ya en el siglo XX la revuelta de los simbas, que son sencillamente la resistencia a la llegada del occidental: sobre la conquista se produce una resistencia de carácter primitivo que no tiene ningún modelo. Tenemos el modelo de resistencia o de reacción religiosa que fundamentalmente es la del Islam, que es la que ahora existe y que estamos viendo constantemente en Palestina, en Bagdad, en Kabul, etcétera; es decir, una guerra religiosa contra un conquistador no sólo material sino también con una serie de valores distintos. A partir del siglo XIX empezamos a tener una resistencia que podemos llamar protonacionalista, aquella en la que se mezclan valores primitivos y religiosos propios de las dos anteriores pero con alguna de las grandes ideologías, fundamentalmente el nacionalismo, que aportan los europeos, y estoy pensando concretamente en el caso español del Catipunan, revuelta de 1896-1897 en Filipinas, donde se mezcla parte de los valores anteriores y también parte de los valores que hemos aportado los occidentales. Pero sobre todo empiezan a surgir una serie de resistencias a los occidentales de carácter nacionalista, el Comitán o los partidos comunistas que son resistencias contra los occidentales pero sobre la base de ideologías occidentales; es decir, la resistencia primitiva fracasa, las protonacionalistas también y al final los nativos empiezan a actuar contra nuestra colonización o nuestra ocupación a través de modelos ideológicos que nosotros hemos ido creando e instrumentos que nosotros en cierto modo les hemos enseñado.

Esta resistencia va a empezar a cobrar fuerza alimentada muchas veces por nosotros mismos. Si antes los países colonizados estaban molestos porque veían que nos quedábamos con sus territorios y los administrábamos, a raíz de la entrada del siglo XX esto comienza a cambiar y empiezan a coger algunos de los modelos políticos y culturales que les estamos dando y que utilizan contra la colonización europea.

¿Qué modelos y dçonde está la génesis de ese cambio? Probablemente se produzca en general como consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Ésta, la Gran Guerra Civil Europea del siglo XX, hace que los Imperios coloniales, que en aquella época prácticamente ocupan todos los territorios del planeta, se ven obligados a traer soldados nativos a luchar a nuestras guerras europeas, fundamentalmente losfranceses y británicos que traerán indios, indochinos, senegaleses, marroquíes, argelinos, que van a luchar en el escenario bélico europeo. Eso va a debilitar un poco la imagen que los occidentales habíamos proyectado sobre estos territorios coloniales.

¿Por qué se debilitan? Hasta ahora ocurría como sucedió cuando los españoles llegamos a América. En América los indígenas pensaban que el caballo y el jinete era un solo animal que además tenía la rara habilidad de separarse y volverse a juntar. Con los europeos en el siglo XIX ocurría algo parecido. Habían establecido una conciencia de superioridad, de que el soldado europeo era infinitamente superior al soldado nativo, y que en cierta forma era imposible enfrentarse al dominio europeo porque éramos superiores.

¿Qué ocurre con la Primera Guerra Mundial? Que esto se empieza a romper. Cuando en la misma trinchera del Marne, de Verdún, llena de barro, llena de lluvia, tiemblan de frío, pasan hambre y lloran de miedo una unidad francesa, o una unidad escocesa o una unidad galesa junto a una unidad senegalesa o una unidad marroquí o una unidad india, aquellos soldados que están compartiendo la dura vida de las trincheras se dan cuenta de que en el fondo el soldado europeo, que parecía infinitamente superior en ultramar hasta ahora porque tenía superior tecnología y superior organización, metidos ya en el mismo ejército luchando contra otro soldado europeo parece que es exactamente igual: al fin y al cabo unos y otros somos seres humanos y por tanto esos soldados que han luchado en Europa, cuando vuelve a las colonias empiezan a difundir un mensaje en el cual ya el soldado europeo, la supremacía europea, no es la misma.

¿Qué más cosas van a ocurrir? También empieza a ocurrir en los años veinte que empiezan a llegar estudiantes de países del tercer mundo a estudiar a Europa. Lo que España ya hacía con personajes como Rizal se empieza a extender prácticamente en todo occidente. Y esos estudiantes, que estudian en la Sorbona, en Harbard, en Oxford, cuando vuelven a sus países de origen valoran la cultura occidental porque la aprenden con detenimiento, pero también se dan cuenta que se pueden hacer valoraciones propias en las colonias que compitan con ese tipo de valores. Así nos encontramos figuras como la de Ghandhi, que es un abogado formado en Inglaterra, que desde el conocimiento de nuestra propia cultura empieza a crear una disidencia que ya no es la xenofobia o esos modelos de resistencia primitivos, sino un modelo de resistencia que habría que resaltar sobre modelos occidentales, con lo que la resistencia a nuestra colonización se vuelve exitosa en el momento en que las naciones que hemos colonizado empiezan a coger nuestro modelo cultural y lo oponen a nuestra propia acción colonizadora.
 

El caso de Japón

Habría que hacer un paréntesis de algunos casos en los cuales el modelo europeo se demuestra como verdaderamente exitoso, que es el caso del Japón. Japón, viendo lo que ha ocurrido en China durante las guerras del opio decide adaptar el modelo occidental para resistir a los occidentales y sin lugar a dudas lo hace con singular éxito. Se produce la revolución Meiji a partir de 1868 y los japoneses, antes de ser conquistados, utilizan los instrumentos de los occidentales para frenar a los occidentales.

Quizá aquí habría que hacer alguna reflexión. ¿Por qué ese modelo triunfa en Japón y los chinos no lo consiguieron cuando a partir de 1860 intentaron coger la modernización de occidente para frenar a los occidentales? Sencillamente porque China, como hemos dicho antes, es una sociedad pacifista en la que al soldado no se le daba valor mientras que Japón toma esas técnicas militares, esas técnicas industriales y esas técnicas culturales para oponerse a los occidentales, pues es una nación de soldados. Los japoneses también son soldados y cogerán nuestro modelo cultural porque su sociedad en cierta forma se asemeja a la nuestra y lo utilizará para frenar la acción occidental. Y de hecho uno de los pocos países no europeos que se libra de la colonización europea es precisamente Japón, que pasa de ser una nación colonizable a ser una nación colonizadora porque inicialmente tiene algunos de los requisitos que teníamos los occidentales y además se dota de nuestra tecnología. No podemos olvidar que durante el Meiji la marina japonesa es organizada por los británicos, el ejército por los alemanes y el modelo de administración industrial por franceses, británicos y estadounidenses. Ocurre que como los japoneses son muy buenos clonadores rápidamente reconvierten el modelo occidental al modelo japonés, y sin perder la identidad propia, se vuelven en competidores clarísimos de occidente y por lo tanto se libran de la acción colonizadora y no necesitan resistir a la colonización porque no caen bajo ella.

¿Por qué Japón, en un momento determinado, se va a convertir en ejemplo? Porque además de salvarse de la colonización rápidamente se convierte en una potencia colonizadora, en una potencia colonizadora dolida. No olvidemos que durante la guerra chino-japonesa de 1895, Japón, por los tratados de Shimonoseki aspira a crear un imperio en extremo oriente similar o parecido al que tenían británicos, franceses, rusos o estadounidenses, y contra todo pronóstico, por primera vez, en plena paz armada, franceses, alemanes y rusos se ponen de acuerdo para que Japón no tenga un inicio de imperio colonial en el norte de China, en las zonas de Corea o Manchuria. Eso va a generar que incluso una nación que ha logrado sustraerse de la colonización europea se empiece a dar cuenta de que son falsos los modelos europeos y algunas de las virtudes que los europeos estamos empezando a difundir. ¿Por qué? Porque los europeos tenemos muy claro que aquellas verdades que difundimos son solamente buenas para nosotros. Nosotros empezamos a hablar de progreso, de libertad, de democracia, de derechos, pero tenemos clarísimo, al menos en el siglo XIX o principios del XX, que esos mensajes que damos son buenos para todos pero en la prácticamente sólo para nosotros. Cuando Japón coge nuestro modelo y quiere jugar en las mismas ligas que las naciones europeas, y quiere tener un imperio, le decimos: no, perdón, parece que usted es una nación europea pero en el fondo es un asiático y esto vale solamente para occidentales. Es decir, los que podemos colonizar somos los europeos, los que hemos generado este modelo de cultura que ha nacido de la revolución industrial y de la revolución francesa somos nosotros, y usted lo podrá copiar pero no pertenece al club. Usted no puede tener un imperio como nosotros y no puede tener los mismos derechos.

¿Qué genera esa actitud? Que a partir de 1895 en Japón, y mirando Japón otras naciones del extremo oriente, tengan la sensación de que los mensajes que les hemos estado dando los europeos son falsos. ¿Por qué? Porque les decimos: vosotros sois atrasados, os hemos colonizado (dentro del mensaje de la carga del hombre blanco que dice Kipling), pero os hemos colonizado porque nuestro sistema industrial lo requiere y esto es mejor para todos, y el día en que vosotros (y estoy pensando en el discurso de Wilson de la fundación de la Sociedad de Naciones) podáis ser equiparables a nosotros no habrá ningún problema porque todos seremos iguales. Pero la realidad es que es falso. En el caso de Japón, consigue hacer el milagro de occidentalización pero a la hora de la verdad las naciones y los valores de las naciones europeas priman sobre ese supuesto mensaje, más o menos benéfico, que transcribe el mundo occidental. Decimos: Tú eres el único que te has adaptado a nosotros pero no tienes los mismos derechos porque sigues siendo una nación asiática. Eso genera una sensación de engaño y rechazo, y aunque no renuncia a su modernización al estilo occidental, llega a la conclusión de que el único derecho que vale es el de la fuerza, que es el que está viendo en los occidentales. Así, Japón genera un movimiento de militarización constante, que en su sociedad es muy fácil, de industrialización constante para competir con los occidentales y de jugar con las mismas reglas de violencia y de trasgresión de los derechos internacionales que se están empezando a crear a principios del siglo XX en el mundo occidental, de tal manera que a la primera de cambio, a partir de 1930, cuando en Europa el fascismo y el nazismo están empezando a eclosionar y no permite a los europeos mirar fuera de sus fronteras porque están muy preocupados con lo que está ocurriendo en su propia casa, Japón empieza la conquista de China siguiendo claramente el sistema occidental, y empieza a hablar en todo Asia oriental de panasiatismo: hay que echar a los occidentales, los asiáticos –luego habrá panislamismo o panarabismo, etc.- tenemos que ser los dueños de nuestro propio futuro. Los japoneses han aprendido tan bien la lección que cuando a partir del año 34, y después del bombardeo de Pearl Harbour, logran echar a todos los occidentales de extremo oriente, no crearán una sociedad panasiática en ese espacio de coprosperidad que va desde las Aleutianas hasta Nueva Zelanda y hasta las Hawaii, sino que lo que harán será aplicar el modelo colonizador que había en occidente. Y los chinos, los camboyanos, los birmanos, los vietnamitas, los indonesios, los filipinos van a ser los nuevos súbditos coloniales no de un imperio europeo sino de un imperio asiático, que es el japonés, aunque se ha fraguado, se ha cimentado sobre modelos claramente occidentales.

El final de este proceso es la derrota de Alemania, de Italia y de Japón, momento en el que los occidentales se plantean nuevos modelos económicos, lo que ya se había hecho en diferentes ocasiones: en la época colonial, luego con la Sociedad de Naciones, ahora con la ONU, con la Carta del Atlántico donde Churchill y Roosevelt o Truman hablan de lo que va a ser la organización del mundo. Volvemos a dar mensajes de libertad, de democracia, de que todos los pueblos tienen derecho a su independencia, etcétera, pero a la hora de la verdad, con la descolonización, nos encontramos con que esto no es así. Los europeos, en la medida de lo posible, vamos a intentar esos procesos de descolonización. En algunos casos el proceso será relativamente rápido y poco cruento (India británica), pero en otros casos son falsos esos mensajes que hemos transmitido a partir de la recién fundada ONU. No nos olvidemos que los franceses, tanto en Indochina como en Argelia, lucharán duramente para seguir en sus colonias. En el Congo los intereses europeos se defenderán a través de mercenarios. En Rodesia lucharán también los blancos. Y habrá resistencia en otros sitios. En algunos directamente no habrá salida colonial, tal los territorios de Estados Unidos que no solamente ha ido decreciendo sino han ido aumentando a través de nuevas posesiones coloniales.
 

Aumento de la presencia occidental

A pesar de todo, la fuerza imparable de nuestro propio mensaje, como nos ha ocurrido con anterioridad, a veces hace imposible que los occidentales paremos. Hemos echado a rodar la bola de nieve y los pueblos que hemos colonizado se empiezan a creer nuestro mensaje y además, como han aprendido de nosotros, empiezan a resistirse. Curiosamente no vamos a poder frenar la descolonización, el proceso de resistencia europea, sino que irá a más. Y también, a pesar de perder el control real de esos territorios, va a ser en el momento que más vamos a influir sobre estos territorios. Aquí enlazaría un poco con lo que he estado diciendo hasta ahora: ¿Por qué si nuestros soldados salen y salen nuestras empresas, por lo menos teóricamente, y esos países pasan a ser libres ya sea copiando el modelo de democracia normalmente occidental, ya sea cogiendo modelos de carácter comunista, que también es una idea occidental, nuestra presencia ha crecido? Ha crecido porque hemos logrado hacer una serie de cuestiones que en la realidad han influido más. Nuestros soldados se han ido de allí pero nuestros modelos de vida, nuestros modelos culturales, nuestros patrones familiares y sobre todo nuestra manera de ver la vida se ha ido incrustando poco a poco en estas culturas. De hecho encontramos cómo en poblaciones absolutamente alejadas de nosotros aparece algún guineano que hace muchos años que ya no es español pero es del Real Madrid, lleva zapatillas europeas, tiene un teléfono móvil y aspira a tener un modelo de vida absolutamente occidental. Hemos visto ahora en la televisión cómo los iraquíes jugaban al fútbol con los británicos, deporte occidental. Realmente se han extendido los modelos de vida occidentales y cada vez tienen más calado en grandes núcleos de la población esos modelos de vida de carácter occidental que estamos transmitiendo a través de nuestra red industrial, a través de los productos que vendemos, a través de nuestra televisión, de nuestra radio, de nuestro cine. Y es curioso que cuando no estamos en estos lugares del mundo y nuestra colonización ha acabado, nuestra presencia y el calado de nuestra cultura sea mayor que cuando estábamos precisamente con presencia física en Argelia o en Indochina o en Guinea o en Filipinas. A pesar de habernos retirado, o haber sido expulsados por esas resistencias africanas o asiáticas, nuestra presencia es aún mayor que antes, porque ese modelo de cultura occidental cada vez es más fuerte, llega a través de esa aldea global cada vez más importante, y hace que esas culturas cada vez más debilitadas en sus valores profundos vean lo deseable en los modelos de las cosas más vanas que transmiten los medios de comunicación occidentales y que sabemos son relativamente falsas; pero no copian de nosotros a nuestros filósofos o a nuestros intelectuales de verdad, sino que lo que les queda son las canciones de los grupos de moda, el modelo de vida que sale en las películas de Hollywood.

¿Cuándo se producen las contradicciones? Se empiezan a producir en el momento en que encontramos que estos mensajes son falsos. Hemos estado prácticamente desde 1860-70 contándoles las bondades de nuestros sistemas, incluso cuando hemos sido derrotados por la descolonización esos sistemas han tenido verdadera implicación en ellos y han seguido creyéndoselos, pero ahora se dan cuenta que esos sistemas son falsos. ¿Por qué se dan cuenta de que son falsos? Porque ocurre lo que ha sucedido con Japón: que esos sistemas que nosotros difundimos y les contamos son válidos para nosotros pero no son válidos para ellos, no porque sean intrínsecamente malos (la democracia, como modelo participativo, puede ser válido para cualquier sociedad del planeta, incluso a lo mejor fuera de nuestro propio planeta) sino porque nosotros no queremos reconocerles que eso es así. El modelo está construido sobre la base del darwinismo social que todavía sigue imperando y empiezan a darse cuenta de que aquello que les vendíamos como una verdad absoluta es sólo una verdad relativa, es una verdad para los que somos blancos, morenos o rubios con ojos azules, que compramos en El Corte Inglés ya sea en Estocolmo, en Madrid o en Estados Unidos o incluso en Argentina, pero no es válido para un subsahariano, ni para un marroquí, ni tampoco para un miembro de Taiwán o de Indonesia.

Todo ello genera una serie de problemas que empiezan a plantear si realmente el sistema puede ser aceptado cuando lo daban por una realidad casi incuestionable.

De hecho tendríamos que hacer tres separaciones, como hicimos al principio. Un modelo, el asiático, de los países de Asia oriental, que sí se adapta al sistema, pero probablemente porque no pierde su propia identidad, sino que coge lo mejor que le hemos podido dar, lo reasimila, lo reacondiciona, lo reutiliza. Tenemos otro, como es el caso del mundo islámico, que directamente lo rechaza; de hecho los pocos grupos islámicos que intentaban adaptarse al mundo occidental, como por ejemplo el baas, han sido destruidos por los propios occidentales no por el mundo islámico, con lo cual el mundo islámico tiene que volver al único valor realmente estable que tienen que es el del propio islamismo, nos guste o no, aunque otra cosa es que estén equivocados desde nuestro punto de vista. Luego tenemos aquellos países que directamente se han quedado al margen del sistema, que son, fundamentalmente, los países subsaharianos, que viven en una situación donde al final se encuentran las dictaduras tribales con aparentes sistemas democráticos que no funcionan, donde mezclan el canibalismo con el marxismo chino o con el petróleo para el mercado europeo, pero que en el fondo no son nada, son sociedades desclasadas que han perdido sus valores y que viven en una situación de indefensión cultural, económica y política, a la espera de un progreso que muchas veces les es difícil de alcanzar, abocados a un túnel donde al final no hay luz, que evidentemente tendrá que ir a algún lado pero que resulta difícil ver adónde puede ir. En países como Mali, donde el 80 por ciento de la población tiene sida, o en Ruanda-Burundi donde los intereses tribales han sido destruidos pero tampoco se les ha aportado nada a cambio, ni ellos lo han podido coger, han quedado en una situación verdaderamente terrible.
 

La pérdida de los valores de occidente

Además, todo esto se ve complicado por la pérdida de los verdaderos valores de los occidentales. Antes Occidente tenía una cultura sólida que al menos era referencia. Cuando íbamos durante el siglo XIX y una buena parte del XX al mundo ultramarino y los conquistábamos con nuestros soldados y nuestras instituciones, por lo menos nosotros nos las creíamos. Un inglés iba a la India y estaba verdaderamente convencido que lo que hacía era bueno, otra cosa es que lo fuese. Los españoles estábamos en América y en Filipinas porque creíamos que nuestro modelo era verdaderamente el bueno. Los franceses distribuían por todas sus colonias el modelo de la revolución francesa, la supuesta igualdad y virtudes emanadas de la revolución. Hoy día no es así. Hoy las grandes empresas multinacionales que no tienen ningún tipo de ideología sino solamente la de ganar dinero, que ni siquiera respetan los intereses de sus propios connacionales europeos o americanos, por lo que mucho menos respetarán los intereses de estos pueblos africanos. Y me viene a la mente la noticia sobre el medicamento contra el sida de Bayer, que como era nocivo para los europeos lo quitó del mercado europeo y lo ha estado vendiendo con toda tranquilidad en el tercer mundo; no ha pasado nada y ahora, muchos años después, ha saltado el escándalo. ¿Por qué? Porque esas multinacionales tienen todavía menos corazón que las naciones-estado que imperaban durante el siglo XIX y buena parte del XX.

Así nos encontramos en un mundo en el cual esa seudo culturilla que transmitimos los occidentales (dado que la vieja cultura occidental la vamos perdiendo incluso nosotros mismos) crea una situación de verdadera indefensión de futuro dado que somos incapaces de asumir nuestro propio reto. Antes, en la época del imperio británico, o del imperio español, o del imperio romano, había dos cosas que sí se podían hacer: se podía ser duro, o se podía ser justo, o se podían ser las dos cosas al mismo tiempo. Los occidentales no teníamos el más mínimo reparo en llevar nuestra cultura junto con la dureza de nuestras armas. Eran dos cosas que hacíamos al mismo tiempo. En el imperio romano se llevaban las legiones, pero con ellas iban las vías, los acueductos, las culturas, las instituciones. Los españoles hicimos lo mismo y lo mismo hicieron los británicos. Ahora, como vivimos en esa indefensión intelectual porque no nos empezamos a creer nuestro propio mensaje, las dos vertientes de la baraja se están viniendo abajo. Es decir, el marxismo, que al fin y al cabo era una ideología occidental, se ha venido abajo; hoy día ya nadie de los países del tercer mundo sigue la ideología marxista, salvo Corea del Norte porque no tiene otra opción, pero la mayoría de los movimientos que antes eran marxistas se han venido abajo. Tampoco hay un modelo occidental, como antes teníamos, que sea creíble, y nos encontramos con que las resistencias de estos países vuelven en cierta forma al pasado. En aquellos casos –y aquí haríamos una breve sinopsis-, como es el mundo islámico, que tiene donde volver, hace un sistema de resistencia relativamente importante. Y no debemos olvidar que llevamos toda nuestra historia de lucha contra el Islam; hubo una época que parecía que íbamos a vencer porque teníamos algo que ofrecer y esto se ha venido abajo. En el mundo del África subsahariana no tenemos nada que ofrecer y ellos no tienen nada que comprar, y hemos dejado una situación, también es verdad, no mucho peor que la que tenían antes, pero evidentemente no mejor después de dos siglos de actuación. Y sin embargo en las culturas de extremo oriente sí hay algo diferente. Ellos, ya sea el modelo japonés, ya sea el modelo de Taiwán, ya sea el modelo chino, ya sea el modelo de lugares como Singapur, lo que se llama los dragones de extremo oriente, han cogido lo mejor que nosotros les podíamos dar: el desarrollo tecnológico, el desarrollo puramente industrial y lo han adaptado perfectamente a sus necesidades; han cogido alguna de nuestras instituciones y las han reconvertido a su modelo; y así nos encontramos cómo ahora mismo China vive una situación donde no se sabe si aquello es comunismo o capitalismo, porque es una rara amalgama que se desconoce lo que vaya a producir, pero que está ahí. Tenemos naciones plenamente capitalistas pero que ya viven al margen del modelo pues han perdido sus culturas anteriores como es el caso de Singapur o Taiwán, que tienen desarrollo propio y que han hecho que en cierta forma el eje de la humanidad haya girado clarísimamente al Pacífico. Los europeos seguimos pensando que somos el centro del mundo y la verdad es que eso ya es falso. En los Estados Unidos, que sí son el centro del mundo, que es el imperio con poder único y absoluto, hasta hace relativamente poco tiempo tres de cada cinco funcionarios de Norteamérica miraban hacia el Atlántico por sus intereses en Europa; ahora prácticamente tres de cada cinco miran hacia el eje Pacífico que es donde realmente está el nuevo foco de cultura, de progreso y de economía en el mundo, lo cual es bastante significativo. El eje sigue siendo Estados Unidos, pero el mundo americano está empezando a mirar mucho más hacia el mundo oriental que hacia el mundo occidental. También es curioso ver los planes de estudio de las universidades Norteamericanas, la cantidad de estudiantes que estudian chino, y la cantidad de cátedras e instituciones que se dedican a estudiar el mundo asiático. Concretamente, en Europa, salvo naciones como Francia, que tiene su pequeño coto cerrado respecto a Indochina, los británicos que tienen una cierta tradición, o los alemanes por el tema lingüístico, casi ninguno de nosotros mira hacia el mundo oriental, al mundo asiático. De hecho, si no me falla la memoria, hay un centro que estudia temas relacionados con Asia en Barcelona, en la Universidad Pompeu i Fabra; un centro en la Autónoma de Madrid, una asociación de orientalistas verdaderamente pequeña que mira sobre todo a los países árabes más que a Asia, y una Asociación de Estudios del Pacífico; sería todo lo que nos preocupa a los españoles el mundo asiático.

Si ahora mismo salimos a las calles de Madrid y paseamos, a la mayoría de nosotros nos preocuparía el tema de la emigración, una emigración que normalmente solemos centrar en tres tipos de emigrantes: el emigrante africano, que nos preocupa por un tema de seguridad pública; el emigrante musulmán, que es fundamentalmente marroquí, porque siempre ha sido nuestra frontera sur; y también algunos sectores mínimos de sudamericanos porque han traído un tipo de delincuencia muy específica. Hay una cierta emigración del Este, pero nuestra percepción es menor porque, como aparentemente son igual que nosotros, no sabemos si el señor que hay al lado es rumano o es de Toledo. Y pregunto si alguna de esas cuestiones nos preocupa respecto a los asiáticos. Seguramente me diría que no, o que la comida de los restaurantes chinos no es muy buena sin dar pábulo a que la constante presencia de chinos en España, y en occidente en general, es cada vez más grande.

¿Qué quiero decir con esto? Que preocupados por ese mundo nuevo donde el problema islámico, y el problema de la inmigración y de otras culturas está ahí sin que se pueda ocultar, a muy pocos de nosotros nos preocupa el tema de la inmigración de extremo oriente. La realidad es que si nos molestáramos en ver el crecimiento de la población oriental en los últimos años seguramente veríamos que es una de las mayores. Lo que sucede es que la población china es distinta, su resistencia a nosotros es distinta. Aunque es una realidad que está ahí, son cada vez una potencia económica más importante, es la potencia demográfica más importante, cada vez tienen un peso económico y político más importante, se han adaptado muy bien a nuestras instituciones y mientras que no queramos mirar a estos pueblos, a estas culturas, y sigamos estando de espalda a ellos, nuestra visión del mundo será falsa, estará sesgada porque estas culturas son mucho más importantes de lo que nos creemos, y más tarde o más temprano veremos ese mundo nuevo en el cual los europeos, los occidentales mejor, ya no somos los dueños absolutos a pesar de que parece que los americanos lo son. Su resistencia, en el caso de extremo oriente, ha sido una resistencia inteligente, y la realidad es que su presencia es cada vez mayor e influye más en nuestra vida. Son unos vecinos nuevos que han cogido una buena parte de nuestras instituciones, son probablemente los que mejor las han asimilado y las han reconvertido a sus intereses y nuestro futuro con ellos es evidente.


 
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