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Altar Mayor - Nº 90 (03)
Sábado, 20 diciembre a las 18:19:24

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

FUNDAMENTALISMO Y MODERNIDAD EN EL ISLAM
Por Gustavo Morales - Periodista

1. PANORÁMICA GENERAL

1.1. El pensamiento moderno es un ideal débil

Shariati, un sociólogo iraní formado en la Sorbona que colaboró con el FLN argelino, describe la modernidad como velocidad superficial, sin profundidad. La modernidad viene definida por el desarrollo de una sociedad postindustrial de rápidos cambios, el aumento de velocidad en la comunicación, variación del entorno laboral y personal mediante nuevas tecnologías (informática, robótica, electrónica). A ello subyace el modelo político parlamentario de sufragio universal. A tal modelo no responde ninguno de los países que forman el norte de África.

Los clubes económicos y de opinión miden la modernización de un país por la aceptación del modelo económico occidental, lo que supone la penetración masiva de empresas extranjeras y la implantación de una forma de hacer las cosas distinta de la tradicional. Esta presunta adaptación a las normas de los tiempos presupone homologar gustos de consumidores en diferentes países, es decir, un proceso de aculturación. Las clases pudientes indígenas envían a sus hijos a universidades extranjeras, donde se forma a los futuros dirigentes. El proceso modemizador requiere contar con el poder político con o sin (Argelia) democracia real. El Estado adopta como objetivos la equiparación de derechos entre hombres y mujeres y un laicismo no declarado, en algunos casos.

El fundamentalismo supone una reafirmación de la propia cultura, un atractivo retorno a los orígenes que se afirma al rechazar global y agresivamente todo lo foráneo, al menos externamente. Esto supone, según el modelo de análisis freudiano, la superación del complejo de inferioridad del colonizado frente a la cultura del colonizador. Por ende, el fundamentalismo encuentra una infinidad de cuerpo doctrinal, una normativa detallada y total que abarca todos los aspectos de la vida, desde la relación con el Creador hasta las relaciones sociales, familiares y sexuales.
 

1.2. Islamismo y Arabismo

El nacionalismo es una ideología europea. Su aparición en otros lugares del mundo allende las fronteras del Viejo Continente responde a la educación de las elites colonizadas en los países de las respectivas metrópolis: Francia y Reino Unido, principalmente.

La acción de los ingleses para destruir el imperio otomano y apoderarse de países clave para su imperio tomó una doble vía: por un lado, fomentando la secesión de los diversos países de la Ummah islámica, unidos bajo el sultanato desde el siglo XVI, fortaleciendo el nacionalismo de las tribus árabes. Por otro, potenciando el nacionalismo turco para crear un elemento de diferenciación entre turcos y el resto de los musulmanes. El mayor de sus éxitos es Mustafá Kemal Atatürk. Para preparar ese terreno encontramos a tres escritores europeos: Arthur Lumley David, el francés David León Cohun y Arminius Vambery, hijo de un rabino húngaro. Los tres defienden la superioridad racial de los turcos sobre el resto de las razas orientales. La organización Jóvenes Turcos adoptó sus ideas y dio comienzo a una política hostil a lo árabe, en un primer paso, y a todo lo no turco en el segundo. La revolución turca de 1908 fue el principio del fin del imperio musulmán y el nacimiento de la república laica turca, el triunfo de la europeización por decreto. Desaparecido el Sultanato, el Islam pierde el carácter de conjunto, se desvertebra. Londres divide y vence.

El nacionalismo árabe seguirá a la creación de muchas identidades nacionales con la regla sobre un mapa. El nacionalismo árabe hizo suyas parte de las banderas de la modemidad, un suave laicismo, la equiparación de derechos de la mujer y su incorporación a la escena pública, socialismo económico para mantener a masas ingentes fuera de la miseria y remilitarización de la sociedad como forma de imponer y enseñar los nuevos valores. El Ejército en los distintos países fue el eje en torno al cual se movió el nacionalismo. Durante la Segunda Guerra Mundial miraron con simpatía a las potencias del Eje que se mostraron desinteresadas por dar un apoyo más enérgico a la independencia contra los ingleses. Carlos Caballero habla de ello con acierto en La Espada del Islam.

El nacionalismo encuentra su auge en el coronel Gamai Abdel Nasser que crea la República Árabe Unida, un mito tras el que Gadafi se hizo con Libia. Su sucesor, el general Anuar al Sadat, firmó la paz con Israel y fue fusilado, durante un desfile militar que presidía, por soldados integristas.
 

1.3. Legitimidad

Hay gran variedad en los movimientos que se arropan bajo la bandera verde del Profeta, es cierto. Ya mencionaremos las formas que toman algunas de ellas en diversos territorios musulmanes. El carácter religioso del Islam, totalitario en lo público, supera en la generación de mitos capaces de movilizar a las masas al arabismo con carteles internacionales como Arafat o Ben Laden.

El protagonismo del mundo musulmán en la comunidad internacional es creciente desde mediados del siglo XX, si consideramos la cronología de las sucesivas independencias y las guerras contra Israel, los conflictos de Washington y Moscú en Afganistán.

Dentro de este proceso de emancipación de una parte del Tercer Mundo, el arabismo ha sido superado por el integrismo como motor y lenguaje obligado en las naciones musulmanas. El arabismo cede la primacía al islamismo, al ser éste un vínculo que ha demostrado más funcionalidad como factor unificador.

El fundamentalismo islámico ha superado por la izquierda, considerando como tal la praxis anticolonialista, al nacionalismo árabe; el arabismo es relevado por el islamismo como rebelde internacional. No desaparece el primero, que aporta una base geográfica indudable donde se centran algunas de sus causas irredentas, como la ocupación de Palestina, hecha causa incluso de los moros filipinos pero ceden la primacía de lo nacional, inexistente en muchos casos, a la hermandad musulmana. La intifada palestina nació en oración del viernes, el factor de agitación permanece ligado al ritual islámico, como las manifestaciones en el mes de Ramadán, en la peregrinación a La Meca o en los entierros y duelos. En otoño de 2001 se produce una seria contestación a la autoridad de Arafat cuando recluye en su domicilio al jeque líder del movimiento Hamas.

En términos demográficos, los árabes suponen menos del veinte por ciento de la comunidad musulmana mundial, a pesar de ostentar un peso político dentro de la misma superior, tanto por disponer de grandes ingresos, como de haber incorporado a la mitología común a personajes como el presidente Nasser y algunos iconos como Ben Laden. Pero el arabismo viene envenenado en sus orígenes cuando sirvió como acompañamiento coreográfico a la expansión de las colonias británicas frente al imperio otomano, cuya existencia era la encarnación del estado único musulmán. Gran parte del juego de alianzas que el Reino Unido estableció en el mundo árabe siguen vigentes y su estabilidad, de tratados y fronteras, viene garantizada por el pretorianismo norteamericano en su papel de potencia internacional única. La creación de mini-Estados como abundan en el golfo Pérsico respondió a una estrategia de entronizar a un jeque sobre una zona rica en petróleo pero escasa en territorio y población, fácil de dominar, como demostró la intervención de las Specíal Air Forces británicas en Qatar contra la guerrilla comunista, y el envío de tropas por el sha Reza Pahlevi, consolidando su papel de gendarme del Golfo ante la frontera oriental del mundo árabe, Irak, a cuyo líder, Saddam Hussein impone el Sha en Argel la nueva frontera sobre el río Shat al Arab, Arvand rud para los persas.
 

1.4. Protagonismo

La segunda guerra del golfo Pérsico y el ataque a Afganistán han supuesto también un duro golpe al nacionalismo árabe al dividir a los distintos gobiernos en bandos opuestos y alineados con sus antiguas metrópolis. También la oposición radical de la población musulmana ha contrastado con la actitud dialogante de sus gobiernos respecto a la Conferencia de Paz de Madrid. La carencia endémica de una acción común árabe, hizo que Saddam Hussein se viera forzado a recurrir a una retórica religiosa, a la que había combatido ocho años, ajena a su trayectoria política baathista. El llamamiento dio buenos resultados, más doctrinales que prácticos, como muestran las masivas manifestaciones de apoyo en naciones musulmanas tanto árabes como no árabes. Esa reacción generalizada de los distintos pueblos ha tenido un común denominador integrista. La identificación como musulmanes de las masas refuerza el sentimiento comunitario, ya que el factor religioso supone una cosmovisión integradora por encima de definiciones étnicas, con intereses regionales diferentes.

El islamismo adolece en la práctica de uno de los defectos del arabismo. Al carecer de una dirección central, el acuerdo de actuación de los países musulmanes puede diferir. El Islam carece de una jerarquía que configure una autoridad central, como supone el Papado para el cristianismo. Esto evita también que exista una única cabeza que cortar y se van sucediendo, desde el secuestro de la Embajada norteamericana en Teherán en noviembre de 1979, los incidentes que pueden ser enfrentados por el Pentágono de uno en uno de forma sucesiva pero no ser resueltos para siempre.

La legislación islámica, sin jerarquía que la respalde, puede diferir entre sunnitas, chiítas o wahabíes, pero acerca más que la inexistente comunidad de intereses nacionales entre marroquíes, chinos o chechenos. Al concepto de arabidad se escapan los musulmanes de Uzbekistán, Azarbaiyán o Bosnia, los muyahidines afganos, los moros filipinos y los pasdaranes iraníes; todos ellos protagonistas de gran parte de las noticias en las tres últimas décadas. La reislamización de la política en el mundo árabe tiene su paradigma fuera de la nación árabe, una revolución ajena, la iraní. Es el renacimiento de una doctrina con vocación totalitaria al reglamentar la sociedad tanto jurídica como penalmente, requiriendo, además, la posesión de los tres poderes, político, legislativo y judicial en uno, para el cumplimiento de los preceptos islámicos. Si la arabidad enmarcó regionalmente una serie de naciones, el Islam les suministra una doctrina autóctona para responder a la penetración de Occidente y enfrentar el reto que supone su mayor peso específico en las relaciones internacionales.

Los conflictos de importancia mundial que hasta poco menos la mitad de este siglo se dirimieron en los campos de Europa, han pasado en torno a otro eje estratégico definido por el mar Caspio y Madagascar. La concentración de petróleo en esa zona ha hecho crucial su control. Los gobiernos de la península Arábiga encajan en la descripción de Noam Chomsky, profesor del Massachusetts Instítute of Tecnology: «Lo ideal es que la producción petrolera la manejen administradores locales. Estados Unidos, como antes Gran Bretaña, no quiere gobernar directamente. Prefiere gobernar utilizando una fachada árabe». Negando la tesis, la intervención directa de Estados Unidos en la zona crece enérgicamente desde la caída de la monarquía Pahlevi, en 1979. El inesperado triunfo islámico deja libre el papel de gendarme del Golfo, Irak intenta hacerse con él e inicia dos guerras: la primera contra Irán es larga y cara, a pesar de contar con apoyo de potencias occidentales y regionales. Bagdad fue el ariete contra el integrismo persa, frenando su expansión por occidente mientras la Unión Soviética ocupaba Afganistán al Oriente de Irán. Teherán se convierte en un centro de agitación revolucionaria. Nabib Berri, de Amal (esperanza) Islámica, se hace ministro de Justicia de Líbano y todos los secuestros aéreos viajan a Beirut. La OLP ocupa literalmente Líbano desde donde actúa contra Israel. Los tanques israelíes entran en Beirut, abandonarán Líbano con el siglo, no empujados por los fedayines, combatientes del pueblo, de la OLP, sino por los muyahidines, soldados de Dios, de las milicias integristas de Hezbolá, el partido de Dios.

La segunda guerra de Saddam Hussein, la de Kuwait, ha sido devastadora. EE.UU. revalida con hechos su voluntad de entrar en conflicto directo en Oriente Medio cuando se rompe la pax americana. No se empantana, como lo hizo antaño en Indochina, «Si me hundes dos torres en Nueva York te arraso un país entero». Las naciones árabes se ven incapaces de dar una solución regional al conflicto, poniendo a disposición de fuerzas europeas y norteamericanas su territorio y su soberanía. Imagen de dejación que supone un caldo de cultivo para la subversión integrista. Los últimos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, y la respuesta sobre el régimen talibán de Afganistán son buena muestra de ello.

El segundo es que el colapso histórico del comunismo deja sólo al islamismo radical dentro del Tercer Mundo, en el ranking de agentes desestabilizadores. La URSS desaparece y Rusia asume un papel de comparsa en las relaciones internacionales y acepta la hegemonía de EE.UU. a cambio de poder frenar la insurrección musulmana en Chechenia. Se produce una interiorización del Estado ruso, quien debe centrar su energía en resolver su esquilmada economía y otros problemas de centrifuguismos nacionalistas, a los que no son ajenos sus repúblicas musulmanas ni las brigadas internacionales islámicas. Otras naciones iberoamericanas y africanas del Tercer Mundo reflejan el derrumbe del bloque socialista por K.O. económico, agravado por los evidentes errores de intentar ajustar su realidad para aplicar una doctrina foránea y ajena a su cultura. El colapso del marxismo-leninismo forzó a los intelectuales de gran parte del Tercer Mundo a volverse hacia el integrismo, cultivado en las madrasas y alimentado por el modelo social universal. El auge de la inteligencia islámica no florece sólo en la ciudad iraní de Qom, ni tiene el carácter tribal de las montañas afganas y las llanuras albanesas, sino que crece en universidades egipcias, como Al Zahra (El Cairo), y de Turquía, miembro de la OTAN y candidato al ingreso en la Unión Europea. Para explicar la rapidez con que intelectuales como Shariati, Jomeini, Madani, Berri o Afgani transmitieron su pensamiento a las masas un factor fundamental a considerar es que ningún grupo político dispone de una red de comunicación, adoctrinamiento y agitación que supere a la estructura religiosa con mezquitas en las más ignotas aldeas.

El Islam se ha hecho atractivo, una doctrina propia que rompe con la dependencia doctrinal de la metrópoli de tumo, París o Moscú. «Nasser era un enemigo por su condición de nacionalista laico; Jomeini por su integrismo islámico».
 

1.5. Hegemonía norteamericana y divorcio islámico

En este panorama, por primera vez en la Historia, una nación ostenta la hegemonía mundial sin rival alguno. EE.UU. ejerce como primera superpotencia del globo; asegura su flanco sur en Panamá, abandona Liberia a su suerte, y centra miras en un nuevo enemigo: el radicalismo islámico. Este arco de crisis iría desde la provincia india de Kashmir, pasando por Azarbaiyán y Tayikistán, Irán, Líbano, Israel hasta el Magreb. El centro eventual del eje de ese arco se centra en el golfo Pérsico por el protagonismo mundial ejercido por cinco hechos decisivos: la revolución islámica iraní de 1979, la guerra Irak-Irán (1980-88), la vietnamización del Ejercito Rojo en Afganistán (1988), la ocupación de Kuwait por Saddam Hussein y la guerra antitalibán en Afganistán.

Incluso socialistas como Saddam Hussein no duda en convocar la Yihad, la misma guerra santa contra Occidente que predicaban ulemas iraníes contra él. La perseverancia doctrinal que ha llevado a este renacimiento de la legitimación de la violencia en el Islam tiene su paradigma en el ayatollah Jomeini, que llegó al poder octogenario. Este mensaje agresivo e igualitarista entre musulmanes (ante Dios no serás un héroe anónimo) tiene un campo abonado: la disociación entre pueblos y gobiernos árabes con un déficit democrático absoluto. Gobiernos que se disocian entre ellos ante hechos tan graves como la inestabilidad del Líbano o las guerras del Golfo, disensión ante los bombardeos de la Administración Reagan contra Libia, de la Administración Clinton contra Sudán y los israelíes contra pueblos palestinos y centros de su autoridad nacional. A pesar de la repulsa común de los árabes frente a Israel, no se ha conseguido ninguna unidad de acción. Las naciones árabes, de signo distinto como Arabia Saudita o Siria, alineadas en la coalición multinacional antiiraquí han evidenciado la necesidad de contar con fuerzas ajenas para arreglar los problemas internos de la nación árabe.

La coherencia unificadora musulmana, plus ultra árabe, la aporta la semejanza de actuación comunal y de creencias que hay desde el Atlántico al Pacífico. Se explica por la vigencia del Islam, cuyo carácter de religión exige compromisos más vitales que la militancia política. Se puede alegar que, amén de una base doctrinal común, los diversos movimientos musulmanes presentan características distintivas «que pueden derivar de su identidad islámica pero no son enteramente definidos por ella», sino por las características nacionales y étnicas de cada grupo humano adherente al Islam. Sin embargo, el movimiento musulmán es más rico doctrinalmente, totalizando el orden social y las relaciones, y tiene arraigo absoluto por su carácter exterior de religión social.

Sería erróneo y fruto de un análisis corto de miras considerar la revolución islámica iraní como la causa o primer motor de esta oleada. La república persa es un efecto, de los más llamativos si se quiere, de un movimiento mucho más amplio y profundo dirigido a conseguir la independencia política de los musulmanes y la implantación de su ley sobre las minorías locales no musulmanas. La oleada integrista demanda la hegemonía de la población musulmana dentro de las fronteras islámicas y una poderosa influencia fuera de ellas, como mostró el caso del escritor Salman Rushdie. Cuenta además con un enemigo exterior unificado, que toma cuerpo en Occidente.
 

2. EL INTEGRISMO COMO IDEOLOGÍA

La comprensión de la ideología islámica requiere considerar dos elementos. Uno viene representado por las características propias de las ideologías. Los intelectuales islámicos, especialmente quienes completaron su educación en Occidente como Abbasi Madani y Shariati, analizan la realidad de nuestro mundo a través del enfoque de su ideología y no de la nuestra. Tal verdad de Perogrullo es frecuentemente olvidada en los análisis sobre la evolución del pensamiento islámico, en un entorno social que les es propicio.

Toda ideología supone una militancia, escasamente crítica con respecto a sí misma, en pro de la implantación de un modelo que tiende a ser universal. En su devenir, cada ideología identifica un enemigo y declara que de su destrucción o dominación surgirá la arcadia. En el marxismo, ese enemigo a eliminar es una clase, la burguesía; en el nazismo, una raza específica, la hebrea. En el liberalismo, cuantos no acatan las reglas del juego capitalistas. La adhesión estricta a una ideología, sin crítica interna posible, supone varias ventajas para sus seguidores.

Jean François Revelé nos dice que la ideología supone una triple dispensa: intelectual, práctica y moral.

1. La intelectual consiste en retener sólo los hechos favorables y lanzarlos como propaganda única. Las realidades que no encajen en su concepción del mundo, se eliminan o dulcifican. David Lamb, corresponsal del prestigioso Washington Post en Oriente Medio publicaba, el 19 de enero de 1987: «La justicia saudí parece salvaje pero funciona». Lamb, definido como liberal en los medios norteamericanos, defendía la eficacia del régimen saudí a la vista de las cifras: 14.000 crímenes para una población calculada entre los 6 y los 11 millones de personas. En contraposición, Los Ángeles, con siete millones de habitantes, dan una media de un millón y medio de delitos. Partidario del castigo físico en la Península Arábiga, Lamb es uno de los más firmes defensores del abolicionismo de la silla eléctrica en su propio país. En este caso, que no es único, la dispensa intelectual no procede de un musulmán.

2. La dispensa práctica suprime el criterio de la eficacia, quita todo valor de refutación a los fracasos. Las repúblicas socialistas no pensaban que la ruina sobrevenida por su adhesión a un modelo económico autosuficiente se deba a la doctrina aplicada sino a factores exógenos: conspiraciones, bloqueos, etc., la conspiración exterior como explicación de la Historia.

3. La dispensa moral, el servicio a la ideología es el que ocupa el lugar de la moral. Las acciones no son buenas o malas a la luz de la ética, sino en razón de la eficacia con que sirvan a la ideología. Es decir, matar no es malo en sí, depende a quién y para qué. Poner una bomba en el sur de Francia es un crimen, matar a un español es un acto revolucionario, según los parámetros de quienes se dedican a estas cosas.
 

3. SEPARACIÓN DE PODERES FRENTE A UNICIDAD

En Europa occidental es innecesario aclarar que Dios y el César son diferentes. La política está enfocada al servicio del segundo, dejando las cuestiones del Más Allá a los organismos religiosos. Aunque no hace tanto tiempo, los reyes occidentales lo eran «por la gracia y voluntad de Dios». El Islam, basado en el Tawhid (unidad global) de Dios y del mundo entiende que el servicio al Altísimo pasa necesariamente por la aplicación concreta y legal de sus leyes en la Tierra, perfectamente enunciadas en su libro sagrado. Es decir, el Islam, para realizarse como doctrina, no se ciñe a la conducta personal y al interiorismo cristiano sino que requiere la utilización del poder político, pues contiene sus mandatos, suponen tanto un código civil como penal y social. El acatamiento religioso es público al ser comunitario. Cualquiera que acate otras doctrinas habrá de hacerlo, en el mejor de los casos, de forma privada.

No en vano los intelectuales integristas islámicos miran con simpatía la teología de la liberación como un avance en que los cristianos comprenden la necesidad de aplicar las leyes del profeta Jesús en sus naciones, hoy y ahora. Los ex-ministros nicaragüenses, Ernesto Cardenal y Tomás Borgues, viajaron a Irán en 1986 y allí aprobaron públicamente el compromiso religioso de la revolución. Algunas leyes norteamericanas, como veremos más adelante, evidencian que la religión no está tan lejos del cuerpo legislativo que rige la nación.

En el fondo, lo que se dilucida es el enfrentamiento entre dos concepciones del mundo. Los musulmanes entienden la Comunidad (Umma) como creencia, frente al concepto occidental de sociedad como contrato, al modo de Rosseau. Las libertades de uno y de otro no se limitan entre sí, en el pensamiento musulmán, sino que vienen conjugadas por los dogmas de la Shariá, la ley islámica, recogida en el Corán, la tradición del Profeta y las costumbres aceptadas de los musulmanes eminentes.

Evitemos una conceptualización simplista. El pensamiento islámico no es tan sencillo ni ciego: De todos los observadores mundiales, únicamente el ayatollah Jomeini, en 1987, remite una carta a Gorbachov anunciándole la debacle del imperio soviético. Las naciones islámicas habían contribuido a la crisis de dos formas: con la vietnamización del Ejército Rojo en Afganistán (1980-1989) y apoyando las revueltas en las repúblicas soviéticas del Asia Central.
 

3.1. Los intelectuales

No pensemos que tal identificación, tal visión unitaria del mundo es exclusiva de América y de Asia. Musavi Lari, un erudito musulmán, enuncia la existencia de un Tawhid liberal, cuya casta sacerdotal sería el FMI y el BM, que consiste en identificar los intereses del burgués con los de todos. El sociólogo Shariati, asesinado en Londres, denuncia que Occidente, por medio de la publicidad, tiende a la uniformización de las opciones de consumo. Esto supone una simplificación del mercado de la demanda, lo que se traduce en un incremento cuantitativo de la oferta no diferenciada con el consiguiente crecimiento de los beneficios marginales. Es sabido que los clubes económicos y de opinión miden la modernización de un país por la aceptación del modelo económico occidental, lo que se materializa en la penetración masiva de empresas extranjeras. Esta presunta adaptación a las normas de los tiempos presupone homologar gustos de consumidores en diferentes países, es decir, uniformar la demanda para mantener rentable la oferta, para lo que es necesario en sociedades ajenas a la europea un proceso de aculturación. Durante el mismo, las clases pudientes indígenas envían a sus hijos a universidades extranjeras, donde se forman a los futuros dirigentes. El proceso modernizador requiere contar con el poder político con o sin democracia real. El Estado adopta como objetivos la equiparación de derechos entre hombres y mujeres y un laicismo no declarado, en algunos casos. Su mayor triunfo es Turquía. Ese intento de aculturación choca contra los sentimientos de las capas más bajas de la población y de los pensadores y profesores universitarios, la respuesta contrasta los conceptos de integrismo y modernidad en el escenario musulmán. Es necesario reseñar, a pesar de la contradicción aparente, que es posible un integrismo actual sin otra modernización que la tecnológica.

El Islam se enfrenta a esas pretensiones uniformadoras de la modernización con las suyas propias. De ahí, a pesar de su jurisprudencia común, la coexistencia de diversas formas de Estado: republicanos, monárquicos, caudillistas, teocráticos... Frente a la modernidad, el fundamentalismo supone una reafirmación de la propia cultura, un atractivo retorno a los orígenes que se afirma al rechazar global y agresivamente todo lo foráneo, al menos en sus expresiones externas. Esto permite, según el modelo de análisis freudiano, la superación del complejo de inferioridad del colonizado frente a la cultura del colonizador. Por ende, el fundamentalismo encuentra un cuerpo doctrinal ya elaborado, una normativa detallada y total que abarca todos los aspectos de la vida, desde la relación con el Creador hasta las relaciones sociales, familiares y sexuales.
 

3.2. Un choque entre concepciones integristas de religiones diferentes.

Esto lleva a enunciar al profesor de la Universidad de Yale, Samuel Huntintong, su teoría del Choque de civilizaciones. Donde defiende la pervivencia y combate entre tres modelos de civilización, que él identifica con opciones religiosas masivas: Cristianismo, Islam y Budismo. Recordemos que la palabra fundamentalismo, en origen, se aplica a los primeros seguidores de Lutero. No ha tenido un carácter peyorativo sino hasta el renacimiento islámico de finales del siglo XX. En la actualidad se puede seguir aplicando a la Norteamérica profunda, cuyos presidentes «confían en Dios», como proclaman incluso en los dólares y rezan antes de tomar decisiones trascendentales en la Casa Blanca. El fundamentalismo protestante norteamericano ha hecho leyes, aún vigentes, que legislan las relaciones sexuales en el matrimonio. El adulterio es castigado por los electores y ha derribado más de una prometedora carrera política en EE.UU. e Inglaterra.

La tesis de Huntintong se enfrenta a la mantenida por F. Fukuyama, quien anuncia en su Fin de la Historia, el triunfo del modelo universal, la victoria del monismo anticipado por Carl Schmit, heredero y continuador de la implantación de valores universales de Kant. Los valores vienen definidos en Occidente quien tiene tres alternativas:

a) Cada pueblo debe elegir su propia vía, condicionada por sus parámetros culturales. Derecho a la diferencia. Coexistencia. No injerencia.

b) Hay un modelo universal exportable válido para todas las naciones. Triunfo del liberalismo democrático. Hegemonía de las naciones desarrolladas ricas sobre las de abundantes recursos. Somos responsables de calmar su miseria pero adquirimos el derecho a intervenir en las áreas de hambrunas crónicas.

c) Combate entre las dos opciones. La primera tesis es la defendida por los países no alineados, la segunda es la praxis de Estados Unidos con la aquiscencia mundial.
 

3.3. Magreb

Frente a nuestras costas, en el Magreb, tipos diferentes de Estados gobiernan sobre poblaciones musulmanas de vida social semejante; el Estado, del tipo que sea, se legitima en el Islam y la oposición también. Todo ello entra en juego en el norte de África, un territorio que puede definirse por dos vías: en una como conjunción de la cultura árabe en el entorno afromediterráneo; en la otra como una zona de subdesarrollo económico, con un incremento demográfico que sitúa a la mitad de la población por debajo de los 35 años, con tasas elevadas de paro y un flujo migratorio constante. Responden a la definición clásica de subdesarrollo: Exportan materias primas, especialmente agrícola y energéticas, importan bienes manufacturados y, algunos, gozan de turismo merced a su tipismo, lo que niega la modernidad. El norte de África ha tenido históricamente una intensa relación con la Europa meridional. De ella emanan sus recientes independencias, tras cruentos combates.

El auge del integrismo frente a nuestras costas, de forma especial, en el Magreb, sigue un desarrollo creciente que encuentra un terreno abonado en la miseria, el subdesarrollo endémico del área y la tiranía sátrapa de sus dirigentes, por lo que la población, con un perfil muy joven, se refugia en las mezquitas esparcidas por todas partes para encontrar respuestas concretas y caminos claros y el Islam es una religión poco dada a la metafísica pero sí a la emigración.

Bajo los estandartes del Islam, los distintos movimientos, almohades y almorávide de antaño y los actuales, que citaremos a continuación, no suponen sino distintas oleadas para diferentes épocas en pos de un mismo ideal: la implantación de la Sharia en todos los territorios donde vivan los musulmanes. Son sucesivas señales de vitalidad de una religión expansiva que acultura todo el norte de África; doctrina totalitaria porque reglamenta la vida personal y comunal: «El credo islámico salvaguarda y garantiza la felicidad humana en la vida». Las revueltas contra el sultán o la colonia se amparan en el paraguas religioso en la misma medida que los autócratas coronados o no a quien quiere defenestrar. Los regímenes políticos comunes en el ejercicio autoritario del poder pero diferentes en la forma: presidentes, reyes y coroneles, nada reacios a utilizar sus ejércitos para mantener el orden público, situaciones inestables, fronteras en litigio, revueltas sofocadas manu militari por Hassan II de Marruecos, protegido por la baraka, Gadafi, jefe del Estado libio antes de los 30 años e iluminado doctrinario; el premier Gozali, ese «Jatami» laico argelino, cliente del mismo sastre que el diplomático español Inocencio Arias. Hosni Mubarak gobierna Egipto con apoyo parlamentario de los Hermanos Musulmanes. Los heterogéneos gobiernos norteafricanos de diversos modos buscan una legitimación en el Islam. Cuantos los asaltan también lo hacen.
 

3.3.1. Marruecos

El florecimiento del integrismo no ha sido un hecho gratuito ni sin antecedentes significativos. En el caso de Marruecos, tenemos un precedente durante el primer cuarto del siglo XX. La guerra de Marruecos ocupó a varias potencias europeas. El Rif, es el núcleo motor de donde parte una intensa actividad militar de las cábilas, organizadas al modo familiar musulmán, en grandes clanes manteniendo parentescos inimaginables para un europeo. «El pueblo de una región muy pobre de Marruecos había rechazado durante cinco años los esfuerzos bélicos de dos países europeos. Un claro exponente de la resistencia rifeña es Abd el-Krim. Su formación ha sido un paradigma para los líderes islámicos del área. Educado en la universidad de Fez se mostró abierto a la influencia de la tecnología europea, yendo su hermano a estudiar en la escuela de Minas de Madrid. Abd el-Krim se interesó por el renacimiento musulmán que, procedente de Egipto, había penetrado en Marruecos. Conocía la Administración española porque fue juez de Melilla, pero se mantuvo dentro de su cultura y agrupó a quienes querían mantenerse impermeables al colonialismo occidental y guerreaban en partidas. Socialmente reformista, centralizó bajo su mando una organización de justicia basada en la ley musulmana. Recibió la tradicional baya con que los marroquíes le reconocían como soberano, el enviado a cumplir dos objetivos: imponer la ley musulmana estricta y llevar a cabo una yihad contra los cristianos. Abd el-Krim castigaba a los hombres que maltrataban a sus mujeres y condenaba los adulterios. Hubo de invocar la misma legitimidad islámica de los alfaquíes musulmanes de Fez para ser reconocido como sultán, encontrando más que reticencias en algunos jefes, como el-Raisuli, que también invocaba el Islam como fundamento de su liderazgo.

Si antaño, el Islam en Marruecos sirvió para consolidar la monarquía, hoy, el movimiento marroquí Wa-I-Ihsan (Justicia y Caridad), liderado por Abdesalam Yassin, recoge la bandera del integrismo y fue puesto en cuarentena por Hassan II. El fallecido rey marroquí se vio en la paradójica situación de manifestarse a favor de Irak con su pueblo mientras sus tropas en Arabia Saudita apoyaban la actuación de Estados Unidos, a sabiendas de los sentimientos ofuscados de su pueblo ante el bombardeo masivo y constante de poblaciones musulmanas en la frontera oriental del mundo árabe. Una huelga general convocada por todos los partidos y sindicatos, obligó a manifestar públicamente a Hassan II que ese día debía ser de «oración y ayuno por los hermanos árabes de Irak». Una gigantesca manifestación antioccidental obligó al monarca a mantener las políticas interior y exterior en flagrante contradicción. El año anterior, 1990, Marruecos había sufrido unas convulsiones sociales gravísimas, que obligaron al Gobierno -y está claro que la corona gobierna en Marruecos- a realizar unas concesiones demagógicas que gravarán la ya deficiente economía nacional. Las revueltas fueron duramente reprimidas por el Ejército marroquí, fogueado en la lucha contra el Frente Polisario y a quien Hassan II prestó atención tras el segundo intento de magnicidio a cargo de la academia de cadetes en Sjirat, en 1971, revalidado por el intento de derribo del avión real, un año después, organizado por el general Ufkir. El catedrático Ramón Cotarelo ha dicho de Hassan II, padre y maestro de Mohamed VI: «En tiempos de Hitler, de Stalin, de Franco se torturaba. Pero no hay constancia de que [...] bajaran a las mazmorras a aplicar un torno o salar una herida. En otros lugares, en Marruecos en concreto, al parecer, sí.
 

3.3.2. Argelia

La reciente historia del Islam en Argelia se puede medir en tres etapas: la legitimación doctrinal de la lucha contra el colonialismo francés, el paso del silencio a la contestación abierta contra el partido único y el confrontamiento directo con el Estado desde la interrupción del proceso electoral.

En un primer momento, se procede a la adopción de las señas de identidad islámicas como bandera anticolonialista frente a Francia, en esos días, el Islam era defendido por los socialistas del Frente de Liberación Nacional, tanto como reacción ante una cultura foránea como un magnífico tabú para registrar a las mujeres y evitar que pasaran armas, explosivos e instrucciones de los nacionalistas. El Islam jugó un papel determinante en la larga lucha por la descolonización, integrando las señas de identidad del movimiento que desembocó en la salida de Francia y provocó directamente el retorno del general De Gaulle al poder.

En la segunda etapa, esas señas islámicas permanecieron generalmente amortiguadas hasta acabar enfrentándose con la ideología del régimen argelino, forzándole a abandonar su papel de partido único y suponiendo la primera fuerza de la oposición. En octubre de 1988, durante «las revueltas del pan» argelinas, el FLN constató la pérdida de contacto con su población e inició un lento cambió que, en febrero de 1989, fructificó en una nueva Constitución donde se autorizaba el multipartidismo. Ese mismo año se crea el frente Islámico de Salvación (FIS) cuyos portavoces afirman triunfales haber recibido tres millones de solicitudes de ingreso. El nuevo partido asume el papel de ariete de la revolución integrista. El esquema se repite. El campo está abonado en condiciones similares a la de otros países musulmanes. Un país subdesarrollado, con una pirámide de población cuyas tres cuartas partes están por debajo de los treinta años (en Irán eran más del 50%) y unos cuadros universitarios receptivos al renacimiento islámico, tras la caída del hegemonismo ideológico de Moscú.

El FLN se enfrentó a constantes denuncias de su política laica fuertemente contestada desde los barrios populares que reclaman la observancia estricta de la ley islámica. Al frente del movimiento fundamentalista se situó Abbassi Madani, profesor de Sociología por Oxford, quién ha permanecido, al igual que el persa Jomeini, varios años exiliado en una capital occidental, en este caso, Londres. A su izquierda y actuando en la propia Argel, Alí Beljach, el carismático imam de los barrios populares de Bad el Ued y Kuba, educado en las doctrinas fundamentalistas wahabais de Arabia Saudí. Organizó las revueltas interiores; además de mantener una policía religiosa, similar a la saudí, y dictaminar que sólo se recurra a tribunales islámicos. Sus partidarios llegaron a destrozar las antenas parabólicas para evitar que las televisiones europeas, llenas de «cristianas desnudas» como comentó un estudiante islámico en la escuela teológica de Qom, Irán, contaminen a los musulmanes argelinos. La labor no se circunscribe sólo a la represión de lo diferente a aquello que el Corán decreta. Socialmente, las fundaciones wadf del FIS extienden sus funciones sociales a la distribución gratuita de agua potable, alimentos y medicinas.

Algunos, como el profesor Juan Manuel Riesgo, mantiene que Beljach y Madani representan dos movimientos integristas distintos: uno sería inspirado por Arabia Saudí, que ha dedicado miles de millones de dólares a inversiones islamizantes en el continente africano, la mitad de cuyos 700 millones de habitantes son musulmanes; el otro supondría una teocracia a la iraní. Pero, en realidad, no son sino dos caras de una misma moneda y vienen a repetir el doble discurso que mantiene el fundamentalismo islámico, mostrando un talante moderado hacia el exterior, que podría estar representado por Madani en Argelia o Rafsanyani en Irán, y un carácter más radical para consumo interno. Las elecciones municipales y de wilayas de junio de 1990 fueron la piedra de toque del potencial del nuevo movimiento islámico dando la victoria al FIS, quien con el 55,46% de los votos se hizo cargo de la mayoría de los 1.539 ayuntamientos de Argelia, con una participación del 56'1% del cuerpo electoral. Ante las elecciones generales que el presidente Chadli Benyedi convocó para diciembre de 1991, el integrismo argelino partía en buena posición, controlando el FIS 30 departamentos territoriales, mientras el FLN lo hacía en 14, el movimiento bereber RDC en uno y los independientes el otro.

Frente a la crisis del Golfo Pérsico en agosto de 1990, la segunda guerra que sacudía el área menos de dos años después de que terminase la anterior, el FIS argelino se definió originalmente por confiar la salvaguardia de los lugares santos del Islam, Medina y La Meca, a un consejo de alfaquíes, arrebatando el control que ejerce sobre ellos la familia de Saud reinante. Los integristas argelinos se alinean con los iraníes en dicha tesis, mantenida por Teherán desde la matanza de 400 peregrinos en La Meca. Tesis que se ha radicalizado desde que el gobierno saudita se alinea claramente en favor de los Aliados y su territorio ha suministrado bases militares norteamericanas en activo lo que el FIS considera «la agresión colonialista occidental». Durante el conflicto, un millar de argelinos, entre otros millares de otros países árabes, partieron a Bagdad para participar en lo que vendría a ser la madre de todas las derrotas. Muchos cruzaron de Irak a Afganistán como brigadas internacionales musulmanas, bastantes volvieron a Argelia y construyeron el brazo armado islámico. En junio de 1991, el FIS mantenía su pujanza con nuevas revueltas, a pesar de la pérdida de Irak frente a la colación occidental.

Las demoras finalizan, el FLN se ve obligado a convocar elecciones, máxime con la caída del sostén que suponía el poder soviético.

Con sus dos máximos líderes encarcelados en la prisión militar de Blida, el FIS durante el período preelectoral mantuvo una doble actividad. La primera de presión constante para conseguir la liberación o el juicio público de sus dirigentes y poder presentar su candidatura; la segunda se centra en la conveniencia de presentar o no listas electorales. La participación del FIS supone su acatamiento de las elecciones, aunque anunciando abiertamente su intención de convertir Argelia en un estado islámico. Finalmente, el FIS se presenta, respetando el veto formal forzado por el Gobierno argelino para impedir la presencia en las listas de Madani y Beljach.

Antes aún de conocerse el resultado de las elecciones, la reacción del mundo occidental ante este avance del integrismo se recoge en las palabras del ministro de Defensa español, Narcís Serra: «España siempre ha defendido que la OTAN debía dirigirse hacia el sur para dar seguridad y estabilidad al Mediterráneo. Estamos ya de acuerdo con Italia y Francia en este objetivo». Esto supone la reconversión de la Alianza Atlántica, desaparecidas las tensiones Este-Oeste, en una pieza básica dentro del entramado Norte-Sur.

La primera vuelta electoral no hizo sino confirmar lo sabido, el FIS se acercaba holgadamente a la mayoría absoluta parlamentaria.

En última instancia, el movimiento fundamentalista llega a suplantar al Estado, por lo que éste hace crisis y Chadli Benyedid, que había iniciado el proceso reformista en 1979, tras la muerte de Bumedián, dimite en enero de 1992, forzando a provocar la intervención del sector duro, representado por los militares y una reducida camarilla de políticos importados. Uno de los hombres de confianza de su equipo, Nezar, un general de 54 años formado en academias de Estados Unidos y Marruecos, se hace cargo de la junta de Gobierno. Junto a él se alinean cuatro civiles. El autodenominado Comité de Estado ejerce autoritariamente el poder. Los líderes del FIS se suceden, desde un físico nuclear hasta un maestro que son sistemáticamente detenidos.

Algunos argumentan que hubiera sido mejor dejar gobernar al FIS, enfrentado con una inflación del 43% y un índice de crecimiento demográfico del 3%, con un paro calculado en el 20%. La deuda exterior de 28.000 millones de dólares hubiera exigido permitir la penetración de las multinacionales del petróleo y del gas para poder explotar sus recursos naturales. Ello hubiera acabado por desgastar al integrismo.

«Entre represión y democracia, ¿hay algún camino intermedio?», publica The Economist a posteriori. El FLN había dado una oportunidad real a los islamistas para acceder al poder, algo que nunca han hecho sus hermanos árabes: Hassan II de Marruecos y su hijo, el coronel Gaddafi en Libia, Hosni Mubarak en Egipto, sin mencionar los emiratos y reyezuelos del golfo Pérsico. La elección de Gozali como primer ministro, garantizaba la voluntad reformista a la occidental del Estado argelino. Con todo, con un apoyo internacional evidente, al conocer el resultado de la primera vuelta electoral, el poder real argelino se impondrá antes de aceptar la realidad. El golpe de Estado divide a la sociedad argelina, habrá incluso sectores del FLN que pasen, en ese momento, a la oposición, aunque no son ilegalizados como terminará por ser el FIS.

El fantasma de Hitler rozó las primeras planas de los medios de comunicación, se justifica el golpe de Estado recordando a los nazis. La Comunidad Europea y los EE.UU. hicieron llegar rápida e implícitamente el mensaje de su aprobación. La dimisión del jefe del Estado, cuando el Parlamento estaba sin formar, legaliza la aparición de un comité de salud pública. La legitimación procede de la izquierda, como muestra la secretaria general del movimiento feminista al afirmar que prefiere una dictadura militar a un estado islámico. Queda claro que hay lugares donde las elecciones son imperativas y otros donde no, hay pueblos soberanos pero no en el Tercer Mundo, allí no ha llegado la revolución francesa.

El 11 de enero de 1992, un golpe de Estado impidió la segunda vuelta electoral y declaró prácticamente la ley marcial en toda Argelia. Las unidades militares se hicieron cargo del orden público. Las oraciones de los viernes, tradicional detonador de los tumultos, fueron abortadas por los paracaidistas. La junta militar reconoce tener a 5.000 detenidos en cinco campos de concentración en el Sahara.

El golpe de Estado supone la inmersión del FIS en la clandestinidad con gran parte de sus cuadros de elite en la cárcel, del aparato nacional como Rabah Kebir y Abdelkader Hachani, hasta detenciones de cuadros locales, para evidenciar la capacidad regenerativa que posee. El 10 de febrero son asesinados ocho policías. Las guerrillas islámicas han nacido, divididas en tres grupos: los «afganos», así conocidos por haber participado como voluntarios en la guerra contra la URSS en Afganistán; los guerrilleros emanados del regimiento enviado por el FIS a Irak; y, por último, los comandos autónomos creados por células con instructores entrenados por la OLP.

A su vez, en las mismas fechas, Túnez informa sucesivamente en incursiones armadas de guerrilleros musulmanes.

Habiendo desaparecido el dinero que dedicaban Arabia Saudí y Kuwait al Magreb, el pagador ha sido parcialmente sustituido por Irán, empeñada en apoyar al fundamentalismo en Sudán y Argelia, dentro del continente africano.
 

3.3.3. Túnez

En Túnez, el integrismo toma cuerpo en el ilegal Ennahada, dirigido por Rashid Gannushi, que encuentra eco entre sectores estudiantiles universitarios y una población obrera tremendamente proletarizada.

En 1986, el presidente Burguiba había intentado desarticular el Movimiento de la Tendencia Islámica, acusándole de complicidad con la República Islámica de Irán. Gannushi fue condenado a trabajos forzados perpetuos y siete integristas fueron ahorcados. Con todo, las elecciones de abril de 1989, con Ben Alí como presidente del país, evidencian que el Partido del Renacimiento de Gannushi suponía la primera fuerza de oposición al sucesor de Burguiba. También la lucha mantenida entre el partido estatal y los sindicatos no ha sido ajena a las reivindicaciones islámicas. En este caso, los integristas vuelven a hacer suyas las protestas laborales y sociales, con especial auge en el mundo estudiantil. Las crisis del Golfo Pérsico y las guerras de Palestina, Líbano y Afganistán también ha servido como caldo de cultivo para el integrismo en el más occidentalizado de los países magrebíes, aunque el Gobierno negó la inscripción del movimiento islámico como partido político y encarceló a 300 personas, entre ellos un centenar de oficiales de Infantería, acusados de conspirar para la instauración de una república islámica. El Gobierno de Ben Alí acusó de forma explícita al Frente Islámico de Salvación argelino de apoyar el intento de golpe de Estado en Túnez.

No todo sucede en Oriente Medio. El auge de hoy no es nuevo ni está originado por la bl¡zkrieg del Golfo. La persistencia de crisis en la frontera oriental árabe (1979-90), tiene su parangón en las sublevaciones salvajemente aplastadas en 1982, 85 y 87 en Argelia; en 1980 y 1984 en Libia; en 1984 en Marruecos; en 1979 y 1987 en Túnez.
 

4. CONCLUSIÓN

El Magreb tiende a la unidad como territorio africano, de cultura árabe y religión musulmana. Sus distintas poblaciones han evidenciado su abierto apoyo a Irak y a Osama Ben Laden frente a EE.UU., y no por absoluto acuerdo sino de rechazo global a la política occidental. El auge del integrismo ofrece una opción distinta al recién emprendido proceso de unidad magrebí. La Unión del Magreb Árabe, institucionalizada en la Cumbre de 1989, fue bien recibida en la Comunidad Europea, «comenzaba a dibujarse un nuevo interlocutor en sus fronteras meridionales», que parecía ser bastante más cómodo que hablar con los variopintos regímenes que desde Rabat, Argel y Túnez han mantenido un doble discurso de apoyo en las sucesivas intervenciones de la OTAN en Oriente Medio y Asia.

La Comunidad Europea, en lo económico, y EE.UU., mantienen buenas relaciones con los gobiernos musulmanes de África, Arabia y Asia Central. Ninguno de esos países pasa el visto bueno de una comisión de derechos humanos y los testimonios sobre los métodos de represión y el análisis económico revelan una deficiencia en desarrollo y democracia, en términos de deuda con los países de la OPEP, la UE y el Banco Mundial. Dictaduras monárquicas y republicanas, se ven actualmente presionadas por sus pobladores que se manifiestan decididamente en contra de la intervención de Occidente en el área y aumentan su grado de politización, lo que facilita la vista gorda de los organismos internacionales.

Los magrebíes, en sí mismos, suponen para Estados Unidos, el nuevo gendarme, la extensión de un problema que antes se circunscribía al área de Oriente Medio, con la diferencia de que en el Magreb el fundamentalismo islámico, en Argelia, optó por conquistar el Estado por el democrático camino de las urnas, recordando los medios de comunicación occidentales que era lo mismo que en 1930 había hecho el NSDAP de Hitler en Alemania. Abortada la intentona democrática por los tanques argelinos y las bendiciones de las cancillerías de todo el mundo, la disidencia integrista toma el camino de las armas. Por una u otra vía, «los principios de base que guían a los fundamentalistas son los mismos en todos los lugares y han demostrado [...] que tienen estrategias para la conquista del poder [...]. Sería ilusorio creer que puede levantarse un telón de acero en el centro del Mediterráneo para separar a una Europa próspera de un Magreb desheredado».


 
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