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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 198
Lunes, 22 diciembre a las 19:28:11

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 198 – 23 de diciembre de 2003

Feliz Navidad a nuestros lectores amigos. Que la paz y el amor inunde sus hogares. Por ellos pedimos al Niño Dios, y por todos los hombres de la Tierra

SUMARIO

  1. Portada: ¿Tenemos solución?, por Emilio Álvarez Frías
  2. El príncipe desnudo, por Miguel Ángel Loma
  3. El odio antiespañol, por Eulogio López
  4. La línea roja, de lanoticiadigital
  5. Canonización de mártires de la Guerra Civil, de La Razón


Portada: ¿TENEMOS SOLUCIÓN?
Por Emilio Álvarez Frías

Aparentemente no tenemos remedio.

Intelectuales, filósofos, teólogos, politólogos, economistas, hombres de ciencia, cultivadores de las letras, gente de las artes, religiosos, durante siglos andan empeñados en lograr la fórmula fascinante que haga que el hombre sea más feliz, mantenga buenas relaciones con los otros, evite enfrentamientos, enconos, luchas cruentas, odios, sin que podamos decir que avancen mucho en el camino de lograr tan loables pretensiones, pues, echando una mirada a la historia se puede ver que, lejos de mejorar, en muchos aspectos cada día existen más problemas, los hombres se entienden menos, las diferencias entre unos y otros se agigantan, la incomprensión se acentúa, las guerras son más frecuentes, bestiales y cruentas, en las relaciones internacionales domina el egoísmo de los Estados sobre el interés de comunidades más amplias, se abandonan las creencias religiosas, la razón se impone a la moral, incluso las religiones se tambalean cuando no se hacen integristas como es el caso evidente del islam.

En estas fechas de la Navidad los cristianos recordamos, llenos de júbilo, la venida de Dios al mundo, encarnándose en María de Nazaret, para redimirnos, para romper los moldes en los que el judaísmo tenida encorsetado al pueblo elegido, para concienciar a los hombres de que eran libres para elegir su trayectoria vital, para darles un único mandamiento a través del cual podrían conseguir el Reino: amaos los unos a los otros como yo os he amado.

Mas, ¿hemos correspondido a su sacrificio, a la confianza puesta en nosotros, hemos atendido sus palabras, hemos entendido su mensaje? Si tuviéramos que generalizar probablemente responderíamos impulsivamente que no. No obstante no debemos ser tan vehementes, pues hay amplios sectores de la sociedad mundial empeñada en buscar la fórmula adecuada para conseguir la ansiada paz; es decir, en aplicar la sencilla fórmula del mandato divino, intentando que oigan los que no quieren oír.

Mas, para ello es preciso empeñarse en renunciar a los propios egoísmos, no a los justos deseos y ambiciones, que eso es otra cuestión; poniendo esfuerzo y tesón en la aspiración de hermanar a nuestros próximos así como a los más lejanos; sin volver la vista ante el necesitado, el que carece de todo o de casi todo; sin marginar a esos pueblos que día a día mueren de hambre, de sed, de falta de lo más imprescindible, de cuidados; sin dar la espalda al que necesita amor y no sólo precisa cubrir carencias materiales; pidiendo insistentemente a los poderosos que no dediquen exclusivamente sus energías a acopiar mayores bienes, a conseguir mayor poder.

Porque cuántos hay que caminan por el mundo pisoteando a los que tienen menos, «no viendo» todas las necesidades existentes en países marginales, en continentes enteros, porque a ellos únicamente les interesa la explotación de sus recursos, de sus capacidades, tratando como esclavos a los habitantes de esos espacios, si es preciso; cuántos olvidan que su presencia entre nosotros no es por generación espontánea, sino porque la vida nos viene de Dios y por ende no es exclusivamente nuestra por lo que no tenemos derecho a privar a los otros de nacer o de vivir, bien porque mediante el aborto se siegue una expectativa de futro, bien porque a través de la violencia se rompa una realidad existencial; cuántos se encuentran sumidos en el desamor, ya sea por incapacidad de generar y dar su propio amor a los demás, ya porque los otros se lo niega sistemáticamente.

No obstante, los cristianos tenemos esperanza porque creemos en la Palabra. Y al llegar las fechas de la Navidad, las fechas en las que loamos la venida del Niño Dios, reactivamos las energías para seguir el camino emprendido en el origen de nuestra existencia.

Procurando, con humildad y propósito de enmienda por las caídas en que inexorablemente hemos incurrido, postrarnos ante el simbólico «Nacimiento» que recuerda el momento de la llegada de Jesús de Nazaret a nosotros, con la intención de orar sentidamente, abriendo nuestro corazón, para pedir al Niño Dios otorgue a los hombres más sensatez.

Así sea.
 

EL PRÍNCIPE DESNUDO
Por Miguel Ángel Loma

No sé si se deberá a mis prejuicios sobre las monarquías contemporáneas, pero el espectáculo de baboseo que padecemos desde principios de noviembre resulta ya preocupante por lo empalagoso. Hace tiempo que en España no se concitaba una unanimidad periodística tan exultantemente laudatoria como la que se ha generado tras la noticia del compromiso matrimonial del Príncipe Felipe con doña Letizia Ortiz. Pese a sus 31 años, parece que todo el mundo de la prensa ha trabajado alguna vez con ella, y se han escrito cosas tan magníficas como las que entresaco del paradigmático artículo de uno de esos periodistas omnipresentes en todos los saraos mediáticos: «Era callada, bellísima, discreta..., luego se perdió en el ascenso hacia las estrellas..., había llegado hasta el sacrificio..., la musa de los sueños irrealizables de tantos españoles..., generaciones futuras hablarán de la belleza de Letizia..., comprometida con el sacerdocio del periodismo..., algo de nosotros (se refiere a los periodistas) se va a casar junto con ella este verano..., alguien como Letizia, un sueño imposible..., un cuento de hadas...». Silente, bellísima, discreta; astronauta, víctima, musa; sacerdotisa, fuente de insomnio, hada de cuentos... El artículo merece un duquesado.

No niego que doña Letizia goce actualmente de una imagen amable y simpática, de chica mona y desenvuelta ante las cámaras, pero tampoco hay que pasarse con los excesos. Es comprensible que el gremio periodístico, incluida esa prensa del corazón tan dada habitualmente a tirarse a la yugular de quien asoma la cabeza a su alrededor, se sienta feliz porque la posible Reina de España sea «una de los nuestros», pero cuando la adulación es tan exageradamente cortesana corre el riesgo de confundirse con el sarcasmo. Una cosa es que perro no coma perro, y otra es matar al pobre animal a lametones.

Desde mi modesto criterio pensaba que las cualidades valorables en una novia, y posible Reina, no deberían ser únicamente esas tan repetidas miméticamente por el «sano pueblo llano» que se acerca a la alcachofa de las manipuladas encuestas callejeras con la cantinela de «Es muy maja, muy moderna, muy de su tiempo y además es española» (¿será esto último xenofobia?), sino otras más fundamentales y relacionadas, en primer lugar, con su próximo estado civil, como por ejemplo: ser persona equilibrada y con cierta estabilidad en sus relaciones sentimentales. Comprendo que esto es siempre difícil de asegurar, pero para algo sirven los precedentes, y es aquí donde doña Letizia genera serias dudas, porque arrastrar a sus 31 abriles un divorcio, tras solo un año de casada, y posteriormente y en un período cortísimo, dos relaciones de convivencia posmatrimonial, también prontamente resueltas, no parecen el mejor trampolín para elevarla a los altares de la Almudena y proclamar enfáticamente que garantizará la continuidad de la monarquía. Si además añadimos que el noviazgo principesco sólo cuenta con cinco escasitos meses vividos en fines de semana de escapada en escapada de la prensa, como si se tratase de una aventura de película, resulta un pelín arriesgado concluir a bombo y platillo, no ya que doña Letizia será una fenomenal Reina de España, sino apostar seriamente por la duración del matrimonio. Cualquier amigo con novia de currículum tan emocionalmente inestable, y avalado por un noviazgo tan frágil, nos pondría en un grave aprieto si solicitara nuestra opinión sobre su inminente matrimonio. Por más que los monárquicos pongan buena cara y fuercen la sonrisa, fácil es adivinar sus temores y temblores más íntimos: un posible fracaso en la relación arrastraría tras de sí algo más que un acta matrimonial.

No sé; a lo peor son cosas de mis ya confesados prejuicios hacia las modernas Coronas, pero sinceramente, esta historia tan románticamente acelerada y tan unánimente ensalzada, más que un cuento de hadas me recuerda a ese otro donde un rey se paseaba en medio de su pueblo en pelota picada, supuestamente cubierto con un traje sólo apreciable a los ojos de los más «inteligentes» que, como ahora, no cesaban de vitorearle. Ojalá me equivoque de cuento.
 

EL ODIO ANTIESPAÑOL
Por Eulogio López

Hispanidad, 15.12.03

Es curioso: una España descristianizada y una Polonia en fase de descristianización sigue siendo, para toda Europa central, Francia y el Reino Unido, la quinta esencia del catolicismo, es decir, el enemigo a batir. Podría ser Irlanda, pero no. Podría se Bélgica, es decir, el Flandes hasta donde llegaron las armas españolas, pero no. Podría ser Italia, que alberga el Estado Ciudad del Vaticano, pero no. Es España. La única explicación la encuentro en las palabras del Papa, que llama a España «Tierra de María». Es como si, a pesar de lo borricos y mastuerzos que somos los españoles en todos los órdenes de la vida, o quizás por ello, contamos con una marca especial, con una protección materna, que ni la dictadura progre ha conseguido borrar.

La Cumbre de Bruselas fracasó. Menos mal. Pero percibo un odio irracional hacia la posturas española y polaca, y creo que la razón es cultural (forma moderna de evitar decir que la razón es religiosa). En ningún país de la Europa actual como en España se percibe esa nota característica que Chesterton achacaba a la Europa de su tiempo, un lugar donde se representaba cualquier idea, cualquier actitud, cualquier credo, cualquier propuesta, por muy majadera que fuera... siempre que no fuera la idea cristiana, es decir, la idea constitutiva de Europa.

Leo en una entrevista realizada por Ignacio Amestoy, en El Mundo, con José Luis Abellán, presidente del Ateneo de Madrid, hoy controlado por la masonería española:

-El Cristianismo en la Constitución Europea: ¿No suena a aquello de españolizar Europa?

-No (se ve obligado a responder Abellán, quien no es precisamente el más pío de la Villa y Corte). La Cristiandad fue la base de la Europa moderna.

Es curioso que los periodistas, el mejor reflejo de lo políticamente correcto, consideramos que mencionar el Cristianismo en la Unión Europea es algo parecido a lo que ocurría durante la Transición Democrática española: hablar de familia era sinónimo de Franquismo y premios oficiales a la natalidad. Sin embargo, para Abellán, el liberal radical (así se define) no representa ningún inconveniente recordar que la Cristiandad es la raíz de Europa, es decir, que, sin Cristianismo, los lobos todavía serían los dueños de Centro Europa. Hasta el concepto mismo de humanismo es europeo... porque es cristiano.

Lo mismito que afirmaba la Enciclopedia francesa, vademécum de la ilustración, cuando recordaba que Europa era un continente pequeño, pero el faro del mundo debido a su cultura, su historia, su arte y, «sobre todo», su religión.

Pero habrá que insistir: el problema de que la nueva Constitución Europea no cite al Cristianismo, e incluso que en la Cumbre de Bruselas de jefes de Estado y de Gobierno ni se haya hecho mención a ella, no es lo peor. Es, simplemente, una mentira histórica. Más grave resulta que la Constitución Europea omita cualquier definición de familia y cualquier defensa de la vida humana más débil: la del no nacido.

Así que el fracaso de la Cumbre de Bruselas debe ser celebrado con entusiasmo. Al menos, ahora hay más tiempo para seguir luchando.
 

LA LÍNEA ROJA
lanoticiadigital.com

En el mundo globalizado, el estado nacional resulta incapaz de garantizar el bienestar y la seguridad de sus ciudadanos sin seguir alguna estrategia de asociación internacional. No se trata de claudicar de la soberanía nacional, como a menudo parece, sino de mancomunar esa soberanía en aquellos asuntos que resulten cruciales para el interés de los estados soberanos. Independencia nacional y cooperación internacional se pueden conjugar perfectamente como España, sin ir más lejos, ha demostrado a lo largo de los siglos.

Los españoles que no dimitimos de nuestra condición, que tampoco lo hacemos de nuestra dimensión europea ni abjuramos -antes al contrario- de nuestro papel en la Comunidad de Naciones Hispanas, estamos convencidos de que la estrategia española de asociación internacional se debe articular sobre esa triple premisa.

Dentro del ámbito concreto de la UE se ha olvidado el trasfondo sobre el que se cimenta esta sociedad de naciones lejanos ya los conflictos bélicos de la primera mitad del siglo pasado. Esa cimentación no descansa en otra cosa que en el interés común por crear un espacio económico que favorezca el desarrollo de sus socios. La UE y las comunidades de países que la han precedido sirven fundamentalmente a esta finalidad del crecimiento de la riqueza y el bienestar material de sus socios lo que no sólo no impide, sino que favorece, extender la cooperación estrictamente económica a políticas tales como la de seguridad interior (que tan importante es para España) o la de defensa exterior a modo de necesario contrapeso a la hegemonía estadounidense.

Por todo ello, la UE no es una ONG a la que los diez nuevos socios del este europeo acuden en demanda de ayudas a fondo perdido. Institucionalmente tampoco puede convertirse en un club ingobernable habida cuenta de las cuestiones que se ventilan. Por estas dos razones están desilusionados los que pensaban que el Tratado de Constitución Europea parido por la Convención sería una carta magna que plasmase el contrato social rousseauniano de una Eurolandia a lo Walt Disney.

El interés económico nacional de los países que aportan la mayor parte del PIB europeo -Alemania, Francia e Italia- junto a la necesidad de alejar un escenario de ingobernabilidad institucional, explica la fórmula de la doble mayoría para sacar adelante los asuntos de la Unión (50 por ciento de los países y 60 por ciento de la población). Indudablemente se trata de una regla de gobierno que -a priori- parece simple, eficaz y transparente, si bien mucho más en el primero de los requisitos que en el segundo. En este sentido, la regla mantendría sus virtudes exigiendo -como propuso la delegación española- un 66 por ciento de la población en lugar de sólo el 60.

Sin cuestionar el fondo del proceso de construcción europea, sí resulta incuestionable que España ha demostrado una disciplina clara como socio comunitario; un rigor ausente en otros ámbitos de nuestra política exterior. Precisamente ser un país totalmente solvente en lo relativo a la UE le legitima a trazar su propia línea roja en el diseño de nueva Unión con veinticinco socios. Eso es lo que se ha hecho en Bruselas y bien hecho está.
 

CANONIZACIÓN DE MÁRTIRES DE LA GUERRA CIVIL
La Razón 10.12.03

Redacción - Toledo

Monseñor Cañizares inicia el mayor proceso de canonización de mártires de la Guerra Civil

Durante el acto, que se desarrolló en la Capilla de Reyes de la catedral, se constituyó también el tribunal de la causa de canonización o declaración de martirio, cuyos miembros prestaron juramento sobre los Evangelios de que este proceso, que en última instancia ratificará el Papa, se llevará a cabo de acuerdo a la ley. Entre los 800 siervos de Dios que optan al reconocimiento de mártires, destacan el obispo Eustaquio Nieto Martín, de la diócesis Sigüenza-Guadalajara, y los sacerdotes Agustín Rodríguez, Antonio Martínez, Joaquín María Ayala, Joaquín López y Basilio Sánchez, en representación de las diócesis de Toledo, Cuenca, Albacete, Ciudad Real y Ávila. El arzobispo primado destacó en su discurso que lo que le ha impulsado a promover la canonización de estas personas y de otra larga lista de ellas hasta sumar más de 800 han sido las palabras del Papa, según las cuales en el siglo XX se han multiplicado los mártires y su recuerdo no debe perderse, «recogiendo para ello la documentación necesaria».

En opinión de monseñor Cañizares, la causa de canonización abierta hoy, y que puede durar un año, «es un signo de la vitalidad de nuestras iglesias locales», que reconocen el papel de estos siervos de Dios, «que con su martirio, ofrendaron sus vidas para cumplir con toda fidelidad la voluntad del Señor, en cuyas manos se pusieron como Jesús se puso en manos de Dios en la crucifixión». El prelado subrayó que en el período 1936-1939 se produjo «una auténtica persecución religiosa, en la que hubo verdaderos mártires y otros que no lo fueron, por lo que se ha llevado a cabo una minuciosa selección de las personas llamadas a recibir este reconocimiento». En este sentido, el postulador o instructor de la causa, el padre Jorge López, explicó a los periodistas que se calcula que en ese período fallecieron por persecución religiosa unas 10.000 personas, si bien en algunos casos su muerte pudo ser atribuida también a otras causas, como en el caso de Ángel del Alcázar, presidente de la Falange, por lo que sus nombres no han sido propuestos.
 

No juzgar a los asesinos

El arzobispo primado resaltó que, con el proceso de canonización iniciado ayer, la Iglesia no pretende hacer un juicio a los responsables del martirio, «ya que su filosofía es la de la fe y el amor, no la del odio y la venganza», sino reconocer que «no hay mayor amor que dar la vida por los demás, y ellos la dieron». En este sentido, subrayó que la apertura de la causa de canonización o declaración de martirio a estos siervos «es una llamada al fortalecimiento del sentido cristiano y a la conciliación entre todos».

Durante la investigación jurídica de esta causa de canonización, se tomará declaración a una serie de testigos, cuyo testimonio será valorado por los miembros del tribunal, entre los que se incluye la Comisión de Peritos en Historia y Archivística.

En el acto de ayer quedó fijada como sede del tribunal y lugar para interrogar a los testigos y ejecutar las demás pruebas del proceso, que puede durar un año, la Sala para las Causas de los Santos del Palacio Arzobispal, donde se celebrarán las sesiones los viernes de cada semana de once a una de la tarde.


 
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