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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 201
Miércoles, 14 enero a las 19:57:56

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 201 – 13 de enero de 2004

SUMARIO

  1. Portada: Las propuestas electorales del PSOE, por Enrique Hermana
  2. ¿Sólo con Europa?, por Ismael Medina
  3. Dos conflictos culturales con los que bregar, por Millán Rivas
  4. Los bancos, el Corán y la gran hipocresía de los intereses, por Vittorio Messori
  5. Comentarios, por Españoleto


Portada
LAS PROPUESTAS ELECTORALES DEL PSOE

Por
Enrique Hermana

El PSOE revela cada día nuevas ideas para su programa electoral en preparación. Parece que haya decidido que su redacción definitiva se subordine al análisis de las reacciones a esas filtraciones diarias. El resultado es la confusión y, es de suponer, la indiferencia por parte de los electores. Es preciso esperar a las ofertas definitivas para analizar la opción electoral socialista.

De todos modos, parecen estar tan desconcertados que ya han advertido que «no harán locuras económicas» Han detectado que la sociedad española está consciente de dónde está y de lo que no quiere perder. Tiene una difícil parea por delante.
 

¿SÓLO CON EUROPA?
Por Ismael Medina

Conviene que todos los que opinan, en particular los profesionales de la política y quienes pontifican desde los medios, lean con atención España frente a Europa, del filósofo Gustavo Bueno, nada sospechoso de veleidades conservadoras. Los recientes acontecimientos europeos, más en concreto los relacionados con la constitución gisdcardiana, le dan de nuevo la razón. Un excéntrico y acomplejado devocionario europeísta nos ha conducido a un callejón sin salida que apenas si nos ofrece dos soluciones: pegar la espalda a la pared, solos o junto a Polonia, para morir matando a mandoblazos de veto; o volar la pared. Debemos preguntarnos ante todo qué es Europa, además de mera entidad geográfica que la define como una suerte de gran península occidental del inmenso continente euroasiático. En términos geopolíticos podría considerarse un mosaico de estados con entidad histórica propia y con áreas fronterizas cambiantes en algunos casos. El hecho de que hayan participado en diversos periódos históricos de determinadas corrientes de divinización (romanidad, germanidad, cristianismo, relativismo...) con mayor o menor énfasis, no ha dotado a Europa de un empaste capaz de superar la realidad específica de cada estado. Tampoco las influencias mutuas en unas u otras etapas han conseguido asentar una enteriza conciencia común de pueblo europeo llamado a una empresa histórica compartida. La convivencia entre los estados europeos a lo largo de la historia se ha traducido en un continuo guerrear, a través del cual uno de ellos ha pretendido imponerse a los demás al son de los tambores imperiales de las potencias centrales y de la trompetería ideológica. Aún ahora, tras el siempre chirriante engranaje de la unión económica, esas mismas potencias centrales, venidas a menos, pretenden alzarse con el poder europeo por la vía de la imposición política. No otra cosa encierra en su vientre la retórica constitucionalista evacuada por Giscard d´Estaing, empecinado desde su retiro masónico en conseguir el sueño de la «grandeur» en el que fracasó como presidente de la república francesa: una Europa uniforme bajo el poder de decisión de Francia con el respaldo de una Alemania subordinada a la que parece bastar el papel de acólito, acaso a la espera de que le llegue el turno de imponerse a Francia por el peso demográfico del voto, en alianza con una Rusia de nuevo emergente. La más acusada tentación geoestratégica de Alemania ha sido su costado oriental, aunque para ello haya tenido que resguardarse aplastando a Francia para poner freno a la amenaza británica, ahora anglo-norteamericana. ¿En qué medida es España europea y en qué medida deja de serlo? Se trata de una cuestión inevitablemente polémica y condicionada en la respuesta, como estamos viendo, por pruritos partidistas, influencias soterradas, sinrazones ideologizadas y descerebrados oportunismos. Una primera consideración se impone. Me refiero a la aplicación de las doctrinas geopolíticas. La Península Ibérica está presionada por la enorme masa continental euroasiática de la que es una suerte de punta de lanza que apunta hacia el suroeste. Algo así como un portaviones geopolítico entre el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo y en la inmediata vecindad de África, con la que compartimos el Estrecho de Gibraltar, el cual comunica ambas masas acuáticas. La barrera de los Pirineos acentúa la condición peninsular de irradiación geopolítica en esas tres direcciones. Un singular remplazamiento geoestratégico que ha influido de manera resolutiva en el devenir histórico peninsular. Considero innecesario pormenorizar la atracción que desde muy antiguo ha ejercido para muy diversos pueblos mediterráneos y posteriormente para las potencias europeas, origen y causa de un intensivo mestizaje, inigualable allende los Pirineos, amén de diferenciador. Una peculiaridad que ha sido fuente de no pocas incomprensiones y fricciones. En el ámbito de lo que comúnmente se entiende por cultura el pueblo español ha sido históricamente algo así como una esponja capaz de absorber y fundir todo lo que le ha venido de fuera. La historia nos enseña, además, que los españoles hemos sido siempre reacios a embarcarnos en aventuras europeas. El imperativo geopolítico impulsó hacia las implicaciones mediterráneas y atlánticas. Fue una accidental cuestión dinástica, arropada por la ruptura de la unidad de la Iglesia católica, la que nos condujo a participar de manera activa y a contracorriente en la política centroeuropea, distrayendo a una parte de nuestros Tercios de la natural, por mediterránea, atracción italiana. El grueso de las tropas empeñadas en Europa lo componían mercenarios extranjeros. La mayoría de los españoles enrolados en los Tercios que combatían en la Europa continental buscaban medrar en la Milicia para emprender en mejor posición la gran aventura del nuevo fronterismo en las Indias Occidentales. España apenas si osó trasponer los Pirineos una vez agotada la empresa centroeuropea de los Austrias. Incluso influyó ese atavismo geopolítico en la neutralidad observada por España durante las dos guerras mundiales del siglo XX.
 

DOS CONFLICTOS CULTURALES CON LOS QUE BREGAR
Por Millán Rivas

El fenómeno de la globalización, término habitual en todos los medios de comunicación actuales, nos inquieta y desazona, porque percibimos claramente su vigencia, pero no sabemos qué lo controla, ni nos consideramos capaces de influir en ello. Su importancia resulta innegable, pero también que su evolución parece imprevisible. Es fácil aventurar que la facilidad y baratura de la comunicación acabará produciendo un mestizaje global, étnico y cultural, de intensidad difícil de precisar. Y ello nos inquieta, porque toda persona busca un entorno próximo, diferenciado y conocido, en el que reafirmar su personalidad. Se trata de una aspiración no necesariamente consciente, pues deriva de nuestra necesidad de encontrar ambientes relativamente seguros, en los que podamos confiar, para descargar nuestro consciente de preocupaciones. Algo necesario para disponer de más reservas para nuestro desarrollo personal, despreocupándonos en lo posible de las tareas de defensa frente a las influencias extrañas.

Una buena parte de esa influencia extraña que implica la globalización proviene de la preponderancia que están consiguiendo valores orientales en nuestro entorno cultural occidental. Siempre ha habido en nuestro contexto una fascinación entre gente de bajo nivel intelectual por las filosofías, hábitos o comportamientos orientales, de los que los actores pueden ser los más destacados. Pero siempre ha habido clara conciencia de que eran algo extraño a nuestra cultura «greco-latina-cristiana», por emplear un término identificativo, y que no tenía posibilidad de incidencia grande en ella. Se la desdeñaba como inferior, considerando que los pueblos que no se liberaban de ella quedaban reducidos a meros hormigueros, en los que las peripecias personales diferenciadas eran proscritas. El conflicto cultural planteado con las guerras médicas continúa vigente.

Esa situación ha cambiado de forma importante. En primer lugar, esas culturas orientales han producido en el Extremo Oriente unas Sociedades capaces de competir económicamente en la producción de bienes de consumo. Y la creciente facilidad de la comunicación nos ha hecho sentirnos afectados inmediatamente por ello. Nuestra cultura mantiene la primacía en el desarrollo de ideas, bienes y servicios, pero esas sociedades han forzado una transformación global en los métodos de producción. Tras ser pioneras en el empleo de masas laborales peor retribuidas que las nuestras, han destacado en la capacidad de inversión en robótica e informática, transformando radicalmente la estructura de costes. A esa tendencia ha habido que sumarse inmediatamente, procurando competir eficazmente en ese campo y con las mismas armas. El resultado está siendo bastante satisfactorio. Occidente compite hoy en costos con cualquier otra sociedad del mundo, pese a los superiores salarios.

Esa situación de competencia y comunicación mundial ha obligado a definir un esquema de ideas que sirva para la comunicación fluida. Y ello conduce al primero de los conflictos culturales con los que tiene que bregar hoy nuestra sociedad occidental: El esquema de ideas que conduce al lenguaje de validez universal tiene que tener también validez universal. Y hoy las únicas ideas de validez universal son las técnicas. Es decir, las que engloban conceptos científicos y valoración económica. Ello aúpa tales conceptos a una preeminencia cultural que les convierte en el principal objeto de la educación de las nuevas generaciones. Y fuerza a una minusvaloración de los conceptos culturales diferenciales que, se piensa, no generan sino distanciamiento con nuestros ahora nuevos vecinos del otro extremo de la Tierra. Dado que no están evangelizados, y no comprenden por tanto la dimensión personal de nuestra cultura, reducimos nuestra apelación a ella manifestándonos sólo en términos meramente pragmáticos o legalistas, marginando la formación en las creencias fundamentales. Ello nos produce una degradación, aunque inconsciente para la mayor parte de nuestra sociedad, que se sumerge irreflexivamente en la despersonalización, de gravedad creciente. Nuestros pueblos se descristianizan y, consecuentemente se deshumanizan, disminuyendo nuestro grado de civilización y perdiendo una parte de la libertad personal implícita en ella. Hay numerosas muestras de ello. No hace falta enumerar ninguna aquí.

Un segundo conflicto cultural se plantea como consecuencia de que se ha alzado a la cúspide de la atención actual la religión musulmana. Tanto por el tremendo mazazo terrorista del 11S como por el fanatismo suicida y asesino de un sector de sus creyentes, como por la presión demográfica que ejercen sobre un Occidente que ha reducido su natalidad... y la gran riqueza petrolera de otro sector de los mismos. La combinación ha colocado al Islam en un lugar preeminente de la actualidad occidental, una posición que no ocupaba desde finales del Siglo XVI. Nuestra cultura tiene que enfrentarse a una oleada migratoria de musulmanes pobres, pero con determinación religiosa aparentemente fuerte. Y con el peligro de la sobredeterminación de una minoría fanática, capaz de actos imprevisibles.

Esa situación conduce a un importante conflicto cultural, entre la masa de nuestra población y la fracción creciente de población inmigrante musulmana. El conflicto cultural está declarado expresamente por estos últimos. Sus dirigentes religiosos, seguros de la fuerza de su fe, anuncian la lucha permanente para imponerse a lo que ellos consideran decadente cristianismo (o politeísmo, según nos denominan ellos). Un conflicto no es esencialmente preocupante en sí, si existen posibilidades de ganarlo. El problema consiste en que nuestra sociedad no tiene convicciones suficientes para mantenerlo y, por ello, escasas posibilidades de prevalecer, si no se procura esas convicciones.

La convicción cristiana en nuestra sociedad está en decadencia. Todos tenemos evidencia personal de la «apostasía silenciosa» que ha denunciado recientemente el Papa. Como consecuencia de diversos factores más o menos recientes, que no hay por qué enumerar ahora, nuestra Sociedad está procurando prescindir del Cristianismo que la impulsó a formarse, desarrollar las libertades personales y cívicas y prevalecer culturalmente en el Mundo durante los últimos quince siglos. Ese distanciamiento es el fruto a largo plazo de lo que fueron la Reforma y La Ilustración. Y si no desarrollamos de nuevo la vigencia social del Cristianismo, nuestra Sociedad tendrá pocas bazas que oponer a la invasión cultural musulmana.

Esa indefensión ante los musulmanes ha sido denunciada tanto por responsables eclesiales como por destacados laicos, entre los que cabe destacar los casos recientes de Oriana Fallaci y el escritor francés que fue llevado a juicio por los vigilante ulemas. Pero los musulmanes practican perfectamente la esquizofrenia de pedir tolerancia fuera y la intolerancia dentro. Y no pierden la oportunidad de aprovechar las libertades cristianas para avanzar su frente. El futuro parece negro.

Y uno descubre que la batalla perentoria sigue siendo la misma de los últimos veinte siglos: La Evangelización. Occidente desaparecerá, tal como lo conocemos hoy, si no la reanuda con fuerza, dentro y fuera. Es la batalla cultural por excelencia, a la que confluyen todos los conflictos culturales que podamos identificar.
 

LOS BANCOS, EL CORÁN Y LA GRAN HIPOCRESÍA DE LOS INTERESES
Por Vittorio Messori

Tomado de La Razón

De las lecturas cotidianas de libros y periódicos extraigo apuntes y fichas que voy metiendo en alguna carpeta. De vez en cuando (aunque no me ocurría desde hacía bastante tiempo), aprovecho ese material para un artículo con una serie de apuntes rápidos sobre diversos temas, que resulta menos aburrido, quizá, para el lector.

Encuentro, por ejemplo, algún recorte sobre el islam. O aquel que tomé de un periódico económico sobre el país que nosotros, lectores de Salgari, llamamos Malasia, y que ahora tiene el nombre de Malaysia. Por aquellos lugares aún está vigente la sharia, la ley civil basada en el Corán, y así, el sistema económico debe rendir cuentas con el hecho de que por aquel sagrado texto se puede prestar dinero, pero no se puede recibir un interés. Como buena parte de las prescripciones coránicas, también ésta reflexiona sobre las condiciones de una antigua sociedad de nómadas, donde la rudimentaria economía no preveía la circulación del dinero, o la registraba de una manera reducidísima.
 

Una gigantesca hipocresía

De este modo, en los países islámicos que quieren conformarse con la palabra de Alá, transmitida por Mahoma, no deberían existir los bancos, basados por definición en el crédito y el débito, y por tanto en el crecimiento del capital. Todos saben, en cambio, que el mundo musulmán es una gran potencia financiera, con bancos y aseguradoras entre las más poderosas y ricas del mundo. A esto se ha llegado por un sistema basado en una gigantesca hipocresía. La palabra puede sonar desagradable, pero corresponde a la realidad.

Muchos son los sistemas para fingir que se respeta el Corán y al mismo tiempo respetar las leyes del provecho. Hay bancos árabes, por ejemplo, en los que se invierten millones de dólares y cuyos propietarios no reciben, oficialmente, ningún interés. Cada año, en cambio, la institución otorga, curiosamente, una serie de «regalos» a sus clientes: es decir, los intereses se entregan bajo la apariencia de regalos. Naturalmente, para evitar sorpresas por parte de los bancos, la entidad de aquellos «regalos» está establecida por contrato. Así, la ganancia es la misma que obtendrían los «infieles» como los cristianos o los hebreos, pero la letra de la ley musulmana es respetada. Leo ahora en el mismo diario económico que el Gobierno malasio ha bajado directamente al campo y con la ayuda de expertos financieros americanos ha creado un nuevo sistema. Un ingenio mercantil bastante complejo, a través del cual, en síntesis, el Gobierno cede terrenos y bienes inmuebles a sociedades que él mismo ha creado, y en las cuales invierten capitalistas internacionales o islámicos. Al final, todos recibirán intereses, pero formalmente, son «alquileres», reconocidos como no pecaminosos por los teólogos.

Todo esto no crea ningún problema de conciencia entre los musulmanes. En efecto -con todo el respeto ecuménico, obviamente- quien conoce aunque sólo sea un poco el islamismo sabe que la suya es, sustancialmente, una legalidad donde lo que importa es que ciertas acciones se cumplan y que otras sean evitadas, sin hacerse preguntas acerca de la actitud interior. Aquella que nosotros llamamos «vida interior» se encuentra abatida, como demuestra la persecución al sufismo. Así, entre otras cosas, cada musulmán observante rechazará con desdén beber vino, pero beberá cerveza a discreción, aunque ésta tenga una mayor tasa de alcohol que el vino. En efecto, una antigua fatwa, es decir, una sentencia teológica, ha establecido que, de una vez por todas, la cerveza no esté entre las «bebidas que emborrachan» que el Corán condena, y por tanto el fiel puede consumirla a placer.
 

La Europa anticlerical

Siguiendo con el tema, hay un filósofo marxista (o postmarxista, que lo mismo da), que tiene un nombre curioso: Giacomo Marramao. Entrevistado por el periódico italiano Il Manifesto sobre la actual agresividad musulmana, ha dicho textualmente: «No olvidemos que la ferocidad del islam ha nacido como reacción a las cruzadas».

Siempre es peligroso, para quien no es historiador, aventurarse en campos que no son el suyo. Si este filósofo le hubiera echado un vistazo, por ejemplo, a las múltiples obras de un católico, quizá no muy filoislámico, pero si histórico, auténtico y propio de aquel periodo, como es Franco Cardini, se habría enterado de que las cruzadas fueron recibidas por el mundo musulmán de la época como poco más que un pinchazo de aguja. Un conflicto local, considerado por los islámicos como legítimo, y en absoluto «escandaloso»: escandaloso, acaso, sería que los cristianos no intentasen recuperar el sepulcro de su profeta.

El «descubrimiento» de las cruzadas, olvidadas desde hacía tiempo, ocurre cuando el mundo árabe entre 1800 y 1900 entra en contacto con la Europa intelectual, secularizada y anticlerical, que ha construido con fines propagandísticos antieclesiales el mito del cruzado como fanático y sanguinario invasor. Fueron los «comecuras» franceses, ingleses y alemanes los que «enseñaron» a los musulmanes que debían indignarse por todo lo que les habían hecho unos cuantos siglos antes aquellos malvados católicos. A atizar el odio contribuyeron también los colonizadores y misioneros protestantes, siempre buscando motivos para demonizar aquella «nueva Babilonia» que para ellos era la Roma de los papas.

El rencor por las cruzadas, nacido artificialmente, explotó después de manera irrefrenable con la creación del Estado de Israel: los hebreos europeos en Palestina fueron definidos enseguida como «nuevos cruzados» que había que echar a los leones. Así, paradójicamente, el odio antihebreo revigorizó el odio anticristiano.

Además, al profesor entrevistado le recordamos que el Papa Urbano II ordenó la primera cruzada en 1095. Entre otros muchos datos anteriores, se podría mencionar el año 846, cuando un cuerpo de expedicionarios musulmanes desembarca en las hoces del Tíber y lo remonta, masacrando todo y a todos, y saquea después la basílica de San Pedro y otras importantes iglesias romanas. O también, podemos recordar la fecha del 883 año en el que otra serie de bandas con la bandera verde del Profeta atacaron y destruyeron el monasterio de Montecassino, donde descansan los restos de quien sería proclamado patrón de Europa. Sñolo dos fechas, entre otras muchas que se podrían añadir, empezando obviamente por la expansión violenta que siguió a la muerte de Mahoma.
 

El odio a Occidente

Por decirlo muy claro, aunque sea «políticamente incorrecto»: el Occidente moderno no sólo ha dado al mundo islámico elementos de su propaganda anticatólica que han terminado por transformarse en odio al propio Occidente, sino también buenos motivos para el desprecio moral.

Vale la pena, ya que estamos, retormar estas líneas aparecidas en el diario Avvenire el año pasado. Titular del periódico: «En camino hacia la Meca, peregrinos enfurecidos por el retraso matan al ministro afgano de Transportes. Tras el linchamiento en el aeropuerto, finalmente despegaron hacia la Ciudad Santa». Lo lees, y por momentos intentas imaginar algo así: «Peregrinos en camino hacia Lourdes matan al piloto porque se retrasaba la salida del vuelo. Después cambian de avión y siguen con la peregrinación». ¿Es posible lo segundo que ha leído? Pues lo primero, en cualquier caso, es real.
 

COMENTARIOS
Por Españoleto

SILENCIO SOBRE IRAQ

Como ha disminuido el goteo diario de bajas americanas, ha disminuido la atención informativa sobre Iraq. La morbosidad de la prensa española sobre ese tema se demuestra con el nulo análisis acerca de la evolución real de la situación en el país. No nos informan acerca de la marcha progresiva de la situación. No nos informan ni siquiera sobre la situación en la parte controlada por las tropas españolas. Si no hay muertos americanos, los periodistas españoles miran para otro sitio.
 

AZNAR SE EMOCIONA

El presidente del Gobierno se emocionó en la cena de despedida ante sus comilitones del PP en Guipúzcoa. Salió a relucir su atentado fallido de hace diez años, que le coloca en posición de comprensión de la tensión en que aquellos héroes viven. Ha sido elegantemente parco Aznar, al refrenarse en la mención de aquél atentado. Porque en su forma de comportarse demostró su entereza y talla humana.

Su ejecutoria posterior ha mostrado que la Providencia existe.
 

EL ESCÁNDALO ITALIANO

Los directivos de Parmalat confiesan haber desviado 10.000 millones de euros de las cuentas de la empresa. Puede que no haya sido tanto, pues la magnitud parece enorme, pero es una buena indicación de la inmoralidad de los dirigentes. Porque no se trata de inversiones fracasadas, sino de desvío de fondos para intereses privados. En un primer momento, el gobierno italiano consideró cubrir con fondos públicos el agujero. Parece ser que se lo está pensando dos veces. Y con razón, pues una empresa de valoración ha anunciado que reducirá la fiabilidad de la deuda italiana, como consecuencia de ese agujero. Una sociedad que permite tal latrocinio tiene algo de enferma.
 

EL TRIPARTITO MANTIENE LA OFENSIVA

El gobierno tripartito de Cataluña no para de diseñar exigencias. Autonomía judicial, mando policial, cooficialidad del catalán, competencias de AENA, control del Plan Hidrológico Nacional, son algunas de ellas. Todas son lanzadas al ruedo con la pretensión de que se les responda, por lo menos. Y amenazando con consultas populares en caso necesario.

Son políticos enfrascados en sus ideas, que quieren transformar la realidad actual ajustándola a las mismas. Ha llegado la hora de que empiecen a detectar la resistencia de esa realidad. Conviene que sean ellos los que tengan la urgencia de apagar los fuegos que encienden tan irresponsablemente.
 

¿QUÉ FUE DE LOS ALBERTOS?

Siguen en su casa. Empleando todos los recursos precisos y asequibles a su fortuna, por supuesto, pero en su casa. Sin que ni el gobierno ni la sociedad española se percaten de la degradación que supone acostumbrarnos a esa anomalía y considerarla tolerable. Incluso consiguen puestos empresariales importantes sin que las empresas correspondientes pierdan valor en Bolsa. Como si unos estafadores de gran escala no fuesen capaces de estafar de nuevo a quienes confíen en ellos.


 
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