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Altar Mayor - Nº 91 (19)
Viernes, 02 abril a las 20:08:57

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

LIBROS

LA HISTORIA DE LA IGLESIA EN ESPAÑA Y EN EL MUNDO HISPANO
UCAM-AEDOS, Madrid, 2001, 381 págs. - VV.AA. (Edic. José Andrés-Gallego)

El libro, cuyo objeto se puede decir que es presentar un status quaestionis de la investigación sobre la historia de la Iglesia en el mundo hispánico, recoge once trabajos de nueve autores. El editor, J. Andrés-Gallego, que presenta el libro como una consecuencia del I Congreso de Historia de la Iglesia en España y el Mundo Hispano que tuvo lugar en Madrid en 1999, trata en el primer artículo del nacimiento de la historiografía religiosa en el mundo hispano, haciendo notar que es sólo desde 1981 cuando se ha intentado escribir esa historia, que hasta entonces no existía. Los siguientes trabajos se ocupan de las sucesivas épocas históricas. J. Mª. Blázquez, que escribe sobre las últimas aportaciones de la arqueología al conocimiento del cristianismo primitivo de Hispania, se hace eco del aumento reciente del conocimiento de Mauritania Tingitana, vinculada en el Bajo Imperio Romano a la Bética. Mª. V. Escribano Paño se ocupa de las querellas entre ortodoxos y herejes en la Iglesia hispana del siglo IV haciendo hincapié en el priscilianismo y, a continuación, L. A. García Moreno de los obispos y santos en la España visigoda y postvisigoda, señalando el escaso número de sedes episcopales -«obispos pocos y poderosos»- en comparación con otras Iglesias de Europa occidental, así como la escasa importancia del culto a los mártires y santos. M. A. Ladero Quesada aborda la historia de la Iglesia en la España medieval incluyendo una abundante nota bibliográfica y M. A. de Bunes Ibarra presenta las tendencias historiográficas en la Iglesia de los Austrias. J. Mª. García Añoveros esboza la historiografia e historia en la América hispana deteniéndose especialmente en la teología de la liberación, mientras J. Andrés-Gallego escribe sobre la historiografía relacionada con el siglo XVIII y el tránsito al XIX, tanto en Indias como en España. J. M. Cuenca Toribio ofrece un balance provisional de la historiografía eclesiástica española contemporánea entre 1976 y 2000, sin ocultar cierta reticencia sobre su desigual calidad y señalando algunas carencias. A. M. Pazos revisa la historiografía religiosa en los años noventa en la que llama América Latina, incluyendo una breve referencia a la protestante. Finalmente, de nuevo J. Andrés-Gallego examina el tema de la historia de la Iglesia y del hecho religioso como tarea de los historiadores, destacando el creciente predominio de la historia política en el mundo hispano, que explica por el problema de la identidad histórica de España a la par que señala el fenómeno psicológico «del pudor de los historiadores laicos -católicos- hispanos ante la historia de la Iglesia»; cree que se debe «al temor a que se considere que asumimos la leyenda de la realidad de la intolerancia que forma parte de la memoria hispana pasada por el tamiz de la black legend». Piensa que la primera tarea de la historiografía hispana consiste en definir el objeto de estudio, y hace unas interesantes reflexiones sobre las tareas a realizar. Concluye expresando la opinión de que, en la medida en que es historia de la salvación, la historia de la Iglesia es verdadera teología, si bien es preciso distinguir entre aquella historia de la Iglesia que es sólo teología y la que es mero saber histórico.

El libro, variado y atractivo, puede interesar aún a los no especialistas. En sí mismo es una suerte de programa de trabajo sumamente útil para los historiadores de la Iglesia.

Dalmacio Negro
 

A LOS RODEOS VOY...
Edit. J. M. S. - José Méndez Santamaría

Las ideas o estudios sobre la movilización en los tiempos de paz, que se presentaban como complemento o desarrollo de las leyes orgánicas de defensa o del régimen del personal de las Fuerzas Armadas, han quedado «aparcadas», a los primeros efectos de una filtración de lo que pudieran ser -me imagino- meras orientaciones o perspectivas. Un veterano militar catalán -recientemente fallecido- y profesor de la Milicia Universitaria, me brindó hace años unas reflexiones muy precisas sobre la movilización militar, mucho antes de que surgiera esa nueva imagen de una Cultura de la Defensa, y esa problemática que necesidades de la sociedad actual -guerras internas, terrorismo, confrontaciones étnicas, etc.- la debieran presentar con nuevos aires, pero no con menos urgencia. Pero lo argumentaba, sobre todo, como vigencia de la «invención», «creación», y desarrollo de que fue en España la Milicia Universitaria, años 1942-1973, con ese nombre, y luego, con el último de «SECOFUME», tras la desaparición del servicio militar obligatorio en 1999.

Pues bien, este exordio -meramente apuntado-, me sirve de pórtico para la glosa de la obra A los Rodeos voy. 5ª zona de la lPS. La Milicia Universitaria en Canarias, prologada por el Presidente del Cabildo de Tenerife, Melchor Navarro, y por el General de Ingenieros, Santos Miñón. Es su autor, José Méndez Santamaría, presidente de la MU en Tenerife, economista, titulado mercantil y escritor. El libro cuenta con la colaboración de entidades económicas e institucionales, con lo que nuestra vieja idea de Sociedad-Ejército-Universidad, vuelve a repristinarse. La obra, de unas 300 páginas, con documentación de primera mano, con listado de alumnos, promociones, actas, hojas de servicios, fotografías, etc., está llamada a tener un gran éxito, singularmente en Canarias. Por dos razones, especialmente: una, porque recoge la historia de los Campamentos de «Los Rodeos» y luego «Hoya Fría», a donde acudían los universitarios canarios, o de ascendencia canaria, para que no tuvieran que desplazarse a los de la península (Montejaque, Ronda, Robledo, Seva-Montseny, Castillejos, Montelarreina). Allí iban procedentes de las distinta facultades a cubrir los estudios de Sargento y Alférez, en las armas de Infantería, Ingenieros y Artillería.

Y hay una segunda razón: Canarias, a través de la Agrupación de Antiguos Milicios de la MU, es donde mejor persiste y se mantiene aquella relación de Sociedad-Ejército-Universidad. Porque a la iniciativa de una I Semana Canaria de la Milicia Universitaria -en la que nosotros participamos-, ha seguido hasta la IV Semana, y se prepara ya la V, con asistencia de ilustres militares -algunos de ellos como el Coronel Arencibia, que fueron destacados profesores de la MU-, y de profesionales, algunos de ellos que llegaron a relevantes puestos de la Administración, la Política, la Medicina, la Economía, el Derecho, la Ciencia, el Generalato, que el autor de esta obra recuerda, relacionadamente.

La compenetración de las Fuerzas Armadas en Canarias, que tiene la revista militar Hesperides, y una sección de cultura e historia en la zona, con numerosos actos sociales, es natural, creciente y cristalizada en las instituciones sociales. El monumento al heroico Alférez Rojas Navarrete, en la plaza de la Milicia Universitaria, son -como datos concretos- una expresión de que en Canarias, las brasas -entre cenizas- de la MU siguen brillando. La estela del Capitán General García Escámez, y sus sucesores, como autoridades militares, la figura del Coronel Pérez Andreu, que de Capitán hasta su pase a la reserva, estuvo en campamentos de la MU (1942-1969), es, como analizamos en nuestra obra La Milicia Universitaria. Alféreces para la Paz, una figura legendaria y ejemplar. Acaso por eso, las vivencias, los hechos, las descripciones, los antecedentes históricos y actuales, que se investigan y analizan en el libro A los Rodeos voy. 5ª zona de la lPS. La Milicia Universitaria en Canarias, cobran vigencia. Acaso allí -en ese ambiente- es como mejor se podía reflexionar y vivir esa idea -actualidad- de unos universitarios que voluntariamente se forman en el Ejército, para servirle temporalmente, para adiestrarse con las singularidades de su actividad profesional -médicos, periodistas, juristas, ingenieros, filósofos, economistas- para un servicio a la sociedad española en tiempos de paz, y preparados -con unos esquemas de organización mínima- para las grandes tareas en la sociedad contemporánea. Como fórmula previa de movilización, y de reserva, incluso moral y patriótica. Enhorabuena al autor, Méndez Santamaría, a su vez, inspirador de estas líneas.

Jesús López Medel
 

EL IMPERIALISMO CATALÁN
Edhasa. Barcelona, 2003. 1097 páginas, 49 euros  - Enric Ucelay-Da Cal

De vez en cuando -pongamos que no más de una vez cada dos años- aparece algún libro de historia que sacude hasta las profundidades las aguas del género. No se trata de que sea muy voluminoso, como lo es este libro, o de que venga pertrechado de 200 páginas de notas, no todas imprescindibles, como las que aquí se acumulan al final del volumen (amén de otras 20 dedicadas a un indispensable índice onomástico), sino de que refleja una decidida voluntad de someter a revisión lugares comunes de nuestro pasado.

La empresa la ha acometido ahora Enric Ucelay-Da Cal (Nueva York, 1948). En la Universidad Autónoma de Barcelona, en dónde ahora es catedrático, presentó una tesis sobre el comportamiento de los nacionalistas radicales catalanes durante la dictadura de Primo de Rivera y, en los años siguientes, se ha labrado un reconocido prestigio como especialista en la vida política de los años treinta, en la figura de Francesc Maciá, primer presidente de la Generalitat de Catalunya entre 1931 y 1933, y en cuestiones de historiografía.

La expresión «imperialismo catalán», que emplea en el título del libro, no es de uso muy frecuente y puede resultar desconcertante para quienes no sean especialistas en el período y, más aún, fuera de Cataluña. Pero responde a un concepto que tuvo una indudable vigencia durante la primera década del siglo XX y parece responder a una provocadora pregunta que el autor se hace abiertamente en las palabras iniciales del libro: «¿fue el nacionalismo catalán, en la realidad, una propuesta para un nuevo nacionalismo español (o, mejor, hispano)?». La respuesta afirmativa a esa pregunta le obligará a presentarnos este monumental estudio que él mismo describe como dedicado a la «interacción entre catalanismo y españolismo entre 1885 y 1917».

La expresión «imperialismo» recibió su marchamo oficial desde el momento en el que Prat de la Riba (1870-1917), el líder indiscutido del nacionalismo catalán, la incorporó a su libro La nacionalitat catalana, libro de cabecera del nacionalismo político que se publicó en los últimos días de mayo de 1906. Eran aquellos los días de la presentación apoteósica del movimiento de la Solidaridad Catalana -una amplia alianza contra la política oficial del régimen de la Restauración, inspirada desde Madrid- y el catalanismo político atraía la atención y, a veces la esperanza, de figuras muy destacadas de la vida española. Francisco Giner de los Ríos había acudido a Barcelona para saber del nacionalismo catalán de los labios del poeta Joan Maragall y de Josep Pijoan. Y Unamuno dejaba caer a finales de ese mismo año su desencantada reserva sobre la efectividad del fenómeno solidario. En octubre había pasado tres semanas en Barcelona y la reflexiones que haría de aquella sociedad serían muy críticas y todavía lo seguían siendo en 1911: «Que se dejen de regionalismos de concentración y de exclusiones, que se salgan de sí, que intenten imponer a los demás pueblos españoles su ideal de vida, que se esfuercen por ejercer una hegemonía espiritual sobre el resto de España» (Sobre el imperialismo catalán, Hispania, Buenos Aires, 16-7-1911).

El creador e impulsor del término «imperialismo» había sido Eugeni d'Ors (1881-1954), un escritor al servicio de la empresa catalanista de Prat que había comenzado a publicar sus glosas en La Veu de Catalunya, el órgano de la Lliga catalanista, a comienzos de aquel 1906, y al que Ucelay compara en alguna ocasión con un creativo publicitario, encargado de dotar de contenidos el producto que la Lliga trataba de promocionar en el resto de España. D'Ors había empezado a hablar de imperialismo en los primeros años de siglo, según ha contado en una carta a Amadeu Vives, y su tesis doctoral leída a mediados de 1905 y muy renuentemente dirigida por el institucionista Gumersindo de Azcárate, se publicaría ese mismo año con el significativo título de Genealogía ideal del imperialismo (Teoría del Estado-Héroe).

La caracterización de ese imperialismo aparece reiteradamente en la obra dorsiana en la que se lo contrapone al liberalismo abstencionista del sistema político imperante a la vez se propone una acción política intervencionista, expresión de la armonía de una sociedad civil fuerte, de un optimista espíritu mediterráneo (clasicismo) y de la voluntad de transformar a España. Sus modelos confesados eran la política imperial de Chamberlain en el Reino Unido y, en el pasado, la obra llevada a cabo por Napoleón. No es extraño que, al ver que Prat daba asilo a sus teorías imperialistas, d'Ors no pudiera ocultar su alborozo: «Oh, Mestre, gràcies!» (La Veu de Catalunya, 28-6-1906).

La campaña propagandística de d'Ors no pasaría inadvertida fuera de Cataluña y nunca conseguiría interesar a sus coetáneos madrileños de la generación de 1914, a pesar de que les invitara alguna vez a caminar por la senda del autoritarismo. En 1909 Ortega había escrito a Leopoldo Palacios: «En nuestra tierra el imperialismo o conservadurismo es imposible porque no hay qué imponer ni qué conservar: no hay tradición ni capitales».

A la muerte de Prat, en agosto de 1917, la dirección política del catalanismo pasó a Francesc Cambó (1876-1947) que prosiguió los planteamientos de Prat hasta que el desenlace de la primera guerra mundial hizo patente la inviabilidad del proyecto con el que los nacionalistas de la Lliga trataron de hacerse presentes en el marco más amplio de la política española.

Creo, en definitiva, que Ucelay acierta de pleno cuando desecha las interpretaciones simplistas y descalificadoras que se han hecho de la Lliga y afirma que, detrás de las propuestas de Prat, había un deliberado proyecto de «reorganización del Estado monárquico español bajo la inspiración de la Lliga». Lo ha hecho a través de una reflexión de una extraordinaria ambición conceptual, con un atrevido uso de la metáfora que a veces nos pone al borde del vértigo, y con una acumulación de referencias literarias en las que apenas ha dejado escritor del período por leer. Llama la atención -precisamente por lo excepcional de la laguna informativa- que confiese, en una de sus notas, no saber quién pueda ser un tal Vendrell que tal vez sea Ernest Vendrell (1873-1907), que publicó en 1911 unos Escrits en los que recogía artículos publicados en la prensa barcelonesa de aquellos años, más algunos inéditos. Dos de esos textos están recogidos por Vicente Cacho en su antología Els modernistes i el nacionalisme cultural, que añade una brevísima nota biográfica del autor.

Enric Ucelay nos ofrece, en suma, una aportación mayor a la permanente reflexión sobre nuestro pasado histórico y, muy especialmente, sobre la inserción del nacionalismo catalán en la vida política española de comienzos del siglo XX. La ambición del estudio y lo atrevido de las metáforas utilizadas aseguran la polémica, pero el libro no dejará de conmover a cuantos creen que la historia se renueva cada vez que la inteligencia humana se aplica, con profundidad y ambición, como es en este caso, a iluminar de nuevo el pasado y a no conformarse con explicaciones surgidas de la inercia y del conformismo.

laesfera.es
 

DIOS ES PALABRA: TEODICEA CRISTIANA
Ed. Sal Terrae, Santander 2003 - Xabier Picaza

Xabier Pikaza es sin duda uno de los teólogos españoles cuya obra abre siempre horizontes de esperanza. Poco amante de los convencionalismos, lleva años apostando por una teología que, liberada de conceptualismos y estructuras, engarce con el flujo de la vida. No por todos comprendido, es cada vez más admirado por quienes saben valorar los sanos desafíos que lanza su pensamiento desenfadado, pero siempre al servicio del evangelio. En este estudio, que podría ser un excelente libro de texto, rompe ante todo los moldes tradicionales, clamando por visión cósmica y antropológica de la teodicea. No cesa de interesarse por Dios. Pero, lejos de acumular argumentos que avalen su existencia, invita a buscarlo en el flujo mismo de la vida. Por eso lo presenta como Palabra. Una palabra, que se hizo historia en la Biblia, que se hizo hombre en Jesús, que se hizo disputa en la iglesia de los primeros siglos, que se hizo razón en la modernidad, que se hizo silencio en el mundo contemporáneo y que se está vertiendo hoy en módulos cada vez más humanos. Y éstos, si se ajustan al proyecto divino, irán plasmándose en el mundo, en la libertad, en la gracia, en la comunión y en la historia. La palabra que al principio era Dios, al final habrá que buscarla en el hombre. Así lo exige el ritmo de una historia, orquestada por el flujo del amor, cuya fuente los creyentes identificamos con Dios. El libro de Pikaza hace gala de un profundo conocimiento filosófico que armoniza con su saber teológico-bíblico, tratando en todo momento de engarzarlo con el sentir del hombre de hoy. Renuncia a seguir recorriendo caminos que no conducen a ninguna parte. Postula una visión teológica que, anclándose en el amor, permita descubrir la palabra divina en la vida misma de los creyentes. Sus planteamientos, siempre valientes y novedosos, a más de uno desconcertarán. Incluso es posible que no falten quienes apelen al manido tópico del escándalo. Pero Pikaza sabe muy bien lo que dice y lo que hace. Toda su obra transpira una envidiable coherencia. Y en ella apuesta en firme por el hombre. ¿No hizo lo propio Jesús? Si éste topó con los poderes fácticos, obvio es que un autor tan concienzudamente desenvuelto, suscite suspicacias. Él no lo ignora. Mas aun así, continúa haciendo una teología donde el riesgo se hace don. Y muchos creyentes sin duda agradecerán el pundonor de este gran teólogo que ha dicho mucho y muy bueno, pero que aún tiene mucho más que decir. La palabra de Dios, que él descubre en la vida, no cesará de inspirarle. Y con tal garante, Pikaza por fuerza habrá de acertar.

A. Salas


 
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