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Altar Mayor - Nº 91 (18)
Viernes, 02 abril a las 20:11:39

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

HISTORIA DE MI CHAMBERGO (y 7)
Por Ignacio Fernández García

21’45 horas: Fuego de Campamento

El sitio seleccionado para consumir los últimos minutos del día en hermandad sencilla, voluntariosa, libre, espontánea y alegre, había sido elegido con cierta dificultad, pues como ya queda dicho, el terreno era muy abrupto, ubicándose en una falda muy resguardada de los vientos predominantes y en forma de herradura que quedaba a la izquierda mirando a Villavieja, y un poco antes de entrar en el Campamento.

Se hicieron en la falda unos pasillos laterales y unas hileras de gradas en la tierra, con lo que daba la sensación de un pequeño coliseo romano, permitiendo la mejor visión así como una buena audición. La parte baja se allanó para que hiciese de escenario, en el centro unas piedras como lugar simbólico al cual se acudía para pedir permiso en las actuaciones.

Cada noche el fuego de campamento duraban veinte o treinta minutos olvidando el horario un tanto rígido por necesario. Cada acampado se situaba en el sitio que le apetecía, exceptuando los participantes de turno que ocupaban las dos primeras gradas de la parte más baja, y el mantenedor del fuego, con desparpajo de juglar, mandaba silencio y todos le obedecían para que pudiese comenzar la reunión.

Nuestro Campamento, por ser de «fortuna» no pudo disfrutar de las ventajas de la luz eléctrica.

Se daba comienzo, invariablemente, con la marcha cantada por los componentes del centenar que actuaba, e inmediatamente el presentador, acercándose a las altas llamas de las hogueras que iluminaban el centro, leía con gran aparato el programa de la reunión, haciendo la presentación de los más diversos y originales grupos o individuos tocados con vestimentas extrañas. Todos eran mirados con simpatía; los neófitos con más valor que experiencia, los veteranos pensando que de su actuación podría desprenderse que su Centuria ganara puntos.

Esta actividad es altamente formativa ya que se aprende a dominarse uno mismo para después poder ejercer influencia sobre los demás, tarea nada fácil. Se podía decir que es un peldaño más de la formación de los acampados pues permite ir distinguiendo lo bueno de lo malo, adquirir soltura frente a un auditorio, desarrollar la propia personalidad e imaginación, etc.

El fuego de campamento terminaba con el Himno del Frente de Juventudes y, después, de cara al fuego se entonaba el Prieta las Filas, quedando en la sierra las «buenas noches, camaradas» coreado por el «gracias, Jefe».

El día concluía su acción colectiva. Las llamas quemaban con chisporroteos secos el laurel de la corona del día anterior que, purificada por el fuego, rendía pleitesía a los muertos y parecía dar aliento a los vivos para ser un poco mejor.

Todos se desperdigaban, como sombras bulliciosas, en busca de su colchoneta, entre carcajadas y comentarios sobre el fuego de Campamento.

Los mandos, en grupo, subíamos la loma y esperábamos en Jefatura el toque de retreta.


22 horas: Retreta y Santo Rosario

Todavía no se escuchan los rumores de la noche, sólo se oye el ir y venir de los muchachos que dicen de números y escuadras a todo lo largo y ancho de la acampada.

Allá, junto a la puerta de entrada de las tiendas de Serafín, José Luis y Carlos, entran los Jefes de Escuadra dando la novedad. Más lejos las tiendas empiezan a recoger en su interior a estos jóvenes alegres y disciplinados. Hay que dar el parte de la noche, no debe salir nadie de su tienda salvo fuerza mayor, y siempre comunicándoselo al Jefe de Escuadra o dando el Santo y Seña al Centinela.

Todos están cobijados ya en las mantas y nadie percibe lo incómodo de la paja, porque sus años, con lo mucho que han bregado, no están para apreciar pequeñeces. Los más contemplan con ojos entrecerrados la grandiosidad de la noche que está ahí mismo separada por una blanca lona y parece saludarles desde el corto espacio que ocupan la puerta y las ventanas abiertas.

Han regresado los últimos que participaron en el Fuego de Campamento y que tuvieron que lavarse manos y cara tiznados, y aquel que fue a buscar agua porque su escuadrista de al lado la bebe por la noche. No falta nada más que el pelotón que está de guardia.

Apenas las notas de los Cornetas y el redoble de los tambores se extingue, ya se sabe en Jefatura que toda la gran familia campamental está recogida.

No falta nadie. El Pater puede iniciar el Santo Rosario desde la «Peña de la Noche». Su voz es repetida por los Mandos en las tres acampadas y los escuadristas contestan. Algunos llegan a terminarlo, otros, la mayoría, están dormidos mucho antes de la Letanía; sus párpados no pueden permanecer abiertos y caen, y sus oídos no retienen las palabras; y pasan a dormir sin sueños ni pesadillas. La última frase fue una Oración. El último pensamiento para Nuestra Señora.

Los Ave María bajan por las laderas y suben otra vez hasta el Pater que sigue rezando sin que apenas su hábito blanco se distinga en la hora tardía.

Ha terminado el Santo Rosario y el Pater parece bendecir la noche y a quienes viven estas jornadas en servicio a la Juventud de España, tan cerca de Dios.
 

22’40 horas: Silencio y reunión de Mandos

Muy agudo, fuerte y prolongado, suena como queja el toque de silencio. Muy alto, lejano y claro se extiende por encima de los palos de las tiendas como llevando un siseo de labios entreabiertos y dientes apretados y se sale del Campamento a jugar con nubes y montañas. Ya viene el grillo que sustituyó a la cigarra a cantar nervioso a las sombras que manchan de negro el campo y rompe el aire el murciélago volando en caídas y ascensiones veloces, mientras chilla el búho que salió de su agujero para ver, curioso, con sus ojos saltones, lo que guarda la noche. Los pasos de los centinelas suenan llevando mensaje de amor y fe de extremo a extremo de la acampada.

Todo está mudo y oscuro menos en un trozo lleno de luz y palabras, allí en lo alto, donde los guiones no cesan de moverse. Es en la Tienda de Jefatura, donde ha dado comienzo la reunión de Mandos.

En el fondo, el Crucifijo, y a los lados los cuadros de Franco y José Antonio. Delante, una larga mesa; a los lados, sentados, los Mandos Mayores en compañía del Jefe de Día y los tres Jefes de Centuria. Como todas las noches, lo primero es coger tabaco y llenar de humo la tienda. Enseguida la charla, el diálogo, que no se puede prolongar pues hay que levantarse temprano.

Esta reunión será la última. El día traerá la partida después de la clausura, y ya nunca volverán a reunirse en el lugar el grupo de Mandos que hay bajo la luz del «Babi».

-Todos sabéis, por haberlo vivido, lo que es necesario para levantar un Campamento; no obstante se hace preciso ultimar y concretar para que el tiempo se amolde a nuestras necesidades y podamos realizarlas sin prisa. El toque de Diana, que será retrasado una hora, se tocará a las 6’30; antes de lavarse, y en traje de faena, cada acampado bajará al lugar del Fuego de Campamento y depositará la paja de su colchoneta. Después, por Centurias, pasarán por Intendencia donde depositarán las colchonetas y las mantas, así como los botijos. Los equipos de cocina se entregarán después de la comida, momento en el que se dará «rancho en frío» para el viaje de regreso. Seguidamente habrá una limpieza general de todo el Campamento. Las letrinas se taparán momentos antes de partir por un pelotón de servicio que montaréis en cada acampada. Los sombrajos y adornos que consideréis que no pueden tener valor para el Servicio Provincial de Campamentos, lo dejáis en el mismo estado en que se encuentran en la actualidad. Los servicios recogerán su material correspondiente, harán inventario y lo pondrán en disposición de ser transportado, lo que se hará un día más tarde. ¿Alguna duda?

Surgen diferentes preguntas a las que va respondiendo el Jefe de Campamento, y por último precisa el horario a seguir:

-Una vez pasada la revista, se oirá la Santa Misa a las 9. A las 9’30 se izarán Banderas y a las 9’45 se desayunará. Hasta las 11 se dedicará el tiempo a arreglos generales. A las 11’30 se formará en la carretera para recibir a las Jerarquías Nacionales, Provinciales y público en general que acudirán a la clausura. A las 12 visita del Campamento. A las 13 comida extraordinaria. A las 15, arriar bandera y ofrenda a los Caídos, consigna de despedida y entrega de premios y trofeos. A las 16 tiempo libre para ultimar aquellas cosas que quedan para el final, y a las 17 salida hacia la curva para tomar los camiones, cosa que se hará en el mismo orden que a la venida, y con suerte a las nueve de la tarde estaremos en Madrid.

Se hicieron algunas preguntas y se pasó, sabiendo que se dormiría una hora más, a comentar lo diferente que era esta última reunión de las mantenidas las noches anteriores donde lo importante era escuchar a cada Jefe de Servicio la marcha del mismo, tomar nota de lo que había que superar, saber de los enfermos o rebajados, ver cuántas visitas había, felicitar al Jefe de Guardia, estimular a los Jefes de Acampada que no lo necesitaban, intentar hacer más hoyos la próxima jornada, hablar de la calidad y cantidad de la comida, saber si los acampados estaban alegres o no, llevar los libros reglamentarios con brevedad y veracidad, escuchar al Pater los descubrimientos que iba haciendo en materia religiosa en ciertos acampados o de las muchas Comuniones que a diario se repartían, etcétera. Y de tantas otras cosas que era pena ver cómo el tiempo se nos escapaba y era alegría saber que cuanto nos propusimos a la salida de Madrid se había logrado con creces en todos los aspectos con la especial ayuda de Dios.

Aquella reunión también terminó y las «buenas noches» que en el ángulo de la entrada de la tienda nos dedicamos tenía un sabor semiamargo. Cuando amaneciera, sería diferente aquello que tanto representó durante veinte días; el tiempo arrastraría a los jóvenes en busca de otros derroteros, se abatirían las tiendas de la acampada y sólo el madero que forma Cruz se quedaría en vertical sólo Dios sabe cuánto tiempo. Andrés y los hombres de los corta-fuegos, así como los vecinos de los campos de Villavieja, serían un recuerdo de nuestros días pasados mientras los leños resecos se consumirían como el tiempo, en alguna chimenea voraz como la vida misma y cuando sólo Dios supiera dónde estaría cada uno de los que hicimos «Gibraltar»; aún las gentes de la sierra nos recordarían reunidos en sus charlas pausadas y largas entre el susurro del aire que se filtrara entre los pinos jóvenes.

Antes de acostarnos miramos con esa intensidad que da la despedida, y el celaje de la noche se abrió para dejarnos ver el campo agujereado como topera inmensa con la quietud de lo abandonado. El Pater nos recordó lo efímero de nuestras vidas y trató de compensarnos hablándonos de la eternidad.

Las horas que pasamos, no muchas, dentro del saco de dormir, estuvieron cargadas de visiones en las que desfilaban todos y cada uno de los acampados.

Mientras los mozos de guardia, como gallos del tiempo, cantaban con sus alertas las horas que pasaban y empalmaban la punta del ala de sus chambergos con la estrella más blanca de la noche, no muy clara.
 

Clausura del Campamento

Es curioso observar cómo se realizan las clausuras de nuestros Campamentos. Por un lado se intercalan las últimas lecciones a cargo de Mandos Nacionales que junto con la Misa Mayor y la Revista General, tienden a fijar en el acampado las partes más serias de la vida: lo religioso, lo militar y la experiencia junto a los premios y trofeos que como espuela hieren el ánimo diariamente. Por otro lado la comida extraordinaria donde la imaginación de los cocineros, junto a la generosidad del Servicio de Intendencia, hacen el milagro de trasplantarlo a lugares pantagruélicos queriendo llamar la atención de la importancia de lo físico en los acampados que se van en busca de la ciudad.

Todo ese día se lucha entre la pena del abandono y la duda de mantenernos iguales espiritualmente en la vida que torna. Hay alegría aunque se producen despedidas y de antemano se sabe que muchos no volverán a unirse jamás. Para evitar esa pena, los Mandos se esfuerzan en profundizar gratamente los últimos minutos, pues sabido es lo propensa que es la juventud a dejarse influir por el ambiente, y hay que mirar alegremente cada minuto que se vive como exigen los años y el modo de ser.

Nuestra clausura fue una más y en ella se vivieron intensamente los últimos minutos de la acampada, lo cual es suficiente.

Todo, salvo algún pequeño retraso, salió de acuerdo con lo previsto, y antes de que se hiciera pesado, los camiones nos dejaron en la Plaza de España de Madrid.

Después las calles y los medios de locomoción se vieron llenos de jóvenes camino de sus hogares y el temporal descanso que ellos sabían bien merecido.


 
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