Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 91 (17)
Viernes, 02 abril a las 20:15:11

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

RELATO DEL SOLDADO JUAN JUNZA NAVARRO,
perteneciente al 2° escuadrón del Regimiento de Cazadores de Santiago, 3° de caballería. El citado soldado tomó parte en el combate sostenido por su Regimiento en Barcelona los días del 19 al 20 de julio de 1936

Juan Junza Navarro, antiguo soldado superviviente del 29 escuadrón del 9 de Caballería con un recuerdo emocionado para todos los componentes del Regimiento de Caballería nº 9, Cazadores de Santiago, que salimos a la calle y lucharon y murieron en la calle de Córcega y en el convento de Carmelitas. Muy poco se ha escrito de este heroico Regimiento, y lo escrito apenas se ajusta a la realidad.

Quizás porque casi nadie sobrevivió a los hechos que voy a relatar y en los que intervine como soldado del mismo. Aquel histórico y caluroso amanecer, cerradas ya a sus espaldas las puertas del cuartel, el Regimiento formó en la calle, en dos filas, una a cada calzada. En el centro a la cabeza, el Comandante Rebolledo, con el Capitán Ortega y algún otro oficial. En el centro, el Coronel, Capitanes Ayudantes, Teniente Coronel y otros oficiales. Más atrás los de armas (Ametralladoras) de forma que los jefes y oficiales quedaban situados de una punta a otra, en el centro de las dos hileras de tropa. En total 150 hombres. El Regimiento se puso en marcha, así formado, calle de Lepanto abajo, hasta llegar a la de Industria, que doblamos para desembocar en el Paseo de San Juan. El silencio era absoluto, como si Barcelona estuviera completamente dormida. Bajamos por el lateral de la izquierda, en idéntica formación y doblamos por la calle Córcega, ocupando una acera cada fila. Yo ocupaba la acera de la derecha, sobre la marcha, siempre a la altura y a una distancia de tres metros de nuestro Coronel, con mi Teniente D. Eudero Rodríguez Pardo al lado. Adentrándonos por la calle de Córcega, llegué a la altura de la tercera puerta metálica de la derecha, frente a la primera nave de la fábrica Elizalde. Delante mío unos cincuenta hombres, con el Comandante Rebolledo, el Capitán Ortega Costa y algún oficial más, siempre en fila india, a mi altura, a una distancia de dos metros, nuestro Coronel, Teniente Coronel, Capitán Ponce de León, Capitán Medico, Capitán Domingo, los Tenientes hermanos Enrique y Eudoro Rodríguez Pardo, del ultimo de los cuales yo era el asistente. También a mi lado, el Sargento Bordonau, que creo fue el único de su clase que salió del Cuartel y al que a poco de empezar el tiroteo ya no vi más.

De pronto, sonaron dos disparos que pasaron sobre nuestras cabezas por el centro de la calle. Eran como un aviso que presagiaba lo que iba a acontecer. En el silencio de una Barcelona que parecía muerta, aquellos dos disparos retumbaron con un tremendo estruendo y dejaron clavado al Regimiento en el suelo. Aún no había el sol. Inmediatamente sonó un tercer disparo y el Teniente Enrique Rodríguez Pardo, que con su hermano y el Sargento Bordonau al oír los dos primeros se habían venido un poco hacia mí, cayó a mis pies mortalmente herido. Fe el primero. Se había echado mano al vientre bajo, donde fue herido y el disparo le salió por detrás, pudiéndose ver un roto como en ángulo en el pantalón. Sin duda procedía de la fábrica Elizalde que teníamos enfrente, al otro lado de la calle. Inmediatamente, cogiéndole su hermano por los hombros y yo por los pies, lo dejamos en la acera, arrimado a la puerta metálica referida. En cuanto oyó el tercer disparo, el Coronel, a toque de cometa, ordenó seguir a delante, pero sólo logramos avanzar hasta la otra esquina de casa Elizalde. El enemigo había abierto el fuego contra el Regimiento con una tremenda violencia. Al momento volvía el Comandante Rebolledo hacia nuestro Coronel, que seguía justo a mi altura. Entonces el Coronel hizo una llamada para que no dispararan sobre nosotros, diciendo que todos éramos Españoles y hermanos y estábamos de acuerdo, pero no disminuyeron las tremendas descargas que el Regimiento aguantaba estoicamente por no haberse dado todavía la orden de hacer fuego. Fue un caso de disciplina que difícilmente se repetirá.

Entretanto había salido el sol y el cuello del Comandante Rebolledo brillaba con reflejos metálicos. Era sangre. Estaba herido. Otros ya habían caído. El Coronel seguía con su llamamiento a los que nos disparaban y sin dar la orden de abrir el fuego. El Comandante Rebolledo le dijo que si persistía en su actitud íbamos a perecer todos y por el cometa dio la orden de hacer fuego a discreción y seguir adelante. A paso ligero, el Regimiento avanzó calle Córcega adelante, hacia el Paseo de Gracia, a pecho descubierto y sin protección que lo cubriera. El carro de municiones que llevábamos ya se había perdido en el Paseo de San Juan, antes de entrar a la calle Córcega. Se nos disparaba de todas partes, desde los terrados, por delante y por detrás. Por la calle Rosellón nos seguía un escuadrón de guardias que a cada esquina nos disparaba sin cesar. Nuestras pérdidas eran numerosas. Mi Teniente y yo avanzábamos siempre a la altura de nuestro Coronel, de los jefes y Oficiales que le acompañaban incluido el Comandante Rebolledo que ya no se separó de su lado. Era un Regimiento de lo mejor organizado del Ejército perfecto. Nadie, absolutamente nadie cedió en su empeño de seguir avanzando calle adelante, a paso ligero, pese al fuego que como un fusilamiento a quemarropa abatía a muchos. Los Oficiales y Jefes seguían por el centro de la calle, disparando con sus pistolas a excepción de nuestro Coronel que salió como siempre con la fusta de montar bajo el brazo y así moriría.

Varias veces, a medida que avanzábamos bajo aquel tremendo fuego, se agruparon a mi alrededor algunos compañeros y otras tantas me quede solo. Llegué hasta la casa número 337 de la calle, casi frente a la Vía Layetana y así mismo hasta allí llegaron el Coronel y sus acompañantes. En medio del aquel cruce de fuego que se nos hacía ininterrumpidamente desde todos los ángulos, nuestro Coronel hizo un segundo llamamiento a la fuerza que nos disparaba, conminándola a que dejara de disparar y se uniera a nosotros. Tendido en la acera, yo no cesaba de disparar hacia la plaza entonces llamada del Cinco de Oros. Delante de mi ya no quedaba en pie más que un soldado, el primero de la fila de la izquierda, que llegó casi al chaflán del Paseo de Gracia desde donde, arrimado a la pared siguió disparando hasta que fue abatido y pasó a hacer compañía a los cuarenta o cincuenta hombres que yacían delante mío, muertos o agonizantes. Mi Teniente por su parte, a unos cinco metros de mí, desde la esquina de la calle de San Agustín, disparaba rodilla en tierra con su pistola en dirección a la Vía Layetana. En un hoyo del árbol de la esquina, quedaron amontonados varios cadáveres y un cabo agonizaba entre tremendos gemidos de un balazo en el pecho. Así, tumbado en el suelo y rodeado de muertos y heridos, mantuve mi posición no sabría decir por cuanto tiempo. Una de las veces mientras cargaba el mosquetón miré hacia donde estaba mi Teniente y había desaparecido, también se había replegado el Coronel con sus Oficiales. Me di cuenta de que era solo quien disparaba en la calle y seguí haciéndolo hasta casi agotar mi dotación completa de municiones. De pronto un guardia que atravesaba la Diagonal, apareció delante del punto de mira de mi mosquete y le disparé maquinalmente, ciego por tanta mortandad a mi alrededor, pero erré el tiro y no lo repetí. Fue un alivio verle seguir cruzando tranquilamente la calle. Seguí disparando hacia donde me parecía que me disparaban. No resultaba fácil localizarme entre tanto muerto tendido pero debía de darles guerra porque al fin me localizaron. Una descarga pasó justo por encima de mi cabeza y fue a estrellarse en la pared y en los portales de las casas 337 y 335 llenándome la cara de polvo. Disparé dos o tres veces más y recibí otra descarga que casi me rozó el casco. Estaba localizado y pensé que había llegado mi última hora y encomendándome a Dios, me levanté y volví sobre mis propios pasos, calle abajo, dándome vuelta de vez en cuando para disparar, tal como nos habían enseñado en las maniobras realizadas. En el portal de la casa 347 hallé el primer superviviente del regimiento. Se llamaba Hermoso, era de Extremadura y carpintero de ni escuadrón. El portal era de mármol, con un escaloncito del mismo material. Y nos sirvió de refugió momentáneo. Como nadie nos había dado la orden de cesar el fuego, yo salía a la calle, disparaba hacia el Paseo de Gracia y volvía a guarecerme en el portal, así varias veces. Entre tanto a mi compañero de puerta le dio un ataque de nervios. Tiró el mosquetón, empezó a chillar y echó a correr hacia el Paseo de San Juan. No he vuelto a saber de él e ignoro si se salvaría. Fue el único caso que presencié en todo el regimiento. Quedé desconcertado al igual que cuando descubrí la Guardia Civil apostada en el terrado del Chaflán Lauria-Córcega, casa nº 130, entonces en construcción. Pero me di cuenta de que no me disparaban. De haberlo hecho no hubiéramos llegado donde llegamos.

Yo seguía disparando hasta que apareció por el chaflán de la calle Lauria, de la parte del convento de Carmelitas, un Teniente de mi Regimiento que me mandó cesar el fuego y pasar la calle hacia donde él estaba. Me eché el mosquetón al hombro, encomendé otra vez mi alma al Cielo y pasé la calle. Cuando llegue a su altura me puse a sus órdenes. Nunca pude acordarme del nombre de este Teniente, pero sí del color de su pantalón de montar que era de un cordoncillo y un azul muy claro. En el chaflán de la calle Lauria-Cócega, advertimos que alguien se movía en un portalón del nº 346, entonces en obras y el Teniente me ordenó que me llegara hasta allí, donde encontré dos chicos del primer Escuadrón, el cometa y el armero. Este parecía herido y ayudé al cometa a cargárselo a las espaldas, y así medio arrastrándolo y llevando yo el mosquetón de los tres llegamos donde estaba el Teniente dando fin a la retirada de la calle Córcega que había sido testigo de tantas y tantas heroicidades sin un solo fallo ni defección por parte de Jefes, Oficiales o soldados que aguantaron impávidos ser blanco de un terrorífico fuego que procedía de todas las direcciones y que un gran número cayera y quedaron tumbados en el arroyo y en las aceras. Y los cuatro entramos en garaje contiguo al convento de los Carmelitas y que seguramente le pertenecía, donde se habían refugiado ya nuestros Jefes y Ofíciales y era nuestro primer amparo.

Cuando dejamos en el suelo al muchacho que el corneta llevaba a la espalda, nos dimos cuenta de que el armero estaba muerto. Se llamaba Juan Bautista Melero y era de Tauste; lo dejamos junto a otros tres chicos muertos y devolví su mosquetón al corneta quedándome yo con el mío y el del armero y una bolsa cebadera con munición de pistola y de mosquetón que el Teniente me había entregado al salir del Cuartel y que en ningún momento desamparé. Fue la única reserva de munición que entró en el convento y con ella se resistía hasta agotarla.

Nuestro refugio era muy pequeño, de una sola planta, casi una barraca, con un techo de uralita sostenido por una tijera de madera, y atravesamos la puerta era corredera y grande. En el interior unos cuatro o cinco coches, uno de ellos negro, por cierto con su chofer y provisto de radio. Allí estábamos atrapados todos los que quedábamos del Regimiento, completamente desmoralizados y mezclados una veintena de soldados con los Jefes y Oficiales que quedaban, que si no recuerdo mal eran el Coronel D. Francisco Lacasa Burgos, el Teniente Coronel D. Vicente Vázquez Delage, el Capitán médico D. Constantino Vidal, los Capitanes Ponce da León, Yuste, Domingo, los Tenientes Morera, Ruizpérez, Quintana, Esparza, Moreno y el que me ordenó cesar el fuego, cuyo nombre no recuerdo; también estaban los cabos del 2° Escuadrón Lera y Llorens. Bastantes de ellos estaban heridos, nuestro Coronel atravesado el brazo izquierdo, el Comandante Rebolledo en el cuello desde el inicio del combate y posteriormente en el vientre, el Teniente Moreno tenía una mano destrozada y seguramente alguno más.

Al momento mi Teniente D. Rudoro Rodríguez entró en el garaje y fue el último en entrar; me llamó y yo acudí, estuvo hablando un poco con el Capitán Domingo y me dejó con él para volver a salir a la calle y ya no lo volví a ver más. Mientras yo estaba con el Capitán Domingo del que ya no me separaba, el Teniente Morera ayudado por los Tenientes Esparza y Quintana y un chico de armas, pelirrojo, cuyo nombre no recuerdo, estaban montando a toda prisa en la puerta del garaje la única ametralladora de que disponíamos. El Capitán Domingo y yo estábamos contemplando a unos cuatro metros de distancia pero cuando montaban la ametralladora el Teniente Morera se puso en sillín para hacerla funcionar, sonó un disparo y cayó fulminado. Sus dos compañeros Oficiales, uno por cada brazo lo arrastraron hacia dentro del garaje y lo dejaron con la cabeza hacia la pared del convento y los pies al centro del local; el Capitán Domingo me ordenó que al Teniente Morera le recogiera la documentación, el reloj de pulsera, la pistola y el casco y así lo hice excepto el casco que se lo dejé puesto porque un balazo se lo había atravesado así como el cerebro.

Mientras tanto caía sobre el tejado de uralita una lluvia de proyectiles que lo rompían con gran estruendo y nos obligaba a adosarnos a las paredes. Poco después se hizo un poco de calma y oímos muy lejos unos cañonazos. La ametralladora cuyo montaje había costado la vida al Teniente Morera quedaba en la calle sin que nadie intentara disparar con ella y allí permaneció hasta que entramos en el Convento. El oír los cañonazos nos remolarizó a todos hasta el punto de creernos ya salvados y el Capitán Domingo nos levantó los ánimos diciendonos que pronto tendríamos a los nuestros aquí ya que los artilleros también luchaban en la calle. Pero sólo oímos cuatro cañonazos y ninguno más. Sin embargo, creo que influyeron en que nuestros Jefes que antes no se habían decidido a resistir allí, pensaran hacerlo desde el Convento. Yo no me separaba del Capitán Domingo y de pronto noté la ausencia de nuestro Coronel, del Teniente Coronel y del Comandante Rebolledo que no sabía cómo ni por dónde habían desaparecido del garaje. Había entrado en el Convento por una puertecita que lo comunicaba con el garaje, al fondo de la pared de enfrente, junto a la de la torre.

Entre tanto alguien había puesto en marcha la radio de uno de los coches y todos prestamos atención a las noticias que daba radio Barcelona, según la cual la Generalidad de Cataluña anunciaba el fracaso del movimiento militar que habían intentado nuestros Jefes. Después de una espera ansiosa la Generalidad daba la gran noticia de que acababa de rendirse el General Goded en la Comandancia Militar y que iba a hablar por radio. Efectivamente, al poco rato comunicaba que había tenido que cesar en la lucha. Tardaron todavía algún tiempo en aparecer nuestros Jefes que estaban en el convento y conferenciaron entre ellos acerca de lo que había que hacer, y a pesar de lo dicho por la radio acerca de la rendición del General Goded, acordaron penetrar en el convento y resistir mientras humanamente se pudiera.

Entramos en el convento sin salir del garaje a la calle, a través de la puertecilla referida. Arrastramos la ametralladora que había estado montada en la puerta, cerramos ésta haciéndola correr y pusimos unos coches arrimados. El sol ya declinaba. En el garaje quedaron el cadáver del Teniente Morera y los de tres soldados más. Los Padres Carmelitas, sin pensar que después pagarían con la vida su ayuda, nos atendieron enseguida, y cuidaron de nuestros heridos con las curas individuales que nos habían dado en el Cuartel. Yo entregué la mía al Capitán Domingo así como los efectos personales del Teniente Morera y las únicas municiones de reserva que entraron en el convento y que yo llevaba en la bolsa cebadera. El patio central del convento era entonces como un jardincillo rodeado de un porche con arcos. Nuestros Jefes nos repartieron, unos a las ventanas y otros a la torre donde en lo más alto quedó apostada con algunos oficiales la ametralladora. A mí y a otro chico nos confiaron la custodia de unos catorce o dieciséis prisioneros que habíamos hecho y quedaron en una habitación del sótano, bajo nuestra guardia, con relevo cada cuatro horas, día y noche.

Después de ponerse el sol y de haber mantenido algunos tiroteos, los guardias de asalto que nos asediaban solicitaron una tregua y dos Tenientes parlamentaron con nuestros Jefes conminándolos a la rendición pero éstos se negaron reprochándoles que nos habían traicionado en el acuerdo de salir juntos a la calle. La Guardia Civil continuaba en el tejado de la casa de enfrente, sin hacer fuego, y entrada la noche se pasó al convento con un rasgo de valentía ya que entonces no ignoraba que el movimiento había fracasado en Barcelona. El Comandante Rocas y dieciocho guardias, con algún Sargento, fue un refuerzo valioso que hizo subir nuestra moral y pensar que no todo estaba perdido y aún podían cambiar las cosas. Entre Jefes, Oficiales y la poca tropa que quedaba, la hermandad era completa y entre todos se comentaban los acontecimientos sin secreto para nadie.

Ya entrada la noche y cada uno en su puesto, los Padres Carmelitas nos dieron un puñado de arroz blanco cocido, como única comida ya que no había otra cosa ni más. Pasó la noche entre continuos tiroteos cada vez más intensos los ataques enemigos, hasta hacerse extremadamente violentos y que sin el refuerzo de la guardia civil seguramente no hubiéramos podido resistir. En la torre, cuya ventana norte acusaba las señales del fuerte tiroteo, habíamos tenido bastantes bajas. El comandante Rebolledo había sido herido otra vez, esta vez en el vientre. Y así amaneció el segundo día, veinte de Julio. Antes del mediodía, los guardias mandaron otros dos oficiales conminando a la rendición y se llevaron como respuesta la misma negativa del día anterior. Siguió todo el día el tiroteo intermitente. Hablé con el Teniente Ruipérez de puesto en la torre con unos soldados, y me dijo que era tan intenso el fuego que se hacía contra las ventanas que no podía acercarse un dedo al exterior. También habían intentado pegar fuego al garaje y no lo consiguieron porque a punta de machete se abrió una tronera en la pared que del convento daba al mismo. Yo me seguí relevando con el compañero en la custodia de los prisioneros que teníamos en el sótano y varias veces habían solicitado hablar con nuestro Coronel, a lo que éste accedió por hallarse entre ellos alguna persona civil, pero les exhortó a tener paciencia ya que pronto se terminaría aquello.

Y aquí se nos hecho encima la segunda noche. Siempre recordaré que me tocó descansar el primer turno. Los Padres Carmelitas nos habían echado unas alfombras y sobre ellas descansábamos los relevos. Era una habitación un poco grande con un banco de madera pequeño adosado a la pared. Sentados en él el Comandante Recas y el Capitán Domingo. Yo tumbado a sus pies con el casco como cabezal. Hablaban clara y francamente de nuestra situación apurada, sin municiones, comida ni nada, el final era claro, al día siguiente nos rendiríamos. A medianoche relevé a mi compañero. Nuestros prisioneros no paraban de aconsejamos que nos rindiéramos y nosotros de decirles que estábamos con nuestros Jefes. Y llegó la madrugada del día veintiuno en que se presentó vestido de paisano el más joven de los dos Padres Carmelitas del que me había hecho amigo, uno que usaba gafas. De momento no le reconocí y al cabo, me di cuenta de nuestra desesperada situación. Volví a relevar a mi compañero por última vez. Avanzada la mañana y estando en mi puesto un compañero vino a decirme que nuestro Coronel estaba conferenciando con otro Coronel, de la Guardia Civil, que los guardias que estaban con nosotros se habían puesto a las órdenes de su Coronel, quizás para evitar mayores males y con él se habían ido, a excepción del Comandante Recas que se quedó con nosotros y que se fraguaba la rendición ya que sólo quedábamos unos treinta y cinco militares, la mayor parte heridos, sin municiones y sin comer desde tres días.

Yo seguía en ni puesto custodiando en el sótano a los prisioneros, pasaba el tiempo y ya no bajaba ningún Oficial ni nadie. Empezó a llenarse todo de humo y bajó un chico que me dijo que nuestros Jefes se habían rendido y que las turbas habían invadido el convento y lo estaban incendiando. Los prisioneros me presionaban pero yo no me fiaba y al ver arder el sótano tomé la decisión de subirlos arriba. El espectáculo fue tremendo. Efectivamente todo se había perdido. Entraban en avalancha gente armada que prendía fuego a todo. Un hombre con un pañuelo rojinegro atado al cuello, hacía una hoguera con las piezas de tela de la sastrería del convento, bajo los porches. Seguramente me salvó salir del sótano mezclado con los paisanos que tenía custodiados. Al otro lado del jardincillo descubrí a nuestro Coronel, custodiado por cuatro guardias y hacia él me fui atravesando en diagonal, con el mosquetón al brazo, el jardín del convento. Seguía con su fusta bajo el brazo izquierdo, como siempre la llevaba. Me puse a sus órdenes y tengo la honra de haber recibido la última que dio, y fue que dejase el mosquetón donde ya lo habían dejado otros.

Transmití la misma orden a cuatro o cinco soldados que bajaban de la torre y cuando hubimos dejado todos nuestros mosquetones, salimos por la puertecita que al lado de la iglesia que da a la de Lauria. En la calle había una barrera humana por todas partes y en cuanto la pisé se abalanzaron hacia mí dos hombres y dos mujeres, una de ellas muy joven, que me dijeron que me perdonaban la vida mientras me arrancaban materialmente el casco que aún llevaba, la guerrera, los leguis y las espuelas. Un Padre Carmelita murió acuchillado sin que le sirvieran de protección los dos guardias que lo llevaban uno por cada brazo. Mientras me desnudaban, decapitaron a nuestro Coronel, Capitanes Ponce de León, Domingo, Yuste y otros Oficiales y la casi totalidad de los Padres Carmelitas murieron acuchillados. Al heroico Comandante Rebolledo lo echaron a las fieras del parque. Nunca las pasiones humanas se habían ensañado con tamaña violencia con tan pocos hombres. El heroico Regimiento Cazadores de Santiago nº 9 había dejado de existir.

A los doce o catorce soldados que salimos ilesos nos llevaron primero a comer un bocado que casi nadie probó después al café Viena, del paseo de Gracia, que los guardias habían convertido en Cuartel General; después nos llevaron a una Comisaría que había en Gracia y al atardecer del tercer día, los guardias nos reintegraban al cuartel, que ya estaba regentado por un comité de la FAI, y del que salí al día siguiente al decirnos el comité que estábamos licenciados.

Este es el relato suscito y verídico de unos hechos que ya han pasado a ser historia, narrados por un testigo presencial que siempre considerará hermano gemelo suyo, como nacidos el mismo día a cualquier superviviente de la calle o del convento, sea militar o Padre Carmelita. En los muros de la iglesia, una lápida perpetúa la gesta con estas palabras: 19-20 Julio 1.936. Aquí cayeron por Dios y por España, hermanados en sublime sacrificio de abnegación, martirio y heroísmo, varios religiosos de este Santuario y el Coronel de Caballería Francisco Lacasa Burgos con un grupo de Jefes, Oficiales y Tropa del Regimiento de Santiago, últimas fuerzas del Ejército que defendieron nuestra Santa Causa en Barcelona Española. Descúbrete y reza. Están en la Gloria.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: