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Altar Mayor - Nº 91 (16)
Viernes, 02 abril a las 20:16:57

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

LA CONTAMINACIÓN DE LAS ALTAS MONTAÑAS
Por César P. de Tudela

En otros tiempos, sólo hace veinte años, las altas cimas todavía permanecían libres de contaminación alguna, pero el paso de los humanos por las montañas de la Tierra se ha multiplicado por 500, y con ello la capacidad de llevar hasta allí basura diversa que fundamentalmente consiste en envases plásticos, además de los naturales «excrementos», llenos de impurezas sintéticas de no siempre natural asimilación.

Mi amigo, el letrado Ángel Marcos, me contaba su reciente expedición a Alaska en dónde acaba de escalar el famoso Denali, conocido como Pico McKinley, la montaña más alta del Ártico. Las «deposiciones» deben hacerse en unas especiales bolsas de plástico que son entregadas en la entrada del Parque y que una vez utilizadas se cierran herméticamente para luego ser arrojadas al interior de una grieta previamente designada. Cada año ascienden a esta montaña un millar de personas, sin contar con otros dos millares que estarán en ella y no podrán alcanzar la cima. Cuando yo escalé el Denali en 1972 estaba solo (la escalé en dura expedición solitaria) en aquella inmensa naturaleza, y ya tuve buen cuidado en depositar los pocos restos que generaba en las profundas grietas glaciares.

En la Antártida la principal contaminación la trae el humano con sus residuos orgánicos y queda absolutamente prohibido hacer necesidades fisiológicas sin utilizar la mencionada bolsa plástica, que deberá ser trasladada en la mochila los días que haga falta a unos contenedores cerrados que nadie sabe en donde serán guardados. El problema actual es dónde y cómo realizar correctamente estas acciones tan «primitivas como necesarias» cuando se está fuera de las ciudades, fundamentalmente en las montañas.

¿Llegan hasta las altas cimas de los Andes y del Himalaya los residuos del hombre?

Sí, claro que llegan, pero por suerte he de decir, que los hombres, y todavía mucho más en la actualidad, sólo van a las montañas que otros hombres han hecho famosas y no a las demás. Es decir en el Himalaya las grandes caravanas de alpinistas, con sherpas y miles de toneladas de cosas, siempre están en el Everest, en el K2, y en los picos mayores de 8.000 metros, los que en los últimos años se han convertido en «curiosos estadios deportivos», así como también en el Aconcagua de los Andes y en el Kilimanjaro en África. El inmenso Himalaya, con sus cientos de montañas de 7.000 metros y miles de 6.000, permanece, gracias a Dios, prácticamente virgen, y así ocurre en el Garwhal, Hindu Kusch, Pamir, Kuen Lum y tantos otros macizos montañosos de Asia. Sólo llenamos de basura los campamentos bases y las rutas de las montañas que son «muy conocidas», buscando alcanzar el «prestigio» que esas mismas montañas tienen, tratando de subirlas más rápidamente que otros, en ese afán de competición deportiva tan humano y tan poco interesante. Por ello es cierto que en el campamento base del Everest, tanto por el Tíbet cómo por el Nepal, se amontona «basura» que nadie recoge, y la culpa casi nunca es de los alpinistas occidentales que pagan elevados impuestos para que sea retirada, produciéndola generalmente los mismos indígenas nepalíes, pakistanos o chinos, cuyo sentido de la «basura», la limpieza y la ecología no está todavía tan desarrollado. En cualquier caso las rutas de estas montañas famosas se encuentran jalonadas por indiscutibles rastros de la presencia del hombre: cuerdas, tiendas de campaña, cilindros de oxígeno, sacos de dormir y todo aquello que no pueden bajar de las alturas en las difíciles «huidas» muchas veces al límite de la vida. Es un extraño y fantasmagórico bazar abandonado, que las ventiscas y los movimientos glaciares terminan por ir devorando. Los grandes glaciares constituyen en sus zonas profundas (morrenas) poderosas máquinas de destrucción natural que lentamente terminan con los vestigios que las expediciones de los hombres civilizados han llevado hasta allí. En este sentido podemos estar un poco más tranquilos. Pero, efectivamente, la sola contemplación de latas oxidadas, papeles y restos plásticos, que son los más sucios, alteran la belleza del paisaje y producen desasosiego espiritual. Por ello este humilde explorador que escribe procura, en los tiempos actuales, siempre que le es posible, no acudir a las montañas de «marca», es decir, a las cimas famosas llenas de gente, cuerdas, sherpas y competición.

Efectivamente se ha notado el «impacto» que el hombre produce en los más lejanos parajes de la naturaleza del mundo, pero no me refiero a las cosas que deja como «basura», que por suerte sólo afectan, nada más y nada menos, que a la estética natural, otro tema es el de los «excrementos» que parece muy serio por su alto poder contaminante, sino que el verdadero «impacto» lo producen la apertura de carreteras a sitios en dónde no eran necesarias, o cuanto menos muy discutibles, el levantamiento de medios de transporte cuando no hay nadie a quién transportar (tranvía a Bulnes), hoteles enormes en lugares absurdos, como en el campamento base del Aconcagua a 4.300 metros...

Como en un principio decía, el paso del hombre se ha multiplicado por 500, pero favorablemente la basura y la contaminación sólo afecta a un porcentaje muy bajo de las montañas de la Tierra y por ello todavía podemos ser optimistas.


 
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