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Altar Mayor - Nº 91 (15)
Viernes, 02 abril a las 20:19:25

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

Apuntes polémicos
MEMORIA DE UN MES DE NOVIEMBRE
Por Luis Fernando de la Sota.

Al volver de un corto viaje por el extranjero me encuentro, como siempre, con mi mesa repleta de papeles, periódicos atrasados, libros y revistas sin leer y el ordenador con «emilios» sin bajar.

Y al ir ordenándolos y pasando una rápida mirada por todo ello, con la intención de irlos clasificando para contestar o archivar lo que proceda, me llaman la atención un par de cosas en apariencia inconexas y sin relación alguna, pero que encienden en mi memoria una coincidencia que me inspira este comentario o apunte polémico.

La primera, es el recorte de un homenaje que, al parecer, se ha ofrecido en el Congreso de los Diputados a los «represaliados o víctimas del régimen franquista», por todos los partidos de la Cámara con excepción del Partido Popular. Viene también una fotografía de unas decenas de ancianos, hombres y mujeres, que según el reportaje recibieron el homenaje con lágrimas en los ojos y profundo agradecimiento.

No tengo nada que decir sobre el particular porque no es la intención de estas líneas entrar en el tema en tantas ocasiones debatido, del respeto y comprensión que merecen las personas que por motivos de violencia incontrolada y en ocasiones injustas, han causado dolor y sufrimiento en muchas familias españolas del bando de los vencidos como ocurre en todas las guerras y especialmente en aquellas que con sarcasmo se llaman civiles. Tampoco entro, porque no los conozco, si los que aparecían en la fotografía, merecían o no el homenaje. Aunque por lo que digo a continuación, me sospecho que al menos algunos no.

Porque me ha llamado la atención, en las declaraciones de al menos algunos de los homenajeados, que no ocultaban, a estas alturas y al cabo de tantos años, un rencor, y sobre todo un sentimiento generalizado, de que los vencedores, sin excepción, no sólo habían sido los autores de sus sufrimientos, sino que nunca habían tenido un gesto de comprensión o de reconocimiento hacia ellos, de tal forma que aquello parecía más un acto de revancha que un acto de reconciliación nacional con motivo del aniversario de la Constitución. Ni que decir tiene, que las opiniones de los medios que publicaban la noticia iban también en sentido primero.

Tras leer esto, hojeé por encima el libro de Miguel Argaya, La historia de los falangistas durante el franquismo, que recién comprado, no había tenido tiempo de leer y en el que, al ver mi nombre en una lista de personas de las que de alguna manera intervinimos en aquella época, y entre las que el autor tiene la amabilidad de citarme, me encuentro con la sorpresa de que en mis actividades en aquella época destacaba mi participación, junto a otras cuantas personas, en un rocambolesco intento de secuestrar los restos de José Antonio, el día anterior a su traslado desde el Monasterio de El Escorial a la Basílica del Valle de los Caídos.

Al comentarlo, mi hijo me advierte de que en una historia de la Falange que aparece en Internet, también se me adjudica tal aventura.

Intrigado y divertido, intento recordar lo que pasó en aquella semana, busco entre mis muchos papeles alguna pista que aclare mis recuerdos y aparece por un lado un artículo de Ismael Medina en el que, describiendo sus impresiones como redactor de Arriba en aquella larga noche en la basílica del Monasterio de El Escorial, hace alusión a un comunicado del Distrito político de Buenavista de Madrid. De nuevo, rebuscando entre papeles más antiguos, encuentro una hoja, amarillenta por el paso de los años, que es el original de un comunicado o manifiesto que redactamos febrilmente, en un despacho de aquel Distrito, en aquellas vertiginosas cuarenta y ocho horas anteriores al traslado de los restos de José Antonio.

Me alegra haberla encontrado, porque por un lado es la prueba de que si bien reconozco haber participado en muchas cosas y en muchas aventuras, desde luego puedo asegurar que no he tenido nada que ver con ese teatral proyecto que se me atribuye, al estilo missino italiano; y por otro, porque también es la prueba de nuestra actitud, entonces, hacia el bando contrario.

Lo redactamos al conocerse la decisión del traslado, con el que en principio estábamos de acuerdo, porque si los monárquicos estaban incómodos con la presencia del fundador de la Falange en el Monasterio de El Escorial, más incómodos estábamos nosotros compartiéndole con los monarcas españoles. A lo que nos oponíamos rabiosamente era a que ese traslado se hiciera vergonzantemente y casi en secreto

Tras una larga noche de insomnio y de tensa vigilia, salíamos en un autocar camino de El Escorial, adonde llegábamos a las seis de la mañana a la fría Lonja del Monasterio, junto a otros muchos miles de camaradas que por toda clase de medios fueron llegando hasta allí hasta llenarla por completo. Lo que ocurrió dentro y fuera de la Real Basílica es otra historia, que alguna vez también habrá que contar en su integridad, antes de que el tiempo nos haga desaparecer a los protagonistas y testigos de aquellas horas.

Pero me he desviado de mi inicial relato. Lo que quiero destacar es el contenido de esa comunicación, o tal vez simple panfleto, escrito con el lenguaje apasionando y vibrante de la época, que no me resisto a dejar de reproducir a continuación, creyendo que no merece comentario posterior alguno y que pone claramente de manifiesto, en contra de lo que dicen tantos manipuladores de la historia, que ya en aquella lejana época, un grupo de jóvenes falangistas, divisionarios unos, procedentes del Frente de Juventudes otros, no sólo habíamos asumido y superado la guerra civil, sino que estábamos dispuestos a dejar testimonio de una auténtica, cristiana y revolucionaria reconciliación, entre todos los españoles.

Firmábamos ese manifiesto: Román Moreno, Carlos Pérez de Lama, Antonio Fernández Palacios, Luis Salazar, Antonio Gibello y Luis Fernando de la Sota.

Camaradas: El día 30 de Noviembre vamos a trasladar los restos de José Antonio desde el Monasterio de El Escorial al Valle de los Caídos. No es hora de bizantinismos ni de rasgarse las vestiduras. Pensad que tampoco fue escogida por la Falange la tumba de El Escorial. Meditad que lo que importa, no es una falsa cuestión de prestigio, como algunos quieren hacernos creer, sino el insertar la figura de José Antonio en su verdadera dimensión de símbolo de la unidad revolucionaria del pueblo español.

Si el Estado es fiel a las leyes que dicta, si es fiel al Decreto de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, la Basílica habrá de albergar a todos los que murieron en lucha y en ambición de una España mejor, de una revolución para España. Indistintamente de las banderas bajo las que, con la suprema limpieza del heroísmo y del sacrificio por un ideal, militaron un día.

Si el Valle de los Caídos, va a ser eso, el resumen de la unidad nacional, de la liquidación del espíritu de guerra civil entre los españoles, será más apropiado y justo lugar de reposo para los restos de José Antonio, que la vecindad dinástica de El Escorial.

La Falange estuvo en unas determinadas trincheras, porque se jugaba el destino de España. Pero la razón revolucionaria de la Falange, la acercaba más política y socialmente a las trincheras de enfrente, que a aquellas en las que combatía. El destino colocó a la Falange en una disyuntiva dramática. Precisamente por eso, la Falange representaba la única posibilidad de victoria para todos, de inauguración tras la guerra, de una empresa revolucionaria que nacionalizase la izquierda española.

Por su pensamiento político y por su muerte, José Antonio ha de ser símbolo de la unidad revolucionaria entre todos los españoles.

No podemos consentir que la derecha encaramada en el Régimen, convierta a José Antonio en tapadera de actitudes sectarias y de maniobras contra el pueblo y contra la misma Falange.

Si José Antonio va al Valle de los Caídos, tiene que ser para insertarse en la Comunión de los muertos. No aceptaremos la hipocresía de las derechas de negar la sepultura común y oraciones comunes, a quienes también murieron como los nuestros, porque no estaban conformes con la España injusta que les tocó vivir. Nosotros entendemos la misericordia divina sin la falacia de los que hacen del catolicismo una profesión política.

Nosotros queremos a José Antonio como símbolo de la Revolución. Esta es la única garantía que exigimos.

Camaradas: El día 30, solo un grito. Caídos por la Revolución, ¡Presentes! Victoria para todos. Y una demanda: Liquidación definitiva de la guerra civil.


 
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