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Altar Mayor - Nº 91 (14)
Viernes, 02 abril a las 20:23:10

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

Año Santo Compostelano.
A UNOS 600.000 PASOS (1)
Por Juan José Alonso Escalona

Preámbulo

No sé si esto que voy a escribir podrá llegar a interesar a alguien. Es más, posiblemente ni yo me sienta destinatario de su narración. Pero lo cierto es que algo, en mi interior, me está pidiendo que lo haga; más tarde espero comprender el porqué de esta inquietud.

Hace tres o cuatro meses, entre el mes de Marzo y Abril, comuniqué a mis hijos mi deseo de hacer el Camino de Santiago «a pie». Me miraron entre incrédulos y sorprendidos y dejaron pasar los días. Según avanzaba el tiempo, yo iba haciendo la previsión de cosas necesarias, entre otras la mochila y prendas adecuadas a tal fin.

Irene, la esposa de mi hijo Juanjo, me hizo la oferta de su mochila. Fui a su casa para ver si podía valer. La examinamos y la única objeción que encontré era la de que no disponía de arnés para que el dorso no se apoyara directamente contra mi espalda. Yo tenía la dura experiencia de la que llevé a los Picos de Europa y que, por carecer de este accesorio, me hizo sudar de lo lindo. De todas maneras, la llevé a casa.

Fui comprando una esterilla, un saco de dormir, calcetines, botas, linterna, pilas, etc. Todo ello lo iba acondicionando en la mochila que, a su vez, iba tomando la forma característica de las que llevan los aventureros.

Mi hija Cristina, conforme iba viendo mis preparativos, mostraba cierta preocupación. Creía que era una locura lo que me disponía a hacer. Así que, ya cercana la fecha de mis vacaciones, procuró comentar con Rafa, su novio, con el Sr. Vargas, su jefe y con otros amigos mi propósito de viajar a pie hasta Santiago, con el fin de quedarse más tranquila si todos ellos opinaban que no me pasaría nada y que les parecía bien mi decisión.

Marcos, un amigo suyo y compañero de la Facultad había hecho el Camino desde Astorga y le pidió que me aconsejara para que todo fuera más seguro. No tuve ningún inconveniente; antes, al contrario, le agradecí su interés y, además, me facilitó una Guía del Camino editada por el País/Aguilar del año 93. Era evidente que en 4 años podía haber cambios notables, pero básicamente era un documento muy válido para establecer las Jornadas o Etapas.
 

Por dónde empezar

«El Año Santo Jacobeo del 93, a finales del mes de Agosto, mi esposa Mercedes y yo habíamos pensado hacer el Camino en coche desde Roncesvalles. Cuando llegamos a Santo Domingo de la Calzada, donde comimos y visitamos una Exposición en la Catedral, Mercedes me preguntó si aún faltaba mucho para llegar a Roncesvalles. Le dije que sí, pero que llegaríamos por la tarde, nos alojaríamos en Jaca y al día siguiente saldríamos para Santiago. Se quedó muy triste y me pidió que nos fuéramos aproximando a Santiago, ya que no estaba buena y temía no poder ganar el Jubileo. Nos dirigimos a Burgos y allí le pregunté si quería hacer noche y continuar al día siguiente hacia Santiago. Me rogó que nos acercáramos lo más posible pero por los pueblos del Camino de Santiago. Así llegamos a Castrojeríz. Nos hospedamos en el Mesón de Eduardo, hijo de José Mª Francés. Por la noche dimos un pequeño paseo y nos fuimos a la cama pronto. Estaba muy triste y se encontraba muy incómoda. Me dijo: vamos a dormir y quizás mañana me encuentre mejor. Estuve despierto toda la noche. Estaba realmente preocupado. Por la mañana temprano, ella se levantó antes que yo; tenía náuseas y ganas de devolver. Se arregló un poco y me rogó que regresáramos a Madrid. No se encontraba con ánimos para seguir».
 

Punto de partida

Hecho este paréntesis, mi propósito de Peregrinar a pie hasta Santiago presuponía empezar en Castrojeríz. Hasta allí llegó Mercedes, con dificultad y auténtico sacrificio, con la esperanza de llegar hasta Compostela. No pudo; su mal (todavía desconocido) le impidió ganar su Jubileo. La Gracia le vendría por otra vertiente, la del dolor más profundo. Un cáncer la estaba «purificando» para llegar con paz por el Camino más seguro al abrazo del Santo de los Santos. A mí me quedaba hacer el resto, pero esta vez viajaría sólo.

Desde Castro, como dicen los lugareños, hasta Santiago. Un Camino en solitario, inexplicable, ni yo mismo, al hacerlo, he llegado a comprender su valor ni alcanzar toda su dimensión.
 

Un voluntario que me lleve a Burgos

A finales de julio pedí a mis hijos que me acercaran a Castrojeríz. Mi ilusión hubiera sido haber ido todos juntos, haber celebrado una comida familiar y desde allí comenzar mi andadura. La fecha en la que tenía previsto ir a Burgos era el lunes 28 de julio. El único de mis hijos que para esa fecha estaba de vacaciones era Yago, así que fue él quien se prestó gustosamente para acompañarme.

Un compromiso comercial me hizo cambiar de fecha. Por fin, el día 31 de julio salimos de Madrid mi hijo Yago, Cuqui, su esposa, y Almudenita, mi tercera nieta. Comimos en el Mesón del Cid. Una comida exquisita, de buen paladar y gran gusto. Por la tarde llegamos a Castrojeriz. Me dejaron en el Albergue de Peregrinos y nos despedimos.
 

Como un intruso

Allí quedé solo con mi mochila y un grupo de gente desconocida. Traté de dialogar con los de la entrada. Me recibió el Hospitalero, Restituto Rodríguez, Resti para los amigos. Me asignaron la cama 10, donde deposité mi mochila. Resti me ayudó a buscar un Bordón; el elegido por mí fue todo un acierto. Después subí a la calle principal, donde compré un sombrero de paja, tipo flexible, que me dio un servicio inestimable.

Me acerqué a las Clarisas, cuyo Convento dista de la población algo más de un kilómetro. Por el torno pedí que me abrieran la Iglesia para encomendarme a la Virgen, ya que iba a empezar desde allí el Camino de Santiago a pie. La monjita me dijo que fuera por el jardín hasta el final; que podía pasar porque estaba abierta. Aún no había empezado mis jaculatorias cuando los acordes del órgano, en un «tutti» solemne, inundaron la nave con el Himno a Santiago, Patrón de las Españas... La emoción se agolpó en mi pecho y sienes, y aún no me había repuesto, cuando a continuación interpretó con idéntica solemnidad el Himno a Nuestra Señora del Pilar: «Virgen Santa...». Creí encontrarme en el Cielo. Caí de rodillas con la cara llena de lágrimas dando gracias al buen Dios que, de forma tan patente, me mostraba su «plácet» a mi proyecto. En ese momento tuve la seguridad de que era Dios quien me había invitado a realizar la Peregrinación.
 

Mi primera noche de Albergue en Castrojeriz

Era mi primer contacto con el «Camino». Ahora podía ver, experimentar, valorar todo cuanto me habían comentado sobre el mismo. Lo primero, los protagonistas: quiénes eran y cómo se comportaban los peregrinos; lo segundo, cuál era la forma de vida a la que obligaba el Camino: las comidas, los Albergues y Refugios, las dificultades de cada etapa, los peligros que tendría que afrontar, etc.

En este primer contacto quedé confundido en cuanto al primer punto ya que Resti, al comprobar mi Credencial del Peregrino y ver que estaba avalada por el Arzobispado de Madrid, soltó unos cuantos vocablos despectivos para todo lo que sonaba a curas, iglesia y obispos. En ese Albergue no se quería saber nada relacionado con la Iglesia.

Me selló la Credencial y me asignó la cama 10. Esta era una de las 4 literas ubicadas en un espacio de no más de 2’40 de ancho por 1’90 de largo, es decir un espacio de unos 4 m2. La estructura de las literas era de obra incluida la superficie de descanso; sobre ella había un jergón sin apoyo para la cabeza. Para ser mi primer contacto con el Camino no suponía un pronóstico alentador y sí, por el contrario, hacía prever la aspereza e incomodidad de todo el recorrido. A pesar de ello, me tranquilicé pensando que no todos serían iguales y que el espíritu del Peregrino debía ser el de aceptar con alegría y agradecimiento cuanto pudiera ofrecérsele en cada lugar.

Por primera vez saqué de la mochila la esterilla, saco de dormir y el neceser de aseo. No se me ocurrió coger la linterna, lo que fue un error, puesto que la luz se apaga a las 11 de la noche y todo queda a oscuras.

Mi «cama» era la de abajo, entrando a la izquierda de la camarilla; en la de encima un peregrino se curaba pacientemente los pies llagados. Además el pobre tuvo que levantarse cuatro o cinco veces durante la noche, por lo que me fue imposible dormir.

En la litera de mi derecha otro peregrino, más adaptado, dormía plácidamente según se deducía por lo profundo de sus ronquidos.

Dejé que el tiempo transcurriera; por lo menos estar tumbado me ayudaría a descansar. Sin saber la hora que era, pero no encontrando una postura en la que me sintiera cómodo y relajado, me levanté y me dirigí a tientas, guiándome por los huecos de las camarillas, hasta llegar donde supuse haber visto por la tarde el único aseo disponible. Después de tropezar con la escalera pude atinar, al final, con lo que buscaba. Tampoco me fue fácil encontrar el interruptor de la luz. La encendí y allí me quedé, esperando que fueran las 6 de la mañana para asearme y vestirme convenientemente. No llevaba ni diez minutos, cuando entró una peregrina en «paños menores», que tenía una necesidad ineludible. Le dije que yo ya me iba, a lo que replicó que por ella no me preocupara, que estaba acostumbrada a compartir las «comodidades» de los Albergues con todo «género de peregrinos». A pesar de ello, salí y esperé a que dejara libre el lavabo. En el mismo cuarto había un lavabo, una ducha y un retrete.

Ya empezaba a clarear y noté cierto movimiento en las camarillas, así que me afeité y aseé lo más rápido que pude. Al momento empezaron a entrar peregrinos para todo servicio.

De regreso a mi cama observé, con envidia, la agilidad con que todo el mundo recogía sus útiles y preparaban sus mochilas para la marcha.

Con el fondo musical de un canto gregoriano bastante primitivo apareció Resti, diciendo que para desayunar había manzanas, café con leche o colacao y magdalenas. Nos recordó que el Albergue se mantiene gracias a los donativos de los que hacen uso de él.

Mi donativo le impresionó y dio ocasión a confidencias. Al enterarse de que yo trabajaba en Publicidad, me abrazó explicándome que él era publicitario y que había dejado todo por unirse al Camino.

Le hice la observación de que sus comentarios de la tarde no me habían parecido ni justos ni oportunos, ya que, a mi juicio, hacer el Camino a pie suponía una cierta espiritualidad y búsqueda religiosa. Se disculpó alegando que no todos los que se albergan son creyentes y que muchos ni siquiera creen en Dios. De esa forma él trataba de ganarse la amistad de todos. Yo le hice ver que, si el Apóstol Santiago hubiera seguido la misma estrategia, aún continuaríamos adorando al Sol o al buey Apis. Añadí que Cristo envió a sus discípulos a predicar la Buena Nueva y no el engaño ni lo Viejo Conocido. Me dio la razón y me pidió disculpas.

Sentado a mi derecha había un peregrino plagado de tatuajes y tostado por el sol, quien me felicitó por mis argumentos en una mezcla de español e italiano. Se lo agradecí en su idioma y me dijo llamarse Luigi.
 

Viernes 1 de agosto: Castrojeriz-Frómista

Eran las 6’30; estaba amaneciendo. Me cargué la mochila y con el sombrero, el bordón y la medalla de Santiago en el pecho, salí al exterior. Resti me dijo que tenía el aspecto de un auténtico y veterano peregrino. Luigi, por su parte, me recomendó que fuera pendiente de las flechas amarillas, indicadoras del Camino. Nada más salir advertí en la pared de enfrente la primera de esas señales. Me paré para atarme mejor las botas y, estando en ello, me dio alcance otro peregrino, que también pernoctó en el Albergue. Nos presentamos. El se llamaba Oscar y también empezaba el Camino en Castrojeriz. Mientras nos dirigíamos a la primera prueba, la subida de Mostelares, 1.400 mts de continua ascensión, me hizo el comentario de que él sólo haría el trayecto hasta Carrión. Otro año vería de continuar hasta Santiago. Fuimos juntos hasta Frómista. Nació una sincera amistad.

Coronado el alto de Mostelares, como a unos 3 kms encontramos la fuente del Piojo. En una pequeña plataforma había una mesa de piedra y unos bancos a la sombra de unos árboles, recientemente plantados; allí descansaban una parejita de jóvenes a quienes saludamos. El nombre de la fuente me dio pie para decir: «seguro que el agua de esta fuente se sube a la cabeza». Al chico le hizo tanta gracia que se atragantó con el bocadillo que estaba comiendo. Aligerados de la mochila, bebimos agua hasta encharcarnos; estaba muy fresca y era muy fina. Entonces vi llegar a Luigi, que venía sofocado en busca mía. Me explicó que estuvo esperándome en el Albergue para venir de compañero conmigo, y además quería regalarme la Tau de San Francisco, porque yo era peregrino de verdad. Al decirle Resti que yo me había marchado, él apretó el paso para cumplir lo prometido. Le di un fuerte abrazo que le emocionó y los tres juntos reanudamos nuestro caminar.

A poco más de un kilómetro apareció la Ermita de San Nicolás, del siglo XIII. Es hermosa la imagen de Santiago Peregrino que se venera en su interior. Allí se encontraba un pequeño grupo de italianos, enviados por su obispo de Peruggia, para atender tanto a los peregrinos como al mantenimiento y conservación de la ermita. Es preciosa. Aquí oí hablar de un peregrino alemán que hacía el Camino a caballo; le llamaban Freddi. Le fui viendo por el Camino hasta Astorga, donde perdí su rastro.

Cruzando el Pisuerga hicimos de una tirada casi 11 kms, hasta Boadilla del Camino. El sol era muy fuerte y llegamos escasos de fuerzas y con mucha sed. A la entrada hay una noria manual, que, haciéndola girar, te recompensa con una riquísima agua fría. Bebimos y llenamos nuestras botellas para el resto de la etapa; aún quedaban 5 kms. y medio bajo un sol asfixiante.

En Boadilla hice un breve recorrido para admirar el bellísimo Rollo jurisdicional de piedra, gótico de finales del siglo XV. La Iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, posee un retablo renancentista con pinturas de Juan Villoldo (siglo XVI), rematado por un Calvario gótico del XIV. A Pedro de Flandes, Juan de Cambray y Mateo Lancrin se atribuye el retablo mayor realizado hacia el año 1548.

Luigi se adelantó con otros más jóvenes. Oscar se detuvo porque se le habían comenzado a hacer ampollas en los pies; me quedé con él. Se cambió de calcetines y calzado y decidió continuar. Ahora andábamos más lentos; él me pidió que yo siguiera a mi ritmo, pero me negué. Poco a poco fuimos avanzando hasta llegar a la orilla del Canal de Castilla. La humedad y los mosquitos hicieron más penosos los 4 últimos Kms. Desfallecidos, agotada el agua de nuestras botellas, abotargados por el intenso calor, logramos llegar al Albergue de Frómista. Allí estaba Luigi, sus compañeros y otros para mí aún desconocidos, todos descalzos, tumbados por el suelo, sin resuello, para darnos la bienvenida. El Albergue estaba cerrado.

Despojado de mi mochila me tumbé sobre un banco de madera. Las avispas zumbaban a nuestro alrededor. Me dieron de beber, cosa que agradecí con toda mi alma, ya que no me quedaban fuerzas ni para andar los diez metros que me separaban de la fuente de la Plaza.

El Hospitalero llegó a las 14’45.

Tumbado sobre mi litera, estuve esperando turno para ducharme. Sólo había una ducha y éramos más de 30. Así que opté por visitar, una vez más, la joya románica de San Martín. Luigi me acompañó para escuchar mis comentarios, y visitamos también la de San Pedro. Unas jóvenes peregrinas me pidieron que les dejara seguir mis explicaciones, a lo que accedí con sumo gusto.

En la de San Pedro se celebraba Misa a las 18 horas y me quedé con Luigi y las chiquitas. El aspecto de Luigi inquietaba a unas señoras, que se encontraban detrás de nosotros. Sus comentarios se cortaron cuando vieron que también él se acercaba a comulgar. Salimos, y después de invitar a todos a unos refrescos, volví al Albergue. Logré ducharme pasadas las 7 de la tarde.

Luigi y yo dimos un paseo y busqué una cabina para hablar con mis hijos. No pude contactar ni con Yago, ni con Juanjo. En nuestra casa tampoco había nadie; así que decidí llamar a casa de Rafa. Se puso su madre, simpatiquísima, a quien rogué que transmitiera a todos que me encontraba bien y que al día siguiente iría a Carrión.

Buscamos un Mesón para cenar y lo hicimos en uno muy próximo a la carretera de Carrión.
 

Sábado 2 de agosto: Frómista-Carrión de los Condes

La habitación en la que dormí esta noche constaba de 3 literas (6 camas); encima de la mía se acomodó Oscar, enfrente Luigi y en la de arriba la hija de la pareja que ocupaba la tercera litera.

Pasé mejor noche que en Castro y, a eso de las 6, me levanté para asearme el primero, si bien lo tuve que hacer en un pequeño servicio que había en la planta baja. Luigi me ayudó a empaquetar de nuevo el saco de dormir; yo no era capaz.

Como en el Albergue no daban desayuno, Luigi y yo salimos prácticamente de noche. Por recomendación suya no me puse las botas, sino las deportivas, porque haría mejor el trayecto. Más tarde me di cuenta de que no fue acertado, pues me dolieron mucho los pies.

Antes de llegar a Población de Campos, a mi izquierda pude ver la Ermita de San Miguel, de una sola nave del siglo XIII. Cercana al puente hay otra Ermita, la de Ntra. Señora del Socorro, del siglo XII.

Según iba amaneciendo eran más insistentes los ataques de los mosquitos, fenómeno éste que tiene que sufrir todo peregrino entre las 7 y las 9 de la mañana, principalmente por los sembrados de Castilla y al borde de los caminos y carreteras.

No habíamos desayunado y empezábamos a sentir hambre. Ni un solo establecimiento abierto. Al cabo de 7 Kms llegamos a Villovieco. A su izquierda queda Revenga de Campos. Cruzamos el río Ucieza y enfocamos a Villarmentero de Campos. La Iglesia de San Martín estaba cerrada por lo que no pudimos contemplar su maravilloso retablo plateresco del siglo XVI, obra de Francisco Giralte.

Aún no se divisaba Villalcázar de Sirga, y estando cerca unas señoras del lugar, les preguntamos si íbamos en buena dirección. Con una sonrisa un tanto picaresca nos dijeron: sigan todo recto y como a unos 7 Kms. lo encontrarán. ¡Siete kilómetros! Dios mío, si ya no podíamos con nuestra alma... Dejamos de hablar y procuramos marcar un ritmo de marcha en fila de uno (Luigi me dice que espere, pues necesita aligerar el peso de su cuerpo).

Por fin, a eso de las 9, llegamos en Villalcázar de Sirga. Había un bar abierto frente a la iglesia de Santa María la Blanca. Entramos y pedí que nos pusieran pan, queso, vino y café con leche. Desayunamos con verdadero apetito. Pagué y nos dirigimos a la Iglesia, que ya estaba abierta al público.

Antes de entrar me quedé maravillado al contemplar la riqueza escultórica de sus arquivoltas y frontis con el Pantocrator, Evangelistas, Profetas... Su construcción corresponde al siglo XIII, entre religiosa y defensiva. Aquí, la Sirga o Camino, disponía de dos Hospitales, encomienda del Temple, para defensa y acogida de los peregrinos. Su nombre hace mención a este origen: «Villalcázar de Sirga».

La Iglesia consta de 3 naves y cubierta de crucería. A la derecha se puede ver una de las capillas en la que se encuentran varias imágenes de la Virgen; una de ellas se dice que es la que inspiró las Cantigas de Alfonso X el Sabio. En el mismo lugar están los sepulcros, en piedra policromada del siglo XIII, del Infante Don Felipe, hijo de Fernando III el Santo y de Doña Leonor Ruiz de Castro. En el Presbiterio se puede admirar un magnífico Retablo del siglo XVI con pinturas, sobre tabla, del Maestro Alejo, en las que se narran escenas de la Vida de Cristo, completándose con diversos Santos. En el centro se venera una imagen de Nuestra Señora con el Niño en brazos, del siglo XIII. El Calvario del remate es del siglo XIV.

Después de admirar con detenimiento los otros retablos e imaginería, salimos para reemprender el Camino. En la puerta, el amigo Oscar me hizo entrega de una postal del monumento visitado. Todo un detalle.

A unos seis kilómetros nos esperaba Carrión de los Condes. El camino se hace por la carretera. Por ella caminamos, uno en pos de otro, Luigi y yo. Al mediodía entramos en Carrión. Enseguida y, en dirección hacia el Albergue, encontramos el Convento de Santa Clara. En la puerta advertí que también ofrecían hospedaje, y sin pensármelo dos veces, entré y conmigo Luigi.

Pedí información sobre el hospedaje, y el encargado, un muchacho joven de apariencia sudamericana, me dijo que las habitaciones no tenían cuarto de baño, pero que se podía disponer de varios servicios. Tuvo que atender a otras personas y me pidió que esperase y que enseguida me las enseñaría. Mientras descubrí una máquina expendedora de refrescos, y me dispuse a sacar bebida para Luigi y para mí. Oscar, que se había integrado a nosotros, no lo consintió, y nos compró Aquarius y Coca Cola.

A Luigi no le hizo demasiada gracia quedarse en el Convento y se fue al Albergue con Oscar. A partir de este momento no volví a verle hasta el Monte del Gozo.

Dejado mi equipo en la habitación, y una vez recuperado con una buena ducha, me acerqué al Albergue para saludar a los Peregrinos. Allí me sellaron la Credencial y me indicaron que Luigi había estado allí pero que había decidido seguir Camino.

Entablé amistad con un grupo de jóvenes capitaneados por Cesar, un leones de Santa María del Páramo, y otros tres, dos de ellos de Madrid. Cesar conocía bien al italiano y me dijo que no me preocupara por él, ya que actuaba siempre así.

Decidí visitar la Iglesia de Santa María del Camino, donde se gozaba de un fresquito muy agradable. Es del siglo XII. Está enclavada en uno de los cubos de la antigua muralla. Ha sufrido muchos avatares y ha quedado muy desfigurada su primitiva antigüedad. La portada es de compleja iconografía, amén del Pantocrator con Evangelistas y Apostolado. En su interior destaca la Virgen con el Niño del siglo XIII y un Cristo del XV.

Los jóvenes escuchaban mis consideraciones, que atrajeron a otros visitantes. Oscar, que también nos acompañaba, decidió comprar en un «super» algo para comer; yo tenía tanta sed que lo único que compré fue otro Aquarius.

Oscar me dijo que iba a comer en la Plaza bajo unas sombras muy majas. Le animé, si bien yo aún no había decidido qué hacer. Al final, volví a las Clarisas y me tumbé a dormir. Creo que lo necesitaba más que comer.

A las 17’30 me levanté e hice mi visita histórico-artística. La Iglesia de Santiago, destruida durante la guerra de la Independencia, ofrece una extraordinaria fachada del siglo XII, joya del románico palentino. Visité las de Belén, San Andrés, San Julián, la ermita de la Vera Cruz y, por último, bajé hasta el Monasterio de San Zoilo. Goza éste de un claustro plateresco, obra maestra del Renacimiento castellano (siglos XVI/XVII). Hace poco se ha encontrado una entrada a la Iglesia, que es del XII. Una maravilla digna de contemplar de cerca y detenidamente. Nadie debiera pasar por Carrión sin admirar la belleza de San Zoilo.

Al otro lado de la carretera existe una Calzada romana, inicio de la del Camino a Calzadilla.

Como mañana, según me comentaron, sería una etapa muy dura por el intenso calor y aspereza del terreno, decidí subir de nuevo a la ciudad con la idea de comer algo y sobre todo de beber.

Enterado de que en Santa María del Camino se celebraba Misa a las 18 horas, me acerque hasta allí. Como de costumbre, se rezó el Rosario y, a continuación, la celebración de la Eucaristía, muy íntima y «clásica». Me recordó las vividas en mi adolescencia.

Cerca de las Clarisas hay un bar. Allí encontré a Oscar con Mariví, su mujer. Me la presentó, hablamos bastante y me confirmaron que Oscar dejaba el Camino para volver con ella a Cabezón de Pisuerga, donde viven.

Les deseé toda clase de dicha y les prometí que les tendría presentes en el abrazo al Apóstol. Nos despedimos con evidentes muestras de cariño.

Oscar me pidió la postal de Villalcázar de Sirga con la disculpa de ponerme sus señas y en ella escribió: «Es bonito encontrarse en el Camino personas tan honestas y profundas como tú. Ya me contarás tus experiencias hasta Santiago. Gracias por compartir tu persona conmigo. Oscar».
 

Domingo 3 de agosto: Carrión de los Condes-Calzadilla de la Cueza

Me levanté muy temprano, ya que no deseaba «asarme» en este tramo del Camino, pues hasta tal punto me lo habían dibujado.

Bajé a la cocina para tomar unas tortas que compré a las monjitas. En la nevera encontré leche y me serví un buen vaso. Dejé mi donativo y 4 tortas, para que otros peregrinos también pudieran gozar de estas «exquisiteces». Al salir miré el reloj: eran las 5’30 horas.

Fuera de la ciudad, frente al Monasterio de San Zoilo, me di cuenta de que aún era noche cerrada. Saqué de la mochila la linterna, y con su ayuda, me interné en la espesa oscuridad de la noche. Al llegar al cruce, después de pasar la Cruz Roja y Gasolinera, seguí hacia la izquierda, saliéndome del Camino. Ahora iba por carretera. Procuré ceñirme bien a la cuneta y llevar constantemente encendida la linterna; todavía no había demasiado tráfico, pero era peligroso circular por un arcén tan estrecho que, a veces, desaparecía. Hasta las 6’30 no comenzó a clarear.

Al otro lado de la carretera se adivinaba un cartel. Enfoqué con mi linterna y pude leer: N-120 Sahagún. Su lectura me tranquilizó un poco. De noche, por carretera y sin saber la dirección que había tomado, me hacía sospechar un desvío importante. Ahora, por lo menos, sabía que estaba en buena dirección.

Calculo que llevaría unos 4 kms andados cuando, después de pasar Calzada de los Molinos, la lazada de mi bota izquierda se enganchó con la fijación de la derecha, dando conmigo al suelo. La caída fue tan violenta e inesperada que quedé como un sandwich entre el piso y mi mochila. El bordón salió disparado así como la linterna.

Me levanté con cuidado, dando gracias a Dios, ya que si hubiera venido algún coche en ese momento, lo más seguro es que me hubiera aplastado.

Aún sentado en la cuneta, advertí que sangraba por todas partes; no era así, pero la profundidad de las heridas hacía que sangrara en abundancia, manchando brazos, piernas, pantalón, camisa y calcetines. Me inquietó sobre manera la herida en la espinilla de la pierna izquierda.

De pie, recogido el bordón y la linterna, me di cuenta de que tendría que buscar un sitio más seguro para curarme, ya que el tráfico iba creciendo y el espacio de la cuneta era muy estrecho. Dejando un reguero de sangre tras de mi, busqué un lugar donde poder curarme sin prisas, dedicando el tiempo necesario para hacerlo bien. Al fondo, como a unos 300/400 mts y a la otra banda de la carretera, había una casa de campo que parecía deshabitada. Sin prestar mayor atención a las heridas, me dirigí a ella. A la derecha de la casa había una era. Descargué mi mochila y saqué lo necesario para curarme.

Con el agua oxigenada limpié toda la sangre de brazos y piernas; de esta forma pude advertir que el daño era inferior a lo que, en un principio, había pensado. Me había herido en la espinilla de la pierna izquierda. y también en la rodilla de la derecha. En el dedo pulgar tenía un corte muy profundo y con gran hemorragia de sangre, así que traté de curarle primero.

El agua oxigenada hervía produciendo gran calor en la mano; conprimiéndolo con bastante algodón logré parar la hemorragia. Lo tinté bien de Betadine y aprisioné con una tirita. A continuación lavé bien las heridas de las piernas, pidiéndole a Santiago que no me pasara nada en la herida de la espinilla; tenía temor de que tardara en cicatrizar o que no cicatrizara bien. La tinté también con Betadine y a continuación hice lo mismo con las de la rodilla. Estas seguían sangrando bastante por lo que me vi precisado de vendarlas con fuerza. Durante la cura oí cómo se abría una ventana de la casa y la volvían a cerrar...

Recogido que hube todo el botiquín, de nuevo crucé la carretera y continué el viaje.

Ya había salido el sol y empezaba a calentar. La circulación también era más fuerte y el paso de coches y camiones hacía bastante incómodo el caminar por el arcén. El vendaje de la rodilla permanecía bien sujeto, lo que hizo que me sintiera orgulloso de la habilidad con que había practicado las curas. La tirita del dedo gordo se me caía con frecuencia, dando lugar a paradas para secar la herida y reponerla.

Sobre las 10’30 llegaba a Cervatos de la Cueza. Allí pregunté si había algo abierto para comprar cosas de comer. Me dijeron que un poco más arriba abrirían un supermercado. Subí y, en efecto, estaban metiendo mercancía en una tienda un poco grande y con pretensiones de supermercado. Me acerqué y pregunté si me podían vender alguna cosa. La encargada, un tanto contrariada, me dijo que ya que me encontraba dentro cogiera lo que necesitase. Al final sólo compré pan, una lata de sardinas y otra de mejillones en escabeche.

Busqué una sombra en una pequeña plaza y me senté a disfrutar de tan suculento manjar. Tenía sed y se había acabado el agua de mi botellita.

A una señora, que pasaba por la plaza, le pedí que me indicara dónde coger agua.

Me dijo: «esta Ud. sentado encima de la fuente».

Me sorprendí y miré a mi alrededor; ella sonriente añadió: «debajo de Ud.».

Efectivamente, a ras del suelo había un grifo. Le abrí y, aunque no salía fría, llené mi botella y la vacié por dos veces. Rellena de nuevo y repuestas mis fuerzas, salí a la N-120 para alcanzar la meta de esta jornada. La rodilla me dolía bastante y la herida del dedo me molestaba y sangraba cada vez que apretaba el bordón.

El sol y la temperatura estaban alcanzando su cenit. Me sentía desfallecer; había consumido todo el agua, así que mi pensamiento se centraba en encontrar una fuente.

A la derecha de la carretera quedaba Quintanilla de la Cueza. Vi algunos árboles y arriba del pueblo una hermosa torre exenta y, al lado, la Iglesia. Sin pensarlo más, me dirigí hacia allá. Cuando llegué me di cuenta que la Iglesia estaba abierta y estaban diciendo Misa. Entré, descargué la mochila y me quedé al fondo de la nave. Sentía vergüenza del sudor que empapaba mi camisa y pantalón. La gente se volvió para mirarme; yo me limité a dar gracias a Dios porque, a lo largo de todo el Camino, ha hecho posible que pudiera participar, cada día, de la Eucaristía.

Al finalizar la Misa, entré a la Sacristía para que el Sacerdote me sellara la Credencial. No tenía el sello, pero me la firmó.

Tan sólo me faltaban unos 5 Kms para Calzadilla. Cuando me lo dijeron me extrañó, porque la etapa de esa jornada era de unos 17 kms y yo los había hecho de sobra. Después pude confirmar que mi equivocación en la salida de Carrión me había supuesto 5 Kms de más.

Este último tramo de la etapa fue muy duro. El sol, un sol implacable, se ajustaba al cuerpo, agotando las últimas energías de mí peregrinar.

Mirando al horizonte nada asomaba que no fuera la inmensa planicie de Castilla. Por fin, tras una curva y como a unos 2 Kms, apareció la torre de Calzadilla.

El afán de llegar alejaba, como en un espejismo, el perfil del pueblo. A la derecha, y por encima de unas eras, un cartel anunciaba «Hostal Camino Real». Recuerdo que llegando pude apreciar un gran enjambre de avispas negras o así me lo parecieron a mí.

Entré en el Hostal casi a rastras. Eran las 14’15 horas. Me acerqué a la barra del bar y pedí una botella grande y fría de agua. Me la dieron de litro y medio; me la bebí. Me dijeron que tenían habitaciones y solicité una.

Subí, tropezando en los peldaños, porque me faltaban fuerzas para levantar más los pies. Me duché; limpié las heridas, repuse vendajes y bajé a tomar algo. De todas formas me encontraba tan cansado que sólo pedí un pincho de tortilla. Descansé hasta las 17’30.

Aunque el calor era sofocante, quise unirme a los peregrinos de Carrión; así que subí al Albergue.

En la puerta estaban Cesar con los de Madrid, sentados y con los pies metidos en unos barreños de plástico con agua. Habían llegado deshidratados y, para colmo, el Albergue sólo tenía una ducha y 6 camas. Todos iban a dormir en el suelo.

Sacaron un botijo que fueron pasando de mano en mano.

Creo que este es el peor Albergue de todo el Camino. El Hospitalero, sin embargo, era bastante simpático y acogedor. Me apostilló en la credencial: «Buen Camino, peregrino ¡ULTREYA! Miguel».

Mantuvimos una buena tertulia en la que hice el comentario de las avispas, confirmándome que había muchísimas y que a Miguel le habían picado el día antes. Enterados, por mí, de que en el Hostal tenían Menú por 1.000 pts. bajaron todos a cenar.

Yo, antes de unirme a ellos, subí hasta el cementerio donde hay una torre de ladrillo, exenta, que por su arquitectura y formas no dudo que es mudéjar, posiblemente de los siglos XIII/XIV.

En el Albergue se me presentó un señor que, al enterarse de que yo trabajaba en Publicidad, me explicó sus habilidades en el terreno de la Heráldica. Él dibujaba los escudos y, es más, estaba dispuesto a sacarme los escudos de mi familia. Se llama José Antonio Rueda y vive en Palencia. Quería, por todos los medios, enseñarme sus dibujos, y al saber que yo bajaba al Hostal, me acompañó «porque le era muy grato hablar con personas que entendían de historia y de arte». Cuando llegamos, me dijo que iba al coche para coger los dibujos que, siempre, llevaba consigo.

Sentados en una mesa, compartida por los otros peregrinos, J. Antonio me fue enseñando sus escudos y ofreciéndome los que yo quisiera, porque eran fotocopias y los originales los tenía en casa. Yo se lo agradecí, pero le dije que los guardara y que se quedara con mis señas. «Si algún día pasaba por Madrid, con mucho gusto le acompañaría».

Saqué mi Guía y, entre todos, estudiamos la etapa del día siguiente.

Antes de cenar, llamé a mis hijos y hablé con Marcos. Todo iba bien y ya les seguiría llamando, para decirles por dónde me encontraba.

Aquí, en este Hostal, empecé a darme cuenta de que la nueva cultura del ruido había prendido con más fuerza en los pequeños núcleos de población que en las principales capitales. Cuanto más retirados de la gran Ciudad, tanto más gritos, golpes, estentóreas carcajadas y más palabrotas y blasfemias.

En toda la noche no dejaron de hablar a gritos, de reírse y competir en groserías, disputas y vaciedades. Por desgracia no sería mi última experiencia.
 

Lunes 4 de agosto: Calzadilla de la Cueza-Sahagún

A pesar del griterío, el cansancio era tan grande que terminé conciliando el sueño por espacio de unas dos horas.

A las 6 me levanté, y compitiendo con otros huéspedes dado que sólo había un cuarto de baño y un aseo, pude componer mi cuerpo.

Abajo desayuné unos sobados y café con leche. Pagué y con mi equipaje a la espalda enfilé a la carretera.

En el Km. 218 de la N-120 crucé el río Cueza. Como a unos 2 Kms. a la izquierda está el antiguo Hospital de Santa María de las Tiendas.

A esas horas de la mañana es fácil hablar con Dios; a Él dirigía todos los días innumerables jaculatorias, algunas sin final, agolpándose unas encima de otras, al Dios Todopoderoso, al Amor Infinito, a Jesús Compañero y Amigo inseparable, a María, la más hermosa de todas las criaturas, al Ángel de la Guarda. Tenía como una desazón hasta llegar al Ángel de la Guarda; no podía separarse de mi pensamiento. Le sentía tan cerca de mí y sentía tan real su protección que deseaba llegar a nombrarle «...bajo cuya custodia me puso el Señor con todo su Amor de Padre». Tantas veces, cientos de ellas, quizás miles, no lo sé, a él me encomendaba. Y al Espíritu Santo para que me enseñara a amar a Jesús, a amarle hasta la locura, pidiéndole que todo el amor de mi corazón se centrara en su corazón.

A la hora y cuarto de haber emprendido la marcha, bordeé Lédigos y me separé de la carretera para entrar por un camino de arena y piedra relativamente cómodo.

A media hora de camino paré en Terradillos de Templarios. En el Albergue volví a encontrar al alemán con su caballo. Entré en el local y pedí que me sellaran la credencial. La Hospitalera me dijo que «si quería sentarme a desayunar podía hacerlo». Se lo agradecí, pero le dije que lo único que quería era llenar mi botella de agua.

Entró un joven, bastante ebrio, quien comenzó a dirigir una serie de requiebros soeces a la chica, mas, como vi que ya se conocían, preferí dejarles solos y continuar por el Camino de Santiago.

Según me adentré, el olor a tierra mojada, recién regada por la lluvia, hizo que mis ojos se posaran sobre unas humildes flores silvestres, de color azul cielo, que habían brotado a lo largo del borde del camino. Quedé como absorto durante un cuarto de hora o algo más. Enseguida tuve que prestar atención, porque me encontré en un pequeño barranco, que tuve que salvar sin problemas. Por él, mansamente, discurría el agua del Arroyo de Templarios.

La pista continuó cómoda hasta Moratinos. Allí, en la Plaza, al lado de la Iglesia de Santo Tomás, que conserva una imagen de la Virgen con el Niño del siglo XVI, dejé la mochila y en la fuente bebí agua hasta quedar saciado. Rellené la botella y pude saludar a Cesar, que con sus amigos llegaba para hacer lo mismo. Sentado en un banco miró las heridas de mis piernas y me enseñó su rodilla, operada ya dos veces de los ligamentos cruzados. Precisamente se estaba portando bastante bien, aunque en ocasiones se le hinchaba y tenía que parar para refrigerarla un poco.

Ahora la traía hinchada; se la remojó con agua y yo, impresionado, le pregunté dónde había comenzado el Camino. Al decirme que en Roncesvalles, añadí que, entonces, era evidente que podría llegar al final sin problemas. Se sonrió asintiendo, «si bien -me dijo-, se quedaría en La Virgen del Camino, a unos 3 Kms pasado León. Allí le recogería su hermano para ir al traumatólogo, descansaría unos días y volvería para finalizar el Camino». Como todavía iban a descansar un rato, yo, deseándoles buen camino, continué por él.

En poco más de media hora llegué a San Nicolás del Real Camino, que es el último pueblo de la provincia de Palencia. Desde aquí se puede hacer el Camino por varios cruces y tramos. Dicen que lo mejor es salir a la carretera y culminar la etapa por ella. Yo no lo hice y sufrí lo intrincado del Camino con serias dudas de si habría acertado en la elección. Pero como al final todo se alcanza, también en esta ocasión llegué a Sahagún, desfallecido, pero llegué. Poco después aparecían los demás, todos igualmente desfallecidos y casi todos con los pies maltrechos.

En el Albergue me sellaron la credencial y pude admirar su belleza arquitectónica. Se encuentra en la Iglesia de la Trinidad con torre mudéjar y que, reconstruido, ofrece al peregrino toda clase de comodidades.

En la Guía se daba razón de una Hospedería Benedictina. Esto atrajo mi atención decidiéndome por ella para poder gozar un poco de la vida monástica.

Llegado al Convento, me acerqué al locutorio. La monja me miró un tanto confundida. Le pedí hospedaje y me contestó que la Hospedería estaba completa; no había ni una cama. Había que solicitarlo con mucha antelación y máxime en verano, porque la tienen ocupada casi todo el año.

Como no podía más, le rogué que, por favor, me diera un vaso de agua fría y que me dejara descansar un rato al fresco del vestíbulo. Se fue y yo me quité la mochila y me senté en un banco de la entrada.

Al cabo de un rato vino con una jarra de agua con hielo, un vaso y un bote de naranjada. Me dijo que el bote estaba más frío. Lo bebí de un trago. A continuación me sirvió dos vasos de agua. Se lo agradecí con toda el alma, ya que me sentía sólo y con la sensación de que mi presencia no era grata. En cierto modo me sentía como un proscrito.

Salí sin rumbo, pasando de nuevo el Arco de San Benito. Me entretuve en admirar la Iglesia de San Tirso, impresionante joya románico-mudéjar.

Casi de frente pude leer el rótulo de una Fonda, llamada La Asturiana. Abrí la puerta y pedí una habitación. La acababan de arreglar y me la asignaron. Les pedí que me lavaran un poco de ropa, aunque no la plancharan. Se miraron, como dudando, pero al final aceptaron. Se la bajé y ya, en mi habitación, me sentí otro.

Dejado mi equipaje, con el neceser en la mano me dirigí al cuarto de baño. Estaba vacío y recién limpio. Di gracias al cielo por sentirme de nuevo persona y bajé a comer. El menú costaba 1.000 pesetas.

Se llenó el comedor y el servicio era mínimo: la chiquita que me había acompañado a la habitación. La pobre no daba abasto, pero me puso una botella de litro y medio de agua para que me fuera más leve la espera. Comí muy a gusto, abundante y bueno.

De pronto aparecieron también Cesar con sus amigos. Les prepararon una mesa redonda. Yo procuré acabar cuanto antes para que pudieran acomodar a más gente que esperaba. Subí a la habitación y me acosté hasta las 17’30. Por la tarde hubo conato de tormenta, pero no terminó de descargar por lo que hacía un bochorno insoportable.

Ya descansado, hice mi recorrido histórico-artístico. En mi visita a la Iglesia de San Lorenzo actual, con su museo y acompañado de Marianela, custodiadora tanto del Museo como de la Iglesia, me sentí emocionado por lo maravilloso de sus esculturas así como por el acogedor trato de la guía. (Para Marinela mi más cariñoso recuerdo y agradecimiento. No sabe Sahagún la joya que tiene en su persona). De esta forma, despacito, contemplando las maravillas de esta ciudad leonesa, pasé la tarde.

Por la noche vinieron nuevamente los jóvenes peregrinos a cenar. Nos saludamos y estudiamos la etapa del día siguiente. Cesar me dijo que era bastante dura y que él, a lo mejor, se quedaba en el Albergue de Burgo Ranero. A mí me pareció razonable y quedé en parar allí.

A eso de las 12 de la noche me puse en contacto con Covadonga (la Asturiana) para ver a qué hora abrían y poder liquidar mi cuenta. La pobre estaba cansadísima y me dijo que ella se levantaría para atenderme. Yo me negué; le dije que la pagaba en ese momento y que me dijera dónde tenía la ropa tendida para que por la mañana pudiera recogerla. Me enseñó el tendedero y recogí toda la ropa, aún no muy seca pero se terminaría de secar en el cuarto. Su marido le dijo que me dejara preparado el desayuno y que yo mismo en el microondas podía calentarlo. Así quedamos.

Empezó a echar cuentas y, al final, me dijo: «bien; deme 2.600 pts y ya está».

Le dije que había comido, cenado, amén del desayuno, ropa, habitación y contestó que «Dios ya se lo daría por otro lado». Le tuve que rogar que se quedara con 3.000 pts.

A las 6’30 de la mañana bajé ya preparado para calentarme el desayuno y marchar sin meter ruido. Covadonga salió de su habitación, poniéndose la bata, para servirme el desayuno. En esta tierra todavía quedan ángeles. Covadonga es uno de ellos.


 
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