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Altar Mayor - Nº 91 (13)
Sábado, 03 abril a las 10:12:01

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

LA MUERTE DE JOAN PERUCHO
Por José Mª García de Tuñón

Confieso que me produjo una gran sorpresa la muerte del poeta, escritor y periodista Joan Perucho fallecido el pasado día 28 de octubre. Apenas hacía una semana leía el magnífico reportaje que sobre su vida literaria le dedicaba el Blanco y Negro Cultural al autor de Les històries naturals, y en la que manifestaba que le gustaría morirse leyendo la Oración a los caídos de Sánchez Mazas. «Me gustaría morir así, como estoy ahora. Sentado en este sillón, acariciando a mi gata y leyendo la página enmarcada de La Vanguardia con la Oración a los caídos de Sánchez Mazas. ¡Qué gran escritor!», son sus palabras textuales. Palabras que él pronunciaba a sabiendas que su vida estaba llegando a su fin porque a continuación decía: «Ya no puedo leer los libros, sólo tocarlos, olerlos, oír el ruido que hacen sus páginas al pasarlas».

Había nacido Perucho en Barcelona el 7 de noviembre de 1920 por lo que le faltaron muy pocos días para cumplir la edad de 83 años. Estaba considerado como uno de los maestros de la literatura catalana del pasado siglo. Era licenciado en derecho sacando posteriormente las oposiciones a juez, actividad ésta que dejó en 1984 para introducirse única y exclusivamente en el mundo de la literatura que ya había comenzado en su juventud, concretamente en su época de estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona. El pasado año le fue concedido el Premio Nacional de las Letras después de haber obtenido el Nacional de la Crítica, el Rosalía de Castro, etc. Se consideraba español «porque soy catalán», solía decir con mucha frecuencia. Algo que al parecer no entendía muy bien el ejecutivo de Jordi Pujol porque su forma de entender la catalanidad era muy distinta lo que hizo que la oficialidad cultural tratara mal al poeta, al escritor; pero a él le daba lo mismo porque su felicidad no estaba en la Tierra.

Perucho no podía soportar la mediocridad del mundo que le rodeaba, la ausencia de los valores poéticos porque él que se sentía poeta por encima de todo, la poesía era verdaderamente «una aventura hacia lo absoluto..., todo es muy misterioso, sin misterio no hay gran literatura». Palabras muy parecidas a las que un día escribió Federico García Lorca, el poeta del llanto y la sangre: «...todas las cosas tienen su misterio, y la poesía es el misterio que tiene todas las cosas». El poeta catalán fue muy amigo de Alvaro Cunqueiro y hasta hay quien dice que su obra ha sido relacionada con la del autor de Herba aquí ou acolá uno de los grandes poetas de la Falange y que dedicaría aquel soneto a José Antonio que comenzaba así: Si por murallas, pasión nunca sabida, / voces proclaman tu carne como escena, / ¿qué boca sin sed, de tierra llena, / responde a nuestro amor y enorme vida?...

A su muerte la Escolanía de Montserrat, y con letra del máximo poeta del renacimiento literario catalán Jacint Vedaguer, cantó la Moreneta en sou, moreneta i rosa... durante la celebración del funeral que despedía al poeta y que él mismo había dispuesto para sus exequias. Pero antes él mismo se había despedido de sus lectores el pasado día 7 de julio en un artículo publicado en La Vanguardia y unos días antes de la entrega del Premio Nacional de las Letras.

«Todo pasa en el tiempo y mi vida pasa también. En ello oigo los pájaros cantar sobre mi cabeza y las alondras volar alrededor de mí. Estoy cansado y enfermo y, por tanto me es imposible continuar con mis tareas; o sea, seguir mis colaboraciones desde siempre con La Vanguardia. Recuerdo los versos dictados por la estrofa de mi querido Sebastián Sánchez Juan: No em doneu amor que no sacia; doneu-me joia per morir. La estrofa de este poema me ideó:

En torn de Déu,
com en torre vetusta
he donat voltes.
Veig la meva faç
allunyar-se de mi,
i encara que sigui
la darrera vegada
el cor em batega alegre,
sense tristesa.

»He escrito en La Vanguardia desde los tiempos de Ignacio Agustí, Horacio Sáenz Guerrero y Néstor Luján, todos fallecidos en mi corazón y mi memoria. Con ellos compartí sus tareas y sus emociones, alegrías y penas. Pero esto, como he dicho, ha terminado.

»Estoy tendido en mi sofá ante el retazo que mi madre recortó cuando venía del frente, de La Vanguardia: Oración por los caídos, y con mi gata Lluna sobre mi regazo, esperando mis caricias. Me estoy adormeciendo junto a mis queridos libros, recordando a mis amigos los lectores. Ahora espero la transmutación de mis siglos que reserva a mis espacios del mundo la ida de mis recursos de antaño. Estoy bien. Esto me reconforta. ¿Cuándo nos encontremos otra vez en el cielo de la Historia de la Literatura Española? Esto justificaría la concesión del premio Nacional de las letras 2002. Seguramente no podré ir a recogerlo. Pero siempre hay una solución inesperada. Adiós, amigos».

Adiós Joan Perucho, poeta y hombre polifacético que falleció rodeado de los tesoros de su biblioteca, pero lo que probablemente nunca sabremos es si se cumplió su última voluntad: morir leyendo la Oración a los caídos de Rafael Sánchez Mazas.


 
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