Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 91 (11)
Sábado, 03 abril a las 10:17:43

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

LOS VERDADEROS MÓVILES DE LA OFENSIVA CONTRA LAS FUERZAS ARMADAS
Por Antonio Caponnetto

«Me he convertido en el último recurso de rufianes en litigio, que aún se atreven a dirimir por mi intermedio sus querellas de lupanar. Pero que tengan cuidado los palafreneros nocturnos de la yegua popular. Devoro lo que toco y apelaré de mí misma ante mí misma para castigar a mis profanadores. Voy a volver a ser la espada de llamas y los hombres al fin sabrán, para reventar de espanto, qué cosa es este remolino del que se habla en la Escritura».

León Bloy, Lamentación de la espada

Nada nuevo diremos si recordamos aquí, sucintamente, la posición clásica del Marxismo sobre las Fuerzas Armadas. En Las luchas de clases en Francia, por ejemplo, Marx plantea la supresión del ejército permanente que es el agente físico de la represión -usa la palabreja-, como paso previo a la eliminación del clero, esto es, el factor represivo de índole espiritual. Engels, en El origen de la familia, entre otras obras, presenta la dialéctica de lo militar contra lo popular, como un desgajamiento más de la lucha de clases, y Lenin, analizando la transición del Capitalismo al Comunismo en El Estado y la Revolución, explica la necesidad de cambiar la dirección de la represión en contra de los antiguos represores, y aunque prevé excesos -nos ajustamos a sus términos literales- confía en poder encausarlos y extinguirlos espontáneamente. Lo que no admite discusión -así lo escribe en La Revolución Proletaria y el renegado Kaustky- «es que el primer mandamiento de toda revolución triunfante ha sido deshacer el viejo ejército, disolverlo, reemplazarlo por un ejército nuevo, pues sin la desorganización del ejército no puede producirse ni se ha producido nunca una gran revolución».

Retengamos esta doble enseñanza genuinamente comunista:

a) convertir a los represores del marxismo en reprimidos por él;

b) desorganizar y disolver el ejército, como punto de partida para asegurar el triunfo de la revolución.

Se dirá, y es cierto, que a pesar de la patética vigencia de este plan, cada vez más evidente, la iniciativa marxista no se presenta hoy de un modo tan explícito. Es posible, incluso, que se sigan simulando acercamientos, contactos y cooperaciones recíprocas entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas, pues no es sencillo quebrar abruptamente el orden institucional y legal. Pero el mantenimiento de las formalidades no debe llamar a nadie a engaño. La doble finalidad revolucionaria ya enunciada sigue en pie, y para ello el marxismo gobernante continúa acentuando y exacerbando un par de eficaces procedimientos:

a) alimentar entre los miembros de las Fuerzas Armadas, sin distinción, la conciencia de inferioridad y de culpa por todo lo actuado en la Guerra contra la Subversión y en la Guerra del Atlántico Sur,

b) y consecuentemente, fomentar en ellos la certeza de que su misión ya no es la defensa y salvaguardia armada de la integridad física y metafísica de la Nación sino la sumisión al mito de la soberanía popular, hasta convertirse en algo así como una mutual para la seguridad del Régimen o una agencia de guardaespaldas de sus funestos ideólogos.

Un Brinzoni, que al despedirse de su cargo cree que se opone al actual estado de cosas, y para ello dice que «en el Ejército lo único permanente es el cambio» [sic], y un Bendini, que al tomar posesión del suyo sostiene, creyendo que se diferencia de su antecesor, que «el Ejército se ha vuelto confiable para la democracia» [sic], son dos penosos exponentes del lavado de cerebro que el materialismo dialéctico ha operado en los mandos, dos tristes pruebas de la purga socialdemócrata que ya lleva veinte años. El uno y el otro son desdichados protagonistas de ese marxismo como forma mentis que se les ha inculcado. Hablan como los ideólogos de la izquierda les han enseñado: reemplazando lo permanente por el cambio y subordinando la patria a la democracia. Por eso, el uno y el otro se entregan mansamente y entregan a sus subordinados y a sus pares a los tribunales marxistas vernáculos o internacionales. No es necesario esperar el repugnante servilismo de Balza.

Bien advertía Genta sobre la desmovilización ética y espiritual de los cuadros combatientes, más grave aún que la inmovilización material por ausencia de recursos. Hoy, van camino a lograr las dos cosas. Y en su obra Seguridad y Desarrollo –escrita hace tres largas décadas- señalaba al terror psicológico como más nocivo que el terrorismo armado. Efectivamente, el primero produjo una reacción viril en la cual -digan ahora lo que quieran los canallas de todo pelaje- se protagonizaron hechos heroicos que en cualquier país con honor serían reconocidos como tales. El terror psicológico, en cambio, cuya principal expresión es, en nuestros días, la amenaza constante de la persecución jurídica y del linchamiento multimediático, amilana y adormece, repliega y humilla. «Se trata -obsérvese la premonición de este texto de Genta- de las campañas masivas de difamación y calumnia, de formación y confusión, cuyo propósito es la muerte civil, la liquidación moral, la prevención y aislamiento de las personas empeñadas en dar testimonio de la verdad y esclarecer la conciencia de sus compatriotas. Se pretende por la eficacia de una propaganda sostenida y en escalada, desviar la atención pública de los verdaderos enemigos que están arrasando a la Patria [...] Sus blancos son antes las almas que los cuerpos [...] El terror psicológico comprende todas las acciones criminales que se ejercen por medio de la palabra y a través de los órganos de prensa y difusión que controla también el Poder del Dinero al servicio de la Subversión Comunista».

Por ello, es de un simplismo peligroso creer -como creen incluso no pocos militares- que la actual ofensiva contra las Fuerzas Armadas del gobierno de Kirchner y sus secuaces se circunscribe al tema de los desaparecidos, los golpes de Estado, o los mentados «excesos» durante la represión del terrorismo. Es de cándidos o de cómplices creerlo; como es de necios dar por ciertas las palabras presidenciales, según las cuales, la defensa de los derechos humanos no supone un ataque a las Fuerzas Armadas. Así como está conceptualmente diseñada esa defensa de los derechos humanos, y en las manos a las que se les ha confiado, está claro que sólo son un recurso específico para tener en un eterno banquillo de acusados a las Fuerzas Armadas y de Seguridad. La Verdad y Justicia que ha invocado Kirchner ante la Fuerza Aérea, como condiciones para forjar y gobernar al país, sólo serán reales cuando comience por decir la verdad sobre la agresión marxista a la Argentina que él y los suyos protagonizaron, y se disponga a ser juzgado por tamaña tropelía.

Lo que se persigue en el fondo, aunque para ello tengan que andar con dos pasos adelante y uno atrás, es la destrucción de la esencia, la identidad, la vocación y el destino de las Fuerzas Armadas; el cuestionamiento del sentido de su existencia, tanto como del sentido de sus dos guerras justas del pasado reciente: la librada contra el Comunismo y la librada por la reconquista de Malvinas. Lo que les molesta de las Fuerzas Armadas a estos supérstites del montonerismo y de las gavillas erpianas alzados con el poder no es lo que tienen de malo, en la medida en que participan de los errores del mundo moderno por haber claudicado de su prosapia sanmartiniana, es lo que conservan de bueno como vestigio y remanente de su grandeza fundacional. Lo que les perturba no es lo funesto que tienen en común con las demás instituciones del Régimen, en tanto y en cuanto no han escapado al sistema liberal y a la criteriología materialista; lo que les perturba, decimos, es lo que resta y puede quedar en ellas como signo y distintivo de su original condición épica. Lo que les quita el sueño a los enemigos de las Fuerzas Armadas no son los ilícitos del Proceso -en los que participaron tantos civiles-, son los actos lícitos que han emprendido y pudieran emprender los guerreros en defensa de Dios y de la Patria. No son los golpes los que los inquietan -siempre habrá un Sábato para almorzar con Videla, un Lanusse para mesar las barbas de Graiver, un Massera para fundar un partido socialdemócrata, un Menem para abrazarse con Martínez de Hoz, un Harguindeguy para confraternizar con Alfonsín y un Bignone para traspasarle el mando- sino las guerras justas inconclusas y pendientes, cuyo triunfo les acarrearía el fin estrepitosamente. Proseguir esas dos guerras justas sería hoy el verdadero freno a tanta iniquidad desatada.

De ahí esta continua prédica antimilitar, este querer desarmar las inteligencias y las voluntades de los cuadros, este afán sistemático por despojar hasta el último resabio nacionalista y cristiano en los cuarteles e institutos militares, esa pertinaz humillación a que se los somete, esa emponzoñada falsificación histórica que hace de todo militar un villano y de todo guerrillero un idealista. Tropa que no se enorgullece ni combate: tropa desmoralizada; tropa perseguida, acorralada, indigente y pacifista: tropa definitivamente vencida. Tropa odiada por la plebe y usada por el Poder Mundial: tropa rendida. Tropa conducida por sus propios mandos hacia la pleitesía al enemigo: tropa deshonrada e inoperante. Tropa de oficinistas y licenciados en relaciones internacionales: tropa mercenaria en contra de los intereses de la Nación. Es el «Ejército Nuevo» del que hablaba Lenin.

Algo deberían saber sin embargo los artífices de tamaña ofensiva anticastrense. Algo que ellos mismos están desatando con su ceguera y despertando con su griterío destemplado. Deberían saber que pueden quedar restos indoblegables del Ejército Viejo, del que nació con la Patria, no con la democracia. Del que peleó en Obligado, Manchalá, Monte Chingolo, Bahía Agradable o La Tablada. Del que no se alistó para soportar los vejámenes de los enemigos sino para hacerles frente. Deberían saber la doctrina spengleriana del último pelotón; aquel que hastiado de ver el suelo natal en ruinas, lo sacro profanado, el uniforme escupido, la bandera arriada y el honor ultrajado, se lanza al combate por la reconquista de la Civilización. Deberían saber, en suma, el juramento del que son capaces los guerreros en la adversidad; aquel que entreviera Larteguy, cuando pone en boca de uno de sus centuriones la noticia de que de tantos días aciagos, por reacción viril y consiguiente reconquista, puede salir una acerada milicia y una Nueva Nación. Y levantando su copa bebe por la victoria, porque esta vez ya no necesitamos derrotas.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: