Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 91 (08)
Sábado, 03 abril a las 10:24:36

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

UN HOMBRE AUTOEXIGENTE
Por Enrique Hermana

Existen abundantes manifestaciones de personas que sostienen, en diversos marcos que no hay por qué detallar aquí, que la Falange murió con José Antonio. Es un tema abierto a discusión permanente, pues no se zanja con una comprobación efectiva, que sirve para resaltar la especial circunstancia de un fundador con su obra. Algo que no se estima en otros casos que pudieran ser considerados análogos: Ni el PSOE murió con Pablo Iglesias, ni el PP lo hará con Fraga, ni el comunismo lo hizo con Lenin. Ni siquiera el nacionalismo vasco murió con Arana, su inventor exclusivo.

No se recuerda esto aquí para cuestionar la pervivencia de diversos grupos e incluso multitudes falangistas, sino para destacar que la personalidad del fundador de la Falange ha mantenido una relevancia muy superior a su obra. La Falange prestó grandes servicios a España y encandiló a una fracción importante de diversas generaciones de españoles. Ha supuesto también importantes frustraciones para esas masas encandiladas, decepcionadas al comparar la realidad con sus ilusiones. Pero la estimación entre ellos de la persona de José Antonio permanece incólume, incluso para esos frustrados. Se puede aventurar que el crédito, grande o escaso, de los actuales y dispersos grupos falangistas deriva más del estilo y las frases que en su día elaboró el principal fundador de la Falange, que de sus programas políticos actuales, en su mayor parte difusamente conocidos. Y que la enemistad actual de los partidos políticos dominantes hacia esos grupos se basa más en el temor al impacto o repercusión permanente de esas frases que a temor por la competencia electoral de sus programas políticos.

Esa dicotomía entre la estimación pública de un político y la de su obra tiene una explicación clara: José Antonio es reconocido como un personaje de calidad egregia. Una calificación aplicable sólo a algunas facetas de la Falange. Y oscurecida, en este segundo caso, por aspectos de ese Movimiento que han dejado mal sabor de boca en el pueblo español. Pero repito que no se trata aquí de considerar la Falange, sino ese reconocimiento generalizado de la calidad personal de quien ha sido y es reconocido como su Fundador.

José Antonio Primo de Rivera y Saénz de Heredia fue un aristócrata de nacimiento y vida. Nacido en una familia acreditada con abundantes servidores a España, fue educado en normas de noble autoexigencia y servicio, a las que se atuvo toda su corta vida. Desde sus años infantiles y su elitismo juvenil, procuró permanentemente conseguir calidad, tanto en su vida intelectual como en comportamiento personal. Su sincera fe religiosa, sus cualidades intelectuales y su actitud decidida son facetas esenciales de esa calidad procurada. Una actitud decidida que fue a menudo tildada de chulería señoritil por sus adversarios de menor categoría intelectual, pero que no parece sino consecuencia de la concepción esencial en su comportamiento vital, que no le permitía rehuir situaciones conflictivas. Puede que la gresca con Queipo de Llano sea achacable a una concepción arcaica de soluciones a conflictos de honor, pero parece claro que progresivamente se avergonzó de lo que llegó a considerar exabruptos impropios de su pretensión de elegancia.

Su búsqueda de la elegancia personal le llevó al elitismo de las «cenas de Carlomagno» y a cultivar grupos selectos de amigos, pero sobre todo a su convencimiento de que la acción política correspondía a minorías, más que a masas, distanciándose así de las corrientes de su tiempo. Su «inasequible al desaliento» es la expresión más conocida de ese convencimiento de que las minorías deben ser fermento capaz de transformar las masa popular en la dirección y el sentido adecuados. Para ello velaba tanto por la calidad intelectual de la transformación ambicionada como por la corrección personal de los convocados a procurarla.

De lo primero estaba suficientemente satisfecho, como lo prueba su convencimiento de que, aunque él y sus compañeros no llegasen a ver en vida el triunfo de su Falange, las generaciones siguientes lo procurarían igualmente. Estaba convencido de que el planteamiento intelectual de la Falange era riguroso y correcto. Los puntos programáticos muestran una preocupación clásica, de valía permanente, tanto por los propósitos que indican como por las declaraciones expresas relativas a la concepción de la persona, sobre la que establecer los criterios de actuación política. Y por la claridad del texto expositivo, modelo de concisión e información. Dejando aparte la cuestión de la validez actual de sus propósitos, es evidente que quien redactó esos puntos tenía capacidad para condensar en un texto reducido una panoplia de propósitos políticos adecuados para la España de los años treinta. Alguno de esos propósitos, como la actuación en política agraria y forestal, o en promoción social, marcaban las directrices de lo que se ha hecho en las décadas actuales: desarrollo intensivo de las producciones y redistribución de la población y del destino de los terrenos. Y desaparición de la lucha de clases en la sociedad española. Cabe hacerle reproches, tales como la confusión entre el poder militar propugnado y la enteca realidad económica que lo debía sostener, por ejemplo. Pero se trata de omisiones achacables a una aproximación prioritariamente humanista, escasamente tecnológica o economicista, a los temas. Un fallo demasiado generalizado en aquellos años en España.

La segunda cuestión, la calidad personal de los convocados a realizar esos propósitos, fue algo continuamente procurado, pero sin engañarse respecto a los resultados. Aunque conmovido y condicionado por las entusiastas adhesiones personales que suscitó, advertía que en caso de triunfar, «tendría que licenciar inmediatamente a muchos de los suyos», pues los consideraba incapaces de dirigir las transformaciones diseñadas. No confundía el aprecio a la generosidad y entrega de sus seguidores con la estimación adecuada de las dotes intelectuales de éstos.

La autoexigencia de calidad se manifestaba en todas las facetas de su vida. Su aprecio del poema de Kipling, «serás hombre»; sus alusiones frecuentes a sus versos, según han recordado sus próximos, es indicio de su permanente actitud de procurar que todas sus actuaciones se atuviesen a normas estrictas de criterio y comportamiento. Una exigencia de criterio correcto que le hacían añorar una vida tranquila «de matemático del siglo XVIII» o lamentar que su jefatura política le forzara a aparentar que no tenía duda alguna en sus juicios u opiniones sobre lo que fuera. Una autoexigencia y claridad de criterio que, tras conocer, a la vuelta de una cacería, la noticia de la muerte de Matías Montero, le hicieron anunciar que eso había sido el último acto frívolo de su vida. O que le hizo responder con severidad amable a aquél militante «a quien Dios no había tenido de su mano», al reprochar la escasa virulencia de los textos en cuya venta se jugaba la vida.

Su aprecio de lo mejor, en la faceta humana que tratase, le hizo expresarse a favor de Picasso, Prieto, García Lorca o Azaña, por citar sólo algunos de los personajes aparentemente más alejados de sus ideas. Lo mismo que apreciar expresamente lo mejor de vascos o catalanes, cuyo nacionalismo combatía. O desdeñar los actos o comportamientos que consideraba vacuos, fuesen estos las gesticulaciones autoritarias de la CEDA, las espectaculares demostraciones nazis («mero romanticismo»), el corporativismo («buñuelos de viento») o el mismo fascismo. Se definió continuamente como un adherido a los valores clásicos, permanentes, y enemigo de la improvisación. Incluso se preocupaba, horas antes de su ejecución, por la posibilidad de no comportarse adecuadamente en el momento trágico de su muerte. Coexistiendo todo ello con un talante humorístico y con una advertencia a los suyos de que «no es posible servir a la Falange sino desde la alegría».

Puso tan alto el listón de dirigente político que todos sus sucesores o seguidores se han visto afectados por la dificultad de sobrepasarlo. Y quizás en ello, más que en la adaptación del programa a la situación actual española, radique la dificultad de esa tarea, en la que han fracasado tantos.

Pero esa búsqueda de la calidad, que él mantuvo a lo largo de su vida, es algo de vigencia permanente. Y más en esta España actual, tan necesitada de competitividad en un mundo globalizado, y tan plagada de bazofias de todo tipo servidas como alimento intelectual a un pueblo «rico en virtudes entrañables». El personaje de José Antonio es hoy ocultado deliberadamente a la juventud, como protestaba en su día Rosa Chacel, impidiendo que esa juventud española quede «deslumbrada», como quedó ella, por su personalidad. Se trata, naturalmente, de un fallo duradero de quienes han estado, o estamos, obligados a propugnar esa ejemplaridad. Una España intelectual, cultural y moralmente desconcertada; a menudo, si no permanentemente, en conflicto con su propia historia, busca fuera modelos humanos que tiene a su disposición en casa. En un mundo que exige superior calidad en todas las confrontaciones, nosotros silenciamos a una persona ejemplar, egregia, en razonamientos y actuaciones. La juventud actual, que lo desconoce, podría tenerlo como modelo de personalidad, en vez de los extraños que acostumbramos ver en diversas camisetas. Pero, sobre todo, la sociedad española podría tenerlo como referencia integradora de diversas tendencias que, pese a los propósitos y actuaciones enconadoras de la superestructura política partidista, sólo están aparentemente enfrentadas. Cabe preguntarse si en este sueño político de ejemplaridad nacional española, su obra, la Falange, es hoy ayuda o estorbo. David Jato advertía, a mediados de los setenta, que si hubiera que refundar la Falange, debería hacerse con otro nombre. Es un tema a debatir, pero que queda aparte de este principal: la necesidad para la España actual de proclamar la ejemplaridad de una persona asombrosa, en tantos aspectos, cuyo silenciamiento u ocultamiento nos perjudica como Nación.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: