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Altar Mayor - Nº 91 (07)
Sábado, 03 abril a las 10:26:55

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

LA MUJER EN EL PROFETISMO (y 4) - (Israel, antes y después de la monarquía)
Por Constantino Quelle

LA MUJER DE URÍAS, EL HITITA

Al iniciar esta última parte de nuestro trabajo, deseamos resaltar lo que, no por sabido en muchas ocasiones, y a través de la historia occidental y cristiana, se ha tratado de ocultar: La mujer se salva en su condición de fémina, al igual que el hombre en su condición masculina. Aristóteles estaba equivocado cuando afirmaba que la mujer era un varón fracasado. O cuando San Jerónimo proclamaba que la mujer que deseara servir a Dios, podría ser llamada hombre.

Santa Teresa en su condición de fémina escribe «¿No basta Señor, que nos tiene el mundo acorralado... que no hagamos cosa que valga nada por vos en público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto?». ¿Cúales serían las verdades que la santa podría llorar hoy? Estas verdades tan obvias en países democráticos y libres como los que conforman la actual Europa, no es preciso señalarlas, cuanto más en el seno de nuestra iglesia católica.

El hecho de que recordemos aquí tiempos obsoletos se debe a que, a nuestro juicio, y salvando las distancias socio culturales, estamos volviendo a caer en los mismos errores. El androcentrismo ha variado, pero sigue existiendo. Santa Teresa seguiría llorando en secreto... aunque hoy su secreto fuera a voces.

El hombre, para serlo, tiene que mirar con ojos de mujer y la mujer con ojos de hombre. Esta realidad antropológica trasciende la simple visión de la fémina desde lo masculino y viceversa. No se trata, por tanto, de dar a la mujer los mismos derechos que al hombre. Sencillamente porque nadie tiene derechos adquiridos sobre nadie. ¿Por qué hacemos esta afirmación? Porque estamos, desde la visión masculina de la historia, volviendo a proclamar lo que es la mujer. Incluso la Iglesia jerárquica cuando afirma desde la proclamación de la Carta Pastoral Mulieris dignitatem que lo humano guarda referencia a lo femenino, nos tememos que se hace desde la visión parcial de lo masculino.

Trascender el estar, nos lleva al ser. El hombre necesita completar su antropología con la de la mujer. Sólo así llega hasta el ser. Quien ha sabido trascenderla hasta llegar al celibato por amor a Dios en el todo, y no en lo particular, sabe por experiencia la verdad que aquí tratamos de explicar. Hemos de aprender a ver a la mujer desde el sentimiento femenino que tiene todo hombre en su interior y que necesita ampliar y completar cuando sale a la búsqueda de ella. Entonces nos encontramos con una cierta capacidad para entender lo femenino que hay dentro de nuestra propia experiencia masculina.

Esta antropología es idéntica desde la otra orilla. Cristo siempre nos lanza a la otra orilla. Posiblemente haya muchas más orillas de las que imaginamos. La historia con la que terminamos de formar nuestro tríptico está inmersa en la salvación universal y pretende, no ya pasar a la otra orilla, sino trascender toda orilla.

Las mujeres son motivo de salvación y/o de condenación, igual que los hombres. Rut y Débora son salvación para el pueblo aunque quien no trascienda sus historias quede preso de la letra que las componen. Ahora la mujer del hitita va a ser protagonista de la salvación universal, aun a pesar de que ella se sienta condenada.

Nuestra historia comienza con el anonimato que reclama la sociedad: la mujer de Urías, el hitita. Ella no es nadie. Simplemente es la mujer de otro. Para comprender esta historia, hay que dejarla en el anonimato, como lo hace Mateo. De la mujer de este hombre nacerá Salomón, el gran sabio de Israel. Para comprender su sabiduría conviene trascender la génesis de su devenir. Un devenir marcado por una terrible concatenación de sucesos que culminarán en el nacimiento del sabio por excelencia.

«David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón» (Mt 1, 6). La frase mateana no tiene desperdicio. Ella es la que nos hace pensar que Mateo, aunque judío, vive la experiencia del resucitado trascendiendo su condición semita y patriarcal. Sin embargo, la sociedad patriarcal en la que se mueve su escrito, no habría traspasado las lindes de lo personal si no no hubiera sabido guardar las formas establecidas. Esta afirmación es válida en cualquier sociedad. Los evangelios son textos que siguen moviéndose en una sociedad regentada por hombres. Ésta permitió su difusión porque, a primera vista no parecían peligrosos. Mateo, como el resto de los escritores neotestamentarios, guardan las formas para poder revelar el fondo.

En el segundo libro del profeta Samuel se narra la historia de la mujer de Urías. Esta narración se inserta para dar a conocer la génesis del rey Salomón. Su padre, David, era rey de Israel en tiempos del profeta Natán. Aunque la historia de la salvación, tal y como hemos visto, era, en muchas ocasiones, sutilmente guiada por mano femenina, la sociedad patriarcal seguía dejando su impronta. En los acontecimientos ocurridos a la mujer del hitita esta impronta es terrible. Mas no puede ocultar, nuevamente, la huella femenina y, precisamente, a través de su total nulidad.

Un día David ve a escondidas «...a una mujer que estaba bañándose y era muy bella. Hizo preguntar David quién era aquella mujer y le dijeron: Es Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías el hitita» (2 Sa 11, 2-4). El autor de este texto nos ha presentado a una mujer, desde la óptica masculina. Ella está desnuda y es bella. Esta afirmación tan machista nos retrata el uso y valor de la mujer en la época monárquica. Aquella mujer por la que pregunta David es de Eliam, como padre y de Urías como esposo. Pertenece, cual propiedad, a un hombre, exactamente igual que el ganado, la casa, los enseres, etc.

El rey David, con lo que ha visto y ha oído, no necesita más información. ¿Qué hace? «David envió gente que la trajese: llegó donde David y él se acostó con ella, cuando acababa de purificarse de sus reglas». Esta traducción corresponde a la Biblia de Jerusalén. Deseamos insertar a continuación la traducción que la Nacar-Colunga hace de este pasaje: «David envió gentes en busca suya; vino ella a su casa y él durmió con ella. Purificada de su inmundicia, volvióse a su casa».

En la primera traducción vemos el realismo de la época en la que suceden los hechos. David se informa y espera el momento en el que ella no tiene la regla, para establecer relaciones sexuales. Con la regla él se habría contaminado de la impureza de ella (Lv 20,18). El texto nos dice que acababa de purificarse de sus reglas. Obsérvese la ironía y sarcasmo del autor que, como hombre de fe, nos relata, entre líneas, su auténtico sentir. David no quiere contaminarse de la impureza de ella, cuando es él quien va a cometer la vil impureza e infamia de la violación.

¿Qué sucede con la segunda traducción? El machismo ha recorrido tres mil años de historia. Sigue, ahí, aquí, tan latente como entonces. Aunque las gentes van a buscarla, es ella la que viene. Él sólo duerme con ella. ¿Qué habrá hecho esta mala mujer, con este buen hombre durante la noche, para que a la mañana siguiente se tenga que purificar de su inmundicia? ¡Ella se tiene que purificar de su inmundicia! Ella se vuelve con el pecado a casa. ¡Ella es nuevamente la Eva que ha engañado a Adán, aunque el falo (simbolizado en la serpiente) lo haya puesto inocentemente él!

David no ha hecho absolutamente nada. Ni siquiera le ha preguntado si acepta o no la violación. La primera palabra que sale de los labios de esta mujer es: «Estoy encinta» (2 Sa 11,5). La mujer no merece respeto alguno. Como posesión de otro, David saquea una vez más (en este caso, el motín es bien pobre, una simple mujer). No se nos cuenta las veces que realizó el saqueo, se nos avisa que está embarazada.

Ella como mujer nada puede decir, de ahí que sea en el papel de madre que la oímos exclamar: Estoy encinta. Habla la madre, no la mujer. En la sociedad machista, ya lo hemos indicado, se oculta a la mujer tanto como se ensalza a la madre. Es lógico, la consecuencia de la maternidad, implica al varón. David, como tantos otros a través de la historia, no quiere responsabilidades.

Si antes como hombre ha ordenado a la mujer, ahora como rey ordena al marido que regrese del campo de batalla: «Baja a tu casa y lava tus pies. Salió Urías de la casa del rey, seguido de un obsequio de la mesa real. Pero Urías se acostó a la entrada de la casa del rey, con la guardia de su señor, y no bajó a su casa» (2 Sa 11, 8-9).

Si la parte central de este tríptico lo hemos titulado: «Rut, la sierva de Yahvé», esta historia bien podría llamarse «el siervo de Yahvé». Urías va de cabeza como oveja al matadero. Pero su actuación es tan sublime, que bien mereció ser recordado en la genealogía de Jesús. Mateo recuerda su nombre y omite el de ella; ella queda anulada y es en este anonadamiento donde brilla con luz propia y le hace brillar a él.

Urías es hitita, se encuentra al servicio del ejército de Israel; un hombre que está peleando por la vil paga. David es el ungido de Yahvé. Ya hemos visto la felonía que ha cometido. ¿Está arrepentido? No, está tratando de ocultar lo sucedido. ¿Cómo? Mandando a Urías que se acueste con Betsabé. De esta forma el hijo que va a nacer tendrá un padre reconocido y David podrá dormir tranquilo.

La historia de la salvación comienza a perfilarse en estos acontecimientos tan escalofriantes. Urías, el extranjero, da muestras de conocer a Yahvé mejor que su ungido: «Preguntó David a Urías: ¿No vienes de un viaje? ¿Por qué no has bajado a tu casa? Urías respondió a David: El arca, Israel y Judá habitan en tiendas; Joab mi señor y los siervos de mi señor acampan en el suelo ¿y voy yo a entrar en mi casa para comer, beber y acostarme con mi mujer? ¡Por tu vida y la vida de tu alma, no haré tal!» (2 Sa 11,10-11).

El proceder de David se contrapone al proceder de Urías. Este hombre, sin ser judío, recuerda el arca de Yahvé, el pueblo de Israel, la tribu de Judá, y hasta la propia alma del monarca. David se ha olvidado de todo al hacer su felonía, de Yahvé, del pueblo, de su tribu, y de su alma. Urías se lo está recordando, simplemente, porque se encuentra incapacitado para visitar a su esposa, mientras los compañeros sufren en la batalla. Urías no puede acostarse en su lecho y gozar, mientras los demás sufren. Como el siervo de Yahvé, hace propios los males ajenos.

El rey David trata de torcer este buen comportamiento usando todas las artimañas posibles: «...al día siguiente le invitó David a comer con él y le hizo beber hasta emborracharle. Por la tarde salió y se acostó en el lecho, con la guardia de su señor, pero no bajó a su casa» (2 Sa 11, 12-13). Urías es la antítesis del rey. ¡Ni borracho es capaz de bajar! El texto provoca incesantemente esta bajada, como si ella fuera un pecado para Urías. Ante la negativa a bajar, de quien puede hacerlo, está el levantarse con el que se inicia el relato: «Un atardecer se levantó David de su lecho» (11, 1). Todo el contexto se realiza con nocturnidad y alevosía. David, levantado, no ha podido caer más bajo. Su pecado queda al descubierto ante el proceder del siervo.

¿Qué hacer? «Poned a Urías frente a lo más reñido de la batalla y retiraos de detrás de él para que sea herido y muera» (2 Sa 11, 15). La carta que envía a su hombre de confianza no puede ser más clara. ¡Matadle! El crimen de David se oculta con la muerte del inocente. Mas la muerte del inocente, como siempre, lleva consigo otras muertes. Cuando se le informa a David de estas últimas muertes monta en cólera contra su jefe Joab. «¿Por qué os habéis acercado a la muralla para luchar?» (2 Sa 11,22).

Joab conoce la pregunta antes de ser formulada, como todo cuanto pueda objetar David (2 Sa 11,18-21). De ahí que deje para el final «También ha muerto tu siervo Urías, el hitita. Entonces David dijo al mensajero. Esto has de decir a Joab: No te inquietes por este asunto porque la espada devora ya a uno ya a otro» (2 Sa 11,24-25). Al oír que ha muerto Urías toda su cólera desaparece. Poco importan las muertes de sus valientes, esos que el texto no dice que abandonaran a Urías, ¡mueren con él!, aquí el único cobarde es David.

«Supo la mujer de Urías que había muerto Urías su marido e hizo duelo por su señor. Pasado el luto David envió por ella y la recibió en su casa haciéndola su mujer; ella le dio a luz un hijo; pero aquella acción que David había hecho desagradó a Yahvé» (2 Sa 11, 26-27). Todo ha sido consumado dentro del orden establecido. Ahora David puede «recibir» a Betsabé. La sociedad que él representa y que trata de manejar a su capricho, se lo permite. Betsabé, se convierte en esposa y le da un hijo.

El humillado Urías comienza a ser ensalzado. ¿Cómo? El profeta Natán es enviado por Yahvé para despertar a David. La parábola que sirve de detonador nos recuerda que jamás un hombre de fe podría levantarse del lecho y producir tanta maldad. ¡Menos el ungido de Yahvé! La parábola del hombre rico que mata la única oveja del hombre pobre para dar de comer a su invitado, encoleriza a David: «¡Vive Yahvé! que merece la muerte el hombre que tal hizo [...] Entonces Natán dijo a David: Tú eres ese hombre» (2 Sa 12,1-7).

La comparación de la oveja nos remite nuevamente a la figura del siervo doliente. Siervo que en su figura nos recuerda a Urías, pero que en su interior nos acerca a Betsabé. Ella no ha pronunciado nada más que dos palabras: estoy encinta. Ahora David, ante el hurto de la oveja, se encoleriza. ¡Cuánta hipocresía encierra su bondad! Pero es mayor la hipocresía que encierra la sociedad machista que nos dibuja el autor del libro de Samuel, cuando compara el robo de la oveja con la violación que se ha hecho y se sigue haciendo con Betsabé.

«David había tomado también por mujer a Ajinoam [...] y las dos fueron mujeres suyas (la otra que no menciona el texto es Abigail). Saúl había dado su hija Mikal [...] a Palti» (1Sa 25,43-44). «Tomó David más concubinas y mujeres de Jerusalén...» (2 Sa 5,13-15). David, como el rico de la parábola tenía muchas «ovejas», sin embargo se le antoja la del pobre Urías. La comparación entre la oveja y la mujer dice a todas luces el valor de esta última, y ello ¡en labios del profeta Natán!

Los infortunios del rey David tendrán en este comportamiento su explicación. Yahvé le «castigará» con la muerte de este hijo, al igual que le fue «castigando» con la muerte violenta de sus hijos Amnón, Absalón y Adonías. «Hirió Yahvé al niño que había engendrado a David la mujer de Urías y enfermó gravemente» (2 Sa 12,15). El autor, como siglos después Mateo, no quiere que el lector olvide que estamos hablando de la mujer de Urías. Este dato nos parece de suma relevancia a la hora de aprehender el mensaje ¿Por qué? Porque en esta aprehensión se encuentra, a nuestro juicio, la exaltación de Urías y la humillación de David.

La mujer de Urías ha sufrido calladamente y en recompensa ¡Yahvé hiere de muerte a su hijo! Toda la historia gira alrededor del placer o del sufrimiento de David. ¡Ella es de piedra! ¡Ella no tiene sentimientos! ¿Quién se ocupa de esta mujer? ¡Nadie! Ni siquiera Yahvé. Esa es, al parecer, la situación reflejada. El niño enferma y David llora, el niño muere y David «se levantó del suelo, se lavó, se ungió y se cambió de vestidos [...] Sus servidores le dijeron: ¿Qué es lo que haces? Cuando el niño aún vivía ayunabas y llorabas, y ahora que ha muerto te levantas y comes» (2 Sa 12,20-21).

¿Por qué David cambia tan radicalmente su actuación? Estimamos que en ella refleja el autor la hipocresía de la sociedad patriarcal. David llora como «buen padre» la enfermedad de su hijo, pero cuando este muere, ¿qué sucede? Que su comportamiento cambia. ¿Por qué? Porque si aplicamos a lo sucedido la ley de levirato, el hijo que nace es de Urías y no de David. El texto no indica que Betsabé hubiera tenido anteriormente más hijos, antes bien nos recuerda que el hijo que engendra David lo hace dentro de la mujer de Urías. Por tanto este hijo es de Urías. Lógicamente cuando muere, David deja de sufrir.

Ahora bien, ¿dónde encontramos la exaltación de Urías? Al finalizar la historia se nos anuncia lo siguiente: «David consoló a Betsabé su mujer, fue donde ella y se acostó con ella; dio ella a luz un hijo y se llamó Salomón. Yahvé le amó» (2 Sa 12,24). Meditando como Débora, pensando como Noemí, actuando como Rut, o callando como Betsabé, el río de la vida transcurre entre las turbulentas aguas de la historia. Por primera vez se escucha una palabra de cariño hacia Betsabé, que ya no es mujer de Urías, sino suya. David consuela a Betsabé.

Lógicamente volvemos a observar que el consuelo consiste en volverla a dejar encinta. El mundo patriarcal no ve otra forma posible de consuelo para una mujer. ¡Ella, o es madre, o no es nada! Betsabé vuelve a ser madre. Por primera vez surge también, en esta historia, la palabra amor. Yahvé ama a Salomón. El hombre que pasados los años y después de mil y una peripecias será nombrado rey de Israel, sabio entre los sabios. El hijo de David, según la carne... mas no según la ley.

¿Por qué hacemos esta afirmación? Porque Salomón pertenece por ley a Urías ya que murió sin descendencia. David es padre según la carne, ¿será éste el motivo por el que Mateo lo inserta en su genealogía? Quien aprehenda el mensaje podrá intuir ahora, que lo que va a nacer no es hijo ni de la ley ni de la carne, es hijo de Dios.

David es el engañador, engañado por su propia ley. Betsabé con su silencio es la única que conoce lo que está sucediendo pero no puede decir nada. El hombre de fe tiene que descubrirlo por sí mismo. Salomón es desde su gestación prototipo de la sabiduría de Dios. La historia de Betsabé se amplía y confirma en el primer capítulo del libro de los reyes. Aquí Betsabé habla, pero esa ya es otra historia. Sirva aquí únicamente para explicar que su hablar provoca en el ya viejo David, la consagración de su hijo Salomón como rey de reyes (1 Re 1,1-40).

Mateo oculta el nombre de Betsabé, destaca su silencio para resaltar a Urías y provocar la amorosa sonrisa del hombre de fe. Un hombre que no está hecho para el sábado y que se encuentra por encima de la ley. Pero en la historia de Mateo la ley ha tenido que ser transcendida más allá de la letra ¿Cómo? Meditando con Jesús en el monte, bajo la higuera, junto al olivo, a la sombra del ricino, bajo la palmera... todo devenir necesita ser transfigurado. Así el del hombre y el de la mujer para ser Cristo, en Dios. Y el que tenga oídos para oír... (ver nota).
 

CONCLUSIÓN

No es posible concluir lo que se está iniciando. Esta monografía sobre la mujer en el mundo bíblico es una aportación más al movimiento que nos conduce, lenta pero inexorablemente, a los albores de un nuevo paradigma para la comprensión del ser humano. Un ser que se manifiesta como varón o como hembra, pero que en definitiva, y tal como indicamos al inicio de este ensayo, representa para el otro: la otra orilla que encauza el río de su vida.

No hay río sin dos orillas. Ellas forman y condicionan su existencia. Ellas encauzan las aguas. Al final del cauce: la mar. Quien prescinde del río no puede llegar al mar. Sólo los iniciados han sabido trascenderlo. Inundados en el océano nos muestran el curso que hemos de seguir. A veces pretendemos imitar su llegada, cuando únicamente podemos imitar el inicio de su salida.

El célibe por el reino ha trascendido este acontecer. Por ello sabe por propia experiencia que no hay forma posible de llegar al mar si no es bogando. Este trabajo se ha realizado desde el río de la vida. Desde los que intentan salir y recorrer sus aguas con la mirada puesta en la llegada: Cristo.

Cuando concluimos observamos que muchos (mundo patriarcal) no han podido trascenderlo porque, simplemente, no lo han cruzado jamás. El desconocimiento de la «otra orilla» lleva a temer su existencia. El temor es ignorancia, ya que ambas orillas forman el cauce por donde transcurren lentas, tumultuosas o las más de las veces, ignoradas, las aguas de nuestras vidas.

Cuando desaparece una de las dos orillas, el agua se desborda, el río se pierde, la humanidad confunde el horizonte y la mar se sueña inalcanzable.

Las personas religiosas que han alcanzado el océano señalan el cauce que cada cual ha de navegar de forma única e intransferible. La Biblia es un gran río; para los que nos confesamos cristianos, ¡el río universal de la experiencia humana! Su cauce nos lleva como al pequeño Moisés, a la salvación: al océano de la resurrección, a la tierra prometida.

Cristo es el océano que acoge todas las aguas. En Él no hay varón ni hembra. Pero quienes no hemos llegado a la meta, seguimos formando el río desde una concreta orilla. En los breves intervalos de resonancia crística trascendemos sus aguas, tomamos aire y así podemos superar las múltiples ocasiones en las que la tempestad de la vida nos arroja hacia aguas turbulentas. Con este intervalo de aire (espíritu) intentamos bracear hacia aguas tranquilas.

Hemos parado el curso de nuestro río bíblico en un instante del devenir monárquico de Israel. Allí hemos levantado tres diques, resaltando, con imágenes concretas, lo que aquí señalamos a través del símbolo.

La mujer, en la historia patriarcal, ha sido la orilla temida para los que nunca han cruzado el río y la orilla odiada para los que nunca han aprendido a nadar. El hombre de fe de todos los tiempos surca las aguas y cruza con respeto y admiración a la «otra orilla» para aprehender el misterio que hace posible su existencia y la del río. Suponemos que la mujer de fe que no ha llegado, asimismo, hasta el océano crístico, nadará con el mismo respeto y admiración hacia la orilla opuesta.

Personalmente y de manera especial, me siento deudor de mis compañeras teólogas, por haberme enseñado, y confío que lo sigan haciendo, «otras formas de nadar». Este ensayo es un intento. Confieso haber tragado mucha agua, pero más han debido de tragar ellas en la travesía de sus vidas.
 

__________________
NOTA

Estimamos que en este contexto es de aplicación la ley de levirato. Puede objetarse que Urías no es judío y, por tanto la ley no exige su aplicación. No creemos posible esta interpretación por las siguientes causas: Betsabé es judía. Se nos indica su origen con la mención del nombre de su padre tal y como era costumbre. Urías, aunque extranjero, vive bajo la tutela de la ley israelita que debe cumplir como uno más. De hecho el texto nos informa que Urías es un estricto cumplidor de la ley y que incluso, moralmente, da lecciones al propio rey.

La casa de Urías no debía estar muy lejos del lugar donde se estaba bañando Betsabé y a su vez, este lugar debía estar muy cerca del palacio, ya que David la ve bañarse desde la terraza. Si Betsabé vive tan cerca es porque de hecho, debía pertenecer a la tribu de Judá con todos los derechos y obligaciones de pureza e impureza ritual que marca la ley. De estas obligaciones nos deja constancia exhaustiva el texto y precisamente en lo que atañe a Urías cuando ha de lavarse los pies antes de meterse en el lecho con su mujer.

Creemos que estas consideraciones son suficientes para demostrar que Urías, que además era del ejército de David, estaba bajo la ley judía. Pues bien, el texto nada nos dice que hubiera tenido hijos. La belleza que cautiva a David habla más bien del cuerpo de una mujer que todavía no ha parido. Al morir Urías sin descendencia, el primer hijo de su mujer, según la ley y que permanezca con vida, es de la estirpe del padre muerto. Esto nos lleva a concluir que Salomón no es, según la ley, de la estirpe de David, sino de Urías.

A tenor de lo expuesto la genealogía de Jesús adquiere un notable cambio que a nuestro juicio, es el que desea resaltar Mateo cuando presenta a Cristo, como hijo de Dios. Jesús rompe todos los cánones establecidos desde antes de nacer; por esta razón, Mateo, intercala previamente al resto de las mujeres que interfieren en la historia de Israel. Ahora, quien ha comprendido su teología puede asimilar que Jesús, siendo, según la ley de la estirpe de Urías, puede ser el salvador de Israel.

Esta hipótesis de trabajo nos permite comprender que Mateo, siendo judío y con una cultura fuertemente patriarcalista, introdujera a mujeres en su genealogía. Es más, de igual forma que deja constancia que Jesús, según la ley no es de estirpe davídica, deja constancia de que según la carne tampoco lo es José, al introducir nuevamente la fórmula: «Jacob engendró a José, el esposo de María» (Mt 1,16). La esposa de Urías y el esposo de María. Y es que Mateo nos está presentando a Cristo, el hijo de Dios. No hay estirpe ni sangre que pueda engendrarlo.

La genealogía de Mateo implica trascender la carne y la ley. Mateo al introducir a la mujer de Urías, trasciende la ley y al introducir a José, el esposo de María, trasciende la carne. José, según esta hipótesis, no demuestra que Jesús es de origen davídico ya que la mujer de Urías ha dejado constancia de lo contrario.

Posiblemente quienes estemos dispuestos a seguir trascendiendo la letra, podremos alcanzar la resurrección de su evangelio. Esta visión de su genealogía nos ha llevado a releer las historias de Rut y de Betsabé tal y como han sido expuestas. La historia de Débora ha conformado, asimismo, nuestro tríptico por ser, dentro de la época que hemos tenido que estudiar, una de las figuras señeras del naciente profetismo de Israel.


 
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