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Altar Mayor - Nº 91 (06)
Sábado, 03 abril a las 10:30:59

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

LA IMPOSTURA INTELECTO PROGRESISTA EN ARGENTINA
Por Alberto Buela

Introducción

El diario La Nación de Buenos Aires viene sacando una serie de notas tituladas «Los intelectuales y el nuevo país» en donde se han sucedido entrevistas, entre otros, a la literata Sarlo, al padre Basso, al economista Llach, al historiador Romero, a los escritores Aguinis y Kovaldoff y al profesor de filosofía Guariglia.

En realidad habría que contestarlas todas una por una, pero el propósito es responder y comentar el reportaje, publicado el 22-11-03, motivo por el cual nos decidimos a escribir el presente artículo.

Los intelectuales anteriormente reporteados han, de alguna manera, hecho algo en su medio. Beatriz Sarlo es una profesora de literatura argentina que dictaba una multitudinaria clase los sábados por la mañana y edita una revista que sale cuando puede, pero de algún nivel. El padre Basso es un teólogo liberal que no tiene muchos méritos intelectuales, pero realiza una gran actividad apostólica. El economista Llach fue ministro de educación de Menem. El historiador Romero es hijo de alguien famoso -su padre José Luis, interventor de la Universidad de Buenos Aires con el golpe de Estado de 1955, que dejó a cientos de profesores cesantes por ser sospechados de peronistas-. El escritor Marcos Aguinis es el mascarón de proa de la intellingensia judeo-argentina y Santiago Kovaldoff un teórico del sionismo en nuestro país, y, al mismo tiempo, vocero cultural actual de nuestra cancillería. ¡Argentina, país generoso!

¿Y Guariglia? Nada. Un oscuro profesor de filosofía que se jubiló enseñando más de lo mismo en la UBA. Trabajó desde siempre a la sombra de Ezquiel de Olazo, un porteñito vivo cuyo mérito fue escribirle una carta a Ferrater Mora comentándole que le faltaban algunos términos filosóficos a su famoso diccionario. Ambos dos, se pusieron a la cola del abogado Santiago Nino, principal teórico de Alfonsín, a partir de 1983.

En el limitado y encorsetado mundo de la filosofía en Argentina, nadie le da la menor importancia a Guariglia, sabiéndolo todo el mundo como un inepto para este saber.

Este es el motivo último por el cual el decano de filosofía, Schuster -de la troyca de Oscar Schuberoff-, en estos días no lo nombra profesor consulto. Y es correcto, más allá de las implicancias políticas, pues Guariglia es, en acertadas palabras del profesor Alfredo Mason, «un "progre" que, como tal tiene ideas de izquierda y un corazón liberal por eso puede ser tan gorila» y Schuster es socialista. La causa es que Guariglia es un mediocre y esto lo sabe el decano y todo el cuerpo de profesores, a pesar de haber podido dictar clase durante treinta años.

En realidad, sólo un mediocre puede dictar clases asidua, continuadamente y siempre lo mismo, durante tanto tiempo. Es de los tantos que pretenden imponerse no por la inteligencia sino por la insistencia. Esto es haciendo curriculum con cuanta charla, comentario de libros o artículo de difusión realiza. El «hacer currículo» es una técnica que se aprende siendo treinta años empleado del Estado, sea como investigador del Conicet o como profesor. Sobre esto último nos viene a la memoria el verso de Leonardo Castellani:

Busca un puesto aunque sea de babieca,
Y hace de empleado nacional vinchuca,
Hijos, cuentas, macanas y manteca
Hasta que la vejez que lo acurruca,
Lo introduce en la parca que lo seca.

 

El reportaje

Nace bajo el título «Los sindicatos acá se rigen todavía por un texto de Mussolini» como la frase más destacada de Guariglia. Y a partir de semejante ex abrupto desarrolla una serie de ideas que enumero y paso a criticar.

1. El mejor lugar para el filósofo es la universidad.

2. La democracia deliberativa es la mejor para el filósofo cuya tarea es argumentativa.

3. Nosotros cargamos aún con un problema que se extendió durante toda la república autoritaria desde el año 30 al 83: la idea que lo importante era el nacionalismo y el patriotismo... pero yo creo que el verdadero patriotismo es el patriotismo de la Constitución.

4. Este es el único país democrático donde seguimos teniendo una organización sindical regida por un texto de Mussolini (la carta del lavoro) y autoelegida.

5. Kirchner no tiene nada que ver con un patriotismo bien entendido como es el patriotismo de la Constitución.

6. En la universidad la exigencia de la regularidad es un deber moral.

7. El fenómeno del hambre está estrictamente conectado con la calidad de la democracia.

8. Soy filósofo y miro hacia el futuro. Yo hablo sobre el deber ser.
 

La respuesta

Pasamos a responder cada uno de estos puntos.

1. El lugar natural del filósofo no es la universidad, y menos aún la de Buenos Aires donde desde el año 1983, el de la restauración de la democracia meramente formal, está manejada, dirigida y maniatada por los hombres del ideario político, cultural e ideológico de Oscar Schuberoff. En la facultad de filosofía y letras no existe ni clima filosófico ni quien lo genere. Se le aplica como anillo al dedo el viejo apotegma latino: Nadie puede dar lo que no tiene.

Aquel que haya pretendido hacer filosofía en Argentina en los últimos treinta años ha estado obligado a crear una «comunidad o clima filosófico», llámese revistas, centros o asociaciones, que le permitieran hacer filosofía, dado que ésta no se realiza en una torre de marfil, sino que es a partir de una pertenencia –genius loci- que se filosofa verdaderamente.
 

2. La tarea del filósofo es antes que nada develadora. Está obligado a correr el velo que oculta a los ojos profanos o vulgares la naturaleza de las cosas, las situaciones o los problemas. Es por ello que su principio metodológico es el disenso, sobre todo con la opinión pública o lo políticamente correcto.

Limitar la tarea filosófica a la argumentación más o menos sutil, es quedarnos atados a un viejo ideal del positivismo lógico, que se mostró históricamente como estéril ante los problemas del hombre y su mundo.
 

3. Afirmar que en Argentina existió una «república autoritaria» desde el golpe de Uriburu en el 30 a la asunción de Alfonsín en el 83, es no sólo una generalización inconducente sino una falsedad histórica flagrante. Meter en la misma bolsa de la república autoritaria a gobiernos como el de Castillo, Perón o Frondizi muestra una falta de seriedad.

Rechazar el nacionalismo y el patriotismo como vinculaciones telúricas a los proyectos colectivos de los pueblos, para proponer en su lugar un «patriotismo de la constitución», un patriotismo de léidos, como diría alguno de nuestros padres, muestra el carácter ilustrado e iluminista de la propuesta. De este patriotismo de los léidos al voto censitario en reemplazo del popular hay sólo un paso.
 

4. Afirmar que La carta del lavoro es fuente del sindicalismo argentino es un error. Guariglia la menciona como «di lavoro», con lo cual muestra que no conoce ni la carta ni el idioma del gringo del suo nonno. La Carta del Trabajo de Mussolini (21-4-27) que Guariglia no leyó nunca y la cita como un lugar común del antiperonismo gorila, afirma en su apartado VI: «L´organizzazioni professionali o sindicali sono dalla legge riconoscitute come organi di Stato».

Así pues, los sindicatos para el fascismo son «órganos del Estado» mientras que para el peronismo son «organizaciones libres del pueblo», esto es, creaciones de la sociedad civil y no del Estado. Unas surgen de arriba hacia abajo y otras de abajo hacia arriba.

Esta creación libre y desde abajo produce muchas veces problemas de encuadramiento sindicales propios de la libertad con que han sido creados los diferentes gremios. Ello no debe ser estimado como un defecto del modelo sindical argentino sino como un rasgo positivo de la vitalidad de una comunidad.

Los trabajadores para el peronismo no sólo tienen derecho a agruparse sino también poseen el derecho de reglamentar las agrupaciones que van a formar.

El modelo sindical argentino adopta la concertación obrero-patronal como modus operandi de donde surgen las convenciones colectivas de trabajo que son las que producen la autocomposición de las normas. Es decir, el sindicato, de facto, produce leyes más allá de la capacidad del Estado para hacer lo mismo.

Si los comunitarismos actuales buscan reasignar poder a las comunidades descentralizadas frente al Estado centralista, el peronismo es un comunitarismo porque defiende la capacidad jurídico-política de los cuerpos intermedios u organizaciones libres del pueblo de darse leyes o normas. De alguna manera, al hacer valer dicha función está rescatando al mismo tiempo el sentido prístino de la noción de sindicato como «aquel que hace justicia con», pues sindicato etimológicamente proviene del sufijo griego syn-con y diké-justicia.

Lo que cuestiona el sindicalismo peronista es el monismo jurídico del Estado nación liberal-burgués que sostenía por boca de sus máximos teóricos que «las leyes se obedecen no porque sean justas sino porque son leyes» (Montaigne, Benjamín Constant, etc.).

La diferencia entre el fascismo y el peronismo en este campo es sustancial, pero Guariglia muestra una vez más que sobre «la ousia» no está en condiciones de hablar. Y si un autodenominado filósofo no puede hablar acerca de la sustancia, ¿de qué puede hablar? Carece de una metafísica, no es filósofo.
 

5. Si Kirchner tiene un patriotismo mal entendido lo disimula bastante bien, sobre todo con relación a la actitud frente a las empresas multinacionales que medraron con la privatización de los 90.

Proponer en su reemplazo el «patriotismo de la Constitución» es llamado a dejar las cosas como están. Una defensa del statu quo vigente en la Argentina de la entrega del 83 para acá, si no queremos ir más lejos y abarcar todo el Proceso Militar(76-83).
 

6. La defensa de la regularidad no es mala cuando la regularidad es necesaria para el aprendizaje y la creación, pero eso se llama en criollo perseverancia en el esfuerzo. La regularidad como tal, valorada por sí sola nivela por lo bajo, es el recurso del mediocre que llega por insistencia. La regularidad sólo es correcta y provechosa cuando reproduce actos virtuosos o valiosos. Pero para entender esto hay que haber estudiado profundamente la ética aristotélica y poder darle funcionalidad actual y no presentarla como un dato muerto, un dato arqueológico de la filosofía. Así se debe enseñar filosofía antigua, mostrando que los clásicos son aquellos autores antiguos a quienes siempre podemos interrogar sobre lo actual, porque tienen respuestas aún vigentes.
 

7. Vincular el hambre y la pobreza a la calidad de la democracia es un razonamiento inatingente cuando no un formalismo más para «hablar por hablar sin decir que nada es verdadero o falso», rasgos de la famosa existencia impropia de Heidegger descripta en Ser y Tiempo.

Así como hubo y hay totalitarismo en donde se vivió y se vive muy bien (vgr. Singapur) de la misma manera hay democracias en las que se vive como la mona (vgr. Haití) y viceversa. El hambre y la pobreza están vinculados intrínsecamente al sistema político-económico del capitalismo liberal. Mientras la economía se maneje sólo y exclusivamente con la ley de la oferta y la demanda, y no tenga en cuenta la ley de reciprocidad de los cambios, va a haber hambre y pobreza. Mientras el Estado liberal deje hacer a los economistas lo que quieran y no controle parcialmente a la economía, va a haber hambre y pobreza.
 

8. Afirma muy suelto de cuerpo Guariglia: Soy filósofo y miro hacia el futuro.

Me viene a la memoria una vieja anécdota de mi padre cuando hablando de los paisanos me dijo: «Nunca digas que sos gaucho, dejá que otros lo digan. No olvides el dicho: dime de lo que te alabas y te diré de lo que adoleces».

En cuanto a que el filósofo mira al futuro, invirtió Guariglia la palmaria enseñanza de Hegel: el búho de Minerva (símbolo de la filosofía) recién alza su vuelo en el ocaso, cuando la realidad, como el día, maduró. (Cfr. Principios de la filosofía del derecho, introducción).

El filósofo no se limita a hablar sobre el deber ser porque para ello primero se debe preguntar sobre lo que es o existe.

La realidad no es sólo lo que es como la concibe el pensamiento ingenuo o vulgar, sino lo que es más lo que puede ser, es un conflicto permanente de acto y potencia, enseña el viejo Aristóteles.

Sólo sobre el deber ser hablan los teólogos moralistas, los gurúes de la pléyade de sectas, los iniciados, todos aquellos que tienen, por así decir, una tabla de Moisés donde condensan el deber ser. Hay una distinción bastante común en filosofía donde se entiende por moral el conjunto de normas prescriptas para el comportamiento humano y ética la reflexión sobre el fundamento del obrar humano.

El filósofo se ocupa de este último aspecto, por lo que está obligado a pensar a partir de lo que es, para llegar luego a lo que puede o debe ser.
 

Conclusión

1.- Consenso vs. Disenso

La idea de consenso está avalada y reforzada por los profesores de nuestras universidades y academias que la han adoptado como ideología indiscutible e incuestionable; vemos como Guariglia, en forma acrítica, esto es, sin saber de donde viene ni a donde va, apoya una democracia deliberativa o mejor aún, chamuyera, diríamos nosotros.

El texto que más ha influenciado en todos ellos estos últimos años es Teoría de la comunicación de Jürgen Habermas y los complementarios Derecho y Democracia y Facticidad y Validez.

Para este autor, último vocero de la escuela neomarxista de Frankfurt (Apel, Adorno, Cohen) devenido ahora socialdemócrata, la complejidad social y las crecientes desigualdades presentan hoy los mayores retos para la democracia y estos retos sólo pueden ser superados creando nuevos foros y asambleas donde los ciudadanos deliberen y discutan juntos, así con esta «democracia discursiva» llegaremos al consenso democrático que permitirá la resolución de los problemas. «El consenso es norma adecuada para crear Teoría Crítica hoy», según la expresión de su discípulo James Bohman.

Claro está, ni una sola palabra acerca de quién detenta el poder. Como la película de Marcelo Mastroiani De eso no se habla.

Esto de no ocuparse del poder viene a explicar por qué en los centros académicos de mayor excelencia se percatan que «esto no va más» y se viene produciendo el reemplazo de la sociología, en tanto hermenéutica social, por la politología como hermenéutica del poder.

Nuestra tesis es que el disenso es lo que permite crear teoría crítica, tanto en ciencias sociales como en filosofía. Y hoy, la mediocridad de ambas disciplinas radica en esta incapacidad de pensar críticamente. O lo que es lo mismo, explica la vigencia de un pensamiento único.

Así el pensamiento consensual por boca de los gurús de turno nos dice que la crisis de representatividad política radica en la corrupción de los políticos y propone múltiples mecanismos para purificarlos: Eliminación de las listas sábanas, no repetición de los mandatos, declaraciones juradas de bienes, etc., mecanismos que no son de suyo malos, pero que no llegan al meollo profundo del problema, pues son pensados desde un pensamiento no-crítico, es decir desde un pensamiento conformista.

Por el contrario pensar desde el disenso implica caracterizar la crisis de representatividad política no como una falla de los medios en su construcción, lo cual no es falso pero no es suficiente para especificarla, sino porque lo que está en juego es la anulación de la política dado que ha cesado el principio de soberanía de las naciones, tal como los pensadores del consenso globalizante proponen.

Es interesante notar que el pensamiento consensual, al no ser crítico, aunque piense que lo es, adopta la vanguardia como método, resumido en la frase: «si no somos profundos, al menos no seamos antiguos», la ciquiricata de los suyos como expresión y el silencio para los que no piensan de igual manera.

El pensamiento disidente debe hacer un doble esfuerzo, primero poder ser aceptado como pensamiento por la opinión publicada que, como hemos dicho, forma parte del pensamiento consensual y, en segundo lugar, elaborar teoría crítica y no simplemente teoría de demonización (los buenos y los malos) como hace el pensamiento conformista.

Ante esta realidad es dable rescatar la función ético-política del disenso que consiste aquí en expresar la opinión de los menos, de los diferentes ante el discurso homogeneizador de la ética discursiva o comunicativa que sólo otorga valor moral al consenso.

Pues este pensamiento consensual –discursivo e ilustrado- viene en tanto que discursivo como un nuevo nominalismo a zanjar las diferencias con palabras y no a través de la preferencia o postergación de valores, como lo hace el disenso. Y en tanto que ilustrado, sólo permite la crítica de aquellos pensamientos, los llamados políticamente no correctos, o situaciones sociales que no encarnen los ideales ilustrados de igualdad y democracia. Así, la crítica nunca va dirigida a los modelos socialdemócratas sino a los decididamente contrarios como lo son, en Iberoamérica hoy, Castro o Chávez.
 

2.- La gran contradicción del pensamiento progresista

Nuestra sociedad, la Argentina actual, este cotidiano padecimiento de no saber a dónde vamos ni de dónde venimos, de ignorar si regresaremos con vida a casa, si no seremos violados, robados o vejados de las mil y una manera, nuestra sociedad de hoy, la que nos recibe todos los días del año, es pensada por las cabezas progresistas -por ejemplo el ministro de seguridad J. P. Cafiero de la provincia de Buenos Aires, el juez de la Corte suprema de Justicia, E. Zaffaroni, nuestro canciller R. Bielsa, el reporteado Guariglia, etc.- como un conjunto de seres humanos, libres y racionales, a los que básicamente para arreglar sus problemas, hay que aplicarles un remedio discursivo. Así hoy a los piqueteros se «los conversa» en lugar de crear las condiciones de posibilidad para que adquieran una institucionalización dentro de la sociedad civil.

La propuesta del discurso como solución en las sociedades nuestras de hoy día nace, la inmensa mayoría lo desconoce, ya lo hemos dicho más arriba, con la escuela neomarxista de Frankfurt y sus cuatro autores principales Adorno, Apel, Cohen y Habermas. Este último, con su teoría del consenso, y sus discípulos aventajados, James Bohman y Leo Avritzer, con su teoría de la democracia deliberativa, son los que impusieron este nuevo modelo de gobierno social, sobre todo en las sociedades periféricas. Al menos ni Estados Unidos ni Israel lo han adoptado, sobre todo teniendo en cuenta la extensa nómina de autores judíos que componen esta Escuela y que no son tenidos en cuenta por sus respectivos países. ¿A no ser que todo esto sea una gran maniobra de distracción político-cultural de aplicación en las sociedades periféricas para su mejor manejo? Otro ejemplo, ni Estados Unidos ni Israel se adhieren a la Corte Penal Internacional, se reservan así el derecho exclusivo de juzgar a sus ciudadanos.

En realidad, este modelo discursivo, que en criollo debería denominarse modelo conversado, muestra la gran contradicción del pensamiento progresista de estos primeros años del siglo XXI, que consiste en creer que se puede reformar la sociedad recurriendo a los mismos instrumentos que la han llevado a su situación actual.

Sin un cambio en los grandes campos de actividad del hombre en sociedad, todo no será otra cosa que gatopardismo, cambiar algo para que nada cambie.

Así en el ámbito político se debe modificar el régimen de representatividad de la democracia liberal, se debe dejar de lado de una vez la falsa ecuación «un hombre un voto», pues el hombre es más que un voto y tiene, por respeto a su propia dignidad, que ser representado en la totalidad de lo que es. Hay que intentar una democracia de carácter participativo donde el hombre se manifieste también como trabajador, profesional, comerciante, docente, cura o milico.

En el campo económico modificar el régimen de propiedad de la economía liberal, que entiende a aquella como valor absoluto en sí misma. Debemos pasar del sentido de propiedad, hoy reducido a cada vez menos propietarios, para ir a la difusión de la propiedad al mayor número posible de ciudadanos.

En el ámbito de la cultura dejar de lado la versión liberal de la misma que nos viene desde la época de la Enciclopedia francesa con su idea del valor universal de la cultura racional-occidental e ir al rescate del principio de identidad, no sólo como afirmación de nosotros mismos sino también como defensa de la diversidad cultural, que se expresa en el reconocimiento del otro, del diferente a nosotros. Rechazar la nefasta teoría del multiculturalismo y proponer el pluralismo intercultural. Esto es, un pluralismo sin relativismo que hace que el mundo sea en realidad un pluriverso y no un universo como pretende el pensamiento libero-progresista desde la época de su nacimiento.


 
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