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Altar Mayor - Nº 91 (04)
Sábado, 03 abril a las 10:38:12

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

VISIÓN CRISTIANA DE LA HISTORIA
Por Anselmo A. Navarrete, OSB

Os invito a que os situéis en el marco en que nos encontramos: delante de un altar (en el que todos los días se renueva el misterio de la salvación humana), a los pies de una cruz en la que Dios sigue crucificado y muriendo por el hombre y con el hombre; junto a dos sepulcros flanqueados por muchos otros, no visibles, pero que componen un gesto de reconciliación entre los que antes habían cruzado sus ideas y sus espadas. Hoy descansan bajo los mismos signos de amor y de paz, en espera de una común resurrección final.

El recuerdo de todos ellos -en este momento en especial el de José Antonio- puede suscitar en nosotros muy diversas reflexiones y ayudarnos a recuperar algunas enseñanzas elementales acerca de la historia.

Estamos acostumbrados a leer la historia en términos puramente humanos: civilizaciones y culturas, guerra y paz, economía y política, etc. Pero la visión cristiana de la historia nos enseña a leerla y medirla por algo mucho más decisivo: por la realización en ella del hombre según el proyecto del Creador.

En ella esos grandes conceptos elaborados por nosotros: libertad, progreso o razón se sustituyen por una referencia mucho más profunda: lo que importa es la envergadura alcanzada por el hombre según el arquetipo del hombre perfecto, esto es, según la medida de la plenitud de Cristo, que es el nivel señalado al horizonte de la perfección humana.

Para vosotros, como para muchos la dimensión política, como actividad personal y también en cuanto organización de la sociedad, tiene sin duda una gran importancia. Pero creo que esta es una ocasión propicia para recordarnos a todos que no hay orden humano auténtico fuera del orden establecido por Dios para la ordenación de las relaciones humanas. Para que el hombre se piense rectamente, a nivel individual y colectivo, debe introducirse en la ley y en el pensamiento los principios divinos por los cuales hemos sido configurados, sin que ello signifique dejar de ser nosotros mismos, porque es entonces cuando alcanzamos a serlo plenamente. Hace mucho tiempo que se nos ha recordado: «si no es Dios el que edifica la ciudad...». En cambio, cuando edificamos con Él, nuestra ciudad humana queda asentada sobre roca firme.

De ahí que el intento de poner orden en la sociedad requiere, por una parte, conocer el orden verdadero y objetivo que corresponde a esa sociedad humana; y por otra exige poner orden en el hombre, sujeto de esa sociedad, esto es, ponerle en orden consigo mismo; a su vez, poner orden en el hombre requiere primeramente restablecer el orden de las relaciones y de la armonía entre el hombre y Dios. Lo contrario nos lleva al intento, en el que hemos progresado tan extraordinariamente, de escapar de Dios; pero escapar de Dios es caminar a la nada, al nihilismo, espiritualmente y humanamente. Eso es lo que el profeta de Israel decía de su pueblo: «Caminaban según sus ideas [...]; daban la espalda a Dios, no la frente» (Jer 7, 24), y cayeron de bruces.

En lo que a nosotros toca, ¿creemos acaso que la España histórica y política va a salir indemne de la tragedia espiritual, moral y cultural a que la hemos conducido? ¿Creemos que España va a poder sobrevivir como Estado y como Nación tras esa segunda desamortización, o más bien devastación, que ha socavado los valores fundamentales en que se ha venido sosteniendo? Si el núcleo que ha cohesionado nuestro ser nacional está en fase de desintegración, es normal que el cuerpo social que ha fecundado le siga en la misma suerte. La idea de España se disuelve al mismo ritmo que la de Dios, de la fe, de la Iglesia, de la familia o de la patria, puesto que está constituida por la síntesis de esos valores. Espontáneamente, el estrago ha pasado del plano religioso y moral al de la unidad nacional. A España le puede haber llegado el turno en esa disgregación: ¿por qué ésta iba a ser más respetada? La llamada transición ha significado el desencuentro de España consigo misma que, entre tantas otras cosas, se ha llevado por delante las razones de la realidad de España, sin que haya habido reacción ni intelectual, ni moral, ni histórica. Los fervores nacionalistas son hoy los sucedáneos de la religiosidad y de los ideales comunes del pasado.

Cuando desplazamos la gracia, el espíritu, la verdad, el Evangelio en definitiva, para sustituirlos por dogmas o proyectos de significado puramente humano, nuestra obra queda sin ninguna consistencia, porque «nadie puede poner otro fundamento» distinto al de Cristo.

Estoy seguro que José Antonio, desde la altura en que ahora contempla la realidad, nos recomendaría, para nuestra tarea de hoy, adoptar una visión que integrara lo esencial de estos elementos. Su dolor por España («me duele España») fue un anticipo profético del que hoy embarga de nuevo a tantos otros españoles. Hoy a nosotros nos corresponde seguir encomendando su espíritu a Dios, y con el suyo, el de tantos como a lo largo y ancho de nuestra tierra esperan que brille para ellos la luz perpetua, y si ya la han obtenido, nos corresponde esperar que brille para todos los españoles la luz de la reconciliación en la verdad, en el amor y en la unidad.


 
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