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Altar Mayor - Nº 91 (02)
Sábado, 03 abril a las 10:42:49

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

Fundadores de Europa (4)
II. SAN BENITO DE NURSIA (y 2)
Por Luis Suárez Fernández

Benito redacta la Regla

Italia nunca recobraría la paz. Las guerras bizantinas permitirían a los lombardos adueñarse de la cuenca del Po, que pasó a denominarse Lombardía y penetrar luego hacia el sur, instalándose en Spoleto y Benevento y amenazando Roma. En el curso de estas correrías los benedictinos tuvieron que abandonar Cassino, arruinada probablemente el año 577. Llevaban consigo, como un documento precioso, la Regla. Era el monumento que San Benito legaba a la posteridad. Con ella nace una nueva propuesta para la existencia humana, camino de perfección pero penetrada toda ella de sentido humano, caridad hacia el prójimo, lejos del rigorismo de cuantas la precedieran. No pretendía presentar un nuevo modelo de sociedad -respeta en silencio las estructuras romanas, incluso la servidumbre- pero sí, en cambio, un nuevo modelo de hombre. A este «hombre nuevo» que ya reclamara San Pablo, iba a corresponder la tarea, primero de salvar a Europa y, luego, de hacerla crecer. Carlomagno reclamó para sí un ejemplar de la Regla que consideraba como uno de los ejes sustanciales del Imperio.

No cabe duda de que, como ya indicamos, San Benito empleó textos anteriores sin someterse a ninguno, aunque mostrando aprecio muy especial por la llamada Regla del Maestro, cuyo autor desconocemos, y por las dos obras principales de Casiano. Pero por encima de las influencias literarias, la Regla benedictina, que sería revisada a principios del siglo IX por otro San Benito de Aniano, descendiente de emigrados españoles, manifiesta las experiencias personales del autor, en aquella cumbre de Montecassino que era para él término de llegada en un largo itinerario espiritual. No es, en consecuencia, simplemente un código de conducta, aunque esta forma adopte, sino un libro de espiritualidad que trata de mostrar a otros cómo se debe recorrer dicho itinerario. A diferencia de las anteriores, especialmente la de San Columbano o la del Maestro, tan preocupadas por impedir rigurosamente que los monjes caigan en pecado, San Benito está pensando en el amor como vehículo sustancial. Sobre esta Regla pudo edificarse el primer proyecto de vida europeo, en un comportamiento fiel a las enseñanzas cristianas. «Es la moderación, la discreción, la prudencia el equilibrio de los elementos que constituyen la vida del monje, el humanismo cristiano que rezuman sus preceptos, su teocentrismo y su cristocentrismo». Y Adalberto de Vogüé, uno de los que más profundamente en ella ha penetrado, concluye diciendo que el benedictismo no es otra cosa que «el rostro nuevo de una unión fraterna en el amor».

El monje, arquetipo de esa nueva elite, que debe alzarse sobre las ruinas de la ciudad antigua, procurando conservarlas en lo que aun valen, tiene que operar, ante todo, una conversión, esto es un acto de voluntad a fin de instalarse en el camino que conduce hacia Dios. Por eso renuncia a sus bienes, somete cuidadosamente sus sentidos, sin dejar de valorarlos, y se sujeta en obediencia a aquel que en adelante va a llamar padre (abba que es el término arameo encontrado en el Evangelio). Tales son las tres notas significativas, que producen la alegría íntima. Necesita envolverse en silencio porque, desde él, resulta más fácil descubrir que el ser humano se halla en presencia de Dios. Esta presencia se hace activa por medio de la oración, que es en sí misma Opus Dei. La liturgia, el canto coral y hasta los mismos gestos, cobran importancia. Pero junto a la oración, el trabajo.

Siguiendo la línea de investigación de Diego de Pablo Maroto, podemos constatar cómo la decisión de Carlomagno de implantar en toda Europa la Regla de San Benito tuvo como consecuencia la unificación de esa segunda dimensión, monacato, establecida en la Iglesia. Hasta la aparición de los mendicantes, en el siglo XIII será base indiscutible. Todas las demás reglas desaparecieron y las nuevas congregaciones que llegaron a constituirse, desde el siglo XI, o bien se sometieron a ella, como es el caso de cluniacenses y cistercienses, o aprovecharon sus directrices como es el caso de la Camáldula, Valleumbrosa o la Chartreuse. El monaquismo es, en la Europa de su primera etapa, una concepción de la existencia marcada por coordenadas bien precisas, siguiendo el ejemplo de Benito que, de acuerdo con la tradición, murió puesto en pie y alzadas las manos mientras recitaba una oración.

La aportación decisiva de este primer benedictismo a la creación de «europeidad» puede sintetizarse en cinco aspectos decisivos. En una época en que las naciones salidas de la herencia latina, se debatían en medio de la más terrible confusión, él quiso oponer a la praxis de la violencia y de la espada un mensaje que descubre que la paz no procede de la imposición por parte del vencedor sino del amor al prójimo, como se indica en las enseñanzas de Cristo. El benedictismo no presentaba una doctrina social, pero sabe muy bien que la familia es célula esencial e indispensable porque acompaña a la naturaleza humana; por eso cada monasterio, que no debe crecer indefinidamente, asume las dimensiones jurídicas de la familia romana restaurando la autoridad que corresponde al padre, esto es, al abad. La rudeza del tiempo, y la caída en vertical del saber, debían ser combatidas también mediante esa «lectio divina» que incluía la enseñanza. Repitamos, una vez más -tendremos que hacerlo- que el benedictismo salvó para Europa lo que queda de la cultura clásica. A los grandes vicios de la concupiscencia y la fuerza brutal -no hacía tanto tiempo que se dijera que la hierba no volvía a crecer bajo las patas de los caballos de Atila- él opone el desprendimientos de los bienes, la sumisión a Dios y el orden moral. Los monasterios, que debían ganarse la vida, crearon nuevas estructuras agrarias y rompieron las diferencias esenciales que la sociedad antigua estableciera entre trabajos «liberales» y «serviles». Todos los trabajos tienen la misma categoría, siempre que sean honestos.
 

El magisterio de San Benito

Escribe San Gregorio, casi medio siglo después de la muerte de San Benito: «si alguien desea conocer algo más de su vida y magisterio puede encontrar todos los datos de la enseñanza del maestro en esa misma institución de la Regla, porque el hombre santo no puede enseñar de otro modo que como vive». De hecho es lo que cualquier investigador moderno debe hacer. Formada por un prólogo y 72 capítulos, sigue un criterio ideológico, más que jurídico, pues se trata de crear una forma de vida. Por eso trata primero de la convivencia entre los monjes y el abad. Pasa luego a describir las tres virtudes: obediencia, humildad y silencio, que deben inspirar dicha convivencia. Viene después el Opus Dei en sus dimensiones de rezo coral y liturgia organizada. Dedica mucho espacio a la vida material, a la disciplina y a los castigos correctores de faltas. El trabajo y la «lectio divina» llenan el espacio que la oración deja libre. Pero la Regla también se ocupa de múltiples detalles de la conducta, guiada siempre por la dimensión del amor fraterno.

Un análisis correcto de la Regla permite conocer que ésta no fue redactada de una sola vez sino a lo largo de un tiempo, que permitió ejecutar enmiendas y modificaciones. No estaba, en principio, pensada para el gran ejército monacal de hombres y de mujeres, que llegarán a contarse por millares en siglos posteriores, sino para ese grupo concreto de Montecassino y Subiaco, al que trataba de proporcionar medios para sobrevivir en medio de la terrible tragedia del tiempo. Hay un paralelismo entre San Benito y su coetáneo Cesáreo, obispo de Arles, vicario de las Galias, que también empleó la Regla del Maestro para su fundación de dos cenobios, uno de hombres y el otro de mujeres. Se ha supuesto que esta última, a la que con anterior¡dad nos hemos venido refiriendo, fue utilizada por San Benito con tanta asiduidad que algunos investigadores llegaron a atribuirle su autoría.

Todos los debates entre los estudiosos sirven para demostrarnos que el fundador de Montecassino no «emerge como un genio solitario con especiales dotes para la legislación monástica sino más bien como el representante de una escuela de enseñanza ascética corriente en el siglo VI en Italia, que derivaba de Egipto su primera inspiración». En otras palabras, es término de llegada de un proceso largo al que supo imprimir el impulso definitivo haciendo más accesible su doctrina por medio de un lenguaje más directo y más sencillo. Introduce, además, en la vida monástica dos condiciones que la sociedad europea acabará haciendo suyas: libertad en las opiniones que deben ser siempre escuchadas por quien hace ejercicio de autoridad para descubrir en ellas lo que es aceptable; confianza en el sistema electoral cuando se trata de cubrir una vacante. En definitiva San Benito vino a sustituir la sucesión directa, por vía de designación, por el voto emitido por todos los hermanos.

Aunque la Regla nos indique claramente que el trabajo se inserta esencialmente en la vida del monje porque es camino de santidad en la alegría, San Gregorio no dice una sola palabra acerca de las labores ejecutadas por San Benito. Esto responde a un proyecto de calificación esencial: lo importante e imprescindible es orar, esto es, hallarse siempre en presencia de Dios, aunque no «en virtud de un torrente de palabras, sino por la pureza del corazón» ya que es «en virtud de la pureza del corazón y por la humildad de las lágrimas por lo que somos escuchados». Nada, en sus disposiciones, merece tanto correctivo como la ausencia del monje cuando deliberadamente se abstiene del coro.

El monasterio ha tomado su modelo de la «villa» romana: varios edificios que responden a las necesidades de la existencia aparecen en el centro de una comarca que alberga los campos de cultivo. Las fuentes nos informan de los exámenes previos a la fundación de cualquier monasterio a fin de que éste reúna las condiciones que se requieren para esta función económica. Pero sería un error, en el que incurren muchos estudiosos de nuestros días, confundirlo con una granja, dominio o simple explotación agraria. No debemos olvidar nunca que la misión asignada es la santidad, asegurar a sus miembros la presencia de Dios, iniciándola en esta vida a fin de asegurarse el tránsito a la eterna. De estas consideraciones se parte cuando se llega a la conclusión extrema: el único modo de asegurarse la «perfección» es entrar en la senda monástica. La Regla, aparentemente seca, ha sido un profundo descubrimiento para los maestros de espiritualidad: aunque no se compartan las exageraciones que llegaron a hacerse moneda corriente -fuera del monacato no hay esperanzas de esa perfección- resulta innegable que en la estructura monástica el cristianismo alcanzaba entonces su primera y más brillante manifestación.

La vida del monje es una permanente batalla contra el Maligno, que acecha esperando aprovecharse de las debilidades humanas. Y éstas no faltan. Los pecados de algunos monjes sirven a muchos ensayistas para dar toda suerte de versiones negativas sin acordarse de que también Judas estaba en el Cenáculo. Por esta causa, aunque Benito compartía la idea de que la anajoreusis era el punto extremo al que el hombre podía llegar, consideraba extremadamente difícil que pudiera alcanzarse sin una previa preparación en el cenobitismo, que era el medio de vivir el amor. Y sin este nada existe pues Dios es Amor. Ya que el monasterio es modelo de convivencia. Esos preceptos que se enseñaban a los monjes no eran parte de un modo sino esencia de la vida misma: todos los cristianos, en la medida de sus fuerzas, deben procurar seguirlos.

Con Montecassino y su Regla había nacido, pues, una propuesta de civitas christiana que servirá de inspiración a muchos grandes creadores posteriores. Oratorio, refectorio, hospedería, aparecen mencionados en primer lugar como «edificios necesarios». Más tarde se habría de añadir la biblioteca. En el primero se consumían las horas, largas, dedicadas al Opus Dei. En el segundo tenía lugar la convivencia, de hermanos con hermanos. El tercero cumple la ley de la hospitalidad, pues nadie que llegue a la puerta del monasterio puede ser despedido. Castidad absoluta. Ni una sola vez la palabra mujer aparece en la Regla. Es un silencio que envuelve sin duda el desprendimiento más completo. Y sin embargo, aquella noche última que pasó con su hermano, Escolástica le había dado la lección suprema. Tal es el mandamiento nuevo, «que os améis unos a otros» ya que si se trata de alcanzar el perdón es preciso recordar la actitud de Jesús con la pecadora a quien mucho se le perdonó porque mucho había amado.
 

La schola dominici servitii

Trasladémonos ahora con la mente a Montecassino un año cualquiera de aquellos en que San Benito fue abad. No resulta difícil al viajero de nuestros días que asciende, despacio, contemplando los perfiles de una abadía que, una vez más, ha tenido que resucitar de entre sus ruinas. Pero el joven que, en aquel siglo VI de nuestra Era, huyendo acaso de la dureza de las condiciones que ha tenido que soportar, viene atraído por la primera enseñanza del maestro: todo el secreto de la existencia consiste en, partiendo del yo, alcanzar al Padre, a cuya imagen y semejanza el ser humano ha sido creado. Tendrá que permanecer cuatro o cinco días antes de que se le abra la puerta, pues es imprescindible garantizar su vocación. Luego se postra de rodillas ante cada uno de los monjes y entrega a los pobres o al propio monasterio todos sus bienes para hallarse así completamente desasido. Y, entonces se prepara para la prueba de un año antes de pronunciar sus votos. Y entre estos, al lado de la obediencia al abad, figura uno que le obliga a permanecer siempre ligado al monasterio. Ni una carta, ni un regalo, pueden venir de fuera sin permiso y conocimiento del abad. Los monjes viajan, ciertamente, pero cumpliendo órdenes. A Benito causaban horror tantos giróvagos como había ido encontrando en su camino.

Pobreza no es, en esta nueva vida, carencia de medios sino virtud del desprendimiento. Dentro de él figura, sin embargo, la obligación de ganarse la vida, intelectual y colectiva, con el trabajo de sus manos. Por eso el monasterio necesita poseer un dominio, en donde están los campos que los monjes cultivan o que entregan en tenencia a campesinos que pagan una renta en especie. Todos estos bienes materiales, administrados por el cillero, que es oficio de plena confianza del abad, entran después en los cauces del comercio: pero San Benito había recomendado, bajo obediencia inexcusable, fijar precios que se ajustasen a los menores existentes en el mercado. La autoridad del abad resultaba ya entonces imprescindible y fue, más tarde, invocada como modelo y ejemplo para la definición de poderes en una Monarquía: discrecionales y absolutos -es decir independientes de cualquier superior- pero sometidos a la ley de Dios, que la Iglesia custodia, y a las costumbres codificadas en la Regla. San Benito consideraba importante que cada grupo de diez monjes se colocara bajo la autoridad de un decano; no le estaba reconocido poder pero si ejercía la dirección espiritual. Oración contemplativa, santificación del trabajo, dirección espiritual son las dimensiones que la Iglesia ha conservado transmitiéndolas a los movimientos laicales del siglo XX.

A todo esto es a lo que el santo fundador llamaba «schola dominici servitti» aplicando en este caso un término militar romano, ya que los monjes estaban destinados a formar el gran ejército para la lucha con Satanás y sus demonios. Cada monasterio venía a ser unidad organizada en cuyo entrenamiento figura el sometimiento de las fuerzas de la voluntad y de los sentidos, como los soldados dominan sus músculos. La alimentación estuvo, al principio, sujeta a fuertes limitaciones: abundante, como corresponde a los trabajadores, con pan, verduras, legumbres y una medida de vino, la carne está vedada, excepto a los enfermos. Las horas, ritmo del tiempo, estaban cuidadosamente reguladas, a fin de que no hubiera lugar para el ocio y, sobre todo, para que cada tramo comenzara y finalizara con la oración. Comenzaba la jornada a las dos o las tres de la madrugada, según la estación del año, rezándose el oficio de vigilia o nocturno, que luego se llamó maitines. Laudes se cantaban al alba. Venían luego los regulares oficios de primera, tercera, sexta y novena horas para concluir con las vísperas vespertinas. De este modo el Salterio se rezaba completo a lo largo de la semana. La Regla apenas se ocupa de la Misa: ésta era cometido del obispo o de los sacerdotes. Se ha llegado a suponer que su celebración no era, todavía, diaria.

El tiempo que quedaba libre entre cada uno de estos oficios se dividía entre el trabajo, siete horas en verano, seis en invierno, y el estudio, tres y cuatro respectivamente. Dos comidas en verano y una sola en invierno, completaban el ritmo de la existencia. Salvo las Escrituras no es posible conocer cuáles fuesen el material de la lectura. En el siglo VI las obras clásicas -esta será la gran innovación isidoriana- estaban vistas como materia de pecado. Probablemente coincide exactamente con la lista de obras que San Benito menciona: los Santos Padres, Cassiano, las Vidas de Santos y la Regla de San Basilio. Ello no era obstáculo para que cada monasterio dispusiera de lo que ahora llamamos Escuela elemental ya que eran muchos los niños de siete años o poco más entregados por sus padres, a los cuales era indispensable enseñarles a leer y escribir y al manejo de la lengua latina. Algunos de estos niños eran de procedencia germánica. Nació de este modo un abuso: las familias que contaban con más hijos de los adecuados para una correcta conservación del patrimonio, recurrían a esta medida de enviarlos a la vida. monástica. De esta práctica nacieron abundantes males.
 

Ascenso espiritual

Volviendo atrás, y dejándonos llevar por el análisis que Anselmo Grün ha podido hacer desde una experiencia directa, tenemos que recordar que para San Benito la vida espiritual, tan distinta de la material, es un camino ascensional o una ascesis que cada ser humano tiene que operar sobre sí mismo, ejercitándose en la virtud. No existe lugar más adecuado para la operación que el monasterio; por eso el profeso debe prescindir de la voluntad de abandonarlo. Toda la operación como dirían los místicos, al modo de San Juan de la Cruz, es una subida como en tiempos fuera la cuesta hacia Jerusalem. Sendero difícil y resbaladizo; a uno y otro lado acechan los peligros. No cabe mejor antídoto que la humildad, esto es, la renuncia a sí mismo. Estamos, pues, ante la principal virtud del monje. Pero conviene explicar muy bien este concepto; podríamos equivocarnos si empleamos los valores de nuestros días. Humildad, para San Benito, es la actitud contraria a la soberbia, pecado del Diablo. Ella pone, en consecuencia, al ser humano en relación de presencia con Dios. Lo contrario del pecado original cuando Adán y Eva se vieron tentados con la promesa de «seréis como dioses» (Gn 3,5) que está volviendo a ser norma para el hombre contemporáneo.

La humildad no consiste en rebajar al ser humano, sino en lo contrario, en elevarlo de acuerdo con el modelo de Cristo esperando «ser exaltado». Esto enseñó Cristo en la parábola del fariseo y del publicano. Humilde es aquel que pone su confianza en Dios y no en sí mismo. Según la Regla, aquí se encuentra la clave de toda la existencia. Coincide, pues, con lo que San Agustín ya había enseñado: sólo puede ser miembro de la ciudad de Dios aquel que, por amor a Dios, es capaz de llegar al desprecio de sí mismo. San Benito se adelanta en ochocientos años a Santa Catalina de Siena al recordar que el vacío de uno mismo para dar lugar a la presencia de Cristo es, en realidad, una elevación del ser humano, un progreso. De este modo las corrientes cristianas, operando desde diversos puntos, ofrecían a Europa una de las doctrinas más fecundas de su acervo cultural: progresar no es «tener más» sino «ser más». José Ortega y Gasset y Karol Wojtila, en el siglo XX, han coincidido en esta apreciación.

En esto debiera consistir la vida monástica; de ahí el rigor de las pruebas que se exigen para entrar en ellas. En cambio, no se paraba mientes en la condición social del postulante: miembros de grandes familias, siervos y aun niños podían ser recogidos. No había que hacer diferencia entre libres y esclavos «porque tanto el siervo como el libre todos somos unos en Cristo y prestamos, bajo un mismo Señor, la misma servidumbre; Dios no hace acepción de personas». San Benito no recomendaba dar la libertad a los siervos. Cada hombre debe alcanzar la plenitud de Dios desde sus coordenadas personales. Esta norma ha despertado fuertes críticas por parte de quienes tienden a ver en la Iglesia una sociedad temporal. ¿Por qué no exigió de inmediato la supresión de todas las formas de esclavitud?. Esas críticas no pueden sin embargo ocultar que, al término de un proceso extraordinariamente largo, la cultura occidental, que tiene sus raíces en el cristianismo, fue la primera en erradicar hasta las sombras últimas de la esclavitud, marcando una pauta que después siguieron las demás.
 

Escala de la humildad

El benedictismo, en su mensaje, que, referido a los monjes, puede hacerse extensivo a cualquier ser humano, parte del hecho de que éste es un pecador que puede hacer el esfuerzo de voluntad para intentar el ascenso hacia Dios. Se recurre muchas veces a la imagen de la escala de Jacob, que tiene doce peldaños, ya que este es el número que cobra sentido en la Revelación antigua y nueva. En cada uno de ellos el monje alcanza término de una etapa. Las tres primeras, según la Regla, se refieren a una relación con Dios, con el prójimo y consigo mismo, dando significación a la existencia. Ante todo el hombre debe enderezar su pensamiento y sus sentimientos hacia Dios, percatándose de que se halla directamente en su presencia. No se trata de reprimir uno u otros, ni de buscar ninguna clase de aniquilamiento sino de ponerlos al servicio de Dios. Todo esto permite centrar la existencia colocándose en una base de partida.

Descubrimos en nosotros una «voluntad propia» que consiste, en síntesis, en tratar de hacer lo que me venga en gana. Pero esa pertenece a la superficie pues cuando el pensamiento penetra en el interior se da cuenta de que difiere de la «voluntad de Dios» que conocemos por medio de la Escritura. Esa voluntad de Dios es la que debemos seguir con la mirada puesta en el prójimo. Para el monje el «otro» se condensa en el abad, que es quien le guía y le dice lo que debe hacer. La Regla se ocupa ampliamente de las funciones y trabajos del que es padre de la comunidad: dulzura y severidad deben combinarse adecuadamente. Todas las penas previstas -y no se excluye la expulsión que es muerte para el monje- deben ser vehículos para la rectificación, el arrepentimiento y la reeducación del pecador. Una doctrina que, siglos más tarde, será captada en todas sus dimensiones modificando incluso el concepto del castigo. Ni penitencia, ni sacrificios, ni trabajo deben enfocarse de otro modo que éste: lograr en todo caso una reconversión.

En el caso del abad estas normas se tornan perentorias y, a través de ellas, se fue conformando, a partir del siglo VI un nuevo modelo de hombre, aquél que será llamado por antonomasia europeo. Tales «fueron los principios de Teología y Antropología teológica que los monjes vivieron en sus monasterios y los que transmitieron a los pueblos bárbaros fundadores de Occidente». Los siguientes grados en el desarrollo de la humildad se refieren al control que cada hombre debe ejercer sobre pensamiento y sentimiento para evitar que se aparten del camino hacia Dios. Cuando los sentimientos se hacen negativos, cuando el trabajo es desagradable o el prójimo se presenta como adversario la fórmula recomendada es el silencio. Esa es la lucha personal que llega a una especie de ápice cuando el monje se enfrenta con el dolor o con la afrenta. En este caso no cabe otra solución que imitar a Cristo, que sufrió hasta la muerte de Cruz.

A partir del quinto grado de humildad entramos en la dirección espiritual. La Regla ordena comunicar pensamientos y sentimientos al abad, sin ocultar nada. La confesión sacramental limpia el pecado, pero esa confidencia con el padre va todavía más lejos, porque arrebata a los pensamientos su malignidad. San Benito fue capaz de adelantarse al psicoanálisis de nuestros días: si algo se retiene u oculta en el interior, pasa al subconsciente, de donde, cuando menos se espera, retornará. Pero para el santo se trataba de otra cosa, de limpiar hasta los últimos rincones del alma a fin de que ésta pueda presentarse ante Dios. El sexto grado de humildad consiste en repetir el Salmo 73: «estúpido de mí, no comprendía que he venido a ser como jumento en tu presencia». En los peldaños séptimo y octavo el monje debe enfrentarse con todo lo que en él es negativo, descubriéndose a sí mismo y renunciado a fin de ponerse enteramente al servicio de Dios.

Ya estamos en el noveno escalón. Aquí resulta imprescindible guardar silencio, pues sólo él permite aislarse del mundo exterior y concentrar la atención en el interior. Pues la abundante conversación, vana a menudo, impide escuchar las voces que vienen de dentro, de ese núcleo en que es posible descubrir la imagen y semejanza de Dios. Y ahora podemos subir ya los tres últimos tramos. Caminando por ellos puedo descubrir si me escucho a mí mismo o si soy permeable a la voluntad de Dios. La risa estrepitosa es un mal; el regalo del cuerpo otro mayor. Pero esto no significa que, en alimentos, cuidado o medicinas, haya de prescindir del propio cuerpo. Alegría, buen humor, sonrisa, poner al otro buena cara, hablar con mesura, serenidad y modestia son siempre cosas buenas. También en los gestos, mesurados, y en la ligera inclinación que debe darse al cuerpo, en signo de humildad.

La meta final, en esta trayectoria de los doce escalones -no perdamos de vista el valor que San Benito atribuía al número doce- es el encuentro con Dios, desde el descubrimiento de nuestra propia naturaleza que lleva en sí misma la imagen y semejanza. El monje ha ido perdiendo el temor al infierno que al principio le embargaba y ha conseguido descubrir la verdad absoluta de que todo se centra en el amor. El monje, conforme discurre por el camino ascensional pierde el temor al infierno y alcanza la plenitud de la naturaleza humana que es semejanza de Dios. De ahí que deba reconocer en el prójimo esa imagen de Cristo que le obliga a tratarle con mansedumbre y caridad: el huésped, el pobre, el enfermo, el peregrino, deben hallar buena acogida en el monasterio.
 

Ora et labora

Hasta aquí nos hemos detenido en la virtud de la humildad; es la más importante de cuantas el monje -podríamos decir todo cristiano- practica. Sin embargo su práctica no alcanza las dimensiones que tiene la oración que, junto con la lectio divina, constituye el Opus Dei. La Regla nos indica detalladamente cuáles eran los Salmos que debían usarse en esa oración colectiva que ocupaba cuatro horas en verano y cuatro y media más en el invierno, hasta el fin de la Semana Santa. Pero la oración coral, dividida en siete tramos, servía para recordar que en los intervalos tampoco puede ni debe cesar la actitud contemplativa: convertir el trabajo, las colaciones y los encuentros así como el descanso, en oración, era el modo de completar la existencia. Dios ocupa, en todo caso, el centro: se le alaba como Creador, y los cantos se dirigen a él como, en el Cielo, los elegidos también harán unidos a los coros de ángeles. Es muy difícil, desde el pensamiento actual, término de llegada de un proceso radical de secularización, entender esta doctrina. Pero el monacato no puede ser entendido de otra manera: hay que acudir a él desde los principios que le inspiraban y sin los cuales se tornaría incomprensible. De este modo el canto, la oración coral y la contemplación individual cubren toda la existencia sin dejar resquicios para la divagación.

Una tradición antigua decía que un ángel había transmitido a San Antonio, el anacoreta, esas dos palabras, ora et labora que el fundador de Montecassino haría suyas y luego, San Benito de Aniano, al revisar la Regla, incorporó a ésta como una consigna. En este sentido se produjo una verdadera revolución dentro de la sociedad, aunque, probablemente no fuera prevista. La sociedad antigua consideraba la tarea útil como inferior, propia de esclavos, y menospreciaba la técnica atribuyendo a los bárbaros los inventos. Pero el benedictismo rompió ambas barreras abriendo las puertas a una de las características de Europa: si Dios ha dado al hombre manos para trabajar y capacidad técnica para aprovechar sus descubrimientos, es indudable que desea que los empleemos. La cultura occidental, a partir del siglo IX, iniciaría una vigorosa tarea de descubrimientos que llevarían mucho más lejos de lo que nadie hubiera podido imaginar.

En el benedictismo, laborare tiene tres significados distintos: sirve al monje para ganar por sí mismo su sustento, liberándolo de cualquier dependencia de sus benefactores; es un servicio que se presta al prójimo, manifestando de este modo el cumplimiento del mandamiento de amor; permite además un autoconocimiento, lo que lleva a la santidad. En los monumentos y restos del benedictismo encontramos con frecuencia las cinco siglas, U.I.O.G.D. que significan: «ut in omnibus glorificetur Deus». Que es tanto como decir que todas las obras que se realizan cantan, como el universo mismo, la gloria de Dios.

Los trabajos a que el monasterio debía atender, en aquellos primeros siglos de madurez, eran muy variados ya que se trataba de satisfacer todas las necesidades de una comunidad empeñada en ser autosuficiente. La agricultura era muy importante pero no debemos olvidar que en la sociedad coetánea también las labores agrícolas ocupaban la mayor parte de la actividad humana. No podemos olvidar la artesanía, incluyendo la copia de libros y la construcción y mantenimiento de los edificios. En cada caso el monje se atenía a las tareas que por el abad le fuesen asignadas. Al ocuparse en ellas debía el monje tener la mente situada en la obediencia al superior, ante todo, pero también en sus compañeros y en la calidad de la obra. Como el producto pasa al monasterio no hay peligro de evitar por esta vía el desprendimiento. La jornada está compuesta por tramos cortos ya que el toque de campanas interrumpe la tarea para volver a la oración. De este modo se evitan el agobio y los excesos de la entrega a la tarea.

Abad y mayordomo (cillerero) son a modo de autoridades supremas de las que depende el buen estado del monasterio. No debe sorprendernos que las normas para ellos establecidas en la Regla, fuesen después de aplicación en las Monarquías: en todo caso la misericordia debe prevalecer sobre la justicia en el ejercicio del poder. Ellos y todos los demás oficios dentro del monasterio no comportan derechos sino deberes. Un abad es, a un tiempo, padre, maestro, pastor y médico para los miembros de la pequeña comunidad que Dios ha puesto a su cargo.

Resumamos un poco este pensamiento y la doctrina que de él se deriva, pues constituye el entramado sobre el que, a partir del siglo IX, trata de edificarse la sociedad europea. Ante todo se afirma que el hombre, lejos de ser «medida de todas las cosas», es una criatura. Se admite como indudable que «Dios creó al ser humano a imagen suya» (Gn. 1, 27) y por eso en la «imitatio Christi» consigue el acercamiento al Padre, verdadera y única meta de su existencia. El pecado aparta de esta vía, mientras que la gracia, la fuerza redentora de Cristo y la mediación de la Iglesia permiten volver al camino. Este retorno es el que se define como santidad y el monasterio es una verdadera «fábrica de santidad» aunque esto no significa que todos los monjes la alcancen. Una vez que el cristiano ha tomado la decisión y se enrola en la schola dominici servitii entra a formar parte del inmenso ejército del que Cristo es capitán, que se apresta a defender la justicia combatiendo al Maligno que acecha desde todos los rincones, incansable. Pero la fuerza de un Ejército se mide por el grado de disciplina, de modo que la obediencia se convierte en virtud clave, no tanto para la persona individual concreta -aquí es superada por la humildad- sino para esta milicia de la que depende en gran medida que se cumpla la labor redentora. Obediencia, sin embargo, que aparece atravesada por la caridad. Porque el amor al prójimo es la mejor prueba de que se ama también a Dios.
 

Un mensaje para Europa

La Regla de San Benito, llevada a Roma por los supervivientes del desastre del 577, fue abrazada con entusiasmo por San Gregorio Magno que se encargó de difundirla, desde su propio monasterio en Celiomonte. Los misiones por él enviados a Inglaterra la comunicaron también a estos reinos, librando una batalla contra la de San Columbano. Después los misioneros, monjes también, la trasladaron a Alemania y al Continente. El año 742 un Concilium Germánicum, operando sobre las huellas de San Bonifacio, la declaró obligatoria en aquel territorio. El año 787 Carlomagno recibió la copia que había pedido en Aquisgrán y que responde al ejemplar que ahora se conserva en la biblioteca de St. Gall. Antes de que fuera convertida en única para todo el Imperio, lo que significaba para toda la Europa latina, San Benito de Aniano hizo las oportunas revisiones. Pero desde este momento hasta la aparición de los mendicantes, la vida religiosa europea, en esa dimensión que significaba el monacato, quedó unificada. Mediante ella la vieja noción del ius romano cobraba nueva vida y, también, nuevas formas.

Mensaje de fe que San Benito supo transmitir a Europa; pero de una fe práctica y operativa, que es capaz de crear principios y normas incluso en aquellos que no se reconocen como cristianos. Cada hombre, que lleva en sí la imagen de Cristo, debe ser tratado como tal, prestándole atención, pues muchas veces Dios habla a través de los más pequeños. Por eso el huésped no es nunca un extraño en la casa. Tampoco se le trata como elemento ajeno; participa del silencio, de la oración, de esa atmósfera que impregna todos los rincones. El contraste con la época que entonces se estaba viviendo. El derrumbamiento de las estructuras del Imperio, había hecho cambiar el sentido de la palabra «bárbaro». No se trataba únicamente de un extranjero sino de un violento e incivilizado. Tampoco la Iglesia se había librado de quebrantos y de divisiones. Nuestra época que, en tantos aspectos, ha vuelto a ser una Edad mítica que da a la materia protagonismo casi exclusivo, se parece a aquella. La violencia, en sus más variadas dimensiones, parece dominar los espíritus.

Frente a todo esto San Benito proponía a sus monjes, y en consecuencia a todos los cristianos para quienes aquellos debían servir de levadura, un modelo ajustado a la primitiva comunidad cristiana, como viene descrita en los Hechos de los Apóstoles, cuando «todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común». De este modo la Iglesia cobraba dos dimensiones de las que la segunda, monástica, era impulso y fuerza de santidad para la primera. Pues la Regla no se muestra atenta a la comunidad sino a las personas concretas que deben entregarse desinteresadamente al amor fraterno pues de otro modo nunca podrán alcanzar la meta para la que están destinadas. En otras palabras es la comunidad la que se encuentra al servicio de las personas y no a la inversa. De ahí que respetar al prójimo y quererlo sea una regla de oro. Así lo practicó Jesús que no esperaba recompensa y que fue capaz de dar la vida por los seres humanos.

La influencia que la Regla y sus obedientes monjes ejercieron sobre la vida europea de los siglos posteriores, ha sido firme y variada: además del trabajo, que enseñó a considerar de manera muy distinta de como hasta entonces hacía, tenemos que considerar el arte y la música. Hizo cristiana la cultura. Por otra parte en lugar de despreciar al mundo, en el sentido que hoy daríamos a esa palabra, supo servirse de él para guiar a los hombres. En una época en que las estructuras políticas, muy rudimentarias, tendían a la dispersión, el monaquismo creó la primera forma de unidad, la más firme y también más duradera, pues se refería a los modos de pensar y de sentir, algo que ahora parece lejano e imposible, ya que las divisiones en el pensamiento y en las creencias, superan con mucho a las que nacen de la política o de la economía. Ni siquiera la Iglesia católica consigue en estos momentos la unidad. Las demandas al ecumenismo, que se presenta como urgente necesidad, tropiezan con barreras al parecer insalvables. Los monjes consiguieron, a través de esa experiencia que produce la búsqueda de Dios, proporcionar a los europeos una cultura latina que recogía cuanto era posible del saber antiguo.

El optimismo benedictino se apoya precisamente en un lema: cada hombre debe conformarse con hacer aquello que buenamente puede, sin aspirar a más. Lo importante no es conseguir progresos materiales, aunque en modo alguno se pensaba en renunciar a ellos ni a los avances técnicos -whisky y champagne son logros de la agricultura benedictina- sino lograr el crecimiento del hombre. Encontramos así una profunda doctrina que sería bueno recordar en nuestros días: el trabajo es un medio de vida y una forma de realización plena del ser humano, y no un simple medio para obtener ganancias. Una empresa que no obtuviera beneficios pero permitiera vivir a algunas decenas de familias estaría cumpliendo con su deber en el benedictismo; otra, en cambio, que lograra óptimas ganancias eliminando trabajo, no.

«Teniendo todo esto en cuenta, conociendo el desarrollo de la Europa medieval en sus aspectos religiosos, culturales, económicos, políticos y sociales, tenemos que concluir que, puestos a elegir un fundador para esa comunidad de naciones que es Europa, no es difícil hacerlo en la figura de San Benito de Nursia». Pío XII, en su Encíclica Fulgens radiatur ya utilizó para él el calificativo de «padre de Europa». Sucedía esto en 1947, el año en que tres grandes políticos católicos, Robert Schuman, Alcide De Gasperi y Konrad Addenauer, se lanzaban a la ingente tarea de construir la unidad europea, deteniendo el proceso que, durante siglos, empujara al Continente a guerras que pueden calificarse de fratricidas. Ellos estaban pensando en esas raíces de donde saliera la primera forma de «europeidad». En esta línea, Pío XII, en el breve Pacis nuntius de 1954 declaró al santo fundador de Montecassino, otra vez renacido de sus ruinas, «patrono y celestial protector de Europa», tratando de recordar, no sólo a los cristianos, el esencial humanismo que, bajo la Regla, permanece. No han faltado posteriormente esfuerzos para destruir esta imagen, pero es difícil, para un historiador, dejar de reconocer la herencia patrimonial que, especialmente las generaciones instaladas entre los siglos IX y XIII, llegaron a recoger. Esa concepción básica europea de que gobernar es un deber y no simplemente un derecho, pertenece, en su origen, al benedictismo.


 
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