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Altar Mayor - Nº 91 (01)
Sábado, 03 abril a las 10:44:44

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

EL GRAN CIRCO NACIONAL
Por Emilio Álvarez Frías

¡Pasen, señores, pasen! ¡No se pierdan la actuación de nuestros malabaristas, volatineros, payasos, funambulistas, equilibristas, magos, contorsionistas, acróbatas, trapecistas, ni dejen de admirar el valor del domador enfrentándose a los más fieros ejemplares de la selva, o la destreza de los canes, o a la maravillosa familia de elefantes desafiando la gravedad de su peso, o a las gráciles señoritas evolucionando sobre auténticos corceles árabes! ¡Pase, señores, pasen! ¡No perderán el tiempo, el entretenimiento está asegurado y no querrán abandonar su cómodo asiento ante artistas tan sublimes! ¡Pasen, pasen! ¡El espectáculo durará hasta que ustedes muestren señales de cansancio, ininterrumpidamente! ¡Pasen, señores, pasen!

Quizá así podría cualquier parlanchín de circo ambulante anunciar la actuación de los artistas que realizan ejercicios de habilidad, agilidad o fuerza sobre la pista, o a los payasos que hacen las delicias del público infantil con sus torpezas intencionadas o sus chistes inocentes, o a las distintas variedades que suelen formar parte de la «troupe» circense que recorre incesantemente los caminos del mundo de feria en feria, de pueblo en pueblo, en una vocación incontenible de vida trashumante.

Pero también podría anunciar, sin hacer un esfuerzo muy acusado, el gran circo nacional donde se representa el melodrama en el que se ha convertido la política, preñado de palabrería de tonos muy diferentes, melodías desafinadas, canciones con letras «urbanas» que no dejan de ser una infracultura acorde con los tiempos, donde hasta el diapasón no refleja la nota necesaria para que la orquesta nacional pueda interpretar la partitura más adecuada para los intereses del país.

Nuestro gran circo se solaza haciendo equilibrismo con las necesidades sustanciales de España, si bien el esfuerzo económico transita con la contundencia del auténtico rey de las fieras del circo, el poderoso elefante, empeño que permite todas las beleidades que a unos y otros se les pueda ocurrir; aunque, mientras, el ser de España, de la unidad nacional, sea manejado desde la cuerda floja, sin que el funambulista utilice ni la seguridad del convencimiento, por falta de concentración quizá, de cómo ha de recorrer el camino sobre el abismo o sin la seguridad de la red protectora que le salve en el caso de que un error en la compensación de fuerzas origine la caída; instalándose en la vaguedad, cuando no renuncia y desprecio sobre los temas fundamentales para el ser del hombre, limitándose a actuar como malabaristas que lanzan al aire antorchas encendidas que, si no se carece de la necesaria porción de destreza, pronto o tarde caerán al suelo porque, en una mala recepción, quemen la mano del manipulador que se recrea con el peligro; haciendo que los payasos distraigan al público asistente con bromas que promueven la risa, con gestos simples que obligan a prestar atención, con provocaciones unas veces inocentes otras con intención, de forma que el auditorio olvide las preocupaciones, se inserte en lo intrascendente, renuncie a pensar, admita las ambigüedades como dogma; asistiendo a las evoluciones de los perritos falderos bien adiestrados que suben y bajan las pasarelas, cruzan de un preciso salto por el aro de fuego y transitan por el redondel de arena esperando la voz que ordene y el subsiguiente premio compensatorio; presentando al habilidoso jinete que en plena carrera salta del caballo al suelo, de nuevo a la silla o cabalga sobre una sola pierna, o de espaldas, mostrando al respetable que se puede jinetear de muchas maneras pero confundiéndole al tiempo, pues éste siempre creyó que la forma correcta de montar era una, sobre la silla, mirando hacia delante, bien apoyados los pies en los estribos y con las riendas asidas con brío y empaque; haciendo pasar, una y otra vez, como en cine de sesión continua, las mismas escenas, las mismas actuaciones de magia o habilidad, los mismos personajes, en un ejercicio insistente con intención de persuadir de que lo que no es surge como posible realidad de ser.

El uso del circo no es nuevo. ¡Qué va! Ha sido un recurso o un entretenimiento a lo largo de la historia, aunque no siempre presentaran la misma estructura. Por remontarnos a la época más gráficamente conocida, ya Roma lo utilizó como entretenimiento y desahogo del pueblo. Hoy el circo también se monta para tratar de convencer al mismo pueblo con las más variadas teorías o doctrinas políticas, sin ofrecerle los medios para que pueda hacer una valoración personal, sino simplemente como señuelo de que será compensado con un premio, que normalmente no pasará de ser un espejuelo, puesto que la verdadera intención, en la mayoría de los casos, es la implantación de unos credos que, no es novedad, ya se ha demostrado son perjudiciales para la sociedad y su fundamento, el hombre.

Aunque en el circo nacional participan todos los actores de la escena política, sin duda los que ganan más medallas por sus funambulistas novicios, magos de pacotilla, equilibristas bisoños, volatineros pedestres, payasos de mil caras, y demás piezas del elenco, son la izquierda montaraz, desconcertada, sin moral por haber decidido prescindir de ella, queriendo hacer de la carpa con tres pistas un lodazal donde los titiriteros se revuelquen por el barro.

Habrá que valorar quién merece tomar parte en un circo higiénico, noble, con coraje y decisión, en el que las atracciones estén manejadas por un jefe de pista hábil y enérgico, que conduzca la función por el auténtico mejor camino.


 
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