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El Brocal
El Brocal - Nº 17
Sábado, 03 abril a las 11:47:09

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 17 – 20 de marzo de 2004

UN EJEMPLO
Por Alvaro Hernán

Como ejemplo del comportamiento volátil de muchos españoles traemos el caso del cineasta Pedro Almodóvar, al que no guardamos mucho afecto por su comportamiento general, por el malévolo y retorcido sentido de sus películas, por sus repulsivas manifestaciones. No parece necesario que aseguremos que recomendamos al público en general que ignoren su producción cinematográfica y renuncien a ver sus bodrios.

Pues a este personaje repelente podemos calificarle como paradigma del español que o es malintencionado por naturaleza, o se deja convencer por lo que ladran determinados medios de comunicación, o es cambiante según soplen los vientos e igual recoge un galardón de determinado gobierno que a renglón seguido lo pone a caldo. Son sus pautas morales.

Por ello, y con motivo de la presentación de su última película y las malévolas palabras pronunciadas en tal acto, sin que vinieran a cuento, recogemos diferentes opiniones sobre tal individuo, con la promesa de no ocuparnos nunca más de él, olvidándole inmediatamente después a que aparezca este número de la publicación.


ALMODÓVAR, VIVO, POR PURO MILAGRO, TRAS EL GOLPE DE ESTADO QUE PREPARABA EL PP
Por Eurogio López

Hispanidad, 17.03.04

Dijo que no lo iba a presentar, pero, al final, el cineasta Pedro Almodóvar ha roto su luto por las víctimas del terrorismo y ha decidido presentar su nueva cinta, «La Buena Educación», que no deja de ser una sutilísima ironía desde el principio hasta el final. Con el corazón roto, Almodóvar se vio obligado a realizar tan penoso deber propagandístico y, de paso, acusó al Partido Popular de intentar dar un golpe de Estado. Y se quedó tan ancho. Es más, consideró que con el triunfo en las urnas de Zapatero había vuelto la democracia a España, se supone que tras ocho años de férrea dictadura.

Todo español debería contemplar una presentación de Almodóvar. Es un espectáculo que tiene su coste emocional, pero muy instructivo. En primer lugar, Almodóvar se hace rodear de una «clá» que le vitorea y aplaude con entusiasmo y que, de paso, introduce el miedo escénico ante cualquier crítico cinematográfico o periodista que se atreva a llevarle la contraria al líder. O sea, todo muy democrático. Porque, naturalmente, como alguien ose interponer el más mínimo pero, nuestro tarro de las esencias cinematográficas se revolverá con toda esa mala uva que le caracteriza (y que, seguramente, es producto de la mala educación recibida en un colegio de frailes).

La puesta en escena de Almodóvar, uno de los cineastas más mimados por el Gobierno saliente, coincide con las elegantes declaraciones de otros miembros del «mundo de la cultura», que más bien habría que calificar como farándula babosilla. La rabia que el mariachi de directores, actores y actrices han vertido contra miembros del Gobierno durante las últimas 48 horas, merece ser recordado. Vicente Aranda, uno de los más subvencionados por el Gobierno Aznar y jaleado por la televisión pública aznarista, afirmaba su regocijo ante el triunfo socialista dado que «si no hubiese ganado el PSOE, nos hubiéramos tenido que exiliar». Juan Luis Galiardo tuvo un análisis político mucho más fino: consideró que la ministra de Cultura (la del grifo de subvenciones, si ustedes me entienden), Pilar del Castillo, es «demoníaca y patética» y que iba «a aniquilarlos», lo que rebela la fina sensibilidad del mundo artístico, del mundo de la cultura... o así.

Y lo de Aranda y Galiardo son datos ciertísimos: brigadas del PP, capitaneadas por Alejandro Agag, recorrían las calles del barrio de Salamanca y las urbanizaciones de lujo del extrarradio madrileño, es decir, las residencias de la farándula progresista (o sea, Vicente Aranda y compañía), armados de palos, garrotes y algún que otro ametrallador, dispuestos a «aniquilar» a los rojos. El chalet de Ana Belén y Víctor Manuel, en una urbanización de lujo madrileña de cuyo nombre no quiero acordarme (por razones de seguridad, se entiende, que, con el PP, los fascistas tienen acceso a los registros), tuvo que ser vigilado por juventudes de la UGT y CC.OO., extras de una película de Aranda sobre la Guerra Civil. Y a todo esto, ¿cómo reacciona el nuevo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero? Con impecable corrección democrática. Esta mañana, Zapatero ha comentado las palabras del nunca bien loado Almodóvar para expresar su extrañeza ante el rumor de que el PP preparara un golpe de Estado. Al parecer, Zapatero, en un alarde de tolerancia, está dispuesto a admitir que Aznar no haría tal cosa, en una democracia. Todo un detallazo. Y esto es lo más grave, que el nuevo presidente del Gobierno sea un rehén de Almodóvar y demás ralea progre. Si no lo fuera, simplemente habría afeado al ilustre cineasta su espléndida necedad.

La única solución que se me ocurre es el firme compromiso de no ver una sola película española filmada después de 1970, y refugiarnos en el cine americano, unos tipos cuyas licenciaturas de historia se regalan en las tapas de yogur pero, qué quieren que les diga, de cine, saben un rato. La farándula babosilla no tiene nada que temer: Zapatero aún será más generoso con ellos. A fin de cuentas, Zapatero es un gran progresista, es decir, que es un señor convencido de que con el dinero de los demás se pueden ganar muchas voluntades y fomentar muchos diálogos, siempre desde la profundad humildad del poder, «of course». A mí sólo me fastidia que ese dinero de los demás con los que financiamos el chalet de Ana Belén es, sin ir más lejos, el mío. Pero, ¿qué quieren? No es posible hacer una tortilla sin romper los huevos. No es posible filmar «La Buena Educación» sin que don Pedro me meta la mano en el bolsillo por conducto interpuesto. Pero lo comprendo: el mundo de la cultura exige muchos sacrificios.

Además, Almodóvar y Zapatero han devuelto, de consuno, la democracia a España. Y no hay dinero que pueda pagar esa deuda. Por cierto, que lo bueno que tiene el director manchego es que se le entiende todo. Así, otra de sus perlas consistió en afirmar que «la victoria nos ha costado 200 muertos». La frase es terrible, pero incide en una gran verdad que ya hemos expresado reiteradamente: ha sido Ben Laden quien ha convertido en presidente del Gobierno a José Luis Rodríguez Zapatero. Y mucho nos tememos que el próximo Gobierno se pase cuatro años intentando librarse de tan espantoso síndrome.
 

LA MEMEZ DE ALMODÓVAR
El Semanal Digital

19 de marzo. Dice Pedro Almodóvar, tan gallardo y exquisito siempre, que el PP intentó un golpe de Estado en la víspera de las elecciones. Y que sólo la lealtad democrática de Su Majestad el Rey pudo impedirlo. La izquierda presuntamente culta, y la que no lo es le ríe su gracejo; porque, ya se sabe, la derecha es golpista y antidemocrática per se, y la izquierda es el único baluarte de las libertades en España, de Largo Caballero a Alfonso Guerra.

No empieza bien la legislatura desde el punto de vista democrático, y si no que se lo pregunten a Ana Botella, que tuvo que votar entre alaridos de «vosotros, fascistas, sois los terroristas». Como si alguien pudiese reprochar algo democráticamente al Gobierno saliente, salvo tal vez su exceso de pulcritud. La memez –no hay otro nombre en castellano- de Almodóvar no tiene sentido por evidentes razones constitucionales, y si tuviese visos de realidad ya estaría en los medios de comunicación y en los Tribunales. Sin embargo, sí es reveladora de un estilo de hacer política y de lo que van a ser estos próximos años.

Y es verdad que ha habido al menos un golpe de mano, mucho menos aparatoso pero mucho más eficaz.

Federico Jiménez Losantos ha hablado de «invierno mediático» para la próxima temporada, cuando PRISA y los medios del Estado actúen en impúdica coordinación. Pero no es sólo eso: Onda Cero mendiga a la puerta de Zapatero, como no puede ser de otra manera, y Planeta no está claro que pueda sobrevivir de espaldas al Poder. Así las cosas, España se va a quedar casi sin voces libres, con un discurso oficial apenas matizado. Y por ese camino el imprevisto zapatazo, del que habrá tiempo de meditar, puede durar mucho más.

Tiempos recios, como anunció Víctor Manuel Arbeloa, socialista arrepentido. Tiempos para convicciones más que para intereses; ya que, en adelante, de los intereses particulares –medios incluidos- se va a ocupar el PSOE, golpe a golpe.
 

UNA PATADA SINGULAR
Por Ignacio San Miguel

Se trata de la gran patada que según el bueno de Almodóvar el cine español ha asestado al partido gobernante con la confección de un documental de 32 cortos en el que se muestran los motivos para no votar a este partido. Y la patada ha sido en los genitales, según se ha cuidado de precisar Almodóvar con su habitual buen gusto. De todos es sabida la aversión que la gente del cine profesa a lo que entienden por «derecha». Sin embargo, lo especial de esta ocasión es que hayan elegido un período de gobierno de España al que los observadores más exigentes, algunos de la misma izquierda, califican como positivo en términos generales. Pareciera que es precisamente el triunfo en la gestión de esa odiada derecha lo que ha llenado de ira y movilizado las energías de estos artístas. También es de suponer que haya habido buena financiación y grandes promesas por parte del entramado político beneficiado por esta obra de arte. Aún así, llama la atención que se hayan animado justamente ahora, con muy problemática pertinencia, y cuando nunca lo habían hecho en estos términos en situaciones mucho más criticables y negativas. Hay aspectos desalentadores. Durante muchos años del régimen anterior, en sus postrimerías sobre todo, era habitual que los cineastas achacasen a la censura la mediocridad de sus creaciones. La censura les constreñía, les coartaba, mutilaba su inspiración, según decían, y así era imposible que se pudiese hacer un cine comparable al del resto de Europa y del mundo. Pero más tarde, una vez suprimida la censura con el cambio de régimen, la falta de calidad del cine español (en términos generales, naturalmente, y salvando las muy dignas excepciones) se mantuvo, y los espectadores siguieron renuentes a disfrutar de este cine. Al principio no fue así, porque los cineastas hallaron en el mucho destape y la mucha cama el expediente que neutralizaba la falta de enjundia argumental y la pedestre realización. Pero este tipo de cine acaba cansando, y lo cierto es que hoy en día la gente sigue sin afluir a los cines para ver películas españolas. A pesar de estar fuertemente subvencionado, no menos por este gobierno que por los anteriores, la situación del cine español sigue siendo precaria. Lo deprimente nace de la constatación de que en el plano ideológico, que es de lo que se trata ahora, muestran la misma falta de personalidad que en el artístico. Todos estos actores, directores, guionistas, etc. siguen aburridamente el mismo patrón. Indefectiblemente, son de izquierdas, exhiben un antifranquismo demodé, un antiamericanismo cerril y una irreligiosidad de rebotica. Todo lo que puedan decir en el campo de la política, la religión o el pensamiento es perfectamente previsible. Sus iconos culturales son los de siempre, una y otra vez invocados: Antonio Machado, García Lorca, García Márquez, Pablo Neruda, etcétera, todos elegidos y admirados por su orientación ideológica. Exhiben una apenas disfrazada simpatía por Fidel Castro y un aparatoso odio hacia Pinochet. En fin, no hay por qué seguir, todos los conocemos. Pero esta uniformidad de criterios, este automatismo en los juicios y las valoraciones, resulta decepcionante, pues aleja la idea de que personas así diseñadas puedan realizar obras originales, de poderosa personalidad. También hay que considerar que, posiblemente, no todos piensen igual; que haya algunos, o bastantes, que sean críticos con la actitud de obediencia sumisa a las pautas dominantes. Pero como estas individualidaded no se manifiestan, permanecen en silencio, es lícito sospechar que se ha establecido en ese ámbito una suerte de dictadura intelectual a la que es necesario someterse si se quiere hacer carrera. Ahora nos vienen con esta obrita, este panfleto cinematográfico, demostrándonos una vez más cuáles son, han sido y serán las inmutables directrices de su orientación ideológica. Pero, antojándosenos que la gente es mucho más inteligente de lo que comúnmente piensan algunos, no nos extrañaría que este documental supusiera un nuevo fracaso, una nueva inutilidad. Una patada sin destino, una coz en el vacío.
 

ROTUNDO FRACASO ARTÍSTICO DE LA PELÍCULA DE PEDRO ALMODÓVAR
El Semanal Digital

22 de Marzo. Salvo algunos guiños a antiguos melodramas, poco hay de interés en una película con un guión deslavazado, unos diálogos tópicos y manidos, y plagada de «tics» anticlericales muy anticuados.

Un joven director de cine busca tema para su siguiente película. Un día descubre a un joven que dice ser un amigo suyo de la infancia. Enrique, así se llama el director, recuerda perfectamente a Ignacio, niño, aunque no le reconoce en el recién llegado. No obstante, el desconocido le trae un relato, «La visita» donde narra todos los pormenores de la infancia compartida: la represión sexual, la educación en un colegio de curas, los supuestos abusos de los sacerdotes, la afición por el cine y el fútbol, las misas en latín... y la pulsión homosexual de casi todos los protagonistas.

El relato termina con el encuentro de los dos chicos y uno de los curas muchos años después: Enrique sería un padre de familia frustrado, el cura Manolo ha dejado el sacerdocio e Ignacio se ha convertido en un travestí que actúa en salas de fiestas. El director se queda fascinado por el relato y comienza a investigar cuando se entera de que el misterioso hombre que se lo ha hecho llegar no es Ignacio (muerto tres años atrás) sino un impostor.

El tema fundamental de la película número quince de Almodóvar es la iniciación en el amor (homosexual) de dos niños que conocen todo tipo de sinsabores y represiones en un colegio religioso de los años sesenta en España.

El estreno del film, no obstante, ha quedado mediatizado por las penosas declaraciones de su director, que en pleno lanzamiento se le ocurrió opinar sobre la recta final de la campaña electoral del 14 de marzo (cortada y traspasada por los brutales atentados terroristas del 11 de marzo) y atribuir al Gobierno del Partido Popular ofensivos y absolutamente falsos rumores sobre un «golpe de Estado» (¿?). Claro que antes Almodóvar dejó al desnudo su mentalidad totalitaria y antidemocrática pontificando sobre que en España sólo hay democracia si gobierna la izquierda.

Al contemplar La mala educación, obra fallida en todas y cada una de sus pretensiones, uno piensa que tal vez la razón de la salida en falso de su autor no haya sido otra que una huida desesperada hacia delante: buscar el victimismo y así aminorar lo que tiene toda la pinta de convertirse en un sonoro fracaso de taquilla.

Dice Almodóvar que llevaba diez años con el guión, comentario sorprendente cuando el mismo es una serie deslavazada de flash back y una acumulación inverosímil de situaciones absurdas, casualidades sospechosas y diálogos manidos. Sobre un fondo nuclear –el rencor a la Iglesia Católica y la exposición de hechos truculentos que fuera de la anécdota individual no se corresponden con la auténtica historia de la educación en España–, Almodóvar juega a su habitual mezcla de géneros: la comedia (el personaje hilarante de Javier Cámara), el melodrama pasional (con homenaje a Sara Montiel, alterando, por cierto, la fecha de rodaje y estreno de Esa mujer de Mario Camus) e incluso el cine negro, ya que el recuerdo de la magnífica Perdición de Billy Wilder planea sobre algunos instantes de esta película desencajada y llena de desequilibrios.

Por lo demás, La mala educación abunda en el estilo recargado de la estética de los últimos títulos de su autor. Lejanos ya los tiempos de bodrios como Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón o Laberinto de pasiones, Almodóvar parecía decantarse por un melodrama exagerado de qualité relleno de adornos morbosos más o menos impactantes (Hable con ella, Todo sobre mi madre). Lamentablemente, la superficialidad, la inverosimilitud e incluso la torpeza narrativa se dan cita en La mala educación arruinando cualquier posible interés de la historia.

¿Buscó Almodóvar el escándalo con sus impresentables declaraciones de los últimos días ofendiendo a millones de españoles? En cualquier caso el tiro le ha salido por la culata, ya que se ha ganado la enemistad de muchísima gente y encima su película en absoluto merece la pena, aparte de que los «tics» anticlericales se caen de puro viejos.

En suma, una mala educación presente en el título y una mala película que de interesante sólo tiene los guiños cinéfilos a grandes melodramas y films noirs del pasado.
 

ESPAÑA, CAOS, ESPÍRITU «MOZÁRABE» Y ANTÍDOTO
Editorial de la publicación Destaque Internacional - Informes de Coyuntura

Buenos Aires, 16.03.04

En Colombia y España, dos modos opuestos de reaccionar ante el chantaje del terror

Los atentados terroristas en España, las crisis de Venezuela y Haití, las convulsiones en Irak y la inestabilidad sociopolítica casi endémica en otros países de Asia y África ponen en el tapete el tema del caos como un común denominador o hilo conductor de esos y de tantos otros acontecimientos del siglo XXI.

Caos: estrategia y meta

En la mayoría de los casos, los observadores se restringen a constatar la irrupción del caos como una consecuencia, omitiendo lo más importante que es el caos en cuanto estrategia e, inclusive, como meta revolucionaria.

La estrategia del caos, en sus diversas variantes, no siempre es sangrienta, valiéndose con frecuencia de otras formas de violencia, como la psicológica o la moral, a veces tanto o más efectivas para promover la revolución anticristiana. Por su parte, el caos considerado como meta sociopolítica no se diferencia substancialmente de la anarquía, que es la propia finalidad del comunismo, en la cual inclusive el Estado desaparecería, tal como lo explicaron Marx y Engels.

El ejemplo de Colombia

Estas distinciones fueron abordadas de una manera didáctica y profunda en un estudio que circuló en Colombia hace un tiempo y que ofrecemos gratuitamente a nuestros lectores dada la enorme actualidad del mismo: «El quiebre y la asfixia de Colombia a través de la guerra psicológica y el caos».

Allí se describe, con abundante bibliografía, cómo en laboratorios de sicología experimental, usando animales, se ha conseguido obtener estados inducidos de apatía y desesperanza a través de procesos psicológicos caotizantes. También se analiza en qué medida esas reglas pueden ser aplicadas a colectividades humanas, algo que a primera vista podría parecer difícil de ejecutar, pero que por otro lado sería apresurado descartar como imposible. En efecto, especialistas en guerra psicológica revolucionaria han señalado que también con seres humanos y con grupos sociales se pueden obtener grados de apatía, indiferencia, pesimismo, terror y quiebre psicológico similares a aquellos obtenidos con animales de laboratorio.

Es interesante y, sobre todo, alentador constatar cómo el propio ejemplo de Colombia, objeto del referido estudio, demuestra que esas técnicas caotizantes, aplicadas a personas y a colectividades humanas, no constituyen un proceso irreversible como lo es en animales de laboratorio, que no están dotados de inteligencia, de voluntad y de libre albedrío. En efecto, el pueblo colombiano ha sabido resistir durante largos años al caos inducido y a la guerra psicológica desatadas por las narco-guerrillas comunistas. Y sus actuales autoridades, interpretando esa voluntad de resistir, hasta el momento han mostrado decisión para enfrentar al terror, algo que faltó a los gobiernos anteriores.

En España, reacción contraria a la de Colombia

En el caso de España, la reacción de un sector de la opinión pública al chantaje terrorista del 11 de marzo fue, lamentablemente, en sentido contrario al de Colombia. Ese sector que, según las encuestas, antes del trágico 11 de marzo votaría por el partido gobernante asegurándole una apretada victoria, después del atentado cambió su intención de voto, provocando un vuelco electoral que dio el triunfo a los socialistas. Diversos comentaristas nacionales e internacionales especulan que dicha modificación en la intención de voto habría sido influida por las informaciones que indican la responsabilidad, en los atentados, de integristas musulmanes deseosos de vengarse por la participación española en la guerra de Irak.

Preocupante efecto intimidatorio

En otras palabras, se habría obtenido un preocupante efecto intimidatorio. Ivo Daalder, un experto en política europea y terrorismo del Brookings Institution de Washington, dijo que el viraje después del ataque contiene un presagio peligroso: «Es inquietante que los terroristas puedan ver esto como una señal de que un bombardeo al aproximarse elecciones pueda tener impacto». «Sería imposible creer en esos resultados de no haber sido por los 200 muertos», añadió un analista en Antena 3. El diario El Mundo, de Madrid, constata que los corresponsales de medios extranjeros fueron los únicos que lanzaron al victorioso candidato socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, durante su primera conferencia de prensa, una pregunta «que los periodistas españoles no se han atrevido a formular tan directamente»: «Si un atentado terrorista puede cambiar los resultados de las elecciones, ¿no es una victoria del terrorismo?». Pregunta que, según El Mundo, fue seguida por un «silencio sepulcral» y por una posterior ambigua explicación sobre las «ganas de cambio» de los españoles.

Silencio y ambigüedad sobre «re-islamización»

Más allá del silencio y de la ambigüedad del líder socialista sobre este delicado punto, la verdad es que España pasa por un peligroso proceso de «re-islamización» tal como lo advirtieron, entre otros, los periodistas españoles Enrique Montánchez y Pedro Canales en su libro En el nombre de Alá, publicado por la Editorial Planeta. Los referidos autores constatan que la inmigración de origen norteafricano se ha transformado en un «caldo de cultivo» para los integristas musulmanes y que gracias a ello «el terrorismo islámico ha convertido a España en una plataforma de preparación logística» para «atentar contra objetivos» no sólo en dicho país sino «en otras naciones» del continente.

Esta dura realidad, con consecuencias profundas en lo social, cultural, político y religioso, se palpa y se siente en la vida cotidiana de la España de hoy. Existe un importante sector de opinión que justificadamente se alarma con tal perspectiva, mostrándose decidido a enfrentarla; y otro sector que, que por razones ideológicas de fondo anticristiano apoya la penetración musulmana. Entre ambos, una faja intermedia ha ido adoptando una actitud «mozárabe», similar a la de aquellos españoles que, en la época de las invasiones musulmanas, optó por un modus vivendi con los invasores.

Mentalidad «mozárabe» y antídoto

Esa mentalidad «mozárabe» parece haber sido decisiva en el vuelco electoral de las recientes elecciones del 14 de marzo. Y configura en la España de hoy -así como también en otras naciones europeas con realidades similares- un dilema clave para la supervivencia política, cultural y religiosa del Viejo Continente. Lo advirtió en el último sínodo de obispos europeos el arzobispo de Smirna, Turquía, monseñor Giuseppe Bernardini, al narrar la mal velada amenaza de una alta personalidad musulmana, durante un encuentro oficial sobre el diálogo cristiano-islámico: «Gracias a vuestras leyes democráticas, os invadiremos; gracias a nuestras leyes religiosas, os dominaremos».

El antídoto para contrarrestar el espíritu «mozárabe» pasa sin duda por la evocación de un admirable hecho histórico ocurrido hace 1.200 años en la histórica gruta de Covadonga, en las montañas de Asturias. Se trata del vigor espiritual de don Pelayo, héroe de la Reconquista, quien rechazó de plano las insinuaciones del mozárabe obispo don Opas, que lo instaba a capitular ante los sarracenos invasores.

Postdata

Sobre el caos en cuanto meta comuno-anárquica, a que nos referimos en este editorial, es interesante mencionar los debates suscitados a ese respecto en el marco del Foro Social Mundial (FSM), actualmente la mayor articulación de movimientos de izquierda y alter-mundialistas. Por ejemplo, el teólogo «liberacionista» Leonardo Boff, activo participante de dicho evento, basándose en las denominadas «teorías del caos», declaró pertenecer a la vertiente que cree necesario «estimular los elementos positivos del desorden», de manera que el caos sea «la base del nuevo orden».


 
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