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Altar Mayor - Nº 92 (15)
Martes, 06 abril a las 11:19:08

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 92 – Marzo-Abril de 2004

EL EVANGELIO TACHADO A DOMICILIO
Por Arturo Robsy

Por robar un poco a Shakespeare, la libertad está hecha con la sutil materia de los sueños. Tejida con brumas y, peor aún, cimentada en la opinión que se fabrica y no en la verdad que se ve. Todo esto debe resumirse a la española: no hay libertad en casa del que calla y teme.

Antes del 25 de febrero, miércoles de ceniza, la judería mundial -normalmente atea pero normalmente racista- había desatado una campaña contra «La pasión de Cristo», película de Mel Gibson que debía estrenarse este 25-F en 2.800 salas de Estados Unidos (al final fueron 4.000).

La judería internacional suele entretener sus ocios con campañas mundiales, ya a favor de intereses mundiales ya como cuestión de relaciones públicas: hay que pensar bien del pueblo escogido y denigrar a quien osa decir alguna verdad poco favorable. En este caso, como en tantos, la campaña extendía grandes críticas sobre una obra que no habían visto sus destinatarios, personas, pues, que carecían de elementos de juicio para decidir, con su propio criterio, si debían o no aproximarse a la creación de Mel Gibson, católico dispuesto a mostrar las salvajadas que le hicieron al Hijo de Dios antes de arrebatarle la vida.

La obra tiene peculiaridades en beneficio del realismo: está hablada en cananeo y latín, o sea, como entonces. Se subtitula. Además, nada dice que no figure en los Evangelios, obras históricas en las que se basa la fe de la mitad de la humanidad. Peculiar es también que, antes de poderla juzgar nosotros, los fabricantes de opinión ya habían dicho al planeta entero que la película era racista, antisemita (los hebreos no son los únicos semitas), que era cosa incluso exagerada para un club de sadomasoquistas avanzados. O sea, que no era aceptable por quienes usan el pensamiento autorizado, que es el cómodo y se sirve ya pensado.

El día 25 mismo, el del estreno, el ABC, siempre respetuoso, a veces servil, con la judería desde hace bastantes años, daba la noticia de que, además de cuanto va dicho, los obispos católicos de Estados Unidos deploraban su antisemitismo. El periódico recordaba además que nada semejante había sucedido desde las películas que hicieron los nazis, que no se sabe qué Pasión filmaron. Desde el ABC no se escatimaban tópicos ni descalificaciones ni consejos como no permitir que los niños vieran la historia y se convirtieran en fundamentalistas católicos, porque la fe ha servido siempre para la matanza.

Al separar el trigo de la paja, la base de tanta crítica furiosa residía en las torturas que sufrió Cristo y en lo inoportuno que era mostrarlas dado que esas torturas tenían una nación responsable, hoy ya fósil, que no debe ser criticada. Había un gran dolor mundial por el intento de recordar unas palabras que llevan casi dos mil años en los Evangelios: Cuando se ha de soltar a Barrabás y no al Cristo, pese a la compasión de Poncio Pilato, el populacho gritó: «caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos». Está en los tres sinópticos. No lo inventa Mel Gibson, que es del Evangelio que usamos todos los católicos y las sectas reformadas.

Se argumenta en el ABC (y en la CNN+) -en crónica de Alfonso Armada, desde Nueva York- que el Vaticano II es contrario a culpar a los judíos, como colectivo, de la muerte de Jesús. O sea: se pretende hacer creer que el Concilio Vaticano II es contrario a algunos aspectos del Evangelio y los cristianos tontos que no se han enterado de que no vive ya ninguno de los malvados que exigían la muerte del Hijo del Hombre.

Un tal Abraham Foxman, director de la «Liga antidifamación», ha agradecido a los obispos su docilidad, pero sigue siendo un señor poco respetuoso con lo cristiano y que, por el cargo será, considera la palabra de Cristo como difamación; o sea, un moderado. Otro tal Caleb Deschanel, dice demasiado y se le entiende todo hasta el final: «que la obra de Gibson es un brutal y obsceno filme que demoniza a los judíos». Fácil de traducir: la formidable maquinaria mediática, la que vuelve a escribir la historia o levanta la excomunión del liberalismo, esta vez se lanza a fondo, censura los Evangelios y trata de censurar algunos de sus testimonios. Tal vez sea en nombre de la libertad, del respeto y de otras maravillas hechas de bruma, o sea, de prensa y de televisión, pero también un episodio más de la Opinión Cautiva: fácil, común, repetida. Puro «mobbing» o chantaje moral.

En la página siguiente a la que se comenta, en el ABC del 25 de Febrero, miércoles de ceniza, se da la noticia de una insistencia más en la idea de que el catolicismo fue cómplice del nazismo y no poco responsable del llamado holocausto, que es sacrificio judío y no de judíos. El buen libro que se alaba, muy aceptable, lo ha escrito Peter Godman, de Nueva Zelanda, y se titula El vaticano y Hitler.

Sabemos que quien no defiende su fe no la tiene y que quien no defiende la verdad, no la busca. Por eso no extraña que no haya aparecido ninguna campaña contra esta edición. Ningún hombre bueno se ha rasgado las vestiduras ni ha señalado falsificaciones de grueso calibre. Unos y otros, los que avanzan en la perversión de las historias y los que callan, con su pan se lo coman, pero no viene mal negarse a ser manipulado y exigir que se cumplan derechos como el de recibir información veraz en substitución de verdaderas campañas internacionales que, por cierto, demonizan a los cristianos y a sus libros sagrados.

Como la catequesis ha flojeado mucho en los últimos treinta años, he aquí lo que hasta los obispos norteamericanos prefieren que no lean los creyentes o los simples estudiosos; lo que debe ser censurado de nuestros libros sagrados sin que se alce una voz contra el atropello. Nos lo explica el respetuoso ABC que considerábamos vendido a una cierta empresa vasca pero que, a lo mejor, lo ha sido a otro grupo más poderoso. Se cita a San Mateo, XXVII, 17-26:

«17. preguntó Pilato a los que habían concurrido: ¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás, o a Jesús, que es llamado el Cristo, o Mesías?

»18. Porque sabía bien que se lo habían entregado los príncipes de los sacerdotes por envidia.

»19. Y estando él sentado en su tribunal, le envió a decir su mujer: No te mezcles en las cosas de ese justo, porque son muchas las congojas que hoy he padecido en sueños por su causa.

»20. Entretanto, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos indujeron al pueblo a que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

»21. Así es que preguntándoles el presidente otra vez, y diciendo: ¿A quién de los dos queréis que os suelte?, respondieron ellos: A Barrabás.

»22. Replicóles Pilato: ¿Pues qué he de hacer de Jesús, llamado el Cristo?

»23. Dicen todos: ¡Sea crucificado! Y el presidente: Pero ¿qué mal ha hecho? Mas ellos comenzaron a gritar más, diciendo: ¡Sea crucificado!

»24. Con lo que viendo Pilato que nada adelantaba, antes bien, que cada vez crecía el tumulto, mandando traer agua, se lavó las manos a la vista del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo, allá os lo veáis vosotros.

»25. A lo cual respondiendo todo el pueblo, dijo: Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos.

»26. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó en sus manos para que fuese crucificado».

O sea: el que crea, que lo diga. Cáscaras.


 
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