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Altar Mayor - Nº 92 (12)
Martes, 06 abril a las 11:25:06

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 92 – Marzo-Abril de 2004

DEMOCRISTIANOS DE TROYA
Por Miguel Ángel Loma

Cuando se trata de socavar instituciones fundamentales la estrategia es siempre la misma: se busca un caso extremo, algo que suene a un atentado de lesa Humanidad, una de esas situaciones que tocan la fibra más íntima del corazón y que por su trágica singularidad constituye la excepción que se presenta insolente para burlarse de cualquier regla. Una vez hallado este caso estrella se utiliza como icono magnético que automáticamente nos conduzca a identificar el problema poniéndole cara y ojos, mientras más terrible mejor: La imagen física del caso elegido evitará detenernos en un estudio objetivo, sereno y racional de los antecedentes y circunstancias. Conseguido lo anterior, se accede a los medios de comunicación (extremadamente dóciles con el progresismo, para evitar ser tachados de retrógrados) y desde allí se procede a un bombardeo inmisericorde de la opinión pública utilizando el caso estrella con toda clase de artillería: mientras más burda y gruesa sea, mayores efectos se consiguen. Todo vale si va aderezado con verdades a medias y medias verdades, junto a un buen lema de combate que guarde cierta rima para ser cacareado en posibles manifestaciones. También es conveniente añadir unos cuantos datos comparativos de lo que dicen que sucede en otros países sobre esa misma cuestión, junto a sondeos manipulados con resultados que encierren cifras redondas fáciles de asimilar (si hay que mentir se miente: ¿quién es Pitágoras para frenar el progreso de la humanidad?); y por supuesto, siempre contaremos con la desinteresada ayudita de intelectuales de la talla de Cristina Almeida, Javier Sardá y el corillo de los alegres chicos de picores tan ocultos como insaciables, que pululan por todos los programas y que son los que en realidad están forjando en España la opinión pública desde las televisiones. Lo fundamental es lanzar el mensaje de que nos encontramos ante un problema gravísimo que está exigiendo una regulación adecuada a los nuevos tiempos; y si al principio la cosa se plantea difícil, se comienza alegando que dicha regulación será algo excepcional para casos muy específicos; más adelante se ampliarán generosamente los criterios porque hay que aplicar nuevos enfoques que nos permitan ofrecer respuestas más acordes con una sociedad avanzada y plural, rabiosamente viva, rica y cambiante, superadora de la hipócrita y caduca moral judeocristiana. Como resultado final obtendremos una reforma legislativa metida con calzador y confeccionada para regular unos supuestos muy concretos, pero cuyas normas comienzan enseguida a interpretarse tan abierta, analógica y expansivamente (a los jueces no les gusta nada que les tachen de carcas), que ni siquiera hará falta cambiar la legislación durante un tiempo para que consigamos proyectarla sobre unos supuestos que nada tenían que ver con el planteamiento originario. (En una fase posterior se reformará de nuevo la ley excepcional para ampliar sus contenidos y sentar como principios generales lo que hasta ayer constituían excepciones).

Así ocurrió con el Divorcio: «¿Quién es capaz de negarle una segunda oportunidad a quien cometió un error casándose con la persona equivocada, que además de ser una bestia carecía de imaginación en las artes amatorias? ¿Por qué condenar a los hijos a soportar una situación prebélica?». Bueno, esos argumentos se oyen al principio, después nos encontramos con el discurso de que el matrimonio es algo a eludir: un mal rollete de rígidos requisitos burocráticos que pretenden encerrar los sentimientos en unos papeles. Al final se combate el concepto mismo de matrimonio salvo que se trate de dos situaciones dignas de protección: si se contrae por enésima vez previo cobro de una sustanciosa exclusiva mediática y bajo un exótico rito caribeño guay-guay que exige a los novios vestir una indumentaria ridícula; o si se trata de un matrimonio entre homosexuales (¿no es curioso el deseo febril que empuja hoy a las personas de conducta homosexual, otrora tan liberales, por contraer matrimonio entre sí y querer «empapelarse»?). Salvo en estos dos casos, en todos los demás rige el principio de que para amarse sobran los papeles, y que lo sincero es el temporal, una especie de contrato basurilla de duración tan fugaz como los nuevos tipos de contratos laborales. El argumento originario de que había que separarse por la paz familiar y el bien de los hijos, queda rápidamente en el olvido. ¿Paz familiar? Pero si lo que yo quería era marcha... ¿Los hijos? Que les vayan dando...

Así ocurrió también con el Aborto: «A ver, ¿quién es el degenerado capaz de negarle el derecho a disponer de su cuerpo a una disminuida psíquica, menor de edad y violada por su padre, su hermano y hasta el tío del butano; con un feto monstruoso de incierto progenitor creciéndole en el vientre, que además conllevará ineludiblemente un gravísimo riesgo para la vida de la madre y el hijo, en el caso de no interrumpir voluntariamente el embarazo?». Acto seguido aparece no el del butano sino el tío Paco con la rebaja (y con algo muy parecido a un bisturí o una letal aspiradora), y la realidad nos abofetea con el criminal dato de que en el 2001, último año sobre el que hay cifras oficiales, se ejecutaron 70.000 abortos en nuestro país, y que el 99% de ellos, se hicieron bajo el amparo (es un decir) legal de que la madre pudiera padecer un grave peligro psíquico en el embarazo; lo que traducido significa, más o menos, que el psiquiatra de la clínica abortista debe firmar un papelito antes (o después) de realizada la salutífera faena. Avanzando, avanzando, ya tenemos la RU-486 y el pildorazo del día después, medios ambos que a este paso acabarán regalándolos junto al menú familiar en McDonald’s o la ropitas de primera comunión.

Casi lo mismo está ocurriendo con la Homosexualidad, aunque en este caso se trabaje la venta del asunto en un aspecto victimista colectivo, más que como un lacrimógeno caso individual, presentando a los homosexuales como una minoría agredida y castigada (¿por quién, cómo y cuándo?) pese a que, curiosamente, ese mismo discurso nos intente hacer creer que todos los grandes «hombres» de la historia han sido homosexuales. «A ver, ¿qué clase de machista racista, fascista, taxista, taxidermista, xenófobo y homófobo no admite que en los armarios existan otros seres diferentes de las polillas? ¡Pero si está comprobado históricamente que hasta el Capitán Trueno tuvo su momento Boris Izaguirre con el jovenzuelo Crispín! Por no hablar de Roberto Alcázar y Pedrín, algo mucho más fuerte y que tuvo lugar en plena dictadura burlando inteligentemente la férrea censura franquista». Como en el Divorcio y el Aborto, más adelante vendrá otra vez el tío Paco con la rebaja (aunque esta vez viene de San Francisco y con un atrevidísimo color fucsia), y ahora ya se nos exige no sólo el matrimonio entre gays y lesbianas, que no es cosa liviana, sino su derecho a la adopción de criaturitas para orientarlas convenientemente mirando hacia Hollywood, la meca de las libertades. La legalización de tríos y demás polígonos amatorios vendrá un poquito después. Paciencia.

Algo muy parecido comienza a ocurrir con la Eutanasia, aunque en este caso a los defensores de la muerte (ajena, claro) se les escapó un auténtico caso estrella: el del tetrapléjico Ramón Sampedro; un caso que surgió cuando la sociedad no estaba suficientemente preparada para asimilarlo. (No obstante, David Trueba está dirigiendo una película sobre este triste suceso y, conociendo el paño, es previsible que el filmete vaya en sentido favorable a la eutanasia. Si además, y por esas «casualidades» de la vida, surgiera otro caso como el de Sampedro que curiosamente coincida con el estreno de la película de Trueba, vamos a tener eutanasia legalizada en menos que estira el moco un pollo con gripe).

El último capítulo en esta «conquista de avanzadas libertades» lo encontramos en la manipulación genética y en la cosificación de embriones humanos. «¿Cómo no permitir que se descuarticen a los embriones sobrantes de la fecundación cuando se trata de una técnica que en un futuro podría servir para curar a diabéticos? ¿Por qué impedir que unos padres puedan concebir a un hermanito para que le done a su hermanita enferma lo que sea menester para su supervivencia? ¿Quién es el fariseo capaz de invocar la ética para dejar morir a los enfermos? ¿Cómo impedir la investigación que nos conducirá a superar el dolor, la vejez y la muerte?». Primero serán los embriones humanos, y poco a poco nos irán preparando para recibir las barbaridades más escabrosas de una ciencia sin límite alguno que convertirá al planeta en una sucursal de la isla del Dr. Moreau.

En todos los anteriores casos se comprende la repetición de las mismas técnicas demagógicas: si la vieja estrategia del Caballo de Troya funciona ¿por qué cambiarla? Pero al analizar sus objetivos observamos que lo que se persigue en realidad al pretender fomentar el divorcio, el aborto, la homosexualidad, la eutanasia, la cosificación del ser humano, etc., no es otra cosa que atacar la concepción cristiana de la persona y la familia, esto es: laminar los fundamentos de la sociedad occidental. Por eso, resulta sorprendente que todas las anteriores conquistas anticristianas hayan sido conseguidas en Occidente gracias a la directa colaboración, ya sea por acción u omisión, de unos políticos que se presentaban electoralmente apelando al voto cristiano e invocando, como fundamento de su pensamiento, el denominado Humanismo Cristiano, un concepto tan prostituido políticamente que casi da reparo utilizarlo. Estos mismos políticos no le hubieran hecho ascos a firmar la condena de Jesús, siempre que la elección de preferencia sobre Barrabás se hubiese adoptado en votación democrática con papeletas homologadas por el propio Pilatos.

Estos introductores de tantos Caballos de Troya son los responsables en gran parte de la actual situación de descristianización de nuestra sociedad, incapaces de señalarse ante la gente o ante los medios de comunicación, se han visto respaldados por la complicidad de algunos jerarcas eclesiásticos que padecen su misma actitud de canguelo moral, partícipes todos de un mismo lema de «combate» que muy bien podría ser el de «No os mováis que es peor porque se nos ve más el trasero». Con sus tibios silencios colaboracionistas han logrado que los españoles nos hayamos acostumbrado a casi todo y que seamos capaces de asistir con cara de póquer a las aberraciones más repulsivas, siempre que nos las presenten revestidas del mágico tejido del progresismo, únicamente apreciable a las inteligencias verdaderamente libres, avanzadas y plurales. Un viejo cuento con una vieja moraleja.

A principios del siglo XXI se impone la jubilación de esta vieja casta de políticos (por muy jóvenes de edad que sean) incapaces ya de dar calor a ninguna fe ni de abrazar ninguna moral de combate. Tal como se está perfilando el futuro, quienes creemos todavía que España es algo más que una reunión de autonomías o un destino turístico de sol, playa, sexo y alcohol, necesitamos generar una nueva clase política; gente que se lance al combate público sin miedo al qué dirán, y que hable de Patria y de su historia sin complejos de inferioridad. Gente que hable de España con alegría, cristianos que crean verdaderamente en que lo que defienden sin imponer sus ideas a los demás pero con la misma firmeza, al menos, que la que se gastan los de enfrente. Nuevos hombres y mujeres que ante la descomposición moral de nuestra nación propongan políticas más audaces y profundas que arreglarle los dientes a niños y viejos. Entre otras cosas, porque el problema más que de dientes es de olfato y estómago.


 
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