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Altar Mayor - Nº 92 (10)
Martes, 06 abril a las 11:31:51

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 92 – Marzo-Abril de 2004

GOMÁ Y LAUZIRICA, DOS TRAYECTORIAS POLÉMICAS
Por Vicente Talón

MONSEÑOR GOMÁ

«Están lejos los tiempos en los que San Ambrosio le negaba a Teodosio, tinto en sangre, el acceso a la Iglesia. Las puertas que se cerraron para el asesino de Salónica, se abren de par en par para el asesino de Badajoz».

Esta dura frase que insertó en L'0euvre, el 2 de octubre de 1936, el escritor católico Albert Bayet, se refería por un lado a Franco, claro está, y por otro al cardenal Gomá que, efectivamente, desde su alta jerarquía, era en la época su mejor valedor eclesial. Pero si algunos extranjeros atacaron al primado, nadie lo hizo tan demoledoramente como los nacionalistas vascos que le reprochaban su silencio frente a los fusilamientos que tuvieron lugar en Navarra cuando él residía allí, su peso en la pastoral Olaechea-Múgica, en su apoyo de la Cruzada, su amparo a la causa insurgente, etc. En resumen, le veían como el primer propagandista, alertador, exculpador y padrino religioso del Alzamiento. Todo esto no era un secreto pues Gomá se manifestaba, en público, de una manera inequívoca y, en ocasiones, acercándose mucho a posturas propias extremas. El 28 de septiembre de 1936, por ejemplo, dijo desde los micrófonos de Radio Navarra: «Judíos, masones, fuera de la ley, o con la ley cuando llegó su hora, envenenaron el alma nacional con doctrinas absurdas, con cuentos tártaros o mongoles, aderezados y convertidos en sistema político y social en las sociedades tenebrosas manejadas por la internacional semita». Luego, en el mes de diciembre, repitió acusaciones similares y atribuyó los males de España a la «imitación servil de los modos extranjeros, a la farsa del parlamentarismo, la falsedad del sufragio universal y las insensatas libertades de enseñanza, universitaria y de prensa».

Ligado afectivamente al viejo Régimen no se atrevió sin embargo, de un modo abierto, a abogar por la restauración monárquica aunque ante un enviado del diario alemán Lokal Anzeiger, tras afirmar que la Iglesia española estaba menos interesada en la forma de gobierno que en la característica cristiana del Estado, matizó: «Acaso cuando el pueblo español pueda continuar su rumbo natural, olvidando un pasado sin grandeza, acaso sea posible entonces que abrigue inclinaciones orientadas hacia el retorno de la Monarquía».

Tras su primera entrevista con Franco, el cardenal dio a conocer al Vaticano la posición del flamante Caudillo en siete puntos que pueden resumirse como una alineación total con la Santa Sede y el refrendo de todos los objetivos de la Iglesia de España. Sibilínamente, Gomá añadía: «El jefe del Estado español en su anhelo de la prosperidad de su querida patria, se atreve a esperar de la Santa Sede, que tantas pruebas tiene dadas de su amor a España, su concurso moral y espiritual valiosísimo para la solución de aquellos problemas que aún siendo de orden político o civil, se roza en algún aspecto con los intereses del espíritu».

Este fue el primero de los ciento treinta informes que durante los nueve meses que duraría su gestión, como mediador entre Franco y la Santa Sede, envió a Gomá a Roma.

No habiendo podido lograr, durante mucho tiempo, el reconocimiento de la España azul por parte del Vaticano, obvió esta laguna atribuyéndole a Pío XI, primero, y a su sucesor, Pío XII, más tarde, intenciones que éstos no habían llegado a expresar nunca aunque, eso sí, tampoco fue desmentido.

Detalle que no conviene menospreciar, pues arroja mucha luz sobre sus pasos. Gomá, como otros obispos, se había manifestado en ocasiones de un modo despegado, cuando ya no crítico, naturalmente de puertas adentro, con relación al Papa. Por ejemplo, después de la entrevista que sostuvo el 23 de julio de 1933 con Segura, exiliado a la sazón en la localidad francesa de Anglet, tomó unas anotaciones que, junto con otros documentos, fueron intervenidos por las milicias populares al ocupar su palacio de Toledo. Allí explicaba que Pío XI «es un hombre frío y sin afección, frío y calculista» (sic), puntualizando: «La política republicanizante del Papa con respecto a España, en cuya órbita ha entrado de lleno el nuncio y Herrera (se refiere al luego cardenal Herrera Oria) con sus huestes, se debe a su criterio de que hay que estar siempre bien con todos los gobiernos».
 

Un cardenal «arquitectónico»

Los nacionalistas vascos, por las razones antes expuestas, le obsequiaron con un fuego graneado desde los periódicos que controlaban. Y más críticos fueron todavía los abertzales etereodoxos de Acción Nacionalista Vasca que, desde «Tierra Vasca», tronaron rememorando el bombardeo de Durango: «Las iglesias del pueblo empezaron a derrumbarse. Más aún. En vuelo bajo rondaban por el convento los aviones de los defensores de Cristo. El racimo de monjitas, paradas por el terror, se desparramó por la huerta, y en ella fueron ametralladas por los heroicos pilotos del cardenal Gomá».

Para más agravar la profusa antipatía que se le profesaba, el 10 de enero de 1937 el purpurado le envió una carta abierta al presidente Aguirre, jefe del gobierno autónomo vasco, que contenía buena parte de su pensamiento a propósito de la guerra, en sí, y más específicamente sobre la actitud adoptada por el PNV en el conflicto. Buscaba, como le escribió al obispo de Orihuela, Javier Irastorza, al remitirle dos ejemplares de la misiva en cuestión, responder a «su paisano, el Sr. Aguirre, que se permitió hablar desconsideradamente de la jerarquía y, a más de poner las cosas en su sitio, pretendo tocar las fibras del alma vasca para que reaccionen y vean la monstruosidad de su colaboración con los comunistas».

Este documento reflejaba, uno por uno, los puntos de vista del Gobierno nacional y a él contestó al lendakari, el 9 de marzo, con otro en el que le rebatía de un modo no menos extenso, tajante y apasionado. No obstante, y aunque las posturas eran irreconciliables. Gomá mantuvo contacto con los burukides, los dirigentes del PNV, a lo largo de toda la guerra en el Norte y capitaneó algunos de los intentos que se abordaron para conseguir una paz por separado entre Franco y el gobierno de Bilbao. Sobre ese punto quiero señalar que existen indicios suficientes para pensar que si la paz no cuajó fue, entre otras razonas, porque el cardenal, fiel a lo que auspiciaba el Caudillo, sólo admitía, como dijo en su intervención en el Congreso Eucarístico de Budapest, una salida: la rendición incondicional. En una carta dirigida al canónigo nacionalista Onaindía, desde Pamplona, el 5 de mayo de 1937, le aleccionó en ese sentido muy a sabiendas de la influencia que don Alberto ejercía sobre el presidente Aguirre:

«Lamento como el que más lo que ocurre en Vizcaya. Hace meses que sufro por ello. Dios es testigo. Especialmente lamento la destrucción de sus villas en donde tuvieron asiento, en otros tiempos, la fe y el patriotismo más puros. Pero no se precisaba ser profeta para predecir lo que ocurre. Lo que pudo parecer profecía se ocultó concienzudamente a ese sencillo pueblo, que ha sido víctima de dirigentes sin talento y sin conciencia, al menos con una conciencia totalmente equivocada. Los pueblos pagan sus pactos con el mal y su proverbia en mantenerlos. He trabajado por Vizcaya con denuedo desde agosto último. Seguiré haciéndolo, pero me permito responder a su angustiosa carta con un simple consejo: que se rinda Bilbao, que hoy no tiene más solución. Puede hacerlo con honor, como pudo hacerlo hace dos meses. Cualquiera que sea el bando destructor de Guernica ese es un horrible aviso para la gran ciudad».

Un texto que, por sí mismo, demuestra hasta qué punto era incapaz Gomá de llevar adelante, con éxito, un esfuerzo de paz ya que su dialéctica altamente política, su descalificación de los expertos abertzales, su disculpa de los bombardeos que estaban reduciendo buena parte de Vizcaya a escombros y su amenaza encubierta de que Bilbao (la gran ciudad) podría ser arrasada como lo fuera Guernica, demuestran cuál era el temple del cardenal y hasta qué punto el espíritu de conciliación se hallaba lejos de su manera de ser.

Naturalmente Gomá, a quien el a la sazón famoso charlista Federico García Sanchís llamó arquitectónico, tuvo numerosas pruebas de que su actuación, además de por los burukides y masa militante del PNV, no era bien vista por un sector de la clerecía vasca. Resultaba lógico que así fuese pero el cardenal se resintió por ello, escribiéndole a Onaindía: «No me hace tanto daño el no haber sido comprendido como el que fueran mis hermanos sacerdotes, por quienes tanto he hecho, los que hayan echado a los vientos, con ligereza e injusticia, el nombre de un prelado de la Iglesia. Que todo sea por el amor a Dios».
 

La Carta Colectiva

Visto lo visto hasta aquí, a Gomá puede situársele a la cabeza de quienes, tocados con una mitra, exaltaron a Franco tanto de viva voz como por escrito. En sus informes al Vaticano lo adornaba con todos los méritos posibles; ante el pueblo español le llamó «instrumento de los planes providenciales de Dios sobre la Patria», y en abril de 1939, al ungirle como Caudillo, dijo: «El Señor está siempre contigo y Él, de quien procede todo derecho y todo poder, y bajo cuyo imperio están todas las cosas, te bendiga y con admiración providencial siga protegiéndote así como al pueblo cuyo régimen te ha sido encomendado. Prueba de ello es la bendición que te doy en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

Pese a su indudable afección a la causa del Alzamiento, algunos jerarcas le contemplaron con recelo situándole entre la media docena escasa de obispos a los que creían no fiables. Se basaban para ello en cosas tan anecdóticas como que cuando visitó al arzobispo de Burgos para que intercediese en favor de los sacerdotes vascos, se hizo acompañar por dos clérigos catalanes. El propio prelado burgalés le dijo a monseñor Eijo Garay a propósito del primado: «¡No te fíes de él, Leopoldo! ¡Es catalán!». Por su parte al canónigo Arboleya le aseguraron en Valladolid que el entusiasmo del cardenal era forzado y que sus escritos a favor del Movimiento Nacional distaba mucho de ser sinceros.

También el almirante Magaz, embajador en Roma, pese a que le vio actuar tratando de conseguir enfáticamente el reconocimiento del Gobierno nacional por la Santa Sede, arrojó sombras de duda sobre sus reales intenciones, informando el 21 de diciembre de 1936:

«No me atrevería a decir lo mismo en cuanto se refiere a la actuación de algunos nacionalistas vascos para los que el cardenal Gomá guarda una condescendencia difícilmente explicable en quien como él, aun siendo catalán, condena el catalanismo en todas sus formas y lo cree siempre activo y maléfico en torno al Vaticano. En ese sentido, la visita del cardenal Gomá no habrá contribuido a facilitar la gestión que el que suscribe, como representante del gobierno nacional, viene haciendo en contra del obispo de Vitoria, del obispo electo de Las Palmas y demás nacionalistas vascos, fueron los dos primeros los acompañantes casi continuos del cardenal, quien, a su vez, tuvo, siempre a ellos se refería, palabras de benevolencia. Tampoco el cardenal habrá desvanecido la idea de que se ha castigado injustamente a unos cuantos sacerdotes nacionalistas vascos a los que se cogió con las armas en la mano. El cardenal Gomá cree que esa represión fue exagerada e injusta y, lo que es más grave, no atribuye la injusticia a un error del tribunal que les condenó, sino al procedimiento impuesto por la autoridad militar».

Luego, el 10 de mayo del año siguiente, en un mensaje también dirigido a sus superiores, en Salamanca, Magaz deslizó este envenenado párrafo: «Guardando las respuestas que merece la alta personalidad del cardenal Gomá, me permito insinuar que entra en los límites de lo posible, porque ello es muy humano, pensar en la posibilidad de que el primado, que hoy es el representante de la Santa Sede en España, no sienta impaciencia por desposeerse de esta representación y no favorezca por tanto, directa ni indirectamente, la llegada a un reconocimiento "injure". Su punto de vista, si se le consulta, puede no ser apasionado». Es decir que, según Magaz, el cardenal le había tomado gusto al cargo que desempeñaba y lo protegía saboteando la normalización de relaciones entre la Santa Sede y Franco.

Quién lo hubiera dicho, el propio cardenal acabó por desengañarse. Fue un duro golpe para él que el gobierno prohibiese la difusión de su pastoral «Lecciones de la guerra y deberes de la paz», firmada el 8 de agosto de 1939, así como que disolviera la Federación de Estudiantes Católicos sin tomar en cuenta su opinión en contra. No menos debieron desagradarle los rumbos del Régimen que instauraba el caudillaje –con su bendición personal y solemne, todo hay que decirlo– en vez de reinstaurar, como él deseaba, la Monarquía.

Recapitulando las confidencias de sus últimos meses de vida, el sacerdote Lluís Carreras informó, el 5 de diciembre de 1941, al nuncio Cicognani: «En la serenidad de la paz, el cardenal Gomá no se recata de juzgar su propia obra –la Carta Colectiva– en términos muy distintos del clima ardiente en que se produjo [...] Llegó a una íntima revisión de los hechos pasados, y no dejó de sentirse coincidente con el criterio romano acerca de España, que en el fragor de la lucha nacional no acertara tal vez a justiapreciar».

En un sentido parecido, con relación a la Carta Colectiva –el documento con el que la casi totalidad de los obispos españoles apoyaron la causa nacional en armas–, se manifestó a Félix Millet y Joaquim M. Nadal, cada uno de los cuales le contactaron por separado en Toledo para hablar de asuntos relacionados con la Acción Católica. Y en una visita a su pueblo natal, La Riba, en la provincia de Tarragona, les dijo a dos sacerdotes de esa localidad que «el único que en este asunto tuvo visión» había sido Vidal i Barraquera quien, como se recordará, rehusó su firma.

Esos sí, todos estos últimos testimonios no están constatados y proceden de personas cercanas al nacionalismo catalán.

Una nota final: Gomá, quien dijo haber sufrido la incomprensión e ingratitud de muchos vascos, conocía bien Euskalerría y Navarra. Tenía numerosos amigos vascos y en más de una ocasión, encontrándose en Bilbao, participó en la famosa tertulia de la fe «Lyon d'Or» de la que formaban parte, entre otras figuras que dejaron huella, José Félix de Lequerica, Gregorio Balparda, Miguel de Unamuno y el joven Juan Antonio de Zunzunegui. Este último me contó algunas anécdotas, que no viene al caso, con relación al paso de Gomá por la citada tertulia.
 

MONSEÑOR LAUZIRICA

La antipatía que ciertos círculos vascos le profesaron, por todo lo anteriormente expuesto, al cardenal primado la hicieron también extensiva a quien, a partir de un momento dado, fue su hombre en Vitoria, Francisco Javier Lauzirica Torralba. Natural de Yurreta, aunque se consideraba durangués, y obispo auxiliar de Valencia, en donde tuvo la fortuna de no encontrarse al estallar el Alzamiento, era conocido por sus inclinaciones carlistas, que no ocultaba. El 18 de julio de 1936 le sorprendió en Durango, lugar en el que solía pasar sus vacaciones, y allí continuó vistiendo traje talar con cruz pectoral, anillo y solideo hasta que gracias a los buenos oficios del canónigo Onaindía pudo trasladarse a Bilbao y embarcar rumbo a Francia. Se fue de la capital vizcaína vestido de seglar –con la coronilla ennegrecida con un corcho ahumado– y aunque dijo que su propósito era el de establecerse en Roma, donde pensaba explicar ante la Santa Sede la situación de la Iglesia y del clero vascos, no bien se vio a salvo cruzó la frontera por Dancharinea pronunciando una frase que los periódicos nacionales reprodujeron largamente: «Ahora entro en la España católica». Sin perder un minuto, según demuestran las fotografías de la época, aprendió a saludar brazo en alto.

Como era vasco, gozaba de la confianza de las autoridades nacionales y tenía el pleno respaldo del cardenal Gomá, fue investido administrador apostólico de la Diócesis de Vitoria lo que supuso el apartamiento definitivo de su titular monseñor Múgica, ya obispo in partibus infidelíbus, que fue la fórmula con la que se sancionó su condena al ostracismo. Al representante oficial de Franco en la Santa Sede, Churruca, le hicieron llegar, desde Salamanca, una nota en la que le recomendaban que, en el momento oportuno, dijese a las autoridades vaticanas que Lauzirica tenía la consideración oficial «de persona muy grata y adornada de condiciones de patriotismo, tacto y celo indispensables en momentos tan difíciles».

Esta excelente disposición de ánimo resulta lógica, habida cuenta de que según datos recogidos en una fuente nacionalista vasca, pero que muy bien pudieran ser ciertos, nada más poner sus pies en la capital alavesa Lauzirica le dijo a su alcalde, Santaolalla, que llegaba con «un bisturí en la mano, dispuesto a sajar y a cortar», mientras que ante el gobernador civil precisó que venía con «la escopeta echada a la cara». Incluso su primer saludo pastoral fue lo suficientemente explícito, por lo que a los sacerdotes de idea abertzales respecta, como para no dejar lugar a ninguna duda sobre sus intenciones:

«Os exhortamos a que avivéis más y más vuestra incondicional sumisión al Santo Padre y a la jerarquía para de ese modo contrarrestar la actividad de algunos hermanos en el extranjero, poco conformes con la disciplina de la Iglesia. Asimismo deseamos vuestra total incorporación al Movimiento Nacional, por ser defensor de los derechos de Dios, de la Iglesia católica y de la Patria, que no es otra que nuestra Madre España».

En concordancia con lo que se esperaba de él, monseñor Lauzirica tomó parte activa en la condena, desde el punto de vista religioso, de los nacionalistas vascos y puso en marcha las ruedas de la depuración contra los sacerdotes reos o sospechosos de nutrir simpatías de ese signo. Todo ello unido a gestos conciliatorios y a enfrentamientos, que tampoco faltaron, con la autoridad militar y que darían de él, por lo menos a los comienzos de su administración, una imagen hasta cierto punto ambivalente. Con el tiempo su ambivalencia desapareció mediante el rigor puesto en el destierro de sacerdotes o con sus escritos y discursos como el pronunciado con motivo de la reapertura del Real Seminario de Vergara, el 20 de septiembre de 1937, en donde dijo que el nacionalismo vasco, separándose de la Iglesia y de Dios, y uniéndose «criminalmente a los enemigos de España y de la Religión, había sido la causa de todos los males sufridos por el País Vasco y por España». También con gestos como el de interceder cerca de las autoridades militares para que liberasen al párroco de Amezqueta, detenido en el colegio de los Corazoncistas, de San Sebastián, por predicar en euskera, negándose en cambio a hacer lo propio en favor de Juan Navarte, sacerdote de Fuenterrabía encarcelado en Ondarreta por haber sumado, a sus notorias simpatías nacionalistas, una predicación en lengua vasca.

Dentro de lo que cabe, para los usos de la época, con relación al vascuence fue tolerante dando a conocer unas «normas para la predicación sagrada» en las que pedía aunar «el amor y reverencia que nos ha de merecer nuestra milenaria lengua vascongada con el fervoroso cultivo de la lengua castellana al que nos obliga nuestro inquebrantable amor a España». Ordenó que la «forma del discurso y la lengua en que ha de predicarse se acomodará en todo caso a la capacidad de los oyentes aunque, eso sí, en todas las funciones sagradas en las que se hubiere dirigido la palabra a los fieles en lengua vascongada, se hará un brevísimo resumen de lo explicado en lengua castellana».

Cumplida su misión, que no tuvo que serle ni fácil ni grata, Lauzirica hizo mutis por el foro. Onaindía, que había sido su amigo, dijo de él: «Don Javier era un hombre de extraordinario talento, gran organizador y capaz de haber sido, y probablemente con éxito, director general de Altos Hornos de Vizcaya, de la Shell o de la General Motors, pero no acertó a conservar en los años de la guerra el equilibrio, la serenidad y un sentido de la equidad, justamente con un poco de claridad, como hay derecho a esperar y aún a exigir de un obispo. La lucha fratricida le hizo perder la cabeza, fue un apasionado, le faltó compasión con el que sufría, no supo mirar como padre a los de abajo, ni siquiera a su pobres sacerdotes encarcelados y hacinados en lugares insalubres, sin higiene, con ausencia total de respeto a la simple dignidad del hombre».

Tintes más ocres empleó, en la descripción de este mismo personaje, el sacerdote Marino Ayerra, que le tuvo de huésped en su casa. He aquí su testimonio:

«Alto honor para mí, y ¡menudo jaleo para mi madre y hermana! Menos mal que el tal monseñor Lauzirica (sic) –grandote, gordote, campechanote y brutote– resultó ser muy sencillote. Con que le pusieran delante cinco o seis platos suculentos, nutritivos y fuertes, y algunas pequeñeces y menudencias de entremeses variados y postres diversos, un buen café, vinos, licores, etc, etc, tenía bastante. No pedía más hasta la hora de cenar, en que entonces ya, comer no comía, entonces cenaba. Hubo que movilizar todo un cuerpo de cocineras auxiliares. Pero la verdad es que merecía la pena. Daba gusto verlo comer. Elogiaba, saboreaba, repetía, volvía a elogiar [...] Le sorprendió también mi biblioteca particular, sobre la que echó a distancia un gran vistazo a vuelo de pájaro. De libros parece que andaba un poco más inapetente. No recuerdo que abriera ninguno».

Añadamos que Lauzirica tuvo una fluida relación con Monseñor Cicognani sobre cuyo contenido, curiosamente, no ha trascendido nada.


 
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