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Altar Mayor - Nº 92 (07)
Martes, 06 abril a las 11:37:42

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 92 – Marzo-Abril de 2004

Reflexiones desde mi rincón
ESCÁNDALOS SEXUALES DENTRO DEL CLERO
Por Pedro-Alejandro Ruano de la Haza

Si la memoria no me falla fue el pasado 9 de junio, lunes, a una hora de máxima audiencia -10 de la noche- cuando Telemadrid emitió un programa en torno al tema que hoy nos ocupa. Pero, en honor a la verdad, debo afirmar que presencié dicho programa durante escasos minutos, los suficientes, sin embargo, para autoconvencerme de que el delicado asunto se abordaría de manera sesgada, vistos los contertulios participantes, entre los que se encontraba el inefable teólogo (?) Benjamín Forcano…
 

El hecho

Allá en donde hay personas hallamos siempre justos y pecadores, trigo y cizaña, por emplear la comparación evangélica (cf. Mt. 3,24-30). Y de personas están compuestos multitud de colectivos, llámense internados, seminarios, clubes deportivos, noviciados, cuarteles, etc. Por tanto, en dichos colectivos pueden existir, existen y han existido siempre, verdaderos abusos sexuales de diferente género. Inútil negarlo.
 

El problema actual

No radica tanto en el hecho en sí, cuanto en el enfoque que de él se está haciendo. En el programa televisivo de marras, lo mismo que en otros medios de comunicación, se acude siempre a los consabidos tópicos antieclesiales: formación represiva, dogmatismo moral, la ley del celibato, etc.

Ya, de entrada, hay que afirmar que tales «explicaciones» son pura falacia, pues sabemos que en multitud de colectivos que nada tienen que ver con la Iglesia (ni siquiera con el cristianismo), el triste hecho de los abusos sexuales se da… Por tanto, la causa de los mismos hay que buscarla en otro lado… ¿Dónde? Un ejemplo comparativo puede, tal vez, ilustrarnos: cada semana un impresionante chorreo de víctimas pierden su vida en trágicos accidentes de tráfico. Bien, he ahí el hecho. ¿Se atrevería algún programa televisivo, radiofónico, o revista puntera a buscar la causa de esos accidentes en la «represión» del Código de Circulación, en los agentes de carretera, o en la misma Jefatura de Tráfico? En absoluto. Para acabar con esa sangría semanal de víctimas, ni hay que suprimir el Código de la Circulación, ni, menos aún, retirar a los agentes de la carretera. Lo que hay que hacer es mejores conductores, y más responsables. ¿Duda alguien de algo tan obvio? Pues… ¡apliquémoslo a nuestro asunto!: que haya mejores sacerdotes, mejores religiosos, mejores cristianos, en los que brille una formación doctrinal y moral basada en la Verdad de Cristo… ¡y el problema estará resuelto! No busquemos otros atajos y, sobre todo, que no nos los ofrezcan esos «teólogos de la televisión» porque no conducen a parte alguna.

En consecuencia, el verdadero problema -repito- no está en los hechos escandalosos que, tristemente, los hay, ha habido y habrá, sino en el empecinamiento de los «maestros» de turno achacando a la Iglesia «autoritaria» el origen de los mismos. Una Iglesia incapaz, según ellos, de llevar a la práctica las «enseñanzas» y el «espíritu» del Concilio… En fin, a estas alturas de la película del postconcilio, verles y oírlos todavía pontificar -desde los más diversos medios de comunicación- resulta, cuando menos, patético: como ya son muy mayorcitos, suelen aparecer como una pintoresca gerontocracia, intelectualmente estéril, que se siente, no obstante, arropada por toda una colección de ignorantes cuyo número, nos recuerda la Biblia, es infinito.

¿Cómo no se dan cuenta, por ejemplo, que lo contrario de Iglesia «autoritaria» no es (como ellos pretenden) una Iglesia «autónoma», o «democrática», sino una Iglesia autorizada? En efecto, la Iglesia de Jesucristo es, sencillamente, la Institución autorizada por su Fundador para enseñar la única Verdad que salva y libera, lo mismo que en la tele el «hombre del tiempo» es el autorizado para hablarnos de las borrascas y los anticiclones, y no el locutor del telediario, por muy brillante y guapo que sea. ¿Queda claro?
 

Raíces del problema en la Iglesia actual

El estar abordando el tema de los abusos sexuales en el clero me obliga, lógicamente, a enfocar el problema desde dentro de la institución eclesiástica. Y la primera constatación es, cuando menos, sorprendente: resulta que esos «teólogos de la televisión» tienen razón al acusar a la Iglesia de ser la responsable de tales escándalos, y no la tienen, en cambio, al afirmar que la causa fue la «incapacidad» (por parte de la misma Iglesia) de llevar a la práctica el «espíritu» del concilio. No la tienen, repito, porque ese «espíritu del concilio» (al que aluden) no es, propiamente, el del Vaticano II sino el de la llamada modernidad, al cual, por cierto, amplios sectores eclesiales se entregaron.

Es verdad, por otro lado, que el Concilio pedía a la Iglesia «abrir sus ventanas al mundo moderno», pero no lo es menos que dicho mundo moderno debía, a su vez, responder al desafío de la Iglesia saliendo de sus estrechos límites materiales, abriéndose -él también- a horizontes de transcendencia… ¿Lo hizo? En absoluto. La postura del mundo moderno, al inicio de la década de los sesenta, cuando se iba a iniciar el concilio Vaticano II, queda magistralmente descrita en las siguientes palabras del teólogo norteamericano y biógrafo del Papa, George Weigel: «En la alta cultura, y especialmente entre los intelectuales, las centelleantes esperanzas de la modernidad estaban estrellándose contra los acantilados de la irracionalidad, la autocomplacencia, el nihilismo de moda… Los dos mayores filósofos de mediados de siglo -Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre- apoyaron a los dos más terribles carniceros de ese siglo de matanzas: Heidegger apoyó a Hitler y Sartre apoyó a Stalin…». Y concluye su espléndido párrafo afirmando que «…los sesenta fueron una época muy difícil para que se diera un diálogo realmente en ambas direcciones entre una anciana tradición religiosa construida sobre los cimientos de lo que ella entendía como verdades con consecuencias para toda la humanidad, y un mundo intelectual que miraba con escepticismo la sola posibilidad de que existiese una cosa tal como la verdad».

Esa falta de «sincronización» entre el mundo y la Iglesia, que el autor señala, se extendió a diversos ámbitos, algunos tan significativos como, por ejemplo, el llamado movimiento ecuménico, que tantas esperanzas había suscitado en determinados sectores eclesiales… Aún recuerdo (y discúlpeseme la alusión personal), en los primeros años del postconcilio, los encuentros comunitarios y privados que, de vez en cuando, los monjes de la abadía cisterciense de Nôtre Dame des Neiges, en el sureste de Francia, sosteníamos con amigos y pastores protestantes de diferentes confesiones cristianas, que acudían a alojarse en nuestra hospedería y en el mismo monasterio. Pues bien, por lo que respecta al acercamiento ecuménico (tan en boga entonces allí), la postura que, directa o indirectamente, adoptaban los «hermanos separados» siempre era la misma… Pienso que podría quedar perfectamente reflejada en las palabras que, cierto día, me dirigió, personalmente, uno de aquellos amigos protestantes: «no somos nosotros los que nos estamos acercando a vosotros, sino vosotros a nosotros». Desde luego no le faltaba razón, si se tienen en cuenta no sólo las endebles posiciones doctrinales (por parte católica) que se detectaban en muchos de aquellos «encuentros», sino además las increíbles actitudes (siempre por la parte católica) en torno a la Liturgia, a la configuración del templo monástico e, incluso, hasta en la misma celebración de la Santa Misa… Todo aquello era un simple reflejo de cuanto acontecía por entonces, más o menos, en el ámbito de la Iglesia universal. «Asistimos a una impresionante protestantización en amplios sectores del mundo católico», llegó a afirmar, en aquellos años, el Abad General de la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia, Dom Ignace Gillet.

¿Qué nos demuestra aquella peculiar situación eclesial? Lo primero, a mi entender, es que ahí hemos de descubrir las verdaderas raíces del problema que nos ocupa, aunque sólo sea por hacer exacto el conocido refrán: «de aquellos polvos, estos lodos». En segundo lugar (y esto es lo más importante) nos indica cabalmente toda la enorme carga de responsabilidad que compete a la Iglesia en los recientes escándalos sexuales que la han sacudido, puesto que la causa de dicha responsabilidad hay que buscarla en una incalificable actitud, cobarde y acomplejada, ante el llamado mundo moderno, por parte de quienes tenían que llevar a la práctica las enseñanzas conciliares. Me estoy refiriendo, claro está, a las auténticas enseñanzas del Vaticano II, no a ese «espíritu del Concilio» al que aluden los «teólogos de la televisión» y que sólo es, pura y simplemente, el «espíritu del mundo».

Hay que reconocer, para ser exactos, que no todo fue entreguismo. Voces aisladas, pero valientes, iniciaron en sus respectivos ambientes ese diálogo con la modernidad que el Concilio pedía… Pensemos en el joven sacerdote polaco, Karol Wojtyla, apasionado por la filosofía, en contacto durante décadas con intelectuales creyentes y agnósticos, tratando de encontrar el verdadero significado de la libertad del hombre…, ¡y ello en el contexto del telón de acero! O también el caso del joven de origen judío, Jean Marie Lustiger, alumno de la Sorbona, teniendo como compañero de estudio a un intelectual camboyano llamado Pol Pot… Lustiger terminaría entregándose a una apasionada labor catequética entre los círculos más radicales de la intelectualidad francesa, hasta llegar a convertirse en el arzobispo de París.

Estas y otras honrosas excepciones no podían ocultar, sin embargo, la triste realidad imperante en los años postconciliares: la falta de sincronización entre el mundo moderno y la Iglesia, que abarcó, como hemos dicho, multitud de aspectos culturales, sociales, doctrinales y morales. También, lógicamente, la moral sexual… Ante éste y los demás aspectos, la actitud de la Iglesia -Madre y Maestra- era mostrar, sin complejos, la Verdad. ¿Lo hizo? En teoría, desde luego: ahí están los textos conciliares con todo el impresionante cuerpo legislativo y doctrinal posterior. Pero, ¿y en la práctica? Ah, esa ya es otra historia… Qué certera, al respecto, la irónica constatación que en aquellos años se hizo más de uno: «maravillosa la ortodoxia eclesial, pero falla la ortopraxis».

Constatación que, en definitiva, sólo refleja el misterio mismo de la Iglesia, puesto que de la ortodoxia, de la verdadera doctrina, el garante es ni más ni menos que el Espíritu Santo; en cambio de su puesta en práctica, de la praxis, somos los hombres los responsables, con nuestra libre adhesión a la Verdad.
 

La revolución sexual y «respuesta» eclesial

A aquel panorama postconciliar, ya de por sí delicado, vino a añadirse la expansión (sobre todo en el mundo occidental) de la conocida históricamente como «revolución sexual de los sesenta». Junto a Mao, Sartre o el Che Guevara, la progresía occidental no podía prescindir de Freud y su Psicoanálisis… Evidentemente, las consecuencias no se hicieron esperar: la hermosísima virtud de la Pureza se empezó a definir como «represión», y la actividad sexual, desligada de su propio fin, se consideró enseguida como una diversión, en la que «todo vale». Y «si todo valía» era urgente llevar a cabo los correspondientes cambios legislativos para que «valiera» el divorcio, el aborto, las parejas de hecho, los «matrimonios» entre homosexuales, etc. Y así se hizo.

¿Cuál fue, mientras tanto, la actitud de la Iglesia? La verdad doctrinal continuó garantizada (como no podía ser menos) por toda una serie de documentos eclesiales, al respecto, que aparecieron en aquellas fechas: Sacerdotalis celibatus (1967), Humanae Vitae (1968), Persona humana (1972), etc. Pero… ¿ y la puesta en práctica? Más arriba he aludido a la incalificable actitud, acomplejada y cobarde, de la Iglesia en aquel contexto histórico. La alarma empezó a sonar claramente (¡para quien quisiera oírla!) en una fecha concreta: el 25 de julio de 1968. Aquel día se publicaba oficialmente la encíclica Humanae Vitae sobre el control de la natalidad. En una época en que ya circulaba la píldora anticonceptiva, se aguardaba con expectación el documento pontificio esperando que la Iglesia refrendara, al menos, ese medio de planificación familiar que buen número de curas y moralistas, por su cuenta y riesgo, ya recomendaban… Como es sabido la encíclica vino a reafirmar que sólo el uso de los ritmos naturales de fertilidad era lo moralmente correcto. Excuso ponderar la «escandalera» en los mass media de la época, hasta cierto punto lógica y previsible de no haber concurrido un factor altamente significativo: los principales líderes del enfrentamiento polémico contra el documento papal (jaleados por todos los medios de difusión) fueron, sobre todo, curas, frailes y teólogos… Comenzaba entonces un oscuro período eclesial marcado por una gravísima confusión, sobre todo en el campo de la teología moral. Apenas cuatro años más tarde, en 1972, Pablo VI advertiría, angustiado, acerca del «humo de Satanás» dentro de la Iglesia, el mismo Papa que, por otro lado, se lamentaba a menudo, ante sus hermanos Obispos, de «no ser obedecido»…, el mismo que llegó a calificar a tantos miles de sacerdotes secularizados, durante su pontificado, como su «corona de espinas»…

Los lamentos del Papa, evidentemente, no serían nunca suficientes para llevar a la práctica la maravillosa producción doctrinal y moral con la que su magisterio estaba enriqueciendo a la Iglesia en aquellos instantes cruciales. Era preciso, además, un liderazgo firme, del que carecía el Papa Montini. Cristo fundó su Iglesia, no sólo con el poder de enseñar y santificar a su grey, sino también de regirla, es decir, de gobernarla.

Por supuesto que dicho gobierno jamás puede ser despótico o arbitrario. Su divino Fundador quiso que la autoridad se tradujera en un servicio a la Verdad. De ningún modo, en cambio, en un servicio a tal o cual moda de actualidad, en un servicio al capricho imperante en la sociedad, o (¡menos todavía!) al «consenso» que nos permita a todos «salir en la foto»… Ese modo de gobernar, sirviendo a la Verdad que no se impone, se propone, queda recogido en la clásica fórmula latina: gobernar fortiter suaviterque.

El pontificado montiniano, repito, careció del «fortiter» lo que impidió que se cumpliera en la Iglesia de Cristo la célebre «regla de oro» de san Agustín, en torno al magisterio eclesiástico, que tanto bien había procurado durante siglos: in Veritate unitas, in dubiis libertas, in ómnibus charitas. En efecto, no se aceptó la unidad en torno a la Verdad sencillamente porque no se admitía la «Verdad» en sí misma… Todo pasó a cuestionarse como dudoso o relativo. Hubo una palabra francesa que hizo furor por entonces: la «recherche», la búsqueda. Muchos en la Iglesia, curas, laicos, frailes, monjas, «buscaban su identidad» concorde con los tiempos (así se decía). Pero como, gracias a Dios, todavía quedaban otros que tenían muy claro lo de su «identidad» y, por tanto, nada tenían que «buscar» sino simplemente aceptar la Verdad del magisterio papal y conciliar, era de esperar que los de la «recherche» no los miraran con buenos ojos, ¡como, de hecho, así ocurrió…! De ese modo tampoco pudo cumplirse la última parte de la áurea regla agustiniana, in omnibus charitas, porque, efectivamente, lejos de imponerse la caridad entre todos surgió, en los ámbitos eclesiásticos, laicales y religiosos, una pintoresca serie de calificativos para que cada cual supiera quién era quién: cura «progre» o «carca», «monja moderna», cura «facha», cura «rojo», obispo de «izquierdas», obispo de «derechas», cristianos «inmovilistas», «avanzados», «retrógrados», etc.

El desolador panorama, que entonces se iniciaba, condujo a algún obispo sugerir al Santo Padre que usara, en casos particularmente graves, la pena de excomunión… «Più mai» (nunca jamás), fue la contestación de Pablo VI ante una medida que, por lo visto, consideraba superada en los tiempos postconciliares… Andando los años, dicho sea de paso, otro pontífice, Juan-Pablo II, no dudaría en emplearla con el obispo «integrista» Marcel Lefevbre. De ese modo se empezaba a instalar en la Iglesia lo que podríamos calificar como la cultura del relativismo y de la disidencia. Todavía, en aquellos primeros años, algún Pastor (por su cuenta) trató de encauzar fortiter suaviterque a alguna oveja descarriada… Piénsese, por ejemplo, en el cardenal Patrick O´Boyle, a la sazón arzobispo de Washington, que se atrevió a sancionar a un grupo de sacerdotes de su archidiócesis por la postura que éstos habían adoptado frente a la encíclica Humanae Vitae. La Congregación para el Clero, de Roma, terminó por «recomendar» al cardenal O´Boyle que retirara dichas sanciones… Pablo VI, al parecer, temía una fractura en la Iglesia norteamericana, como pocos años después temería el cisma en los Países Bajos… Sabía el Pontífice que su enseñanza solemne sobre doctrina y moral se discutía y se desautorizaba; él confiaba, no obstante, que más adelante se terminara aceptando. Por eso llegó a afirmar: «Nos esperamos -Pablo VI aún usaba el plural mayestático- que el Señor mismo solucione la situación». En esas misteriosas palabras puede resumirse toda la «respuesta» y actitud eclesial ante el huracán que empezaba a golpear con fuerza el mundo católico… El buen papa Juan XXIII, al convocar el concilio, había explicado que el aggiornamento era como «abrir las ventanas de la Iglesia para que entrara una bocanada de aire fresco…». Lo cierto era que aquella brisa se estaba transformando en un temible tornado.
 

La revolución sexual y el clero

Se apuntó más arriba que los estragos de aquella cultura de la disidencia vino a ser particularmente grave en el campo de la Teología Moral, y de modo más específico en torno a la Moral sexual, habida cuenta de los vientos que soplaban en la sociedad. Lo más lamentable, sin embargo, era la formación moral que empezaba a impartirse en seminarios, noviciados y casas religiosas, como lógica consecuencia del entreguismo imperante en la Iglesia a la llamada modernidad… Innumerables ejemplos se dieron, al respecto, en la década de los 70. Apunto solamente el impacto causado, en 1977, por la publicación en Estados Unidos de Sexualidad humana: nuevas directrices en el pensamiento católico americano, estudio llevado a cabo por prestigiosos teólogos y en el que se cuestionaban los más diversos aspectos de la Moral sexual, empezando por la contracepción (la influencia de la Humanae Vitae se dejaba sentir aún) y continuando con la masturbación y la homosexualidad… Sólo dos años después, en julio de 1979, Roma, a través de su Congregación para la Doctrina de la fe, declaraba acerca del documento que «deploraba sus conclusiones erróneas», añadiendo que contenía unas pautas que «apartan de la doctrina católica o bien la contradicen directamente».

Es evidente que esta nueva declaración eclesial no iba ya a contener la amplia disidencia instalada en los altos ambientes teológicos, puesto que, en realidad, «llovía sobre mojado». En efecto, desde hacía años, todas esas opiniones sobre moral sexual, a las que la Iglesia acababa de calificar como «conclusiones erróneas», se impartían en seminarios y casas religiosas, como algo perfectamente normal y aceptable. Aún recuerdo, al inicio de los años setenta, el desconcierto del P. Maestro de novicios de la abadía de Nôtre Dame des Neiges, tras una conferencia impartida a un grupo de seminaristas alojados en la hospedería del monasterio. El padre, licenciado en Teología por la Gregoriana de Roma, les estaba hablando sobre la oración, la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía y la hermosura de una existencia ofrecida al Señor en una vida célibe. Pero no pudo finalizar su exposición; aquellos «futuros sacerdotes» (¿?) empezaron a burlarse de él mientras decían entre ellos: Mais alors! tu vois?… Celui-ci croit tout…! Il accepte tout! (Pero ¡bueno!... ¿has visto?... Este cree en todo, acepta todo!).

No cabe extrañarse de la actitud de aquellos jóvenes puesto que habíamos llegado a una época en la que lo sospechoso, lo extravagante, dentro del seno mismo de la Iglesia, era dar testimonio pleno de la verdad católica (¡!). En materia sexual, por ejemplo, muchos seminaristas y jóvenes religiosos podían completar sus años de formación y estudio sin haber recibido jamás ni una sola lección sobre el verdadero significado cristiano de la Castidad y, menos aún, de cómo vivirla y abrazarla, afectiva y efectivamente, tras su ordenación sacerdotal o profesión religiosa.

En muchos centros religiosos, toda una tropa de sicólogos fue arrinconando a venerables padres y directores espirituales. Y los pocos que quedaron con ese hermoso título fueron cuidadosamente escogidos por los superiores, no según el nivel de espiritualidad, fervor o solidez teológica del sujeto, sino el de su «experiencia personal». Puede imaginar el lector a qué experiencia me refiero… En efecto, el candidato más idóneo para tan delicado puesto debía ser un religioso o sacerdote preferentemente joven y de «vocación tardía», es decir, con poco rodaje en la vida eclesial, pero, ¡eso sí!, con un gran conocimiento en «mundología». Es decir, la experiencia no se mediría por edad, madurez espiritual o formación teológica, sino simplemente por «lo vivido». Algo parecido a un hospital en donde, para atender a los enfermos, se escogiera a un médico sin tener en cuenta su solvencia profesional, años de dedicación o su nivel deontológico, sino simplemente el hecho de que el doctor tuviera una personal experiencia de lo que es un cáncer, una tuberculosis o una angina de pecho…, etc. (¡!).

Todo este lamentable panorama eclesial fue configurando, durante años, el caldo de cultivo que «alimentó» a una entera generación de futuros sacerdotes y religiosos, y dejó «marcados» a otros muchos, algunos de los cuales han sido triste noticia, recientemente, en los medios de comunicación.
 

A modo de conclusión

Cuando hace apenas dos años empezaron a airearse públicamente ciertas conductas escandalosas en determinados clérigos o religiosos, yo me encontraba ejerciendo mi ministerio pastoral en pequeñas parroquias rurales de la Castilla más profunda… Sabedor, no obstante, que los mass media alcanzan (por suerte o por desgracia) hasta el último rincón, quise que mi sencilla feligresía tuviera, al menos, un criterio objetivo al respecto. Para ello me acogí a la sabiduría popular de nuestro inigualable refranero: «Nadie da lo que no tiene, hermanos -les dije un día en la Parroquia- y si a esos curas, que citan por la tele, nadie les enseñó la verdadera Moral cristiana, ¿cómo queréis que la practiquen o que la enseñen…?». Y para mayor abundamiento apelé a la experiencia personal de mis propios feligreses: «A ver, ¿no decís los mayores que los curas os han cambiado la religión…? Y a los pocos jóvenes que acuden a la iglesia, ¿les ha enseñado alguien lo que es pecado en materia sexual? Y es que, lo repito, nadie da lo que no tiene, por ello esos sacerdotes, de los que la tele habla, y otros que quizá conozcáis, sólo merecen compasión y comprensión».

Compasión y comprensión, sí, para con todo el que delinque, pero jamás con el pecado en sí. Es lo que siempre ha de tener la Iglesia muy presente si quiere vivir de la Verdad de su Señor. Son muchas las luces de esperanza que, en estos últimos años, se van encendiendo para iluminar el camino arduo, pero apasionante, de la Moral Católica, sobre todo desde que Juan Pablo II enriqueciera el magisterio de la Iglesia con un documento tan colosal como la Veritatis Splendor (1993), que no es una simple encíclica sobre Moral cristiana, sino que trata de cómo se debe hacer Teología Moral.

Tomen buena nota de todo ello los teólogos, profesores y formadores, en cuyas manos está la nueva generación de clérigos y religiosos. Curar las heridas pasadas es labor paciente de nuestro Pastores. Buen ejemplo, al respecto, empezó dando el Santo Padre cuando, en la primavera de 2002, convocó en Roma a toda la jerarquía eclesiástica de Estados Unidos, al conocerse allí los primeros escándalos.

Pero, mejor aún que curar es prevenir, como nos recuerda otro sabio refrán... Esto me trae a la memoria una anécdota (ignoro si es absolutamente histórica) acaecida en la Academia Militar de Zaragoza cuando Francisco Franco era Director de la misma. Al parecer, durante la célebre visita que hizo al Centro el mariscal Petain, el político francés observó, en los pabellones correspondientes, la distribución de los dormitorios compuestos por módulos de tres camas. «¿Por qué de tres en tres?», preguntó. «Para evitar los matrimonios», respondió inmediatamente Franco.

No basta, en efecto, una doctrina perfecta. Hay que evitar o prevenir su posible deterioro. Esa fue siempre –y debe seguir siendo- labor primordial de la Iglesia de Jesucristo.


 
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