Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
    Envíos

Si deseas recibir nuestras publicaciones por correo electrónico, además de otras noticias de la Hermandad, indícanos tu dirección de correo-e:

Suscribirte
Cancelar suscripción

Dirección:

Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 92 (04)
Martes, 06 abril a las 11:57:08

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 92 – Marzo-Abril de 2004

LA FORMACIÓN DE IDENTIDADES, UN PROCESO ACTIVO DE TRANSMISIÓN DE VALORES
Por Alberto Buela

Mas Dios ha de permitir
Que esto llegue a mejorar,
Pero hay que recordar
Para hacer bien el trabajo.
Que el fuego para calentar
Deber ir siempre desde abajo.

Y dejo rodar la bola
Que algún día ha de parar,
Tiene el gaucho que aguantar
Hasta que lo trague el hoyo
O hasta que venga algún criollo,
En esta tierra a mandar.

La otra América

Quisiera empezar primero con una distinción de uno de los más importantes filósofos europeos, se llama Enrico Berti, que me manda una linda carta en la que dice «Argentina forma parte del altra America», fíjense qué interesante, él no me dice que Argentina forma parte de Latinoamérica, porque no se puede confundir, ustedes saben que hablar de América Latina es la primera colonización cultural que sufrimos.

Hernández Arregui –este gran pensador de la izquierda nacional– decía, en la última edición de su libro Qué es el ser nacional, «esta versión que el lector tiene a la vista es exactamente igual a la primera salvo en el reemplazo cada vez que lo he estimado necesario del falso concepto de América Latina, creado en Europa y utilizado desde entonces por EE.UU.».

Con relación a estos países se disfraza una de las tantas formas de colonización mental. ¡No somos latinoamericanos!, lo hemos explicado una y mil veces y Enrico Berti, uno de los más eximios estudiosos de Aristóteles del siglo XX, que es un profesor que debe tener como 80 años ahora, nos dice: «la Altra America» = la otra América. Altra quiere decir otra, en latín se dice alter, de ahí alternativa, pero también viene de alter, altercado. Y cuando los hombres se pelean se abrazan en la lucha para distanciarse, para tratar de diferenciarse. Altra y alter quieren también significar lo diferente, lo distinto. Pero, ¿lo distinto de qué? ¿La «otra» de qué, somos nosotros cuando Berti dice l´altra América? Somos distintos de los Estados Unidos que se apropió, entre otras cosas, del nombre de América. Obsérvese que no decimos graciosamente de Norte América, porque tanto Canadá como Méjico están allí.

Esto propicia este tipo de meditación sobre nuestra identidad, digo «nosotros», por aquello que Martí decía: «Nuestra América», o lo que desde el punto de vista cultural tendría que ser Iberoamérica, para incorporar indubitablemente al Brasil. Nosotros no podemos llamarnos americanos porque los estadounidenses se apropiaron no sólo de nuestras riquezas, sino también del nombre, sin embargo nosotros somos tan americanos como ellos. El colorado Ramos decía la América criolla, yo también puedo decirla así. Alguno que no sea criollito se va a sentir desplazado, pero se debe tener en cuenta que uno no es criollo sólo por el nacimiento sino que uno «se hace criollo» en Iberoamérica o Hispanoamérica por más que el nombre esté desgastado; pero de una vez por todas nosotros tenemos que parar de decirnos latinoamericanos, nosotros nos extrañamos por el nombre, nos alienamos al designarnos con un falso nombre.

Si fuera por lo latino los italianos se dirían latinos y no lo hacen, porque para los italianos, que son de alguna manera el paradigma del hombre universal (al pasar por la romanitas), son simplemente latinos los que habitan en el Lacio. Pero, ¿si será grande la falsedad del nombre latinoamericano?, que a ninguno de los habitantes de Quebec, del Canadá francés, quienes también se podrían decirse latinoamericanos, se le ocurre denominarse así.

La de Latinoamérica es una categoría de dominación que crea Chevallier, el canciller de Napoleón III, para intervenir en México al decir «vamos a salvar a la raza latinoamericana», porque querían intervenir en nuestra América. Mientras tanto un general mejicano de la época le manda una carta en la que le dice: «termine de luchar en favor de los latinoamericanos porque están matando a todos los mejicanos».

Estas son las paradojas de los términos. En filosofía siempre hay que empezar por los términos. El término «americano», cuyo origen histórico es por Américo Vespucio, tiene un origen etimológico un poco dudoso –lo que se sabe es que viene del gótico hámis(casa) - rich(jefe), etimológicamente quiere decir «el que manda en su casa». Es decir nosotros mandamos en nuestra casa como los estadounidenses mandan en la de ellos.

Entonces podremos llamarnos como San Martín y Bolívar ¡americanos!

Por otra parte, el término «latinoamericano» lo usaron los franceses para curarse en salud en el ámbito cultural a pesar de que acá no cortan ni pinchan. Lo usan los noramericanos y después lo usa el marxismo, a partir de los años 60 y también la Iglesia, con su colegio Pío Latinoamericano de Roma para los curas «bolitas».

Yo he estudiado la obra de Perón y hasta los años 60 nunca usa el término «latinoamericano». Usa los términos «hermanos americanos», usa el término «suramericano», ni siquiera sudamericano que es un galicismo, americano, hermano americano, continental, como utiliza ese gran pensador peruano que fue Francisco García Calderón, que tiene un libro extraordinario de 1909, Creación de un continente.
 

El acceso a la identidad

Al hablar de «los hermanos continentales», estos hombres que eran de la generación del 10, del centenario, ven a Suramérica como un continente, como «algo que contiene». Y hoy contiene a trescientos cuarenta y seis millones de habitantes que hablan más o menos la misma lengua, las mismas creencias y han tenido los mismos enemigos.

Entonces la identidad de los pueblos se construye a través de la historia, a través de dos elementos fundamentales, los valores y las vivencias que se comparten.

Las vivencias son las de carácter histórico que están determinadas fundamentalmente por los enemigos y los proyectos que se llevaron a cabo.

Los proyectos de San Martín y Bolívar, eran proyectos en común. Uno venía del norte, otro venía del sur. ¿Y cuáles eran las vivencias? Las luchas por expulsar al enemigo. En aquella época el godo, el español. Que luego fue reemplazado por los británicos y posteriormente por los yanquis en el proceso de explotación y extrañamiento a que fue sometida Nuestra América durante estos dos siglos de virtual independencia.

Entonces si nosotros sabemos quiénes somos, podemos determinar al enemigo histórico, que hoy es la potencia talasocrática por excelencia.

No tenemos nada que ver, somos mundos diferentes; nosotros tenemos una tradición que es grecorromana, hispano-católica, caudillista.

Tenemos una representación por medio de lo que llamaban los medievales «acclamatio» –en castellano, aclamación–, que es la democracia directa.

Fíjense que todavía perdura en los gremios, se vota por aclamación, que es la democracia directa. Así desde la época colonial a nuestros días tenemos ejemplos. ¿Cómo se hace nombrar Irala gobernador de Asunción? Por aclamación de sus huestes. ¿Cómo lo proclama a Perón el pueblo en 17 de octubre de l945? Por aclamación en la Plaza de mayo. Hoy las Asambleas populares se manejan con la acclamatio y no con la urna bajo el brazo.

Esta institución de la acclamatio es recuperada por un politólogo como fue Carl Schmitt, en un trabajo que se llama Sobre el parlamentarismo.

Fíjense que todo esto no tiene nada que ver con «la otra América», el otro mundo que es veterotestamentario, el mundo capitalista noramericano, que se apoya en el antiguo testamento, es un mundo protestante, calvinista, industrialista, donde la noción de éxito es fundamental, porque se salvan los que tienen éxito, el mundo que, de alguna manera, es el mundo de la razón calculadora.

Fíjense que lo que ellos no ven es que ese mundo entró en crisis. Voy a intentar explicar por qué.
 

La crisis de la modernidad

Nosotros estamos viviendo hoy la época posterior a la segunda guerra mundial, vivimos el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón, estamos viviendo una crisis de los grandes relatos universales.

El hombre pensaba en la modernidad, que existía el progreso indefinido, la idea de progreso universal. Hemos visto en la segunda guerra mundial, que el máximo poder de la técnica llegó a Japón con Hiroshima y Nagasaki, y allí la técnica entró en contradicción con la moral por la matanza atómica, de niños aún no nacidos muriendo por la culpa de sus padres.

Hemos visto la democracia como forma de vida, lo hemos vivido en esta patria con la generación de la restauración democrática de Alfonsín: «con la democracia se come, se vive, se educa, se baila y se salta».

Pero ¿con qué democracia? Con la democracia formal, vacía, una democracia que ha hecho crisis de representatividad, porque estos políticos no representan a nadie. Esta democracia que en los últimos veinte años en Argentina condenó al 52% de la población a vivir debajo de la línea de pobreza.

Hay otro tipo de democracia, que es la democracia de nuestros países, que decía un boliviano que se llamaba Carlos Montenegro, que es esa democracia que está debajo de las repúblicas, que es la famosa acclamatio, la famosa democracia directa, que asegura la vinculación del pueblo con su líder o caudillo.

A todo esto los cientístas políticos la llaman populismo, demagogia, totalitarismo; pero nosotros sabemos que la mejor manifestación que tiene el pueblo es en la calle, no es el pueblo votando, porque uno no vota como pueblo, vota como individuo. Pero cuando se manifiesta, ahí se manifiesta como pueblo porque está participando de valores comunes.

Entonces uno ve que una bandera lo despeina y si estuviera como individuo diría «qué está haciendo, por qué me despeina».

Viene a cuento de la famosa anécdota: «pero cómo, ¿usted no es peronista?». Nadie se va a quejar porque lo despeine una bandera, porque está participando, está formando parte de un acto público popular.

En definitiva, en ese acto y por ese acto sabe que hay enemigos. De la patria y de los valores que lo sostienen a él y a ella.

Cuando uno vota en el cuarto oscuro, no hay enemigos, hay una opción entre males menores, pero cuando uno manifiesta, el enemigo está ahí.

Esto nos lleva a plantear toda la crisis de representatividad política.

Nosotros, después de quinientos años y a pesar de las múltiples opresiones sufridas, de la actitud servil de nuestros gobernantes y hombres públicos respecto de los variados centros de poder, de la mentalidad imitativa de nuestros culturosos intelectuales que traicionaron y traicionan la preferencia por nosotros mismos, llegamos a ser alguien, caracterizados como lo «otro» en el universo occidental.

A nosotros nos dicen que somos la otra América, somos otra cosa y ser otra cosa es a su vez ser reconocido como alguien, dejamos de ser algo. Hace poco, Helio Jaguaribe, este gran sociólogo brasileño hablaba de este gran espacio suramericano, de trescientos cuarenta y seis millones de habitantes, con dieciocho millones de kilómetros cuadrados, es decir, el doble de Europa, el doble de los EE.UU., navegable de Caracas a Buenos Aires, con el 30% de los recursos de agua potable del mundo, con la cuencas del Amazonas, del Orinoco y del Plata unidas. Y decía, nosotros somos algo serio, no es para deprimirse porque nuestros políticos no estén a la altura de las circunstancias.

Nosotros tenemos un peso específico más allá de la flaqueza y de las debilidades de nuestros dirigentes. Que nuestros dirigentes, de alguna manera, le quiten el pan al pueblo no quiere decir que nos quiten la posibilidad de existir, nosotros tenemos la posibilidad innata de existir y por ende de pensar y de luchar para que las cosas se hagan de la manera más equitativa posible.

Nuestros dirigentes nos quitarán el pan y nos someterán a las peores circunstancias, pero nosotros tenemos la mejor matriz –en lo que hace a la identidad cultural– para construir un espacio propio.
 

La identidad no es la repetición mecánica de lo idéntico

Cabe aclarar que la defensa y búsqueda de la identidad no radica en la repetición ritual de modos, maneras y costumbres, como lo hacen nuestros centros tradicionalistas cuando desfilan de paisanos. Eso no es malo, pero se está limitando al orden de la repetición.

Yo siempre discuto en los centros tradicionalistas. La vez pasada viene uno, con un pompón en la cabeza, o monta con emprendado de plata y botas de potro –mi abuelo usaría emprendados de plata con botas de cuero, pero botas de potro era usada por los más humildes junto con cabezada y riendas de cuero-. Otro vino con una tenaza cromada, otro con un lazo pintado de plateado. Vemos como la repetición tiene mucho de remedo, de mala copia. Si la identidad es la repetición de actos, estamos liquidados.

La identidad de los pueblos no es la repetición de actos sino la reencarnación de valores que forman parte de su tradición.

¿Qué es la tradición? No es juntar cosas viejas, la tradición es la transmisión de valores de una generación a otra. Una generación transmite a otra ciertos valores y pospone otros, no transmiten todas las cosas.

Acumular una tradición nacional es casualmente eso, acumular cosas valiosas de una generación a otra. No es la simple repetición de actos, porque si no, tal como estamos vestidos aquí, ninguno formaría parte de la Argentina.

Es la diferencia que hay entre la sustancia y el accidente.

Lo sustancial es lo que se transmite como valor, el accidente es la forma o manera como ese valor se expresa.

Esto que es la repetición los latinos la llamaban «ídem». Pero hay otra palabra que nos indica la identidad, que es «ipse» y quiere decir ser sí mismos.
 

La identidad nace de la preferencia de nosotros mismos

Para entender la identidad nacional, tenemos que partir del ipse, del ser sí mismos.

¿Cómo somos sí mismos? Somos sí mismos cuando nos preferimos a nosotros mismos. Preferirse a uno mismo es no imitar.

Perón decía: «No seamos un espejo opaco, que imita e imita mal».

Porque imitación es lo que ha tintineado en la inteligencia culturosa indoibérica, que piensa así: «Veamos qué autor está de moda, cómo lo presentamos, y qué traducimos de él. Luego lo traemos, para que hablando de él, nos mencione a nosotros». Todo en un lenguaje centroeuropeo que cuanto más abstruso mejor.

En las universidades, que son las máquinas de hacer chorizos de la inteligencia vernácula, no producen una sola inteligencia nacional.

Esto es lo que está, compren libros de autores europeos o autores a imitación de los europeos. Fíjense que el autor más consultado en la Universidad de Buenos Aires, el dato es de Clarín, es el divulgador científico filosófico Gregorio Klimosky cuyos textos están obligados a leer todos los alumnos del CBC y que son una copia lisa y llana los epistempólogos y analistas europeos. Amén de formar parte él de la troika junto con Schuberoff y su continuador Jaín.

Esto es lo que hay que erradicar, el remedo. Hay que erradicar el espejo opaco del que hablaba Perón.

Preferirse a uno mismo, es decir, voy a preferir los valores que hacen a mi tradición cultural que se expresa bien en una lengua, que es esta lengua que yo hablo.

Esto no quiere decir que reneguemos de lo otro, simplemente nosotros tenemos que preferirnos a nosotros mismos. ¿Cómo se funda esa tradición cultural?

Se funda en los valores y en las vivencias, es decir, la identidad de un pueblo no está realizada de una vez y para siempre, no es algo pétreo, es algo que se construye en la historia.

Si esto es así, y ya hemos visto cómo debemos de llamarnos, cuál es la diferencia que hay entre identidad de repetición e identidad de preferencia y hemos hablado de los valores y de las vivencias, nos resta ahora hablar del pluralismo cultural que es quien expresa la posibilidad de existencia de las diferencias.

La primera paradoja es que el discurso del pensamiento único –expresión que impuso Alain de Benoist, con su revista Elements, de París, que después tomó Ignacio Ramonet de Le Monde Diplomatique– se maneja sobre la idea de pluralismo y nosotros también debemos entonces hacer la distinción.

Según la visión que nos viene del mundo moderno, desde el proyecto iluminista, el pensamiento consistía en cuatro o cinco relatos fundamentales, es decir, la idea de progreso, la democracia como forma de vida, el cristianismo subjetivizado, la razón calculadora, etc.

Este pensamiento nace con Descartes y la Reforma, es decir, el hombre transformado en sujeto, en una res cogitans, luego en una apreciación subjetiva del tema del cristianismo y simultáneamente la instrumentación de la razón en su aspecto tecnológico, lo que llaman la razón calculadora y su construcción la mathesis mathematica.
 

Pluralismo sin relativismo

¿Cuál fue la proyección social de estas ideas? El pluralismo. Por ejemplo a través de la idea de tolerancia, no como virtud, sino la tolerancia por la tolerancia, como ideología. Eso lo dice Montaigne que es clarísimo con el tema de la definición de la tolerancia y de todo el pensamiento iluminista.

¿Cómo se plantea el tema del pluralismo? El pluralismo debe sostenerse y alentarse en la medida en que es un relativismo que invade toda la sociedad, es decir, no hay ningún valor verdadero ni ningún valor falso. Menos aún un valor superior a otro. Ya decía Discépolo «todo es igual nada es mejor».

Esta idea de pluralismo es difícil de erradicar, porque cuando uno la critica puede pasar a ser un reaccionario, cosa que nadie quiere ser. Ser un reaccionario es ser un hombre fuera de la humanidad.

¿Cómo debe plantease el tema? Se plantea dentro de lo que se llaman las ecúmenes culturales, es decir, el mundo está constituido por varias ecúmenes culturales, como pueden ser la ecúmene iberoamericana, la europea, anglosajona, arábica, oriental. Ecúmene?? quiere decir en griego: porción grande de tierra habitada. Para los romanos el Imperio era su ecúmene así como para los griegos lo era la Hélade.

La teoría iluminista consiste en sostener que el pluralismo se debe plantear no sólo dentro de las ecúmenes culturales sino además dentro de los Estados nacionales que la componen. Al contrario, nosotros sostenemos que estas ecúmenes se constituyen porque hay valores compartidos, lenguaje compartido, creencias compartidas, vivencias compartidas, instituciones compartidas, como pasa en el caso de Iberoamérica.

Por lo tanto, el pluralismo no debe darse en su seno ni en el de los Estados-nación, sino que el pluralismo se debe dar entre las ecúmenes culturales. El pluralismo cultural no debe ser entendido como un multiculturalismo, como lo entiende los antropólogos culturales, en tanto relativismo cultural que conduce simultáneamente a la exclusión de otras culturas sino que el pluralismo debe ser entendido como un interculturalismo donde cada identidad se piensa entre otras, pero a partir de su diferencia. Esto viene a refutar la idea del universalismo.

La modernidad ha planteado al hombre como animal racional y la razón como razón calculadora y este modelo lo impuso universalmente. Hoy para existir nosotros tenemos que tener un régimen demoliberal. Si no, nosotros no existimos, somos totalitarios como Chávez, que tiene una democracia casi directa.

Pero esta democracia no es aceptada, porque el modelo del relato moderno es la democracia neoliberal.

El modelo del relato moderno en economía es la economía de mercado, el modelo del relato moderno en cultura es el multiculturalismo que supone un relativismo maximizado, el modelo en el orden de la religión es el modelo de la new age, donde cada uno hace lo que quiere.

El modelo de la familia es el de la familia típica estadounidense, el padre por un lado, la madre por otro y los hijos son «los tuyos, los míos y los nuestros». Este pluralismo, que es un relativismo, lo introducen dentro de las ecúmenes culturales y ahí se produce la tarea de zapa de una ecúmene. La desnaturalización de la misma. Así se da la «americanización» de Europa, «la imbecilización» de Iberoamérica, la «terroristilización» de la ecúmene arábiga, etc.

Nosotros pretendemos un pluralismo sin relativismo. ¿Cómo puede ser un pluralismo sin relativismo?: Pensando que el mundo no es ya un universo sino un pluriverso. Universo es una sola versión del mundo, pluriverso indica múltiples versiones y visiones del mundo.

En relación con eso, nosotros tenemos un ejemplo en la palabra universidad. Así, la universidad saca a todos los muchachos como chorizos de la fábrica, todos iguales, todos piensan lo mismo.

A ninguno de estos muchachos se le ocurrió pensar lo diverso, en un Wagner de Reyna o en Maldonado. En Diego Pró o en de Anquín. En Juan Luis Guerrero o Coriolano Alberini. La universidad tiene un relato universal, entonces se produce el extrañamiento entre lo que es ese relato universal –que es un modelo de imposición– y la realidad de ese pluriverso, que es el mundo real. Ontológicamente, es decir en su ser, el mundo es un pluriverso, no es un universo. Sostener que el mundo es un universo es un totalitarismo, es el totalitarismo del iluminismo racionalista del siglo XVIII.

Hoy nosotros somos un pluriverso y como tal tenemos que rescatarnos. Por eso las teorías políticas como en el caso del peronismo, como en el caso del chavismo en Venezuela, como en el caso del Movimiento Nacionalista Revolucionario en Bolivia son teorías que están vigentes porque rescatan en sus postulados las particularidades de sus pueblos. Ese es el misterio del peronismo, que si fuera por los peronistas, el peronismo no existiría más. Porque la desgracia del peronismo es que los peronistas no lo toman en serio.

No quiero abundar en muchos datos, porque da mucho más el tema de la identidad nacional en sus proyecciones artísticas y en sus proyecciones intelectuales.

Nosotros tenemos una amplia tradición en América, siempre pienso en términos americanos, a mí no me interesa pensar en términos argentinos de patria chica. Ustedes saben que había un peruano, Juan Pablo Viscardo, que en el año 1792 escribió una carta sobre el tema de la identidad: «Carta a los españoles americanos». Él, probablemente sin saberlo, fue el iniciador del pensamiento nacional iberoamericano.

Así como él podemos seguir con múltiple cantidad de expresiones y de pensadores. De modo tal que nosotros tenemos una tradición que no se estudia, que es esa tradición nacional iberoamericana, que hay que tratar de rescatar para afirmarnos cada vez más en lo que somos pues como decía Píndaro, padre de los poetas griegos: Serás lo que eres.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: