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Altar Mayor - Nº 92 (01)
Martes, 06 abril a las 12:03:41

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 92 – Marzo-Abril de 2004

«DIALOGANDO SE ENTIENDE LA GENTE»
Por Emilio Álvarez Frías

Es posible que el contenido de esta frase tenga visos de verosimilitud. Quizá. Probablemente en algunos casos la gente llegue a entenderse dialogando. Incluso hemos de tener fe en que pueda llegar a ser verdad, y desde luego hemos de creer que se puede conseguir.

Mas, por lo que vemos, es un propósito digno de encomio, una frase acuñada en la mejor de las intenciones, pero que rara vez se llega a hacer realidad.

Porque la primera premisa que ha de darse es el propósito de las partes de estar dispuestas al diálogo sin apriorismos, sin ánimo de imponer a otro sus planteamientos en una postura inamovible con clara intención de hacer quebrar los postulados del oponente en beneficio propio. Dialogar es platicar, exponer, razonar, pero no tratar de imponer. Quizá se quiere dar a la palabra un mayor alcance del que tiene y por ello hace aguas en el momento de ser puesta en circulación.

Y es que, ¿acaso se puede dialogar con la banda terrorista ETA, la que con su comportamiento asesino intenta imponer una dictadura nada clara? Es absolutamente imposible establecer un diálogo donde no se dan las circunstancias precisas para el intercambio de puntos de vista, de opiniones, de deseos incluso, con disposición de ánimo para encontrar lo más conveniente, razonando planteamientos, posiciones, para, al final, encontrar lo mejor para lo pretendido.

Como asimismo hay que decir que el diálogo que se pretende mantener con el ejecutivo vasco acerca de su plan es un intento fallido antes de iniciarse, pues, de entrada, surge la exigencia de ruptura de la nación desde posturas propias y desde la imposición de quienes representan a la banda criminal ETA. ¿Cómo es posible dialogar con quienes mantienen a los terroristas en las instituciones y quiebran el orden constitucional, y sólo aspiran a romper, junto con ETA, la unidad nacional, amparándose en delirios trasnochados inventados en momentos de desvarío de visionarios enloquecidos?

Ni tampoco resulta posible dialogar con los diferentes nacionalismos catalanes, que se mueven en espacios similares a los vascos, con intenciones reflejas, unos con mayor esquizofrenia que otros, haciendo uso de desfachatez y chulería al plantear al futuro gobierno de la nación su exigencia de coparticipar en sus decisiones pero sin que éste tenga opción a opinar sobre aquella región. Es difícil establecer en este espacio de contradicciones un diálogo que no sea de besugos, como admite y define el María Moliner.

¿Acaso se puede dialogar con algunos sectores laborales como el reciente caso de los empleados de Izar que plantearon una lucha revolucionaria todavía no resuelta por reivindicaciones que comprendemos pero con cuya forma de hacerlo no coincidimos? ¿No puede ser calificado de terrorista este comportamiento?

¿O no ha de ser considerado también como terrorismo la acción de los célebres «piquetes informativos» que destrozan bienes públicos y privados en tumultos callejeros o dentro de la empresa cuando intentan forzar, por medios evidentemente ilegales, que ésta se pliegue a sus deseos o planteamientos sin antes sentarse a hablar o rompiendo el diálogo sosegado para ser sustituido por la lucha revolucionaria, en cuyos comportamientos participan de forma decisiva los líderes sindicales y los esbirros pagados, unos y otros subvencionados por las arcas del Estado a las que contribuimos todos para fines más lícitos?

No puede haber diálogo incluso entre los partidos políticos ya que renuncian a estudiar e intercambiar puntos de vista, a discurrir conjuntamente hechos y fórmulas para el mejor gobierno, sustituyendo la actitud constructiva por el enfrentamiento público con engaños, insultos, supercherías, traiciones, golpes bajos y sucios, denigrando al oponente. Sin duda esto no es dialogar.

Como no es dialogar otro considerable número de comportamientos y situaciones planteados por los hombres y que renunciamos a seguir enumerando para no ser excesivamente largos y reiterativos.

Dejemos de hablar de diálogo hasta que estemos dispuestos a dar a esta palabra su auténtico sentido positivo. Dejemos de engañar y de engañarnos proponiendo lo que no estamos dispuestos a hacer con honradez. Busquemos las expresiones más acordes con nuestra intención para no confundir al contrario, pero sobre todo para no desconcertar al que escucha sin opción a participar. Intentemos no manipular a los otros con expresiones confusas y engañosas que lleven al auditorio de un lado para otro en función de intereses partidistas, personales, sectarios.

Buen deseo el nuestro que no será atendido. Mas no por ello renunciaremos a repetir insistentemente que el camino por el que vamos no lleva a buen puerto. Estamos convencidos de que es preciso dialogar, aunque bajo otras premisas que las actuales y con la mejor intención de resolver problemas y situaciones, pero, tememos, sólo desde la fuerza será posible convencer a los interlocutores de que es preciso sentarse ante una misma mesa para ejercer tan sana gimnasia.

Y que no se diga que insinuamos un golpe de estado, una involución, una dictadura con apellidos más o menos desacreditados. No, simplemente creemos que el diálogo hay que plantearle desde el poder de la razón, en plena libertad, pero mantenido con energía y respaldado por las instituciones, que para eso están.


 
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