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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 218
Martes, 11 mayo a las 12:20:25

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 218 – 11 de mayo de 2004

SUMARIO

  1. Banderas con garbo, de lanoticiadigital.com
  2. Un comportamiento deplorable, por Martín Quijano
  3. El escándalo, recurso de incapaces, por Antonio de Oarso
  4. ¿Por qué fue tan catastrófica la República?, por Pío Moa
  5. Bellas Artes de Madrid: punto y seguido, por Miguel Ángel Loma
  6. Galería de Pendejos: Joseph Parnau, por Alvarfrías


BANDERAS CON GARBO
Lanoticiadigital.com

Las huellas del marxismo se dejan entrever en el discurso progresista apenas rascar un poco. El rechazo al concepto de Patria del Manifiesto Comunista de Marx y Engels tiene su versión moderna en el rechazo del progresismo a banderas e himnos nacionales. En estos tiempos de escasa lectura, la cultura progre toma el relevo de las imprentas para formar a los jóvenes en esta versión particular del internacionalismo que es el cosmopolitismo (concepto paradójicamente repugnante para el comunismo de entreguerras).

El Forum de Barcelona es para muchos de sus inspiradores, una fiesta «jipi» pero con mogollón de pasta, diseño de Antonio Miro y canapés de Ferrán Adriá; ahí es nada. Por lo demás, no deja de ser llamativo que los argumentos de la publicidad oficial del evento se basen en una jovencita diciendo que se va a hacer la tira de kilómetros para que Gorvachov le explique su visión del mundo cuando, por mucho menos dinero, puede conocerla comprando un libro en la librería de la esquina.

Comprendemos que en mitad de este cosmopolitismo de diseño, pinta poco un Rey de un país en dimisión mayoritaria, inaugurando semejante evento flanqueado por republicanos borrachos de influencia política y nacionalistas que recomiendan el rechazo a todas las banderas, menos la señera catalana de que la que se sienten propietarios.

Así las cosas se presentó el Jefe del Estado con el «chip» de las inauguraciones tensas y se subió a un atril donde deliberadamente se había mal puesto la bandera española junto a una señera perfectamente colocada y soberanamente desplegada.

La «señera» es, sin duda, una bandera tan española como el árbol de Guernica, el Cabo Finisterre o los reaños de Rodrigo Díaz de Vivar. Por tanto, tanto respeto merece como la bandera nacional y, puestas a lucirlas, démosle a todas el mismo garbo y la misma solemnidad.

De tener el mismo acierto que Agustina de Aragón o que cualquier madrileño anónimo buscando esperanza en mitad de los amasijos de hierros del 11-M, el Jefe del Estado se hubiera girado en el atril y con la humildad de quien sirve a España y la decisión -parece- del 23-F, hubiera desplegado la bandera y le hubiese dado el mismo real garbo y solemnidad que se merece la señera.
 

UN COMPORTAMIENTO DEPLORABLE
Por Martín Quijano

La retirada de las tropas españolas de Iraq es una decisión que va a traer consecuencias muy perjudiciales para España, pues su prestigio y fiabilidad internacional queda seriamente dañado. Nuestro país se ha revelado como incapaz de atender compromisos nacionales, apresurado en las decisiones correctoras, egoísta al abandonar aliados en situaciones conflictivas, insensato al suponer que esos aliados van a aplaudir esas acciones... Podría enumerarse una larga sarta de descréditos ganados en unos pocos días con una decisión poco meditada. Con ello se ha desbaratado el crédito penosamente ganado por el gobierno anterior, al procurar una postura internacional acorde con los intereses españoles y sin subordinarse a la tutela opresora de nuestros vecinos franceses.

Y cabe temer las repercusiones desgraciadas de esa decisión en todo lo referente a consecuencias económicas en temas de inversión y colaboración extranjera. Hemos dejado en la estacada a EE.UU., RU, Japón, Holanda y otros veinte países. Que engloban a las principales potencias económicas. Todos los reportajes encomiables relativos a la nueva pujanza española, que eran frecuentes en la prensa extranjera, dan paso a comentarios relativos a la escasa fiabilidad de nuestra Nación. Pero todo ese análisis de intereses perjudicados se complementa deplorablemente con el espectáculo de diversas escenas de esa retirada.

Que diversos soldados expresen su alegría en los camiones en que se retiran, haciendo el signo de la victoria con las manos resulta lamentable. O no saben qué es una victoria o no saben qué es una retirada. Es de suponer la cara de desprecio con que los que quedan relevándoles considerarán esa expresión de alegría.

Un desprecio patente en las caras de los soldados americanos que contemplan cómo un soldado español carga con un colchón. Una imagen que los medios de comunicación españoles han aireado en primera plana, contribuyendo a la impresión vergonzosa causada por la decisión. Es difícil distinguir si se trata de insensibilidad o de un propósito claro de degradación del espíritu militar.

Un espíritu militar que se muestra inexistente en la entrevista que le hacen a un soldado que participó en los últimos ataques en Nayaf. Al preguntarle qué sintió al verse atacado con fuego directo contesta: «uno solo piensa en cómo salir de allí cuanto antes y como sea». Cualquier intención de imponerse en el fregado en que los enemigos le han metido parece fuera de su consideración. Su mente sólo piensa en cómo escapar de allí.

No es extraño por tanto que el gobierno se sienta autorizado a exponer que su objetivo prioritario, por no decir exclusivo, es conseguir la máxima seguridad para las tropas en retirada. Que unas fuerzas armadas tengan ese objetivo prioritario demuestra lo absurdo de su existencia. Si todo ha de subordinarse a ello, lo lógico es suprimirlas. Es la mejor manera de que no corran ningún riesgo.

Cabe confiar en que los propios militares estén avergonzados de esta situación en que les han colocado y de esos comportamientos. Pero no parecen hacer ningún esfuerzo por demostrarlo. Independientemente de su obligado silencio ante decisiones políticas superiores, hay diversas maneras de expresar ese disgusto sin decir nada. Y no es una de ellas la de exteriorizar la alegría de la vuelta con efusiones y lágrimas familiares. Podían haber recomendado a sus familiares el reencuentro en sus casas, dejando a las ceremonias públicas en la frialdad oficial. No ha sido así, y dejan al PSOE, que les ha ordenado la retirada vergonzosa, capitalizar el éxito de la alegría de madres, hijas y esposas. Una ocasión perdida de expresar ese sentimiento de vergüenza que nos dicen que tienen.
 

EL ESCÁNDALO, RECURSO DE INCAPACES
Por Antonio de Oarso

Resulta muy deprimente el nivel moral en que se desenvuelve la vida cultural española en la época presente. El problema se deriva, en parte, de una necesidad de ganancia económica que los llamados creadores piensan que no conseguirán por los medios ya antiguos del buen gusto y el interés argumental de la obras producidas (aunque también es cierto que esos medios no están a su alcance). En consecuencia, quién más, quién menos, opta por el escándalo. Se trata una y otra vez de épater le bourgeois. Pero como este último acaba estando de vuelta de todo, las provocaciones han de ser cada vez mayores. Por tanto, la obra en cartel en el Círculo de Bellas Artes, de Madrid, y cuyo título me resisto a trascribir, puede resultar repugnante, pero no impredecible. Era casi fatal que llegásemos a esto.

Esperanza Aguirre, que es una persona normal, ha expresado su indignación por carta remitida al presidente del Círculo de Bellas Artes, lo cual ha provocado alharacas de cólera en la Asociación de Autores de Teatro y en la Asociación Colegial de Escritores de España. Esta última ha llegado a considerar «muy graves las amenazas (sic) de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, al Círculo de Bellas Artes».

Estas reacciones ante la justa expresión de condena de Esperanza Aguirre, si bien deleznables, tampoco son sorprendentes. La decadencia se ha ido incrustando en las mentes de escritores y artistas de forma tal que el insulto más soez dirigido a Dios será contemplado por estos señores como muestra de libertad de expresión y digno de sesudas consideraciones. Naturalmente, su reacción habría de ser muy distinta si el insulto se dirigiese a, por ejemplo, Mahoma. En este caso, su indignación contra la obra sería muy grande y pedirían que se retirase. Son signos de los tiempos. Son signos de la decadencia de la civilización cristiana, que engendra una clase intelectual que la odia y que lucha por destruirla.

Así, pues, tres son los factores que convergen en la creación del bodrio: uno, la impotencia para la creación de algo digno; otro, la necesidad de ingresos, que conduce al escándalo como único recurso factible dada esa impotencia intelectual; y por último, el odio al cristianismo como componente de la civilización a la que quieren aniquilar.

Hay personas extremadas, tanto de la derecha como de la izquierda, que tienen una especie de fijación mental contra el Partido Popular, lo que les lleva a señalar que Iñigo Ramírez de Haro, autor de la obra, es cuñado de Esperanza Aguirre y que ésta subvenciona al Círculo de Bellas Artes con varios cientos de millones de pesetas. Pero lo cierto es que los cuñados no se eligen, y que si Aguirre subvenciona a ese Círculo, obviamente no lo hace para que exhiba semejantes engendros. Esperanza Aguirre, mientras no se demuestre lo contrario, es una persona normal.

Que yo sepa, no ha habido de momento ninguna protesta proveniente de los ámbitos eclesiásticos. Sería una lástima que esto se debiera al amedrentamiento que pudo provocar la reacción hostil con que fue acogido el Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España hace unos meses. Sería una lástima, pero no una justificación.

Seguiremos viendo desafueros de este jaez ahora que gobiernan los socialistas. Hay que tener en cuenta que contamos con una de las izquierdas más sectarias del mundo, cuyo odio a la derecha, la religión, etc. ostenta ribetes prácticamente demenciales.

De ahí que esta apuesta por la blasfemia no ha de ser, desgraciadamente, una anécdota aislada. Hay que recordar que el actual presidente Rodríguez, en la campaña electoral última, clamó que este país necesitaba más gimnasia y menos religión. Y en boca de una persona de tan oscuro criterio estas palabras no auguran nada bueno.
 

¿POR QUÉ FUE TAN CATASTRÓFICA LA REPÚBLICA?
Por Pío Moa

La Razón, 6.05.04

Desde hace más de veinte años numerosos políticos e historiadores poco fiables vienen pintando la II República como una especie de paraíso de las libertades y el progreso, en especial para los trabajadores, llegado pacíficamente y por las urnas. Tales virtudes habrían resultado demasiado indigestas para los fascistas y reaccionarios «de siempre», empeñados en salvaguardar sus «injustos privilegios», hasta levantarse violentamente contra un gobierno «legítimo y democrático», y poner fin a la maravilla después de una cruenta guerra civil. Este esquema ha sido machacado de tal modo y sin apenas oposición, en libros, cine, novela y prensa, que muchos, en particular jóvenes, añoran el prodigio republicano y aspiran a repetirlo, según revelan las banderas republicanas frecuentes en las manifestaciones de izquierda

Sin embargo, se trata de una manipulación grotesca, insostenible en casi todos sus detalles. La República no llegó por unas elecciones, ni los republicanos eran pacíficos. Cuando se reunieron en San Sebastián, en verano de 1930, lo primero que se les vino a la cabeza fue imponerse mediante un golpe militar, aunque estaban previstas elecciones. El golpe fracasó, pero la monarquía permitió a los golpistas presentarse a las elecciones municipales en abril del 31. En ellas ganaron en casi todas las capitales de provincias, pero perdieron con gran diferencia en el conjunto del país. Entonces ocurrió un suceso con muy pocos paralelos históricos: los partidos monárquicos, en plena quiebra moral, entregaron el poder pacíficamente a los perdedores, burlándose de sus propios votantes. Como resalta Miguel Maura, principal organizador de los republicanos: «Nos entregaron el poder». Por tanto, la República no llegó por votos ni pacíficamente. Los republicanos no fueron pacíficos. De pacíficos podrían gloriarse en cambio los monárquicos, si no fuera porque en realidad no demostraron tanto amor a la paz como descomposición moral y felonía hacia los electores.

La República adquirió así una legitimidad indudable, aunque ciertamente extraña, y no dejó de suscitar las mayores esperanzas después de la exhibición de miseria política monárquica. E inmediatamente se puso a defraudar tales esperanzas. Antes de un mes, el nuevo régimen protagonizó la oleada de quemas de conventos, como se le suele llamar, aunque no fueron sólo conventos, sino también varias de las principales bibliotecas del país, centros de enseñanza y de formación profesional para obreros, y obras de arte de valor incalculable. El hambre, en rápido descenso en los años anteriores, repuntó con fuerza, hasta llegar en 1933 a los niveles de principios de siglo. La delincuencia común subió brutalmente, sufrida también por la gente humilde, sobre todo. Los anarquistas promovieron insurrecciones, que Azaña ordenó liquidar fusilando a quienes fueran capturados con armas en la mano, desembocando en la matanza de campesinos desarmados perpetrada por la republicana Guardia de Asalto en Casas Viejas. Como recordaba Pío Baroja, en el primer bienio republicano habían sido muertos en la calle más ciudadanos, en su mayoría obreros, que en cuarenta años de monarquía. Casi todos habían caído en choques entre partidos o sindicatos izquierdistas, o con la policía del gobierno de izquierda. La Constitución quedó invalidada en la práctica por la Ley de Defensa de la República, que permitió a Azaña cerrar cientos de periódicos, más que en cualquier etapa de la monarquía, y detener en masa y sin acusación a derechistas -en su gran mayoría respetuosos hacia la ley- o a anarquistas, o deportarlos a África.

Ciertamente, las izquierdas intentaron algunas reformas positivas, como el impulso a la enseñanza pública o la reforma agraria. Pero el primero quedó neutralizado por el antidemocrático cierre de los centros católicos, muchos de ellos con un prestigio ganado en largos años de experiencia, y por el simplismo ideológico de muchos de los nuevos maestros formados o improvisados. Y la reforma agraria, mal concebida, resultó insignificante. Cataluña recibió la autonomía, por afinidad izquierdista, y la Esquerra la aprovecharía para vulnerarla y contribuir, en 1934, a preparar la Guerra Civil.

Todo ello no impedía a los partidos y políticos responsables del caos proclamarse representantes privilegiados de los pobres, de los obreros, del pueblo, de la cultura o de la libertad. Y nadie los describe mejor que Azaña, que en sus diarios muestra una y otra vez su desaliento ante la botaratería e ineptitud de los republicanos y socialistas, «Ahítos de pedantería y vacíos de sindéresis», «Gente ligera, sentimental y de poca chaveta», «No saben qué decir, no saben argumentar. No se ha visto más notable encarnación de la necedad», «Veo muchas torpezas y mucha mezquindad, y ningunos hombres con capacidad y grandeza bastantes para confiar en ellos. ¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?». Etcétera.

Azaña ha trazado, sin duda, el más negro y expresivo retrato de la demagogia y vacuidad intelectual de aquellos que se creían, o decían creerse, la encarnación misma de la libertad y el progreso para el pueblo. El nuevo régimen habría precisado líderes capaces e inteligentes, pero éstos escaseaban desesperadamente. Casi todos descollaban, en cambio, en la habilidad propagandística para sembrar el odio a las derechas y acusarlas de todos los males. Sus políticos tenían la cabeza llena de humo progresista, les faltaban conocimientos económicos elementales, y gran parte de sus medidas destinadas a aliviar la pobreza, la incrementaban.

Desde luego, Azaña sobrepasaba mucho en inteligencia a la gran mayoría de sus correligionarios, pero tampoco era propiamente un demócrata. Llegó a la República jactándose de su sectarismo, descalificando la moderación, dispuesto a exaltar a «los gruesos batallones populares», es decir, a hacer demagogia obrerista, con la ilusión de controlarla y encauzarla a su favor, y afirmando que sólo él y sus correligionarios tenían derecho a gobernar la República. Fue uno de los máximos responsables de la tendencia no meramente laica, sino antirreligiosa de la Constitución, agresiva contra el sentimiento católico mayoritario. Cuando perdió abrumadoramente las elecciones en 1933, después del desastroso bienio de izquierdas, no pensó en otra cosa que en el golpe de estado para impedir gobernar a las derechas, y lo intentó dos veces. Pues bien, Azaña era uno de los más moderados, o por mejor decir, menos extremistas de los republicanos de izquierda, y basta tener esto en cuenta para comprender hasta qué punto el régimen se hacía inviable. En la disposición de las izquierdas a romper las reglas del juego, incluso las impuestas por ellas mismas, si no disfrutaban del poder, yace la clave del carácter catastrófico de la República, predestinada así al fracaso y a la guerra civil.

Aquí llegados, uno se pregunta: ¿acaso ignoran todas estas cosas los panegiristas de la República? Hay mucha ignorancia, desde luego, entre los «republicófilos» de a pie, pero no puede haberla entre los directores de la orquesta, los Tuñón o los Jackson hace años, o los Preston o Juliá ahora. Salta a la vista que éstos falsean la historia o mienten abierta y deliberadamente.

Pero esta constatación tampoco nos satisface del todo, pues, ¿por qué habrían de mentir? La causa, al menos la principal, no reside en una deshonestidad personal -aunque también, como demuestran cuando intentan ahogar el debate intelectual con la censura o el insulto-, sino en una concepción general basada, de forma explícita o implícita, en la teoría marxista de la lucha de clases. La misma concepción, cabalmente, que llevó a las izquierdas republicanas, socialistas, etc., a realizar sus tropelías, y finalmente a la Guerra Civil, con la mejor conciencia: ellos representan a «los oprimidos», al «proletariado» (por muchas plagas que traigan sobre ellos), y cualquier falsedad queda así justificada. Más aún, los representan aunque entre esos mismos partidos «obreros» o «progresistas» se maten y destruyan, como llegó a ocurrir. En cambio la derecha forzosamente representa al fascismo o, en el mejor de los casos, a la «reacción», aunque le vote en la realidad la mitad o casi dos tercios del pueblo, como ocurrió en 1933. Si alguien desafía las versiones de esos historiadores recibe inmediatamente el mote de «franquista». Asombra la capacidad de estos esquemas para engendrar fanatismos, negar los hechos más crudos y socavar la democracia. Y no es cosa del pasado. Se refleja, desde luego, en la mencionada resistencia de diversos «historiadores profesionales» a debatir el pasado de manera fría e intelectual, pero eso no pasaría de simple anécdota si no siguiera condicionando tan profundamente la política. Cualquiera que repase los sucesos de 2004, culminados en los pasados atentados terroristas, que transformaron en chusma a buena parte de la ciudadanía, podrá comprobarlo fehacientemente.
 

BELLAS ARTES DE MADRID: PUNTO Y SEGUIDO
Por
Miguel Ángel Loma

Alfonso Ussía, en un reciente artículo de La Razón titulado «Punto final», arremetía con excesiva saña contra la actitud de los dos jóvenes que, ejerciendo de un modo poco ortodoxo sus particulares interpretaciones del derecho a la crítica, se sumaron como espontáneos a la representación de la obrita «Me cago en Dios» en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Aunque no ha trascendido que ambos jóvenes se ayudasen de mejores instrumentos que sus manos, Ussía hablaba de palos, garrotazos, brutalidad y salvajada; calificándolos de energúmenos y, cómo no, de fundamentalistas, que es lo peorcito que se le puede llamar hoy a alguien. D. Alfonso tendría mayor razón en sus argumentos si contra la cagadita blasfema hubiera funcionado la respuesta de la Justicia, pero cuando ante una grave ofensa no hay medios racionales de defensa, es comprensible que a alguno se le vayan las manos para algo más que unos aplausos. D. Alfonso puede llegar a creer, desde su privilegiada posición de influyente columnista, que dedicándole algún artículo al asunto, el tema quedaba zanjado, pero no todo el mundo es tan flemático como él, ni está facultado para combatir la ofensa con la pluma y el ingenio; como tampoco éstas son armas que agotan la defensa cuando la ofensa se sigue manteniendo provocadoramente. Nos han acostumbrado a soportar la blasfemia gratuita y diaria contra todo lo que contenga un significado sagrado para los católicos (doy por supuesto que es impensable una obrita titulada «Me cago en Alá», o en Buda o en la Iglesia de la Cienciología, o en otros dioses menores como el Socialismo y la Democracia). Nos han convencido de que la única actitud cristiana ante el ataque permanente es mirar para otro lado. Y así nos va. Como ejemplo de respuesta ante la ofensa, recordaba el señor Ussía en su artículo a Foxá, y cómo éste, después de ser maltratado por unos señoritos jerezanos, les dedicó unos versos hirientes que aún se recitan en círculos y tertulias... Bien, pero me queda la duda más que razonable, de si el bueno de don Agustín, de haber podido, no hubiera cambiado muy gustosamente la rima de aquellos versos por la contundente prosa de una buena manita de bofetadas a los niñatos de Jerez; y en cualquier caso, no son defensas excluyentes. El único problema que podría generar la actitud de estos dos jóvenes contestatarios es que cundiera su equivocada conducta como ejemplo a seguir, pero no hay que temer por eso: no existen hoy jóvenes capaces de arriesgar su integridad física por defender el nombre de Dios, al menos en número suficiente como para constituir una amenaza de orden público. Y además, si alguno quedase perdido por ahí, desistirá automáticamente de ello cuando compruebe cómo se las gasta la Justicia (ahora sí que funcionará) haciendo caer sobre esos dos jóvenes todo el rigor de la ley; de esa misma ley con la que se limpia el culo el autor de la obrita blasfema tras cagarse en Dios.
 

GALERÍA DE PENDEJOS
Por Alvarfrías

Las sandeces se cultivan en todos los predios, no hace falta que tengan ubicaciones específicas.

Por ejemplo, en el diario El Periódico hemos podido leer el articulito que firma Josep Pernau, a quien no conocemos y por lo que no sentimos inquietud alguna, que reproducimos a continuación.

La verdad es que, aunque no entramos en ello, nos parece bien que el Sr. Aznar no haya ido a la inauguración de esa cosa que se han montado los catalanes cuyo emblemático nombre es Fòrum Barcelona y que, por lo que hasta el momento hemos podido ver (a través de otros, claro) no deja de ser una simpleza sostenida por unas cantidades enormes de dinero que han permitido a Barcelona regenerar una parte de su suelo con grandes subvenciones. ¿Qué eso es fomentar la paz y el entendimiento entre las gentes y los países del mundo? ¡Qué necedad! Esperamos que nos hagan el resumen cuando haya sido clausurado.

La inauguración, aparte un espectáculo muy propio de quienes lo montaron, que, desde mi punto de vista no justifica ni su coste ni los resultados, fue bastante desabrido para las autoridades de la nación que asistieron. No fue el Sr. Aznar ni debió ir nadie si se conocía cómo se llevó a cabo el acto.

Pero dejémoslo en paz. Vayamos al articulito que nos ocupa por el que el Sr. José Pernau entra con pleno derecho en nuestra «Galería de Pendejos».
 

POR QUÉ AZNAR NO ESTUVO EN EL FÒRUM

El señor Aznar estaba invitado a la inauguración del Fòrum y se excusó. Motivos tenía para no venir y seguro que no se arrepiente de la ausencia. Eran razones de fondo y uno seguramente hubiera hecho lo mismo de estar en su lugar.

Uno de los objetivos de los encuentros es promover las bases de la paz en el mundo. Aquí podían comenzar sus discrepancias con los que han colaborado con la programación del Fòrum. Su manera de alcanzarla está en contradicción con los pacifistas y con todos los que se ponen detrás de una pancarta de «No a la guerra», tal como hace poco más de un año reiteró machaconamente. Su método es más bien agresivo. Su maestro George Bush se lo enseñó y no es otro que el de si «quieres la paz prepara la guerra», como decían los romanos en latín, que, por cierto eran bastante brutos culturizando a los bárbaros a diestro y siniestro, igual que han hecho las tropas de EEUU y sus aliados en Irak.

Seguramente se informó antes del contenido del Fòrum. Alguien le debió poner al corriente de la alegoría de la magna esfera metálica que, entre explosiones de gran vistosidad, pero demoledoras, está a punto de hundirse en los oceános, de los que emergen sillas que son toda una metáfora sobre el diálogo que será absolutamente necesario si la humanidad no quiere perecer en el caos.

Lo más probable es que decidiera no acudir a la inauguración del Fòrum cuando pensó que nadie le ha de dar lecciones sobre cómo ha de ser el mundo. ¿Y para qué insinuaciones sobre diálogo a él, que gobernó con una cómoda amplia mayoría, sin tener que dar explicaciones a nadie de sus decisiones?

Se quedaría en Madrid. En el Fòrum, igual se cruzaba con Carod-Rovira. Lo que faltaba.


 
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